La mayoría del tiempo Shirabu era un buen roommate.

Era un chico tranquilo al igual que Akaashi, aunque en ocasiones tenía sus ataques de ira o estrés, sobretodo con asuntos relacionados a trabajos grupales y exámenes, pero nada destacable.

Era organizado y cumplía sin falta con los turnos que acordaban para cocinar y limpiar. Lograron congeniar hasta el punto de convertirse en buenos amigos, acudían por consejo al otro y se apoyaban mutuamente, era una bonita amistad.

Sin embargo, en días como ese Akaashi se arrepentía de compartir apartamento con alguien más.

Cuando el persistente sonido del timbre mermó, volvió a caer rendido como si nada. No obstante, su paz no duró mucho pues un fuerte grito de Kenjiro lo volvió a despertar ¿Qué mejor manera de empezar el día?

Pensó en ignorar el alboroto, pero supuso que el castaño no armaría un escándalo por una nimiedad. Menos un sábado a las 7 a.m.

De mala gana se desperezó, se puso las pantuflas y salió a la sala vestido únicamente con una camiseta ancha —expropiedad de Bokuto, el cómo llegó a sus manos es otro asunto— que le cubría la retaguardia y dejaba entrever sus boxers.

El cambio de la completa oscuridad —del interior de su habitación— a la excesiva luminosidad —de los primeros rayos de sol que iluminaban la sala— lo cegó por un momento. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, creyó seguir medio dormido al divisar a Semi sentado en su sofá y junto a él, un Shirabu con el ceño fruncido, aunque lo último no era novedad.

—¿Oya? ¿Semi-san? —exclamó el pelinegro, mientras se restregaba un ojo con el puño cerrado para no caer en la tentación de quedarse dormido ahí mismo.

—Buenos días —saludó el mayor.

—¿Qué ocurre? —preguntó el recién llegado al notar la extraña atmósfera.

—Dependiendo de qué decida Semi-san, vamos o no a ser tíos —respondió Shirabu antes de volver a tomar otro sorbo de su té.

—Te dije que no es así —Eita lo miró con molestia.

—Ya, que no lo quieras aceptar es otro tema.

—Más despacio, mi cerebro no puede procesar tantas indirectas a esta hora —interrumpió el oji-azul.

—Mi celo debió llegar hace un mes, no le presté mucha atención porque soy un omega recesivo así que en ocasiones no son muy notables —tomó la palabra el cenizo.

—Aún así debiste ir al médico.

—Eres un maldito exagerado.

—¿Semi-san no es beta? —interpeló Akaashi, asombrado.

—Es una especie de secreto, en la universidad solo lo sabe mi compañero de cuarto y Kenjiro lo descubrió por accidente —aclaró el aludido—. El caso es que mi periodo debió llegar hace dos semanas, me pareció extraño porque mi ciclo es lo único estable en mi vida… —dijo con voz entrecortada.

—Y ahora es que se viene a preguntar si le está pasando algo, justo cuando el feto ya se propuso ser un ingeniero —exclamó sarcásticamente el más bajo.

—¿Me vas a dejar seguir? —Shirabu movió la mano en señal de que podía continuar—. Entonces vine a preguntarle a Shirabu si no había alguna explicación para todo...

—Pero muchas cosas pueden alterar el ciclo, ¿no? —intervino Keiji.

—Evidentemente —asintió el castaño—, pero no estaría diciendo esto si no me hubiera dicho que se lo follaron una semana antes de cuando debía llegar su celo y sin protección nada más y nada menos —dirigió una mirada llena de reproche a su invitado.

Semi se limitó a observar el centro de mesa de 100 yenes como si fuera la mayor obra de arte jamás vista antes, era eso o enfrentarse a la voraz mirada del otro omega. Akaashi consideró que había tomado la decisión correcta.

—Ah.

—Sí, ah. Y como si no fuera suficiente evidencia, lleva casi una semana vomitando como si no hubiera un mañana. Entonces cuando le dije que lo más seguro es que estuviera en cinta, empezó a soltarme mil razones por las que eso era imposible. Si solo vino a refutar todo lo que dijera mejor se hubiera ahorrado el viaje.

