Avanzaron silenciosos, en calma y juntos en esa nueva oportunidad

Los días pasaron, y aquel momento no fue olvidado, era imposible hacerlo. Aquellas palabras, la promesa de continuar acompañándose y el contacto íntimo que tuvieron rondarían en su cabeza por un buen tiempo.

Como una suave cosquilla en el estómago, el recuerdo la alteraba y la asustaba; se sentía demasiado irreal, adictivo. Y todas aquellas nuevas sensaciones, despertaron algo que creía dormido y oculto, como un roce en el corazón, como un susurro ansioso que la invitaba a ilusionarse.

Pero ella no quería eso.

Todo estaba muy reciente, su corazón estaba dolido y no quería tener un amor no correspondido. No otra vez.

Así que serenó su corazón, lo calmó y cada vez que su mirada se cruzaba con la de Gaara se recordaba a si misma que él solo la estaba ayudando a adaptarse.

Como precisamente ocurría en ese momento, en su balcón.

Ambos estaban ahí, sentados en un sofá, tomando una taza de té acompañándose en mitad de la noche.

Como todos los días, a la misma hora.

Gaara había adoptado esa pequeña rutina de visitarla todas todos los días, sin falta, en aquel pequeño y acogedor balcón.

Había noches en que el silencio los acompañaba y otras en las que conversaban, y otras en las que él buscaba contacto.

Como ese día, en que él sin decir una sola palabra, se sentó a su lado, y buscó su mano, enredando sus dedos, sin llegar a tomarla completamente; como si fuera algo totalmente normal.

- ¿Te desagrada?

Ella lo miró sin comprender a que se refería y él llevó sus ojos hacia ella y luego hacia sus manos enredadas.

- No, se siente bien- respondió ella- ¿y ti?

- Me gusta.

Hinata se sonrojó ante la brutal sinceridad, pero comprendió que él era así. Que Gaara decía las cosas tal cual las sentía y eso era lo que lo hacía tan especial.

Y así, con aquella agradable compañía, los días en Suna avanzaron.

Volvió a ser la aprendiz de la herbolista y su dinero ganado en Konoha fue transferido en su cuenta en Suna; con eso, se compró ropas adecuadas para ella y sus armas.

Ahora se veía como un ninja de la arena y el sentimiento comenzaba a llenarla de orgullo.

Bajo la atenta supervisión de los médicos, comenzó a retornar a los entrenamientos hasta ser dada de alta completamente. Fue ingresada a la unidad de Matsuri y con ello, recibió su banda de la Arena.

Y a pesar de que fue un buen día, no pudo evitar pensar en Kiba y Shino, y aquellas celebraciones tenían en sus tiempos como equipo ocho.

Casi podía imaginar a Kiba irrumpiendo con Akamaru en su pequeña sala de estar y Shino regañándolo mientras dejaba algún regalo en la mesa; y ella preparando alguna comida para compartir.

Probablemente, nunca dejaría de extrañarlos.

Así, desde ese día en adelante, su banda de Konoha descansó junto a la foto de sus amigos, en un pequeño mueble de su sala de estar junto a la foto de Neji; ambos, recuerdos que Kankuro había traído de vuelta en su regreso a Suna.

Los días continuaron avanzando, y se adaptó con facilidad las ordenes de Matsuri y a sus nuevos compañeros de unidad. Y pronto, se encontró compartiendo y paseando por la aldea en compañía de ellos, saludando a las personas y teniendo pequeñas pláticas.

Pero algo empezó a molestarla, como una pequeña espina que altera de forma imperceptible la realidad.

- Matsuri-san – se acercó Hinata a la chica castaña- ¿Porqué no tengo misiones como los demás?

Le intrigaba ese pequeño detalle, que por más de un mes desde su alta no había pasado desapercibido para ella.

Era un ninja, vivía para las misiones.

