Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Parte 2

Capítulo 7

Espinas

Sakura estuvo en silencio durante todo el camino al apartamento de Sasuke.

Marcharon, en la lenta noche de octubre, zumbando por la autopista interestatal, bordeando los suburbios, tomando con cuidado las curvas sin disminuir la velocidad, recorriendo largas cuestas y declives junto a enormes mansiones, mientras la luna, que declinaba a sus espaldas, arrancaba destellos a las ventanas de las casas y a los pastos crecidos y extensos.

Recargó la cabeza contra la ventana. Absorta en sus pensamientos, buscaba explicaciones, pero su mente se resistía a hacer el esfuerzo. ¿Acaso Itachi se había casado con ella con la intención de llenar un vacío? Eso quedó descartado desde el momento en que él respondió que actuaba como ella quería. Siguieron más preguntas incomodas. ¿Qué pretendía en realidad? ¿Atormentarla? Quizá estaba pagando algún pecado acometido en el pasado. Era una teoría, pero ¿Por qué demonios lo haría?

Simple maldad, sadismo, por eso. La mera diversión diabólica de convertirse en una segunda opción, "el plato de segunda mesa". Lo sabía, y lo sabía muy bien: tenía el hábito de pensar lo peor, lo irremediable. Su vida se estaba convirtiendo en una trama de desastres que poco a poco comenzaban a producirse.

No podía apartar su mente de la conversación absurda entre Itachi y su madre. Pero no, era otra imagen, la de ella camino al altar, la sonrisa de su marido cuando pronunció "si, acepto". Era difícil hablar sin llorar; su monologo poco a poco se convirtió en una especie de plegaria, de oración: «Si su intención no era lastimarme, por favor, que todo esto sea una pesadilla».

Y nuevamente a cualquier ente divino: «te lo suplico, ponle algún freno, algún limite que no pueda franquear. Permíteme saber la verdad por más dolorosa o cruel que sea».

Advirtió que más adelante los primeros destellos de la ciudad comenzaban a vislumbrarse. El choche salió de la carretera y giró a la derecha, adentrándose en el camino que los conectaría con una de las avenidas principales.

Tras unos cuantos minutos de trayecto, arribaron a su destino.

Uchiha Sasuke residía en el ultimo piso de un viejo edificio, entre las estaciones del metro Jofuko y Motoyoshi. Su calle era tranquila, de una sola dirección. Para sorpresa de Sakura, el vecindario no se asemejaba a nada de lo que imaginaba. Aquel barrio se ubicaba a tres kilómetros donde había pasado su infancia. Era una zona conocida por su alta tasa de criminalidad, sin embargo, luego de pasar por un nuevo renacimiento, se transformó en un vecindario seguro y atractivo.

El azabache aparcó el auto en el estacionamiento destinado a los inquilinos del edificio. Al descender del automóvil, vislumbro que en la planta baja había una ferretería; un inquilino vivía en el único piso de la segunda planta y Sasuke, en el tercero.

Los dos franquearon la puerta de la cochera que daba a un patio adoquinado. Sin decir una palabra, cruzaron el vestíbulo para emprender el ascenso al tercer piso, él delante y ella detrás. Sakura se detenía regularmente, pues era difícil subir con rapidez los peldaños cuando llevaba zapatos altos. Al llegar arriba, el pelinegro extrajo las llaves de uno de los bolsillos de su saco, apretó despacio el picaporte y empujo la puerta con suavidad hasta abrirla sin ruido.

Encendió las luces al ingresar al salón. El apartamento no era el lujoso pent-house que Sakura había imaginado. La sala de estar era diminuta, con un sofá verde, un pequeño comedor compuesto de tres sillas de madera y estantes repletos de libros y discos que ocupaban un lado de la habitación.

—Ponte cómoda— dijo Sasuke mientras ella penetraba en la estancia—, regresaré en un instante.

Dejó caer su cuerpo en el sillón. A pesar de todo se sentía tensa, tal vez por la presencia de Sasuke. Los dos se encontraban solos después de su encuentro en la casa de sus padres días atrás. Era imposible para ella ignorar los efectos que el menor de los Uchiha ejercía sobre su juicio.

Escuchó los pasos en la otra habitación, tan sigilosos como los suyos, y el crujido de la madera. Nerviosa, estrujó la falda de su hermoso vestido. Estaba cansada y lo único que deseaba era que alguien la abrazara.

No obstante, lo que necesitaba era una perspectiva. La ilusión de profundidad creada por un marco, la disposición de las formas sobre una superficie plana. La perspectiva necesaria. El tiempo era una trampa en la que estaba acorralada.

