6. Atraes a más mujeres que Victoria's Secret el primer día de rebajas
—La pandilla glamour ya está aquí. Venga, tómate este café, levántate y déjame que me ponga manos a la obra.
Me arrancan de la cama y me obligan a sentarme. Por una vez, me alegro de que Itachi me haya dejado sola en la cama, congelándome. Quería salir a correr con su padre y, además, por mucho que me guste que sea mi estufita particular, no sé si le habría gustado verse emboscado en la cama por mis mejores amigas, cargadas con suficientes potingues como para meterle el miedo en el cuerpo y que se plantee muy seriamente la posibilidad de entrar en un convento.
—Ya sé que no me veis la cara debajo de la pelambrera que llevo, pero ahora mismo os estoy fulminando con la mirada.
Temari me da unas palmaditas en la cabeza y oigo cómo Ino y ella reparten toda la parafernalia que traen por la habitación. Una de las dos abre la puerta del armario y se oye el frufrú de la ropa mientras escoge lo que debo llevar para la ocasión a la que no tengo intención de acudir.
—No va a salir bien —anuncio con voz cantarina, y me trago el café como si fuera un desagüe.
Ino, porque creo que es ella, se sienta a mi lado y me obliga a levantar la barbilla. No tengo más remedio que apartarme el flequillo de los ojos y atravesarla con la mirada.
—Nosotras tampoco somos fans de los métodos de Mitokado...
—¡El eufemismo del siglo! —grita Temari desde algún punto de la madriguera de conejo que es mi armario-vestidor.
—... pero es buena idea. Si os ven a ti y a tu familia en público, actuando como la gente normal y corriente que sois, es más probable que no hagan caso de toda la basura que se ha publicado.
—Ayer fui al supermercado a comprar Kit Kats al por mayor y la cajera me preguntó si me los había recetado el psiquiatra porque está convencida de que el chocolate es antidepresivo.
—Vaya.
—Así que gracias, pero no, gracias. Me da igual el pueblo entero y lo que piensen de mí. Si a mi padre le parece tan buena idea salir ahí fuera y organizar una fiesta para todo el mundo, adelante, pero yo no pienso ir. De hecho, tengo planes. El tatuador me ha dicho que tiene un hueco hoy mismo, entre las seis y las ocho.
Temari aparece por la puerta del armario con un vestido negro colgando del brazo y una expresión desencajada en la cara.
—Oh, oh —susurra Ino a mi lado, pero no mueve ni un músculo para evitar que mi amiga me propine una buena paliza verbal.
—Te estás portando como una niña pequeña, pero de las que se chupan el dedo y llevan el pañal hasta arriba de mierda. Si te vuelvo a oír quejándote de que eres demasiado delicada para comportarte como una adulta y plantarle cara a toda esta locura, te aseguro que tú y yo tendremos un problema muy serio.
Me levanto de la cama de un salto. Seguro que impongo respeto con mi pijama del reno Rudolph, con su naricilla roja que cuando la aprietas hace ruido.
—¡No sabes de lo que estás hablando! No te imaginas qué se siente cuando la gente te mira, habla a tus espaldas y te juzga por cosas de las que no tiene ni puñetera idea.
Temari frunce el ceño.
—Ah, genial. ¿Que no lo sé? ¿De verdad piensas eso? ¿Crees que mi vida ha sido un remanso de paz? ¿Que la gente no habla de mis tatuajes, de mi pelo, de mis piercings? Ah, y de mi madre; se lo pasan teta haciendo suposiciones sobre qué fue de ella cuando se marchó del pueblo. Pero lo mejor de todo fue mi padre porque, según la gente, mi madre se acostó con casi todo Hollywood, así que cualquiera podría ser mi padre, desde el bueno de George Clooney hasta Robert Downey Jr. No te diré que no me resulte halagador, pero tampoco sería el mejor tema de conversación, ¿no crees?
De repente, me siento culpable y ridícula por mi pataleta de estos dos últimos días, y es que desde que el secretario de prensa de mi padre convocó la reunión de urgencia y nos preparó para lo que pudiera ocurrir, no he hecho otra cosa que quedarme encerrada en casa y de morros. Está claro que soy demasiado estirada para hacer algo drástico, ni siquiera en un momento crítico como este.
La cita con el tatuador era mentira, obviamente.
