Los Pecados del Lord
14: Triste Recuerdo
HINATA se quedó sin aliento otra vez.
—¿Qué?
—He visto las estrías que tienes en el abdomen, Hinata. Sé lo que significan. Has tenido un bebé.
Nadie lo sabía. Solo Neji, su cuñada y Hiruzen. Ni siquiera sus otros hermanos, que no se encontraban en Roma en el momento de su apresurado matrimonio, conocían los hechos.
Se levantó de la silla, atravesó la estancia hasta la puerta y la cerró con llave. Él la siguió con la vista sin moverse hasta que regresó a la silla.
—El bebé vivió un día —explicó en voz baja—. Pero no era de Hiruzen.
Naruto se quedó paralizado.
—Entonces, ¿Quién era el padre?
—Conocí a un joven en Roma. Me enamoré de él y permití que me sedujera. Cuando me quedé embarazada pensé que se alegraría de ello y se casaría conmigo. —Se preguntó cómo era posible que hubiera sido tan inocente—. Fue entonces cuando me confesó que ya estaba casado y que tenía otros dos hijos.
Él se la quedó mirando con la cara roja de furia. Hinata, su hermosa, ardiente e inocente Hinata, seducida y abandonada por un libertino.
—¿Quién fue? —preguntó.
Ella le miró con las mejillas rojas.
—Hace mucho tiempo y estoy segura de que me dio un nombre falso. Pero yo era tan joven y estúpida que me creí cada palabra.
—¡Maldición, Hinata...!
Quería estar furioso. Quería correr al Continente, dar con ese sinvergüenza y estrangularle. Aquel bastardo egoísta había arruinado la vida de Hinata antes de que hubiera podido saborearla.
—Por eso te casaste con un anciano. —«Enterrándote en vida».
La sonrisa de Hinata fue amarga y llena de pesar.
—Neji y su esposa me llevaron a Roma con idea de expandir mi mente con arte y música. Su idea era que aprendiera a ser la esposa perfecta de un hombre educado. Y yo...
La expresión de Neji cuando le había contado... Todavía ahora se encogía de pavor. Pero él, su buen hermano, había dejado a un lado la decepción y se había encargado de ella.
Recordó las noches de lágrimas y vergüenza; la sensación de traición a su joven y frágil amor; la certeza de que su hermano estaba arreglando su matrimonio con un hombre que le triplicaba la edad para salvar su reputación.
Neji tenía buen corazón, pero poseía unos rígidos principios morales y una visión muy realista del mundo. Su cuñada, a pesar de ser más compasiva, apoyó a su marido. Le comunicaron que debía casarse con Hiruzen Sarutobi y que el enlace se efectuaría con rapidez. Además, después, debía hacer creer al mundo que era feliz con su elección.
Hiruzen Sarutobi acudió a la casa que Neji había alquilado en Roma. Era un hombre mediano con el pelo canoso que poseía una mirada cálida pero preocupada. Ella ya le conocía, pero jamás le había prestado atención, lo mismo que él a ella; era solo un conocido más de Neji. E iba a convertirse en su marido.
Hiruzen era la paciencia personificada, y cuando su hermano y su cuñada les dejaron solos, la tomó de la mano y se puso de rodillas ante ella. Su contacto era afectuoso, tranquilizador incluso.
«Sé que no soy lo que quieres —dijo—. Una señorita quiere un marido joven y elegante, ¿verdad? Sí, sé que es así. Pero te prometo que cuidaré de ti, Hinata. Haré todo lo que esté en mi mano. No puedo prometerte felicidad, porque nadie puede garantizarla, pero procuraré dártela. ¿Me dejarás intentarlo?».
Había sido tan amable, tan consciente de que ella apenas tenía dieciocho años y se veía obligada a casarse con un anciano, que rompió a llorar. Terminó sentada junto a él en el sofá, abrazada y consolada. Se aferró a él mientras se daba cuenta con meridiana claridad de que era un hombre; un hombre bueno, no un villano.
