Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es tufano79, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is tufano79, I'm just translating her amazing words.
Thank you tufano79 for giving me the chance to share your story in another language!
Figura Ocho
Capítulo Siete: Llegadas y Confesiones
BPOV
Las dos semanas que Edward no estuvo fueron las semanas más largas de mi vida. Nos habíamos vuelto muy cercanos en el corto tiempo en que estuvo conmigo. Casi me atrevía a decir que nos habíamos vuelto más cercanos que Alice y yo. Todos los días hablábamos por teléfono durante horas sobre las cosas más mundanas. Acerca de la música, nuestra educación, la vida, el amor, la amistad, acerca de todo y nada.
Alice era mi mejor amiga, pero era diferente con Edward. Compartíamos una conexión. A pesar de nuestras diferentes infancias, éramos muy parecidos en personalidades, sentido del humor – aunque Edward es más gracioso que yo – creencias y ambiciones. También pasamos una gran cantidad de tiempo hablando sobre su padre y su relación. Era evidente que extrañaba profundamente a su padre. Me sorprendió que se abriera conmigo, pero estaba feliz de que se sintiera lo suficiente cómodo para hacerlo. Rápidamente estaba enlazando su vida con la mía.
Y me encantaba.
Esta mañana estaba almorzando y leyendo mi libro favorito. Alice entró de golpe. Se sentó en una silla del comedor con una fluorita.
—Buenos días, Bells —gorjeó—. ¿Qué harás hoy?
—Sabes lo que voy a hacer, Mary Alice —dije sin mirar a mi amiga.
—Recogerás al británico —sonrió.
—Síp. Su vuelo llega a las 2:45 —respondí—. Me envió un mensaje a mitad de la noche diciéndome que su vuelo estaba a tiempo y que esperaba ansiosamente poder venir a casa.
—¿Casa? —preguntó Alice, alzando las cejas.
Me encogí de hombros. Puse mis trastes en el fregadero, ignorando el chillón grito de Alice que sonaba a un Chihuahua. Me puse mi ropa para correr. Me metí mi llave al sostén y agarré mi iPod. Salí del apartamento, empecé a correr y seguí así por casi cinco millas. Al regresar al apartamento encontré una nota en la puerta de mi habitación que Alice había dejado. Me había sacado cita con mi estilista de siempre y con el esteticista para que me hicieran la cera. Gemí. Fui a bañarme y me subí a mi elegante auto, luego manejé hasta el salón de belleza. Estuve sentada en la silla por casi dos horas, me cortaron el cabello, añadieron unas luces y lo rizaron. Muy a mi pesar, también me maquillaron.
El último paso era la cera. Gemí. Caminé sobre la alfombra hacia la habitación para que me arrancaran todos los vellos del cuerpo. Mi pobre entrepierna. Odiaba hacerme la cera, pero era un mal necesario en mi deporte. Intenté rasurarme para mantener un área púbica linda y aseada, pero sufrí de un horrible caso de vellos enterrados. Comencé a hacerme la cera después de eso. Casi estaba tentada a hacerme la depilación con láser. Todavía lo estaba considerando.
Luego de terminar con mi tortura, me dirigí al carro después de pagar por mi tratamiento. Sin embargo, mi esteticista me desvió hacia los vestidores. En uno de los casilleros había un conjunto nuevo para que lo usara.
—Maldita sea, Alice —gruñí. Era un par de skinny jeans negros, un top de encaje y un diminuto conjunto de lencería. Los jeans tenían una nota pegada.
Deja de quejarte, Swan. Veo la forma en que Edward te hace sonrojar. Te gusta. ¿Por qué no vestirte más sexy para él? Saca tu diva interior… sé que sabes cómo hacerlo. Dos palabras… RUTINA FIEBRE. Creo que Edward y tú necesitan hacer eso como exhibición. Esencialmente deben follar en el hielo, ¿sabes?
Bésalo hasta dejarlo inconsciente, Swan. Móntate en su sensualidad británica.
¡Te quiero!
Hada de la Moda
—Ugh —gemí. Me quité mis pantalones de yoga y la sudadera, y me puse la ropa que Alice me había dejado en el salón. ¿Cómo lo hacía? No tenía idea. Mocosa malvada. Revisé mi teléfono y noté que necesitaba irme ya a SeaTac para recoger a Edward. Terminé de vestirme y salí a mi carro. Manejé hasta el aeropuerto, dejando el carro en el estacionamiento por hora. Fui a esperar a Edward al área para recoger el equipaje. Busqué su vuelo en mi celular y me aparecía que ya había aterrizado. Me senté y jugué distraídamente un tonto juego de mi celular mientras lo esperaba.
Un montón de gente salió a la zona para recoger el equipaje. Alcé la vista buscando a Edward. Vi su cabello de color único. Mi corazón comenzó a martillear. Mi estómago fue asaltado por un millón de mariposas. Podía sentir mi piel calentándose con un brillante sonrojo. Edward llevaba la vista en su celular mientras se ajustaba la mochila que llevaba colgada sobre el cuerpo. Quería gritarle con desesperación, pero no quería que pensara que era una compañera pegajosa.
