Alma Gemela
El Rescate
Jiraya era incapaz de respirar cuando se teletransportó a Katoteros, una pequeña región inferior situada entre dimensiones. Aquel era su dominio privado, que se suponía que nadie salvo él había pisado jamás.
Siglos atrás, Hades lo había relegado a ese lugar inexistente. O, para decirlo con mayor corrección, Hades lo había encarcelado allí. Desde el día que Artemisa lo liberara, Jiraya había utilizado ese lugar como un indicador que le recordaba lo que era. Lo que había sido...
En esos momentos le tocaba a él luchar por recuperar el control. Tenía pocos minutos para dominar sus pensamientos. Y sus emociones.
Tenía un nudo en el estómago y le entraron ganas de vomitar cuando los recuerdos y el dolor comenzaron a asaltarlo. El aire que lo rodeaba chisporroteaba y crepitaba al son de su voluble estado.
Tenía que recuperar el control de sí mismo. No podía permitirse el lujo de dar rienda suelta a sus emociones.
Si lo hacía, no habría nadie que pudiera detenerlo. Jiraya se pasó las manos por el largo cabello y emitió su antiguo grito de batalla. Un relámpago zigzagueó en lo alto y unas cuantas nubes grises de tormenta enturbiaron el escalofriante cielo negro azulado que había sobre su cabeza.
Aquello no podía estar ocurriendo. No en esos momentos. Y sin embargo, no había otra explicación. Madara estaba libre. Había logrado escapar de alguna forma de la Isla del Retiro y andaba suelto por Nueva Konoha. ¿Cómo era posible que hubiera ocurrido algo así?
Y Madara se estaba haciendo pasar por él. Se estaba relacionando con sus hombres y hablándoles... Sintió una punzada de horror en el pecho.
Tenía que detenerlo antes de que revelara su pasado a alguien. No podía soportar la idea de que alguien conociera los hechos de su vida como mortal. De que alguien se enterara de lo que había sido. De lo que había hecho...
—¿Jiraya?
Dio un respingo al escuchar la voz de Artemisa.
—Este es un lugar íntimo para mí, Mei. Me prometiste que jamás vendrías aquí.
Ella se materializó frente a él.
—Percibo tu dolor.
—Como si te importara...
La diosa estiró una mano para tocarle la cara, pero él cruzó los brazos sobre el pecho y se apartó de ella. Artemisa suspiró y dejó caer la mano.
—Me importa, akribos. Más de lo que crees. Pero esa no es la razón de que haya venido. Me he enterado de lo de Sasuke.
Jiraya soltó un ronco gruñido. Por supuesto que ella jamás acudiría porque él sintiese dolor. Le había enseñado mucho tiempo atrás que su sufrimiento no significaba nada para ella.
—Me estoy encargando de ello.
—¿Y cómo? Ha sido descubierto y ahora lo persiguen las autoridades humanas. Lo ha puesto todo en peligro. Debe morir.
—No —masculló—. Yo me encargaré del asunto. Solo necesito un poco más de tiempo.
El rostro de la diosa lucía su característica expresión calculadora.
—¿Y qué me darás a cambio de ese tiempo que solicitas?
—Joder, Artemisa, ¿por qué contigo todo tiene que hacerse en forma de trato? ¿Es que no puedes por una sola vez hacer algo tan solo porque yo te lo pido?
—No hay nada gratis —replicó mientras caminaba en círculos a su alrededor. Jiraya se encogió cuando ella recorrió su espalda con la mano—. Tú deberías saberlo mejor que nadie. Un favor requiere otro favor.
Jiraya respiró hondo y se preparó para lo que vendría a continuación. Le gustara o no, tendría que suplicar para mantener a salvo a Sasuke.
—¿Qué quieres?
Ella le apartó el cabello de la nuca y lo acarició con los labios y la nariz. El cuerpo de Jiraya se vio recorrido por los escalofríos y se endureció contra su voluntad.
Cuando habló, la voz de la diosa sonó grave y ronca.
—Ya sabes lo que quiero.
—Está bien —dijo él con resignación—. Puedes tenerme, pero no envíes a Tánatos todavía. Deja que lleve a Sasuke de vuelta a Alaska.
—Mmm —suspiró ella contra su cuello—. ¿Ves...? Es mucho mejor cuando colaboras.
Jiraya se puso rígido cuando ella lamió su piel.
—Una pregunta —dijo con frialdad—. ¿Liberaste a Madara para poder joderme?
Ella se apartó con brusquedad y caminó a su alrededor con una mirada perpleja.
—¿Qué?
Jiraya la observó con detenimiento; quería saber la verdad.
—Madara está en Nueva Konoha.
Artemisa pareció anonadada.
—Jamás te habría hecho una cosa así, Jiraya. No tenía ni idea de que había escapado. ¿Estás seguro?
Pese a todo, le alivió saber que ella no lo había traicionado. Otra vez.
—Naruto lo vio y creyó que era yo.
Artemisa se apretó la mano contra los labios. Sus ojos verdes estaban aterrorizados.
—Vendrá a por ti.
—Ya lo está haciendo. Estoy seguro de que el bailecito de Sasuke frente al club no fue más que una trampa para conseguir que tú mataras a Sasuke. Sin duda, Madara está tratando de neutralizar a mis hombres. Bien para evitar que me protejan o bien para mantenerme distraído.
—No dejaré que te tenga —dijo ella con énfasis.
