"Aquel que empiece a amar, debe estar listo para sufrir". San Pio de Pietrelcina.
La paz es un tema recurrente en este capítulo, quise agregar una frase sobre el tema, pero no encontré una que me convenciera. Me gustó está y como es de un santo va algo acorde con los pensamientos de Dick. Al fin y al cabo, Batman y Nightwing hacen lo que hacen por amor al prójimo, pero ejecutar buenas acciones no significa que las cosas deban ir bien, al contrario, la vida se hace dura porque el mundo no está construido en base al amor, sino en egoísmo y en la autosatisfacción.
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—Sean bienvenidas a nuestra casa.
Dick escuchó el saludo cortes de Bruce dirigido hacia la señora Wilson y una señorita rubia y delgada. Los abogados se marcharon una hora antes por la salida trasera de la casa, una sin vigilancia de la prensa por ser absolutamente desconocida. Las trabajadoras sociales si tuvieron que enfrentarse a la marea de periodistas y, a los ojos de Dick, no salieron bien libradas.
—Espero que la multitud afuera no les causara mayores daños —continuó Bruce.
—Son un poco asfixiantes —contestó la morena con nerviosismo. A Dick no le pasó por alto la manera en que ella veía a Tim, quien se soltó de su mano para correr a abrazar a Bruce —. ¿No hay forma de retirarlos?
—La policía lo intentó, pero terminó en un altercado sin ganador.
—No tuvieron problema en irse cuando las mafias se reunieron a colocar una bomba en la entrada —comentó Alfred sarcásticamente —. Sus abrigos, por favor.
—Oí que no hicieron gran daño, el escudo se sostuvo —comentó la rubia quitando de sus hombros su estética chaqueta marrón —. Disculpen, no me he presentado, soy Rebecca Miller —extendió su mano al Alfred, quien le hizo una formal reverencia antes de retirarle la prenda. La mujer carraspeó nerviosa y bajó su extremidad, a Dick no lo impresionó.
—Yo soy Amanda Wilson, es un placer conocerlos niños —tendió a Alfred su poncho gris.
Obtuvo unos asentimientos vacilantes. Tim y Damián se aferraban al saco y a la pierna de Bruce, respectivamente; siendo Dick, a un costado del recibidor, el mayor, permaneció un paso delante, receloso y con el ceño fruncido.
—Excúselos por favor, están algo confusos respecto a la visita de los servicios sociales.
La señora Wilson asintió, sonriendo.
—Por favor —habló Alfred, ya habiendo terminado con los abrigos —, continúen a la sala de estar, en seguida les llevaré un aperitivo. Permiso maestro Bruce, amos, señoras —y con un sonoro golpe de talones se despidió y se internó en los corredores.
Un tenso silencio se estableció en la marcha a la sala de estar anteriormente ocupada por los abogados. Las mujeres, que debieron enfocarse en los infantes y su comportamiento, se deslumbraron por los pasillos, muebles y cuadros, una reacción a la que los Wayne estaban acostumbrados, lo suficiente para esperarla y aprovecharla. Damián se despegó del lado de su padre adelantándolo y juntándose con Tim en el momento que giraban para acceder a la sala, susurrándole al oído a Red Robin.
—Hay una siesta a la una, luego del almuerzo.
Con eso puso distancia entre ellos, corriendo a uno de los muebles y encaramándose en este. Dick asintió a sus hermanos, las partes del plan estaban listas: ellos fingirían dormir una siesta de dos horas, en ese lapso él y Bruce distraerían a las mujeres de servicios sociales para que no notaran la ausencia de los menores que estarían con Zatanna. Se suponía que Dick haría el viaje en la noche, pero Zatanna le dejó claro que no sabía si alcanzaría a lograrlo, de no hacerlo Dick se quedaría sin amuleto y sus heridas bastarían para que los servicios sociales se lo llevaran lejos. Bruce no sabía de aquella falencia en el plan y Dick no iba a contársela; salvaría a sus hermanos, después correría él con las consecuencias, como debió haber sido desde un principio.
Aun así, con su plan suicida fríamente calculado, el muchacho estaba aterrado.
—Bueno niños, me presento de nuevo, soy Amanda Wilson, ustedes me pueden llamar señora Wilson —su voz dulzona le dio un escalofrío a Tim —. Y ella es Rebecca Miller, la señorita Miller es psicóloga. Nosotras venimos por parte de los servicios sociales a hacer una pequeña revisión de su hogar. ¿Alguna pregunta?
Los Robin, sentados en un sofá con su hermano, balbucearon una respuesta inentendible.
—Niños —les advirtió Bruce.
—No señora —corearon en voz baja. La señora Wilson dirigió su sonrisa al mayor que no abrió la boca en ninguna oportunidad.
—¿Dick?
El chico miró la ceja alzada de su padre, luego a las mujeres. La psicóloga le sonreía con confianza, el gesto amable de la señora Wilson se había vuelto falso.
—¿No quieres hablar conmigo, Dick?
—Me llamo Richard —dijo él de inmediato.
Damián codeó a Tim con la pregunta escrita en el rostro, este se encogió de hombros, sin entender que le pasaba al afable Nightwing. Bruce tensó su mandíbula y la señora Wilson trató de nadar con la corriente.
—Perdona, tenía entendido que preferías ese apodo.
—Si, pero no autorizo que ustedes me llamen así.
—¡Dick! —la reprimenda de Bruce se acompañó con la boca abierta de los presentes, sorprendidos por tan mal precedente —. Discúlpate.
—No lo haré Bruce —dijo más mansamente. La psicóloga se señaló esa curiosidad, de agresivo a amable sin abandonar su argumento —. Yo no estoy de acuerdo con que estén aquí.
—Richard —habló la señora Wilson —. Entiendo que podemos parecer enemigos, pero estamos aquí porque el estado, la sociedad y nosotras queremos comprobar que tú y tus hermanos se encuentren a salvo.
—Estamos a salvo, ahora largo.