Esa noche, algo había cambiado. Las circunstancias se modificaron. Sasuke era el único que podía otorgarle respuestas, aunque, tal vez, necesitaba considerarlo. Lo que él tuviera que decir podría ser importante, podría ser un pasaporte, podría ser su perdición. Debía ser seria con respecto a eso, en otras instancias lo habría meditado.

Hiciera lo que hiciera, ahí sentada en medio de la sala, con las luces del exterior iluminando el rectángulo de la ventana desde fuera y atravesó de las cortinas diáfanas como un vestido de novia, con una mano sujetando a la otra, balanceándose un poco hacia atrás y hacia adelante, hiciera lo que hiciera, en todo eso había un toque irónico.

—Toma— espetó el azabache al reingresar en la estancia. Le extendió una muda de ropa perfectamente doblada—.Puedes cambiarte en el baño— indicó la dirección con un leve movimiento de cabeza.

—Gracias— masculló.

Un escalofrió se abrió paso por su columna vertebral cuando los dedos de Sasuke rozaron una pequeña porción de su antebrazo desnudo.

Sakura tragó el nudo en su garganta. Utilizando toda su fuerza de voluntad en ciernes de poder levantarse; lo hizo finalmente con la ayuda de uno de los brazos del sofá. Las piernas le temblaban y su corazón latía desbocado. Apenas podía soportarlo. Tenía que irse antes de desintegrarse por completo. Ambos se apartaron lentamente, como si una corriente oculta los uniera y al mismo tiempo los separara con igual fuerza.

Sin más dilaciones se escabulló al estrecho pasillo que conectaba la estancia con el cuarto de baño y la única habitación disponible. Al encontrar la puerta, giró el pomo notando el frio de la porcelana en los dedos.

Colocó la ropa sobre la tapa del inodoro. Con manos temblorosas empezó a despojarse del vestido. Evitó captar su propia imagen en el espejo, tenía la certeza de que, después de todo el llanto desesperado, lucía derruida. Cubrió la desnudez de su cuerpo con una holgada y desteñida camiseta negra y un par de pantalones de canalé en color gris.

Se detuvo frente al espejo. Escuchó el agua correr por unos segundos con el mismo proceder mecánico para después, sosteniéndose el cabello rosado, enjuagarse la cara; las marcas rojizas alrededor de sus ojos y el matiz pálido sobre su piel se volvieron visibles. Las lágrimas brotaron nuevamente. Sentía miedo y cólera a partes iguales.

Al salir del aseo, Sasuke se encontraba de pie cerca de la cocina; llevaba la camisa arremangada hasta los codos y los primeros botones sueltos. Aún con ese aspecto casual, era mortalmente hermoso. Sería injusto compararlo con Itachi; uno más uno más uno más uno no era igual a cuatro. Cada uno seguía siendo único, no había manera de unirlos.

Disipó aquellos pensamientos de su mente y reparó en los ojos negros que denotaban cansancio o los efectos de un malestar incesante. Sasuke tenía la mirada vacía de alguien que siempre se encontraba alejado del mundo que lo rodeaba. Se preguntaba si eso era un mecanismo de defensa o simplemente algo inherente a su personalidad.

De nueva cuenta, dejo caer el cuerpo sobre el sofá. Sasuke volvió con una bandeja de hielo y dos vasos. Sirvió una generosa cantidad para ambos.

Notó el ácido revolverse en su estómago y trepando por su garganta; la cabeza le daba vueltas. No sabía por cuánto tiempo había permanecido en medio de la habitación fría. Pudo haber sido segundos, minutos, a ella le pareció que llevaba horas confinada en ese sitio. Lo único cierto era que, en todo ese tiempo que estuvo en silencio, Sakura continuaba observándola con los ojos entrecerrados, analizándola.

—Tu familia es horrible— espetó su lengua sin pedirle permiso.

Sasuke sonrió ante la torpeza de sus palabras.

—Nunca dije que no lo fuera— respondió a secas.

Se obligó a apartar la mirada de él para clavarla en otro punto, lejos del rostro del Uchiha. La ventana reflejaba la luz de las farolas y el resplandor del cielo de la ciudad, iluminando las habitaciones semi vacías. Le sorprendió saber que Sasuke era libre en aquella casa, solitario dueño en la penumbra alumbrada por el fantasmal resplandor del exterior.

—¿Qué fue lo que te llevó a terminar así?— volvió los ojos a él, cómo si acabara de recordar su paso por el hospital psiquiátrico.

