Capítulo 7
Buscad y encontraréis...
Era domingo. No había trabajado un domingo en toda mi vida. Al menos fuera de casa. Maldije en silencio. ¡Si hasta Dios había decidido que ese iba ser el día de descanso de la semana!
Mi ánimo no mejoró cuando llegué al pub. Arrastré los pies hasta la entrada, deseando estar acurrucada en la cama, rumiando mi propia pena, esta vez sin gritos aterrorizados a poder ser, para no terminar espantando a mis propios caseros.
Miré al cielo, nubes negras se estaban formando atraídas por un fuerte viento del norte. Por lo menos el cielo ese día era mi aliado.
Naruto no tenía mejor humor que yo. Círculos negros rodeaban sus ojos claros y bostezaba a menudo. Supuse que la noche había sido alegre y la mañana triste, como solía decir mi madre. Nos saludamos con un tosco hola. A Sasuke no se le veía por ninguna parte. Mejor, no me gustaba cómo me hacía sentir y el sueño seguía estando demasiado presente.
Entré en la cocina para ayudar a Chiyo, que era la única que gozaba de un excelente humor. Estaba tarareando una canción mientras trajinaba entre los numerosos cacharros.
En silencio la ayudé a preparar los desayunos. Ella respetó mi mutismo y solo me lanzó alguna que otra mirada de soslayo. Me sentía tan frágil que con que solo me preguntara qué tal estaba me echaría a llorar como una niña y no quería hacerlo, así que apreté la boca y me centré en preparar los sándwiches.
—¿Un café? —preguntó ella finalmente.
—Umm—farfullé concentrada en cortar el pepino en rodajas finas.
—¿Te apetece un café? Tienes cara de no haber dormido mucho, querida —su tono era comprensivo.
—Eso sería perfecto —contesté sin contarle si había dormido o no bien.
Sacó una cafetera italiana del armario, quemada en los bordes por el uso. Calculé que tendría por lo menos treinta años. Mis padres tenían una casi igual. Llenó el depósito de agua, el filtro de café hasta el borde y lo aplastó con una cuchara.
—Cargadito, ¿no? —preguntó.
Yo asentí.
Pronto el olor a café recién hecho llenó la pequeña cocina. Recuerdos de la casa de mis padres llegaron con el aroma. Mi padre era un buen cafetero, lo tomaba haciendo honor a la regla no escrita del café: cargado, caliente y amargo. Yo lo tomaba igual. Hasta que murió, entonces dejé de tomar café a todas horas, no dormía bien y comencé a preferir el café con leche y si era descafeinado mejor que mejor.
Aquel día hice honor a su recuerdo. Chiyo sirvió café en sendas tazas de porcelana decoradas con violetas. Ella añadió abundante leche y azúcar. Yo lo tomé sin nada, el líquido aromático y ardiendo me quemó la garganta y cayó como una bola de fuego en mi estómago.
—Ahhhh—suspiré—, lo necesitaba. Gracias, Chiyo.
—Pues aún puedo hacer que esté mejor.
—¿Ah, sí?
—Sí —emitió una risita jocosa. Sacó del armario una botella de whisky y me echó un chorro bastante generoso en la taza.
Yo la miré con los ojos abiertos de par en par.
—Chiyo, no son ni las ocho de la mañana, voy a salir dando tumbos de la cocina, por no hablar de cómo voy a sostener la bandeja —le reprendí riéndome.
—Bah —respondió ella agitando la mano y añadiendo un chorro bastante más generoso a su taza—, esto siempre viene bien, ¿no sabes que le llaman el aqua vitae?
—¿Ah, sí? —inquirí curiosa—. ¿Por qué?
—Porque despierta a los muertos —rio ella—, y tú ahora necesitas que te despierten, chiquilla.
Bebí un trago. Ahora el café estaba tan fuerte que me lloraron los ojos y tosí. Sin embargo, el cálido líquido relajó los músculos tensos y me empecé a encontrar laxa y relajada.
Ambas seguimos bebiendo a sorbitos, perdidas en nuestros pensamientos.
Naruto asomó la cabeza por la puerta con gesto adusto.
—En el trabajo no se bebe, después puedes hacer lo que te plazca.
Me giré entrecerrando los ojos y maldiciendo mentalmente.
—Si quieres te preparo otro a ti, hijo, también tienes cara de necesitarlo, con desesperación parece —señaló Chiyo fijándose en la palidez de mi jefe. Desde luego la noche tenía que haber sido muy, muy larga—. ¿Te has acostado?
—No —contestó de forma brusca Naruto, luego suavizó el gesto y añadió —. Bueno, no he dormido, aunque sí me he acostado.
—Estúpido engreído —musité enterrando el rostro en mi taza.
—¿Qué? —preguntó él.
—Oh, nada, que ahora mismo salgo —apuré el café irlandés y salí a atender a los más madrugadores.
Con la cabeza algo turbia preparé decenas de tazas de té y café y varios desayunos continentales. Cada vez que tenía que llevar a una mesa un plato de salchichas, beicon, tomate asado, champiñones y huevos se me revolvía el estómago. Entre dos clientes y viendo unos minutos de descanso salí a despejar la mente y el estómago al aire frío de la mañana.
Naruto vino a buscarme nada más salir.
—No es tu hora de descanso. Vuelve al trabajo, ahora —exigió de forma imperativa.
Maldije otra vez en silencio y entré.
Mis movimientos eran torpes y lentos. Cogí dos platos con tostadas y me dirigía a una de las mesas del centro cuando tropecé con mi propio pie y resbalé haciendo que los platos cayeran al suelo con un fuerte estruendo haciéndose añicos, trozos de tostadas volaron en todas direcciones.
—¡Mierda! —exclamé y me agaché a recogerlo.
Los pies calzados con deportivas negras de Naruto entraron en mi campo de visión. Levanté el rostro preparada para otra bronca.
—¿Se puede saber qué demonios te pasa hoy? ¿Es que estás en esos malditos días del mes? —gritó enfadado.
La alusión tan gráficamente machista me enfureció. Me enfrenté a él gritando tan fuerte como pude.
—¿Sabes? Yo por lo menos solo tengo tres estúpidos días al mes. Tú los tienes todo el maldito año, trescientos sesenta y cinco días de maldita gilipollez enmarcados en un escocés terco y egocéntrico. ¡Maldita sea! Eres, eres... —no encontraba la palabra exacta en inglés, así que decidí que sonaba mejor en español— ¡Capullo!, eso es lo que eres —mi diatriba lo había dejado primero mirándome incrédulo, después su boca se frunció y sus ojos se fueron entrecerrando hasta quedar solo una línea de furia azul.
Esta vez la he fastidiado pero bien, pensé. Estaba a punto de disculparme cuando la voz de Sasuke sonó atronadora en el silencio del pub.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —nos observó primero a uno y después al otro, como quién mira a dos niños que acaban de hacer una buena trastada.
—Ha sido ella —dijo Naruto señalándome con un dedo acusador.
—Ha sido él —contesté yo mirándole furiosa levantando a mi vez el dedo índice.
Sasuke vaciló un momento mirando alternativamente a uno y a otro. Naruto y yo manteníamos tal duelo de miradas que si lanzaran cuchillos, ya estaríamos tendidos en el suelo ensangrentados.