Así que, preparada para recibir su respuesta y mejorar lo que fuera que tuviera que mejorar, escuchó con atención.

- El Kazekage ordenó que no se asignaran misiones – indicó, restándole importancia al asunto.

Esa, de todas las respuestas, era la que menos se esperaba.

Y no tenía una razón lógica.

Así que esperó a que la jornada terminara y sin demorar un solo minuto más, se presentó ante Gaara para saber lo que ocurría, o que le faltaba.

Tal vez, había pasado por alto algunas costumbres de la Arena.

Anunciaron su llegada, y Gaara se mostró animado al verla y dejó sus papeles de lado para escuchar lo que necesitaba.

- Kazekage-sama, me gustaría saber porqué estoy vetada de tomar misiones.

La mirada de él viajó a su escritorio y al alto de papeles, para luego volver a ella. Y Hinata, que en ese poco tiempo había aprendido a conocerlo, notó que estaba buscando una excusa.

- Aun no estás recuperada.

Frunció el ceño al escucharlo, y replicó con suavidad.

- Hace varias semanas que estoy dada de alta y de servicio.

Él realizó el mismo pequeño gesto de desviar la mirada, pero esta vez, no la devolvió a ella cuando pronunció su respuesta.

- Lo pensaré.

El día continuó su recorrido y el sol se ocultó; como siempre, como todos los días. Y aquel joven Kazekage recorrió las calles de la aldea en silencio y con calma, llevando consigo un pequeño cactus.

Abrió la pequeña puerta de madera del antejardín y avanzó por aquel espacio que estaba comenzando a tomar forma gracias al trabajo de Hinata y tocó la puerta.

Sintió unos pequeños pasos apurados del otro lado y como ella se acercaba a la puerta, y en sus labios se formó una pequeña curvatura con forma de sonrisa.

Habían pasado tantos momentos acompañándose que podía imaginarla avanzar al sentir su llamado.

A veces, incluso, no dejaba su cabeza en toda la jornada; haciendo sus días eternos, solo para llegar a este momento.

Giró la manilla y apareció detrás de aquella entrada, en una imagen que le quitó el aliento.

Como esos dulces sueños que muy pocas veces lo visitaban.

Su cabello estaba aún mojado, despeinado (probablemente deshumedecido con la toalla) y caía como una cascada, salvaje, por sus hombros. Llevaba una simple polera sin mangas blanca y pantalones cortos gris oscuro, por lo que su blanca piel se podía ver sin restricción, y su aroma a lavandas y hierbas se desprendía sin control; como una irresistible tentación.

Su rostro, limpio y luminoso, aún mantenía las mejillas sonrojadas por el agua caliente, y Gaara sintió la imperiosa necesidad de acercarse más de lo debido y tocar su rostro, sus brazos, sus manos. Dejarse embriagar por su aroma, y simplemente quedarse ahí.

Ahí, con ella.

Pero volvió desde su pequeña burbuja e ingresó, como todos los días.

Y hoy tenía que conversar, hablar de cualquier cosa con tal de no estar mirándola fijamente, ni encontrarse avanzando más de lo necesario; ansiaba una distracción para poder mantenerse ahí, sin que tener que salir huyendo.

- Te traje esto- comenzó.

Hinata se giró, desde el lugar donde servía sus tazones de té para llevar su mirada a él y ver el pequeño cactus. Sonrió.

- Gracias, ¿Para el jardín?

Asintió con un movimiento de cabeza mientras tomaba su taza.

Subieron al segundo piso y se sentaron en aquellos sillones que siempre los acompañaban.

- ¿Y como estuvo tu día?

Hinata se volvió hacia él, extrañada de su afán en armar conversación, pero sin cuestionar sus motivos. Se acomodó, con las piernas arriba del sillón, acurrucándose y se giró hacia él, entendiendo que esa era una de esas noches en las que llenarían el ambiente con palabras.

