En tus ojos albergas una confesión sincera
Entró a su habitación sin problemas y procuró ingresar por la ventana. Si lo hacía por la entrada principal de seguro despertaría a alguien y él simplemente no quería eso.
Sin embargo, en cuanto pisó suelo firme, la silueta de una persona sentada en su tatami le llamó la atención hasta el punto de que, al verla bien, su rostro había palidecido y el sudor comenzaba a recorrer su frente.
— Supongo que esta vez no te quedaste dormido a la ladera de un río, Sou-chan.
No era necesario tratar de reconocer aquella voz porque ya sabía de quién se trataba: una hermana mayor preocupada por su hermano menor. ¿Y por qué estaba ahí? ¿Acaso había sido descuidado? ¡Ni que decirlo! Había salido de su casa en el peor momento. ¿A quién se le ocurre salir cuando su hermana está constantemente preguntando por él? ¡Estaba loco! Y encima de todo esto, lo que hizo fue un disparate.
— Aneue… ¿Qué haces aquí? — dijo cerrando la ventana tras de sí mientras intentaba no mirarla a la cara.
— Estaba preocupada por ti, no podía dormir así que vine a verte, pero no estabas. ¿Qué ocurre, Sou-chan? — sonaba un poco acongojada. Quería saber que pasaba por la mente de su hermano, e inclusive, que estuviera en aquella habitación no era casualidad o mera coincidencia. Ella tenía una teoría y quería destruirla, o en el peor de los casos confirmarla.
— Lo siento por preocuparte, aneue. — Se dio la media vuelta para finalmente verla y sentarse al lado de ella en el tatami — No podía dormir y salí a tomar aire. — Sonrió un poco para no preocupar de más a Mitsuba. Ella no tenía por qué enterarse de las cosas que hacía fuera de casa. Si lo hacía ya sabía lo que podía ocurrir. Tener tiempo de caridad con el enemigo era imperdonable.
— Ojalá no me estuvieras mintiendo… — Soltó sin más. ¿Para qué seguir haciéndose la desentendida? — No dejes que nadie te descubra, Sou-chan — le tomó la mejilla con delicadeza y su sonrisa podía interpretarse como una maternal — No sé qué es lo que haces cuando vas a la aldea de los Yato — Su percepción era sublime. Sougo abrió sus ojos de par en par y no pudo atinar a decir nada. ¿Cómo lo sabía? ¿Acaso lo había seguido? — Recuerda lo que le ocurrió a Sarutobi-san…
— A-Aneue… Yo no fui a la aldea de los Yato. Ya te dije, solo fui a dar una caminata nocturna. — estaba nervioso y su hermana lo notaba.
— Te vi yendo en dirección a la aldea, Sou-chan. Te dije que no podía dormir, y entre las caminatas que di durante mi insomnio pude ver que tomabas ese rumbo. — se levantó del tatami un poco acongojada, a pesar de ello, su sonrisa se mantenía en pie.
— Te equivocas, el río está en la misma dirección. Puede que te hayas confundido.
— No — reafirmó. Sougo ya no tenía escapatoria. — Fui a buscarte al río y no estabas…
— ¡¿Fuiste sola?! — El castaño se levantó preocupado de su tatami haciendo que su hermana se impresionara un poco — ¡Aneue, es peligroso!
— Sou-chan. Quiero cuidar de ti, y si eso implica investigarte sola para que nadie más se entere lo haré.
— Pero ya tengo 23 años…
— Y aun así — le interrumpió — te sigues comportando como un niño. — sus ojos tan cálidos se posaban sobre Sougo. Ya no tenía nada más que decir, su hermana lo había descubierto. Sin embargo, ella no sabía toda la versión de la historia y prefería que se quedara así. — No quiero que andes en malos pasos, Sou-chan. Ya lo sabes. "El sabio aprende de la experiencia ajena y el necio de la experiencia propia". — Se mantuvo un rato en silencio y se dirigió a la cortina de bambú para salir de la habitación de su hermano. — Descansa, Sou-chan.
Sougo solo se quedó observando cómo aquella cortina se cerraba y la oscuridad invadía su espacio cuadrado.
Él sabía por qué su hermana le hablaba de "experiencias ajenas", lo sabía muy bien y conocía aquella historia como la palma de su mano.
Hace dos años atrás, cuando las guerras Genpei solo llevaban un tiempo de iniciadas, Sarutobi Ayame, una joven de cabellos morados y anteojos escarlata, fue víctima del peor de los crímenes que se pueden cometer en una época en la que la rivalidad entre clanes era lo más importante, y cualquier sentimiento que fuera ajeno a esa misma rivalidad era comparable a una alta traición. Hablamos del sentimiento de amor.