—Vamos —exclamó finalmente cogiéndome del brazo.
Yo me solté.
—¿Adónde? —pregunté más bruscamente de lo que quería.
—A dar un paseo. Te vendrá bien. Nos vendrá bien a todos. Vamos —su tono no admitía discusión, así que salí tras él.
Anduvimos unos minutos en silencio calle abajo.
—Tengo frío —dije yo, comenzando a tiritar. El whisky y el café eran una bola de plomo en mi estómago, nada de la calidez inicial quedaba ya en mi cuerpo.
—Toma —ofreció quitándose su chaquetón y poniéndomelo sobre los hombros.
—Tendrás frío —repliqué yo.
—No —contestó simplemente él.
Me arrebujé en el chaquetón y decidí ponérmelo para aprovechar todo su calor. Más de una cuarta sobresalía de mis brazos y hubieran cabido dos más como yo, pero conservaba el calor de su cuerpo y, ¡oh Dios mío!, su olor tan agradable y sensual.
—¿Problemas con el grifo? —preguntó suavemente.
—¿Qué? —inquirí yo desconcertada.
—Que si todavía tienes problemas con los grifos escoceses que te agreden —me miró y sonrió.
—No es eso —contesté yo de forma escueta.
—Entonces solo puede ser una cosa —afirmó convencido.
—Como digas que es porque tengo el periodo, te pego —contesté.
Levantó las manos en señal de rendición.
—¡Qué Dios me libre! ¡Jamás me enfrentaría con una mujer que tuviese el periodo!, me gusta demasiado mi vida. Además, no me refería a eso —sonrió.
—¿Ah, no? —de repente una idea cobró vida en mi mente—. ¿Me vas a despedir? —mi voz sonó algo histérica.
—No —contestó él algo extrañado—. ¿Por qué has pensado eso?
—No lo sé, es que no me he portado lo que se dice muy bien dentro del pub, he dado un espectáculo. Yo no suelo comportarme así, la verdad es que no me gusta llamar la atención —repliqué abruptamente. En realidad ni siquiera yo entendía muy bien mi comportamiento de los últimos días, era como si hubiese perdido parte de la inhibición que tenía en casa. Había pasado de Blancanieves a la madrastra.
—Bueno y eso lo dice la mujer que me lanzó tal pedrada hace dos días que me rompió la luna del coche —masculló él.
Enterré la cabeza en el cuello de su cazadora, completamente avergonzada.
Él se paró y se puso frente a mí.
—Eh, que no pasa nada, ha sido solo una broma —me sujetó por los hombros—, vamos, mírame.
Lo hice, levanté el rostro y me perdí en sus ojos negros.
—No te voy a despedir. Naruto, aunque hoy no esté muy receptivo, me ha dicho que lo estás haciendo bastante bien, que eres bastante inexperta pero que tienes don de gentes. Pero no es eso a lo que me refiero cuando digo que ya sé lo que te ocurre —aclaró con voz suave.
Enarqué las cejas en gesto interrogativo.
—Echas de menos tu hogar, a tu familia y tus amigos. Los primeros días era todo nuevo para ti y tampoco tenías mucho tiempo para pensar, pero ahora que todo comienza a ser una rutina, te das cuenta de que hay cosas que añoras y mucho —me miró inquisitivo.
Yo tardé un momento en contestar.
—¿También sabes leer la mente? —le dije componiendo una media sonrisa. Había dado en el clavo. Con tres o cuatro frases había descrito perfectamente mi turbación.
Él rio, con esa risa brusca y clara tan característica.
—No, eso sería muy peligroso. ¿Saber en cada momento lo que piensan de ti?, ¡Buff!, no podría haber nada más horrible.
—Pues conmigo has acertado de pleno, puedes cantar línea e incluso bingo. ¿Pero sabes lo más curioso? Que hasta que tú no me lo has hecho ver, yo ni siquiera me había dado cuenta. A ti ya te ha ocurrido antes, ¿verdad? — pregunté volviendo a retomar nuestro paseo.
—Sí, viví un año fuera de Escocia.
—¿Dónde? —pregunté con curiosidad.
—En España —me miró sonriendo, me fijé que tenía una marca en el colmillo derecho, como de una caída.
—¿Hablas mi idioma? —estaba sorprendida.
—Sí —contestó en un perfecto castellano—. ¿Quieres que hablemos un poco en español? Igual así te sientes un poco más cómoda.
—Bien, así te vendrá bien para practicar a ti también —sonreí por primera vez en toda la mañana.
—¿Hiciste le Grand Tour? —pregunté.
—¿Qué es un Grand Tour? —preguntó a su vez. Hablaba castellano perfectamente, con un suave acento escocés.
—Oh, durante siglos a los jóvenes aristócratas se los enviaba un año a recorrer Europa para que ampliasen sus conocimientos sobre el mundo. Yo siempre he envidado poder disponer de un año sabático solo para mí. ¿Fue así el tuyo? —inquirí curiosa.
—Nada más lejos de la realidad. Yo no tenía ni una libra. Fui a España porque era el idioma que había estudiado en el instituto y en el que mejor me defendía. Una vez allí, estuve seis meses trabajando en un bar de la Plaza Mayor de Madrid, los seis meses siguientes los pasé recorriendo el resto del país —explicó con su dulce acento.
—De fiesta en fiesta —no era una pregunta, sino una afirmación.
Sasuke rio.
—Sí, más o menos.
—¿En qué año fuiste?
—En 1997 —su gesto se había vuelto súbitamente serio.
—Vaya, ¡qué coincidencia! Yo también estuve en Madrid ese año, estudiando periodismo en la Complutense —contesté con energía.
—¿Eres periodista? Creí haber leído que trabajabas como secretaria —repuso.
—Quería ser periodista, dejé la carrera después del primer curso —mi tono se volvió triste de repente.
Él no preguntó el porqué de mi abandono.
—¿Adónde vamos? —pregunté cambiando de tema.
—Voy a enseñarte el castillo Urquhart, nuestra pequeña joya local.
—Creí que la joya local era Naruto.
—Sí, eso cree él —su tono volvía a ser divertido.
Caminamos en silencio en dirección al lago durante un cuarto de hora. Cuando llegamos quedé decepcionada, frente a mí se extendían las ruinas de lo que en otro tiempo debió ser un magnífico castillo.
Sasuke saludó a la entrada y pagó, paseamos hasta llegar a las ruinas y me fue explicando la historia del famoso castillo, con voz de narrador experto, se notaba que le gustaba la Historia y estaba familiarizado con ese lugar en particular. La primera referencia histórica databa de tiempos de San Columba, en el siglo VI, donde el santo residió en una de sus visitas al rey Bruce de los pictos del Norte. San Columba aprovechó la oportunidad para convertir al cristianismo a los señores del castillo e introducir la religión entre los bárbaros primeros habitantes de Escocia. A comienzos del siglo XIII se registró por primera vez su existencia. Se mantuvo en manos escocesas hasta que el conde de Ross lo capturó para la corona inglesa a mediados del siglo XV, pero fue recuperado poco después, pasando de mano en mano y de clan en clan, hasta que en 1692 fue destruido por los ingleses para evitar que fuera capturado por los jacobitas, legítimos pretendientes al trono escocés. Nunca más fue reconstruido.