- Bien, hoy conocí a mi compañero de equipo, Matsuri me lo presentó, se llama Ichigo y es de mi edad.

Movió su cabeza indicándole que escuchaba y ella continuó.

- Me invitó a almorzar y me contó que le gusta la jardinería; así que se ofreció a ayudarme con mi patio.

Y ahí, fue cuando Gaara supo que ese ninja no sería de su agrado.

Algo en su cabeza vibró, como una alerta, como una pequeña señal de que debía evitar aquello. Porque ese era el espacio de ella y él.

- No es necesario- indicó- yo te ayudaré con eso.

El día siguiente llegó y como correspondía, Hinata se presentó en su unidad para iniciar el día.

Matsuri era una jefa dura, estricta y exigente; todo aquello que se esperaba de la aprendiz del Kazekage y para Hinata estaba perfecto. La disciplina era un arte para ella.

Así que, desde temprano, iniciaban con un entrenamiento y trabajo en equipo, para luego saltar a prácticas individuales o con sus propios compañeros.

Fue en eso, en mitad de la mañana, cuando el Kazekage se presentó, seguido de Kankuro.

Barrió con la mirada el lugar, mientras avanzaba junto a su hermano y Matsuri; y sus ojos encontraron su objetivo: Hinata.

Había ido a ver a la chica y a saber quien era ese tal "Ichigo", que amenazaba con su tranquilidad.

Sí, era infantil; y sí, él lo sabía.

- Veo que Hinata ya tiene algunos admiradores- murmuró su hermano y Matsuri sonrió.

- Ella es especial por donde quiera que la mires- complementó la chica- como ninja y como persona, es inevitable que estos buitres la acechen.

- ¿Quién es el que está con ella?

- Ah, es Ichigo, a quien asigné como su compañero; se complementan.

Gaara frunció el ceño al escucharlos, y antes de que pudiera razonar, se encontró caminando hacia el par.

Hinata e Ichigo se encontraban tomando una botella de agua en un pequeño descanso que se habían dado cuando notaron la presencia del Kazekage frente a ellos. Ambos, rápidamente se giraron e hicieron una profunda reverencia.

Gaara llevó su mirada desde la interrogante de Hinata hasta la decidida del chico y luego volvió a la de ella, y algo en él se encendió. Una imperiosa necesidad de hacerle saber a ese ninja, que él era importante para ella; como un grito que le pedía marcar una línea que ese chico no debía cruzar; una amenaza, una advertencia para todo aquel que lo intentara porque ella no era accesible.

- Buenos días Kazekage, mi nombre es Ichigo- se presentó el chico.

Llevó su mirada al chico, nuevamente, y asintió, para luego volver su atención a Hinata.

- Hinata, hoy …

- ¡Hey, Hinata! - interrumpió Kankuro apareciendo al lado de Gaara- ¿combatirías conmigo?

El Kazekage volvió su mirada hacia su hermano, y este, sin prestarle atención, dio un paso hacia la chica mientras todos dejaban espacio para el combate que aún no había sido autorizado.

Quiso intervenir, negar aquella petición, y llevarse a la chica tal y como lo había planeado desde un principio. Pero había cosas que él no podía controlar y fue así, como el combate inició.

Frente a frente, Kankuro dejó su marioneta, Karasu, lista para iniciar y Hinata activó su Byakugan.

El combate empezó a la señal de Matsuri.

Karasu, dio un salto a gran velocidad para iniciar el baile mortal y Hinata lo logró esquivar.

- ¡Juuken!

Kankuro esquivó el ataque y sonrió.

- ¡Sou Shuu Jin!

Las cuchillas del chico salieron disparadas, unidos con un hilo de chakra que Hinata comenzó a esquivar. Y cuando iba a da un paso más, algo retuvo sus pies.

Miró rápidamente de que se trataba, y ahí, justo debajo de él, un pequeño remolino de arena giraba, deteniéndolo.

Gaara.