—Esto es entre mi hermano y yo, Mei. Quiero que te quedes al margen. —Jiraya aumentó la distancia entre ellos—. Volveré al amanecer para cumplir mi parte del trato. Entretanto, déjame a Sasuke a mí.
·
·
·
Itachi todavía conservaba su forma humana mientras ayudaba a su hermana a comerse su quingombó.
Era la única criatura viviente a la que le había permitido ver el lado tierno de su carácter. Para el resto del mundo debía comportarse siempre de forma implacable y dura, si no quería que su manada se abalanzara sobre Naori y Shisui a causa de su herencia híbrida.
Itachi agarró con fuerza el suave y espeso pelaje de Naori y reprimió el dolor que lo embargaba. Shisui y ella eran todo lo que tenía en el mundo.
Lo único que significaba algo para él.
El día que Naori se emparejó con Orian, el guerrero strati, a Itachi le había dado un ataque. Siempre había sabido que su estúpido e imprudente compañero moriría pronto.
Unas cuantas semanas atrás las Moiras habían demostrado que estaba en lo cierto.
Aún podía escuchar la voz de su hermana cuando se enteró de la muerte de Orian y le dijo que estaba algo más que emparejada con Orian. Había permitido que el lobo la vinculara a él también. Puesto que sus fuerzas vitales estaban unidas, la muerte de Orian debería haber conllevado también la suya, pero ella llevaba la camada de Orian en su vientre.
Sin embargo, tan pronto como nacieran los cachorros, se uniría a su compañero al otro lado de la eternidad. Con el corazón roto, Itachi parpadeó para reprimir las lágrimas.
Naori levantó la mirada y le lamió la cara.
—Te gusta el quingombó, ¿verdad? —le preguntó a su hermana al tiempo que le acariciaba las orejas con ambas manos.
Escuchó la risa de Naori en su cabeza.
«Gracias por conseguirlo», le dijo mentalmente.
Itachi asintió. Por ella, atravesaría los fuegos del infierno para reclamar un simple sorbo de agua. Ella se tumbó a su lado y apoyó la cabeza en su regazo.
«Deberías adoptar la forma de lobo antes de empezar a levantar sospechas entre los demás», le dijo a Itachi.
Itachi observó el modo en que el pelo de su hermana se ondulaba entre sus dedos. Cómo iba a echarla de menos cuando se marchara. Era la loba más hermosa que había visto jamás y no se refería a su apariencia física. Lo que más echaría de menos sería su dulce corazón. El modo en que se preocupaba por él.
—Lo haré, Naori. Solo quiero esperar unos minutos más.
Percibió que Shisui se acercaba por detrás en su forma de lobo. Su hermano le dio un topetazo en la espalda con la cabeza antes de darle un mordisco juguetón en el hombro.
Una luz apareció de repente a su derecha. Itachi levantó la mirada y descubrió a Jiraya, de pie en mitad del pantano. El atlante miró a su alrededor para asegurarse de que estaban solos y a continuación dijo muy despacio:
—¿Tienes un minuto?
Shisui gruñó.
—No pasa nada, adelfos —señaló Itachi al tiempo que apartaba a su hermano—. Vigila a Naori.
Itachi se puso en pie y acompañó a Jiraya hacia los árboles, lejos de la guarida. Si algún miembro de la manada descubría que había llevado allí a un Cazador Oscuro, podía darse por muerto.
—Deberías haberme llamado, Jiraya.
—Esto no puede esperar. Tengo un problema y eres el único en quien confío para que me eche una mano.
Eso lo dejó estupefacto. Absolutamente.
—¿Confías en mí?
Jiraya lo miró con una expresión irónica.
—No, en realidad no. Pero tengo un renegado que se está haciendo pasar por mí y que está amenazando a mis Cazadores.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Me lo debes, Itachi, y necesito que Shisui y tú me cubráis las espaldas. Necesito a alguien musculoso a quien no vean llegar.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Naruto se paseaba de un lado a otro del ático de Hinata. Se había dado una ducha para deshacerse con rapidez de la sangre que cubría su cuerpo y se había puesto la ropa que le había traído Konohamaru. Mantenía la calma, pero le estaba costando la misma vida.
—Está ilesa, Narr —dijo Honoka—. Te lo juro.
Naruto dejó escapar un largo y cansado suspiro de alivio. Le agradecía mucho a Honoka que hubiera logrado llegar hasta él en esa ocasión, cuando le resultaba extenuante permanecer a su lado. El poder que la estaba bloqueando era uno al que nunca se habían enfrentado con anterioridad.
Solo esperaba que Honoka pudiera hacerle frente un poco más para continuar ayudándolo a proteger y a vigilar a Hinata.
—¿Puedes decirme con exactitud dónde se encuentra? —le preguntó a su hermana.
—Mierda —dijo Konohamaru desde la encimera de la cocina junto a la que estaba sentado mientras esperaba a que Jiraya regresara—. No estarás hablando con los muertos otra vez, ¿verdad? Detesto que hagas eso.
—Cállate, Konohamaru.
El escudero frunció los labios.
—«Cállate, Konohamaru. Dame la patita. Siéntate. Busca». Yo también te quiero, celta.
Naruto lo fulminó con la mirada.
—¿Por qué no te vas a pillar algo de comida que te haga mantener la boca cerrada?
—Eso sí que lo puedo hacer. —Konohamaru se levantó del taburete y se dirigió a la cocina.
—Nae, no puedo encontrarla —dijo Honoka—. No puedo determinar su localización exacta. Ya te lo he dicho, algo poderoso la protege. Algo que me está recordando a los poderes de un dios.
