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TODOS LOS PERSONAJES, ESCENARIOS Y HECHIZOS CONOCIDOS PERTENECEN A JK ROWLING, YO SÓLO LOS TOMO, LOS MEZCLO Y AGREGO COSAS

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Capitulo 15:

Enero había sido un suspiro en el viento. Febrero había llegado antes de lo esperado y la novedad del nuevo año dio paso a la cotidianeidad de la vida en los periodos que iban de una fiesta decembrina a otra.

Theodore Nott había disfrutado su primer navidad en familia, o en algo que se le parecía demasiado. Luna había insistido en que no importaba lo reciente de su relación, el no volvería a pasar solo una fiesta navideña.

Costó más de un filtro de paz aparecerse en las afueras del peculiar hogar del padre de Luna. Las cosas con la rubia iban demasiado rápido según sus estándares, y temía que la rapidez con la que se movían los llevara a estrellar irremediablemente con la pared del hastío rutinario.

Pero al contrario de lo que pensaba, la navidad con los Lovegood resultó agradable. Dejando de lado, claro, el excesivo contacto físico que el señor Lovegood mantuvo al abrazarlo, luego de conocerlo.

Habían cenado los tres solos, y cerca de media noche habían salido, a los terrenos de la casa, a lanzar fuegos artificiales. El año nuevo fue similar.

Cada día descubría nuevas facetas de su novia, y eso lo tenía encantado, por no decir total y completamente enamorado. La noche del año nuevo lo invitó a dormir. Fue la primera vez que compartía el lecho con una mujer para descansar, y esperaba que no fuera la última. El no estaba preparado para la ocasión, y fue el señor Lovegood quien le facilitó un pijama.

Pasó horas mirando las pinturas sobre el lecho de Luna. Las paredes de su cuarto, en la casa de su padre, estaban cubiertas de suelo a techo con paisajes y rostros conocidos. Era indudable que el arte era su otra pasión.

Theodore Nott jamás había sido muy afecto al arte mural, pero aquella noche, mientras esperaba dormirse, observó cada uno de los trazos ubicados en la pared. Y cuando los dibujos se agotaron decidió escudriñar centímetro a centímetro el rosto durmiente de Luna.

Si hubiese sido poeta, sin dudas hubiera escrito una oda a las pestañas de su mujer. Pero no lo era, así que solo podía contentarse con observarlas revolotear durante el sueño profundo.

Las cosas en la empresa televisora, de la que era socio, y en la institución de Luna marchaban bien. Los primeros animales fantásticos habían llegado a las instalaciones y magos de todos los puntos cardinales concertaban citas para conocerlos. Luna había renunciado formalmente a la fundación Scamander, y eso trajo alivio al atribulado corazón de Nott.

Desde que tuvieran sexo en el departamento de Hogsmeade, solo habían vuelto a hacerlo dos veces más, en el departamento de Granger mientras esta había salido en una de sus acostumbradas citas con Malfoy. Y en la mansión Nott, una tarde de tormenta.

No es que Theodore no deseara estar íntimamente con su futura esposa, sino que creía fervientemente que basar su relación solo en lo carnal entorpecería sus planes de que Luna se enamorara de él a largo plazo y no lo dejara luego del tiempo que la ley estipulaba.

Theodore creía que no tenía demasiado que ofrecerle a Luna. No era aventurero como Scamander, no era divertido ni gracioso como podría ser su socio Zabini, no era apuesto con un aura rebelde como Malfoy, ni siquiera era un héroe como Potter, y mucho menos tenía una familia numerosa que conquistara a Luna como tenia Weasley.

Theodore solo se tenía así mismo. Con su inseguridad y sus traumas, con sus cicatrices y temores. Lo único que Nott tenía para ofrecerle, era total y completa devoción, además de dinero. Pero sabía que el dinero no podría comprarle el amor que tanto ansiaba.

Una lechuza repicaba en la ventana. Traía en su pata un pergamino rosado. Theo conocía ese pergamino, solo Luna lo utilizaba. Se apresuró a dejar entrar el ave y le quitó la misiva. Como si la hubiera atraído con sus pensamientos, ella le había enviado una nota.