—Lo siento —le digo, y noto cómo me pongo colorada de la vergüenza—. Sé que me estoy comportando como una cría, pero es que pensaba que todo esto quedaría atrás en cuanto me marchara a la universidad, y ahora resulta que soy incapaz de quitarme de encima las tonterías que hice con dieciséis años. Ya estoy harta.
Temari me abraza.
—Ya sabes cuál es mi lema, Sakura: cuando la vida se te atraviesa, sé una zorra cabezona. No dejes que nadie te diga cómo debes sentirte, ¿me oyes?
—Te lo copiaría para una de mis redacciones, pero si quito lo de «zorra» seguro que no tiene el mismo efecto.
Ino se ríe y todo vuelve a la normalidad. Dejo que me arreglen para la fiesta de esta noche en el ayuntamiento y cruzo los dedos para que todo vaya bien.
Para poner las cosas un poco en contexto, los motivos que he comentado con mis amigas son los mismos que me han llevado a intentar prender fuego a los álbumes de fotos de Sakura la Obesa y a mostrar un comportamiento un tanto errático a raíz de la visita de Mitokado. Desde que el artículo sobre mi familia apareció en la prensa, siento como si las paredes se me vinieran encima. Los periodistas ya me estaban poniendo las cosas difíciles con lo de Itachi, pero ahora que estoy de vuelta en casa, en mi refugio, me doy cuenta de que no puedo sentirme segura ni siquiera aquí y, la verdad, estoy al límite.
Actúo así porque ahora mismo estoy cansada de mí misma, pero en cuanto se me pasa el berrinche y reflexiono sobre lo que me ha dicho Temari, me percato de que tiene razón. Nadie puede hacer que me sienta mal a menos que yo quiera sentirme así, y ella es el mejor ejemplo de lo que significa seguir siendo tú misma a pesar de que todo el mundo te juzgue por ello.
Respiro hondo, cojo una copa de champán de la bandeja de uno de los camareros que recorren la enorme sala y busco alguna cara que me resulte familiar o, mejor dicho, una en concreto. Itachi debería haber llegado hace una hora. Vale, habíamos decidido que hoy no hacía falta que me escoltara, pero tampoco me vendría mal un poco de apoyo moral, la verdad. Si es que estoy tomándome una triste copa de champán y la gente me mira como si estuviera pidiendo a gritos una reunión de Alcohólicos Anónimos...
—Hola —me saluda alguien a mi derecha, y no tengo más remedio que apartar la mirada de la puerta.
Vuelvo la cabeza y me sorprende muy gratamente encontrarme con una cara conocida. No hay muchas personas de las que conservo buenos recuerdos de mis años de instituto, pero el chico que tengo delante es una de ellas.
—¿Pain? ¡Hola!
Me acerco a él para darle un abrazo. ¡Por fin alguien que no cuestiona mi estabilidad mental! La fiesta la organiza el alcalde, pero por lo visto mis amigos y sus familias tienen cosas mejores que hacer. Ino y Sai no han aparecido, a mi hermano le he enviado varios mensajes para saber dónde están Temari y él y de los Uchiha tampoco sé nada. Me estoy poniendo nerviosa por momentos.
Mike estuvo saliendo un tiempo con Shion, la animadora que se portó más o menos bien conmigo incluso después de que Karin me relegara a la gradería. Perdimos el contacto después de la graduación, pero recuerdo que Pain y ella iban a ir juntos a la universidad, igual que Itachi y yo.
—Ostras, me alegro de verte. Hace un par de meses que no sé nada de la gente de clase. Miro a mi alrededor y veo que cada vez hay más gente.
—Si te soy sincera, me alegro de que la mayoría no haya venido. —Me encojo de hombros—. Pero a ti sí que me alegro de verte. ¿Tus padres te han obligado a venir?
Pain me sonríe.
—Cómo lo sabes, pero he de admitir que en tu casa sabéis cómo dar una fiesta de Navidad en condiciones. Puede que acabe probando hasta la tarta de frutas.
Me recuerda mucho a Naruto: transmite una especie de extraño encanto y, al mismo tiempo, hace que te sientas a gusto con él. Tiene constitución de defensa y seguramente también juega fútbol americano en la universidad, como Itachi, pero no me siento intimidada por su presencia.