Se sintió a salvo con Hiruzen Sarutobi; Neji había hecho una sabia elección. Le aseguró que, por supuesto, estaba encantada de casarse con él y prometió ser tan buena esposa como pudiera. Pobre hombre, él no tenía la culpa.
Hiruzen le enjugó las lágrimas antes de sacar un collar de plata del bolsillo, según dijo, había pertenecido a su madre, y se lo abrochó al cuello. Y allí seguía, bajo el cuello alto de su vestido de luto.
La tomó de la mano para llevarla junto a Neji y su cuñada, a quienes les costaba un triunfo contenerse y no revolotear ansiosos desde la habitación anexa. Así, se comprometió Hinata Hyûga y, a la semana siguiente, se casó.
—Hiruzen Sarutobi debió de ser un hombre muy bueno —dijo Naruto con suavidad.
Hinata le miró con los ojos empañados.
—Lo fue. —Hiruzen aceptó como esposa a una joven embarazada y aceptó cuidar al bebé como si fuera suyo sin decir jamás una palabra—. Sabía que no le quedaban muchas oportunidades de casarse y tener hijos propios, así que la petición de Neji fue bien recibida. O eso me contó.
Naruto mostraba una cara tan inexpresiva que no podía leer nada en ella. ¿Qué estaría pensando? ¿Despreciaría su debilidad? ¿A Hiruzen? ¿Comprendería lo que había hecho? Le vio sentarse en el borde del sofá, con las manos flojas, caídas hacia delante y los ojos azules clavados en ella.
—Por eso me rechazaste aquella noche hace seis años —meditó en voz alta—, no querías traicionarle.
Hinata meneó la cabeza.
—No se lo merecía. A pesar de lo mucho que ansiaba quedarme contigo, no podía pagarle de esa manera.
—Te admiré por ello ¿sabes? Hasta que me enteré de que eras una mentirosa y una ladrona —añadió sonriendo.
—Te confesé que había robado el collar por una razón equivocada. Creía que eras un chantajista.
—Así que ambos nos equivocamos.
—Me resultó muy difícil rechazarte. Créeme, Naruto, no te imaginas lo difícil que fue.
—Espero que el señor Sarutobi apreciara tu sacrificio de esa noche. —Su voz era más dura.
—Nunca llegó a saberlo, por supuesto. Sin embargo, estoy segura de que se preguntó si alguna vez le engañé. No lo hice.
—No, eres demasiado devota y agradecida.
—No seas tan condescendiente. Estaba agradecida, Hiruzen me trató siempre con bondad.
Él le lanzó una mirada de desdén.
—Hinata, créeme, no fue solo por bondad.
—Se portó especialmente bien cuando mi hija... —Las lágrimas la abrumaron. Hacía mucho tiempo, pero la pérdida todavía dolía.
—Lo siento, Hinata —la consoló en voz muy baja—. De verdad que lo siento.
—La llamé Gavina. —Alzó la cabeza, pero no podía ver a causa de las lágrimas—. ¿Sabes qué fue lo peor? Que todos a mi alrededor dijeron que su muerte era lo mejor. Pensaban que saber que no tendría que responder preguntas embarazosas, haría que me sintiera mejor... —Se le quebró la voz.
Naruto se cernió sobre ella, la alzó y la abrazó con fuerza. Ella se recostó sobre su ancho pecho y dejó que las lágrimas fluyeran.
Gavina había sido hermosa, perfecta. Se acomodaba entre sus brazos como si aquel fuera su sitio. Vivió un día, veinticuatro horas maravillosas, y después se debilitó y murió. Su pequeño cuerpo reposaba en el cementerio escocés donde estaban enterrados sus padres.
Las manos de Naruto, a pesar de lo alto y fuerte que era, fueron suaves y tranquilizadoras. Aquel hombre capaz de hacerla vibrar de pasión también sabía cómo abrazarla y consolarla; le hacía saber que comprendía su pena.