Se detuvo y miró el tablero. Su mandíbula se veía fuerte y cincelada, y quería lamerla. ¿Qué? Me regañé mentalmente por ese pensamiento. No había posibilidad de que él me quisiera de esa manera. Era absolutamente precioso, brillante, atlético y podría tener a cualquier mujer en el mundo. Probablemente a Edward le gustaban las mujeres despampanantes, rubias y altas. No castañas simples. No yo.
—¡Bella! —gritó Edward. Su preciosa cara formó una radiante y cegadoramente hermosa sonrisa. Se guardó el celular en el bolsillo y corrió hacia mí. Se movió ágilmente entre la multitud hasta que llegó a donde estaba yo. Estaba usando un par de jeans, un suéter gris y una chaqueta de cuero que llevaba colgada entre su mochila y su cuerpo. Antes de darme cuenta, los brazos de Edward me envolvieron y me abrazó cerca de su pecho. Le regresé el abrazo con entusiasmo, aferrando mis brazos alrededor de su cuello. Mis dedos rozaron su cabello y me sorprendí de lo suave que era. Edward me levantó del piso y pude haber jurado que sentí sus labios detrás de mi oído. Me dejó sobre mis pies con gentileza y se apartó—. Te he extrañado, amor.
—También te extrañé. ¿Cómo estuvo tu vuelo? —pregunté con la cara enrojecida.
—Mejor que el vuelo a Londres. Nada de niños llorando. De hecho, pude dormir durante el vuelo, lo cual fue un milagro. Nunca me puedo acomodar cómodamente en los asientos. Mis piernas son muy largas. Pero fue un vuelo casi vacío y tuve toda la fila para mí —dijo, tomando mi mano. Caminamos hacia el área para recoger las maletas y esperamos su equipaje—. Aunque fue horrible pasar por aduanas.
—¿Qué pasó?
—No fui yo, el hombre que venía frente a mí estaba haciendo un escándalo por algo que trajo al país. Al parecer no estaba permitido. Tuve que esperar casi media hora antes de que me pudieran sellar el pasaporte por el escándalo de ese hombre. Idiota —gruñó Edward. Todavía no soltaba mi mano y estaba frotando círculos gentiles en el dorso de mi mano. Con cada pasada de su pulgar, sentía que un cable de alta tensión estaba electrocutando mi cuerpo. Uniendo mi alma a la suya.
¿Cuándo te convertiste en una escritora mental de erótica, Swan? ¿Uniendo mi alma a la suya? ¿En serio?
El equipaje de Edward apareció en la banda transportadora. Soltó mi mano para agarrar sus dos maletas. Me sentí desolada cuando su piel dejó la mía. Creo que hice un pequeño puchero.
—¿Qué sucede, Bella? —preguntó.
—Nada —dije, poniendo una sonrisa—. Estaba pensando en tu drama con aduanas.
—Bien —dijo, alzando una ceja—. En realidad, no te creo, Bella.
—No es nada —dije—. ¿Ese es todo tu equipaje?
—No. Me falta mi maleta de patinaje y luego ya nos podremos ir —dijo Edward con una sonrisa de lado.
—Debí haberle pedido prestado el Jeep a Emmett —bromeé.
—Cabrá en tu asiento trasero —respondió Edward al agarrar su enorme mochila de patinaje de la banda. Agarré una de sus maletas mientras él acomodaba la mochila de patinaje sobre la otra. Tomó mi mano de nuevo y salimos hacia el estacionamiento. Una vez más no quería soltar su mano. Caminamos en un cómodo silencio hasta que llegamos a mi BMW. Sorprendentemente, todo el equipaje de Edward cupo en mi carro. Una de sus maletas cupo en la cajuela mientras que el resto se metió al asiento trasero.
—¿Quieres ir al apartamento o quieres pasar por algo de comer? —pregunté—. Tienes que estar cansado. Y con jet lag.
—Vamos por algo de comida. El sándwich de pavo frío, húmedo y desagradable no fue una comida saludable —dijo Edward, arrugando la nariz.
—¿Qué se te antoja?
—¿Qué te parece algo italiano? —sugirió Edward—. ¿Cuál es el mejor lugar italiano de aquí?
—Hmmmm, Tulio —respondí—. La mejor pasta. De todas. Usualmente voy ahí después de una competencia para premiarme con carbohidratos deliciosos.
—Entonces vayamos a Tulio —Edward sonrió—. Muero por algo de pasta.
Asentí y salí del estacionamiento. Edward puso un billete de veinte dólares en mi mano y me retó a quejarme por pagar el estacionamiento. Refunfuñé y usé su dinero. Él sonrió y se acomodó en el asiento mientras yo nos llevaba hacia el restaurante. Usamos el servicio de valet y entramos al restaurante.
—¡Isabella!
—Hola Aro —dije al sonreírle al dueño del restaurante. Era un italiano bajito, rechoncho y corto cabello negro. Me envolvió en un abrazo y besó mis mejillas—. ¿Cómo está todo?
—¡Meraviglioso, il mio Bella! Te extrañé en los Mundiales —dijo con un ceño fruncido—. ¿No lo hiciste bien?
—No competí, Aro. Mi antiguo compañero se lastimó la rodilla y tuvimos que salirnos —dije—. Ya tengo un nuevo compañero. Aro Volturi, este es Edward Masen. El reemplazo de Jacob.
