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Eran las once y media de la noche cuando atravesó el pasillo de madera y se detuvo frente a la habitación de su hermana. Acercó la mano a la puerta de shoji, pero antes de tocarla su vista se desvió hacia las demás, las contiguas. Un dormitorio para cada uno de los hermanos; el de Shoto estaba alejado, en la otra punta de la casa, como si la simple cercanía con ellos pudiera contaminarle de alguna manera.

La separación había sido tan natural como respirar, nada más sus dos singularidades se manifestaron (primero el hielo; el hielo fue lo primero en surgir, y todavía recordaba la cara de asco del viejo), pero algunas veces recordaba las risas de sus hermanos en el patio, cuando jugaban a la pelota mientras él corría alrededor de la casa.

Más deprisa, Shoto.

No te duermas, Shoto.

No te acomodes, Shoto.

Has nacido para ser el número uno.

Movió la puerta suavemente, como forma de pedir permiso, y susurró:

—¿Estás despierta?

La luz estaba apagada, pero nada más oírle su hermana se sentó en el futón y encendió una lamparita.

—Shoto —dijo, apenas moviendo los labios—. No puedes estar aquí, papá se pondrá como loco.

Él cerró la puerta tras de sí y fue hasta el futón, sentándose a su lado.

—El viejo no está.

—¿No ha vuelto todavía? —. En la voz de Fuyumi se sentían muchas cosas. Sorpresa, y también preocupación. Shoto sintió una punzada de rabia en el estómago. Endeavor no se merecía ese sentimiento—. A lo mejor ha habido algún incidente, tenemos que mirar en la página de...

—Estará bien —dijo él, apoyando la cabeza contra la pared y mirándola. Se miraron en silencio durante unos segundos, hasta que Fuyumi soltó el móvil y lo dejó sobre la almohada. Después se peinó como pudo con los dedos y volvió a hablar.

—¿Ha pasado algo? Vamos, no pongas esa cara. Hace mucho que no vienes a mi cuarto de noche. Ha tenido que ser algo importante.

Shoto apretó los labios. De alguna manera, al parecer, estaba comportándose como cuando era un niño.

—¿Sabes la chica que nos encontramos hoy? —preguntó, con voz suave.

—¿Momo-chan?

Era raro que su hermana usase su nombre de pila, pero Fuyumi era así. Inexplicablemente familiar, cálida y cercana, como si el gen perdido en su apellido se hubiese manifestado solamente en ella.

—Yaoyorozu —dijo, asintiendo—. Estuve en su habitación la otra noche y no me acuerdo de nada.

Fuyumi pasó por varios estados físicos... O quizás sería más justo decir que su rostro adquirió distintas tonalidades en cuestión de segundos. Tal vez era algún poder oculto. Seguro que podría investigarlo en otro momento. La parte más curiosa fue la violeta. Todoroki desconocía que una cara humana pudiese alcanzar ese tono tan extraño.

—¿Fuyumi? —preguntó, frunciendo el ceño. Ella agitó las manos con desesperación, asintiendo con la cabeza.

—¡Sí, sí, dame un segundo! Es que... Es que este momento es increíble, yo nunca creí que...

—¿Qué momento?

—...fuese a llegar realmente, porque Natsuo me hizo algunas preguntas, bastantes, pero tú no eres como él, ya sabes, y bueno, Natsuo es Natsuo y le dije lo que necesitaba saber cuando estaba en tu situación, pero tampoco es que yo sepa muchas cosas, es decir, las que sabe una chica, pero no sé si será suficiente porque ¿qué quieres saber tú?

Shoto miraba a su hermana con el mismo gesto insondable.

—¿Natsuo también olvidaba las cosas que hacía?

—No, no. Bueno, no lo sé. A ver, Shoto, centrémonos. Cuéntamelo todo para que pueda entenderlo.

Él se mordió el labio, condensando la información.

—Los chicos jugamos a un juego , bebí mucha cerveza y me desperté en mi cama sin acordarme de nada.