Podría quedarse allí durante el resto de su vida, en esa habitación, entre sus brazos, y sería feliz. En ese momento, un lacayo intentó abrir la puerta y luego dio un golpe.
—¿Milord? Su Majestad le recibirá ahora.
—¡Rayos y centellas! —susurró Naruto.
Ella quiso decir lo mismo. Se apartó de Naruto enjugándose las lágrimas.
—Nos encontraremos aquí mañana —ordenó él con rapidez—. A las nueve. ¿Vendrás? ¿Sin discutir?
Él quería seguir escarbando en su vida, exigiéndole conocer los motivos por los que no huía con él. Pero merecía saber y ella asintió con la cabeza.
Naruto se inclinó y le dio un beso intenso antes de aproximarse a la puerta que seguía golpeando el lacayo.
—Sí, sí, ya voy.
Abrió, protegiéndola con su cuerpo de los ojos del criado. Luego dio un portazo y se alejó, dejándola sola con sus lágrimas.
A la mañana siguiente, cuando todavía faltaban cinco minutos para las nueve, Hinata volvía a estar sola en la salita. Y seguía igual cinco minutos después. Y diez. El reloj en la repisa de la chimenea avanzaba inexorable, y marcó los cuartos.
Naruto no apareció.
Cuando faltaban cinco minutos para las diez, entró una criada. Se acercó y le hizo una reverencia antes de tenderle una hoja doblada.
—Para usted, milady.
La sirvienta hizo otra venia y salió sin dejar traslucir interés alguno en la nota, el reloj o ella. Abrió el papel y encontró escritas unas palabras con una escritura firme.
Konohamaru jamás se queda donde le digo. He tenido que partir para Glasgow para sacarle de un apuro. Tú ganas, ratón: en el tren de Doncaster, después de la última carrera de St. Leger. El revisor sabrá dónde encontrarme.
A bientót.
Volvió a doblar el papel color crema y lo apretó contra los labios antes de guardarlo en el corpiño. Ya por la noche, en su habitación, cuando la reina había prescindido de ella, se sentó ante el escritorio y escribió una larga carta.
A la mañana siguiente la echó al correo con rumbo a la destartalada casa que lady Rin Nohara compartía con su padre cerca de Aberdeen. Adjuntaba el dinero suficiente para que su amiga adquiriera el billete de ferrocarril hasta Edimburgo y la conminaba a utilizarlo.
Unos días después, Hinata Sarutobi y lady Rin Nohara se miraban por encima de la mesa en el rincón más escondido del salón de té que había en la estación de ferrocarril de Edimburgo. El lugar estaba desierto a esas horas tan tempranas. Un tren estaba listo para salir y escupía vapor, la locomotora negra parecía un poderoso buque.
Hacía mucho tiempo que no veía a Rin; sin embargo, se escribían con frecuencia. Sus madres habían sido íntimas amigas, ambas damas de honor de la reina. Victoria quería que Rin, algo mayor que ella, entrara también a su servicio, pero lord Nohara había rogado a su hija que permaneciera en casa con él y la joven no había podido negarse.
No es que el padre de Rin fuera débil, pero evidentemente se sentiría perdido sin su hija. Aquel hecho por sí solo podía explicar por qué Rin no recibía otras ofertas de matrimonio después de haber dejado plantado a Nagato MacUzumaki, duque de Rasengan, unos años atrás.
Rin jamás había revelado la razón de la ruptura del compromiso con Nagato. No obstante, después de haber conocido al duque, Hinata entendía su postura. La furia que sintió cuando Rin le abandonó llevó a Nagato a casarse al poco tiempo con la hija de un marqués inglés. La etérea Shiho Graham había muerto al dar a luz, lo mismo que el bebé. El duque nunca hablaba de Shiho ni de volver a casarse. Por su parte, Rin se había quedado en su casa desde entonces.
—Gracias por venir, Rin —le dijo con calidez.
