Capítulo 14
Óbito miró los libros de cuentas que tenía delante mientras se tomaba una copa de coñac.
No solía beber cuando estaba en el club, pero aquella noche lo necesitaba. Después de haber pasado cuatro días fuera de Londres había vuelto para encontrarse con problemas. Las redadas, últimamente más frecuentes, estaban controladas, así como el aluvión de nuevas peticiones para ser socio del club, lo que indicaba el buen estado de salud del mismo.
Sin embargo, la huelga en los muelles hacía que las mercancías de alcohol y de productos alimentarios de exquisito consumo, y en las que el Baco sustanciaba su carta, estuviesen peligrosamente bajo mínimos; lo que le había llevado fuera de Londres, a fin de buscar un proveedor alternativo en caso de que siguieran los problemas.
Unos golpes en la puerta hicieron que levantase la vista a la vez que Kakazu, su hombre de confianza en el club y exboxeador profesional, entraba en la estancia.
—Si no es importante, Kakazu, preferiría que lo dejarás para después. Este no es un buen momento.
Óbito miró fijamente a Kakazu, que parecía algo indeciso e inquieto.
—Hay una mujer fuera que dice que no se irá de aquí hasta que no hable con usted.
—¿De qué estás hablando? Dígale a quien sea que vuelva mañana. O mejor, que no vuelva —dijo Óbito perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
—Ya lo he intentado, pero amenazó con dar un espectáculo si se negaba a recibirla.
Aquello acicateó la curiosidad de Óbito. No tanto la amenaza de la mujer como la cara de preocupación de Kakazu. Era un hombre con una gran experiencia que no se amilanaba ante nadie, y sin embargo, parecía algo cohibido por aquella mujer.
—De acuerdo, que entre —dijo antes de dejar la copa sobre la mesa.
Unos segundos después, cuando vio de quién se trataba, Óbito se levantó de la silla lentamente.
—Señora Graves, cuánto tiempo —dijo con un tono de voz que destilaba el desagrado de verla allí.
—Sí, hace mucho tiempo, desde el funeral de su madre —dijo la señora con una voz firme y directa.
Estaba tal y como la recordaba. Parecía que el tiempo no hubiese pasado por ella si no fuera por las pequeñas arrugas que adornaban ligeramente sus ojos y algunos mechones plateados que, esparcidos sin ninguna simetría, bañaban su pelo.
—No tengo mucho tiempo, señora Graves, así que si es tan amable de decirme qué es lo que la ha traído hasta aquí le estaría sumamente agradecido.
—No haga como si no supiera cuál puede ser el motivo de mi visita.
Óbito endureció su mirada a la vez que se apoyaba en la mesa de forma indolente.
—De veras que, si lo supiera, se lo diría. No tengo ni tiempo ni ganas de jueguecitos.
Algo en la mirada de la señora Graves delató su incertidumbre.
—Acabo de llegar, he estado cuatro días fuera de Londres.
Aquello pareció convencer lo suficiente a la señora Graves como para creer en su desconocimiento.
—Lord Uchiha está enfermo.
Antes de que pudiera seguir, Óbito la interrumpió.
—Me importa bien poco el estado de salud de lord Uchiha. Podría estar en su lecho de muerte que me sería igual de indiferente.
Óbito dejó su pose y se irguió hasta acercarse un poco más a la señora Graves cuando el semblante de la misma adquirió el tono de la tiza. Algo en su expresión le hizo comprender que lo que él había dicho con despreocupación parecía no ser descabellado.
—Efectivamente, se encuentra en ese estado —dijo Graves con la voz algo afectada—. Y aunque a usted no le preocupe o le resulte indiferente hay muchas personas que no desean que le ocurra nada. Necesito que me acompañe a su casa. El señor Aburame debe hablar con usted.
Aunque nada en la apariencia de Óbito ni en su expresión delataba reacción alguna, la verdad era que la frase de la señora Graves había hecho que todo su cuerpo se pusiera en tensión. Sentía la boca del estómago como si hubiese recibido un buen golpe.
—Sigue sin ser de mi incumbencia —dijo de forma fría y despreocupada.
—Sabe que eso no es cierto —dijo Graves con tono duro—. Su madre se revolvería en su tumba si viera su conducta.
Óbito la miró cargado de furia.