—Las náuseas pueden ser por alguna comida que me cayó mal —se defendió Eita con voz queda, tenía miedo de despertar a la bestia que tenía por amigo.

—¡Ves! Solo da excusas.

—¿Ya te hiciste una prueba de embarazo, Semi-san? —indagó el azabache con la intención de que pararan su riña.

—No, está en negación.

—No estoy en negación.

—¡Si tan seguro estás solo haz la prueba de una maldita vez! —le gritó Shirabu, el de cabello miel ya no sabía qué hacer para que el mayor entrara en razón.

Para el desconcierto de los dos anfitriones, el rubio cenizo no contraatacó con algún comentario igual o peor, sino que soltó dos silenciosas lágrimas mientras miraba fijamente a Shirabu.

Lo que faltaba. Era muy temprano para que Akaashi tuviera que lidiar con una situación tan dramática. Gritos en plena madrugada (ref. véase todo lo que sea antes de las 11 a.m.), un posible embarazo, una discusión que llegó a las lágrimas, ¿Qué seguía? ¿Bokuto presidente?

O aún peor… Bokuto con pareja. Si había un Dios allá arriba, esperaba que al menos tuviera un poco de misericordia con su persona.

—Otra señal de que las hormonas están haciendo efecto —el comentario ácido de su roommate lo sacó de su ensimismamiento, Kenjiro parecía incapaz de callarse algunas veces.

Como el adulto responsable y capaz de resolver problemas que era —o tanto como podía ser con 19 años—, Keiji estuvo a punto de salir del departamento para que esos dos resolvieran su lío.

Lastimosamente no llevaba pantalones puestos, así que —para su pesar— tuvo que descartar esa alternativa.

Lo que hizo en cambio fue acercarse a su senpai y plantarse a su lado. El azabache no era el mejor consolando personas, si se tratara de Bokuto hubiera sido más sencillo, siempre sabía qué hacer para subirle el ánimo.

Pensó en tranquilizarlo con un par de palabras, pero estaba casi completamente convencido de que Eita ni siquiera lo escucharía.

Por suerte, antes de que un cazatalentos le concediera el papel de árbol #1, logró pensar en algo.

Siempre que se sentía decaído o ansioso, Kotaro conseguía calmarlo con un simple abrazo. No estaba seguro si era por la acción en sí, o por la persona de quien lo recibía, pero no perdía nada con probar, ¿no?

Se arrodilló y envolvió al mayor entre sus brazos, de manera que Semi apoyaba la cabeza en uno de sus hombros mientras Akaashi le daba suaves golpecitos en la espalda.

Cuando sintió que Eita se había tranquilizado, centró su atención en Shirabu y le dedicó una mirada de reproche para hacerle ver que se había excedido esta vez.

—No estás portándote como un profesional —le riñó.

—Pues que bien que yo aún no sea médico y Semi tampoco mi paciente —Keiji no dejó de dedicarle una de esas miradas intensas que te decían todo y a la vez nada.

Por un instante Kenjiro se sintió como cuando era un infante y su madre los regañaba a su hermano menor y a él por discutir por algún juguete que se negaban a compartir.

Normalmente el resultado era un juguete decomisado y dos hermanos aliándose temporalmente con el objetivo de recuperar el objeto que les fue arrebatado, aunque al final sus planes siempre eran frustrados y terminaban siendo obligados a leer libros sobre la historia de japón.

El lado positivo de todo es que en la secundaria y en la preparatoria siempre sacaba las mejores notas en historia aunque no prestara atención a las clases o no leyera los textos.

Soltó un bufido en señal de rendición, se acercó al de cabello cenizo y se arrodilló al lado de Akaashi. El menor se apartó un poco de Semi y le levantó la cabeza de su —ahora mojado— hombro para que mirara a Shirabu.

—Sabes que no intento hacerte sentir mal —empezó, Keiji lo invitó a seguir con un asentimiento al tiempo que Eita solo lo miraba con ojos cristalinos—. Pero me molesta que hayas sido tan irresponsable como para pasar por alto todos los síntomas solo porque no querías aceptar la realidad.

—Lo siento —se disculpó y dejó escapar otro par de lágrimas.

—No llores, después Akaashi me va a volver a quitar el celular —bromeó, ganándose una mirada aún más seria por parte Akaashi y una risa por parte de Semi—. Además primero tenemos que asegurarnos de que no estamos armando un escándalo para nada.