—¡Oh, qué horror! La tarta de frutas no, ni te acerques a ella. No tienes ni idea de lo que lleva la receta secreta de la familia Haruno.
Se ríe y quizá son imaginaciones mías, pero creo que se acerca un poco más.
—Lo descubriré cuando la pruebe.
Ahora soy yo la que se ríe, incómoda y hasta un poco nerviosa. Me aparto imperceptiblemente.
—Y qué, ¿cómo está Shion?
Dejo la copa en la bandeja del camarero que pasa a mi lado y, muy a mi pesar, me abstengo de coger otra. Pain parpadea un par de veces y, de pronto, me doy cuenta de que está apretando la mandíbula.
—Ya no estamos juntos. Seguramente es lo mejor; ya sabes lo que dicen de los noviazgos de instituto.
Se le nota cierto resentimiento en la voz. Está claro que aún no lo ha superado.
—Pues la verdad es que no, pero siento que las cosas no hayan funcionado entre vosotros. Shion es de las personas más agradables que hay en este pueblo.
Me mira y no puede reprimir una mueca.
—La gente cambia. Ya no es tan agradable como antes. —De pronto, su expresión vuelve a cambiar y recorre los escasos centímetros que nos separan—. Pero tú, tú siempre has sido una monada, ¿verdad?
Lo miro con la boca abierta. ¿En serio me está tirando la caña? Mi relación con Itachi es de dominio público, todo el mundo está al día de nuestra historia, y aun así ¿este se atreve a proponerme disimuladamente que sea su rollo de una noche? Porque eso es lo único que les interesa a los tíos que aún están colgados de sus ex.
—Tú... No me puedo creer que...
—Hace tiempo que sigo la carrera de Uchiha, está hecho un pez gordo. Ha declarado públicamente que está soltero, me lo dijo mi hermana el otro día, así que supongo que ya no estáis juntos.
Estoy a punto de decirle dónde puede meterse sus preguntas cuando, de repente, alguien me coge de la muñeca, me hace girar sobre mí misma y me atrae contra un pecho fuerte y bien definido. Apenas me da tiempo a registrar la expresión furiosa del rostro de Itachi; se inclina sobre mí, funde sus labios con los míos y me da un beso que es de todo menos apropiado para un lugar público como este, pero yo no me resisto porque sé que lo necesita y porque quiero que me bese así, no que me trate como si fuera de porcelana. Desliza las manos por la curva de mi espalda y yo le paso los brazos alrededor del cuello, los dos absortos en el momento hasta que oímos varios carraspeos a nuestro alrededor. Aún me queda un mínimo de instinto de supervivencia: aparto a Itachi de mí y apoyo la cabeza en su pecho. Noto cómo respira con fuerza contra mi frente, con los brazos a mi alrededor en un gesto posesivo.
—¿Responde esto a tu pregunta? —ruge.
Bien dicho, cavernícola. Pain nos mira boquiabierto mientras intenta encontrar una respuesta coherente y, como no lo consigue, da media vuelta y se va. Me río contra el pecho de Itachi y le doy un puñetazo en el hombro.
—Tienes que dejar de hacerle eso a la gente.
Está enfadado, se le nota en lo tensos que tiene los músculos.
—No te puedo dejar sola ni cinco minutos sin que algún listillo intente algo contigo. ¿Siempre va a ser así?
—Espera un momento, ¿ese no es mi problema? ¿Que tú atraes a más mujeres que Victoria's Secret el primer día de rebajas?
Está tan guapo con el atuendo que lleva que soy incapaz de enfadarme con él. Camisa blanca, chaqueta negra sin corbata y pantalones a juego. Está espectacular, cavernícola pero espectacular. Se ríe y parte de la tensión desaparece, pero continúa mirando a Pain mientras murmura lindezas y le agujerea la espalda con la mirada.
—Bueno, ¿te importa explicarme por qué has llegado tan tarde? —pregunto, tratando de ignorar a toda la gente que me observa.
Itachi se yergue y carraspea.
—Ah, eso...
Mira a todas partes menos a mí y no tardo en imaginarme lo peor. Cada vez que trama algo, sobre todo últimamente, las cosas siempre acaban torciéndose.
—¿Sabes que —empiezo— se me han acercado al menos cinco personas preguntándome si querría hablar en público sobre mis problemas con las drogas y el alcohol?