No es como si hubiera ocurrido de la noche a la mañana, pero no se sabía cómo pasó ni en qué momento, solo se tenía entendido que Sarutobi había caído perdidamente enamorada de un samurái del clan enemigo: Sakata Gintoki.
Tampoco es como si ella hubiera confesado su amor al enemigo ni nada por el estilo. Es solo que si ella nunca se hubiera negado a matarlo cuando tuvo la oportunidad, en estos precisos instantes, esa mujer llena de vigor, joven y hermosa, estaría felizmente viva y batallando junto al clan Okita. Pero, en estricto rigor, perdonarle la vida a alguien del clan Yato era considerado alta traición y ameritaba aquello a lo que cualquier samurái teme, pese a que su código de honor dicte lo contrario y que se trata de un acto "honorable": el seppukku.
Era obvio que si recibía la orden de asesinar a Sakata Gintoki — en especial a él ya que estaba dando muchos problemas. Era el mismísimo demonio blanco — y no la cumplía, y de hecho, se aferraba al desacato, debía pagar la mayor sentencia de todas. Clavarse el tantou en la garganta y morir desangrada por la yugular*.
Sin embargo, Sougo era necio y no tenía por qué tomar lo ocurrido con Ayame como algo que podría ocurrirle a él. Él podría tener una historia diferente. Estaba seguro de eso y reafirmaba su seguridad cada vez que recordaba los cálidos ojos azules que Kagura le había mostrado esa noche. Si había algo que Ayame no tenía era la complicidad de Gintoki, y ciertamente, el castaño tenía cierta ventaja sobre esto.
El sueño lo hizo suyo finalmente, y cayó dormido entre los brazos de Morfeo mientras pensaba en ella.
Hace ya varios días que Sakata Gintoki no veía a Kagura llegar sucia a la aldea. Por un momento se relajó y pensó que quizás esa noche en la que había llegado con heridas y ropajes en mal estado solo fue porque quizás la chica se había caído teniendo una caminata nocturna. Y entonces recordó que desde esa noche no había ido a visitar a Tsukuyo.
Si no la había ido a ver no era porque no quisiera, sino porque no había tenido tiempo. Entre planificar estrategias de ataque y practicar su esgrima, poco le quedaba para conversar con su amiga y, con suerte, podía siquiera hablar de temas variados con Shinpachi.
De todas maneras, ese chico de anteojos ya estaba bastante adulto y no le interesaba pasar mucho tiempo con un hombre cómo Sakata, a quien si bien le hacía saber a Gintoki que lo veía como a un padre, también comprendía que los muchachos en algún momento debían dejar el nido, y había notado hace mucho que Shimura estaba bastante embelesado con la músico de la aldea, Terakado Tsu.
Y, teniendo finalmente una noche libre de preocupaciones, decidió dirigirse a la casa de la rubia e intentar pasar un buen rato con su compañía.
Le gustaba estar con ella, le causaba una paz interior inexplicable y más aún cuando ella le ofrecía amablemente un poco de sake — aunque no era muy agradable cuando era ella quien tomaba del sake—.
— ¿Nuevamente estás preocupado por algo? — Ella no había visto quien deslizaba su cortina de bambú para entrar a su casa ya que estaba de espaldas a la entrada fumando un poco de su kiseru, sin embargo, sus oídos reconocían inmediatamente las pisadas del peliplateado. Después de todo y de tantos años conociéndolo, hasta su respiración se le hacía de lo más familiar.
— ¿Por qué siempre que vengo me recibes de manera tan apática? — sonrió amargamente a la vez que entraba y se sentó a su frente. — ¿No te extrañó que no haya venido hace una semana?
— No te recibiría de esa forma si vinieras solo a compartir una buena charla en vez de quejarte de tus "hijos". Que Kagura esto, que Shinpachi aquello. ¡Que Kamui no me respeta! — Decía divertida imitando la voz de su acompañante — No soy un pañuelo de lágrimas, Gintoki — y terminando de hilar su frase, tomó una bocanada de su kiseru y sonrió tranquilamente esperando a que Gintoki le respondiera.
— Quería verte, Tsukuyo…
Tsukuyo abrió sus ojos de manera tranquila y su sonrisa desapareció de a poco. Miró a su amigo directamente a los ojos, estoica. ¿Qué quería verla? Para ella no era novedad, sin embargo, no podía aceptar aquello del todo. Y es que no quería ilusionarse con Gintoki. Si, en algún momento de su vida, no se hubiera enterado de aquel episodio ocurrido hace dos años, posiblemente la historia entre ellos dos sería distinta.