Theodore:

Los huevos de Occamy han iniciado la eclosión, esto es hermoso, me gustaría que estuvieras aquí conmigo para verlos salir del cascarón.

Esta noche iré a visitar a mi padre y cenaré con él. Me gustaría que te nos unieras. Deseo contarles algo a los dos.

Luna.

Luna disfrutaba cada instante de su nuevo trabajo, y Theodore inflaba su pecho de orgullo cuando alguien le mencionaba lo buena que era en lo que hacía. Claro que iría a la cena con Luna. Sus deseos eran casi órdenes, y además no quería perderse la oportunidad de verla.

Pero antes debería trabajar un poco, había demasiadas cosas por hacer en la empresa. Esa semana estaba solo en la presidencia, ya que Zabini había llevado a su prometida a su mansión en la Provenza, la chica lo odiaba, y él buscaba agradarle con cosas materiales, dejando de lado los deberes laborales.

La tarde pasó sin pena ni gloria, entre contratos y propuestas de negocios televisivos. Theodore estaba ansioso por partir al encuentro de su futura esposa. Cuando se hicieron las seis de la tarde decidió retirarse a su mansión para asearse antes de la cena.

La cena había sido sencilla, Luna había comentado que se encontraba demasiado cansada como para cocinar algo menos frugal. Pero tanto a Xenophilus como a él, la simpleza de la comida no les molestó en lo absoluto.

- bien, ahora que hemos cenado creo que es oportuno que les cuente por qué los reuní aquí.

- si hija, habla de una vez que la intriga ha estado carcomiéndome desde la tarde.

- ya papá, no te preocupes no es nada malo.

- Te escuchamos Luna.

- Bien, hoy en la mañana fui a san Mungo.

- ¿Estas enferma?, siéntate, ¿qué tienes?

Theodore saltó de su silla y alcanzó la posición de Luna para empezar a inspeccionarla por traumas o indicios de alguna enfermedad.

- Tranquilízate Theo. Como decía, hoy fui a San Mungo porque debía confirmar una sospecha que tenía desde hace un par de semanas…

Theo estaba cada vez mas confundido, ¿cómo es que Luna estaba enferma hace semanas y el no lo había notado?, aun no se había casado con ella y ya estaba siendo una pésima pareja al no notar el malestar que la aquejaba.

- esa sospecha se confirmó hoy. Así que por eso los reuní aquí. Quería contarles que les tengo un regalo, estoy embarazada.

El señor Lovegood comenzó a aullar de alegría mientras danzaba entorno a la habitación. Su única hija y orgullo lo haría abuelo pronto y el padre de su nieto era un buen hombre. Más de lo que hubiese podido soñar para su niña.

- esto debemos celebrarlo, traeré una botella de mi mejor licor de ciruela dirigible. Seré abuelo, no puedo creerlo.

Luna estaba absorta mirando a su futuro esposo. La cara de él se había vuelto indescifrable y la angustia la atacó. Era demasiado pronto en su relación como para haber quedado embarazada. Theo era estructurado, y lo más probable es que hubiera planeado cuando, como y donde buscar un hijo. Seguramente esta noticia fuera algo muy difícil de digerir.

- Papá, ¿puedes dejarnos solos un momento?, necesito hablar con Theo a solas.

- por su puesto, por supuesto. Iré a contarle a Arthur Weasley, mi primer nieto viene en camino, todo el mundo debería saberlo.

Luna no objetó la decisión de su padre, ¿Quién era ella para prohibirle expresar su alegría de esa forma?

- Theo, ¿estás enojado?

- ¿Qué?

- ¿estás enojado por el embarazo?

- no lo sé luna. ¿Cómo fue que sucedió?

- fue en Hogsmeade, luego de llegar al apartamento de Hermione me quedé conversando con ella y olvidé la poción anticonceptiva. Las siguientes veces la tomé, pero en San Mungo dijeron que el poder de la poción se inactiva si ya hay un embarazo en curso, por el bien del feto.