—¡Amo Richard! —el grito escandalizado de Alfred hizo que los presentes se fijaran en él y en su bandeja de plata cargada con una tetera, pocillos y un plato con galletas caseras —. No se dirija de tal forma a las damas.
—Pide perdón —indicó Bruce frunciendo el ceño. ¿Qué estaba haciendo Dick? De lejos se veía lo enojado que estaba, él lo entendía, mas Dick sabía que debía comportarse. Bruce pudo esperar insubordinación de Damián, pero no creyó jamás que sería de su hijo mayor.
—Déjelo señor Wayne —intervino la señorita Miller —. Richard, ¿por qué estás tan enfadado? ¿Acaso tienes miedo de nosotras?
Dick la miró, nunca dejó de fruncir el ceño ligeramente.
—A ustedes no les interesamos, he sido el pupilo de Bruce por siete años y no recibí una sola visita de los servicios sociales, aun cuando por ley era su obligación checar mi estado es esta familia. Tim perdió a su madre, su padre quedó paralítico por medio año y ni una sola vez se le otorgó ayuda psicológica de los mismos servicios sociales que lo dejaron en la puerta. Jason murió en un extraño accidente en el extranjero con una mínima de testigos y su oficina no se molestó siquiera en averiguar lo que sucedió. Damián apareció de la nada, Bruce tuvo que pagarle a un abogado para que registrara a Damián como su hijo ante un juez porque servicios sociales no hizo su trabajo. Ahora que somos… famosos —se mofó de la palabra —, ahí si se interesaron. A ustedes no les importa si estamos bien o mal, solo van a formar un escándalo que haga creer que su oficina no es el nido de ratas que vaya que si es, mientras los verdaderos niños sin hogares y abusados no son atendidos. Yo no voy a jugar a eso —volteó a ver a su padre —. Lo siento murciélago.
Demasiado conmocionados para hablar, aguardaron la respuesta del patriarca Wayne. Mecánicamente Alfred depositó la bandeja en la mesita central y se retiró.
Bruce suspiró y se apretó el puente de la nariz. Por supuesto, Dick detestaba con el alma los servicios sociales y jamás se cansaba de criticarlos y menospreciarlos. ¿Cómo no lo vi venir?
—Por favor, perdónenlo, odia los servicios sociales. Ve a tu habitación Dick.
—Es entendible, señor Wayne, pero él no debe retirarse —se apresuró a decir la señora Wilson, deteniendo a un ya levantado Dick —. Siéntate, Richard.
El moreno vio a su padre, esperando la orden de él. Su acción no pasó desapercibida para ninguno, así como el rostro agrío de la morena.
—Siéntate. Dick, la señora Wilson no representa a su oficina, los errores del sistema no son los suyos.
Dick lo meditó un minuto cruzando los brazos sobre su pecho. La psicóloga aguardaba su respuesta con dulzura, no parecía una amenaza, pero la señora Wilson… ella era más dura, tenía la condena escrita en sus rasgos.
—Lo siento, señora Wilson, señorita Miller —cedió para no alargar más aquello.
—Estas disculpado, pero procura que no ocurra de nuevo, Richard —respondió la psicóloga.
—Iniciemos con el pie derecho esta vez —dijo con ánimo la mayor, ignorando a Dick, quien alargó las manos para servirse una taza de té; la psicóloga notó que los pequeños imitaron a su hermano —. Mi nombre es Amanda Wilson, soy la detective encargada de su caso. Los servicios sociales están interesados en conocer su hogar, pues creemos que aquí existe negligencia y/o abuso por parte de su padre y tutor —hizo una pausa, esperaba un bufido o reclamo de Grayson, pero él se limitó a continuar bebiendo su té —. Sé que suena terrible, pero nos encontramos la señorita Miller y yo en su hogar porque nos preocupamos por ustedes. Solo digan la verdad y finalizaremos muy pronto. ¿Hay preguntas?
Tim negó con la cabeza, fue la única respuesta que les sacó, Damián la ignoraba masticando una galleta, Dick no lucía interesado.
—En estos días —continuó —, viviré con ustedes en la su casa.
—Mansión —cortó Damián, ofendido.
—¿Mansión?
—Se llama mansión Wayne, no casa.
—Oh, correcto, gracias Damián. Viviré en la mansión Wayne por los próximos días en lo que se aclara la situación.
—Yo sigo sin entender de que situación habla —dijo Tim alargando la mano para tomar una galleta.
—Creen que estamos tan golpeados como un hígado —le respondió Damián.
—Dami —intervino Bruce que no bebía o comía.
Fingiendo normalidad, Dick extrajo su celular de su bolsillo, había vibrado.
《Dos de los tres ya están preparados.》
Dick sonrió al mensaje de Kon. Fue a responderle un 《grandioso》, pero la señora le llamó la atención moviendo los dedos.
—Richard, suelta el teléfono —Dick le frunció el ceño, no de manera asesina, sino como cualquier adolescente al que le prohíben su celular… oh, entonces si, de manera asesina —. Durante mi estadía habrán algunas reglas que todos seguiremos: la primera es que no pueden acudir a sus ocupaciones como justicieros —hizo otra pausa, ahora si recibió miradas amenazantes de cortesía de los tres muchachitos —, la segunda regla es que no pueden usar tecnología que les permita comunicarse con el señor Wayne o un conocido en común que sirva como puente de información. La tercera regla prohíbe cualquier interacción entre ustedes y el señor Wayne y su mayordomo a solas, pueden hablar con ellos para lo básico y siempre deberé estar con ustedes para vigilar que esta norma se cumpla.
—¿Incluso durmiendo? —pidió Tim.
—Si.
—No —todos voltearon a ver al patriarca Wayne —. Enciérrelos con llave si es caso, pero no van a dormir cerca suyo o de la doctora.
—Señor Wayne, su temor es injustificado y ofensivo, yo…
—No es un temor, ustedes no podrían hacerles nada que ellos no quisieran, son más fuertes que las dos. Sencillamente no quiero extraños con ellos mientras duermen.
La señora Wilson no parecía feliz e intentó ganar la discusión.