•••

Shirabu se sentía explotado.

Lo primero que recordaba era abrirle la puerta a Semi con todas las buenas intenciones del mundo ¡Incluso le ofreció una taza del té que le enviaba su madre directamente de Miyagi!

Lo último que supo fue que Akaashi lo estaba obligando a ir a la farmacia tipo minimarket que quedaba a algunas calles del departamento, como castigo por hacer llorar a Semi.

Akaashi podía ser el menor entre ambos pero sin duda cuando lo veía con esa mirada reprobatoria parecía lo contrario. Claro que no iba a admitir en voz alta que a en ocasiones —solo en ocasiones— temía por su vida ante la posibilidad de que podía pasar si lo desobedecía.

No es que el azabache fuera alguien que recurriera a la violencia, el desasosiego era más parecido al sentimiento que tendrías si tus padres te dijeran que están decepcionados de ti.

Como alguien que había visto a Keiji en su estado más vulnerable no entendía como podía ser tan multifacético en ese sentido.

Pronto llegó a su lugar de destino. Observó por un momento la fachada del autoservicio recordando su deber ahí.

Le parecía absurdo que la primera vez que tuviera que comprar pruebas de embarazo fuera en estas circunstancias ¡Ni siquiera había tenido acción desde que se graduó de preparatoria y aun así tenía que hacerse cargo del descuido de dos personas que sí la tenían!

Qué mal chiste era ese, solo faltaba que se cruzara con Ushijima en el local, lo que en realidad no era imposible ya que el lugar quedaba bastante cerca de la residencia universitaria en la que ambos vivían.

Rezó a Dios, Jesús, Buda, Zeus, cualquiera que fuera capaz de evitar que una desgracia de tal magnitud pasara.

Por fortuna, al parecer Kenjiro solo estaba siendo paranoico. Wakatoshi no estaba en aquel sitio, sólo había un puñado de personas y una cajera atendiendo. Nadie conocido por suerte.

Le echó un vistazo a los primeros pasillos hasta que encontró el área donde están los dichosos tests y agarró uno de tres marcas diferentes, era mejor ser precavido.

A su lado vio a un alfa —probablemente de la misma edad que él— con el rostro pálido y desconcertado al ver tantas marcas diferentes para pruebas de embarazo. Tampoco le pasó desapercibido cuando el chico tomó exactamente las mismas tres marcas que él, no iba ser él el que le dijera que tampoco sabía muy bien la diferencia entre una marca u otra.

Lo único que podía hacer era desearle buena suerte mentalmente, porque estaba 99% seguro de que en su apartamento no iban a tener tanta.

Antes de dirigirse a la caja aprovechó la oportunidad para tomar supresores para el celo, al menos la ida no sería del todo en vano.

Agradeció que solo hubieran dos personas antes que él: una señora mayor y el chico de antes; así podría irse lo más pronto posible.

La dependienta atendió con rapidez a la señora que encabezaba la fila, desviando frecuentemente su mirada al reloj de su muñeca y una que otra vez a la puerta, al parecer estaba esperando a que la persona del siguiente turno llegara para poder marcharse.

Cuando empezó a atender al chico que estaba delante de Kenjiro su mirada —que estaba dirigida a la salida— se iluminó.

—¿Dónde está ese estúpido gato? ¿No vino contigo? —interrogó la muchacha a la persona que se aproximaba.

Al parecer la respuesta fue negativa porque soltó un largo suspiro.

—¿Sería mucho pedir que lo reemplaces? Tengo que estar en un lugar y si no me voy ya llegaré tarde —pidió sin dejar de pasar los códigos de barra por la máquina registradora.

—Por eso estoy aquí —respondió una voz… bastante familiar.

Pero debía ser solo por su paranoia, era imposible. Su suerte no podía estar tan atrofiada.

Aun así giró su cabeza hacia la izquierda, dirección contraria de donde se aproximaba la voz. De repente las cajitas de chocolate que exhibían junto al stand del dependiente le parecieron ridículamente llamativas.

—¡Ah, qué alivio! Entonces déjame terminar de imprimir esta factura.