Se notaba que amaba esa tierra en cada una de sus palabras y sus gestos. Se lo dije.
—Bueno ya sabes el dicho, se puede sacar al hombre de la montaña, pero no a la montaña del hombre. Supongo que aunque mi vida esté en Edimburgo, siempre seré un Highlander, lo llevo en la sangre —exclamó suspirando.
Se paró frente a una catapulta perfectamente conservada, en comparación con el castillo. Me explicó su funcionamiento y su alcance, con la precisión que utilizan los hombres con las armas, su emoción era patente cuando imitaba el gesto de empuje del arma medieval. Yo en silencio admiraba cada curva y músculo de su cuerpo al hacer el movimiento de lanzamiento sin escuchar una sola palabra.
—¿Te aburro? —preguntó mirándome con extrañeza.
—No, no, en absoluto. Adoro la historia y viajar y conocer otros países, ahora mismo me siento como un pulpo en una cacharrería, quisiera tocarlo y absorberlo todo —sonreí algo turbada.
Él rio.
—Curiosa comparación. No conozco a ninguna mujer que hable con tanta franqueza y sencillez como tú.
—Vaya —me sentí algo avergonzada. Suponía que el estaba acostumbrado a gente más culta y delicada.
—¿Qué ocurre? —se acercó a mí y sus ojos entraron en contacto con los míos y otra vez sentí que el aire se paralizaba a nuestro alrededor. El sonido de la gente que paseaba, de los pájaros, del aire y del rumor de las olas del Loch Ness, se quedaban quietos observándonos.
—Nada. Solo, que, supongo que te pareceré una pueblerina o algo por el estilo, ¿no?
—¿Qué? —parecía completamente sorprendido—. En absoluto, hace mucho tiempo que no mantenía una conversación tal real con una mujer, probablemente desde que iba a la escuela primaria —exclamó—. Venga, quiero enseñarte un sitio —exclamó de repente tirando de mi brazo.
Salimos del entorno del castillo y nos adentramos más en la orilla del Loch Ness. Encontramos un bosquecillo de álamos y lo atravesamos, hasta quedar en la misma orilla del lago y, sin embargo, totalmente aislados del resto del mundo por la muralla de árboles a nuestra espalda.
Nos sentamos en una piedra ancha y plana. Durante unos minutos no dijimos nada. Sasuke cogió varias piedras canteadas del suelo y se dedico a tirarlas a la superficie quieta del lago, haciendo que rebotaran varias veces hasta que finalmente se hundían.
—¿Quieres? —me ofreció una piedra.
—No creo que sea buena idea —le dije.
—¿Por qué?
—Ya sabes, yo con una piedra en la mano puedo ser muy peligrosa...
—Tienes razón —contestó riéndose—. Háblame de tu hija —pidió cambiando bruscamente de tema.
—¿Cómo sabes qué estaba pensando en ella? —pregunté. Estaba empezando a pensar que ese hombre podía leerme el pensamiento de verdad.
—Se te ha puesto esa expresión soñadora, como si miraras al infinito viendo algo que los demás no podemos alcanzar —replicó suavemente.
—Sí, estaba pensado que a ella le encantaría este lugar. Me gustaría traerla algún día —dije.
—¿Cómo es? —preguntó
—Me imagino que como cualquier niña de tres años, a veces es un demonio y luego un ángel. Es traviesa, divertida y está todo el día tarareando canciones, hasta volverte loca —reí recordándola.
—Como tú.
—Como yo ¿qué? —pregunté mirándole a los ojos.
—Tú también estás siempre tarareando alguna canción.
—No —contesté con firmeza—, yo hace más de diez años que ya no lo hago.
Mi padre tenía esa costumbre, que yo heredé y que perdí como tantas otras cosas cuando él murió.
—Sí, lo haces, me he fijado —afirmó serio.
¿Lo hacía? ¿Lo había vuelto a hacer? No entendía cómo ni por qué, pero si lo recordaba con atención, era cierto, había recuperado la costumbre de tararear.
—Oh, vaya —estaba sorprendida.
—¿Tienes alguna foto de Akane?
—Yo no te he dicho cómo se llama —apostillé.
—Lo habré escuchado en alguna parte —contestó él algo inquieto.
Saqué mi móvil del bolsillo trasero de mi pantalón y le enseñé una reciente.
Sasuke la miró con atención, no como suele hacer la gente a la que enseñas este tipo de fotos, que las miran por encima y exclaman: ¡qué mona!
—Se parece mucho a ti —expresó finalmente.
—Sí, lo sé, mi madre dice que yo de pequeña era igual a ella.
—Tenéis la misma nariz respingona —miró la mía.
—Mi padre la llamaba nariz de botón. Siempre me dijo que si necesitaba gafas no iba a tener dónde apoyarlas y que las tendría que llevar pegadas a las orejas con celo —hice una mueca.
Sasuke rio.
—Tienes una bonita familia, Sakura.
—Gracias. ¿Estás casado? —pregunté de repente, envalentonada por la confianza de nuestra conversación.
—No.
—¿No hay nadie? —le di un pequeño golpe en las costillas.
—No, lo hubo hace mucho tiempo, pero no funcionó —su tono se había vuelto súbitamente triste.
—Quizá no has encontrado a la mujer adecuada. Siempre le puedes decir a Naruto que te presente alguna de su cohorte —dije intentando que sonriera.
No lo conseguí.
—No has pensado alguna vez que quizá estuviste en el lugar adecuado, pero no tomaste la decisión correcta y que debido a ello te has pasado dando tumbos toda la vida intentando conseguir aquello que no sabías que habías perdido —expuso con voz triste.
—Sí, muchas veces. Demasiadas. Pero si lo pienso con detenimiento, me doy cuenta de que las decisiones que tomé que quizá no fueron las correctas me dieron cosas tan preciadas como mi hija y por ella no puedo permitirme el lujo de mirar atrás, al menos no con demasiada frecuencia —repuse con energía.
El día se había vuelto gris, como la nube que ahora cubría nuestras almas por diferentes razones.
—Creo que es hora de volver. Naruto estará histérico —exclamé levantándome.
—Sí, vamos. Deberíamos darnos prisa porque va a empezar a llover.
—¿Ah, sí? —dije yo mirando el cielo. Justo en ese momento una gota cayó sobre mi frente—. ¡Sí! —y comencé a correr detrás de él.
Llegamos a los pocos minutos al pub, jadeando por la carrera y completamente empapados. Bueno él, yo no, ya que había utilizado su chaqueta térmica que llevaba capucha.
Entramos riéndonos al calor del pub.
—Bienvenida a Escocia —exclamó con una sonrisa amplia.
—Me encanta la lluvia, así que gracias.
Le devolví su cazadora y me dirigí a la barra, a sustituir a Naruto, que seguía con cara de enfado.
—¿Qué significa "capullo"? —preguntó nada más verme.
Vaya, con que esas tenemos, ¿eh?
—Capullo significa, ummm, —busqué la explicación correcta, que no me pareció adecuada, así que finalmente le contesté—: significa que tienes el pene muy grande, ¡eso es! —le sonreí.
—Jet, ¿es verdad? —preguntó Naruto dirigiéndose a Sasuke.