Fuyumi le miró con un gesto que se le clavó inexplicablemente en el pecho, porque le recordó a su madre. Su madre preocupada. Una imagen que llevaba tanto tiempo sin ver que quizás fuese fruto de su imaginación. Desde que había vuelto a visitarla y pasar tiempo con ella había recuperado algunos de sus gestos, pero no ese. Por suerte, no ese.

—¿Y qué tiene que ver Momo-chan en eso?

—Ella tenía mi chaqueta —dijo, enumerando con los dedos—. Y recuerdo que estuve en su habitación. Y me mandó un mensaje diciendo "me alegro de que fueses tú".

—Dios mío.

—¿Qué?

La cara de Fuyumi no le generaba demasiada tranquilidad, porque ahora estaba en alguna tonalidad entre el salmón noruego y el pelo de Endeavor, y Shoto se planteaba la posibilidad de recordarle que podía enfriarse a sí misma si lo necesitaba.

—Dices que ella tenía tu chaqueta.

—Sí.

—¿Y no recuerdas nada? ¿Ninguno de tus amigos sabe nada?

Todoroki asintió.

—Bakugo dice que me acosté con ella, —dijo con naturalidad, mirando a su hermana, que parecía al borde del colapso. La última vez que la vio así fue cuando en un arrebato contra su jodido viejo, Shoto congeló la caldera del agua mientras él se duchaba—, pero a mí me parece que lo recordaría.

—Ay, Dios. ¿Pero cuánto bebiste?

—No lo sé.

—Shoto, tienes que hablar con esa chica, es decir, no puedes... No puedes ir por ahí sin saber si has hecho... eso con una chica, y encima con una chica como Momo, que te gusta, ¿no?

Shoto la miró, sorprendido.

—¿Me gusta?

—Digo yo que te gustará si hiciste eso.

De pronto Fuyumi parecía más enfadada que sorprendida.

—No sé lo que hice.

—¡Pues pregúntaselo!

—Quiero preguntárselo, pero no sé cómo se hace.

Fuyumi suspiró y abrió la boca para hablar cuando ambos sintieron el sonido de la puerta de entrada de la casa. Sus miradas se cruzaron, de la misma forma que cuando eran pequeños. Shoto se puso de pie para escabullirse a su dormitorio, sabiendo que por la configuración de la casa se encontraría con el maldito viejo, pero su hermana le agarró de la muñeca y le obligó a esconderse entre las mantas, tapándole con ellas. Apagó la lucecita junto al futón y se acurrrucó con él, tapándose la cabeza.

La última vez tenía ocho años. Tuvo una pesadilla horrible en la que había fuego y dolor y olor a carne quemada y mojó la cama. Cuando se dio cuenta, huyó a la habitación de su hermana y ella le escondió así mientras Endeavor lo buscaba entre gritos.

Te has meado encima y quieres ser un héroe.

Patético, Shoto.

—Shh —dijo ella, llevándose un dedo a los labios. Shoto quería protestar. Ya no era ese crío asustado. Ya no le tenía miedo al capullo de su padre. Si quería hablar con su hermana de noche, podía hacerlo sin esconderse. ¿Qué tenía que hacer ahí oculto como si fuese una rata? Él era un futuro héroe. Uno de los buenos. Si Endeavor tenía algún problema, le mandaría a la mierda. Pero la puerta de shoji se abrió y sintió al mismo tiempo el calor abrasante de la presencia de su padre, y el nudo en el estómago y el apretón fortísimo de la mano de su hermana.

—Fuyumi —le oyó decir, con ese tono casi humano, casi paternal que únicamente usaba con ella—. ¿Estás despierta?

—Sí —dijo ella, desde el burruño de mantas y sábanas, sin destaparse—. Estaba preocupada. ¿Ha pasado algo, papá?

Se hizo un silencio de unos cuantos segundos, y Shoto sintió perfectamente su propio brazo derecho enfriarse. Su jodido viejo aún tenía ese efecto, aún conseguía que se le descompensase la temperatura como si fuese un maldito crío de seis años. Fuyumi apretó un poco más su mano.