—Idiota di fottere. ¡Che uno stronzo! Jacob es un cane. Te mereces a alguien mucho mejor —espetó Aro. Se giró hacia Edward y le ofreció su mano—. Bienvenido a Tulio, Edward.
Edward puso su mano en la de Aro. Mi amigo italiano tenía un don único de leer a la gente sólo con tocarlos. Aro miró a Edward. Él le sonrió nerviosamente a Aro.
—Gusto en conocerte, Aro.
—Buena alma. Corazón fuerte. Late por una persona. Mente brillante. Manos suaves —dijo Aro al soltar la mano de Edward—. Una mejora definitiva del cane. Posiblemente más que sólo compañeros, ¿no?
Me sonrojé y me escondí tras mi peinado.
—Somos amigos, Aro —dijo Edward en voz baja. Pero su voz tenía un anhelo que indicaba que quizá él podría querer más.
—Eh, no por mucho. Conozco estas cosas. Lei è delle anime gemelle —dijo Aro crípticamente. Agarró dos menús y nos dirigió hacia atrás a una sección apartada del restaurante—. Esto va por cuenta de la casa. Sin quejas, Isabella.
—Gracias, Aro —murmuré. Edward me sacó la silla y se sentó a mi lado. Aro nos entregó los menús y prácticamente se fue saltando. Silbando Buona Notte—. Cuando menos lo esperes él estará trayendo un plato de espagueti para que recreemos la escena de La Dama y el Vagabundo.
—No me importaría —sonrió Edward. Grité y miré los ojos color esmeralda de Edward. Eran suaves y penetrantes. Su mano derecha acarició gentilmente mi mejilla. La sangre se movió hacia la piel y mi cara se volvió de un brillante color rosa. Sin pensarlo, me apoyé en su mano. Mis ojos se cerraron y Edward tarareo en voz baja. Se rompió el encanto cuando nuestro mesero se acercó a tomar las órdenes. La mano de Edward regresó a la mesa y me aparté con nerviosismo el cabello de la cara.
Pedimos nuestra comida y empezamos con la entrada.
—¿Estás listo para mudarte? —pregunté, metiéndome un calamari a la boca.
—Sí. Estoy emocionado por empezar de cero en Seattle. Aunque mañana me la pasaré organizando la entrega de mis muebles, consiguiendo un carro y espero poder entrenar.
—Pues ya que seré tu taxi para mañana, podemos correr en la mañana y hacer lo demás a partir de ahí —sonreí. Seguía teniendo palpitaciones por nuestro "momento" que pasó antes de que ordenáramos la comida. Estaba intentando, sin mucho éxito, olvidar las cálidas sensaciones que provocaban su mirada y su tierna caricia—. ¿Hubo más visitas sorpresa de Kate?
—Nop —dijo Edward—. Pero tengo la sensación de que no dejará esto fácilmente. Igual que mi antigua compañera, Tanya, Kate tiene una vena manipuladora para conseguir lo que quiere. Parece que soy su objetivo. Mi miedo es que vaya a aparecer de la nada diciendo que soy papá o algo así.
—¿Podría ser posible?
—En realidad no. No —suspiró Edward—. Siempre fui muy cuidadoso con ella. Sólo tuvimos sexo sin condón una vez y fue justo después de que empezó a tomar la píldora. Sin embargo, no le gustaron las "repercusiones" y prácticamente me exigió que lo envolviera.
—Oh. ¿Repercusiones?
—Um —se sonrojó—. Sé que no tienes mucha experiencia, pero entiendes la mecánica del sexo, ¿cierto?
—Por supuesto que sí. Emmett me obligó a ver una porno con él —me estremecí—. Supuso que si lo veía, querría hacerlo.
—¿Funcionó su teoría? —bufó Edward.
—No —dije. Sí, tuve que masturbarme para calmar mi cuerpo. Sí quería eso. Sexo. Hacer el amor. Follar—. Pero sí entiendo cómo funciona el sexo, Edward.
—Bueno, entonces sabes que cuando un chico se corre, eyacula —dijo Edward con una sonrisita torcida en la cara—. A Kate no le gustó tener que estar "supurando" después del sexo.
—A mí tampoco me gustaría, pero si amas a alguien… —dije—. Olvídalo.
—No, termina lo que ibas a decir —dijo Edward, inclinándose hacia enfrente sobre sus codos, trazando distraídamente el borde de su copa de vino tinto frente a él. Estaba fascinada por sus dedos.
—Si amas a alguien, no debería importar. ¿Es desagradable e inconveniente? Sí. Pero ese semen va a… carajo. Estoy tan avergonzada —gimoteé.
—Creo que lo entiendo. Si estás con alguien a quien amas profundamente y quieres estar con esa persona sin barreras, el resultado podría ser algo más importante que sólo sexo. Trasciende el sexo. Estás creando una nueva vida con esa persona —dijo Edward suavemente—. Posiblemente.
—Así es —dije—. Dios, soy tan inepta románticamente. Soy un fracaso —enterré la cara en mis manos, intentando esconder mi extrema vergüenza.
—Bella, no eres un fracaso —dijo Edward, apartándome las manos de la cara—. No eres inepta románticamente. Sólo no tienes experiencia. No es algo malo.
—Edward, tengo 23 años, casi 24, y nunca me han besado. Bien, técnicamente sí me han besado, pero tenía nueve años. Emmett se burló de eso —gemí.