—¿Orochimaru?
—No estoy segura. Hay parte que podría ser un dios celta, pero hay algo más.
—¿Qué?
—Es como si los poderes estuviesen mezclados. Como si dos dioses se estuvieran protegiendo entre sí.
—¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
Konohamaru soltó una palabrota.
—Aquí no hay comida. No hay nada salvo hierba, tofu y mierda. Ni siquiera hay una Coca-Cola. Joder, Naruto, tu novia está tarada. —Konohamaru sacó el trozo de queso de soja y lo olió—. Esto parece bastante comestible. Me refiero a que es difícil cagarla con un queso, ¿no les parece?
—Claro, Konohamaru. Cómete el queso. —Naruto se giró hacia Honoka mientras Konohamaru buscaba un cuchillo para partir unas lonchas—. ¿La liberarán?
—No puedo decirte el futuro, Narr, ya conoces las reglas.
—Tengo que saber si va a vivir.
Honoka titubeó antes de contestar.
—Hoy vivirá.
—¿Y mañana?
Honoka apartó la mirada.
—Eso no puedo decírtelo.
Naruto soltó una maldición.
De repente un brillante destello iluminó la habitación. Naruto se protegió los ojos del resplandor y vio cómo Jiraya y dos hombres aparecían justo por delante del vano de la puerta. Jamás había visto a esos dos hombres con anterioridad, pero le bastó un vistazo para saber que eran katagarios. El aire que los rodeaba estaba cargado de poderes espirituales y animales.
—Vamos, hombre... —masculló Konohamaru—. Odio la mierda esta de las apariciones. Me has pegado tal susto que has conseguido que me coma esta porquería de queso, Jiraya. —Volvió a mirar a Naruto—. ¿Qué es esta cosa, ahora que lo pienso?
—Queso de soja.
El katagario compuso una expresión de asco.
—Ya no podré cenármelo —dijo el más alto de los katagarios—. Ahora todo su organismo está contaminado. Pasará al menos una semana antes de que abandone el tejido celular y sea comestible de nuevo.
Konohamaru palideció de forma considerable.
—¿Estás listo para ir en busca de Hinata? —le preguntó Jiraya a Naruto.
Naruto asintió con férrea determinación.
—Vamos allá.
Jiraya dirigió su mirada hacia Konohamaru, que estaba en la cocina.
—Konohamaru, quiero que vayas a casa de Sasuke y lo mantengas fuera de la vista de momento. Está bajo arresto domiciliario, así que si lo pillo danzando por ahí, acabará de mierda hasta el cuello; y tú también.
Konohamaru hizo una mueca.
—Vale, pero que conste en acta: quiero que sepas que si la vida de una mujer no estuviera en peligro, te diría dónde puedes meterte esa orden.
Konohamaru atravesó la puerta, dejando atrás a los katagarios sin dejar de farfullar:—«Konohamaru, ve a buscar mi coche. Ve a buscar mi ropa. Limpia la chimenea. Hazme la cama. Vigila al psicópata. Tráeme las zapatillas.» Sí, iré a buscar esas zapatillas y las meteré en un lugar de lo más incómodo.
Justo cuando Naruto pensaba que había acabado con la perorata, escuchó un último comentario de despedida.
—Te lo juro, mi madre debería haberme llamado Sultán.
—Oye, que sepas que mi mejor amigo se llama Sultán —dijo el más alto de los katagarios por encima del hombro.
El otro katagario le dio un pequeño codazo.
—¿Quieres dejarlo ya?
Jiraya señaló al katagario alto de pelo negro y corto que había hecho el primer comentario.
—Naruto, te presento a Shisui. —Y acto seguido hizo un gesto hacia el tipo que tenía el pelo más largo y los ojos rojos—. Y a su hermano, Itachi.
—¿Por qué están aquí? —le preguntó Naruto a Jiraya.
—Digamos que si los tipos malos están armados con luces halógenas otra vez, no tendrán el mismo efecto sobre los katagarios que el que tuvieron sobre ti.
—Sí —dijo Itachi con una sonrisa perversa—. Las luces solo consiguen que ataquemos mejor.
Bien, al menos tenían un as en la manga. Ahora lo único que tenía que hacer era ponerle las manos encima a Orochimaru.
—Y bien ¿cuál es el plan, «chicas»? —preguntó Shisui.
—Que ninguno de nosotros acabe muerto —respondió Jiraya.
Itachi los precedió mientras abandonaban el ático en dirección al coche de Naruto, quien pudo ver las dos motocicletas Ninja negras y grises que debían de pertenecer a los katagarios. Al tratarse de animales que se transformaban en humanos y que tenían que moverse con rapidez con el fin de evitar a sus enemigos, preferían viajar en moto a correr o caminar, cosa que les restaba las fuerzas que necesitaban para la lucha.
Naruto miró el reloj. Faltaban veinte minutos para la cita. Una parte de él deseaba que Jiraya los teletransportara hasta el almacén, pero sabía muy bien que no debía pedirlo.
Jiraya se mostraba muy caprichoso con ese poder en particular y se ponía bastante irritable cuando le pedían que lo usara.
Naruto se metió en el Viper mientras los otros tres arrancaban las motos. Salió del callejón en primer lugar con los chicos pisándole los talones y se dirigió hacia Commerce Street.
Llegaron a la zona comercial unos minutos más tarde.
Las calles eran un hervidero de actividad, tanto turista como local. Esa popular área era el principal distrito de arte de Nueva Konoha y a menudo se referían a él como el SoHo del Sur.