—Nada grave. Unas cuantas heridas. Ven a coserlas.

—Voy, dame un minuto.

Endeavor cerró la puerta y sus pasos se alejaron por el pasillo. Shoto apretó los dientes, decidido a levantarse y decirle que se lo cosiera él solo, o que se fuera al hospital y dejase a Fuyumi dormir en paz, pero ella le miró a los ojos con firmeza y negó con la cabeza. "Quédate aquí" le dijo, moviendo los labios. "Tenemos que hablar".

Quince minutos después, Shoto se fue a su dormitorio.

En la cocina, Fuyumi seguía cuidando las heridas de Endeavor.

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Llevaba dos horas despierto, y una y media limpiando la engawa. Que ya estaba limpia. Llevaba limpia más años de los que él tenía, pero eso no parecía importarle al viejo. Mojó el trapo y lo pasó por las marcas de madera. Sabía cuántas había y dónde estaban, incluso podría haber dibujado, de memoria, un mapa que situase cada una de ellas.

Como si a alguien pudiese interesarle.

—Shoto—. No levantó la mirada, porque no tenía ganas de iniciar una discusión. Cuanto antes se fuese a trabajar, mejor para todos—. Creía que habías dejado atrás las rabietas infantiles. Quiero que te quedes en casa todo el día y no te muevas de aquí, ¿crees que podrás hacerlo?

Shoto apretó los dientes. Jodido viejo. Enredó los dedos en el trapo y frotó con rabia, hasta que su padre, tras soltar los comentarios de rigor sobre lo larga que se estaba haciendo su adolescencia, se largó. Sentía todo su cuerpo arder, y no tenía nada que ver con su singularidad.

—¿Shoto? —La voz le Fuyumi le hizo mirar hacia arriba—. ¿Ya se ha ido papá?

—Sí.

—Pues date prisa, ¡te he preparado tu desayuno preferido! —En verdad Todoroki sentía una gran curiosidad, porque no recordaba tener un desayuno preferido. A decir verdad, no había nada que pudiera considerar "preferido" en su vida. No tenía un color favorito, ni un animal favorito, ni siquiera una comida favorita. Mucho menos un desayuno. O eso creyó hasta que vio las tortitas con sirope en su plato— ¡Tachaaan!

Tortitas.

Las comió una vez, hace mucho tiempo. En otra vida. Una vida anterior, donde eran más hermanos de los que estaba dispuesto a recordar, y donde su madre todavía no estaba loca, o al menos no lo estaba todo el tiempo, o al menos conservaba la suficiente cordura para fingir delante de los niños. Habían salido a cenar. O a comer. Quizás fue un desayuno, quién sabe. Uno de sus hermanos pidió tortitas. Shoto tenía otra cosa en su plato, pero su hermano le dio las suyas. Toma, le dijo, cambiándole el plato. No podía recordar apenas nada. No se acordaba de su voz, pero sí de las tortitas.

—¿Estás bien?

Miró a Fuyumi y parpadeó dos veces.

—Sí, es que no me lo esperaba. Muchas gracias.

Fuyumi rió y se sentó a su lado a verle comer. No había sido casualidad que esperase a que el viejo se pirase. Fuyumi sabía tan bien como él que Endeavor jamás le permitiría comer tortitas. Era un pequeño acto de rebeldía en su propio hogar, una diminuta revolución de hielo que su hermana había iniciado y que él pensaba disfrutar. Mientras masticaba aquella delicia azucarada con su hermana hablando de cualquier cosa, se preguntó si también, aquella vez que apenas recordaba, pedir tortitas en ese restaurante fue la humilde rebelión de su hermano.

—...Y a lo mejor ella prefiere la comida más moderna, pero a mí eso no se me da muy bien así que creo que es mejor que vayamos a lo seguro y cocinemos nuestra especialidad.

—Soba —dijo Todoroki, comiendo el último trozo de tortita. Estaban espectaculares.

—¿A ella le gusta?

Todoroki se detuvo a pensar, pero no podía recordarlo. Yaoyorozu nunca se sentaba con él a comer. Siempre lo hacía con el grupo de chicas, y él solía compartir la mesa con Midoriya, Iida y Uraraka.