Oteó la forma en que su manzana de Adán se movió al tragar grueso; la atención de Sasuke seguía fija en ella. Una diminuta curvatura en la comisura de su labio le indicó la delicadeza del tema. Sin decir una palabra, el pelinegro bebió su trago de golpe.

—Sasuke, necesitó saber la verdad— le salió un tono más agudo y más amargo de lo que pretendía—.Por favor, hazlo.

Tal vez no debió hablarle con tal desesperación. Cualquier persona debía encontrar inquietante un deseo tan profundo, y alguien como Sasuke, siempre traducía la inquietud en desprecio.

Desvió la vista, la expresión de soñoliento sarcasmo del pelinegro fue inmediata. Sirvió otra copa para cada uno. A ese paso estarían borrachos antes del amanecer.

—Necesitaré más de esto— señaló el vaso, y sin más dilaciones, lo bebió de golpe.

Se instauró un mutismo que solo conseguiría ser suplantado por la tensión que transmitían sus miradas. El pulso de Sakura era errático, incluso cuando había abandonado la fiesta, no se sentía completamente a salvo. Existía algo en Sasuke que la perturbaba. Quizá por ser un Uchiha o puede que fuese por la oscuridad que sólo podía transmitir una presencia tan imponente como la suya.

El pelinegro abandonó su asiento para postrarse a su lado. Desde esa distancia, los detalles de su rostro eran más notorios; la pequeña cicatriz en la ceja derecha, la nariz recta y afilada. Lo miró, pero sus ojos no decían nada. Las pupilas tenían una transparencia inusitada; eran tan claras que parecía que, a través de ellas, podría verse el más allá. Por más que miró, no logró ver nada en sus profundidades.

—Sasuke…— su nombre resultaba dulce y agradable en la punta de la lengua—.¿Quién es Izumi?

Sin más preámbulos, colocó la copa vacía sobre la mesa y restregó una mano contra su rostro. Ella lo escuchó inspirar; un suspiro, cansado, sonoro, pausado.

—La historia de ambos comienza muchos años atrás, cuando los dos eran demasiado pequeños para entrever lo que sucedería en el futuro— comenzó él, mientras sus oscuros ojos la envolvían.

»Izumi vivía a unos cuantos kilómetros de nuestra casa. Cuando ella tenía trece años, perdió a su padre a consecuencia de un ataque al corazón, y mis padres la acogieron en casa durante un año. La madre de Izumi estaba internada en una clínica rehabilitación, y la madrastra, que acababa de divorciarse de su padre, no quería saber nada de la hija de éste. Izumi tenía en Suna unos tíos que más tarde se hicieron cargo de ella, pero antes de eso, mis padres le dieron acogida para que no tuviera que abandonar el instituto. Hubo gestiones y llamadas telefónicas y una compensación económica, pero siempre pensé que aquel gesto por parte de mis padres había sido sumamente bondadoso.

»No existía un motivo especial para que obrasen como lo hicieron. Eran vecinos. El padre de Izumi coincidía a diario con mi padre, puesto que trabajaban en la misma torre de oficinas. De vez en cuando, lo invitaban a cenar. Era un hombre amable y bastante divertido, que tocaba el piano en privado— musitó Sasuke con monotonía—. Después de la muerte del hombre, mi madre se encargó de alojarla en la habitación de la planta superior. Nadie soñaba con que fuese a surgir algo entre ella e Itachi.

—¿Y que sucedió? ¿Cómo es que los dos…?— cuestionó, impaciente.

»Los caminos de ambos volvieron a cruzarse en la preparatoria. Con la madre de Izumi rehabilitada, las dos volvieron a instalarse en su vieja residencia— Sasuke enmudeció unos instantes mientras mantenía la mirada fija en el suelo—. Mi madre animó a Itachi a buscarla. Para el momento en el que ambos finalizaron la preparatoria ya eran novios, y pocos años antes de acabar la universidad ya se habían comprometido.

El corazón le dio un vuelco. Sakura lo observó, impertérrita. El errático palpitar zumbaba en sus oídos, las manos le sudaban y un nudo prieto le estrujaba la garganta. Había sido ingenuo de su parte creer que era el gran amor de Itachi, aquel lugar le correspondía a esa chica, Izumi, la misma joven de la que hablaba Sasuke con claridad.

»Todas las personas que los conocían solían decir que ambos hacían una bonita pareja— una sonrisa amarga apareció en sus labios—. Izumi era de esas personas que siempre son las mejores en todo, al igual que Itachi. Los mejores estudiantes, los mejores en los deportes, tenían don de gentes, capacidad de liderazgo. Ella era amable y honesta.

—¿Qué pasó después?