—Ni se atreva a mencionar a mi madre.
—Está bien. Sin embargo, sé que no le hubiese gustado que usted se desentendiera de esta manera. Solo le pido, le suplico, que me acompañe. Es la vida de un hombre, es la vida de su hermano —sentenció la señora Graves.
Óbito maldijo por lo bajo antes de dirigirse a la puerta con paso firme.
—Kakazu.
—¿Sí, señor? —dijo Kakazu dando un paso atrás cuando vio la mirada de Óbito.
—Que ensillen mi caballo. Parece que voy a salir esta noche.
Sakura había abierto la ventana hacía un rato y parecía que la habitación se había ventilado lo suficiente. Ya no había rastro del olor viciado que había invadido sus fosas nasales cuando entró en la estancia un rato antes. Había cambiado las sábanas con ayuda de dos doncellas, y con mucho cuidado habían incorporado a Sasuke lo suficiente para que no estuviese totalmente tumbado.
Le había aplicado compresas con la decocción de margarita sobre la frente, y ahora intentaba sin mucho éxito que Sasuke tragara las infusiones de ulmaria y abedul y de menta. Lo había intentado dos veces y en ambas ocasiones las había escupido, sobre todo la última, después de un acceso de tos del que creyó terminaría con sus pocas fuerzas.
Sakura no se iba a rendir tan fácilmente. Era necesario que tomara ambas cosas, y las tenía que tomar ahora. Inclinándose sobre él, consiguió meter su brazo por detrás de su cuello para levantarlo un poco más. Sakura sintió los músculos desarrollados y bien definidos de Sasuke sobre su brazo y su pecho. Era casi imposible de imaginar que un hombre con su físico, fuerte y atlético, pudiese verse reducido a aquel estado.
El quejido apenas audible que salió de los labios de Sasuke amenazó con resquebrajar el poco dominio que le quedaba a Sakura sobre sus emociones. Aquel sonido la llenó de angustia, apretando un nudo en el pecho que penetró hasta los huesos.
—Sasuke, tienes que beberte esto, por favor —dijo Sakura con un ruego.
Con toda la paciencia del mundo, Sakura volvió a acercarle la taza a los labios, que ligeramente entreabiertos exhalaban e inspiraban el aire de forma superficial.
Cuando le introdujo el líquido, Sasuke empezó a toser, aunque con menos intensidad. Sakura lo tranquilizó, acunándolo un poco más en su regazo.
—Eso es —lo ánimo cuando vio que no arrojaba la infusión, tragándola con cierto esfuerzo.
—Un poco más —pidió Sakura con fervor.
Así continuó durante un buen rato, hasta que quedó satisfecha con la cantidad de líquido que había ingerido.
Después de eso volvió a dejarlo sobre los almohadones y con presteza colocó la palangana con agua tibia cerca de la cama e introdujo en ella el paño limpio para que se empapase bien. Con cuidado le quitó la camisola, y cuando Sasuke estuvo desnudo de cintura para arriba se dispuso a pasar el paño por su cuerpo.
Sakura jamás había visto algo parecido. Cuando era un niña y se bañaban en el río, Sakura había visto a su padre e incluso a algún muchacho del pueblo sin camisa, pero ninguno de sus recuerdos se parecía en nada al aspecto del hombre que tenía delante de sí.
Los brazos y los hombros, así como su abdomen, estaban definidos por unos músculos que parecían haberse esculpido en piedra. Su piel, algo broceada, estaba salpicada en el pecho por vello que resaltaba aún más su masculinidad. Unas cicatrices irregulares surcaban parte de su pecho. Debieron de ser profundas y dolorosas. También en uno de sus brazos había otra cicatriz, pero esta era parecida a un botón pequeño.
Sakura frunció el entrecejo. ¿Por qué tenía aquellas cicatrices? La verdad es que estas resaltaban aún más si era posible su masculinidad. Intentando dejar de lado sus pensamientos, que en ese momento en nada la ayudaban, procedió a humedecer los brazos y el pecho de Sasuke a fin de aliviar el estado febril en el que estaba sumido.