—Niños, ¿les gustaría ser encerrados por las noches?
Claro que no, perdió señor Wayne.
Dick se encogió de hombros.
—Me da igual.
—Por mí está bien.
Presintiendo un dolor de cabeza, a la señora Wilson le figuró aceptar.
—Se hará así, entonces —suspiró y retomó —. La cuarta regla es que deberán obedecerme a mí y a la doctora.
Por fin Dick se dignó a tomar la palabra.
—¿Quién lleva la línea de mando?
La señora Wilson parpadeó.
—¿Qué?
—Pregunta por las ordenes —le aclaró Bruce, aburrido —. Quiere saber que sucede si usted y yo damos dos ordenes contradictorias.
—Obvio obedecemos a padre —señaló Damián con un tono de dah.
—No Damián, la vocería la tendrá la señora Wilson —dijo la rubia.
—Yo solo le debo respeto a mi padre, no le voy a hacer caso a una extraña.
—¿Por qué no? —la señora sonrió dulce.
—Porque no la conozco y porque es mi padre.
—¿Y no obedeces a tus maestros? A ellos tampoco los conoces —intentó razonar.
—Obedecer no es exactamente el fuerte de Damián —se burló Tim.
—No molestes Drake —gruñó.
Viendo venir una pelea Dick palmeó ambas cabezas.
—Cállense de una buena vez.
—Dick, no les pegues en la cabeza, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? —regañó Bruce. Tim le sacó la lengua a su hermano —¡Tim!
—Lo siento —dijeron a coro.
—¿Pelean a menudo? —preguntó la psicóloga al padre de los chicos.
—En ocasiones, Tim y Damián no se llevaban muy bien antes y aun quedan asperezas que limar. Es más una cuestión de orgullo.
—¿Este orgullo, como usted lo llama, ha afectado su rendimiento en sus actividades de vigilancia?
—No señora, ellos conocen los momentos en que está bien empujarse y en cuales ayudarse.
La rubia se dirigió a su colega.
—¿Puedo…? —hizo el universal movimiento de escribir en el aire.
—Claro. Es hora de empezar con el examen psicológico —se dirigió a los demás —. Primero me entregarán sus celulares.
Los chicos se miraron.
—¿Y para hablar con nuestros amigos?
—Oh, bueno, pueden pensar que se encuentran en un campamento de verano sin señal de wifi.
—Quiero un rembolso —se quejó Tim, ganándose una risita de Dick. Ambos dejaron sus celulares junto a la bandeja, Damián lo aventó sin consideración a la mesa de donde rebotó al suelo rompiéndose.
Bruce, con un temperamento tan delgado como hielo en primavera, hizo un esfuerzo sobre humano en no gritar a los niños.
—Detengan el motín —fue lo que les dijo.
—Yo tampoco estoy de acuerdo —el menor siguió la línea de Dick.
—Ni yo.
Bruce suspiró.
—Ellos son niños muy buenos y muy cariñosos, por favor entiendan que están enojados, no es algo personal.
—¿Y con quién están enojados? ¿Me lo dirás Tim? —la señora Wilson tuvo la sagacidad de dirigirse al que se comportaba más afable.
Tim no habló.
—¿Damián?
Nada.
—¿Richard? —el último intento.
—Con la inutilidad de su oficina y con los mama santos que creen que nos están haciendo un favor.
La señorita Miller no pudo precisar que idioma empleó el señor Wayne para susurrar la larga frase que dijo, pero apostaba su sueldo a que eran palabrotas.
—Dick, tienes que colaborar, será peor para nosotros si no lo haces.
—Mmm-hm.
Un nuevo silencio incómodo. La señora Wilson se aclaró la garganta.
—Señorita Miller, ¿está lista para el examen psicológico?
—Si. ¿Hay algún lugar de la, eh, mansión que podamos usar, señor Wayne?
—Si. La biblioteca, condúcelos Dick, yo me retiro —se levantó.
—¿A dónde vas, papá?
—A entrenar.
Tim y Damián brincaron en asiento, Bruce los hacía entrenar como locos, pero verlo a él entrenar era inusual, dado que los horarios de todos ellos chocaban.
—¡Qué injusto!
—Acostúmbrense —murmuró Dick de malas. A él también le encantaba ver entrenar a su padre —. ¡Alfred! Estaremos en la biblioteca.
Sin esperar respuesta y tomando el plato con galletas, los niños encabezaron el camino. La biblioteca era una linda sala, enchapada a la antigua, pero con cableado, así que ellos solían hacerse ahí con sus portátiles a realizar sus deberes escolares o investigaciones para Batman.
Como barcos a un faro, los niños siguieron a su hermano mayor hasta los escritorios a un costado de los ventanales, los tres se sentaron en fila para que las mujeres se hicieran delante de ellos y hubiese una distancia prudencial con las largas y anchas mesas.
—¿Les importa si grabamos?
—¿Y si decimos que no? —dijo Dick cortante —. Conocemos el proceso, aun si nos negáramos usted tendrá que grabarnos. Absténgase de las técnicas de confianza que crean la ilusión de que tenemos el control de la situación, las conocemos, algunas las desarrollé yo años atrás.
La psicóloga frunció el ceño. En silencio las dos mujeres se sentaron, sacaron del bolso de la más joven la cámara y la instalaron de modo que los enfocara a los cinco. Los niños en ningún momento dejaron de cavar en el plato de galletas en el centro de la mesa.
Con la cámara encendida la señora Wilson tomó asiento.
—¿Podrían presentarse con sus edades?
—Richard Grayson, 15 años.
—Tim Drake, 11 años.
—Damián Wayne, 9 años.
—¿Con quienes viven?
—Con padre y Alfred.
—¿Suelen tener visitas?
—No señora.
—¿Y qué tal es vivir en esta casa? —intervino la señora Wilson —. Es mucho espacio para tan pocas personas.
—Nos gusta, es privado y contamos con grandes áreas para nosotros.
—Háblennos sobre su vida como justicieros. Tim primero —añadió velozmente, el único que respondía era Damián.
