Sed por ser algo más


—Capítulo 7—

Exigencias menos de hijo ¿Y más de novio?


Después de aventarse la primera vez, la segunda le resultó menos bochornosa. Y la tercera. Y la cuarta. Y la quinta. Y acabó donde estaba ahora: tomándole hasta el codo. Era irónico ese viejo dicho, al menos para él. Literalmente, Naruto le dio una mano y él se trepó hasta el codo, y todavía quería más.

Se había apoderado de los abrigos del hokage, así fuese verano. Los utilizaba cada que merodeaba por la aldea, sobre todo los días que Hinata buscaba conversar con él, como madre-hijo. También se estaba acostumbrando a robarle las medias de estar por casa, con la excusa de que estaba pegando el estirón y que su ropa le ajustaba mucho. Eso sí era en parte cierto. Había crecido once centímetros más.

La semana pasada Hinata le había comprado ropa al tanteo, sin atinar en sus gustos. Hubiese sido más factible acompañarla, pero no quería congeniar con el impedimento-principal entre el sétimo y él.

Había buscado cualquier excusa para no ir de compras con ella y, por eso, ahora estaba cociéndose de calor en el centro comercial en la cola interminable para: devoluciones o cambios. Qué día de mierda.

Boruto estaba a su costado, contándole lo asombrosas que eran las misiones tipo C.

Eso le recordó su papeleo de inscripción civil. Había pensado en regresar a su aldea para trasladar sus papeles a la Hoja. Alguna vez, Naruto se había ofrecido a acompañarlo y le sonaba tentadora la oferta en esos momentos. Una aventura de unos días fuera: era la oportunidad perfecta para intimar mejor.

La idea le dio vueltas, mientras su hermano seguía con la historia de un ladrón. En vez de estar relajado en la oficina del hokage, no, esos días parecía estar castigado. Naruto le aconsejó unirse de observador a los entrenamientos privados de Boruto —con Sasuke—, se lo pidió con una gran sonrisa tan pegajosa y alegre que no pudo negarse. Ciertamente, su maestro también había ganado confianza con él.

—Kawaki, ¿me estás escuchando? ¡Oye! —escuchó. Boruto le pegó un manotazo en la cabeza, con un gesto fruncido—. ¿Estás? Últimamente no sé si estás aquí o en la nube, de veras, ¿qué te pasa?

Contó hasta diez en la mente, para no responderle con un puñetazo en la cara por haberlo despeinado.

—… estaba pensando en qué voy a hacer el domingo, descerebrado.

—¿Ah? ¿Por qué? ¿No vas a venir con nosotros donde el abuelo?

—Es tu familia no la mía —dijo sin ánimo de ofender. Boruto calló—. Tu padre tampoco va a ir… creo que lo voy a ayudar en la oficina como la otra vez… y buscar un trabajo normal, necesito dinero.

—¿En serio? Si quieres puedes unirte a mi equipo ¡y yo te doy parte de mis ganancias!

Se negó. Recordaba que su padre siempre había dicho: el dinero rompe amistades, y Boruto era como una garrapata, pero en el fondo, le agradaba la fantasía de tener un hermano y una hermana menor.

Fue arrastrado hasta la cafetería que Sarada siempre mencionaba. Allí estaba el grupo grande. Saludó con la mirada y se acopló a la cháchara durante horas. En definitiva, sintió que la vida le había quitado la inocencia de la niñez de un solo guantazo. No solo por el interés en la vida sexual. Él era más serio y con su talla, la diferencia entre los amigos y él ya era bastante evidente. ¿Nadie más estiraría o qué?

—¿Tus padres son igual de enanos que tú? —le preguntó a Inojin cortando las risas anteriores.

El aludido se quedó pensativo y negó.

—El más alto creo que es mi papá —Sarada dijo sonriente y con orgullo.

—Sí, y una patada en el culo.

La mesa se quedó en silencio y él se arrepintió de no poder tragarse su apatía.

Cada día de entrenamiento había incrementado su odio hacia ese tipo, que gozaba de restregarle en la cara sus frases de: "tengo que ir a ver a tu padre, Boruto" o "tengo que ir donde Naruto, nos vemos".

Sarada frunció el ceño y plantó ambas manos levantándose del asiento. Boruto también, pero con risas nerviosas como si quisiera defenderlo. Él no se inmutó. Mientras ella le pedía que se retractase de sus palabras, su hermano intentaba llevar la fiesta en paz. Soltó las risas. Eso sí le parecía muy divertido.

—¿Te da risa lo que has dicho?

—Me da risa que te excites por una estupidez, niña. —Sarada se quedó de piedra. Inojin se tapó la cara por la vergüenza ajena y Shikadai miró hacia la ventana. Eso no iba a terminar bien—. Tu papá es una patada en el culo —repitió—, con sus aires de importancia y de misterio que son intragables.

—Tú eres quien me parece intragable —Sarada le contestó, empujando a Boruto hacia un lado para acercarse a él—. No sé cómo el sétimo puede seguir cuidándote cuando debería devolverte a tu aldea.