No quería parar, porque si se detenía, aunque fuera solo unos segundos, empezaría a pensar en todo lo que podría pasar y no quería imaginar ningún escenario que no fuera aquel en el que Sasuke se recuperaba. Rezaba para que llegase el día en que pudiera verle de nuevo entrar en una habitación y la mirase con aquellos ojos que parecían de pura obsidiana. Unos hermosos ojos que ahora permanecían cerrados, con la suave sombra de unas pestañas largas y negras que no hacían más que resaltar su mirada penetrante, intuitiva.
Sakura siguió lavando su cuerpo. Parecía que eso le tranquilizaba, ya que desde que había comenzado no hablaba por el delirio que le provocaba la fiebre.
Deslizó el paño por su brazo lentamente como si estuviese memorizando cada tendón, cada músculo, cada pequeña marca distintiva de él, solo de él. Cuando llegó a su mano la acarició sin que fuese consciente de ello hasta que vio sus dedos entrelazados con los suyos. A su lado, su mano era muy pequeña. Era un hombre imponente en todos los sentidos, su físico era como el de un ángel caído, su carácter fuerte y cínico y su personalidad oscura, compleja.
Una combinación que le provocaba una reacción demasiado poderosa como para poder ponerle coto. En ella había suscitado la curiosidad, el anhelo, la calidez, el deseo y algo más íntimo y aterrador que solo en aquel instante se pudo atrever a confesarse a sí misma. Maldita sea, estaba enamorada de él, y no era algo banal o pasajero. Era algo desgarrador que le apretaba el pecho y la dejaba sin aliento.
Sentándose a su lado en la cama, le rozó el rostro con la mano. Sasuke, en su delirio, buscó en ella refugio, como si de alguna manera le reconfortara.
Sakura dejó el paño húmedo y con la otra mano echó hacia atrás los mechones de pelo que le caían a Sasuke por la frente, desordenados y húmedos.
—No te atrevas a dejarme —dijo Sakura en un susurro apenas audible.
Sasuke emitió un pequeño gruñido y masculló algunas palabras sueltas que parecían angustiarle.
—No... no... —dijo entre lamentos.
Sakura sintió que un nudo le apretaba la garganta. Se sentía impotente, quería darle su fuerza, todo lo que tenía en aquel instante para que pudiese recuperarse.
—No me importa que no quiera saber más de mí —dijo Sakura, como una confesión, como una promesa—. Soportaré el verte aunque mi corazón se rompa en mil pedazos, y me tragaré mis sentimientos, me marcharé lejos, haré lo que sea pero, por favor, vive. Te lo ruego —finalizó con apenas un hilo de voz, rota por el dolor.
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Óbito miró a Aburame con cara de pocos amigos.
Después de llegar a la mansión de lord Uchiha, su mal humor se había multiplicado exponencialmente. Simplemente el traspasar el umbral de la puerta de la casa en donde su madre había trabajado tantos años como criada, de la que el viejo lord Uchiha había abusado en un momento de debilidad para después deshacerse de ella como si de la peor escoria se tratase, le hicieron apretar la mandíbula en un acto reflejo. Sin embargo, allí estaba, en lo que parecía ser el despacho personal de lord Uchiha, con el señor Aburame, abogado y hombre de confianza del marqués, así como con lady Senju quien, con aire serio y contrito, tomó asiento en una de las sillas que había en la estancia.
Pocas cosas se le escapaban a Óbito, que por su posición como dueño de uno de los clubes más prestigiosos de Londres y los contactos que ello le reportaban, tenía acceso a más información y de carácter más delicado que a la que tenían acceso muchos de los hombres más influyentes.
Sabía que la relación de lady Senju con lord Uchiha era bastante estrecha, sin duda era una de las pocas personas que parecían sentir algo de afecto por él. Había actuado casi como una tía o madrina de lord Uchiha, pero eso no era razón suficiente que justificase qué hacía en aquella habitación con él y con Aburame. A decir verdad tampoco sabía que maldita razón había para haberlo hecho llamar a él.
—Mi tiempo es limitado, señor Aburame. Tengo cosas importantes que hacer, así que le agradecería que me dijera cuál es el motivo de que me hayan hecho llamar.
Aburame, acostumbrado al carácter de lord Uchiha, ni siquiera se inmutó ante la observación de Óbito Ōtsutsuki.
—Vera, señor Óbito, tenemos un problema y necesitamos su ayuda —dijo lady Senju, que tomó la palabra con autoridad.