Sasuke emitió un sonido gutural que acabó en un gruñido tan característico de los escoceses que podía significar desde estoy de acuerdo a te está tomando el pelo.
—Está bien, ya me enteraré y como no me guste la respuesta, prepárate —amenazó mirándome fijamente.
—¡Uy, uy! Ya estoy temblando —hice el gesto de miedo con mis manos. Lo que lo enfureció todavía más.
—¿Por qué te llama Jaír? —pregunté a Sasuke—. ¿Jaír es tu segundo nombre?
—No, me llaman Jet, por mi color de pelo. Significa azabache en gaélico. Siempre me han llamado así —explicó encogiéndose de hombros.
Viendo que su primo lo observaba hizo otro comentario mordaz.
—Supongo que es mejor eso a que me llamen el Ken de Barbie —tanto Sasuke como yo estallamos en carcajadas. Yo estaba demasiado cerca, pero Sasuke tuvo que esquivar una caja de servilletas de papel lanzadas con una puntería certera a su cabeza.
—¡Bah! —nos dijo a los dos viendo que entraba Temari por la puerta— te dejo al mando, cielo, yo me voy a dormir. Y a vosotros dos, ¡que os jodan! —exclamó girándose hacia la puerta trasera.
Sasuke y yo nos volvimos a mirar y estallamos en carcajadas otra vez.
—Yo también me voy —dijo él—, tengo varias horas de carretera hasta Edimburgo.
Temari preguntó algo asustada:
—¿Me quedo yo sola?
—No —contesté—, ya me quedo yo un par de horas más por lo menos, tranquila.
Sasuke me hizo un gesto de aprobación con la cabeza y le grité en la puerta una advertencia.
—Buen viaje, ten cuidado.
—Lo tendré. Sobre todo con las ciclistas despistadas —sonrió.
Yo le saqué la lengua.
Lo observé meterse en el coche y antes de arrancar cogió la cazadora que me había dejado y la olió. ¡La olió! Juraría que lo hizo. Después, la dejó con un suspiro en el asiento del copiloto y se fue.
Llegué muy tarde a casa y bajo una lluvia torrencial. Mi bicicleta chirriaba y jadeaba como si cada pedaleo fuera el último de su existencia y varias veces creí que me iba a dejar tirada a medio camino. Con un suspiro de cansancio, la aparqué en la verja del jardín y entré en la casa a oscuras, encendí las luces principales y dejé el chubasquero en la habitación de la plancha para que se secara. Había una nota en la mesa de la cocina, mis caseros me informaban que habían salido a su partida de bridge de los domingos, que comiera lo que quisiera, pero que habían dejado en el frigorífico unos filetes empanados. Calenté uno y cogí una cerveza. Comí en completo silencio en la cocina. Una de las cosas que echaba en falta de España era el continuo barullo, allí era muy difícil conseguir estar en silencio absoluto y menos en una casa, si no era un vecino era otro, o el ruido del tráfico se colaba por las ventanas. Si incluso así no te sentías suficientemente acompañada encendías la radio o la televisión, que por supuesto había en todas las habitaciones.
Terminé mi exigua cena y, cansada, subí a darme un baño. Me puse el pijama y ya en la habitación cogí el teléfono para llamar a mi madre.
—¿Mamá?
—¡Hola cariño! ¿Cómo estás?
—Bien, muy bien, ¿y vosotras?
—Estamos a punto de cenar y prontito a la cama que mañana hay que madrugar —supe por el tono que se refería a Akane.
—¿Puedes pasármela?
—Claro. Akane, mira quién llama.
—¿Quién es? ¿Mami? —oí su vocecita chillona y quise alargar la mano a través del teléfono para acariciar su rostro suave y delicado.
—Hola, mi amor.
—Hola, mami, ¿has cazado al dragón?
—No, todavía no. Pero estoy en ello —reí.
—Yo he estado en una granja de animales.
—¿Y qué has visto?
—Animalitos.
—Sí, pero ¿cuáles?
—Un caballo y su novia, una caballa.
—¿Una caballa? —rompí a reír.
—Sí —contestó emocionada ella—. Tenía el pelo blanco y nos ha dejado acariciarla, pero muy suave porque se ponía nerviosa.
—¿No sería una yegua?
—No —contestó ella de forma tajante—, era una caballa.
—¿Te lo pasas bien con la abuela?
—Sí, mucho, mira lo que sé hacer —oí cómo soltaba el teléfono y a mi madre que le decía: "Akane, cielo, que mamá no te puede ver, solo te escucha".
—Hola —dije yo a la nada.
—Está haciendo una voltereta, pero todavía no entiende que no la ves a través del teléfono, como tengo tu foto cuando llamas, cree que estás dentro observándola —explicó ella. Le pasó el teléfono cuando Akane terminó su exhibición de acrobacia.
—¿Te ha gustado? —preguntó jadeando.
—Muy bonita, preciosa, te ha salido perfecta.
Ella rio con risa cantarina e infantil.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó con anhelo.
El corazón se me cerró en un puño.
—Pronto, cielo —dije.
—¿Mañana?
—No, cariño, un poquito más tarde.
—¿Hoy? —el concepto del tiempo para ella era completamente relativo.
—No, mi amor, dentro de unos días.
—¿Hoy es mañana?
—No, hoy es hoy y mañana es mañana.
—No lo entiendo —exclamó confusa.
—Ya te lo explicaré cuando vuelva, mi amor.
—Vale, pero que sea pronto, para que vengas a la piscina conmigo. La abuela me ha comprado unos manguitos de Minnie para que me ayuden a flotar.
—¡Fantástico! No te preocupes, que antes de que acabe el verano, mamá te llevará a la piscina y veremos qué tal se te dan los manguitos —esperaba que en septiembre todavía hiciera tiempo para llevarla a nadar algunos días. Miré el tiempo a través de la ventana. Seguía lloviendo como si fuese el diluvio universal.
Mi madre cogió el teléfono.
—¿De verdad está todo bien, hija?
—Sí, mamá. Ya empiezo a encontrarle el ritmo a Escocia y me gusta bastante —una imagen de Sasuke se coló en mi mente como un destello fugaz.
—¿Y con Sasori? ¿Has hablado ya con él? —preguntó preocupada.
—Bueno, más o menos, es que lo pillé de fiesta con los del trabajo y no debía tener muchas ganas de conversación —expliqué algo enfadada.
—Tienes que tener paciencia. Te echa mucho me menos, pero es un cabezota y un terco y no te lo va a reconocer —suspiró mi madre.
—Sí, lo sé mamá, lo sé —sabía que era un cabezota, pero su actitud de las últimas semanas me tenía bastante descolocada.
Ahogué un bostezo.
—¿Estás cansada? ¿Te hacen trabajar mucho?
—Bueno, lo normal, imagino, pero anoche no dormí muy bien y la verdad es que estoy a punto de acostarme.
—¿Tan pronto? ¿Qué ha sido del ave nocturna de mi hija? En menos de una semana cómo te han cambiado.
—Bueno —dije riéndome—,cuando vuelva ya recuperaré las buenas costumbres. Te quiero.
—Y yo a ti. Descansa.
Esa noche dormí de un tirón, sin alarmas de teléfono ni sueños inquietantes, desperté con el aroma a tostadas que subía por las escaleras. Miré por la ventana, era de día, pero tan oscuro por la lluvia que seguía cayendo que parecía de noche. Me acurruqué un poco más en el edredón de Rayo McQueen, agradeciendo que esa semana tuviera turno de tarde.