Nos entregaron nuestras órdenes y comimos en tranquilamente antes de que Edward rompiera el silencio.
—Ahora, ¿por qué no has salido con nadie? —preguntó, enredando sus fideos con el tenedor.
—Nadie ha estado interesado en mí. También por miedo —me encogí de hombros. Picoteé mi salmón con violencia.
—¿Qué? Sin duda debió haber algún hombre interesado —dijo Edward, el shock podía verse en su rostro.
—Sí. Jacob. Mike Newton. James Hunter. Ellos me asustan —me estremecí—. Además, Jacob probablemente está lleno de ETS y otras vilezas. Qué asco.
—Espero no caer en la categoría de "asustar" —bromeó Edward.
—Definitivamente no. Eres el primer chico/compañero que no ha intentando manosearme los pechos o maltratarme —me reí.
—Pues sí agarré tu pecho por accidente cuando estábamos trabajando en esa elevación —se sonrojó Edward.
—Pero ese fue un accidente —dije. Quiero que lo hagas de nuevo y que no sea un accidente. ¿QUÉ DEMONIOS? Me estoy volviendo en Rose o Alice.
—Todavía me siento mal por hacerlo —dijo—. Pero ¿por qué tienes miedo? Dijiste que el miedo era parte de la razón por la que no habías salido con nadie —dijo Edward, apartando su plato. Tomó mi mano en la suya. Sus dedos se entrelazaron con los míos y exhalé.
—Vacilo al confiar en la gente. En general. Mucho de eso tiene que ver con mi infancia. Me molestaban sin descanso. Siempre me molestaban mis compañeros y nunca me sentí cómoda con la gente. La única vez que me abrí con alguien, salí herida —dije en voz baja. No podía creer que le fuera a contar esto a Edward. Nadie lo sabía. Sólo mi madre y mi padre. Y mi terapeuta.
—Bella, si no estás cómoda —dijo, tomando mi mejilla.
—Te has abierto mucho conmigo, es justo que yo haga lo mismo —dije poniendo mi mano sobre la suya—. Cerca de la época cuando empecé a hacerme buena en el patinaje estaba tomando clases en Port Angeles. Estaba más o menos a una hora de Forks. Tenía casi trece años, si mal no recuerdo. Tal vez acaba de cumplir catorce. El entrenador con el que trabajaba tenía a otra chica, Lauren Mallory. Ella era dos años más grande que yo. Nos hicimos amigas muy rápido cuando nos pusieron con el entrenador. Prácticamente inseparables. En fin, había un chico que patinaba en la pista. Su nombre era Tyler Crowley. Él trabajaba con otro de los entrenadores de ahí. Lauren me confesó que tenía un gran enamoramiento con Tyler. La animé a ir tras él. Él parecía ser lindo e iban a la misma preparatoria.
—Un día después de la practica yo me estaba cambiando en el vestidor. Escuché sin querer a Lauren hablando con Tyler. Lo estaba invitando a salir, pero él se negó por completo. Dijo que sentía algo por otra persona. Ella intentó preguntar quién, pero él se negó a decirle. Enojada, Lauren agarró sus cosas y me frunció el ceño. Dijo que era mi culpa que Tyler la hubiera rechazado. Después de eso, duramos casi un mes sin hablar. No sabía que la persona por la que Tyler sentía algo era yo.
—Entonces, ¿Lauren se enojó porque tú le gustabas a él? —preguntó Edward.
—Él no le dijo quién le gustaba. Ella estaba enojada conmigo porque la animé a invitarlo a salir —aclaré. Edward asintió y me insistió que continuara—. En fin, tuvimos una competencia en Vancouver para patinadores junior. Tyler, Lauren, otro chico llamado Randall y yo estábamos representando a nuestra pista. Terminamos nuestros programas cortos y nos fuimos a las habitaciones. Para ese entonces, Lauren ya se había metido con Randall. Estaban en la habitación de los chicos haciéndolo. Tyler estaba conmigo en la habitación que compartía con Lauren. Estábamos viendo una película y Tyler tomó mi mano. Me sonrojé y le pedí que se detuviera. No lo hizo. Eventualmente me encontré atrapada sobre la cama por Tyler, y le estaba rasguñando la cara. Nunca me besó, pero estuvo muy cerca. Lauren regresó a la habitación y gritó como loca. Me dijo que era una traidora y una zorra. Tyler se quitó de un salto de encima de mí y corrió de regreso a su habitación. Intenté explicarle que Tyler se me había echado encima y que yo no lo quería. Lauren no me creyó y se fue a la cama.
—Me bañé e hice lo mismo. Cuando desperté, sentí algo increíblemente horrible en la espalda. Como si alguien hubiera decidido usar mi espina dorsal como pista de patinaje. Lauren se había vuelto loca y me había arañado la espalda con sus cuchillas. Tengo cicatrices a lo largo de toda mi espina dorsal y espalda por su venganza contra mí.
—Dime por favor que está en la cárcel —dijo Edward.
—Sí lo está. La sentenciaron como adulta por asalto, intento de asesinato y consumo de alcohol siendo menor —respondí—. Se supone que saldrá en el 2025. Se declaró culpable y no peleó los cargos ni la sentencia.
—Entonces, ¿esencialmente te despedazó la espalda? —gruñó Edward.