Itachi lanza una mirada asesina a la gente que nos rodea.
—¿Quién se ha atrevido a hacer eso? Le dije a Nagato que se ocupara de que nadie te molestara.
—¿Quién es Nagato?
—Nadie de quien debas preocuparte. Siempre es muy profesional con este tipo de cosas.
—Itachi —replico, y me aparto de él para preguntarle con toda la calma que soy capaz de reunir—, ¿has contratado a un sicario?
Se le escapa la risa.
—No te creas, no son fáciles de encontrar hoy en día. No se anuncian en las páginas amarillas, ¿sabes?
—Cualquiera diría que lo has intentado.
—Le pregunté a un tío que conoce a otro tío, pero por lo visto es un negocio que va a la baja.
—¡Itachi!
—Vale, vale, pero antes de nada, ¿te he dicho que estás absolutamente preciosa?
Su estrategia es tan burda que no puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Venga, hombre, que lo puedes hacer mucho mejor. Él sonríe.
—Es verdad, puedo hacerlo mejor. —Se me acerca más de lo estrictamente necesario, teniendo en cuenta que estamos en público, y me pasa un brazo alrededor de la cintura. Cuando noto que sus labios me acarician la oreja, no puedo evitar contener la respiración—. Eres la chica más espectacular de toda la sala y no sabes cómo me está costando no sacarte corriendo de aquí para llevarte a mi casa y hacerte de todo.
Ahogo una exclamación de sorpresa.
—¿Lo ves? Mucho... mucho mejor.
Se me atascan las palabras y siento que la cabeza me da vueltas. Es absurdo, lo sé, pero sigo sin saber cómo lo consigue. Itachi me mira con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Mucho mejor?
—¿Eh? ¿Qué?
—Eso pensaba.
La fiesta sale tan bien como cabía esperar. Sí, la gente insiste en mirarme como si fuera el cachorrito abandonado que querrían adoptar, pero en general salgo indemne.
O casi.
Itachi y yo estamos sentados a una mesa de la sala, ahora vacía, compartiendo una botella de vino. Ya se ha ido todo el mundo, hasta los de la limpieza, pero él me ha dicho que tiene algo importante que decirme y yo, cómo no, estoy histérica. Cada vez que alguien dice esas palabras, sé que de ahí no va a salir nada bueno.
—Hoy he tenido una reunión con mi agente.
—¿Tienes agente? ¿Desde cuándo? ¿Es Nagato?
—Saku, céntrate —me dice, riéndose—. Sí, tengo agente. El entrenador dice que es buena idea por si me fichan cuando acabe la universidad. Necesito a alguien que esté de mi parte.
—Yo estoy de tu parte —replico, un poco ofendida y también un poco borracha.
—Lo sé y quizá por eso quería hacer algo que te demostrara de una vez por todas que estamos juntos en esto.
—No dudo de ti. Si dudara, no habría sido capaz de pasar por todo ese lío que te inventaste con lo de la falsa ruptura.
—Fue una idea absurda.
Doy un manotazo sobre la mesa con fingido entusiasmo.
—¡No me digas! Oh, Dios mío, ¿en serio? ¿Una idea absurda? ¿Y por qué no se me había ocurrido verlo así?
Me pone los ojos en blanco y quizá son imaginaciones mías, pero creo que se sonroja de vergüenza.
—Cambio de planes, vamos a probar una estrategia nueva.
—¿Y de qué se trata esta vez? ¿Te lo ha sugerido Nagato?
—Por favor, ¿podemos hablar en serio un momento? Y, por cierto, Nagato es tu guardaespaldas. No estará siempre contigo, pero tu padre y yo hemos decidido que era lo mejor por si alguien te estuviera vigilando.
En cuanto comprendo el significado de sus palabras, mi primera reacción es un cierto fastidio que rápidamente se transforma en ira. Aprieto los dientes y me giro hacia él.
—No te ofendas, pero mi padre no creo que llegue a presidente y tú de momento tampoco eres Tom Brady, así que perdóname por creer que os estáis adelantando un poco. ¿Un guardaespaldas? Lo más peligroso de lo que tendría que protegerme es de alguna rubia de bote pompón en ristre, y te aseguro que ya he lidiado con unas cuantas de esas a lo largo de mi vida.
