"Su lado"
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El viento resopla calor.
Un calor extraño y desmedido.
El calor mezclado con el olor a café comienza a espesarse en el aire.
El café es sustancioso cuando se estira, se enreda, y se entremezcla con el oxígeno que respira, mientras atiende a los clientes desde el cajero; el olor del café lo consume todo. Lo absorbe.
Katsuki detesta tener que oler a café todo el día. Se huele la polo amarilla pegada a su cuerpo como segunda piel, y se arredra con oler al mismo líquido espumoso y espeso.
¿Por qué no huele a algo mejor?
A caramelo, por ejemplo. Ese era su olor distinguido en sus años de preparatoria, pero al entrar a la universidad se fue disolviendo hasta desaparecer. Mas sin embargo, atiende a los clientes que vienen con el solo hecho de pedir aquella bebida caliente que se consumía con mayor frecuencia en el invierno.
Está consciente de que huele a ese estorboso olor, que a la vez cae tan bien para el paladar. No escatima en apropiarse de ello.
La puerta de la cafetería se abre y lo deja entrar a él.
Su corazón da un vuelco, provocándole una extraña sensación de emoción. Una emoción pura y cosquilleante que florece cada que sus ojos se fijan en él.
Admite que desconoce el motivo del porqué ha llegado a sentirse de esa manera por aquel cara de inútil, pero es una atracción que surgió de la nada y creció hasta convertirse en un algo. Un algo que solo comparte consigo mismo.
Es tan jodidamente extraño sentirse así por alguien que ni siquiera conoce su nombre; pero el sujeto, con el tiempo, llegó a cautivarlo.
Lo ve posicionarse en la fila con aquella cara de idiota que lo atrajo en primera instancia. Y se siente abochornado. Preso de su propia vergüenza.
El sujeto tiene sus ojos centrados en el resto de los clientes que están en las mesas, por lo que aprovecha la oportunidad para echarle un vistazo y se ruboriza por su acción. Odia admitir que el sujeto es guapo a sus ojos.
Es cálido verlo, porque la vista es cálida.
No entiende aún el motivo de la atracción que siente por el sujeto del cabello verde, pero no le molesta sentirla.
Cabe mencionar que la primera vez que lo vio no sintió nada, no afloró ningún sentimiento que se le pareciera. Es más, ni siquiera le tomó importancia. No le prestó atención al sujeto ni la primera, segunda, tercera, ni en la décima ocasión en que lo vio.
No tuvo una memorable primera impresión del sujeto, más que después de verlo un montón de veces, lo terminó etiquetando como 'cliente frecuente', porque el bastardo iba todos los días al café.
Es que ese inútil no tenía otras obligaciones qué atender? Es decir, el tipo no se miraba tan grande o, tan joven, como sus facciones denotaban. Su físico iba en la categoría de los adultos jóvenes, que residía entre los diecinueve y veinticinco años. En pocas palabras, están prácticamente en el mismo parámetro de edades.
Él lleva unos meses de haber cumplido los viente, mas aún sigue sintiéndose como el adolescente orgulloso y agresivo que fue en la preparatoria.
Lo único que ha cambiado en él es que haya experimentado atracción por otro ser, además de él mismo. Kirishima dice que a eso se le llama 'gustar de alguien más', lo cual, supone un golpe duro a su orgullo.
Por esa misma razón, es que le irritaba ver al cliente frecuente, cada vez que lo veía entrar a la cafetería, pedir su orden y sentarse en el mismo lugar.
Katsuki no podía verlo más aberrante que eso; y, para acabarla de amolar, el sujeto pedía el mismo café todas las jodidas veces que venía. Siempre eran capuchinos con crema batida. Ante esa lógica, Katsuki se preguntaba: por qué pedía el mismo café, si el menú de bebidas era extenso.
¿Por qué pedir el mismo café?
¿Por qué?
En el menú de cafés habían desde las bebidas típicas (expresos, lates, mochas, capuchinos, etc) a las bebidas no tan comunes que eran las de temporada.
La mayoría de los clientes que venían, pedían bebidas diferentes, es decir, variaban los pedidos del menú; pero este maldito cliente con cara de inútil pedía lo mismo y se sentaba en el mismo lugar.