Óbito la miró con cierto escepticismo.
—No puedo imaginar ninguna situación en la que ustedes puedan necesitar mi ayuda y yo quiera prestársela —dijo Óbito de forma contundente.
Lady Senju asintió como si esperara que dijera exactamente eso. El hecho de ser previsible le molestó y a su vez aumentó su curiosidad. Si sabían que él no estaría dispuesto a ayudarles, en ningún sentido, no encontraba excusa para su presencia en aquella casa.
—Creo que después de esto no hay nada más qué hablar —dijo Óbito dándose la vuelta para irse.
La voz de lady Senju le detuvo a solo dos pasos de la puerta.
—No nos complace esta situación más que usted, créame, pero su hermano se está muriendo y la única posibilidad que le queda, por irónico que sea, pasa por sus manos.
Óbito la miró fijamente antes de contestar con un tono de voz que no admitía réplica alguna.
—Pues entonces vayan preparando el funeral —dijo secamente.
Aquellas palabras parecieron tocar algún punto sensible de lady Senju, que se levantó con demasiada rapidez para su edad. Fustigada por una furia apenas contenida miró a Óbito como si quisiese zarandearlo hasta hacerlo entrar en razón.
—Se lo debe.
Óbito dio un paso al frente, acercándose aún más a lady Senju.
—No le debo una maldita cosa —dijo Óbito entre dientes.
—Le debe mucho más de lo que piensa —dijo lady Senju con contundencia—. Pero son los dos igual de orgullosos.
—¿Les pidió él que viniera? —preguntó Óbito acicateado por las palabras de lady Senju. Después de que el viejo marqués supiera de que su madre estaba encinta de él, la había echado de su casa sin miramientos. Gracias al trabajo que le consiguió una prima para trabajar de criada en la casa de una duquesa viuda, la madre de Óbito consiguió sacarlos adelante a los dos, no sin ciertas penurias y mucho sufrimiento. Eso y la frágil constitución de su madre la hicieron enfermar cuando él solo tenía doce años. Todavía recordaba el día que su madre le llevó por primera y única vez a aquella casa. Fue a suplicarle a lord Uchiha que la ayudara a mantener a su hijo, ya que ella no podía trabajar. Si cerraban los ojos podía ver el semblante blanco y derrotado de su madre por tener que ir a pedir, a suplicar a aquel hijo de puta, algo de dinero para que él pudiese comer. Y también recordaba la mirada de aquel bastardo y después la de sus hijos, que lo miraron como si él fuese una sanguijuela inmunda. El único que se fijo en él, no con crueldad o indiferencia sino con curiosidad, fue Sasuke Uchiha, el menor de los hijos del marqués que llegó a la casa cuando él esperaba nervioso y cabizbajo en el vestíbulo a que su madre saliera de hablar con lord Uchiha.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí solo? —le había preguntado Sasuke acercándose a él.
Óbito lo miró con la franca determinación de un niño que no estaba dispuesto a que le regañaran por algo que no había hecho. Le habían dicho que esperara allí y eso hacía. Sin embargo, el destello jovial que vio en los ojos de aquel desconocido le hizo pensar que quizás no se lo había dicho en tono de reproche.
—Me han dicho que espere aquí. Lord Uchiha está reunido con mi madre.
—¿Y puedo preguntar quién es tu madre? —dijo aquel joven cruzándose de brazos. Era muy alto y estaba fuerte y bronceado para ser un señorito. Daba la sensación de que había estado una larga temporada expuesto a las inclemencias del tiempo.
—Mi madre es Kanna Ōtsutsuki, señor.
—Kanna —repitió el joven mientras miraba varias veces a la puerta de la biblioteca que seguía cerrada.
—¿Tienes hambre...? —preguntó después de unos segundos de guardar silencio—. ¿Cuál es tu nombre?
—Óbito —dijo Ōtsutsuki seriamente—. No, señor, no tengo hambre, —continuó—, y además mi madre me dijo que no me moviera de aquí.