Hice el vago casi toda la mañana, recogí un poco la habitación y lavé la ropa. Almorcé con mis caseros. Hiruzen se ofreció a llevarme al trabajo. Afirmó que llovía demasiado para ir en bicicleta. Se lo agradecí, pero había consultado los horarios de los autobuses y al menos para la ida podía coger uno. Me exigió que lo llamara cuando terminara el turno, que no le importaba esperar viendo la tele y recogerme. Se lo agradecí infinitamente. La verdad era que, hacer el trayecto de noche sola caminando, no me hacía mucha gracia. No era que tuviera miedo de que me asaltaran, ya que el índice de violencia debía ser inexistente en aquella zona, pero solo pensar en tres kilómetros por una carretera a oscuras amedrentaba a cualquiera.
Me saqué un bono para viajes para un mes en la pequeña estación y piqué en el autobús urbano. En cinco minutos había llegado a mi destino, cómodamente sentada y seca.
Entré corriendo en el pub, tapándome la cabeza con el bolso.
—Hola —saludé a Temari, que ya estaba detrás de la barra.
—Hola —saludó ella a su vez. Era una persona encantadora, quizá algo tímida o intimidada por nuestro jefe, Naruto.
Me cambié y salí a ayudarla.
—Hoy va a ser un día tranquilo —explicó—. Con este tiempo no creo que haya muchos turistas que se atrevan a asomarse por aquí. Pero nunca se sabe, si se aburren del bar del hotel vendrán en busca de algo de diversión. Esta tarde he visto llegar un autobús de españoles y esos raras veces se quedan en los hoteles.
—Es cierto —corroboré—. Si pagas unas vacaciones de una semana, yo tampoco me quedaría en el hotel desde las ocho de la noche, sobre todo porque para nosotros esa es la hora de la merienda, no de la cena.
—No se cómo podéis hacerlo, si yo salgo de aquí tan cansada que a las doce estoy en mi cama y no despierto hasta casi las doce del día siguiente y, sin embargo, vosotros, para las ocho ya estáis aquí reclamando el desayuno.
—Con muchos años de práctica —dije—, y con litros de café —añadí.
Neji entró en ese momento por la puerta. No había rastro de Naruto.
—Ya me encargo yo —murmuré a Temari.
—Hola —saludé—. ¿Qué te pongo?
—Hola —saludó reconociéndome—. Una pinta de Tennents, por favor.
Se la puse y le pregunté qué tal con el pequeño Neji.
—Muy bien, ya duerme casi cinco horas seguidas por la noche. No me lo puedo creer. Creí que jamás volvería a dormir como es debido.
Sonreí.
—En realidad, jamás volverás a dormir como es debido, luego vendrán los dientes, luego el orinal, luego los terrores nocturnos y luego las noches en vela porque ha salido con los amigos y no llega —exclamé.
Él dejó la pinta bruscamente en la barra.
—¡Joder! No lo había pensado —su mano temblaba ligeramente.
Le di una palmaditas.
—Tranquilo, que te acostumbras, al final duermes siempre con un ojo abierto y otro cerrado, en perpetuo estado de alerta. Pero se sobrevive, todos lo hacemos, ¿no? —dije sonriéndole con firmeza.
—Sí, ya —seguía sujetando la pinta con demasiada fuerza.
En ese momento salió Naruto de la cocina. Se saludaron efusivamente, dándose golpes en la espalda, como viejos conocidos.
—¿Ya has terminado por hoy? —preguntó Naruto.
—Sí, tampoco había mucho curro. Un par de arañazos por un choque con un árbol. Excepto por la luna que tuvimos que cambiar el sábado al coche de Sasuke, no hay mucho movimiento —aclaró.
Me había separado un par de metros para dejarles algo de intimidad mientras me dedicaba a secar unos vasos con un trapo. Al escuchar el nombre de Sasuke no miré, pero puse atención.
—Lo sé, menudo golpe le dieron, ¿no crees? —preguntó Naruto. Maldito sea, el entrometido.
—¡Vaya que sí! Tuvimos que limpiar todo el coche por dentro, estaba lleno de trozos de cristal. Estuvimos aspirando casi una hora. Además, le costó un pastón. Lo tiene asegurado a terceros y lo tuvo que pagar a tocateja —dio una palmada en la barra.
Me erguí como si me hubieran dado un golpe en la espalda con un palo. ¿Que lo había tenido que pagar él? No era eso lo que me había dicho.
Naruto rio con ganas.
—¿Sabes? No creo que le doliera mucho aflojar la pasta, tío. Por lo menos esta vez. Supongo que ya sabrá cómo cobrárselo a quien se lo hizo —yo lo miré de reojo frunciendo los labios.
De la boca de Neji surgió un gruñido indescriptible. Tenían que haberme advertido que aparte del gaélico, los escoceses tenían un lenguaje gutural que a mis oídos resultaba indescifrable.
—¿No crees, Sakura? —me volví a mirarlo directamente, sus ojos brillaban divertidos, ya no parecía el hombre enfadado y gruñón del día anterior.
—Quizá ya se lo ha cobrado —contesté yo con voz demasiado aguda. Me arrepentí en el mismo momento de decirlo, estaba creando una imagen mía que no era la correcta, pero Naruto tenía la capacidad de hacer que quisiera cerrarle la boca con puntas y un martillo cada vez que decía algo.
Naruto abrió la boca, luego los ojos en señal de haber comprendido, pero se mantuvo en silencio. Su gesto se volvió adusto de repente.
—Chiyo necesita ayuda con las cenas —dijo en tono hosco.
—Entendido —contesté, me despedí de Neji y le di recuerdos para su mujer y su hijo.
Entré en la cocina y el rostro agradable de Chiyo me recibió.
—Hola, querida —me saludó siempre sonriente la cocinera.
—Hola, Chiyo —saludé a mi vez—. ¿En qué puedo ayudarte?
Me dio una fuente de patatas y un cuchillo. No necesité más explicaciones.
—¿Cuándo me vas a enseñar a hacer tortilla española? —preguntó de repente.
—Cuando quieras —contesté—, o cuando quiera Naruto, que es el que manda.
—¡Bah! —exclamó—, con Naruto podemos las dos.
—Verás, he estado pensando esta mañana que podíamos preparar algún tipo de menú español. Ya sabes, como suelen venir turistas españoles... Además, esta semana empieza la Eurocopa. No sé, quizá no es buena idea, pero podíamos aprovechar que vienen a ver los partidos para sacar un surtidos de pinchos y tapas españolas. ¿Tú qué crees? —pregunté tímidamente. Igual me estaba excediendo en mis competencias.
—Me parece perfecto, querida, si me explicas qué son los pinchos y las tapas, no había oído nunca hablar de ellos —replicó con curiosidad.
Le expliqué lo que era un pincho o una tapa y que había una infinidad de formas de prepararlos y presentarlos. Hablamos de cuáles podríamos ofrecer barajando las opciones de los alimentos básicos de Escocia y finalmente nos decidimos por cuatro variedades.