Sasuke levantó el rostro, observándola de la misma forma que un depredador estima el terror que se esparce sobre su presa. Arrugó el ceño con excesiva fuerza y sus labios formaron una línea casi recta.

»Se casaron una soleada tarde de verano. Mi madre se encargó de los preparativos, acondicionó el jardín más amplio de la casa para recibir a más de trecientos invitados— explicó.

Nuestra boda fue muy íntima, pensó Sakura de pasada, decepcionada. Celebraron la ceremonia en un discreto salón. Un poco precipitado, le dijo su madre, pero es que era un poco anticuada. Querían casarse, eso sí; la boda era importante para ambos. O por lo menos era importante para ella, e Itachi se ajustaba a sus deseos. No querían una ceremonia religiosa ni despliegue de lujos. Eran dos personas felices de haberse encontrado.

»Itachi trabajó duro para construir una casa de acuerdo a los gustos y exigencias de Izumi— sus ojos se nublaron con una densa y espesa oscuridad.

La pelirosa aguardó un momento; le faltaba el aire, como si la hubieran pateado. No lo podía creer. Ni siquiera ahora. Respiró profundamente y soltó el aire, proporcionándole oxigeno a sus pulmones agonizantes. Todo se oscurecía y luego aclaraba. Ahora veía por dónde caminaba.

—Izumi…— masculló, sintiéndose extraña—.¿Donde está? ¿Por qué hablas como si estuviera muerta?

Desde su asiento, Sasuke mantuvo el semblante serio.

—Porque lo está— declaró.

Los ojos ébanos no cesaban de hurtarse a ella, la aceptaban solo un momento, de pasada, y enseguida parpadeaban para volverse hacia el mismo punto en el suelo. Al final se rindieron y la miraron a la cara, aunque un poco de refilón.

Algo encajó dentro de su cabeza. Había cosas que sabía en lo más íntimo de su ser sin que jamás lo hubiese pensado. Fue así en aquella ocasión: sabía perfectamente lo que aquello significaba, tal vez por eso se apoderó de ella una sensación de nausea, pero no la sorprendió en absoluto.

—¿Muerta?— indagó, incrédula. Su voz debió sonar como la de una niña pequeña asustada.

Sasuke aguardó un ciclo de respiración profunda antes de responder.

—Los reportes oficiales indican que fue un suicidio.

Enmudeció delante de Sasuke, con la mano sobre la boca. Estaba paralizada, en shock, contemplando el suelo, como si no pudiera creerlo. El miedo y la culpa se reflejaban en sus ojos.

¿Era Itachi un asesino? Probablemente ¿Estaba en peligro?

Temerosa, elevó los ojos para encontrarse con el rostro sereno del azabache; la calmaba reina en su ser.

—Todo esto lo supe por Shisui— respondió por lo bajo—.Ingresé al hospital psiquiátrico pocos meses después de la boda y estuve ahí durante tres años— añadió con amargura.

La expresión de dolorosa sorpresa cruzó el rostro de Sakura, turbándola por un segundo o más. Unas ganas infinitas de abrazar al chico frente a ella y decirle que todo estaría bien, que ella lo protegería, la embargaron.

—Sasuke, yo…— no quería que sus palabras sonaran lastimeras. Se sentía un poco mareada, abrumada.

—¿Es todo lo que querías saber?— cuestionó en tono cansino.

De haber imaginado esa escena, habría permanecido despierta hasta el amanecer, vaciando una botella y tratando de averiguar la verdad. Pero sentía que, aunque lo supiera, pronto volvería a encontrarse en la misma situación. Al igual que ocurría con las tostadoras y los coches viejos. Su matrimonio se había transformado en un objeto mecánico; no tenía objeto apresurarse a hurgar y ver si había cables desconectados cuando ya estaba decidida a tirar aquel trasto. Y, aunque esperaba echarse a llorar, sus ojos permanecieron completamente secos; con la casa sobrecalentada, tenía las aletas de la nariz tensas e irritadas y los labios agrietados. Aquello había ocurrido ya, y de nada serviría que llorara por la relación fallida. Un ultimo estremecimiento de dolor; una punzada de culpable alivio. Por primera vez desde que podía recordarlo, se relajó. Los hombros cayeron casi cinco centímetros. Seguía sentada en el sofá. Y allí permaneció postrada.

—Esto marcara un antes y un después— dijo Sasuke, rompiendo el silencio expuesto por ambos—.¿Qué harás?

Dejo escapar un suspiro al mismo tiempo que inclinaba el cuerpo hacia delante, clavando los codos sobre sus muslos.