- lo siento Luna.

- ¿Por qué lo sientes?

- te hice esto antes de habernos casado, debí haber tomado otro tipo de precaución, perdóname.

- THEODORE NOTT, FUI YO QUIEN OLVIDÓ LA POCIÓN. No me pidas perdón por algo que no fue tu culpa. Tarde o temprano deberemos ser padres, ¿qué tiene de malo serlo temprano?

-No lo sé. No es como planeaba esto Luna. Primero te cortejaría y tú te enamorarías de mí. Luego viviríamos juntos y llegado el momento te pediría matrimonio para que luego de casarnos buscáramos nuestro primer hijo.

- Theodore, por mucho que planees las cosas, a veces no sucederá como tú lo deseas. A veces nos encontramos con el destino en los caminos que tomamos para evitarlo. Sé que te asusta no poder controlar tu ambiente, pero debes hacer el esfuerzo. Estoy embarazada y no pienso hacer algo para interrumpirlo.

- Jamás te pediría eso Luna…

- Lo sé. Sé que te asusta esto, yo también estoy asustada, aterrada diría. Pero esperaba que al menos me apoyaras o mostraras un poco de felicidad.

- lo siento. Estoy feliz, lo juro, pero también estoy frustrado. Tengo miedo que todo salga terriblemente mal Luna. Tengo miedo de perderte, y me aterra hacer algo que te aleje de mí.

- Theo mírame, mírame. Te amo, no sé cómo o desde cuándo. Pero sé que lo hago, con todos tus defectos y tus muchas virtudes. Te amo por cómo eres y por quien me haces ser al estar contigo. Además eres el hombre que elijo para mí. No me interesa lo que diga la ley, esa ley es una excusa para estar contigo. Y no me importa lo que piense la gente, que importa si solo hemos estado juntos algo más de tres meses, somos libres de hacer lo que queramos, somos libres de sentir Theo.

Las palabras de Luna estaban calando hondo en el corazón de Nott. Ella ya lo amaba. Desde que la conoció ninguno de sus planes de conquista había funcionado, y sin embargo, a pesar de todos sus pronósticos, Luna lo amaba y le daría su primer hijo.

-¿Te casarías conmigo Luna?, no porque lo diga la ley, no porque estés esperando un hijo mío. Si no porque me quieres, porque quieres estar conmigo tanto como yo deseo estar a tu lado.

- Por supuesto Theo. No veo la hora de empezar mi vida contigo.

- no tengo un anillo… espera…

Theo miraba entorno a la habitación, aun no había mandado a hacer el anillo de compromiso que le daría a su futura esposa, y el embarazo lo había tomado por sorpresa. Pero luego recordó que era mago.

En su bolsillo halló un penique muggle y lo transmutó en una sortija simple, y del suelo recogió un pequeño trozo de cristal de una copa, que Xenophilus había dejado caer al enterarse que sería abuelo, y lo engarzó a la sortija como si de una gema se tratase. Luna lo miraba asombrada. Había entendido que intentaba hacer Theodore, y le parecía un gesto maravilloso.

- ¿Luna Lovegood, aceptas este anillo como una muestra de mi total y completa devoción hacia ti y a la familia que juntos formaremos?

- si Theodore, claro que sí.

Luna besó a su prometido con tanta dulzura que terminó rompiendo las ultimas defensas que Theodore había creado, en torno a si, durante toda su vida.

Cuando Xenophilus regresó a la casa se encontró con un nuevo motivo para festejar. Los preparativos de la boda de su niña iniciarían al día siguiente, y para su alegría, Theodore había accedido a realizar la fiesta en su casa.

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Cuando Arthur se despidió finalmente de su amigo Xenophilus pudo ver a su hijo más joven arrojando piedras a la charca que se creaba en el límite de los terrenos de la casa. Pudo ver a la distancia que su Ron no era feliz en ese instante.

Fue por un abrigo y silenciosamente se acercó a él.

-es una bonita noche, ¿no lo crees Ron?

- Hola papá.

- que te atormenta muchacho.