— ¿Por alguna razón en particular? — intento sonreír para alejar la seriedad que tenía en esos momentos.
— Tsukuyo — Se dirigió a ella, no respondería esa pregunta ni tampoco se interesaba en hacerlo. — Eres joven y hermosa. Creo que eres la mujer más bella que he visto, tanto por fuera como por dentro… — sentía curiosidad sobre cierto aspecto de su amiga que aún no podía comprender, por lo que fue directamente al grano — ¿Por qué aun sigues soltera?
La chica bufó levemente tras escuchar esa pregunta y se levantó de su tatami para dirigirse a su juego de caligrafía el cual yacía a un lado de su set de incienso.
— Porque hace muchos años me enamoré de un idiota. — tomó un pincel y comenzó a escribir con delicadeza en una hoja. — La verdad la primera vez que lo vi solo pensé que era un idiota desaliñado, sin embargo, su alma tan pura comenzó a atraparme de a poco… Y me prometí que ningún hombre me tocaría si él no lo hacía. — Gintoki escuchaba atento cada palabra de la rubia. Su corazón palpitaba fuertemente, pero no quería interrumpirla — A pesar de ello, ese enamoramiento que tuve en algún momento de mi vida se vio paralizado. Justamente hace dos años atrás. — Tomó una pausa y prosiguió — Por muchos años, pensé que mi amor por esa persona era tan fuerte que nadie podría siquiera superarlo. Pero cuando me enteré que había alguien que dio su vida por él y que incluso deshonró a su clan por él, llegué a pensar que quizás lo mío solo era un capricho… Y entonces decidí no ilusionarme más… aunque no lo soporto — sonrió amargamente para luego dirigirse nuevamente a Gintoki y sentarse a su lado con el pergamino en mano — es difícil vivir enamorada de alguien que sabe que una mujer cometió seppukku por él y que a él no le haya importado en lo absoluto.
El peliplateado abrió sus ojos de par en par y comprendió finalmente la actitud bipolar de Tsukuyo. Aquella que le daba indicios de que la chica estaba loca por él, pero que a la vez solo podía verlo como amigo. Y entendió, también, que aquella historia era la de aquella samurái quien le había jurado amor, aunque él no estuviera interesado en ella: Sarutobi Ayame.
Tomó el pergamino que la chica le extendía y, abriéndolo lentamente, decidió leerlo.
Vivo en amor
Pero no es idóneo
Porque mi temor
Es no interesarte
Y morir en tu frío.
Todo estaba sumamente claro. El miedo de Tsukuyo no era no ser correspondida, su miedo era ser tocada por las frívolas manos de Gintoki, aquellas que no se entibiaron ni un poco incluso con la catastrófica muerte de Ayame. ¿Pero cómo sentir candor por alguien a quien no amas, ni siquiera estimas? ¿Cómo sentir candor por un enemigo?
Dejó el pergamino a un lado, y como alma que se lleva el diablo, abrazó con todas sus fuerzas a Tsukuyo impresionándola en el acto.
Ciertamente, después de tantos años, no se esperaba una confesión de este tipo, ni mucho menos, y aun así aquel poema le parecía incluso más sincero que un "te amo, siempre te he amado".
— Tonta… — hundió su nariz en su hombro y la apretó fuertemente haciendo que su cuerpo lo tocase — ¿Por qué estuviste comparándote con ella durante dos años? Tú no eres ella… Tú no eres ajena a mí… — la alejó un poco y la miró a sus ojos amatista — Tu eres una parte importante de mi vida, Tsukuyo. Eres la mujer que me motiva a llegar vivo a esta aldea. No te compares con ella… — se acercó lentamente a sus labios y cerró los ojos — Porque tú haces que mis frías manos sean cálidas incluso en el más crudo invierno… — y la besó.
Unió sus labios a los de Tsukuyo con tanto candor, con tanto deseo, que la rubia pensó que durante tanto tiempo se había equivocado completamente con él. Él no era frío, él no era un invierno cruento. Era cálido como el sol y la brisa de verano.
La chica de ojos color amatista se amarró a su cuello con sus delicados brazos y supo que todo estaría bien.
Porque finalmente, se sentía completamente correspondida por él.
*Clavarse un tantou en la yugular: El seppuku para las mujeres era distinto que para los hombres. Mientras los hombres se cortaban el estómago de un lado a otro, las mujeres debían cortar su garganta.