—Básicamente. Está en mi espalda baja, cerca del coxis, pero las cicatrices no son lindas —me estremecí—. Tengo algunas a lo largo de la espina dorsal, subiendo hasta las costillas, pero se han desvanecido significativamente.
—¿Qué pasó con Tyler?
—Hasta donde sé, sigue viviendo en casa con su madre, incapaz de mantener un trabajo por una lesión inventada de rodilla —me burlé—. Todo un ganador.
—¿Hay algún otro efecto a largo plazo por tu herida? —preguntó Edward con la mirada triste.
—Nop. Sólo las cicatrices —respondí—. Las odio, pero son parte de quién soy. En fin, es por eso que siendo tanta reticencia para confiar en las personas. Eres una de las cuatro personas que saben sobre eso.
—¿Quién más sabe?
—Mis padres y mi terapeuta —respondí—. Me reúno con ella cada mes para trabajar en mi confianza. También para mi autoestima. En algunos aspectos, soy confianzuda y segura de mí. Sin embargo, en la mayor parte, me siento jodidamente aterrada de joder las cosas.
—Eso es poco probable —dijo Edward con firmeza—. Bella, eres una mujer inteligente, preciosa y fenomenal. No deberías permitir que las acciones de una loca anulen todas las cualidades positivas que tienes. No dejes que tu miedo te consuma. Aunque entiendo tu vacilación al confiar, me temo que eso te está frenando. Como patinadora. Como persona. Como mujer.
—¿Crees que soy preciosa? —grazné.
—En más formas de las que podría imaginar —susurró mirándome a los ojos. Una vez más la mesera rompió el hechizo y empaquetó nuestra comida. También dijo que la cuenta había sido cubierta por Aro. Rodé los ojos. Edward suspiró y echó algo de dinero en la mesa como propina. Al irnos, Aro empujó a Edward hacia afuera para pedirle el carro al valet. Me miró con preocupación, pero le dije que estaría bien. Asintió y salió.
Aro tomó mis manos y me miró a los ojos.
—Lo amas —declaró Aro.
—Apenas nos conocemos —racionalicé.
—Los vi mientras compartían la comida. Los ojos de ambos eran para el otro. Él te ama y tú lo amas.
—Somos compañeros. Amigos —argumenté débilmente.
—No. No es así. Son almas gemelas. Amantes. Iguales —dijo Aro—. Te darás cuenta. Pronto. Él ya está ahí, pero está esperando que tú llegues.
—¿A qué te refieres?
—Quiere besarte. Amarte. Estar contigo —murmuró Aro—. Sentí su amor y deseo por ti cuando tomé su mano. Deja de tener tanto miedo, Isabella. Debes estar con él. Amarlo también. Yo serviré la comida en tu boda.
—Oh Dios —dije—. Ya me voy, Aro.
—Regresa pronto. Quiero regodearme —sonrió. Me besó la mejilla y salí hacia mi carro. Edward estaba recargado en el cofre, tecleando algo en su celular.
—¿Estás listo? —pregunté sonriéndole.
—Sí. Los fideos estuvieron absolutamente deliciosos, pero ya estoy listo para descansar —dijo.
—Te lo advierto. La habitación de invitados está llena con tus cosas. Puede que quieras dormir en el sofá o si Alice está muy ocupada acostándose con Jasper, puedes dormir en su habitación rosa.
—Preferiría sacarme los ojos que dormir en una habitación rosa. Tendré pesadillas sobre ser perseguido por una botella de Pepto Bismol —se estremeció.
—Eso es algo bizarro, Edward —me reí. Nos subimos al carro y manejé hacia mi apartamento. Subimos las maletas de Edward y él se fue a revisar la habitación de invitados.
—Demonios —gimió—. No hay espacio.
—Eso es lo que te estoy diciendo —me reí—. Habitación rosa o el sofá. Es un sofá cama.
—Sofá —dijo—. Pero detestaría invadir tu sala.
—Edward, es temporal —dije—. Necesito que me ayudes a apartar la mesita de centro antes de que extiendas la cama.
—Estoy cansado, no exhausto —dijo Edward secamente—. No quiero frenarte de hacer lo que sea que hayas tenido planeado.
—Podemos ver una película —sugerí—. Pero sí quiero acomodar tu cama. Especialmente porque estás cansado y yo no puedo mover la mesita sin ayuda. Ni el sofá.
—Entendido —contestó. Apartamos la mesita y Edward extendió la cama oculta del sofá. Edward se fue al baño y yo preparé la cama. Cuando terminé, le sugerí que se pusiera cómodo. Corrí a mi habitación y vi una bolsa en mi cama.
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Abrí la bolsa y vi un par de pantalones de yoga y un sensual camisón de encaje color azúl clarito. También noté un sostén y unas bragas a juego con el camisón.
—Alice, te voy a golpear. —Me puse rápidamente mi nuevo conjunto y salí a la sala. Edward había traído unas cuantas almohadas de la habitación de invitados y estaba recargado en ellas sobre el sofá cama. Estaba usando una pantalonera azul y una apretada camiseta azul oscuro con cuello V. Llevaba puestos los calcetines más adorables en los pies—. Qué lindo, Masen —dije, pellizcándole el dedo pulgar del pie.