—¿Te jode mucho que quiera más a un forastero que a la niñita del imbécil de Sasuke?

—Vamos, no se peleen, nos está mirando todo el mundo —Inojin trató de apaciguarlos también.

—No estoy peleando —Sarada respondió con los dientes apretados—, solo quiero que se disculpe. Y mi papá no te ha dado confianza como para utilices su nombre tan a la ligera —dijo volviendo hacia él.

—Kawaki, es así, no lo tengas en cuenta, Sarada —su hermano volvió a intervenir.

—¿Y? No tenemos por qué soportarlo, tiene que aprender a comportarse ya.

Qué pereza le sobrevino. Era suficiente diálogo o entredicho por haber dado su opinión, aunque en el fondo sí admitía que debió haberla evitado. Suspiró y se levantó para irse de ese sitio. Tomó el vaso de café con leche y la magdalena de chispas de chocolate, que ni por error los dejaba allí. Estaba riquísimo el tentempié y no pensaba amargárselo por discutir con otra Uchiha, suficiente le parecía con Sasuke.

Sarada le estorbó el paso, testaruda. Boruto se había puesto atrás de ella, tomándola de los brazos. Él sonrió y se irguió bien, le sacaba una cabeza. Pero más allá de la talla, la miraba como si fuese menos.

—¿En serio quieres pelear conmigo?

—Quiero que te disculpes.

—Pediría disculpas si tu papá no supiera que pienso mierda y media de él, y Boruto puede confirmarte que tu papito está bien enterado de lo que pienso de él —le dijo y señaló a su hermano, que tragó duro y asintió a sus palabras. Sarada bajó la mirada—. ¿Ves? Supéralo. No a todos nos agrada tu papá.

Se despidió con la mirada de los demás y fugó. Sarada se había quedado discutiendo con Boruto.

Recordó las bolsas de ropa a mitad de camino, cuando acabó de comer. Maldijo. Volteó con más pereza que antes, no podía confiar en que Boruto se hiciera cargo. La última vez que lo hizo, acabó en la oficina del hokage, pero castigado. Se resignó a volver hasta que Inojin lo sorprendió una cuadra abajo.

El amigo de Boruto le entregó las compras. Pensó que se iría después de darle las gracias, pero no fue así. Inojin se le acopló a la siguiente mitad del camino. Le contó que Sarada y Boruto habían montado un teatro en la cafetería. Él se aguantó la risa. No pensaba soltar más sus opiniones frente al grupo de su hermano, pero Inojin le preguntó muy curioso por qué no le agradaba su ahora tío Sasuke.

—Simplemente no me agrada.

—¿Sabes qué nos dijo Sarada cuando te fuiste? —Inojin le dijo misterioso y se acercó más a él, como si fuese un secreto—. Que le tenías muchos celos a su papá y que por eso no lo aguantabas.

—No tengo de qué. Yo soy más-… qué más da, no interesa. Simplemente no me agrada —repitió.

—Lo cree su papá, eso le dijo su papá.

—Me da lo mismo.

—Cuando fui con Shikadai a verlos entrenar, a Boruto y a su tío, ¿y recuerdas que tú estabas sentado a mi costado? —Inojin le preguntó. Él asintió y no supo por qué, pero le vino un mal presentimiento y bajó la vista para observar por rabillo a ese mocoso—. Bueno, ese día me pareció que de verdad odias al papá de Sarada y que sí te ponías muy celoso, pero solo cuando él mencionaba al hokage.

—Ah, es solo tu impresión.

—Sí, pero cambias mucho cuando aparece el hokage. Pareciera que son celos de… otro tipo.

Se detuvo en seco. Había intuido que ese mocoso lo estaba tanteando, pero no sabía si era por cuenta propia o por favor a alguien. Torció una sonrisa y se lo negó. No iba a caer en juegos de palabras.

—A mí ya me ha gustado alguien, sé de esas cosas —Inojin confesó, un poco cohibido, y sonrió tímido.

—¿Quién? —le preguntó y se inclinó hacia él—. ¿Yo? ¿O es tu manía estar observándome tanto?

Inojin retrocedió torpemente, rojo como un tomate. Por primera vez, le vio color en el rostro. Se rio a sus anchas. Comprendió mejor todo y relajó los hombros. No había de qué alarmarse por el momento.

—¿Quieres saber si soy gay? ¿Por eso todo el interrogatorio de mierda?

El silencio los abordó un lapso. Inojin parecía en medio de un ataque nervioso.

—… n-no es eso.

—Tu cara dice otra cosa.

Boruto los interrumpió, con un gesto visible de incomodidad, y lo jaloneó de la chaqueta disculpándose con Inojin por dejarlo solo. Era un tema importante de hermanos, o al menos con eso se justificó.

Agradeció la intervención. Se había sentido muy incómodo con el amigo de su hermano, pero se soltó a las dos cuadras. Boruto no perdía la costumbre de arrugarle la ropa como si él la planchase. Le botó la mano con desdén. No entendía la urgencia ni su cara de melodrama televisivo. Ese día era de locos.