Hinata detuvo su puño suave al notar el chakra del Kazekage en el combate y ambos miraron al chico con ojos interrogantes.

Gaara desactivó la arena y desvió la mirada.

- Continuemos- indicó Kankuro y Hinata asintió.

Pero nuevamente no llegarían muy lejos.

Kankuro preparó su ataque otra vez y Hinata corrió hacia él con sus leones de chakra azul activados. Y de nuevo, no pudieron concretar el ataque.

Una pared de arena se levantó, bloqueando, claramente, el ataque se Kankuro hacia Hinata.

- ¡Qué demonios! - exclamó el mayor.

Hinata rodeó aquella pared, sorprendiendo a Gaara y provocando una sonrisa en Kankuro, preparado para recibir el ataque.

- Kawarimi no jutsu.

Desapareció de la vista de la Hyuga y apareció en la espalda de Karasu, listo para atacar nuevamente cuando un notorio escudo apareció protegiendo a la chica con arena.

- ¡Hey! – gritó Kankuro en dirección a su hermano- ¿que se supone que estás haciendo?

Hinata también miró en su dirección, con el ceño fruncido y visiblemente molesta de que no la dejara combatir, ni defenderse sola.

Avergonzada de toda la situación.

Pero todo aquello no pareció importarle a Gaara, quien apareció frente a ellos y dirigió su mirada a la chica, ignorando olímpicamente a su hermano.

- Sígueme.

Hinata, confundida, miró a Matsuri quien solo asintió y se fue caminando detrás del extraño Kazekage.

Recorrieron la aldea, con él caminando delante y ella atrás, siempre atenta y se detuvieron en un pequeño café para almorzar.

Ingresó y eligió una mesa cercana a la ventana y Hinata se quedó de pie a su lado, aún sin entender de que iba todo aquello.

- Siéntate, vamos a almorzar- indicó.

Confundida, tomó el asiento disponible.

- ¿Qué es lo que ocurre?

- Querías una misión – habló él mientras miraba la carta – yo soy tu misión.

Ella se mantuvo en silencio, evaluando la situación e intentando entender que era lo que realmente esperaba que hiciera.

- ¿Una misión escolta?

Asintió, y ella inmediatamente se levantó para montar guardia como correspondía.

- ¿Dónde vas?

- A vigilar el lugar y asegurarme de que no haya enemigos.

Activó su Byakugan un momento, escaneó el lugar y avanzó.

- Siéntate- indicó él.

Hinata se giró, y sabía claramente que no había necesidad de una misión escolta, que Gaara estaba haciendo aquello para no darle una misión real y dejarla tranquila, y eso le molestó; se sintió inútil.

- Estoy de misión, Kazekage.

- Te lo ordena el Kazekage.

El resto de la comida se mantuvo en un incómodo silencio que Hinata no pretendía alivianar y que Gaara pretendió ignorar.

Tenía el orgullo herido.

En silencio, lo acompaño todo el día; en su despacho, en sus rondas diarias por la aldea y en sus reuniones; y en ningún momento, abandonó aquel silencio.

Y Gaara supo que ella estaba molesta, pero no pensaba retroceder.

Se despidió cortésmente cuando él indicó que la jornada había terminado y ni siquiera volvió su mirada; simplemente salió y no regresó.

Con una gran caja, inició su recorrido hacia la casa de Hinata; como todos los días.

Nervioso, porque sabía que ella estaba molesta y con intensiones de hacerle ver su punto de vista en aquella situación.

Golpeó aquella puerta de madera y escuchó como ella se acercaba, sin la misma energía de siempre. Abrió y sus miradas se encontraron una vez más.

Pero esta vez, fue él quien desvió la mirada avergonzado.

El joven Kage sabía que no estaba comportándose como debía, pero de nuevo, con Hinata él nunca se había comportado como se suponía que era.