—Mis pies están helados —dijo, alzando la ceja. Su mirada se movió sobre mi cuerpo y tragó en seco. Me senté en la silla junto al sofá, acurrucándome—. ¿Qué tienes? En cuanto a películas, me refiero.
Enlisté nuestra enorme colección de películas. Todo era gracias a Emmett y Jasper queriendo mantenernos al tanto con los estrenos de cine más recientes. Edward preguntó si podíamos ver Avatar. Él no la había desde que salió en cine y le encantaba la música que tenía.
—Bella, no muerdo —se rio desde su lugar en la cama. Luego de poner la película y apagar las luces, me senté en la silla—. Te prometo que me comportaré.
—No hagas que me arrepienta de esto —dije al acomodarme en la cama.
—Juro solemnemente que me quedaré en mi lado del sofá cama —dijo, alzando la mano derecha. Se acostó abrazando la almohada. Lo imité y miramos la película. Durante casi tres horas y media estuve mirando la pantalla de la televisión. La película terminó y miré a Edward. Tenía los ojos cerrados y estaba roncando ligeramente. Apagué la televisión y me acosté de lado. Un poco del cabello de Edward le había caído sobre la frente. Lo empujé gentilmente lejos de su piel, disfrutando la sensación. Era tan suave y sedoso.
—¿Qué voy a hacer? —susurré en la oscuridad—. Tengo tanto miedo de salir herida, pero quiero esto —suspiré y cerré los ojos. Antes de saberlo, ya estaba dormida.
xx FO xx
La mañana siguiente sentí un peso alrededor de mi cintura y cierta calidez en mi espalda. ¿Y qué demonios me estaba picando el trasero? Abrí los ojos. Me sentía muy desorientada. Miré a mi alrededor y noté que estaba en la sala. En el sofá cama. Con un brazo lleno de vellos alrededor de mi cintura.
Giré la cabeza y vi a Edward durmiendo plácidamente detrás de mí, abrazándome contra su duro y muy caliente cuerpo. Debí haberme sentido muy incómoda, pero no quería moverme. Amaba estar así en sus brazos. Me sentía segura. Protegida. Se movió un poco y me jaló con más fuerza contra su pecho. Su nariz se movió hacia mi cabello, acariciando mi cuello. Sentí sus labios detrás de mi oído. Se sentía tan bien.
Pero no quería que mi primer beso con el único chico al que me había sentido atraída fuera mientras él estaba medio dormido. Me moví para salir de su agarre y me alejé un poco de él. Rodé de costado y lo vi dormir durante unos momentos más antes de levantarme. Preparé un poco de café y me metí al baño para darme una ducha. Sólo me enjuagué un poco el cuerpo porque sabía que saldríamos a correr. Me daría una ducha más detallada cuando volviéramos.
Regresé a la sala y Edward seguía dormido. Estaba abrazando la almohada en la que yo había estado acostada con una pequeña sonrisa en la cara.
—Bella —murmuró—. Tan hermosa.
¿Qué?
El corazón me martilleaba en el pecho. Él pensaba que yo era hermosa y preciosa. ¿Podría sentir algo? Alice y Aro pensaban que sí. Pero no quería salir herida.
Has estado siempre muy protegida, Isabella. Edward es un buen hombre. De buen corazón. Jodidamente precioso. Ya es suficiente de esta mierda inocente – con amor, tus partes femeninas.
Qué. Carajos. ¿Mis ovarios me están hablando?
Me estoy volviendo loca.
—Edward —dije en voz baja. Le aparté el cabello de la frente—. Despierta, dormilón.
—No quiero —refunfuñó poniéndose la almohada sobre la cabeza.
—Oh, eres de esas personas —bromeé—. No eres una persona matutina.
—Carajo. No —dijo, mirándome por debajo de la almohada—. Déjame adivinar. Tú sí eres una persona matutina.
—Bingo —sonreí—. Además ya es tarde para mí.
—¿Qué hora es?
—Apenas pasan de las ocho —respondí—. Ambos nos quedamos dormidos en el sofá. Me levanté hace media hora para bañarme. Vamos. Almorcemos algo antes de ir a correr.
—Espera, ¿dormiste en la misma cama que yo? —gritó—. Lo siento. Soy conocido por acurrucarme. No hice nada inapropiado mientras estábamos dormidos, ¿cierto?
—Me tenías de cucharita —dije con una sonrisa de consuelo—. No hubo daños. De hecho, eres bastante cómodo. Al menos tu pierna me estaba manteniendo en la cama y no estabas babeando sobre mi cabello. Emmett es un horrible acaparador de cama. A Rose le toca sólo una esquina mientras él ocupa el resto del espacio. Además de que patea, babea, ronca, aprieta y manosea.
—Qué horrible —Edward se rio al levantarse. Extendió los brazos sobre su cabeza. Su camiseta se alzó ligeramente y pude ver una pálida franja de piel a lo largo de su cintura. Tenía un caminito de vello color bronce que avanzaba por debajo de su pantalonera. También pude notar el contorno de sus músculos al estirarse—. Yo sólo soy de los que se acurruca. A veces acaricio. Pero espero no haberte hecho sentir incómoda.
—En absoluto —sonreí. ¡Queremos más! Más arrumacos con el británico guapísimo. Vamos, Bella. ¡Móntalo! Con amor, tus partes femeninas.