—Es agradable, nos gusta ayudar a las personas.
—Podrían hacerlo sin usar un traje, como donar alimentos y unirse a grupos de boy scout —señaló la señora —. ¿Por qué emplear la capucha?
—Tenemos habilidades que nos permiten hacer acciones más… acciones diferentes.
La señorita Miller se abstuvo a alzar una ceja y alcanzó su libreta y bolígrafo: se muestran renuentes a soltar prenda sobre sus actividades de justicieros.
—¿Qué dices tú, Richard? Fuiste el primer héroe menor de edad.
A modo de respuesta Dick tomó un mordisco de la galleta que equilibraba en sus dedos.
—Tu negativa a hablar es sospechosa, Richard —dijo la señora Wilson —. ¿Tienes miedo o acaso tu papá te ordenó no hablar?
—Ya les dije que no creo en los servicios sociales. Usted vinieron solo para hacer su papel, pero no les interesan los niños.
La mansedumbre, anotó la psicóloga, se esfuma al irse su padre.
—Richard —intentó la morena —, tienes una visión sesgada de los servicios sociales. Si bien es cierto que tuviste una mala experiencia…
—¿Yo tuve una mala experiencia? —bufó —. Una trabajadora social me dejó una semana entera a los nueve años en una correccional de menores porque mis padres murieron de noche y ella no quería llegar tarde a su cita. ¡Me dieron palizas los seis días que estuve ahí! Y cada niño o adolescente que he conocido en el trabajo de Robin y Nightwing que se han relacionado con los servicios sociales dicen lo mismo, hacinamiento, familias abusivas, maltrato, violaciones y abusos de todo tipo. Así que no, yo no voy a seguirle la cuerda a las personas de mierda allá afuera que insistieron en solicitar una investigación, me niego a participar de la entrevista.
Frustrada, la señora Wilson se dirigió a él con enojo en la voz.
—No puedes negarte, el sistema no funciona así. Puedes creer que conoces la ley, pero si actúas…
La psicóloga la detuvo alzando la mano.
—Si no nos colaboras para realizar la investigación, Richard, ¿cómo crees que finalizará esto ante el juez?
El chico se encogió de hombros.
—Descartaremos las dudas con el examen médico.
Y con eso dicho, se apoyó sobre la mesa y se concentró en masticar su galleta. Tim y Damián vieron con pánico a su hermano, nunca lo habían visto tan enfadado.
La señorita Miller se recostó en su asiento, reconociendo en Dick un caso perdido. La señora Wilson lucía visiblemente insultada.
—Continué doctora.
—Si… ¿alguna vez se les ha pedido hacer algo que los incomode?
Damián miró a Dick, apoyaba su rostro en su puño y jugueteaba con las migajas de galleta sobre la mesa. Más te vale que sepas lo que haces, Nightwing.
—Una vez un profesor me pidió abrir una rana para biología, ¿eso cuenta? —dudó Tim.
—Oh, bueno si…
¿Qué voy a hacer ahora?, se susurró Dick. Muy valiente Grayson, ¿y cuándo me vean las heridas? Cavé mi tumba. E igual no le importaba, los servicios sociales eran algo que lo superaba, no los toleraba, los despreciaba totalmente. Escuchó a la psicóloga balbucear algo sobre que la pregunta se orientaba más a su vida en el hogar y a los miembros de la Liga que a sus maestros. Dick echó un vistazo a la señora Wilson, ella anotaba en su libreta con furia.
Bajo la mesa alguien le pateó la canilla. El adolescente del devolvió el golpe a Damián, sonriéndole.
—¿Y tú Damián? ¿Te has sentido obligado en casa a hacer algo desagradable o que te molesta?
—Si, papá me obliga a usar pijama en lugar de dejarme dormir desnudo —dijo sarcásticamente.
Dick aulló de risa, incluso Tim se carcajeó.
—Oh —la doctora lucía conmocionada —. ¿Cómo los disciplina el señor Wayne?
Dick finalizó con el plato de galletas, Damián lo imitó y cerró la boca. Tim comentó algo completamente falso sobre 200 planas y lavar losa. Después Tim respondió un par de preguntas sobre sus interacciones sociales antes de unirse a la huelga de sus hermanos.
La psicóloga organizó sus papeles golpeándolos ligeramente sobre el escritorio. Ella conocía a los niños abusados, eran ariscos y groseros, se negaban a hablar, similares a los niños delante de ella, salvo que Dick si había hablado y explicó con hechos su aversión a los servicios sociales y a ellas; la mujer no podía aseverar juicios con tan poca información. En su lugar, prefirió escribir lo que entendió:
Dick es el líder, sus hermanos confían en sus decisiones. No son vulgares, Dick suele golpearlos a modo de juego, pero sin herirlos; Tim es el más amable, Damián es irrespetuoso. Aunque se niega a hablar, Dick se justifica. A ellos les gusta ser tratados como iguales.
—¿Y bien? —preguntó Damián con aburrimiento —. ¿Podemos ir a nuestras habitaciones?
—Tú y Tim si, Richard se queda. Vamos a iniciar las entrevistas en solitario.
A la mujer no se le pasó por alto la mirada intranquila que compartieron los niños.
—No voy a hablar con ustedes.
—Por favor Richard —volvió a intentar la señora Wilson —. Aunque sea para defenderte, pero abre la boca.
—¿Con qué fin? ¿Cree que no hemos notado la manera con que mira a Bruce? —apuntó con desdén —. Usted ya definió esto en su mente, nosotros abusados y él un monstruo sin corazón, blah, blah, blah. Lo que digamos no le va a importar y yo tengo cosas que hacer —se levantó y con él los pequeños —. Escriba en ese papel lo que se le de la gana, el examen médico es el que definirá todo, así que me entenderé con el doctor.
Y con eso corrió a Tim del camino y se encaminó fuera de la biblioteca. Los otros niños dudaron entre salir o quedarse, ninguna opción les encantaba.
—Es un descarado —murmuró la señora.