Ingresó y dejó aquella caja en la mesa, y ella continuó su labor de servir sus tazas de té, sin prestarle atención; ignorándolo.

Así que decidió hablar.

- Te traje comida para una semana- indicó

- Necesito una misión, necesito ganar dinero- respondió ella.

Su mirada se clavó en la suya, directa, molesta; y tan intensa, que él casi no pudo sostenerla.

Dio un paso hacia él, como si buscara intimidarlo; lenta pero decidida, inquietándolo.

Y esa era una nueva versión de Hinata para él, una que despertó un lado que no sabía que existía, uno que buscaba continuar molestándola, enojándola y viendo aquellos cambios de humor que le parecieron interesantes.

Esta faceta era furia, rabia y a la vez vida; y esos ojos blancos, mostraban sentimientos que solo él quería provocar.

Solo él quería verse en esos ojos y ser el dueño de aquellas emociones tan fuertes.

- Ya tuviste una, y serás pagada por ello.

Mantuvo esa mirada acusadora con la que le miraba y él respondió más seguro ahora que había descubierto aquello.

Quiso presionar un poco más.

- Mañana te necesitaré de nuevo- continuó.

Vio como su mandíbula se apretó, contenida; probablemente, para no gritarle en la cara lo que él ya sabía.

Que estaba siendo un malcriado.

Pero la verdad, es que más allá del capricho de tenerla cerca, de que no estuviera con sus compañeros ni ese Ichigo; Gaara tenía miedo. No quería verla herida otra vez.

No quería que estuviera en el hospital, luchando por su vida de nuevo; no quería repetir aquella imagen de ella muriendo, en sus brazos, una segunda vez.

- ¿Porqué?

La voz de la chica se escuchó clara y fuerte, a pesar de que no subió en ningún momento el volumen de su voz.

Y las palabras escaparon solas de su boca, antes de que pudiera callar aquel oculto motivo. Como si ella tuviera alguna clase de poder que le hacía soltar todo aquello que mantenía guardado, con solo una orden.

- No quiero volver a verte herida.

Rendido, ante la verdad que había liberado, aceptó que ella supiera y terminó aquella tortura.

- Ni quiero exponerte más de lo necesario y si puedo detenerlo, lo haré.

Esta vez, sus ojos se suavizaron y su rabia menguó; sus facciones se relajaron y como nunca había ocurrido, fue ella quien dio el primer paso.

Esta vez, ella lo buscó.

Avanzó un poco, acercándose y rompiendo la línea de la prudencia, invadiendo aquel espacio que él siempre conservaba. Sujetó la manga de su chaqueta rojo oscuro, algo indecisa, y al ver que Gaara no la rechazaba, decidió actuar.

Deslizó sus dedos con suavidad, temerosa, por la mano de él y a sujetó completamente; haciendo lo que él nunca se había atrevido a concretar y Gaara corrigió el agarre entrelazando sus dedos con más seguridad.

Y sus manos calzaron a la perfección, como si fueran hechas para aquello.

Sus mejillas se sonrojaron con la sorpresa de verse correspondida con tal decisión, y él esperó ahí, quieto, saboreando aquella sensación de victoria al saberse buscado. Manteniendo aquel contacto que no ansiaba romper.

Y ella habló.

- Soy ninja, y es inevitable.

La mirada de él se intensificó, atrapándola con brazos invisibles, en un momento que pareció una eternidad.

Dio un paso más hacia ella.

- Puedo darte misiones que te mantengan a salvo, aquí y conmigo.

- Y entonces, jamás podría volar.

Y sería un verdadero pájaro enjaulado.

Quiso negar aquellas palabras, quiso decirle que no había necesidad de buscar aquello y que en Suna ella podría hacer todo lo que quisiera porque él podría preocuparse de que no le faltara nada. Pero sabía que era muy egoísta de su parte algo como aquello.

Hinata había nacido ninja, había forjado su camino.

Y estaba ahí por libertad.