—¿Estás bien? Te fuiste un segundo —dijo Edward alzando una ceja.
—Planeaba mentalmente nuestro ejercicio —mentí. No, sólo estoy conversando con mis partes femeninas. Estoy loca.
—Pues iré a cambiarme y lavarme los dientes, ¿nos podemos ir luego de eso? No puedo comer antes de correr o vomitaré —se estremeció. Se levantó de la cama de un salto y me guiñó mientras caminaba hacia el baño—. Tal vez me dejes cocinar para ti. Tú me diste esos increíbles roles de canela la última vez.
—Si quieres —dije.
—Revisaré tu refrigerador, luego me alistaré.
—Yo haré algunos estiramientos —contesté. Asintió y fue a mi cocina. Murmuró en voz baja para sí antes de correr a la habitación. Me dejé caer con gracia hacia el suelo y estiré mis músculos. Edward regresó usando unos shorts grises, camiseta negra y una chaqueta North Face color negro. En sus manos llevaba un par de tenis grises y calcetines cortos—. ¿Quieres estirarte? —estaba sentada con las piernas abiertas, apoyándome en los codos.
—Dios, Bell —dijo—. Eres una chica extrañamente flexible.
—¿Bell? —pregunté.
—Perdón —se sonrojó—. Se me salió. Alice y Carlisle te dicen Bells, pero yo quiero algo diferente.
—¡No! Me gusta —dije—. Y tú también eres flexible.
—No tanto como tú. No podría hacer eso ni aunque me pagaras —se rio Edward—. Sólo puedo hacer las cosas que hago en el hielo cuando he calentado lo suficiente. —Se sentó en el piso y empezó a hacer sus propios estiramientos. Cerca de quince minutos después me miró—. ¿Lista?
—Síp —sonreí. Se paró de un brinco y me ofreció su mano. Puse mi mano en la suya y me levantó. Nuestros pechos quedaron tocándose y él me estaba viendo. Edward parecía tener un conflicto interno. Sólo párate de puntillas y bésalo, Swan. Besuquéalo…
Se apartó y me sonrió.
—Vayamos a correr.
—Nos quedaremos cerca hoy, pero tal vez podamos ir después a los jardines botánicos de UDub. Son hermosos, si te gusta ver el paisaje al correr —sugerí. Salimos del apartamento y bajamos en elevador. Me puse mis audífonos y encendí mi iPod. Edward hizo lo mismo. Tiré de su chaqueta y lo guíe hacia mi ruta de siempre para correr tres millas. Corríamos en sincronía. La cada de Edward tenía un aspecto de completa determinación. Era locamente sexy. Y el sudor cayendo por su cara me estaba excitando. Quería lamerle la mandíbula para capturar las gotas de sudor.
—¡¿Bella?! —medio gritó.
Me saqué un audífono.
—¿Sí?
—¿Cuánto más falta? —preguntó Edward.
—Casi otra milla —dije. Asintió y aceleró el paso. Lo seguí y ambos estábamos jadeando pesadamente para cuando volvimos a mi calle. Tiré de su codo—. ¡Te reto a una carrera! —Salí corriendo a toda velocidad.
—Oh, demonios no —dijo antes de alcanzarme rápidamente. Me reí mientras corría hacia nuestro apartamento. Me alcanzó y envolvió sus brazos en mi cintura—. Eres una tramposa.
—¡No lo soy! —grité al retorcerme en su agarre—. Estás sudoroso.
—Igual que tú, Swan —se rio al bajar un dedo por mi cuello, por debajo de mi coleta.
—¡Dios! —escuché detrás de mí—. Tengo menos de dos meses lesionado y ya me has reemplazado.
Edward me soltó, pero mantuvo uno de sus brazos alrededor de mi cintura. Entrecerró los ojos cuando vio quién había hablado.
—¡Jacob! ¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté. Iba en muletas y tenía la cara llena de odio puro.
—Venía a ver si querías salir a almorzar, pero supongo que no. ¿También te está calentando a ti? —gruñó Jacob.
—Mira, compañero, no sé cuál sea tu problema, pero necesitas calmarte —dijo Edward—. Además, si Bella me está "calentando" no es de tu maldita incumbencia.
—No te entiendo, Bella. No querías estar conmigo, pero si estás con tu nueva pareja —espetó Jacob.
—Creo que estás confundiendo nuestra relación —dije—. Sólo somos compañeros. Sólo salimos a correr y nos estábamos divirtiendo. ¿Sabes lo que es la diversión?
—Eres demasiado aburrida como para divertirte, Isabella —dijo Jacob—. Eres una jodida calientapollas y una perra.
—¿Qué? —susurré con los ojos llenos de lágrimas.
—Escucha, imbécil —dijo Edward con enojo—. No hay necesidad de decir semejantes cosas. Necesitas irte o te meteré las muletas tanto en el culo que saldrán por tu boca.
—¿Es una amenaza? —siseó Jacob, moviéndose hacia Edward. Él me empujó detrás de su espalda, mirando directamente a los ojos de Jacob con ira—. Te deportarán tan rápidamente…
—No puedes deportar a un ciudadano estadounidense, imbécil —dijo Edward echando chispas. Jacob se movió rápidamente y alzó el puño derecho. Edward se giró. Le torció el brazo a Jacob por detrás de su espalda mientras le empujaba la cara contra el vidrio de la puerta del apartamento. Las muletas de Jacob cayeron al piso—. No me hagas llamar a la policía.