- no lo sé. Siento que mi vida no es lo que yo soñaba. Todo sale mal. Todo lo que intento fracasa y todos se empeñan en mostrarme lo inútil que soy, pero nadie ve mi esfuerzo. No siento que vean mi valor. Nunca obtengo lo que merezco.

-no es así ron. Tú vales mucho, todos pensamos eso.

- no estoy seguro. Fui parte de la guerra, yo estuve ahí, ayude a destruir a Voldemort, pero sin embargo solo se me conoce como el amigo de Harry Potter. O el hermano de su esposa.

- A veces pienso que tus problemas son un poco culpa de tu madre y mia. Nunca te dimos la atención que necesitabas.

- ¿a qué te refieres?

- Bill fue nuestro primogénito y con el aprendimos a ser padres. Charlie siempre fue independiente y algo salvaje, tanto que al irse a Rumania después de Hogwarts, tu madre casi muere de la nostalgia. Percy fue un niño enfermizo cuando nació, teníamos que cuidarlo demasiado. Los gemelos eran un huracán, dieron más trabajo que todos mis otros hijos juntos. Ginny es la niña de nuestros ojos, fue nuestro milagro.

En cambio a ti hijo, jamás te dimos más atención de la necesaria. Jamás reconocimos tus logros tanto como los de tus hermanos.

Y cuando Harry llegó, tu madre lo adoptó de inmediato, su cariño creció y amó a todos sus hijos por igual, pero la atención hacia ti nunca aumentó. Es por eso que te sientes así Ron, has desarrollado un resentimiento que te hace pensar que el mundo te debe algo, pero no es así. Eres valioso por ti mismo, no necesitas que te ensalcen o que te cuenten lo maravilloso que eres, porque en el fondo lo sabes.

Debes forjar tu propio destino hijo, ir por lo que deseas sin buscar el reconocimiento o la felicitación de alguien más. Cuando entiendas esto dejarás de sentirte menospreciado, porque no necesitarás la aprobación de nadie. Y podrás hacer felices a los que te rodean, porque tú serás feliz… Es tarde, creo que debería ir a dormir.

Arthur puso su mano sobre el hombro de su hijo y apretándolo en señal de apoyo se retiró. Ron debía meditar sus palabras en soledad para poder seguir adelante.

Quizá su padre tuviera razón. Quizá por eso todas las mujeres buenas que cruzaron por su vida lo abandonaban. Quizá por eso estaba solo.

A lo mejor las cosas con Hermione no funcionaron porque el demandaba algo que no merecía, o pedía más de lo que se le debía dar. Cuando Hermione anunció que buscaría a sus padres en Australia, el no quiso acompañarla, y le había exigido que eligiera entre él y sus padres.

El quería disfrutar, con su novia, los cinco minutos de fama que se había ganado por haber participado en la guerra. Ella simplemente hizo sus maletas y desapareció. Cuando regresó, luego de hechizarlo varias veces, le dijo que ya no eran nada. Su noviazgo había terminado.

Por mucho tiempo estuvo ofendido con la actitud de Hermione. Hasta que su madre le hizo entender que por mucho que lo quisiese nadie toleraría ser puesto a prueba de esa manera, meses después Ronald se disculpó. Aunque su relación con Hermione jamás fue la misma.

Luego cruzó su camino con Astoria Greengrass, una castaña bonita que no tenía ningún interés en la pureza de sangre ni en su estatus de héroe. Ella también lo había abandonado diciendo que lo amaba pero que no iba a dejar sus estudios y sueños por él. No estaba dispuesta a casarse y tener diez hijos mientras el cumplía el sueño de ser auror. Sueño que luego dejó a medias para trabajar con George en la tienda de bromas.

Había sido Bill quien lo había amenazado para que dejase de contar, a quien quisiese oír, su gran acto de altruismo al dejar su carrera para trabajar en sortilegios Weasley. A su orgullo aun le dolía el ojo morado que su hermano le hiciera. Aunque luego también tuvo que disculparse, ya que George había sido una excusa para dejar los estudios que lo estaban agobiando.