Él la había acogido con una promesa de darle las alas que él mismo le estaba quitando con sus miedos.

Llevó su mirada al piso, avergonzado por como se había portado y asustado de tener que liberarla.

- Mañana, ve a mi oficina con tu equipo.

Ella apretó levemente su mano y Gaara devolvió su mirada hacia ella mientras una sonrisa de asomó en el rostro de la Hyuga.

- Gracias.

Él asintió y ella lo soltó para tomar sus vasos de té y entregarle el suyo.

- Y gracias por la comida.

Tres días.

Tres largos días habían pasado desde que le entregó la condenada misión a ella y al equipo que le había asignado Matsuri: Ichigo y Natsuo. Y las noches se habían hecho eternas en la espera, y los días demasiado largos.

Hinata le había dejado las llaves de su casa para que fuera cuando quisiera, entendiendo que entre ellos había confianza y que él necesitaba aquellos espacios; y Gaara no dudó en ir.

Buscaba su presencia, su recuerdo o cualquier cosa que lo tranquilizara en su ausencia.

La dependencia que había creado era enorme y no verla se volvía angustiante; como un vacío.

¿Su vida siempre había sido así? ¿vacía?

Probablemente, y tal vez, la llegada de Hinata había sido lo que le permitió notarlo, revolviendo todo a su alrededor de forma agradable; sacándolo de aquella rutina monótona que llevaba, de una vida sin propósito.

Había sido como si Hinata lo hubiera despertado de un largo letargo, en el cual él había vivido para su aldea, pero sin un motivo para vivir por él mismo.

Y ahora estaba ahí, solo, volviendo a esa rutina antes de ella y sin encontrarle el sentido.

La tercera noche terminó, y Hinata no apareció, ni su equipo tampoco.

Esa misión estaba presupuestada para dos días.

Dos días, y ya empezaban el cuarto.

Los papeles comenzaban a acumularse en su escritorio, otra vez; su malhumor se hacía evidente y la falta de concentración le había obligado a cancelar todas sus reuniones.

- Es normal que las misiones tomen más de lo debido.

La voz de Kankuro se escuchó desde la puerta.

- Debería haber regresado hace dos días.

El mayor se apoyo en una de las paredes mientras se cruzaba de manos.

- No tenía idea de que te preocupabas de esta forma por tus shinobis.

Gaara lo fulminó con la mirada mientras guardaba silencio y él simplemente sonrió con suficiencia.

Kankuro ya había deducido todo y Gaara lo sabía.

- Ya regresará.

Avanzó de vuelta hacia la puerta.

- Cuando lo haga, hazte el favor de decirle lo que sientes- indicó- u otro se te adelantará.

Siguió su camino, dejando aquellas palabras tan ciertas con el Kazekage.

El día continuó sin novedad, entre agobiantes reuniones y visitas sin sentido, y cuando la noche llegó, tomó su calabaza y escapó de aquel despacho.

Avanzó rápido entre los tejados, hacia aquel lugar que lo calmaba un poco en esa angustiante espera, y ahí, a lo lejos, la distinguió ingresando por el portón.

Aterrizó, antes de que ella lograra abrir la puerta de madera de la casa, en aquella oscuridad de la silenciosa noche del desierto.

Y actuó antes de que ella pudiera hacer algo, como si aquello fuera un ataque; guiado por sus instintos y necesidad.

Pasó sus brazos por su cintura, desde su espalda y la atrajo hacia él en un abrazo desesperado.

Podría haberse soltado con facilidad, pero la sorpresa ante aquel movimiento inesperado la dejó en silencio, sin palabras. A merced de lo que él quisiera hacer en ese momento.

Gaara se inclinó un poco más, ampliando ese contacto, aprisionándola un poco más contra él y hundiendo su rostro entre su cuello y aquel cabello negro que adoraba. Sin permitirle girarse y enfrentarlo.