Con su visión periférica notó que el chico que lo precedía desapareció y que la cajera abandonaba su puesto para darle paso a su reemplazo.

—Shirabu.

Tenía que ser una maldita broma.

—Ushijima-san —saludó sin mirarlo todavía.

—¿Cómo estás?

—Estoy bien, no sabía que trabajabas aquí —«Si lo hubiera sabido no habría venido» omitió.

—Estoy haciéndole un favor a Kuroo, probablemente llegue en menos de 10 minutos.

Ah.

Si no fuera por la idea de dejar viudo a Kenma, Shirabu ya habría pensado en 50 formas diferentes de asesinar a Kuroo y otras 50 de cómo deshacerse del cuerpo.

—¿Quieres pasarme lo que vas a llevar?

—No…

—¿Eh?

—Nada —alzó la vista por fin y le pasó los supresores.

Ushijima llevaba puesta una camiseta deportiva manga corta que resaltaba los músculos de sus brazos y le ajustaba un poco en los pectorales. Se hubiera deleitado con aquella imagen si no hubiera caído en cuenta de las fachas con las que él había ido a la farmacia.

Shirabu llevaba unos pantalones de pijama a cuadros y un hoodie holgado, su cabello miel era el cosplay profesional de un nido de pájaros debido a que no lo había peinado antes de salir.

Tal vez era el karma por hacer llorar a un embarazado… Está bien, posible embarazado.

—¿Es todo? —le preguntó el alfa.

Sintió el impulso de salir de la farmacia, con suerte algún automóvil lo atropellaba y pondría fin a su sufrimiento.

No lo hizo. La farmacia más cercana estaba a una media hora y ya podía ver a Eita colapsar por los nervios.

Inspiró fuerte y le tendió las pruebas de embarazo al mayor.

Aun con lo inexpresivo que era Ushijima —o quizá precisamente por eso—, notó que fruncía ligeramente la frente.

Y era entendible, ¿no? Tenían algo. No estaban en una relación así que el de ojos aceituna no le podía reclamar y Kenjiro tampoco tenía por qué darle una explicación; empero, lo que tenían no se sentía como cualquier amistad, así que ambos tenían la tentación de hacer lo antes mencionado.

—So-son para un amigo —justificó el menor al ver que Ushijima no decía nada, no sin pensar lo mucho que aquello sonaba a excusa.

El omega no pudo evitar ruborizarse por la vergonzosa situación en la que se vio inmerso: bajo ninguna circunstancia encontrarte con tu crush cuando compras pruebas de embarazo era un buen escenario.

Wakatoshi lo miró por unos segundos, como si analizando sus expresiones pudiera corroborar la versión expuesta.

Kenjiro no supo si tenía que agradecer —o maldecir— el que no hubiera nadie detrás de él en la fila.

—Está bien —asintió

—¿M-me crees?

—No tengo razones para no hacerlo —declaró con simpleza, su expresión había vuelto a ser la misma de siempre.

—Nos vemos después, Ushijima-san —se despidió Kenjiro y apenas pronunció aquellas palabras salió como alma que lleva el diablo.

Si al final tenía razón y Semi terminaba teniendo un hijo, iba a obligarlo a ponerle su nombre a la criatura, como mínimo; si era niña ya pensaría en otra retribución.

•••

La paciencia es una virtud que no todo el mundo posee, pero sin duda hay situaciones que ameritan que hasta la persona más paciente pierda su serenidad. Esta era una de esas situaciones.

Los jóvenes aguardaban con nerviosismo a que los 15 minutos correspondientes terminaran con la incertidumbre: Akaashi jugaba con sus manos y recorría el departamento con su vista una y otra vez; Shirabu caminaba por toda la sala, esperando a que así el tiempo pasara más deprisa; Semi movía su pierna rítmicamente, incapaz de quedarse quieto.

Los tres habían olvidado sus tazas de té, aunque lo más probable es que las hayan dejado de lado una vez notaron que después de cinco dosis el bebestible no parecía tener mayor efecto en sus nervios.

Se sobresaltaron cuando sonó la alarma del cronómetro que habían programado para que les avisara una vez los 15 minutos hubieran transcurrido.

Se miraron y, como si fuera un acuerdo tácito, se dirigieron al baño.