Le hacía irritar tanto que gritaría por lo repetitivo y poco original que era ese sujeto.
Y, lo peor no es que el tipo viniera casi todos los días a pedir lo mismo, sino que su personalidad daba rasgos de ser un completo lunático. Usaba abrigos en agosto.
¿Quién carajos usa abrigos en verano? Nomas aquel idiota.
Rodaba los ojos ver que el sujeto portaba un abrigo en pleno mes de agosto, donde hacía un calor insufrible.
¿Es que el tipo no siente el calor?
Supuso que desde ahí comenzó su interés por él. Empezó de la sorpresa e incredulidad de la ridiculez de sus acciones.
Entretanto, el tipo siguió viniendo en septiembre, luego en octubre; y no fue hasta que estalló en un arrebato lleno de emociones que decidió contarle a Kirishima lo que pasaba con él. Le dijo lo raro que era el cliente frecuente y lo mucho que le robaba la atención en plena jornada de trabajo.
Su mejor amigo lo escuchó lo más comprensible que pudo y sólo dijo que le hiciera sugerencias al tipo para elegir otras opciones del menú—si era eso lo que le molestaba de él—, o que al menos le preguntara el motivo porque el que siempre pidiera lo mismo, lo cual fue algo que dio indicios a que tomara cartas en el asunto que tanto le picaba la cabeza y soltarlo de lleno.
Entonces la próxima vez que vino el cliente frecuente, se armó de valor para sugerirle otras cosas del menú. Sin saber porqué, lo invadieron unos estorbosos nervios, cuando lo tuvo al frente.
El tipo pidió su usual capuchino, supo que esa era su oportunidad y debía tomarla.
—Oi— Le habló al sujeto, quien puso una cara boba y sonrió estúpidamente.
Asintió.
Sus verdes ojos lo miraban firmes.
Katsuki apretó los dientes, refrenando el impulso de decirle todo lo que venía pensando de él. De seguro pensará que es un acosador, por tantas observaciones que tiene con respecto a él.
—¿Por qué siempre pides capuchinos, en lugar de algo diferente?— Interroga atropelladamente; sin querer, un sonrojo acapara sus mejillas blanquecinas y siente que sus palpitaciones se oyen a gritos.
El tipo abrió sus orbes en asombro.
—Hay más cosas en el menú, es insultante que solo pidas capuchino— Expresó su queja, tal como Kirishima le dijo que lo hiciera; bueno, no exactamente como Kirishima le dijo que accionara, pero el modo de Katsuki, es su modo de funcionar. —Tenemos todo tipo de opciones de bebidas. Pide algo más, señor.
—¿Señor?— El sujeto arqueó una ceja, interesado.
Juró que su corazón se detuvo en ese instante.
¿Acaso le dijo señor a un joven de más o menos su edad?
Carajo.
—Perdone, joven— Corrigió Katsuki, en tono desdeñoso. Sus malditas mejillas delataban su vergüenza. —Eso fue lo que quise decir.
—¿Por qué no eliges una bebida para mí?— Sugirió el tipo, sonriéndole estúpidamente. Su tono amable, lo desmoronaba.
—¿Yo? Eso no me corresponde a mi de elegir, señ- perdón, joven
El sujeto soltó una risita divertida.
Sus ojos escarlata lo vislumbraron, siendo testigos de un espectáculo visual y auditivo.
El sujeto que creyó que lo irritaba, parecía todo un encanto. Un caballero.
—Yo elijo los capuchinos porque me encanta cómo los preparas tú— Admitió el tipo, en tono franco. —No hay nadie que los prepara como los que tuve el honor de probar en Italia. Solamente a ti, te salen como deben de saber— Argumentó correcto.
—¿Que yo los preparo como los extranjeros?!— No pudo evitar exclamar en sorpresa.
El tipo sonrió con su reacción. Acto seguido, recargó sus codos en la caja registradora, estando a poco de alcanzarlo con la punta de su nariz.
Katsuki palideció en blanco.
Nunca había tenido a un hombre tan cerca de él como él.