—Está bien —dijo el joven—, el problema es que la señora Smith, la cocinera, que es una maravilla haciendo pasteles y bizcochos —continuó ahora con un tono de voz más bajo como si le estuviese haciendo una confidencia—, me ha pedido que pruebe los pastelillos que ha hecho esta tarde para una fiesta que dará el marqués mañana, y claro, entre tú y yo, no creo que pueda con tal cantidad. Te estaría muy agradecido si me ayudaras con la tarea. Y le diré a la señora Graves que nos los traiga ahí mismo —continuó el caballero señalando una pequeña mesa que había en la habitación contigua—. Desde aquí podrás ver la puerta y estar atento para cuando salga tu madre.
Óbito salió de aquel recuerdo cuando el señor Aburame contestó a su pregunta.
—No, él no le ha mandado llamar. Lleva inconsciente por la fiebre varios días. Cuando redactó su testamento hace años, me dió instrucciones para que le llamase solo después de su fallecimiento. Le nombrará en él su único heredero.
Óbito no entendía nada.
Lady Senju dio un paso al frente ya más calmada. Desde donde se encontraba Óbito podía ver los rasgos agotados de la mujer.
—Creo que es mejor que no nos andemos con rodeos. Está aquí porque ayer la hermanastra del marqués, lady Brooks, se presentó aquí y despidió al médico que atendía a Sasuke. Como pariente más cercano, dijo que tenía potestad para hacer lo que le parecía más adecuado para su hermanastro. En su lugar trajo al doctor Brane. Además de desahuciar a Sasuke, le hizo una sangría que lo dejó aún más débil si cabe. Mañana volverán y estamos seguros de que una intervención más como esa sentenciará a Sasuke. Si tiene una posibilidad no es a manos de ese matasanos. Todo el mundo sabe la enemistad que hay entre Diana Uchiha y Sasuke, pero créame cuando le digo que esa mujer realmente odia a su hermano. Además es egoísta y envidiosa, y lo que más le gustaría es que su hijo mayor llegara a heredar el título.
—Así que piensa que lo que quiere la dama es agilizar la transición de lord Uchiha a los infiernos antes de tiempo, ¿no es así? —dijo Óbito con ironía.
Lady Senju frunció los labios antes de contestar.
—Así es.
Óbito esbozó una sonrisa despreciativa.
—¿Y qué demonios esperan de mí? Aun cuando quisiera ayudarles, solo soy el hijo bastardo del difunto marqués.
Abúrrame carraspeó, lo que atrajo la atención de Óbito y lady Senju.
—Eso no es del todo correcto, señor Óbito.
Óbito apoyó las manos en el respaldo de la silla que había delante del escritorio tras el que se encontraba sentado el señor Aburame.
—¿De qué está hablando? —dijo Óbito con un tono de voz que delataba a las claras que su paciencia estaba llegando al límite.
Aburame se colocó mejor los anteojos y, cogiendo un papel de encima del escritorio, se lo tendió a Óbito.
—Usted no es un bastardo, señor Óbito.
Óbito cogió el papel con un leve tirón de las manos de Aburame. Cuando vio su contenido miró a lady Senju y al señor Aburame conteniendo una furia que amenazaba con desbordar el poco control que le quedaba. Su expresión decía a las claras que si aquello era una broma de mal gusto les iba a salir muy cara.
—¿Qué es esto? —preguntó Óbito con una calma que hacía presagiar la peor de las tempestades.
—Es la prueba de que su madre y el anterior marqués se casaron en secreto unos meses antes de morir su madre.
Óbito veía en la hoja en la que, efectivamente, quedaba evidenciado la legalidad del matrimonio entre ambos, pero aquello era imposible.
—Si esto es alguna especie de broma o engaño...
—No es nada de eso —dijo lady Senju—. Yo fui testigo, al igual que Sasuke del enlace, por si alguna vez alguien pretendía poner en duda su legalidad. Todo fue llevado a cabo con la mayor discreción...
—¿Quiere que crea que el viejo marqués, ese hijo de puta sin escrúpulos, se casó con una criada a la que después de dejar embarazada echó sin miramientos y de la que no se ocupó en años? Están locos —dijo Óbito tirando el papel sobre la mesa.
Óbito les miró a los dos, y la furia que destilaba sus ojos hubiese hecho temblar a cualquiera.
—Señor Óbito —dijo Aburame levantándose de su silla y quitándose los anteojos—, le estamos diciendo la verdad.
Lady Senju inspiró aire antes de tomar la palabra como si con ese gesto hubiese tomado una decisión importante.