—¿Qué esperaba? —se mofó Damián —. Vinieron a sacarnos de nuestro hogar e incriminar a nuestro padre, ustedes no nos respetan quienes somos ni lo que hacemos. ¿Suponían que las abrazaríamos como salvadoras? Aterrice señora Wilson —se alejó de la mesa e hizo una seña a Tim para marcharse. El chico dudó dando un par de pasos antes de girarse y encararlas.
Este si hablará, se convenció la señora Wilson. Es el único que no vive las 24 horas con el señor Wayne, a él no le han lavado tanto el cerebro.
—Si el juez falla a su favor nunca volverán a vernos —fue lo que dijo. Damián se detuvo en el umbral a oír.
—¿Dices que alguien los alejará de su futuro hogar de acogida? —la señora Wilson sonrió, una prueba al fin.
—No —el rostro estoico de Tim no le agradó a la psicóloga —. Nosotros huiremos, no tendrán forma alguna de localizarnos. Nos vemos en el almuerzo —agregó con un tono más gentil, yéndose.
A solas, la señorita Miller soltó un suspiro.
—¿Y bien? —pidió a su colega.
—Están enojados, el señor Wayne obviamente no les dijo que veníamos en son de paz, sino todo lo contrario.
La rubia frunció el ceño.
—¿En serio? Mis conjeturas son otras.
—¿En qué te basas?
—Damián es completamente leal al señor Wayne, vamos a tener problemas con él porque no nos está aceptando. Tim es más colaborativo…
—Está menos influenciado.
—Tal vez, posiblemente el hecho de tener a su padre biológico vivo ayude a crear una distancia sentimental del señor Wayne, pero Tim mintió en cada pregunta que le hicimos.
—¡¿Qué?!
—Lo notarás en la cinta, tú estabas escribiendo y dedicando tu atención a Richard, pero yo me fijé en Damián, las respuestas de Tim le causaban gracias, eran mentiras descaradas y no se molestaron en ocultarlo.
—Vaya niño —murmuró.
—Si, pero no me parecieron influenciados. Richard dio una respuesta cabal y legitima para explicar su renuencia a hablar con nosotras, Tim controló la situación y Damián demostró sus lealtades desde el inicio. No son niños que fueron manipulados, nadie puso palabras en sus bocas, aun mintiendo eran ellos.
—Jum, pues a mi parecer el señor Wayne si ejerce una influencia sobre ellos que Richard transmite, ¿no te fijaste que copiaron a Richard en todo? Y él no mueve un dedo sin consultárselo a su padre.
—Si, pero Richard tiene el peso de ser el hermano mayor, el que cuida de los menores y estos ven en él su seguridad. Ellos están asustados, no quieren separarse de su padre. Tim corrió a los brazos del señor Wayne en el instante que lo vio, Damián no hace más que defenderlo y aferrarse a su pierna, Richard fue grosero con una visita frente a él, obviamente no temía a su reacción.
—¿Qué insinúas?
La psicóloga repasó los datos en su cabeza un instante.
—No han sido maltratados o abusados por él. Si queremos ganar el caso tenemos que enfocarnos en negligencia.
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Alfred se lució en el almuerzo, sirviendo una entrada de mariscos como aperitivo. Los jóvenes héroes ocuparon sus usuales posiciones, con Tim a la izquierda de Bruce y Dick a la derecha del susodicho, seguido de Damián. La señora Wilson se sentó junto a Tim y al lado de ella se acomodó la señorita Miller.
—Luce exquisito —alabó la señorita, observando con curiosidad los platos de los demás. Le llamó la atención las dimensiones de la comida, ella y su colega tenían raciones normales, pero el señor Wayne y sus hijos tenían el doble o, en el caso de los mayores, el triple.
—Sus raciones son excesivas —señaló la señora Wilson con saña.
—Tim consume 10 mil calorías al día, Damián 12 mil y Dick y yo 16 mil calorías, requerimos grandes raciones de comida —se defendió Bruce, que abandonó su traje formal de negocios a favor de jeans, botas negras y una polera gris de mangas largas.
—¿Es normal? Un joven de la edad de Tim debe consumir 2 mil calorías.
—No si son deportistas. Tampoco su pulso y sus exámenes sanguíneos y proteínicos son promedio, imagino que el médico querrá hacerlos.
—Si, junto a radiografías.
—Por supuesto, en Wayne Enterprise hay máquinas de rayos X —ante la incredulidad de la detective, Bruce agregó —. Es uno de los productos que vende Wayne Enterprise.
—Ah, correcto.
Luego de un rato comiendo en silencio, Bruce tomó la palabra.
—¿Puedo preguntar por el examen psicológico?
—Se realizó, es todo lo que puedo decir.
Nadie habló más. El primer plato correspondió a una ensalada surtida con vinagreta; Alfred descorchó una botella de vino blanco para su maestro y los invitados, los niños, con copas de agua igual que los adultos, recibieron vasos con Coca-Cola.
—¿Qué tal tu entrenamiento, Bruce? —curioseó Tim.
—No pueden hablar de ese tipo de cosas con el señor Wayne —dijo en tono tajante la señora Wilson.
—¿Entonces de qué podemos hablar con papá? —pidió Dick chasqueando la lengua —. Usted dijo que lo básico.
—Si —asintió tomando un sorbo de vino —. Está algo fuerte —arrugó el ceño —, ¿se sirve a menudo?
—¿Fuerte? —Bruce frunció el ceño, era un vino normal para él —. Suelo beber una copa de vino en el almuerzo, no la sentí tan fuerte, debe ser la costumbre.
¿Y mi pregunta? Pero Dick ya había tentado bastante la suerte ese día discutiendo con las mujeres en la mañana, no iba a presionar a Bruce, menos sin conocer la reacción de su tutor a su renuencia en la entrevista.
—¿Qué tanto bebe, señor Wayne?
La desconfianza en la voz de la señora Wilson causó que hasta la señorita Miller alzara las cejas.
—Una copa de vino en el almuerzo y en las noches sin patrulla dos dedos de whisky o coñac.