Y ahora estaba atascado con Pansy. Ella le había ofrecido una tregua que él no había respetado. E Idiotamente había complicado todo ofendiéndola, aun más, al intentar justificar su comportamiento. Quizá su padre tuviera razón. Quizá el problema no fueran las personas que lo rodeaban. Quizá el único problema en su vida era el mismo.

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Hermione rememoraba la última cita que había tenido con Draco. Sentada en su despacho de la fundación para mujeres desamparadas y madres con hijos en situación de calle, ubicada en la que antes fuera la mansión Parkinson, la castaña recordaba con cariño una noche estupenda.

Draco la había llevado a París por San Valentín. Había organizado un picnic al aire libre en Champs Elysees. La tarde había sido estupenda y el tiempo se había ido como arena entre los dedos. Estuvieron conversando sobre muchas cosas, era sorprendente la cantidad de gustos que compartían. Y al finalizar habían caminado tomados de la mano rumbo a la torre Eiffel.

Por la noche se hospedaron en un lujoso hotel del lado mágico de la ciudad. Draco había tenido la amabilidad de contratar habitaciones separas en aquella ocasión. Hermione se sintió agradecida por ese gesto.

Habían llegado al punto en el que los besos se tornaban urgentes y la respiración se volvía errática. Pero Hermione no quería cruzar, aun, la barrera que la ropa puesta imponía. Sabía muy bien los efectos que causaba en Draco, pues ella misma los sentía en su propio cuerpo. Pero deseaba que intimaran cuando estuvieran realmente preparados y no porque las hormonas lo estaban dictando.

Con respecto al sexo, Hermione siempre había sentido que debía ser una expresión más del amor y no un acto mecánico que se realizaba solo por el mero acto de encontrar unos minutos de placer. Quizá por eso no había logrado mantener una relación desde Anthony Goldstein. Tal vez por eso John se había vuelto a Estados Unidos sin dejar siquiera una nota.

Realmente estaba confundida con respecto a Malfoy. Ella había entrado a esa relación, pactada por el ministerio, deseando destruirla. Cuando supo con quien debería casarse pensó que su vida sería un infierno y que los malos tratos serian la orden del día. Pero había resultado todo lo contrario.

Había encontrado en Draco, un hombre dispuesto a ser su amigo antes que otra cosa. Había descubierto que él había madurado lo suficiente como para mostrarse sensible y cariñoso cuando estaban a solas. Él había hecho lo imposible por hacerla sentir cómoda a lo largo de esos meses, respetando todas y cada unas de las reglas que ella había impuesto. Y en cada cita muggle que tuvieron, se había mostrado dispuesto aunque en el fondo odiara la situación.

Tan ensimismada estaba que demoró un tiempo en notar que la brillante piedra, de su anillo de compromiso, se había tornado de un color rojo sangre muy escalofriante.

Al quitarse la preciosa sortija, hecha por los duendes, para leer los intrincados nudos, su corazón se saltó un par de latidos. Un nefasto mensaje escrito en estilizada caligrafía, auguraba los malos ratos que estaban por llegar.

"Draco, Amenaza de muerte, Callejón Diagon"

Esa mañana, mientras ella revisaba algunos papeles en la recientemente abierta fundación de Pansy, Draco inauguraba oficialmente las oficinas administrativas de su empresa de pociones en el callejón Diagon.

Draco estaba en peligro inminente según la sortija que el mismo le había regalado. Hermione no dudó un instante, y rápidamente se desapareció rumbo al sitio donde debería estar Draco.

Cuando llegó una multitud se agolpaba en torno a las puertas de la farmacéutica. Y los gritos de un hombre inundaban la atestada calle.

- PELEA ASQUEROSO MORTÍFAGO. PELEA MALDITO ASESINO, PELEA Y MUERE COMO UN HOMBRE. LOS DE TU CALAÑA ASESINARON A MI ESPOSA EMBARAZADA E HIJOS. HOY MI HIJO CUMPLIRIA OCHO AÑOS, PERO GRACIAS A LOS TUYOS NI SIQUIERA PUDO NACER. ERES UNA LACRA QUE NO MERECE ESTAR VIVO.