Itachi suspira como si fuera yo la que lo está complicando todo.
—Escúchame un minuto y prométeme que pensarás bien en lo que voy a decirte antes de montar otra pataleta.
—Adelante...
—Mi agente, que no se llama Nagato, me ha preparado una sesión fotográfica para dentro de unas semanas. No es nada importante, pero dice que la gente de la revista le ha insistido mucho y que me ayudaría en mi carrera.
Supongo que mi rostro se contrae, confuso.
—Te van a poner unos calzoncillos minúsculos y un montón de aceite por todo el cuerpo, ¿verdad?
Como el equivalente masculino de Playboy.
Se ríe y eso disipa un poco la tensión. Yo tampoco puedo evitar sonreír y, por un instante, me olvido de Nagato. Estoy muy orgullosa de mi novio y además sé que le está quitando importancia al asunto para no preocuparme.
—Es genial, Itachi. Madre mía, vas a salir en una revista. Si a eso le sumamos mi breve conato de fama, menuda pareja estamos hechos. Mierda, no quería decir eso. Estoy muy orgullosa de ti, mucho. Te has dejado la piel y ahora por fin las cosas van cogiendo forma.
Itachi me arranca de la silla, me sienta en su regazo y me cubre el cuello de besos, de caricias lentas y adictivas que hacen que me alegre de que estemos a solas. Mis manos se hunden en su pelo mientras él sigue besándome.
—Hay algo más que deberías saber...
—¿Qué?
Estoy desorientada por la extraña mezcla del alcohol y por el control que Itachi ejerce sobre mí.
—Quiero que vengas conmigo.
—¿Al estudio? Claro que iré contigo... —respondo, un tanto absorta, mientras él me sigue besando.
—No, quiero decir que voy a hablar de ti y quiero que vengas conmigo a la revista, como mi novia.
Me quedo petrificada y lo mismo le ocurre a Itachi, aunque me sigue sujetando porque sabe que mi primer impulso probablemente será tumbarlo de un empujón.
—¿Qué? ¿Tú estás loco?
—No. —Su voz es pura determinación—. La gente no te deja en paz con las preguntitas sobre mí, ¿verdad? Quieren saber cosas de nosotros, de nuestra historia y de mis orígenes. ¿Quién mejor que tú para contárselo, Saku?
Maldita sea, sabe perfectamente cómo ganarme con sus discursitos, pero esta vez no le va a salir bien. Intento levantarme de su regazo y al final me suelta, aunque de mala gana. Me paseo arriba y abajo, tratando de evitarle la peor parte de la ira que siento ahora mismo.
—¿Puede ser que no haga ni un mes de tu plan para fingir que lo habíamos dejado?
—Ya te he dicho que lo siento —responde, un poco avergonzado—, no fue una buena idea.
—Y, sin embargo, cuando te lo dije no me hiciste caso. Fue idea tuya y yo te seguí la corriente, aunque me pareciera una estupidez. No sirvió para quitarme a la gente de encima, sino para empeorar los rumores. Si a eso le sumamos lo de mi padre, creo que estoy en condiciones de competir con Donald Trump en el número de titulares que he conseguido generar. ¿Y ahora vas y cambias de idea? Hasta ahí, vale, pero ¿una sesión de fotos para una revista? ¿En serio?
Itachi resopla y se acerca a mí.
—La he cagado, ¿vale? Después de oír todo lo que la gente dice de ti, el tipo de preguntas que hacen, he pensado que esto les cerraría la boca para siempre.
—O llamaría aún más la atención. Mira, será mejor que nos tranquilicemos y no... no movamos ficha. Nada de fotografías, nada de portadas, nada de nada. Soy tu novia y el mundo no tiene por qué saberlo.
—Pero yo quiero que lo sepan —responde él, apretando los dientes—. Si sirve para terminar al menos con parte de los cotilleos...
—A mí ya no me importan los cotilleos, que digan lo que quieran. Que crean que me mato de hambre, que estoy depresiva o que tengo un pasado trágico. Y si quieren llegar a la conclusión de que me dejaste porque intenté cazarte con un falso embarazo, adelante.
Ni siquiera sé cuándo he empezado a gritar, pero de pronto me doy cuenta de que me escuecen los ojos, como si la reacción que llevo días conteniendo por fin estuviera a punto de salir a la superficie.