—¿Patrulla? ¿Qué significa?
—Salir como Batman.
Hecho, se pronunció la mítica palabra. La señorita detuvo su tenedor en el aire, recordando que estaba en la misma mesa que Batman. Wow.
—Sí ha bebido, ¿no sale?
—Generalmente. Si bebí fue porque no iba a patrullar, pero en ocasiones ha habido emergencias que truncan mis planes, por lo que me he visto en la obligación de usar el traje de Batman con los dos dedos de licor en el sistema?
—¿No es riesgoso?
—Requiero más alcohol para que se alteren mis sentidos. Hasta la fecha, gracias a Dios, no he tenido incidentes o cometido errores.
—¿Es un hombre religioso?
—Algo.
—¿Lo transmite a sus hijos?
—Dick es católico, va a misa los días que desea, Tim es protestante, pero nunca ha mostrado interés en ir a culto y reuniones.
—¿Es eso cierto, Tim? —comprobó la mujer.
El niño asintió.
—A veces acompaño a Dick a misa, pero no solemos entender mucho.
—¿Perdón?
Dick se aclaró la garganta.
—Mis padres eran católicos, yo era pequeño y no aprendí el significado de los rituales y ceremonias que se llevan a cabo en misa, así como las respuestas a lo dicho por el cura, pero me gustan los sermones del padre Jack, acudimos principalmente por eso.
—Entiendo. ¿Y Damián?
—Su familia materna es atea.
—Me va y me viene —agregó el niño —, pero el sacerdote Jack suele dar… comentarios interesantes y perspicaces.
La llegada de Alfred con el segundo plato, cangrejo relleno, interrumpió la plática que ni se retomó hasta que Dick se excusó con la mesa retirando la servilleta de su regazo y colocando su comunicador en su oído.
—Habla Nightwing.
—Le dije que… —la amonestación de la detective la interrumpió Bruce levantando la mano.
Viejo, no contestas el teléfono, tuve que usar el comunicador.
—Hola Superboy, ¿alguna notificación de emergencia?
¿Estás en público?
—Afirmativo.
Zatanna ya terminó los tres amuletos, falta que ustedes lleguen para modificar el hechizo. Ya pueden venir tus hermanos.
—Maravillosas noticias, la misión fue un éxito. El informe ya se encuentra preparado.
¿Y tú vendrás?
—Me encuentro en licencia por motivos personales.
¿Tienes a los de servicios sociales ahí contigo?
—Afirmativo.
Emancípate en tu cumpleaños. Estamos pendientes en la casa se Zatanna.
—Gracias. Quedo alerta, Nightwing fuera.
Colgó la llamada y puso su servilleta de nuevo en su regazo. No se retiró el comunicador, de hecho le gustaba usarlo.
—Fui explicita con mi orden, Richard —comenzó la señora Wilson —. Sin aparatos electrónicos que faciliten la comunicación con tu señor padre.
—Es el comunicador con el Equipo, por más que me retire temporalmente de mi papel como Nightwing yo sigo teniendo responsabilidades.
—Entrégame ese objeto —extendió su palma.
—El comunicador está fuera de los límites —dijo Bruce en defensa de su hijo —. Si lee la letra pequeña, señora Wilson, notará que Dick podrá salir como Nightwing si ocurre una emergencia internacional o que ameriten sus habilidades específicas y para ello necesitará su comunicador.
—Yo, señor Wayne —arremetió —, perfectamente puedo comunicarle las llamadas que él reciba.
—Las conversaciones que se dan por medio del comunicador son privadas, por sobre su rango y poder. Lo lamento, pero mi respuesta es no.
—Richard, dame el comunicador —ordenó ella, aun con la mano extendida.
Dick no dudó en responder.
—Bruce no tiene derecho sobre mí durante el periodo que permanezca bajo su cuidado, señora Wilson, pero Batman es uno de los administradores y comandantes del Equipo, organización en la que me desempeño como fundador y líder suplente. Mantendré mi comunicador con mi persona.
La mujer tensó sus labios en una fina línea.
—Esto entrará en mi reporte.
Nadie habló hasta el postre, helado de vainilla con galletas y chocolate liquido.
—¿Ya es hora de la siesta? —preguntó Tim.
Dick detuvo imperceptiblemente su cuchara en su copa de helado, antes de tomar un bocado. Damián ni se alteró.
—Quedan cinco minutos —respondió Bruce consultando su reloj.
—¿Cuál siesta?
—Los niños duermen la siesta un par de horas los fines de semana, señorita Miller. Espero que no sea un inconveniente.
—Para nada, señor Wayne. Podremos adelantar con usted y el mayordomo las entrevistas. ¿Richard se une a la siesta?
—En ocasiones. ¿Tienes sueño Dick?
—Un poco.
—Estaremos ocupados un rato con las entrevistas, duerme con tus hermanos.
Dick asintió, brincando por dentro.
¡Si! ¡Si! ¡Si! ¡Gracias!
Ocultando su felicidad absoluta con otra cucharada de helado, Dick se ocupó de terminar su copa para irse a 《dormir》cuanto antes.
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Tim quiso darle un puñetazo en el rostro guapo de la señora Wilson, que sonreía como el gato que tenía al canario recibiendo las llaves de las habitaciones. Los tres ingresaron a la alcoba de Tim, la que tenía la cama más amplia, con la excusa de que les gustaba hablar antes de dormir.
—Coordenadas listas, tubo zeta funcionando —susurró Dick —. Vas primero Dami.
Zatanna recibió a los tres Boy Wonder en su casa de infancia a la cual tuvo acceso legalizando la muerte de su padre con documentos falsos al ser mayor de edad. Kon se encontraba con ella viendo televisión en la sala, el aburrimiento escrito en sus rostros.
—Eres el primer hombre que veo tan calmado estando a menos de un metro de la hermosa Zatanna —se burló Dick sorprendiéndolos.
¿Cómo hace eso?, se quejó Kon, cuya súper audición debió haber captado la llegada del trío.