Contuvo su respiración, tronando los dientes entre su quijada.
—Como los italianos— Especificó el tipo, ampliando su sonrisa. —Sea el café que prepares, sé que sabrá perfecto en cualquier presentación.
Se sintió abochornado. No exactamente intimidado, pero sí avergonzado.
Los ojos verdes del tipo, lo hicieron sentir único. Se atrevía a describir que especial.
Es entonces, que se percató que nadie lo había hecho sentir tanto en tan poquito tiempo. La galantería que poseía aquel sujeto, le erizó los vellos de la piel.
¿Cómo carajos podía existir alguien así?
La respuesta es que era difícil de creer que existieran personas que pudieran devorarte con los ojos y hablar con tanta elocuencia que hiciera ver a los tímidos como defectos de la población.
Ni una vez se había sonrojado por nadie en su vida. Pero por ese inútil, todo era nuevo en él y no podía negar que comenzaba a gustarle sentirse de ese modo.
Si el tipo eligió su manera de preparar el café, entonces aceptaría prepararle cualquier tipo de bebidas con aquel ingrediente, con tal de que el cliente siguiera viniendo con frecuencia, como lo había estado haciendo hasta el día de hoy.
Sin embargo, al día siguiente, el tipo no vino.
Katsuki lo esperaba con las manos listas para prepararle otro café, puesto a que el día anterior le preparó un café cortado, que le encantó al sujeto; mas no contó con que no viniera a su trabajo.
Su ceño fruncido se hundió y ese día estuvo muy agresivo con los clientes. Incluso algunos se fueron del local, echando quejas sobre su comportamiento y mala educación para con los clientes, mas a él no le importaba. El raro cara de inútil no vino. Y eso le importó más por sobre todas las cosas.
Al día siguiente, Kirishima lo pilló de malas, por lo que su curiosidad lo llevó a interrogarle sobre el motivo de su mal genio, lo cual Katsuki contestó que estaba así porque el 'raro cara de inútil no vino al café' y él se había preparado para prepararle un café vienés, cosa que no servían en el local, puesto a que no estaba preestablecido en el menú.
—Espera— Musitó Kirishima, incrédulo con su relato.
—¿Qué?— Espetó exaltado;
—¿Me quieres decir que le ibas a preparar a este cliente, del cual no conoces nada, más que su cara y que le gusta el café que preparas tu, un café que no está en el menú?— Interrogó muy sorprendido.
Katsuki estuvo a punto de replicar, pero ponderó su pregunta.
Su silencio, denotó que sí, en efecto, prepararía algo fuera del menú para el cliente frecuente.
—Bakugou, ¿estás loco?—
—¡¿Yo?!— Gritó echo una furia.
—¿Por qué harías algo así?
—No-no lo sé— Carajo, tartamudeó y él nunca tartamudea. Pero al responder, tenía en mente la sonrisa del cliente y no evitó ponerse asimismo en una situación comprometedora. —Lo hice por gusto.
—Ajá— Pronunció Kirishima sin creerle. Tras un silencio, pasó una mano por sus cabellos rojizos y puntiagudos, dirigiéndole una mirada mucho más seria que cuando escucha sus relatos. —Bakugou, yo creo que este tipo te gusta.
Katsuki se ruborizó.
El tipejo cara de inútil no podía gustarle.
—¡No!
—Bakugou— Articuló Kirishima con cara de que sabía su respuesta.
—¡No me puede gustar alguien así de imbécil!
—Bakugou.
—Lo digo en serio. Tipos así son jodidamente odiosos. Pierden su tiempo, molestando a los demás con su estúpida presencia; pidiendo lo mismo, sentándose en los mismos jodidos lugares, sonriendo luminosamente y con esas pecas que adornan su rostro estúpido, y esa tonta voz que ya la tengo atravesada en la cabeza.
—¡Bakugou!— Irrumpió Kirishima, mirándolo sin asombro. —Escuchas lo que estás diciendo?— Pausa de parte de Katsuki, quien pestañea inquieto. —Claramente estás diciendo que el chico del café es guapo. Admite que te gusta.
Se sonrojó en gran medida.