CON QUE DERECHO VIVES CONTENTO, SABIENDO QUE CULPA DE TUS AMIGOS MI FAMILIA SE PUDRE EN UNA TUMBA. DEBERÍAS ESTAR EN AZKABAN, NO PUEDES VIVIR ENTRE LAS PERSONAS INOCENTES. DEBES MORIR ASESINO. NO MERECES CAMINAR LIBRE COMO SI FUERAS UN HOMBRE JUSTO. ¿CON QUE DERECHO ANUNCIAS TU MATRIMONIO, SABIENDO QUE TUS VICTIMAS YA NO TENDRAN LA MISMA OPORTUNIDAD?…

Draco solo se protegía de los hechizos que el inestable hombre le lanzaba. La furia de aquel señor lo había tomado por sorpresa. El no lo conocía, pero aparentemente ese tipo sí. Y estaba trayendo a su presente pensamientos que procuraba mantener en el pasado.

Hermione estaba asustada. Temía por Draco, temía que aquel hombre lo hiriera o que la gente creyera lo que estaba vociferando, Draco nunca asesinó a nadie, sus intentos infantiles por herir a Dumbledore solo eran prueba de la desesperación en la que se hallaba sumergido.

Justo en el momento que el atacante pretendía lanzar la maldición imperdonable, Hermione lo desarmó, haciendo que accidentalmente golpeara su cabeza y perdiera el conocimiento.

Muchas cosas pasaron en ese momento. Harry, junto a un escuadrón de aurores, dio la voz de alto haciendo que los chismosos despejaran el lugar. Y antes de que pudiera moverse Draco le regaló una triste mirada cargada de significado y desapareció con rumbo desconocido.

La gema antes roja, había tornado a su brillantez original. Y la ominosa inscripción se había desvanecido de la misma manera en la que apareció. El peligro había pasado por el momento. Pero el corazón de Hermione no paraba en su desbocada carrera, y su mente decía que ninguno saldría indemne del ataque.

Harry Potter arrestó al hombre, que resultó ser el único sobreviviente a un ataque perpetrado por Lucius Malfoy y Rabastan Lestrange. El hombre había enloquecido un poco cuando su mujer, embarazada de ocho meses, y sus tres hijos mayores habían muerto bajo la varita de los nefastos mortífagos.

Desde que la guerra terminara Claudius March, un mago nacido de muggles, había permanecido ingresado en san Mungo. Su mente había quedado afectada por el calvario que vivió. Sin embargo, esa mañana, luego de que un pasante de medimagia dejara a su alcance un periódico donde se informaba sobre la apertura de la farmacéutica Malfoy, el hombre había perdido la poca cordura que le quedaba. Arremetiendo contra los guardias, luego de robar una varita, había aparecido frente a las oficinas de Draco.

Creyendo que allí encontraría al asesino de su familia, aguardó escondido, en una calle lateral, el inicio de la inauguración. Sin embargo pronto supo que no era el asesino de su esposa quien abría oficialmente aquel sitio. Sino su hijo.

El hombre vio rojo cuando, el rubio vástago del hombre que arruinó su vida para siempre, sonreía feliz ante los flashes y hablaba de su futura esposa y su compañía. Su propio hijo mayor debería tener esa edad. Quizá ahora el tendría nietos también. Pero nada de eso sucedería ya, porque el progenitor de aquel hombre había segado sus esperanzas.

Claudius cobraría venganza. Arrebataría del mundo al engendro de un asesino, le daría paz a su familia y luego se uniría a ellos en el mas allá, si es que este existía.

Pero algo había salido mal, justo antes de matarlo, todo se volvió negro luego de volar por los aires. Despertó horas después en una celda con sus manos esposadas y un fuerte dolor en su cráneo. Algún bastardo había ayudado al mortífago para que escapase de su destino. Pero por Merlín que su familia no quedaría sin ser vengada.

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Gracias a Morgana su madre no estaba en Malfoy Manor, por suerte no lo vería derrumbarse como lo estaba haciendo, ya que aprovechando los días más templados, había salido de vacaciones junto a Eudora Byrne.