—¿Te incluyes en esa lista, Dick? —Zatanna le guiñó un ojo.
Descaradamente el chico la examinó de pies a cabeza, ella usaba unos diminutos shorts blancos y una blusa deportiva.
—Definitivamente, moriré en ella.
Juguetonamente Zatanna se le aproximó y le dio una bofetada suave. Dick le besó la mano.
—Iuh —se quejó Damián —. Busquen una habitación.
—En eso estamos —rió Dick —. Entonces, ¿cómo nos vas a revisar?
—Irán de uno en uno conmigo al sótano. Los necesito desnudos o en ropa interior y ustedes tienen que tener muy en claro lo que desean. Les pondré el amuleto e iremos modificando sobre la marcha, ¿me hice entender?
—Perfectamente. Voy primero, debo volver antes.
El sótano de Zatanna era amplio y fresco, elaborado para ser un bar que debió pertenecer a Zatara.
—¿Muy grave está la cosa? —pidió la morena en lo que su ex se retiraba la ropa.
—Peliaguda, pero sobreviviremos —desabotonó su pantalón, sus bromas se esfumaron —. Zatanna, debo pedirte un favor.
—¿Si?
—Tenemos que hacer el mío primero, pero enfócate en el de mis hermanos, que sean tu prioridad.
—¿Qué planeas hacer?
Dick sonrió.
—Olvidaba lo mucho que me conoces. No te preocupes nena, saldré bien librado. Ahora, mi querida cirujana plástica…
Tardaron 45 minutos en modificar su cuerpo, luego Zatanna tendría que envolver el objeto en magia para que funcionase a largo plazo y finalmente lanzarle un hechizo que lo hiciera invisible a ojos ajenos al portador, lo que tardaría más pues era un objeto con bastante potencia.
Con la salida de Dick entró Damián, Tim se había fundido en el sofá donde antes se encontraba Kon, durmiendo a pierna suelta.
—El chico lleva corrector —susurró su amigo kriptoniano, jalándolo al pasillo. Una foto de Zatara con su esposa embarazada ocupaba la pared.
—Su posición es la peor, su padre no lo quiere como Red Robin.
—Oí lo que hablabas con Zatanna.
—Chismoso.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
Dick suspiró.
—Mi plan inicial era una misión suicida, ahora puede que tenga más tiempo, pero… no lo sé, me entraron los nervios.
—Aun nervioso, aun orinándote encima, tú siempre tienes un plan.
A Dick le gustó la confianza que le tenía Kon, al mismo tiempo le aterró. Uno solo de sus errores costó caro, mientras más poder tuviese más daño haría si se equivocaba.
—Es simple —dijo —, hay dos opciones, que Zatanna logre hacerlo o no. Si lo hace pasaré en limpio, sí no, me esforzaré por no salpicar a mis hermanos, los servicios sociales me tomaran y yo huiré.
—¿A dónde?
—Tengo un par de propiedades bajo nombres falsos, dinero en efectivo y… estaré fuera del Equipo —sentenció con pesadez.
—Si, sí incumples la ley si —Kon miró los baldosines en imitación de madera —. Dick, cuentas conmigo para lo que sea.
El chico le sonrió. Una sonrisa real, no forzada.
—Lo sé, gracias Kon.
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Hacer su maleta fue sencillo, abrir la puerta de Tim cerrada con una vuelta del pasador lo fue aun más. Tres fajos de billetes, identidades falsas, cuatro camisas, cinco cambios de ropa interior, dos pares de medias, tres jeans y sus pantuflas cupieron en una maleta de mano. Dick barrió con la mirada su habitación, no queriendo olvidar algo importante. Resultaba que al final, cuando tienes el agua hasta el cuello, no hay tantas cosas que valgan la pena de guardar en una maleta. O no se podían guardar, como el amor incondicional de Alfred, el calor de hogar que le proporcionaba Bruce y la paz que llevaba años escabulléndosele.
Paz… tanto luchar por paz y él no la hallaba. Ser el hijo de Batman no era tarea sencilla, sino una lucha diaria contra villanos, contra él mismo, contra las promesas de una vida simple, a nombre de vidas desconocidas que dormían mejor sabiendo que él no lo hacía.
La ultima vez que Dick sintió verdadera paz no fue en un trapecio ni en los brazos de su madre, sino sentado en el tren junto a ella, realizando la tarea de biología antes de su arribo a Gotham, antes de que apareciera Zucco, la mafia y la crueldad que deja a un niño sin familia. Dick no recordaba un momento más pacifico que aquel, no por algo en especial, era un recuerdo mundano y ordinario, parte de su rutina, pero su yo de nueve años no tenía miedo ni estaba ansioso sintiendo contra su piel desnuda el frío de su cinturón de herramientas, aguardando un ataque a pleno día cuando, se suponía, estaba a salvo. Y para Dick aquello era paz.
Paz… iré hoy a misa. Evocar el recuerdo de sus padres siempre lo consolaba.
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Cuando las dos trabajadoras sociales salieron de la biblioteca donde entrevistaban al señor Wayne y a su mayordomo sobre la vida en el hogar, se sorprendieron de encontrar a Dick viendo televisión en la sala, metiendo mano en una fuente sobre su regazo con banderillas de queso bañadas en mostaza.
Bruce y Alfred apenas lo registraron en sus mentes deteniéndose en el pasillo a observar la interacción.
—¿Qué hace aquí? Debería estar encerrado —jadeó la señora Wilson.
—Fue fácil abrir la puerta —murmuró Dick, más interesado en la danza que hacía Bob Esponja en la pantalla.
La morena volteó a ver al señor Wayne en busca de una explicación.
—Son escapistas profesionales.
—¿Qué sentido tiene encerrarlos en sus alcobas? —preguntó la señorita, observando la espalda musculosa de Dick. Lucía muy joven limpiándose la comisura de la boca y observando caricaturas.
—Ninguna —respondió Alfred —. Deben confiar en ellos.
—Papá —llamó Dick distraídamente.