A Naruto no le llevó mucho tiempo encontrar el almacén abandonado que fuera una popular galería de arte durante los ochenta. Se había cerrado a principios de los noventa y había estado vacío desde entonces. Las enormes ventanas acristaladas estaban a oscuras; algunas parcialmente rotas y selladas con tablones. Las puertas que una vez fueran rojas estaban en esos momentos agrietadas y desconchadas, y se mantenían unidas gracias a una gruesa cadena con candado.
No se escuchaba un solo sonido proveniente del interior cuando los hombres abandonaron sus vehículos y formaron un grupo.
—Una cosa, chicos —dijo Shisui con lentitud al tiempo que se quitaba el casco—. ¿Os habéis dado cuenta de que es muy probable que sea una trampa?
—No me digas... —replicó Naruto con sarcasmo.
Shisui puso los ojos en blanco.
Naruto invocó sus poderes y permitió que se extendieran, dándose cuenta de lo fragmentados que estaban. No era una buena señal. No sabía qué los aguardaba en el interior del edificio, pero se abriría camino a través del Infierno para mantener a Hinata a salvo. Con o sin poderes.
Se encaminaron hacia el edificio con Jiraya en la retaguardia.
—Ay... —dijo Shisui mientras Naruto se encargaba del candado—. Allanamiento y robo con violencia. Trae a colación gratos recuerdos, ¿eh, Itachi?
—Cierra la boca, Scooby —replicó Itachi, utilizando el insulto katagario con el que se referían a los cachorros descerebrados o cobardes—. Y vigila tu espalda.
Naruto partió el candado y abrió la puerta. Esta se salió de los goznes con un fuerte crujido. Naruto soltó una palabrota antes de empujar la hoja con irritación.
Entraron en el edificio uno a uno, se abrieron en abanico y se detuvieron en medio de la oscura y vacía habitación, que estaba cubierta con el polvo, las telas de araña y la mugre de al menos una década.
De vez en cuando pasaba un coche por allí, e iluminaba con los faros parte del deteriorado interior. El lugar estaba sumido en el silencio, salvo por un extraño y rítmico golpeteo que provenía de la planta de arriba y el ruido que hacían los roedores al deslizarse por el suelo.
—Yuuuuujuuuuuu —canturreó Shisui con una voz que recordaba a la banda sonora de una película de serie B—. Oye, Jiraya, ¿te molaría chuparme la sangre?
Jiraya le dirigió una mirada vacía y jocosa.
—No, gracias. Lo último que me hacía falta es que me contagies la parvo o alguna otra rara enfermedad de los perros que me haga levantar la pierna sobre las bocas de incendio.
Itachi le dio un coscorrón a su hermano en la cabeza.
—La próxima vez te dejaré en casa.
—Oye, que eso ha dolido —dijo Shisui al tiempo que se frotaba la cabeza.
—Sí, pero no tanto como te dolerá esto. —La voz incorpórea había salido de la nada.
Naruto escuchó que algo giraba en el aire. Movió la cabeza bruscamente hacia la izquierda para evitar su trayectoria y lo atrapó cuando pasaba junto a su hombro. Enarcó una ceja al contemplar la enorme hacha medieval que sujetaba y se la tendió a Itachi.
El katagario frunció los labios. Al parecer no le había hecho mucha gracia.
—Oye, imbecil, deberías saber una cosa. —Itachi evaluó el filo de la hoja con el pulgar—. Si atacas a mi hermano, me cabreo de verdad.
Itachi le arrojó el hacha al mismo que la había lanzado.
Naruto escuchó un gruñido un instante antes de que la luz de los focos atravesara la oscuridad.
Naruto y Jiraya sisearon de dolor, se agacharon y se protegieron los ojos.
Un segundo después, algo crujió y las luces se apagaron.
Jiraya lanzó una descarga astral hacia un rincón y debió de acertar en el objetivo, ya que Naruto escuchó que alguien chillaba. El hedor de la carne quemada inundó la habitación.
Fue entonces cuando los daimons salieron de la oscuridad y los atacaron. Naruto atrapó al primero que se puso a su alcance y lo levantó del suelo. Accionó el mecanismo que liberaba la hoja de su bota, pero antes de que pudiera utilizarlo para matar al daimon, otro lo sujetó por la cintura y tiró de él hacia atrás.
—¡Mira qué bien, comida daimon! —exclamó Shisui con una carcajada —. Oye, Itachi, ¿te apetece carne roja o blanca?
Itachi le acertó a uno de los daimons en el pecho con un cuchillo, justo en el corazón. El daimon se desintegró. El katagario se echó a reír cuando vio a su hermano, que estaba dándose de porrazos con otro daimon.
—¿Qué te parece si le sujeto una pierna y tú la otra y pedimos un deseo antes de tirar?
Naruto puso los ojos en blanco y a continuación se dio la vuelta y utilizó el tacón de su bota para acabar con el daimon que lo había agarrado.
Fue detrás del primer daimon, que se dirigía a la espalda de Shisui. Lo atrapó justo antes de que alcanzara al katagario.
El daimon se giró con un siseo e intentó apuñalarlo. Naruto le retorció la muñeca y le quitó el cuchillo de la mano de un golpe.
—Mala jugada, —dijo Naruto antes de golpear al vampiro.
El daimon se tambaleó hacia atrás. Naruto utilizó la daga para terminar con él. El daimon se desintegró al tiempo que las almas robadas abandonaban su cuerpo y se elevaban hacia el techo.