Había roto todo lo que halló a su paso camino al salón de pintura. Aquel sitio que en nada se parecía al original, pero que aun guardaba los fantasmas de una noche que pesaría en su conciencia el resto de su vida, lo esperaba para recordarle su podrido pasado.

Su madre, por respeto a su futura nuera, había clausurado aquel sitio, a pesar de haberlo hecho remodelar apenas la guerra hubo concluido. El suelo ya no tenía las manchas de sangre, y de los techos jamás volverían a colgar fastuosas arañas de pedrería. Pero para él, los gritos desgarradores seguían rebotando en las paredes.

Colapsó sobre la alfombra al tiempo que un accio le acercaba una botella de Whiskey de fuego. Tenía la ardiente necesidad de entumecer sus sentidos. De acallar la conciencia que le decía que aquel hombre tenía razón.

Su mente le repetía una y otra vez que aquellas palabras lanzadas con viejo rencor eran la única verdad en su vida. Fue un mortífago y por más que la marca tenebrosa ya no resida en su piel, su alma ennegrecida es la de un mortífago.

Él no merecía estar vivo, no merecía ser libre, no cuando tantos inocentes habían perdido todo a manos de personas como él. Estaba podrido desde su interior, ¿con que cara reclamaba felicidad, aceptación y cariño?, si había sido marcado como un igual, por un asesino despiadado.

Era el hijo de un asesino sin conciencia, fue el sobrino de la bruja mas sádica de la que se tuviera registro, y fue muy bien entrenado por ambos. Fue el mejor alumno que esos mortífagos tuvieron.

No fue hasta que le encomendaron matar a Dumbledore, que se dio cuenta que no estaba hecho para tal faena. Pero eso no lo excusaba de la culpa por las crueles intenciones que lo movían antes de ese momento. Solo el fiel alcohol lo había consolado en aquellos aciagos momentos, cuando se supo un cobarde, y ya nada podía hacer para salvarse así mismo.

La primera botella se vació en tan solo minutos. La segunda buscaba batir el record de la primera. Gruesas lágrimas corrían carreras por el rostro abatido de quien las derramaba, y la esclerótica inyectada en sangre daba un aspecto terrorífico a las grises pupilas. Contrario a lo que pasaba en su adolescencia, su conciencia no se callaba ni se ahogaba en el fuerte alcohol, sino que gritaba mas fuerte clamando por justicia.

Aquel hombre había sacado a flote toda la mierda que tenía en su interior, y que había pensado que jamás volvería a salir. La luz que Hermione había traído a su vida, parecía ser suficiente para que los demonios de su mente se mantuvieran a raya. Pero no era así.

No era justo que se aferrase a ella como si fuera la tabla de salvación de un naufrago. Esa mujer que había aguantado estoicamente sus malos tratos en la niñez, no merecía estar atada a un mortífago de segunda. Su sangre no debería mezclarse con la de ella, porque la única pura en esa pareja era Hermione. El era escoria, era un mortífago. Y cualquier hijo que pudiera darle, estaría tan podrido desde adentro como él lo estaba.

Entonces la idea se abrió paso entre los vapores del alcohol. Si él no estuviera, ella seria libre. El ministerio encontraría otro hombre, uno con un pasado limpio, uno que pudiera potenciar su luz y no llevarla al infierno como el haría. Uno que supiera amarla como merecía y que no cargara con la culpa de los asesinos.

Por alguna razón su varita no aparecía. En algún momento, luego de traer todas las botellas de la casa, su varita nueva había desaparecido. Esa varita que ella había insistido que comprara, pues la primera no le obedecía como debiera, probablemente porque estaba acostumbrada solo a lanzar maldiciones para hacer daño a otros. Se había sentido tan bien la tarde que ella lo acompañó a comprarla, pero él no merecía ese tipo de momento. La felicidad solo debía reservarse para los inocentes.

Lanzó la tercera botella, aun medio llena, contra una pared mientras maldecía el hecho de no encontrar su nueva varita, cuando oyó su voz lejana.