Ilusionadas y emocionadas con el nuevo proyecto llamamos a Naruto para comentárselo. Dejé que se lo explicara Chiyo, que obviamente sabía mejor cómo manejarlo, yo me limité a dar las explicaciones técnicas de cada plato. Él agitaba la cabeza y emitía sonidos guturales a cada pausa de Chiyo. Finalmente, se pasó la mano por el pelo, cogiéndolo con una sola mano en la nuca, gesto que compartía con su primo, y cerró los ojos con gesto de concentración. Chiyo y yo nos miramos, ella levantó el dedo gordo en señal de victoria. Naruto se soltó el pelo, que se le revolvió alrededor de la cabeza, y dijo:
—Me parece una buena idea.
Ambas aplaudimos como dos niñas.
—Pero —expresó alzando la voz— ¿sabréis hacerlo?
—Por supuesto —afirmé yo y le mostré mi mejor sonrisa.
Él a su vez me sonrió de una forma misteriosa.
—Si al final vas a ser un pequeño descubrimiento, preciosa.
Yo cambié mi sonrisa por un gruñido, que hizo que él riera a carcajadas.
En ese momento entró como una tromba Temari haciendo que todos nos apiñáramos en la pequeña cocina cómo pudimos.
Su gesto era de desesperación.
—Sakura.
—¿Sí? —contesté preocupada.
—Ha llegado un grupo de españoles. No les entiendo nada, creo que quieren unas pintas, pero no dejan de decir oso una y otra vez. ¿Puedes encargarte tú? —preguntó angustiada.
—Claro, ya voy—contesté sonriendo. Para nosotros el término bear y beer, sonaba exactamente igual y era un error bastante común.
Eran un grupo de cuatro parejas, comprendidas entre los treinta y los cuarenta y cinco años.
—Hola —saludé en castellano.
—¿Hablas nuestro idioma? —preguntó el cabecilla, uno de los hombres más jóvenes.
—Perfectamente, soy española —añadí.
—¡Bien! Estamos salvados —aplaudieron todos.
Yo reí.
Pidieron varias pintas y uno de ellos quiso mezclar el whisky con coca cola. No le dejé, normas del pub. Para que me entendiera le expliqué que era lo mismo que mezclar un reserva con gaseosa, lo comprendió a la perfección. También les enseñé la carta y les expliqué los platos. Hablamos del viaje y de España, del calor que hacía allí y del frío que sentían aquí. Los dejé en una mesa cenando y bebiendo, y fui a la barra a recoger un poco.
—¿Lo echas de menos? —preguntó Naruto a mi lado mirándolos.
—Mucho —respondí yo con añoranza.
—¿Aquí estás cómoda? —no había ironía ni malas intenciones en su pregunta.
—Sí —le contesté de forma sincera—, ya empiezo a sentirme como en casa. Me gusta la lluvia y la tranquilidad, es como si aquí el tiempo fuera a una velocidad mucho más lenta. Hacía mucho tiempo que no me sentía así.
—¿Cómo? —preguntó él.
—Desestresada —le contesté yo sin encontrar una palabra que se acercara más a la realidad.
Él levantó las cejas en un gesto interrogante.
—En España —intenté explicarle— tenía la sensación de que mi vida transcurría a contrarreloj y que, sin embargo, nunca me daba tiempo a terminar nada de lo comenzado. Aquí incluso tengo demasiado tiempo libre y me aburro a veces. Y ese es un sentimiento totalmente desconocido, pero agradable para mí.
—Me alegro —afirmó él.
—¿De qué? ¿De que me aburra? No irás a pedirme que haga más horas, ¿no? —pregunté con desconfianza.
—No. Me alegro de que te encuentres a gusto aquí. Pensé que no durarías ni dos días, incluso aposté con Sasuke cien libras a que para el siguiente fin de semana habrías abandonado. Por lo visto ha vuelto a ganar —concluyó con algo de tristeza en la voz.
Lo miré algo desconcertada. Era como un trasgo. A veces un demonio, a veces un duende encantador, pero siempre tenía que mantenerme alerta.
Se volvió y rebuscó en uno de los cajones del aparador de detrás de la barra.
—Toma —dijo.
Me dio dos o tres folletos turísticos de la zona.
—Quizá te sean de utilidad en tu tiempo libre, esto es muy bonito y podrías hacer algo de turismo. Si tengo alguna hora libre, incluso te puedo acompañar —sugirió.
—Gracias —contesté. Cogí los folletos y me los guardé en el bolsillo trasero del pantalón. No estaba muy segura de que me gustase que él me acompañara, pero agradecía su ofrecimiento.
La gente poco a poco fue abandonando el pub, excepto los españoles, a los que tuve que informar de que las reglas sobre el cierre eran bastante estrictas. Refunfuñando pero calientes por la cerveza y el whisky se fueron cantando hasta su hotel.
Me cambié y estaba a punto de llamar a Hiruzen cuando Naruto me preguntó cómo iba a volver a casa. Le comenté que mi casero se había ofrecido a llevarme. Lo descartó con un gesto de la mano.
—Vamos —dijo cogiéndome del brazo—, te llevaré yo, he traído el Range Rover.
Salimos juntos y dejamos que Temari cerrara. La mirada que me lanzó no fue nada tímida, pero sí claramente molesta. Le hice un gesto de resignación, quería dejarle claro que yo no era ninguna amenaza para ella.
Montamos en el Range Rover y Naruto encendió la calefacción. Condujo en silencio unos minutos.
—¿Nunca has acompañado a Temari a casa?
—No, ¿por qué? —preguntó él extrañado.
¡Ay, madre! Tan listo para unas cosas y tan tonto para otras.
—Por nada, Naruto, no tiene importancia —contesté yo.
Me preguntó la dirección y en pocos minutos me había dejado delante de la casa de los señores Sarutobi.
Nos despedimos y desapareció en la oscuridad de la noche.
Yo entré en silencio y desperté a Hiruzen, que se había quedado dormido con el sonido de la tele de acompañamiento a sus ronquidos. Se asustó un poco cuando le agité los hombros.
—¿Qué? —exclamó algo aturdido incorporándose.
—Shhh —dije yo poniéndome un dedo en los labios.
—¿Cómo has llegado, muchacha? —preguntó medio adormilado.
—Me ha traído Naruto, creo que es posible que me acerque más días, así que no tendré que molestarlo más —expliqué susurrando.
—No es molestia, muchacha. Me gusta ser útil. Un viejo como yo, pocas cosas puede hacer ya —lo dijo con tanta pena que sonreí.
—No se preocupe, si lo necesito alguna noche, lo llamo y ya está, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. No se hable más. A la cama, que ya es muy tarde —ordenó levantándose con un gruñido.
Subimos juntos las escaleras y nos despedimos en el descansillo. Yo estaba tan cansada, que sin apenas desmaquillarme, me puse el pijama y me quedé al instante dormida, envuelta en el silencio tranquilizador de Escocia.
Al día siguiente continuó lloviendo, si bien era cierto que me gustaba la lluvia, empezaba a creer que las palabras de Matsuri eran toda una máxima: "todo en exceso es aburrido, con la única excepción del sexo". Sonreí mientras miraba las gotas de agua deslizarse través del ventanal de pub. Últimamente pensaba mucho en ella, pero ya no con la añoranza desesperada de los primeros meses de ausencia, sino recordando pequeñas anécdotas y acciones.