—No lo sé.

—Ah, hermano, eres terrible para las chicas. Menos mal que eres guapo.

—¿Soy guapo? —preguntó, alzando las cejas con auténtica sorpresa. Yaoyorozu había estado leyendo aquella revista de héroes famosos y el poco tiempo que la tuvo en las manos, descubrió que existía un ranking de los héroes más atractivos, y que Hawks lo encabezaba. Hawks no era muy alto, y tenía el pelo rubio, y no veía en qué podía parecerse a él. Mientras reflexionaba, Fuyumi soltó una risa y se avalanzó sobre él, empezando a tocarle el pelo con las manos. Shoto se echó hacia atrás, casi hasta caer de la silla— ¿Qué haces?

—¡Siempre fuiste el más guapo de nosotros! Si me dejases que te cortase el pelo así... por los lados, como lo llevan ahora los chicos de tu edad... estarías todavía más guapo —dijo, levantándole mechones por los lados— ¿Me dejas?

—Me gusta así —dijo él. Siempre lo había llevado de la misma manera. Se lo cortaba él mismo cuando empezaba a crecerle demasiado, aunque alguna vez había valorado dejárselo largo, sólo para fastidiar a Endeavor. Fuyumi sonrió, apartándose de su pelo.

—Bueno, pues haremos soba, y ramen y tal vez algo de sushi para cubrir todas las posibilidades. Estuve investigando en Internet y se dice que las personas con singularidades de creación suelen necesitar más comida que los demás para estar al cien por cien.

—Ella come más que yo, sí —dijo Shoto, porque eso sí podía recordarlo. Fuyumi asintió con la cabeza, claramente emocionada.

—Vale, pues ahora que el asunto de la comida está solucionado, ¿has pensado cómo vas a sacarle el tema? Estuve valorando posibilidades y creo que a lo mejor podrías, ya sabes, dar algún rodeo antes de entrar en los detalles, porque es importante también entrar en los detalles para saber tus posibles responsabilidades.

—Creo que no te entiendo.

Fuyumi acercó su silla a la de Shoto, como si pretendiese contarle un secreto.

—A ver. ¿Papá alguna vez te habló de eso? —Shoto la miró con desconcierto—. Vale, está bien. No me mires así, ¡no creía que tendría que hablar de eso con mi hermano pequeño! Todo el asunto de, bueno, las chicas... o chicos... y tal. ¿Te habló papá de... eso?

—¿De sexo? —. Fuyumi le miró como si hubiese soltado un conjuro maldito—. Me dijo algunas cosas.

No quería entrar en detalles, porque su hermana, como buena Todoroki-menos-Todoroki-de-los-Todorokis, era extremadamente sensible. Lloraba al ver películas y al leer libros e incluso cuando cambiaban las estaciones o recordaba alguna cosa que después se negaba a contar. Lloraba mucho. Como Midoriya. A Todoroki le gustaban las personas como Fuyumi o Midoriya, y sabía que era mejor que no supiesen ciertas cosas.

Endeavor nunca habló con él de nada, salvo que se pueda considerar "hablar" a dar órdenes e imponer castigos. Pero recordaba algunas cosas. Una vez les encontró mirando una revista que Natsuo escondía debajo de la cama, y obligó a los chicos a bañarse en agua helada durante un mes para "calmar los ánimos". También a Shoto, aunque tenía siete años y ni siquiera entendía muy bien qué había visto. El segundo episodio estaba enterrado en el rincón más oscuro de su cerebro, y casi podía ver la puerta del baño abriéndose de golpe y a su jodido padre sorprendiéndole concentrado intentando aprender a controlar su mano para no helarse a sí mismo por accidente, y esa fue la primera vez que Endeavor le dio un golpe fuerte sin estar entrenando y le puso a hacer flexiones hasta que se olvidó hasta de su nombre.

Si tienes energía para hacer porquerías, es que todavía puedes entrenar más.