Ella le pedía algo pero no era real. Hermione le había dicho que jamás volvería a entrar en su mansión. Por eso había huido hacia ese lugar. No deseaba que ella lo siguiera. Porque no era digno de su lastima. No era digno de su congoja ni de su infinita misericordia. Él, que tanto la había lastimado en el pasado, no podía pedirle esas cosas esa bondadosa mujer.

Un cristal bastante grande descansaba a unos centímetros de su mano. Una pequeña daga artesanal se presentaba ante sus ojos, dándole la salida que necesitaba. Parecía hablarle, un corte y todo acabaría. Si tan solo besara su muñeca con el frio cristal el dolor se iría para siempre.

Ya no habría conciencia que a callar, no habría personas que pudieran ser dañadas por su egoísmo y maldad intrínseca. Un filoso beso lo separaba del olvido y lo acercaba a la redención de sus actos.

La voz sonaba desesperada. Lo gritos, cada vez más urgentes lo desconcentraban de su labor. El primer corte diagonal había sido casi perfecto. La sangre roja y brillante brotó de la herida disminuyendo el dolor en el alma.

No sintió cuando una bombarda voló la puerta del salón. Pues su propia sangre lo tenía hipnotizado. ¿Cómo pudo considerar que lo que corría por sus venas era distinto que lo de los demás?

La mano sana hormigueaba de anticipación, sabía que pronto compartiría con su par la marca que indicaba que todo había terminado al fin.

-DRACO, NO, ¡NO LO HAGAS!

- Hermione

La pérdida de sangre probablemente lo estaba haciendo alucinar. Parada frente a él, la alucinación más hermosa exigía que se detuviera. Pero no lo haría. Un corte mas y al fin seria libre. El cristal mordió la suave carne, pintando de rojo la antes prístina piel.

Su cuerpo al fin era liviano, hacia un poco de frio, pero en verdad su corazón no dolía tanto. Estaba flotando, sus extremidades ya no pesaban, su conciencia era más liviana. Estaba volando sobre nubes de algodón y a su lado estaba ella ofreciendo su regazo como almohada. Tenía sueño, sería maravilloso lograr dormirse con ella acariciando su cabello. Sin tan solo cantase como había hecho en los campos elíseos de París, el podría dormirse con su rostro bañado por los tenues rayos solares como hiciera aquella tarde.

¿Por qué llora?, ¿acaso es porque si él se duerme ella se aburrirá?, ¿acaso esta herida?, ¿Quién le hizo daño a su ángel?, los ángeles no deberían llorar. Hermione jamás debería llorar, y menos por su culpa.

- Draco, no, Draco no te mueras, Draco por favor no me dejes, no tenias que hacer esto Draco.

- Ángel, no llores.

- Draco no cierres tus ojos, Draco mírame…

La desesperación había embargado a Hermione, había demorado mucho tiempo en abrir la maldita puerta de ese maligno salón de pintura. Y cuando al fin traspasó la derruida puerta ya era tarde. Draco se había lastimado así mismo.

-tranquila, no llores por mí…

- no te mueras Draco, ya vienen los medimagos, no te atrevas a morirte Malfoy, aguanta por favor.

- ya no importa… No llores… Te amo Hermione…

La voz de Draco se hacía más y mas baja con cada intento de hablar, hasta que su última frase fue solo un susurro, toda fuerza había escapado ya de su cuerpo. Con esas últimas palabras cerró sus tormentosos ojos para descansar, ante la impotente mirada de su prometida que lloraba desconsolada.

- No te mueras por favor…

En la mano de Hermione, el dorado anillo confundía su piedra rojiza con la sangre pura derramada. Y el fatídico mensaje grabado anunciaba lo que nunca querría ver.

"Draco, suicidio, Malfoy Manor"

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N.a: fin del nuevo capítulo. He tomado la decisión salomónica de alargar un poco los capítulos y demorar un poquito más en cada entrega. Espero que les haya gustado este, espero sus opiniones como siempre. HASTA LA PRÓXIMA!