Vio algo por el rabillo del ojo que le llamó la atención. Se giró y descubrió que Jiraya estaba siendo acorralado por un grupo de daimons.
Jiraya luchaba con su vara de guerrero, pero lo atacaban tantos a la vez que era como tratar de librarse de las hormigas en medio de un hormiguero.
Naruto fue en su ayuda.
¿De dónde habían salido todos aquellos daimons?
Por lo general se congregaban en Nueva Konoha en esa época del año, pero carajo... parecía que la mitad de su población se encontraba en esa estancia.
Juntos, Naruto, los katagarios y Jiraya, acabaron con ellos.
—Gracias —dijo Jiraya una vez que el último se desintegró.
Naruto asintió y plegó su srad para convertirlo en una única daga antes de volver a colocársela en la bota.
—Bien —dijo Shisui imitando el fuerte acento sureño—. Tengo que decir que me parece muy amable por parte de los daimons no dejar nada sucio cuando los matas. Es mucho mejor que matar a un arcadio. —Alzó las manos para que las vieran—. Mira, mami, no me he ensuciado.
—¿Tiene Shisui un botón de apagado? —le preguntó Naruto a Itachi.
Con una expresión de disculpa, Itachi hizo un gesto negativo con la cabeza.
Sin embargo, Naruto ya no les prestaba atención.
Tenía cosas más importantes en las que concentrarse.
—Tenemos que encontrar a Hinata —dijo antes de dirigirse a las escaleras.
—Espera —le advirtió Jiraya—. No tienes ni idea de lo que hay ahí arriba.
Naruto no aminoró la marcha ni un ápice.
—Y no lo descubriré hasta que llegue.
Sin otro pensamiento que el de salvarla, Naruto siguió el ruido del golpeteo hasta una puerta situada al otro extremo del vestíbulo superior. Para el momento en que llegó hasta allí, Itachi, Shisui y Jiraya ya estaban a su lado.
Naruto abrió la puerta de golpe, listo para la batalla.
En lugar de un grupo de daimons, lo que descubrieron fue a Hinata atada a una cama en mitad de una habitación iluminada por una pequeña bombilla. Entre gemidos, la mujer se retorcía una y otra vez, como si se estuviese quemando.
Aterrado ante la posibilidad de que le pasara algo malo, Naruto se apresuró a acercarse a ella mientras Itachi y Shisui recorrían la estancia en busca de daimons.
¿Qué le habían hecho a Hinata?
Si la habían tocado o le habían hecho daño, los perseguiría hasta dar con ellos y los despedazaría.
Tan pronto como Naruto la liberó de la cama, ella se agarró a él con todas sus fuerzas.
—Hola, amor —susurró Hinata con voz ronca al tiempo que se frotaba contra él y deslizaba las manos por su cabello y su cuerpo—. He pensado mucho en ti; estaba deseando que vinieras a buscarme.
Ajena a la presencia del grupo que se encontraba en la habitación, lo besó con fervor y empezó a quitarle la ropa. Durante todo un minuto Naruto se sintió demasiado desconcertado como para moverse. Y de repente sus hormonas cobraron vida y comenzó a desearla con la misma intensidad que ella a él.
Ella lo empujó hacia la cama y se encaramó a su cuerpo, como si estuviera dispuesta a hacerlo con él allí mismo.
Con el cuerpo enfebrecido, Naruto reconoció que jamás había visto algo semejante. Tenía que luchar literalmente por mantener la ropa en su lugar. Desde luego no hubiera ocurrido lo mismo si hubieran estado a solas. Pero no estaba en absoluto dispuesto a dar un espectáculo con público incluido.
Jiraya la observó con una extraña expresión en los ojos.
—¿Hinata? —dijo Naruto mientras trataba de descubrir si había sufrido algún daño—. ¿Te encuentras bien?
—Mmm... Mmm —gimió Hinata al tiempo que trazaba un sendero de pequeños mordiscos desde la barbilla al cuello.
El cuerpo de Naruto se puso duro y caliente al instante.
—Vamos, cielo —le susurró ella al oído—, te necesito. Ahora mismo.
—Oye, Itachi —dijo Shisui—. No sabía que las mujeres humanas podían entrar en celo, ¿tú sí?
Itachi miró a su hermano con sorna. Sin embargo, Shisui siguió en su línea.
—¿Crees que necesitará un sustituto después de agotar a Naruto, como le ocurriría a una hembra katagaria? Por lo general no me lo hago con humanas, pero puede que una pieza como ella lograra tentarme.
Naruto se enfureció.
Itachi colocó la mano sobre la boca de su hermano y lo empujó hacia atrás.
—Shisui, creo que será mejor que te calles, o puede que Naruto te convierta en kebab de lobo.
Jiraya meneó la cabeza como si tratara de librarse de un trance. Tiró de Hinata hacia atrás, lejos de Naruto. Ella luchó y siseó como una gata salvaje para liberarse. Jiraya susurró algo en un idioma que Naruto no pudo comprender y Hinata se quedó lánguida entre sus brazos al instante.
—¿Qué le has hecho? —le preguntó Naruto con tono airado.
—Nada peligroso. —Colocó a Hinata una vez más sobre el regazo de Naruto con mucho cuidado—. No es más que un pequeño hechizo de sueño que la mantendrá tranquila y te permitirá llevarla sana y salva a casa. — Levantó la mano de Hinata y olisqueó su piel.