Pero lo que único que en verdad podría parecerse a una conversación sobre "eso", fue lo que pasó el día que cumplió los dieciséis. Su hermana no sabía nada. Cenaron, como siempre, después de un día normal sin celebraciones, y Shoto estaba fregando los platos cuando su padre lo llamó.

—Nos vamos —le dijo—. Dúchate y vístete.

—¿A dónde?

No hubo respuesta. Como un autómata, Shoto se duchó y se vistió. No tenía una mierda de ganas de atender a las chaladuras de su viejo, pero albergaba la esperanza de que le llevase a algo relacionado con su inminente entrada en la U.A. Todoroki ya había hecho el examen de acceso y su nota había sido no sólo la más alta, sino que hacía años que nadie tenía un resultado como el suyo. Odiaba tener que pasar tiempo con su padre, pero deseaba más que nada convertirse en un héroe, y ver a uno de cerca, en plena acción, sería alucinante. ¿A qué otro sitio podría arrastrarle de noche, sin decirle nada a Fuyumi?

La noche en que cumplió dieciséis, Endeavor le llevó a una especie de casa de citas. Shoto no tenía ni idea de qué era eso, pero su padre le dio las explicaciones oportunas.

—Cuando seas el héroe número uno, habrá mujeres que querrán estar contigo por tu fama. Tendrás tentaciones, pero buscaremos una muchacha que sea adecuada para nosotros; para nuestro poder. Y-

—¿Nosotros? No necesito que me busques nada —había dicho él, interrumpiéndole y torciendo el gesto mientras se soltaba de su brazo de un manotazo. Endeavor se acercó a él con brusquedad, volviendo a sujetarle.

—Escúchame, estúpido. Eres el único de mis hijos que sirve para algo. Tienes un deber, te eduqué para eso, y lo cumplirás cuando llegue el momento y encontremos a la mujer adecuada. Pero no voy a permitir que deshonres nuestra reputación. Has cumplido dieciséis, eres un hombre, así que Anne te va a enseñar lo que necesitas saber. Entra ahí dentro y haz el favor de portarte como un Todoroki.

Shoto entró, porque en verdad no tenía ni idea de qué estaba pasando. En la habitación había un escritorio, una cama de matrimonio y una chica joven con poca ropa, y Shoto no sabía nada de mujeres, ni de convenciones sociales, ni mucho menos de relaciones entre adultos, así que no reaccionó cuando ella le cogió de la mano y tiró de él hasta que los dos estuvieron sentados en el borde de la cama. Endeavor había dicho que se llamaba Anne, pero ella le dio otro nombre. No podía recordarlo. Sí se acordaba de sus ojos, porque eran muy azules. No le gustaban los ojos azules, porque le recordaban a su padre, y a la parte de él mismo que no le gustaba ver en el espejo, pero la chica era realmente bonita.

—¿Qué tengo que hacer? —le preguntó, intentando entender qué mierda quería su padre de él. ¿Sería alguna prueba? ¿Estaba otra vez con uno de sus estúpidos jueguecitos?

Ella le acarició el pelo, y dijo algo. Algo sobre sus ojos. Puede que le dijese que le gustaban sus ojos. Nada más. Nada muy profundo, ni muy especial, nada. Y después, demasiado rápido para preverlo, la chica le agarró de la chaqueta, tiró de él hacia sí misma y le besó.

Shoto tardó unos tres segundos en separarse. Tal vez cuatro. Reaccionó cuando sintió su lengua en la boca, y la apartó suavemente, con el corazón latiéndole con fuerza dentro del pecho. La miró sin entender, sin hablar, y ella también le miró. Tenía los ojos tristes, como los de su madre. Shoto se puso de pie de golpe.

—Espera —había dicho esa chica, en un susurro—. ¿No quieres hacerlo?

La chica se acercó y le bajó la cremallera de la chaqueta, intentando besarle. Shoto apartó la cara.

—No te conozco —dijo, sin pensar, porque era tan delirante que ni entendía bien la situación. Ella estaba haciendo algo en sus vaqueros. Puede que incluso los estuviese desabrochando.