—No— Torció la lengua, ladeando la cabeza. —No me gusta.
—Claro que te gusta, más obvio no puedes ser.
Katsuki lo negó.
Cómo carajos podía gustarle alguien así de raro?
No iba de acuerdo a su personalidad. En ningún estúpido sentido.
—Mira, Bakugou. Entiendo que esta sea la primera vez que alguien te atraiga. Físicamente, digo—Dijo Kirishima, tras un momento. —De veras que lo entiendo. Puede que te parezca raro, incluso fuera de lugar, ya que antes de conocerlo, no te habías fijado en alguien antes. Pero créeme que no miento cuando digo que este chico realmente te gusta—Enfatizó de soslayo. —Te gusta y estoy casi seguro, no. Más que seguro, que tu también le gustas a él. De no ser así, él no vendría a pedir lo mismo y sentarse en el mismo lugar. Está claro que ambos se gustan.
—¿Cómo estás tan seguro de eso?— Preguntó para cerciorase del asunto que tanto lo abochornaba.
Kirishima puso una mano debajo de su barbilla y dijo en cotilleo:—Yo lo supe con el tiempo. No fue algo que sucedió de la noche a la mañana. Me forcé la idea de que me sentía diferente con él porque llevábamos mucho tiempo de conocernos, pero al verlo con otra chica, evidentemente me di cuenta de que yo estaba enamorado de mi Kami-bebé, me di cuenta de que había caído tan profundo en mis sentimientos que no sabía qué hacer con ellos. Solo me restaba confesarme y por fortuna, fui correspondido.
Katsuki puso una mueca de consternación. Había entendido el cuento de Kirishima, mas no estaba del todo convencido de que el tipo del café le gustase, como su amigo comentaba.
Necesitaba otro tipo de afirmaciones y eso fue lo que obtuvo.
En primera instancia, consultó el tema con sus padres, aunque al principio pensara que era una mala idea, ya que su relación con su madre es muy chocante y no estaba para lidiar con su carácter con un tema tan importante como aquel. Su padre, por otro lado, era un hombre de personalidad tímida y reservada, lo cual facilitaba la charla entre ellos, ya que conversar con su padre resultaba mucho más ameno que molesto.
Sin embargo, para que las cosas fueran equilibradas, les habló por teléfono a ambos. Su madre aprovechó la ocasión para burlarse de él y de su pobre entendimiento de las emociones, haciendo especial énfasis en que su coeficiente emocional se podía reducir por debajo del promedio. Tremendas palabras, las tomó como un insulto a su persona y los comenzaron a discutir, de no ser por su padre, que intervino en la discusión y es entonces cuando Katsuki pudo hablar con su padre correctamente y decirle aquello que lo estaba atormentando.
Su padre, tan correcto, reservado y corto con sus explicaciones, le dijo que en efecto, presentaba características de alguien que está enamorado.
Casi pierde la cabeza al escuchar las palabras "enamorado" y "gustar" en la misma página estructurada de su cerebro.
—Yo no estoy enamorado de ese tipo— Negó, advirtiéndose enrojecer al momento de decirlo.
—Katsuki, hijo— Dijo su padre, tranquilo. —No es tan malo como crees.
—Sí que lo es, viejo— Replicó molesto. Las enfadosas palpitaciones resonaban de su pecho. —¡Ni siquiera lo conozco! ¿Cómo carajos explicas eso?
—Hijo.
Al fondo de la llamada, se oían las carcajadas de su madre, que no hacían que la situación fuera más complicada de lo que ya era para él.
—¡No! ¡No quiero hablar más de eso!— Exclamó Katsuki, ruborizado.
—Estás enamorado, hijo estúpido— Canturreaba su madre desde lo lejos de la llamada, haciéndolo crispar.
—¡Que no!— Objetó él. —¡No estoy enamorado de ese inútil!
—Katsuki lo estás— Insistió su madre, victoriosa.
Esa noticia le cayó en el fondo del estómago, hundiéndolo a él y todos sus pensamientos en un gigantesco hoyo, del cual apenas se hallaba firmemente encerrado.