—Yo conocía a su madre. Era una mujer maravillosa y no se mereció lo que la vida le tenía deparado, sin embargo, así fue.
Lady Senju hizo un gesto con la mano cuando vio que Óbito iba a replicar algo.
—Por favor, déjeme terminar y, si después quiere irse, es libre de hacerlo. Nadie puede retenerlo.
Óbito no dijo nada, pero por el mero hecho de permanecer allí mirándola fijamente, Tsunade entendió que escucharía lo que tenía que decirle.
—Cuando la conocí era doncella en la casa. Eso fue poco antes de morir la primera esposa de lord Uchiha. La madre de Itachi y de Diana. Yo no tuve mucha relación con ella porque era una mujer egoísta y presuntuosa, demasiado mimada por el marqués como para tomar conciencia del daño que hacía con su proceder. Después, cuando el marqués volvió a casarse con la madre de Sasuke, esta escogió a tu madre como su doncella personal. Mikoto apreciaba mucho a tu madre, y yo apreciaba a Mikoto. Cuando esta falleció, al poco tiempo tu madre se fue sin decir nada. Después, ella me confesaría que fue por miedo al marqués, que la había amenazado con que si le contaba algo a alguien te arrebataría de sus brazos y no volvería a verte más. Años después fue cuando tu madre tomó la decisión de hablar con el marqués cuando cayó enferma. Tú tendrías unos doce años. No sé si sabrás que Sasuke, cuya infancia no fue un camino de rosas, se fue lejos de aquí después de terminar en Eton. El marqués no supo nada de él en años. Cuando volvió, había amasado una fortuna por medio de varios negocios e inversiones. La casualidad hizo que él te viese a ti y a tu madre el día que esta fue a pedir la ayuda del marqués. Después de que hablara con su padre, ató cabos y al final consiguió que le confesara toda la verdad. El viejo marqués lo hizo porque una serie de inversiones desastrosas y le habían llevado a la ruina y en pocos meses, si nada lo solucionaba, lo perdería todo acuciado por las deudas y los acreedores. Lord Fugaku era de todo, pero no estúpido, así que cuando Sasuke supo lo que os había hecho durante todos esos años, hizo un trato con él. Le daría el dinero necesario para salvar el marquesado y su reputación a cambio de que contrajera matrimonio con tu madre. El marqués puso varias condiciones. Una de ellas era que ese matrimonio fuese secreto. Sasuke estuvo de acuerdo, ya que este también fue el expreso deseo de tu madre después de que Sasuke hablase con ella y consintiera en llevar a cabo tal matrimonio, porque en un principio tu madre no quería tampoco abogar por dicha solución. Pero Sasuke la convenció de que era lo mejor para ti y para tu futuro. Él fue el que se encargó de vosotros todo el tiempo que tu madre estuvo enferma y, aunque después volvió a abandonar Inglaterra en varias ocasiones, no dejó de estar en contacto conmigo y con el señor Aburame para que le tuviésemos al corriente de vuestra situación. Usted es el que está legitimado para decidir sobre la situación de su hermano y sobre su tratamiento, no ella. No le pedimos que decida nada, solo que cuando venga, haga valer su posición y la detenga.
Óbito, que había escuchado toda la explicación de lady Senju en absoluto silencio, no dió muestras de que nada de lo que había escuchado le hubiese afectado en lo más mínimo. Con la misma tranquilidad, se volvió, abrió la puerta y salió al vestíbulo.
Lady Senju miró con preocupación y algo parecido al pánico al señor Aburame antes de que ambos fueran detrás de Óbito.
—Se lo ruego —dijo lady Senju deshecha.
La señora Graves que estaba fuera dándole instrucciones a una de las doncellas, cuando vio salir a Óbito con paso decidido y a lady Senju detrás, se alarmó. Sin embargo, lo que le provocó un acceso de furia e impotencia fue cuando escuchó la súplica de lady Senju. Estaba claro que el señor Óbito iba a irse sin prestarles su ayuda. Se puso delante de Óbito impidiéndole el paso.
—Se va, ¿no es cierto? —preguntó Graves con una furia apenas contenida.
Óbito no dijo nada, solo alzó una ceja ante su pregunta.