Naruto ya había percibido un extraño e intenso olor a naranja que parecía proceder del cuerpo de Hinata.
Jiraya se giró hacia Itachi y Shisui.
—¿Os importaría esperar abajo, chicos?
Itachi inclinó la cabeza.
—Haremos otro barrido del edificio para asegurarnos de que no hay más daimons escondidos por ahí.
Precedió a su hermano de camino al exterior. Naruto acunó a Hinata contra su pecho, agradecido por tenerla de nuevo, pero preocupado por lo que le habían hecho. También había notado el extraño comportamiento de Jiraya; el hombre estaba mucho más raro que de costumbre.
—¿Qué le pasa?
Jiraya dejó escapar un largo y hastiado suspiro.
—Le han administrado una droga llamada Eycharistisi. —Al ver el ceño fruncido de Naruto, tradujo la desconocida palabra—. Placer.
—¿Cómo dices?
—Es un afrodisíaco muy potente. Llena el torrente sanguíneo de endorfinas y destruye cualquier tipo de inhibición. Un chute y el consumidor no puede pensar en otra cosa que en encontrar a alguien que lo lleve al orgasmo.
La furia se abatió sobre Naruto cuando comenzó a reflexionar sobre los motivos que los habrían llevado a administrársela.
—¿Crees que Orochimaru se ha acostado con ella?
—No, creo que otra persona quería enviarme un mensaje a mí y una advertencia a ti.
—¿Y eso por qué?
Las mejillas de Jiraya se cubrieron de motitas rojas... algo que solo ocurría cuando el tipo se enfadaba de verdad. En mil quinientos años, Naruto solo había visto aquellas motitas en tres ocasiones.
—Placer era la droga de moda en la Atlántida y no se ha fabricado de nuevo desde que el continente se hundió en el fondo del Egeo.
Un mal presentimiento se asentó en las entrañas de Naruto. Aquello iba más allá de Hinata y de él. Entrecerró los ojos para observar a Jiraya.
—¿Qué está pasando aquí, Ero-sennin? Primero alguien que se parece a ti pero que no eres tú me cuenta una película. Y ahora alguien tiene acceso a una droga que desapareció hace once mil años, junto con tu patria, y se la administra a Hinata, quien fue raptada por Orochimaru. ¿Qué es lo que ocurre?
—A primera vista diría que Orochimaru ha formado equipo con alguien más.
—¿Con quién?
Como era de esperar, Jiraya no respondió.
—Necesito que te mantengas al margen de esto.
—Me resulta bastante difícil mantenerme al margen cuando esa persona sigue insistiendo en que participe. Y no me mantendré al margen mientras amenacen a Hinata.
—Harás lo que te diga, Naruto.
—No soy tu criado, Jiraya. Será mejor que utilices otro tono conmigo. Y rápido.
Las mejillas de Jiraya se tornaron aún más rojas.
—¿Estás cuestionando mi autoridad?
—No, estoy cuestionando tu sentido común. Quiero que seas sincero conmigo y me digas a quién y a qué nos enfrentamos y cuál es la razón de que ese hombre le administrara semejante droga a Hinata.
—No te debo ninguna explicación, celta. Lo único que necesitas saber es que tengo un viejo enemigo que finge ser yo.
—¿Por qué?
—Bueno, es obvio que no pretende ser amable conmigo y ganarse a mis amigos, ¿verdad?
Naruto soltó un gruñido por la imposibilidad de arrancarle a Jiraya algo acerca de su pasado. ¿Por qué carajos era tan reservado ese hombre?
—¿Puede cambiar de forma o es un semidiós?
—La última vez que lo comprobé era humano.
—En ese caso ¿por qué se parece a ti? ¿Es un pariente?
—No voy a jugar al Trivial contigo, Naruto. Ese tipo no es asunto tuyo. Solo mío.
—¿Me explicarás al menos cómo voy a distinguiros en el futuro?
Jiraya se quitó las gafas de sol.
—Nuestros ojos. Soy el único humano que ha nacido con unos ojos como estos. Él no los tiene así y no se quitará las gafas por miedo a que lo descubran.
—¿Por qué te busca ese tipo?
—Me quiere muerto.
—¿Por qué?
Jiraya se apartó de él.
—Tus órdenes son sencillas. Llévatela de vuelta al pantano. No sé cuánta droga le han administrado, pero estoy seguro de que todavía tendrá efecto cuando se despierte. Confía en mí, cuando lo haga te pondrá una enorme sonrisa en los labios.
—Que confíe en ti... —repitió Naruto—. Resulta gracioso que sigas diciendo eso cuando tú nunca le confías a nadie las cosas más básicas sobre ti mismo. ¿Por qué, Jiraya?
Como era de esperar, Jiraya no respondió. Y en ese mismo instante Naruto se dio cuenta de cómo debía de sentirse Hinata cuando estaba con él.
Era increíble que todavía le hablara.
—Oye, Jiraya —llegó la voz de Itachi desde las escaleras—. Hay algo abajo que quiero que veas.
Naruto cogió en brazos a Hinata y la llevó escaleras abajo. Jiraya los siguió.
Itachi y Shisui se encontraban en una pequeña habitación lejos de la principal. En la pared del otro extremo alguien había dibujado un escalofriante símbolo griego consistente en tres mujeres y una bandada de palomas. Había tres notas pegadas sobre él, una sobre la cabeza de cada mujer.
Naruto se percató de que una era para él, otra para Hinata y otra para Jiraya.