—Para el amor no necesitas consultárnoslo— Prosiguió su madre. —Necesitas averiguarlo por tu cuenta y hacerle frente.
—Tsk— Chasqueó la lengua.
—Sí, hijo— Acordó su padre, recuperando el control de la llamada telefónica. —Tu madre tiene razón al decirte eso.
—Por supuesto que la tengo— Clamó su madre.
Katsuki puso los ojos en blanco.
—Agradezco mucho que nos cuentes tus problemas, en verdad que lo hago— Enfatizó lo último. —Pero, en esta cuestión, no necesitas de nuestra ayuda para hacer las cosas. Tú sabes la respuesta, con o sin decírnoslo.
—Yo no.
—Sí, Katsuki— Refirió su padre. —Lo sabes. Así que por favor, no te tortures con este tema, porque no te hace bien— Señaló. —Es parte de tu madurez.
—Maldición— Apremió con toda la mezcolanza de las tres opiniones de las personas que más confiaba, divergiendo en su cabeza. —Yo no sé nada del jodido tema.
—No necesitas verlo, para saber si te gusta o no— Reconfortó su padre, como la voz que lo orienta en tiempos de incertidumbre. —No seas tan duro contigo mismo.
Katsuki meditó seriamente su consejo.
—Argh, de acuerdo— Respondió, consciente de ello.
—Entonces, ¿por qué te torturas con todo esto, Katsuki?— Su tono no irradiaba molestia, sino tranquilidad.
—Ugh, no lo sé— Se quejó.
—Si este muchacho fuera una mala persona, lo hubieras sabido— Dijo. —Porque eres muy inteligente—Lo elogió. —Y no dejarías que alguien te hiciera daño, ¿no es así?.
—Hm— Gruñó en asentimiento.
—Estoy orgulloso de ti hijo— Concluyó su padre, orgulloso. —Sabes que puedes contar con tu madre y conmigo para cualquier cosa y que puedes llamarnos cada vez que necesites algo, ¿de acuerdo? Recuerda que tu madre siempre tiene la razón, aunque te haga enojar.
—Tsk, ajá— Masculló Katsuki, poniendo los ojos en blanco ante la mención de la inteligencia que caracteriza a su madre. —Lo sé, lo sé.
Aunque si su madre se lo decía terminaba siendo motivo de risa y más que nada por parte de ella, pero si las palabras venían de su padre, tenían peso.
Palideció, engullendo el montón de información escupida, a su cuerpo.
Aquello parecía un cuento estúpido inventado por los demás y puestas en bandeja de plata, para que él las viviera.
No entendía el origen de la atracción, ni del porqué se sentía de esa manera con el cliente, pero resultaba imposible no sentirlo. No verlo con sus propios ojos y admitirse que lo odia, porque mentiría si dijera aquello.
Suspiró tan profundo que sus pulmones se llenaron de oxígeno hasta el límite de su capacidad.
Esa misma tarde, mientras trabajaba arduamente. Apareció él.
Su corazón hizo ese movimiento que hace cuando se sobresalta, su cuerpo subió de temperatura desmesuradamente, sus sentidos se avisparon ante aquella presencia. Su tez nívea enrojeció en tintes rojizos. Katsuki lucía hermoso, aunque no se percatara de ello, pues su atención se centró en la figura esbelta y alta del sujeto, del cual reaccionaba de aquella manera.
No lo puso en cuestión, como lo hubiera hecho antes, sino que lo aceptó.
Aceptó sus tiernos y cálidos sentimientos por aquel desconocido, del cual ni siquiera sabía su nombre, pero estaba claro que lo sabría en cuanto él se pusiera las pilas.
Sus ojos conectaron.
Su corazón retumbó en un grave atentado contra su salud mental.
Y, entre todo el cuchicheo, los ruidos externos, las voces de sus colegas del trabajo, aceptó que le gustaba el cliente que sólo pedía capuchinos y se sentaba en el mismo lugar.
Me gusta, se dijo, poniendo una mano sobre su pecho.
El calor que suscitaban sus latidos eran prueba de ello.
Me gusta.
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NOTA: Este es el lado de Katsuki de las cosas.