Semi fue quien entró a tomar la primera de las tres pruebas, salió con ella en la mano aun sin mirar el resultado.

—¿Qué salió? —inquirió Akaashi al borde de morir de la ansiedad.

—N-no lo sé… No quiero ver.

—¡Ah, demonios! —Shirabu se acercó apresuradamente y le arrebató el objeto—. Oh, mierda.

El castaño se puso pálido y sin mediar palabra entró al baño para comprobar si las demás pruebas mostraban el mismo resultado.

—¿Y bien? —volvió a indagar a Akaashi.

Kenjiro les mostró la prueba.

—¿Qué significan las dos rayas? —preguntó confundido Semi.

—¿Cómo mierda ibas a leerla si no sabes qué significan las rayas? —regañó al mayor.

—Shirabu, no deberías tratar así a alguien embarazado —exclamó Keiji en un intento de apaciguar las aguas antes de que iniciaran otra disputa, después se dio cuenta de que sin querer le había dicho el resultado a Semi.

El color abandonó el rostro de Eita, el cual, apenas recobró el sentido, regresó a ocupar su lugar en el sofá. Los otros dos lo siguieron.

Sin previo aviso, Semi rompió en llanto, otra vez. Al parecer Kenjiro no se equivocó cuando dijo que las hormonas ya estaban surtiendo efecto.

—Semi-San, todo va a estar bien.

—No es e-eso, yo… aun sospechando que estaba embarazado no me estuve cuidando —hizo una pausa para limpiarse las lágrimas—. Siempre soy muy descuidado con las comidas, hay veces donde sólo como una vez al día porque lo olvidó y-y puede que haya fumado un par de cigarrillos en el último mes —musitó.

«Por eso se negaba tanto a la posibilidad de estar embarazado» dedujo el oji-miel.

—¿Eso significa que lo vas a tener?

—Sé que en estos momentos solo es un conjunto de cédulas y no un bebé, pero aun así no podría deshacerme de él —se mordió el labio—, aunque admito que no sé si el instinto omega está influyendo en mi decisión...

—¿Qué hay del padre? —se atrevió a preguntar Akaashi.

—Cierto, ¿Quién es?

—Ah, eso, umh...

—No tienes que decirnos si no quieres.

—Pues yo creo que sí, ¿te parece poco que haya venido tan temprano y de paso que Ushijima-san creyera que las pruebas eran para mí? —se quejó el más bajo.

—Es Tendo —dijo de repente el omega mayor, un tono carmín invadiendo sus mejillas—. Fu-ue el día de la fiesta en la casa de Bokuto.

—¿Y cuándo se lo dirás?

—No lo sé, no es tan simple —explicó—. Él ni siquiera sabe que soy omega, además las cosas se pusieron algo incómodas después de ese día. Yo lo alejé —empezó a sollozar nuevamente— ¿Y si ya no me quiere?

—He visto como te mira y presumo que tú lo sabes mejor que nadie —le dijo el azabache—, necesitarás más que eso para deshacerte de él.

Las palabras de Keiji tuvieron el efecto contrario al deseado: Eita aumentó la intensidad de su llanto

Shirabu y Akaashi compartieron una mirada, ya se les habían agotado las ideas para aplacar las lágrimas del futuro padre.

—Si es niño tienes que ponerle mi nombre —declaró Shirabu inesperadamente, ganándose la atención de los otros dos jóvenes—, ¿Qué? Nunca les voy a perdonar que Ushijima-san me haya visto comprando pruebas de embarazo que ni siquiera eran para mí —puso énfasis en la última frase— y mucho menos con esta apariencia tan lamentable —finalizó con un puchero.

Instantáneamente los otros dos estallaron en carcajadas ante la imagen mental de la cara abochornada de Kenjiro y al imaginarse lo avergonzado que debió estar.

El omega había dicho aquello con toda la seriedad del mundo, pero se abstuvo de comentarlo debido a la sorpresa de escuchar las estridentes risas de sus amigos: de Akaashi porque rara vez podía verlo pasar de una simple sonrisa y de Semi porque hasta hace unos segundos lloraba desconsoladamente.

Ser el payaso del grupo no era lo suyo, pero Shirabu estaba dispuesto a aguantar un par de burlas con tal de ver a sus amigos felices.