—No tengo la menor idea.

Sasuke la estudió desde la distancia.

—En ocasiones, sucede algo que divide tu vida. Hay un antes y un después— a medida que hablaba, sus rasos estaban serenos—.Para mi han sido cuatro hasta el momento, y este es el primero para ti.

Sakura arrugó el entrecejo y él se acercó más.

El rictus sarcástico de su boca había desaparecido. Pensó que era realmente atractivo, pero lo que más le sorprendió en él fueron sus ojos. De ordinario brillaban con el fulgor artificial de las manzanas sin lavar; su mirada plana y desenfocada, aburrida y beligerante.

Sintió la sangre precipitarse a su rostro, acalorándole las mejillas. El pelinegro desvió la mirada hasta sus labios.

—Debes ser cuidadosa— el cálido aliento le roció la faz. Sakura tragó grueso—. Puedes tomar la habitación, dormiré en el sofá.


Un árbol seco hizo crujir sus ramas contra la ventana como si quisiese trepar al interior y meterse en la cama para darle consuelo.

Batió las pestañas al sentir un rayo de sol en la cara. ¿Qué hora era? Miró el reloj de la mesita de noche y se percató que eran más de las ocho.

Había pasado gran parte de la noche en vela, carcomiéndose el cerebro con suposiciones y análisis. Después de tres horas de sueño, despertó de verdad; mantuvo la mirada fija en el techo, contemplando el cielo raso y las cortinas, que colgaban como una cabellera blanca empapada. Se sentía drogada. Pensó que probablemente lo estaba. Tal vez la vida que ella creía vivir era una ilusión paranoica.

Bostezó estirándose, salió de la cama y caminó hacia la ventana. Por el cristal entraba un reflejo gris, un brillo apagado.

Tenía la impresión que la tempestad de su corazón se había desvanecido, sometiéndolo en un estado de entumecimiento. Algo dentro de ella estaba roto y no sabía qué hacer al respecto.

Caminó hasta el otro extremo de la habitación; se desnudó y comenzó a vestirse otra vez. Todo lo que correspondía a su antigua vida se había transformado en algo ajeno a ella. Y estaba perpleja. El hogar que construyó con Itachi no era nada más que una ilusión, al igual que su proyección sobre. Se había enamorado de un engaño.

Echó un vistazo al anillo en su dedo anular. Recordaba con añoranza el día en que Itachi le propuso matrimonio. Mentiría si diría que no lo esperaba, ambos habían abordado el tema en distintas ocasiones y sólo era cuestión de tiempo hasta que él decidiera hacerlo. Aquella mañana arribó al apartamento, Ino aguardaba por ella en el pasillo; en cuanto sus miradas se cruzaron, Sakura consiguió mover la cabeza en un gesto de asentimiento, mostrando el hermoso diamante.

La sencilla remembranza le estrujó la garganta.

Una vez se hubo alistado, se sintió extrañamente tranquila. Sedada. Metódica. Tenía la mente en blanco. Dejó de hablarse y salió de la habitación.

Pensó en todo distraídamente. Cada una de sus posibilidades parecía tan importante como el resto. Ninguna es preferible a otra. Estaba cansada del melodrama, estaba cansada de guardar silencio y permanecer en la espera. Quería que todo eso llegara a su fin.

Cuando arribó en la estancia, lo primero que entró en su campo de visión fue la imponente figura de Sasuke, postrado en el centro de la sala, con la atención fija en el paisaje enmarcado por la ventana.

—Despertaste temprano— la voz ronca llegó a sus oídos como un sonido extrañamente cálido y agradable.

Sakura miró con frialdad al azabache. Observó los rasgos finos y delicados iluminados por la luz matinal. Los ojos del color del firmamento en una noche de invierno y el cejo ligeramente fruncido.

—En realidad, no pude dormir— dijo encogiéndose de hombros, al mismo tiempo que llevaba un mechón de cabello detrás de su oreja.

El pelinegro se volvió hacia ella.

—Itachi llamó— murmuró.

Sakura abrió los ojos de par en par. Por supuesto que iba a llamar. La noche anterior abandonó la fiesta sin decir una sola palabra.

—¿Qué respondiste?— preguntó Sakura haciendo ademan de caminar, pero sin desplazarse del todo.

El Uchiha dejó escapar el aire contenido en sus pulmones; cerró los ojos un instante, meditabundo y cuando los abrió, enfocó a la pelirosa en la semipenumbra de la habitación.

—Le dije que no tenía la menor idea de dónde estabas.