Tras cruzar la habitación, Jiraya despegó las notas, abrió la que estaba dirigida a Naruto y la leyó en alto.
—«No me hiciste caso, celta. Te advertí que te quedaras en tu pantano, donde ella estaría a salvo. Apostaría cualquier cosa a que ahora te tiene en vilo no saber cuándo, dónde ni cómo voy a matarla. Pero quédate tranquilo, la mataré.»
A continuación, abrió la que estaba dirigida a Hinata y también la leyó en alto.
—«Naruto, ¿estás leyendo las cartas de Hinata? ¿Qué? ¿No confías en tu novia? No te preocupes, no te ha sido infiel. Al menos, todavía no; aunque ha sido difícil. Tuvimos que atarla para evitar que tratara de follarnos a todos.»
Naruto estuvo a punto de estallar de furia.
—Te lo juro, encontraré a ese hijo de puta y le arrancaré el corazón.
Furioso, Jiraya abrió la última nota, pero en esa ocasión no la leyó en alto. La nota iba dirigida a él. La letra era diferente.
Te conozco, hermanito. Sé todo lo que has hecho. Sé cómo vives.
Pero, sobre todo, conozco las mentiras que te cuentas a ti mismo para poder dormir.
Dime una cosa, ¿qué pensarían tus Cazadores Oscuros de ti si descubrieran alguna vez la verdad? Mantenlos apartados de mi camino o me encargaré de matarlos a todos.
Tú y yo nos veremos en el Mardi Gras.
Jiraya hizo una bola con el trozo de papel y la desintegró con un simple pensamiento. Se había adueñado de él una furia impotente que le hacía hervir la sangre en las venas. Si Madara quería guerra, sería mejor que reuniera a muchos más daimons.
Madara no tenía la menor idea de contra quién estaba jugando.
—¿Qué dice esa? —preguntó Naruto.
—Nada. Llévate a Hinata a tu casa y mantenla allí hasta que se pase el efecto de la droga; después, llámame. —Jiraya se frotó los ojos cuando los katagarios los condujeron fuera del edificio.
Una vez en el exterior, Naruto colocó a Hinata en el coche mientras los demás permanecían cerca.
Itachi tenía los brazos cruzados sobre el pecho mientras contemplaba a Jiraya.
—Y bien, Jiraya, ¿cómo te deja todo esto?
—Básicamente jodido. En las próximas veinticuatro horas tendré que encontrar una forma de sacar a Sasuke de aquí antes de que lo encuentren los polis; y, a menos que haya perdido mis dotes de adivinación, el siguiente acto de mi adversario consistirá en decirle a Chõji y a Shikamaru quién es su nuevo vecino.
Naruto intercambió una mirada con Jiraya.
—Quiere mantenerte distraído.
Jiraya asintió.
—Sí, y lo está logrando con mucho éxito.
A Naruto se le ocurrió una idea.
—¿Sabes? Creo que todos hemos olvidado algo.
—¿Qué?
Naruto señaló a los dos hermanos para recordarle a Jiraya que los lobos no eran el único grupo de katagarios que se encontraban en la ciudad.
—Que tu colega no sabe nada del Santuario. Creo que es necesario poner en alerta al clan de los osos. Estoy seguro de que les encantaría echarnos una mano en el Mardi Gras. Me deben unos cuantos favores y si los daimons aparecen como esta noche, necesitaremos tanta ayuda como podamos reunir.
—Cierto.
—Y si estuviera en tu lugar —continuó Naruto—, iría de cabeza a contarle a Chõji las noticias sobre Gaara, como tenías pensado hacer. Y dile a Sasuke que vigile la ciudad.
—¿Qué pasa con la policía?
—Créeme, Ero-sennin, conozco mi ciudad. Los policías estarán tan distraídos durante el Mardi Gras que Sasuke podría mezclarse con ellos y no se darían cuenta de que es él. Pero si fuera tú, fingiría que me estoy limitando a quitar a Sasuke de en medio por si acaso tu «amiguito» está mirando. Llama a Udon y dile que vuele hasta aquí y que se lleve a Lee al amparo de la oscuridad para que piensen que se trata de Sasuke. Mantén al griego escondido y encierra a Gaara hasta esa noche.
Jiraya tensó la mandíbula.
—Es arriesgado.
—También lo es vivir en el pantano.
Itachi dio un paso hacia delante.
—Puedo situar vigilantes alrededor de la casa de Naruto. Si tratan de atacarlo de nuevo, Shisui y yo estaremos allí en un santiamén.
—¿Por qué estás dispuesto a ayudarnos? —preguntó Naruto—. Creí que vuestra política consistía en dejar que los Cazadores Oscuros se pudrieran.
—Y así es. Pero todavía estoy en deuda con Jiraya. —Se volvió hacia Jiraya—. Cuando esto acabe, consideraré la deuda saldada.
Jiraya asintió.
—Hecho.
Naruto se despidió del grupo y se montó en el coche para dirigirse a su casa.
Mientras se alejaba del barrio, extendió una mano para tomar la de Hinata y darle un fuerte apretón. Sus huesos parecían muy frágiles contra su palma y pese a todo, sabía muy bien la fuerza que poseía esa mujer. La elegancia y la determinación de las que hacía gala.
El pánico se había apoderado de él cuando Orochimaru se la llevó. No le gustaba vivir con ese miedo. Tampoco le gustaba sentir nada. Llevaba tanto tiempo viviendo sin emociones que tenerlas en esos momentos resultaba aún más doloroso.