—Váyase si es lo que desea, pero que sepa que siempre tendrá sobre su conciencia la muerte de su hermano. La muerte de un buen hombre.
Óbito se adelantó un paso, quedando aún más cerca de Graves.
—¿Un buen hombre? —preguntó Óbito como si aquella afirmación fuera ridícula.
Aquello fue lo que termino de incendiar el temperamento de Graves.
Aquella mujer de mucho carácter y gran disciplina, adusta en sus formas y bastante tozuda, siempre había destacado en su trabajo de forma ejemplar. Jamás había hecho nada fuera de lugar, nada que empañase su destacada trayectoria como ama de llaves, hasta esa noche.
—Usted no sabe de lo que está hablando, pero me va a escuchar. Saldrá por esa puerta, pero no antes de que le haya aclarado unas cuantas cosas acerca del hombre que es lord Uchiha. ¿Sabe por qué está enfermo? ¿Lo sabe? —dijo Graves elevando la voz—. Pues voy a decírselo. Porque la señora Smith, la cocinera de la familia durante los últimos treinta años, recibió hace una semana la noticia de que su único sobrino, que estaba el cuidado de unos parientes en el campo, había enfermado, y se temía seriamente por su vida. Lord Uchiha se enteró y, sin decir nada a nadie, salió esa misma noche hacia Windsor y trajo al muchacho a la ciudad para que estuviese con su tía y fuese atendido por los mejores médicos. El chico ha sobrevivido gracias a él, sin embargo puede que ese acto le cueste la vida, y créame que no es la única vez que ha hecho eso. Usted no se acordará, pero también estuvo a la cabecera de su cama cuando usted tenía un poco más de trece años y enfermó de escarlatina. Pidió a su madre que le dejara estar con ella y cuidarle durante los dos días que pensaron que no sobreviviría. ¿Y por qué cree que lo hizo? He visto y sentido el odio y el desdén con el que habla de él. ¿Se cree que porque es el hijo de un marqués su vida ha sido fácil?
—Rose —dijo lady Senju poniéndose a su lado.
—Déjame, Tsunade, alguien debe de decir la verdad. Que su infancia fue un verdadero infierno, con dos hermanos que lo consideraban basura porque no compartían la misma madre. Que se jactaban de torturarlo y humillarlo hasta que tuvo la suficiente edad como para poder defenderse. ¿Quiere algún ejemplo? Yo le daré uno de tantos. Lord Uchiha tocaba el violín, su madre le estaba enseñando cuando murió. Lo hacían a escondidas, ya que a lord Fugaku no le gustaba, le parecía que no era propio de caballeros. Después de que de su muerte, él siguió practicando hasta que un día su padre le hizo llamar. Sus queridísimos hijos —dijo Graves en un tono despectivo— le contaron que Sasuke practicaba a escondidas a pesar de su advertencia de que no debía hacerlo. Sin mediar palabra cogió el violín, que había sido de lady Uchiha y que era la posesión más preciada del pequeño, y lo rompió en mil pedazos. Después de eso le infligió lo que él llamaba el correctivo apropiado para que nunca olvidara la lección. Con una regla le dió tales golpes en la mano derecha que le rompió varios dedos. Se aseguró de que no volviera a tocar jamás. ¿Y sabe cuántos años tenía lord Uchiha? Solo siete años.
El rostro de Óbito, que hasta el momento había permanecido impasible, cambió sutilmente. Un brillo enfurecido cruzó por sus ojos.
—¿Por qué cree que se fue con dieciséis años sin nada en los bolsillos y sin mirar atrás? ¿Cómo cree que consiguió la fortuna que tiene? A base de trabajo y de sudor. Las cicatrices que hay en su cuerpo avalan lo que estoy diciendo. Y ahora, si quiere salir por esa puerta, váyase.
—No pensaba irme —dijo Óbito lentamente—. Solo quería ir a la habitación y ver su estado personalmente.
La señora Graves tragó saliva y a lady Senju se le abrieron más los ojos.
—¿No salió con la intención de marcharse de aquí? —preguntó lady Senju.
—No —dijo Óbito con rotundidad. Aquel simple monosílabo retumbó en el vestíbulo haciendo que los presentes soltaran el aire que habían estado conteniendo.
—En ese caso, sígame —dijo lady Senju, con una pizca de esperanza.