Su rostro se transformó en uno lleno de espanto. Las piernas le temblaban, sus ojos se habían tornado tumultuosos. Llevó una mano hasta su boca. Había escuchado decir que, cuando se recibe un golpe violento, una herida mortal, o cuando una persona es despojada de un miembro, al principio no se nota nada. Se encontraba parada, cerca del sofá, sin notar nada en absoluto, ni miedo, ni horror. Nada. Era como si no tuviera corazón, ni cabeza, ni sentidos.

—Tal vez debería regresar— dijo repentinamente. Una ola de comprensión la golpeó al punto, y le saltó el corazón en el pecho, presa de un terror repentino.

Sasuke arrugó el entrecejo.

—¿Estás segura de eso?

Por un instante le parecía que Sasuke estaba genuinamente consternado por ella, sin embargo, desechó la idea de inmediato. Aquello era imposible.

—No— negó con la cabeza—.Pero no tengo otra opción— cerró los ojos con fuerza. Su corazón se estrujo al punto de reducirse a dolorosos latidos.

—Te llevaré a casa— dijo Sasuke al cabo de unos cuantos segundos—. Sólo dame unos minutos para cambiarme.

—No es necesario— se apresuró a negar—, puedo tomar un taxi. Ya hiciste bastante por mi, no quiero causar otra molestia.

Cuando el pelinegro se volvió, vio que su sonrisa era suave y triste.

—Ya eres molesta.

Sakura dio un respingo; elevó la cabeza tan rápido que, con un poco más de fuerza, habría sufrido el síndrome de latigazo cervical. Parpadeó desenfrenadamente mientras el rubor ascendía hasta sus mejillas. Aquel gesto había sido tan familiar, tan genuino.

Antes de que el azabache pudiera precipitarse al pasillo, la voz desesperada de Sakura lo obligó a detenerse.

—¿Por qué haces esto por mi?— quiso saber.

Era evidente que Sasuke había estado preparándose para aquel momento. Hizo una dramática pausa, desvió la mirada de la puerta para dirigirla directamente a ella.

Él la diviso con curiosidad, y antes de que el antinatural mutismo se propagara alrededor de ellos, sus miradas se cruzaron; ninguno de los dos pudo adivinar en los ojos de quién había más aprensión y tristeza.

Sasuke esbozó una mueca de dolor, pero haciendo tripas el corazón, recitó:

—Porque alguna vez estuve en tu lugar.


Sasuke aparcó el automóvil a unos cuantos metros de la entrada. La imponente casa, reservada y silenciosa, brillaba a la luz del sol; las vidrieras reflejaban los verdes macizos del césped y la terraza.

«Itachi trabajó duro para construir una casa de acuerdo a los gustos y exigencias de Izumi…», las palabras de Sasuke reverberaron en los recovecos de su mente. Se sintió enferma, como si una vena que fuera desde su garganta hasta la pelvis se hubiera agriado.

—¿Estás segura de esto?— preguntó el azabache, contemplándola de reojo.

La casa que alguna vez le pareció hermosa, ahora la consideraba horrenda. La odiaba. Y no podía sobreponerse a aquel odio.

—Lo estoy— dijo armándose de valor. Aguantó su mirada sin bajar los ojos.

Un tenso mutismo se instaló entre ellos. Por el rabillo del ojo, estudió a Sasuke como si de una criatura exótica se tratara. Después de la charla la noche anterior, ella pensó que quien se vería más satisfecho sería él, pero al toparse con su rostro apacible solo encontró duda y un pequeño atisbo de contrariedad.

El pelinegro lanzó un resoplido.

—Gracias, por todo, Sasuke— masculló ella.

Sasuke abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir nada, descendió del coche.

Al apearse del automóvil, allí donde el camino para coches terminaba delante de su hogar, en aquel semicírculo de cemento destinado a facilitar a los vehículos la maniobra de dar media vuelta, pensó que hogar no era la palabra adecuada.

«Sakura sólo cree en lo que ella ve. Le muestro lo que quiere contemplar. Así que, para mi, ella es fácil de manipular», las entrañas se le removieron. Conforme se acercaba a la entrada, más temerosa se sentía. No sabía de dónde sacaría fuerzas para confrontar a Itachi, pero debía hacerlo. En cuanto lo tuviera de frente, le pediría que le explicara como habían sufrido semejante metamorfosis, cómo se habían vuelto capaces de tanta falsedad.

En cuanto cruzó el umbral de la puerta, el peso de todo lo sucedido se le vino encima. Atravesó a trompicones el recibidor y, victima de un ataque de náusea, se sostuvo de una pared con los ojos cerrados. Notaba fuertes palpitaciones en la cabeza, y lo único que le impedía vomitar era que sabía perfectamente que no tenía nada en el estómago.