—Sakura... Cariño, si puedo hacer algo, lo que sea, para hacerlos desaparecer...
—No puedes. Solo te pido que te dejes de jueguecitos. Nada de fotos, nada de falsas rupturas, ya basta. Deja de intentar dirigir mi vida.
Lo esquivo y me alejo tan rápido que no puede detenerme, y eso que voy montada en unos tacones de quince centímetros.
Quién me iba a decir a mí que estar siempre enamorada de alguien era tan agotador. Como si conectar tu corazón al de otra persona, y encima sin garantías de que te lo cuiden, supusiera un esfuerzo titánico.
Estoy asustada y es por culpa del pasado, pero también me sé receptora de un amor incondicional, fuerte y estable, y eso me anima a ser más valiente.
Después de separarme de Itachi, me refugio en la ruta habitual. Shikamaru y Temari han hecho una breve aparición en la fiesta de Navidad y luego han vuelto a su apartamento, así que no corro el riesgo de que nadie me encuentre. El ambiente en el pueblo es bastante festivo; solo faltan tres días para Navidad y la alegría es contagiosa. Intento no pensar en lo que acaba de pasar con Itachi, básicamente porque sé que he aprovechado para descargar mis frustraciones con él.
Busco un sitio tranquilo cerca de la pista de hielo y saco el teléfono móvil, que en los últimos tiempos se ha convertido en un instrumento específicamente diseñado para torturarme, y es que cada vez que leo los mensajes o consulto las redes sociales no encuentro nada bueno. Tengo un par de mensajes de Hina que me ponen un poco nerviosa. Contienen demasiados signos de exclamación para mi gusto, además de un enlace a algo que sé que no me gustará, pero que me pide a gritos que lo abra, que repite mi nombre hasta que hago clic...
—Te lo puedo explicar.
Mis ojos abandonan el artículo que acabo de abrir y se clavan en Itachi, que está de pie frente a mí.
—¿Cómo me has encontrado?
—No ha sido tan difícil. —El muy chulo se mete las manos en los bolsillos, o ¿quizá es que tiene frío? —. Te he seguido, pero he preferido dejarte espacio para que te calmaras. Menudo discursito acabas de darme.
—Pero...
—Déjame un sitio.
Intenta robarme parte del banco en el que estoy sentada, pero no cedo.
—No, primero me explicas por qué hay una foto gigante de los dos en esta página con el título... —Me acerco el móvil a la nariz e intento pronunciar con cuidado cada palabra—. «La chica que se esconde tras el éxito: Itachi Uchiha nos habla de la mujer que le ha cambiado la vida.» ¿En serio?
Me obliga a cederle parte del banco y, una vez sentado, me pasa el brazo alrededor de los hombros.
—Suena bien, ¿verdad?
Giro la cabeza y lo fulmino con la mirada.
—Pero ¿tú estás loco? ¿Es que no has oído ni una sola palabra de lo que te acabo de decir?
—Si sirve de algo, esa entrevista fue hace un par de días.
—Pero... pero... ¡es una web muy importante! Lo leerá todo el mundo y... —protesto, pero él me aprieta contra su pecho.
—Y quien lo lea —me dice— conocerá a la chica que me ha convertido en la persona que soy y que me anima a trabajar y a esforzarme día a día. —No puedo apartar los ojos de él—. Siento que creas que estoy jugando con tus sentimientos o que intento manipular tu vida —continúa, y se me escapa una mueca al recordar el numerito que le acabo de montar—, pero odio verte así y haré cualquier cosa que esté en mi mano para arreglar las cosas. A veces cometeré errores absurdos, seguro, pero has de saber que todo lo que hago es porque mi peor pesadilla es que tú lo pases mal.
Y, de pronto, me besa porque sabe que ya no estoy enfadada y porque también sabe lo que acaba de hacer por mí. Cada vez que me encierro en mi cabeza, sabe exactamente qué hacer para calmar la tormenta que amenaza con arrasar conmigo. Puede que sus métodos no siempre sean los mejores y que tenga por costumbre dirigir de forma errónea sus buenas intenciones, pero ¿alguien más puede decir que su novio se ha expuesto voluntariamente en internet, ni más ni menos, y todo para mejorar la imagen pública de su novia?