—¿Has visto un duende? —preguntó Naruto acercándose a mí.
—Sí, a uno muy travieso —contesté con una sonrisa melancólica. Yo siempre llamaba duendecillo a Matsuri por su aspecto pequeño y simpático.
Él me miró con una expresión indescifrable. Con su apostura alta, musculosa y rubia podía entender perfectamente que las mujeres babearan a su alrededor, sin embargo, a mí solo conseguía sacarme de mis casillas, fuera cual fuera su comentario. Empezaba a creer que en otra vida fuimos enemigos acérrimos.
—Chiyo ha llegado. Te espera para preparar los menús del viernes.
—Ok, ya voy—dije dejando a un lado las ensoñaciones y dirigiéndome a la cocina.
Allí estuve al menos una hora, discutiendo y planeando la ejecución de los platos. Ella se había ocupado de comprar todos los suministros que le encargué y juntas hicimos por fin la tan ansiada tortilla española. Llamamos a Temari y Naruto para que hicieran los honores.
Esperamos expectantes su reacción. Nadie diría que se trataba de una simple tortilla. Para nosotras era como el menú de la boda de un rey.
Temari asintió con una gran sonrisa.
—Me encanta, está muy suave, apenas se nota el sabor de la patata y la cebolla. ¿Puedo coger otro trozo? —yo sonreí encantada y le partí un triángulo.
—¿Se le puede echar tomate o salsa picante o algo así? —añadió Naruto tragando el último trozo.
Yo lo miré disgustada, a lo que él me respondió entrecerrando los ojos.
—¡Tiempo muerto! —exclamó de repente Chiyo—. Mira, hijo, si no sabes apreciar las excelencias culinarias de tus cocineras, es que tienes el hocico de un cerdo y quizá debieras comer lo que ellos —espetó.
—¡Olé! —grité yo.
Los tres me miraron alucinando.
—Perdón, es que me ha salido el gen español —dije algo avergonzada.
Dejé a Naruto discutiendo temas de suministro con Chiyo y salí a ayudar a Temari. La vi intentando alcanzar las botellas de la última estantería detrás de la barra, haciendo equilibrios sobre un pequeño banco de madera de tres patas.
—Eh, eh —murmuré acercándome—, baja o te caerás. Déjame a mí, soy bastante más alta que tú.
Me subí al banco y estirándome comencé a seleccionar y a apartar botellas, dándoselas una a una a Temari para que las dejara en el aparador y así limpiarlas las dos. Entonces la vi, agazapada detrás de la última botella que retiré, una araña de patas largas. Con mucho cuidado rebusqué con una mano libre en mi delantal algo con lo que cogerla. Encontré una servilleta de papel arrugada, intenté estirarla aplastándola contra mi pierna y perdí el equilibrio. Me quedé momentáneamente suspendida en el aire, con un solo pie apoyado en el banco tambaleante y la otra mano sujetando desesperada la balda de madera de la estantería. Emití un grito de auxilio.
Temari soltó la botella que tenía en la mano y corrió hacia mí. No fue lo suficientemente rápida. Cuando estaba a punto de caer, unas manos fuertes me sujetaron por la cintura. Naruto emitió un gruñido y lo oí arrastrar con el pie el banco para que pudiera apoyarme otra vez en él.
—¿Cuánto pesas, preciosa? —preguntó justo a mi trasero.
—No demasiado, por lo visto —contesté belicosa poniéndome de puntillas para atrapar a la araña.
—¿Qué demonios haces? —gruñó a mi espalda sujetándome con más fuerza.
—He visto una araña.
—¿Quieres que la mate? —preguntó solícito.
—No creo que puedas hacerlo si no me quitas las manos de encima. Pero no. No quiero que le hagas daño —él obvió mi alusión a que me soltara y en respuesta apretó más sus manos, estrujándome.
Yo lo ignoré y cogí a la araña con cuidado, atrapándola con la servilleta de papel.
—Suéltame —le dije—, ya la tengo.
—¿Seguro? —preguntó él, indeciso.
—O me sueltas o te pego una patada —contesté furiosa.
Sus manos se abrieron y se apartó un paso hacia atrás.
Yo me giré y salté del banco, aterrizando con precisión en el suelo sin soltar la servilleta en la que se había acurrucado la araña.
Sin mirarlo, me dirigí a la puerta trasera, la que daba al callejón. Él me siguió. Abrí la puerta y la sujeté con un pie. Me agaché y, con cuidado, solté a la araña.
—Vete, arañita, vete —susurré empujándola con suavidad—, vete y cómete muchos bichitos.
Naruto se agachó a mi lado.
—¿Puedes explicarme qué has hecho? —preguntó con más curiosidad que enfado.
—La he dejado libre —dije sonriendo.
—¿A una araña? —preguntó incrédulo.
—Sí, pero solo si es de patas largas.
—¿Y si es pequeña y peluda?
—Entonces —lo miré fijamente a los ojos— la aplasto con todas mis fuerzas.
Él reculó un paso.
—Estás completamente loca —exclamó asombrado.
—Mira, me lo han dicho tantas veces en los últimos meses, que estoy empezando a creer que es verdad —afirmé resignada.
—Lo normal es que te pusieras a gritar pidiéndome que la matara. Lo sabes, ¿no? —preguntó.
—Pero ¿con qué clase de mujeres te relacionas? —pregunté divertida.
—Con las normales, supongo —respondió él encogiéndose de hombros.
Eludí el velado insulto e intenté explicárselo.
—Es por mi hija, ¿sabes? A ella le gustan las arañas de patas largas, las hormigas, los escarabajos, los ciempiés, las orugas, en general todo lo que se arrastre por el suelo. Así que si alguna araña se cuela del jardín, lo que hacemos es cogerla con cuidado y dejarla en libertad fuera de casa —le miré intentando adivinar si lo había entendido.
—Vale, lo entiendo. Creo. Pero sigo pensando que estás loca. Nunca había conocido a una mujer como tú —lo dijo con asombro, no había maldad en su comentario.
—Eso es porque te dedicas a jugar con niñas y no con mujeres, escocés cabezota —le contesté sonriendo.
Hizo el gesto de un puñal clavado en el corazón y echó la cabeza exageradamente hacia atrás como si realmente hubiera recibido un impacto en el pecho.
Yo me reí.
—Idiota —musité alejándome. Pero iba sonriendo.
Cuando llegué a casa esa noche, Hiruzen me estaba esperando. La verdad es que me dio un susto de muerte, lo encontré sentado en las escaleras a oscuras. Sofoqué un grito y él me hizo el gesto de silencio poniéndose el dedo índice en los labios.
—¿Qué hace aquí? ¿Ha ocurrido algo? —pregunté susurrando.
—Quería hablar un momento contigo, muchacha —contestó como si escondiera un gran secreto—. ¿Subimos a tu habitación?
—Claro.
Nos deslizamos por las escaleras enmoquetadas intentando hacer el menor ruido posible para no despertar a Biwako.
Abrí la puerta de la habitación, encendí la luz y le di paso.
—¿Qué sucede? —inquirí algo preocupada.
Él se balanceó con las manos metidas en la voluminosa bata de paño verde.
—Humsmffsdf —fue todo lo que dijo.