En esa casa tranquila y oscura se le habían pasado por alto una combinación de cosas, o una red de cosas. Había un sistema que funcionaba más allá de su comprensión que había partido su vida en pedazos. Se apoyó con fuerza en la pared. No podía soportar la idea de lo que ocurría, de las verdades que se le habían escapado. De haber existido posibilidad de dormir, tal vez esperaría hasta el día siguiente, o la noche siguiente, pero no podía esperar, no podía hacer nada hasta terminar con eso.

Escuchó los pasos, tan sigilosos como los de ella, y el crujido de la madera. No estaba sola.

Por fin, escuchó el sonido de su voz.

—Ya está en casa. Si, todo esta bien, llamare después. Hasta luego.

Un escalofrió se abrió paso por toda la extensión de su columna vertebral. Giró sobre los talones para encararlo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para mirarlo, pero ahí estaba él, de pie en medio de la estancia, con la camisa desabotonada, el cabello perfectamente acicalado y el semblante cansado.

—Estuve buscándote toda la noche— se apresuró a decir.

Cansada y con las piernas temblorosas, pasó de largo frente a su esposo y comenzó a subir los peldaños de la escalera, uno a uno, acariciando con los dedos el gélido terminado de madera del barandal.

—¿Dónde estuviste?— indagó, siguiéndola de cerca—. Llamé a Ino para preguntar si estabas ahí, incluso hablé con tu madre.

Sakura creía que ya había sufrido un ataque de furia anteriormente, cantidad de veces, pero ahora se daba cuenta que estaba completamente equivocada.

—No debiste hacer eso— le reprochó al encararlo una vez más. El sonido de su voz la turbó. Era demasiado débil y aguda—, conoces la delicada situación en la que se encuentra mi madre.

—No me dejaste otra opción.

Reanudó el paso y se dirigió a la habitación. Lo que necesitaba en ese momento era un baño caliente y dormir. Sin embargo, ambas cosas se le negarían.

Ingresó en el cuarto con un indiscutible aire de fiera enjaulada con Itachi siguiéndola de cerca, casi pisándole los talones.

Se despojó de los zapatos altos y los lanzó al suelo sin el menor cuidado. Pronto sufriría un colapso emocional, lo supo en el instante en el que comenzaron a escocer sus ojos.

Sin un ápice de delicadeza, se arrancó los pendientes que la habían fascinado la noche anterior. Probablemente pertenecían a Izumi, tal como todas las cosas presentes en esa casa, inclusive su marido.

—Sakura, no contestaste mi pregunta ¿Dónde estuviste? — preguntó mientras le lanzaba una oscura ojeada de reproche.

Tratando de controlarse, la aludida estrujó los puños mientras inhalaba y exhalaba varias veces.

—Me quedé en el apartamento de Sasuke— confesó.

El semblante de Itachi se transformó; en un parpadeó pasó de la completa calma a la decepción.

—¿Dormiste con él?— no era una acusación, pero su voz parecía controlada forzosamente.

Ella puso los ojos en blanco, procurando no parecer dolida.

—No, dormí en su apartamento— aclaró—.Estás sacando conclusiones precipitadas.

Dirigió el andar hacía el vestidor. Itachi siguió sus erráticos pasos por la amplia geografía del cuarto.

—¿Por qué te marchaste de repente?— le interpeló con desidia—. Cuando regrese al salón ya no estabas.

Sakura bufó para sus adentros al tiempo que le lanzaba una oscura ojeada de reproche. Itachi se veía cansado, aún cuando portaba algunas prendas del esmoquin negro.

No es que se pasaran la vida peleándose de ese modo, Muy al contrario. Sakura no era de las personas que disfrutaran con las peleas. A pesar de ello, es posible que disfrutara la seca superficie de aquella paz cotidiana del mismo modo que una persona se arrancaría con las uñas agrietadas costras, pues las dos ansiaban que algo brillante y líquido fluyera de nuevo, que manara y corriera viscoso entre sus dedos. Y, no obstante, temía lo que pudiera encontrar debajo. Temía que, en el fondo, odiara su vida y aborreciera estar casada, y que incluso, en algunos momentos, aborreciera ser la mujer de Itachi, pues él era el responsable de que sus días se hubieran convertido en un torrente interminable de secretos.

Pero, por mucho que se gritaran mutuamente, la crisis matrimonial seguiría sin resolverse.

—Escuche la conversación que tuviste con tu madre— soltó de repente.