—No tienes que conocerme —dijo, con voz dulce, pero mecánica—. Es muy fácil, no te preocupes.

Shoto recordaba estar quieto. Paralizado, tal vez. Como esas películas donde a alguien le pica una araña terrible y no pueden moverse. Tal vez esa chica tuviese una singularidad. Tal vez esa fuese la prueba. Le quitó la chaqueta sonriéndole. Olía bien. Shoto nunca había estado tan cerca de nadie que no fuese de su familia, mucho menos de una chica. ¿Cuántos años tendría? Estaba sonriendo, pero su mirada era triste.

—Lo siento —dijo, alejándose de ella. La chica se acercó otra vez hasta que pegó su nariz a la de Shoto y deslizó la mano dentro de sus pantalones.

—Lo harás bien. Eres el hijo de Endeavor, ¿no?

Hacía mucho tiempo que no congelaba objetos lejanos sin ser consciente de ello, pero esa noche la casa de citas de la calle 34 tuvo que ser desalojada mientras los bomberos heroicos intentaban descongelar las grandes masas glaciares pegadas en las paredes. No hubo heridos. Sin contar a Shoto, claro. Su padre le llevó a casa prácticamente arrastras, y fue la última vez que le puso una mano encima antes de ir a la U.A, porque también fue la primera que Shoto le amenazó. Desde una esquina de la sala de entrenamiento, tirado en el suelo, lleno de magulladuras y con un pómulo que amenazaba con ponerse morado en cualquier momento; entre dientes, pero lo hizo.

No soy el hijo de Endeavor, le dijo a aquella chica, antes de tocar con su mano derecha la pared y desatar su poder de hielo. Soy Shoto.

Fue una sensación inolvidable.

—Si vuelves a tocarme, te mato.

—Ojalá algún día tengas el poder y los huevos suficientes para cumplir una amenaza así —había dicho Endeavor, dejándolo solo, magullado, sudando y rodeado de muebles en llamas, en la habitación que tantas veces su padre había calcinado.

Fuyumi no tenía ni idea de todo eso.

No necesitaba esa información.

No necesitaba saber que el primer beso de Shoto había sido con una desconocida con la que su padre pretendía que "entrenase", ni que todo en su cabeza parecía estar en mal estado. Fuyumi respiró; parecía aliviada de no tener que explicarle todo desde el inicio de los tiempos. Shoto se preguntó si estaría dispuesta a hablarle de la reproducción de las flores.

—Me preocupan, ya sabes, los embarazos y las enfermedades —dijo Fuyumi, que podía ser muy sensible, pero también era la Todoroki más centrada. No era mucha la competencia, en cualquier caso—. No recuerdas si usaste protección.

—No recuerdo nada, Fuyumi.

—Tendrás que preguntárselo. Imagínate que se queda embarazada.

No. Era mejor no imaginarse cosas.

—¿Hablo con ella después de comer?

—Sí. Haré la mejor comida del mundo, y tú me ayudarás con el postre. Después puedes, no sé, llevarla a ver el jardín.

—Puedo llevarla a ver el pozo —realmente sólo había eso en el jardín.

—Ah. No, el pozo no, hombre. El pozo no es el sitio donde llevas a una chica que te gusta.

—¿Por qué no? Es interesante.

—Es tenebroso.

—¿Tenebroso?

—A lo mejor puedes sentarte con ella en el blanquito de detrás y hablarlo allí. Es un sitio bonito. Mamá... Mamá siempre se ponía ahí a leer sus libros europeos. El principito. Decía que tú eras su principito—. La puerta de la entrada sonó y Shoto se puso de pie, con la sensación incómoda atacándole otra vez el estómago. Fuyumi le agarró de la manga de la camisa—. Ey, Shoto. Cuéntaselo cuando vayas a verla. Dile que... dile que te gusta una chica. Mamá se va a poner muy contenta.

Shoto asintió, dirigiéndose a abrir la puerta.

Su madre, contenta.

Era algo así como una utopía.

Por el camino, cuando nadie le miraba, se le escapó una sonrisa.

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