—Esto no ha terminado —espetó Jacob. Se soltó del agarre de Edward y agarró sus muletas. Se fue cojeando y frunciendo el ceño.
Edward me guío adentro y subimos a mi apartamento. Una vez cerradas las puertas, mis lágrimas cayeron libremente.
—¿Cómo pudo decir eso? —sollocé.
—Bella —Edward frunció el ceño mientras le jalaba a su pecho. Sollocé sobre su camiseta sudada, aferrándome a él y tirando de la tela. Eventualmente nos dejamos caer al piso. Edward me sostuvo en sus brazos mientras lloraba. Al poco tiempo me tranquilicé y me aparté de él.
—Lo siento —murmuré, limpiándome la cara—. Soy muy sensible. Mucho de esto tiene que ver con lo que me hizo Lauren.
—Bella, él no tenía derecho a hablarte así. No eres nada de esas cosas —dijo Edward, sosteniendo mi cara entre sus manos. Cerró los ojos y respiró profundamente—. Tengo que confesarte algo, Bella. Puedes mandarme al carajo después de que lo diga, pero necesito que lo sepas.
—¿Decirme qué? —pregunté. Las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas.
—He intentado convencerme de que sólo eres mi compañera, pero eres mucho más que eso. También eres más que sólo una amiga. Están creciendo en mí sentimientos muy serios hacia ti y no quiero echar a perder nuestro compañerismo. Sólo necesito que sepas que estoy sintiendo algo por ti —murmuró, sus ojos verdes se estaban llenando de lágrimas—. Mi cerebro me dice que no estoy en condiciones de tener una relación, pero cuando estoy contigo, el dolor se va. Tu toque es un bálsamo reconfortante para mi alma. Para mi corazón. —Soltó mi cara y bajó la mirada al piso.
—También tengo que confesarte algo —susurré. Acaricié su barbuda mejilla. Alzó la vista con expectación—. Durante mucho tiempo le he tenido miedo a tantas cosas, pero tú has encendido algo dentro de mí que no quiero que se vaya. Cuando nos tocamos, siento una energía que fluye entre nosotros.
—¿Tú también lo sientes? —preguntó, alzando mucho las cejas.
—Sí —dije—. Aunque tengo miedo. Tampoco quiero joder nuestra relación de trabajo. ¿Y si no lo logramos?
—Bella, no creo que eso vaya a ser un problema —dijo con solemnidad. Sus manos volvieron a tocar mi cara. Sus ojos miraron directamente a los míos. No podía ver nada más que honestidad, determinación y amor—. ¿Puedo besarte?
Sin confiar en mi voz, asentí. Él se agachó y se movió hacia mi boca. Mis ojos se cerraron. Sentí los labios de Edward rozar los míos. Mi cuerpo se sintió vivo. Las mariposas se volvieron locas en mi estómago cuando sus labios tocaron mis labios. Alcé los brazos hacia su cuello, enredando mis dedos en sus sudorosos mechones. Acercó mi cuerpo al suyo. Las piernas de Edward me estaban rodeando mientras nuestros labios se movían en tándem. Eran tan suaves y fuertes. Edward controlaba el beso. Yo no tenía idea de qué estaba haciendo, pero me deleitaba en los sentimientos que su boca despertaba en mí. Edward comenzó a profundizar ligeramente el beso. Escuché a lo lejos el sonido de unas llaves.
Mierda.
Nuestro beso se interrumpió cuando Alice abrió la puerta y golpeó la espalda de Edward.
—¡Owww! —gimió.
—¡Mierda! —chilló Alice al meterse, tapándose la boca—. Edward, ¿estás bien? ¿Por qué están en el piso?
—Estoy bien —refunfuñó—. Voy a tener un buen moretón, gracias. Estaba en el piso porque nos topamos con Jacob. Le dijo unas cuantas cosas muy desagradables a Bella, estaba listo para patearle el culo —se levantó y me ayudó a pararme—. Iré a bañarme. —Edward me guiñó y se fue a la habitación de invitados.
—¿Qué pasó? —preguntó Alice. Luego me vio—. ¡San-ta mierda! Te besó.
Me mordí el labio y miré a mi compañera de casa. Asentí empáticamente.
—Así es.
Alice gritó y saltó a mis brazos.
—Apestas, Bella —dijo Alice, arrugando la nariz—. Ve a bañarte.
Me fui saltando a mi baño y me quité la ropa de correr sudada. Me metí a la ducha y grité de emoción. Finalmente había tenido mi primer beso y quería más. Más con Edward. quería besar todo su cuerpo. Probar su piel.
Eso no es todo lo que queremos probar. Envuelve tus labios en su polla, muñeca. Chúpalo hasta dejarlo seco. Con cariño, tus partes femeninas.
Me volví loca.
Pero al menos ya he sido besada.
¡Uju!
¡Se besaron! Edward no se pudo contener más, tenía que confesarle sus sentimientos, lo bueno que Bella estaba en la misma página que él. Ese Jacob tenía que intentar arruinar las cosas, pero obviamente Edward no se lo iba a permitir.
Mil gracias como siempre por leer, no olviden dejarme sus comentarios ;)