Entonces lo notó. Como un olor o un cambio en la carga eléctrica del aire. Tenía que ver con el porte de los hombros y la mirada inexpresiva y brillante en él y la sequedad de garganta de ella.

Itachi palideció de golpe; se puso a temblar visiblemente al oír esas palabras. Se apoyó a las jambas de la puerta. Verle temblar de ese modo era aún más impactante que la declaración de la noche anterior.

—Lo que dijiste…— se detuvo un momento al notar la presión en la garganta, no podía respirar a causa de la furia—.¿Es verdad?

La mirada suplicante de la pelirosa y la indolente del Uchiha, colisionaron en un violento encuentro de emociones. Sakura intentaba ignorar la impetuosa necesidad de conocerlo todo.

—Lo lamento, Sakura— susurró él. Entró en la habitación, se apoyó en la pared y la contempló como si estuviera enfrentándose a un pelotón de fusilamiento.

—Todo este tiempo tu estuviste mintiendo— susurró—. ¿Por qué lo hiciste?— lo señaló con el dedo índice—.¿Cómo pudiste hacerlo?

—Puedo explicarlo todo— apresuró a decir—.Ni siquiera conocías a Izumi.

—¡Calla!— gritó ella.

No soportaba oírle hablar con ese tono desesperado tan habitual sobre todos los secretos que guardaba, como si aquella mujer fuera algo absolutamente normal, como una vieja amiga.

Le parecía increíble que Itachi hubiese omitido su matrimonio pasado, que se había convertido en un viudo luego del suicidio de su esposa, y que tal vez estaba llenando ese vacío con ella.

«¿Qué es lo que sé? ¿Y qué es lo qué no se?», se cuestionó.

—No estamos hablando del hecho de si la conocía o no— colocó ambas manos en las caderas, la rabia se apoderaba de ella con un estremecimiento—, sino que omitiste por completo un aspecto tan importante en tu vida ¡Estuviste casado! Y tu esposa…— hizo un esfuerzo monumental para no romper en llanto, no quería llorar frente a Itachi, no en ese momento.

El azabache comenzó a dar vueltas como un oso enjaulado.

—Se que debí contártelo, pero no pude hacerlo.

Sakura puso los ojos en blanco.

—Es un tema serio, Itachi, no una anécdota vergonzosa de cuando eras niño o un adolescente.

—Lo sé.

—Tengo la impresión que no es así— dijo en tono condescendiente.

—Sakura, por favor, escúchame— suplicó, avanzando hacia ella—.Te diré toda la verdad si me lo permites.

La pelirosa mordió su labio inferior.

Confesar. Itachi debía confesar. Eso era evidente. Debería aclararlo. Dejarlo todo más claro que el agua. Reparar.

Por un momento su mente se detuvo del todo.

—¿Lo harás?— cubrió su cuerpo con los brazos. Temblaba de frio.

—Lo haré— respondió el azabache con determinación.

Se quedó quieta, intentando asimilar la sensación ya familiar que la invadía. Era como si le vertieran ácido en el cráneo. El ácido bajaba a través de su cuerpo y llegaba hasta las puntas de los dedos de las manos y de los pies, dejando a su alrededor un charco de sustancia negra y pegajosa. Ya empezaba a acostumbrarse, empezaba a saber como reaccionar.

Cualquier cosa que supiera, comprendiera o pudiera verificar lo dejaría de momento quiero. Todo aquello que no hubiera visto o no pudiera asegurar, lo dejaría abierto como un artefacto que devolvería más tarde, cuando tuviera fuerzas, cuando volviera a pensar con claridad, si es que llegaba ese día.

Continuara


N/A: Y con esto damos comienzo a la segunda parte de esta dramática historia :3 parece una montaña rusa de emociones, pero los secretos comienzan a desvelarse.

Esta vez no ahondare en notas porque estaría realizando un spoiler monumental, sin embargo, para todas las personas que en sus reviews tenían la ligera sospecha de que Izumi se había suicidado… bueno, eso es lo que sabemos hasta el momento.

Respecto a las actualizaciones, intentare publicar tan rápido como me sea posible. Ahora con todo este asunto de la cuarentana tenía más tiempo para escribir, sin embargo, estoy retomando poco a poco mis obligaciones, así que ténganme paciencia :c

Como siempre, mil gracias por sus bonitos follows, por esos espectaculares favorite y, en especial, por sus reviews, estoy plenamente en deuda con ustedes, espero no decepcionarlos con el desarrollo del fic 3

Sin nada más que añadir, les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren. ¡Cuídense mucho! Espero leerlos pronto 3

¡Hasta la próxima!