Ese instante lo era todo para él.

Y ella sintió que aquellas llaves que su corazón tenía comenzaban a ceder ante él.

Su aroma inundó sus sentidos y esas pequeñas manos que sujetaron las suyas le hicieron abrir su corazón de manera inesperada, arrebatada; como todo lo que estaba haciendo en ese momento.

- Te extrañé.

Hinata cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones de aquel abrazo, de su pecho duro y tibio contra su cansada espalda, de su respiración en su cuello, de aquel cabello rojo que rozaba con suavidad su rostro y de aquellos brazos fuertes y seguros que la sujetaban.

Ella quería esto.

Y debía ser sincera, aún cuando se sintiera confundida y asustada de todo aquello que comenzaba a sentir.

- Yo también.

Gaara aflojó su agarre al escucharla, cuando sus palabras produjeron un agradable escalofrío que lo recorrió por completo, dejándolo débil y expuesto, pero lleno de emoción.

Su respiración se aceleró, nervioso, ansioso.

Hinata aprovechó aquel descuido y se giró, quedando pegada a su cuerpo, con sus manos apoyadas en su pecho y su rostro a centímetros de él.

Sus ojos se encontraron y Gaara no tuvo más dudas.

Estaba enamorado.

Y había caído desde el primer momento, en un sentimiento que nació y creció de forma lenta y segura; como aquellas plantas que ellos trabajaban. Que lo quemaba a fuego lento, como el sol del desierto, e iluminaba su oscura vida como la luna.

La necesitaba y ya no podía hacer nada por evitarlo, él le pertenecía a ella.

Así de simple.

Con ese claro descubrimiento, supo que ya no podía dejarla ir.

Avanzó, un centímetro tras otro, en ese largo recorrido de aquella corta distancia que los separaba.

Anhelaba un contacto que no conocía, una cercanía que no había experimentado jamás, pero que lo llamaba como un imán.

Y ella, atrapada en esos ojos intensos, se dejó guiar por ese universo de emociones que comenzaban a fluir libres y salvajes, sin control; y que solo pedían continuar aquel encuentro sin necesidad de explicaciones.

Porque tal vez, ella ya sabía que le estaba ocurriendo y no quería admitirlo.

No aún.

Sus narices se encontraron en un roce, en aquel largo y angustiante camino, y ambos por instinto, cerraron sus ojos permitiéndose disfrutar de aquel tenue y agradable contacto.

Adictivo.

Y siguió ese camino de roces tímidos y suspiros que comenzaban a mezclarse, con un deseo desconocido por avanzar en aquel momento hacia lo que sería el principio y el fin.

- ¡Hey, Hinata!

Una voz se dejó escuchar desde la calle, del otro lado del jardín, interrumpiendo aquel ansiado encuentro y haciéndolos volver a la realidad.

Se soltaron lentamente, sin decir nada, sin concretar algo, como si fuera un secreto acordado sin palabras.

- ¿Natsuo?

Ella avanzó por el jardín y Gaara se permitió no soltar su mano, asomándose con ella.

- Oh, ¡Kazekage!

El chico hizo una reverencia al ver su rostro aparecer detrás de Hinata. Ella sonrió con dulzura.

- ¿sucedió algo? - preguntó ella desde el portón.

- Vamos a juntarnos a cenar en el restaurant, irá Ichigo, Matsuri y Kankuro-san junto a otros shinobis – indicó- vine por ti ¿Kazekage, quiere venir con nosotros?

Ella llevó su mirada desde su compañero a Gaara y sonrió con tranquilidad. Él devolvió la mirada y asintió.

No dejaría a Hinata sola con esos buitres después de lo que había estado por ocurrir y, además, había un asunto del que quería conversar con Kankuro.

Al fin y al cabo, él tenía mucha más experiencia en ese tipo de temas.

Y Gaara no quería dar un paso en falso en esa relación que comenzaba a nacer.