Rin se sirvió azúcar y removió el té, luego se llevó la cucharilla a la boca y la chupó.
—No hay nada que agradecer, Hinata. Venir a Edimburgo a atracarme de pasteles es lo más excitante que me ha ocurrido este año. Todos los habitantes de la casa me escoltaron a la estación, desde la cocinera hasta el jardinero. Incluso mi estimado padre abandonó los libros durante un rato para acompañarnos, aunque se detuvo en el camino ante cada espécimen botánico que vio. Cuando partió el tren me saludaron ondeando sus pañuelos, me sentí casi una princesa.
Rin se interrumpió para beber un sorbo de té y ella se rió, sintiéndose mejor.
En el transcurso de los últimos diez años, las tambaleantes finanzas del padre de Rin, conde de Nohara, se habían convertido en pobreza. El hombre escribía tratados científicos y filosóficos con la ayuda de su hija. Aunque eran libros muy alabados por los entendidos, no le proporcionaban ningún beneficio económico.
Nada de eso había cambiado la franca disposición de Rin o su sentido del humor. Tenía el pelo marrón oscuro, elegante bajo el ala del anticuado sombrero, y sus ojos poseían el mismo tono pero mas claros. Notó que la miraba con la aguda inteligencia que la caracterizaba mientras tomaba un pastel con los dedos.
—Cuéntame —la animó Rin—. En tu carta decías que necesitabas mi consejo en un asunto relacionado con uno de esos enloquecedores MacUzumaki. Pero olvidaste decirme a cuál de ellos te referías. Imagino que no será Konohamaru. —Habló con ligereza, pero tenía los ojos entrecerrados.
Ella sintió una punzada de remordimiento.
—¡Oh, Rin, lo siento! Imaginé que leerías entre líneas. Jamás se me ocurriría pedirte consejo con respecto a Nagato.
Rin suspiró.
—Bueno, es un alivio. Estaba dispuesta a ser generosa y decirte que fueras feliz, pero lo cierto es que la idea hacía que quisiera arrancarte los ojos.
—Lo siento, Rin —se disculpó—. Debería haber sido más clara. No me di cuenta de que todavía te importaba tanto.
—Jamás se olvida al amor de tu vida, Hinata Sarutobi. No importa lo que haya hecho para enfadarte ni el tiempo que pase. —Rin tomó otro sorbo de té—. En especial cuando él se ha dedicado a desfilar por cada periódico o revista que lees. Pero no estamos aquí para hablar de mí; me has invitado para hacerlo sobre ti. El único de los MacUzumaki que nos queda es Naruto, así que imagino que se tratará de él. Cuéntamelo todo.
Lo hizo. Se inclinó hacia delante y le relató la historia en voz baja. Rin la escuchó mientras comía bizcocho, ávidamente interesada. Terminó la narración con la repentina visita de Naruto a Balmoral y su promesa de responderle después de las carreras de Doncaster.
Cuando concluyó, Rin sorbió el té en silencio. Ella tomó el suyo, ya frío, y lo bebió sin ser consciente de ello.
Por fin, su amiga depositó la taza en el plato y la miró fijamente.
—El hecho de que nos hallemos aquí, discutiendo la proposición de Naruto, quiere decir que no le abofeteaste enfurecida, lo que es muy elocuente. Así que mi pregunta es la siguiente: ¿me has citado aquí para que te convenza de que lo hagas o de que no lo hagas?
—No lo sé. —Se cubrió la cara con las manos—. Rin, no puedo irme con él, pero si no lo hago... Seguirá adelante con su vida y buscará otra mujer, ¿verdad? No me hago ilusiones, sé que no quiere casarse conmigo. Una vez me dijo que odiaba incluso la palabra «matrimonio». Supongo que lo entiendo. No conocí a su esposa, pero me resulta odiosa.
—Fue mucho más que odiosa, querida —dijo Rin antes de tomar otro sorbo de té—. Lady Shizuka le pegaba.
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Continuará...