—Vamos —murmuré animándolo como solía hacer con mi hija cuando ésta se mostraba reticente a contarme algo.
—Creo que has encontrado unas revistas un poco picantes —dijo bajando la voz y el rostro a la vez.
—Sí —contesté. Aquello empezaba a ser divertido.
—Pienso que es mi obligación mantenerlas a buen recaudo —explicó mirando al suelo.
—¿Ah, sí? A mí no me importa tenerlas aquí. No me molestan en absoluto —reprimí una sonrisa.
—Bueno, es que... verás... son cosas de hombres, ¿entiendes? —afirmó levantando un poco la vista, pero sin mirarme directamente.
Me agaché y saqué mi maleta de debajo de la cama. La abrí y le entregué el voluminoso conjunto de variadas revistas pornográficas. Como había dicho, eran cosa de hombres y yo no las iba a necesitar para nada.
Las cogió y se las metió dentro de la bata, arropándolas con cariño. Tuve que hacer un gran esfuerzo para reprimir la carcajada que amenazaba con brotar de mi garganta.
—¿No le dirás nada a Biwako? —preguntó con gesto preocupado.
—Nada en absoluto. Es nuestro secreto —contesté. Hice como si me cerrara una cremallera en mis labios y con un gesto de la mano tiré la llave.
Él sonrió.
—Sabía que eras gente de confianza. ¿No tendrás familia escocesa?
—No, que yo sepa. Mi apellido se remonta a los tiempos de la Reconquista.
—Bueno, me voy, que tengo cosas que hacer —dijo alejándose unos pasos.
No me atreví a preguntar qué clase de cosas iba a hacer a medianoche, pero me lo imaginaba.
Cuando estaba a punto de abandonar la habitación le sujeté un brazo.
—¿No se molestará su hijo cuando vea que han desaparecido sus revistas? —pregunté.
Hiruzen vaciló un momento antes de contestar.
—Mi hijo no tiene nada que ver en esto, muchacha. Ni siquiera conoce la existencia de las revistas —repuso ruborizándose.
Emití un sonido ahogado, pero no dije nada. ¡Vaya con el ancianito!
Lo oí bajar las escaleras y salir al patio trasero, allí un sonido de puerta metálica me indicó que se había metido en el garaje. Desde luego no pensé ni por un momento que fuera a cambiarle el aceite al coche.
Todavía sonriendo me acosté y cuando estaba fijando la alarma del teléfono, recordé a Sasori. Me fijé en la hora, un poco más de las doce. ¿Sería muy tarde para llamar? Normalmente nos acostábamos sobre esa hora, lo mismo lo pillaba despierto. Lo intenté pensando que si no contestaba a los cuatro tonos, colgaría.
—¿Sí? —contestó con voz adormilada.
—¿Estás durmiendo? —pregunté susurrando.
—Ahora ya no —dijo, pero su voz no sonaba enfadada.
—Te echo de menos.
—Y yo a ti —cuánto deseaba escuchar esa frase.
—¿Cuánto me echas de menos?
—Mucho. Demasiado. Ahora estoy pensando en lo que te haría si estuvieras acostada a mi lado.
—Ah, sí... ¿y qué me harías? —pregunté con voz sensual.
—De todo —su voz se había vuelto ronca.
Suspiré.
—¿Qué llevas puesto? —preguntó.
—Mi pijama de Hello Kitty—dije riendo en silencio.
—¿Y debajo?
—Nada.
—Joder —masculló.
Hubo un silencio y oí a través del teléfono cómo giraba en la cama.
—Tócate.
—¡Qué! —exclamé algo sorprendida.
—Haz lo que yo te diga —sonó imperativo.
—Vale —nunca había tenido sexo telefónico, pero alguna vez tiene que ser la primera, ¿no?
—Sube la mano por el estómago y cógete un pecho. Acaricia el pezón como lo haría yo.
Lo hice, noté como se erguía al contacto con mis dedos.
—Pellízcalo.
—Sí.
—¿Qué sientes?
—Que tengo ganas de más.
—Pasa al otro pezón, no lo dejes abandonado. Acarícialo formando círculos con tus dedos y pellízcalo, con fuerza, hasta que te duela.
—Mmmfmfmf —susurré.
—Baja la mano por tu estómago y métela bajo la cinturilla del pantalón.
Lo hice, sintiendo cómo mi piel y mi cuerpo respondía a las caricias y a la voz de mi marido dictando instrucciones a través del teléfono.
—Quítate el pantalón. Quiero que notes la frescura de las sábanas en la piel.
Pataleé para deshacerme del pantalón y noté con excitación el roce de las sábanas. Abrí instintivamente las piernas, palpitando remolinos de calor en mi vientre.
—Baja la mano y acaríciate para mí —susurró.
—Lo estoy haciendo —contesté entrecortadamente, acariciando mi parte más sensible.
—¿Quieres más?
—¡Sí! —casi grité.
—Introduce un dedo y piensa en mí. Es mi mano, nena, mi mano es la que te acaricia y te lleva al placer —ordenó.
Hice lo que me pedía buscando alivio a la tensión sexual de mi cuerpo. Pensé en su mano, pero otra imagen traicionó a mi mente, una mano grande, fuerte, cubierta de suave pelo oscuro. Una mano experta. Un cuerpo fuerte y musculoso sobre mí, con un pelo largo que me hacía cosquillas en el estómago al inclinarse, un pelo negro como el carbon. Y una mano que me frotaba con fuerza buscando más, queriendo más, hasta que me convulsioné en un orgasmo repentino que hizo que cerrara las piernas ahogando un grito de éxtasis.
Respirando entrecortadamente a través del teléfono oí un gruñido sordo y supe que él también había llegado.
Nos quedamos unos momentos en silencio, respirando agitadamente, dejando que nuestros corazones recuperaran el ritmo normal.
—¡Joder! —dijo finalmente.
—Ummn —respondí yo.
—¿Cuándo vas a volver?
—Cuando termine el contrato.
—Me estás volviendo loco. Lo sabes, ¿no?
—Yo también te quiero mucho —respondí.
—Este verano se me está haciendo eterno sin ti.
No supe qué responder. Él quería algo que yo de momento no podía darle. No iba a volver, al menos no pronto, no ahora que todo parecía que empezaba a funcionar otra vez y me encontraba a gusto, de hecho muy a gusto, en Escocia.
—¿Estás ahí? —preguntó.
—Sí —contesté yo con voz queda.
—Mañana tengo que trabajar y madrugo —fin del romance.
—Sí, yo también. Te quiero.
—Has estado muy bien, nena. Al final vas a tener madera para la hot line —susurró.
—Solo si es contigo —me sentí tremendamente culpable de la mentira.
Nos despedimos con un beso. Dejé el teléfono en la mesilla. Intenté dormir. No pude. Mi cuerpo anhelaba el contacto de otra piel. La piel de Sasuke. Me consolé pensando que quizá fuera fruto de la abstinencia. Pero mucho me temía que ese maldito escocés pelinegro me estaba empezando a gustar demasiado. Aunque no había hecho nada pecaminoso, en mi fuero interno me sentía culpable, como si estuviera engañando a Sasori. Frustrada, di un golpe con el puño a la almohada para acomodarme mejor y después de contar todas las ovejas de Escocia me quedé finalmente dormida.