—¿Necesitas algo, Richard? —se metió la señora Wilson. La señorita Miller tuvo que admitirse impresionada de la mirada sucia que le dedicó el niño a su colega. Ella habría retrocedido.
—Papá —recalcó —, voy a salir hoy en la tarde.
—¿A dónde?
—A misa.
—No puedes salir Richard —sentenció la morena con el desprecio escrito en la voz, no le gustaba ni cinco la irreverencia del joven —. Además los eventos religiosos son los domingos.
—Las eucaristías se celebran a diario —agregó Alfred.
—Oh… bueno, da igual, no vas a salir.
—Usted no me va a prohibir irme —rió Dick —. Me iré si quiero —y se encogió de hombros. No hay forma de que me detenga.
—Estas bajo mi cuidado.
—No puede prohibirle ir —dijo Bruce, cruzándose de brazos. Estoy harto de esta mujer. Las preguntas y acusaciones que hizo la señora Wilson en la entrevista fueron desubicadas y llenas de malicia, en más de una ocasión Bruce tuvo que recordarle la diferencia entre entrevista e interrogatorio —. Los credos, las etnias y la sexualidad son limites inquebrantables.
—Déjala Bruce, no va a escucharte, es una imbécil.
—¡Richard!
—¡Dick!
—¡Amo Richard!
—Discúlpate Dick y ve a pararte en esa esquina —señaló a un lado cualquiera de la habitación.
El muchacho se puso de pie de golpe, tumbando la comida al suelo y encarándolos. La señorita Miller dio un paso atrás, la mirada oscura y furiosa del chico la asustaba.
—¡No! ¿Por qué tengo que obedecerle? Es grosera, no hace más que clavarte cuchillos con los ojos y es asfixiante. ¿Qué pasa con nuestros derechos? Ni siquiera es profesional, está sesgada.
—Richard, acaba con tu ridículo comportamiento. Todos aquí sabemos que si hay abuso y negligencia en esta casa…
—¡Se los dije! —gritó —. Usted ya tomó un bando en su cabeza, no le importa si estamos bien o mal, solo quiere llevarnos a juicio y armar un espectáculo para la prensa.
—Siéntate y haz silencio Richard, no sabes ni la mitad de lo que dices.
La psicóloga quiso gritar que se detuvieran, la tensión era palpable en el muchacho frente a ella, la manera en que apretaba los puños no le gustó. La sonrisa de superioridad de la señora Wilson no ayudó en absoluto.
—Sabe que, jódase —hasta Alfred jadeó, Dick perdía la compostura —. Usted no es nadie para venir acá a humillar a Bruce y a mí. Que le vaya bien con los Robin, yo me largo.
Y de verdad iba a hacerlo. Nightwing estaba adaptado a trabajar bajo fuertes presiones, pero Dick Grayson solo era un adolescente con demasiado en su plato a punto de colapsar. Lamentablemente para él, su plato aun tenía espacio.
El sonido de un comunicador lo detuvo en su escape anunciado. Llamaban a Batman.
—Aquí Batman… no… coordenadas… voy en camino. Lo siento señoras, una emergencia, tendré que ausentarme un par de horas.
—¿Vas a irte? —suspiró Dick.
—Si, ¿y tú?
Hasta aquí llegó mi fuga.
—No voy a dejar a los niños a solas con esta perra.
Bruce levantó su dedo.
—Bájale a ese tono niño o tú y yo vamos a hablar a mi regreso.
Avergonzado, Dick asintió.
—Si murciélago.
Indiferente del rostro asesino de la señora Wilson, Dick se tiró de vuelta al sofá y recogió la comida del suelo, soplando el inexistente polvo antes de continuar comiendo. La salsa había salpicado el mármol, pero él la recogió con sus dedos, lamiéndolos. La señora Wilson no lo molestó más y se retiró al comedor a escribir su reporte, Alfred se fue a la cocina tras frotar con un paño húmedo la mancha de salsa y la señorita Miller se sentó junto a Dick para ver la caricatura.
—Lo arruiné, ¿no es así? —susurró.
La señorita le sonrió.
—Un poco. ¿Realmente planeabas irte?
—Si.
—¿Aun quieres hacerlo?
—Ya no importa, Bruce se fue, yo debo quedarme.
—Eres un niño muy responsable.
—Gracias.
—¿Quieres que hable con la señora Wilson? Yo podría acompañarte a la iglesia.
Dick negó. La ira que burbujeaba en su pecho no era adecuada en un lugar de oración, dudaba que en su estado encontrara la paz. Al que le van a dar le guardan, decía su padre, John Grayson. Dick esperaba que fuera así, porque de continuar abrumado por sus sentimientos y asaltado por todos sus flancos, se echaría a llorar del cansancio y estrés. O quizás vomitase.
Tim y Damián bajaron para encontrar su casa dividida, con un aire pesado y la animosidad a carne viva. Se volvieron escaleras arriba.
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Bruce interceptó a la 1 de la mañana a su hijo mayor en el desierto corredor que conducía al elevador. No le sorprendió que Dick todavía usase su ropa de día.
—¿A dónde vas?
Su niño giró a verlo de soslayo.
—A ver qué tal va Zatanna. ¿Aun te duele el golpe?
Bruce acarició por reflejo el feo moretón sobre sus costillas.
—Ligeramente. Robé la entrevista de ustedes e hice una copia. Te pasaste.
—No los tolero, hay niños allá afuera viviendo un infierno y nos joden a nosotros.
—El mundo está loco, cariño. Tú debes permanecer cuerdo.
—No es fácil.
—Para nada. Saluda a Zatanna de mi parte.
—Claro —vio a su padre empezar a retirarse. ¿Lo volvería a ver si Zatanna no lo alcanzaba a hacer su amuleto? —. Bruce —lo llamó. Un año y medio atrás su orgullo lo embargó: le costó la vida a Jason y su relación con su padre, Dick no volvería a creerse indestructible —. ¿Me das un abrazo?
—No necesitas preguntar, hijo mío.
Envuelto en la inmensa figura de su padre Dick casi sintió paz.