Cuánto echaba de menos su serena tranquilidad. Estaba acostumbrado a tener un completo control y a pesar de todo, cada vez que la miraba sentía que sus emociones pugnaban por liberarse.
Hinata lo conmovía a un nivel tan profundo que sabía muy bien que jamás volvería a ser el mismo. Y no solo porque fuera Nahi. Sino porque era ella. Hinata tenía fuerza, coraje y pasión. Era ella misma y a Naruto le encantaba el desafío que suponía.
Significaba muchísimo para él.
La amaba más de lo que nunca la había amado como mortal. Y el dolor que le causaba ese pensamiento bastaba para hacerlo pedazos. La llevó de vuelta a su casa y la tumbó con cuidado sobre el futón. No estaba seguro de qué había hecho Jiraya con ella, pero dormía en paz.
Sonó su teléfono.
Respondió y descubrió que era Jiraya.
—¿La has llevado a casa?
—Sí, todavía está dormida.
—Bien; me teníais preocupados.
Naruto frunció el entrecejo. Era la voz de Jiraya, pero este no solía hacer ese tipo de admisiones con frecuencia.
Todos sus instintos se pusieron en alerta. Estaba claro que aquel no era Jiraya. La voz y el tono eran los mismos, pero sabiendo que había dos iguales, podía detectar las diferencias entre sus personalidades.
Aquel era el impostor.
—¿Cuánto crees que tardará la droga en eliminarse de su organismo? — preguntó Naruto.
—No lo sé. Una dosis puede actuar de uno a tres días.
—¿En serio? Pareces saber mucho al respecto.
—Sí, bueno, en mi vida como mortal era tan adicto a ella que habría estado dispuesto a vender mi alma a cambio.
—¿Y quién eres tú? —preguntó Naruto.
—¿Cómo dices?
—Sé que no eres Jiraya.
Una carcajada siniestra resonó en su oído.
—Muy bien, Cazador Oscuro, muy bien. Por esta demostración dejaré que Hinata y tú viváis un día más.
Naruto soltó un bufido.
—Hombre, tienes mucho que aprender sobre mí si crees que puedes amenazarme a mí o a lo que es mío. Si vuelves a acercarte a ella, me haré unas botas con la piel de tu espalda.
—Bueno, yo no lo creo. Pero me impresiona que esta vez me hayas descubierto. Comenzaba a preguntarme si serías capaz de distinguirnos alguna vez.
Naruto sujetó el teléfono con más fuerza.
—Sí, claro... Si vas a fingir que eres Jiraya, más te vale tratar de aprender un poquito más sobre él.
—Confía en mí, Cazador Oscuro —dijo con una voz cargada de certidumbre y maldad—, conozco a Jiraya mucho mejor que tú. Sé cosas sobre él que te dejarían sin habla y que conseguirían que lo odiaras para siempre. Él no es lo que los demás y tú creéis.
—Lo conozco desde hace mil quinientos años. Creo que a estas alturas sé unas cuantas cosas acerca de su carácter.
—¿De verdad? —preguntó él con sarcasmo—. ¿Sabías que tenía una hermana a la que dejó morir? ¿Que ella se encontraba tan solo a unos metros en el vestíbulo y que gritaba pidiéndole ayuda? ¿Y que mientras él yacía sumido en el estupor provocado por las drogas y el alcohol a ella la hicieron pedazos?
Naruto se sintió horrorizado por lo que describía el hombre. Sin embargo, conocía a Jiraya. Jiraya, drogado o no, jamás llegaría tan lejos como para negarle su ayuda a un desconocido. Cuando se trataba de aquellos que se encontraban bajo su protección, Jiraya estaría dispuesto a mover cielo y tierra para mantenerlos a salvo.
—No te creo.
—Ya lo harás. Antes de que haya acabado aquí, todos vosotros sabréis la verdad sobre él. —El impostor colgó el teléfono.
Naruto arrojó su móvil sobre la mesilla y se pasó las manos por la cara. Aquello era una pesadilla.
Se sentía dividido entre la necesidad de proteger a un amigo al que conocía desde hacía un millar de vidas y la de proteger a una mujer cuya alma significaba para él más que su propia vida. Y jamás se había sentido más impotente. Ni siquiera cuando contempló cómo asesinaban a su tío. Al menos entonces tenía un arma y veía a sus atacantes.
En esa ocasión no había nada sólido a lo que aferrarse. Había dos enemigos ahí fuera. Uno fingía ser Jiraya y el otro era un dios cobarde que quería llevar a cabo una cruel venganza.
¿Qué iba a hacer?
Se dio la vuelta y miró a Hinata.
Su cabello formaba una nube negra azulada sobre la almohada. Su rostro parecía sosegado y plácido; y su piel producía un efecto relajante en contraste con las sábanas. Incluso en esos momentos podía sentirla entre sus brazos; sentir el calor de su cuerpo bajo él, la calidez de sus caricias sobre la piel.
¿Cómo podría protegerla?
«Confía en Morrigan, Narr. Nunca dudes de la lealtad de la diosa hacia ti. Nunca cuestiones sus actos. Tan solo sé consciente de que, en cuanto pueda, te ayudará.» Esas habían sido las últimas palabras que le dirigiera su padre.
Si cerraba los ojos, Naruto todavía podía ver el rostro de su padre la noche en que pronunciara esas palabras, iluminado por la luz del fuego. Veía el orgullo del hombre y el amor que le profesaba cuando lo abrazaba antes de enviarlo a la cama.
Había tenido muy en cuenta esas palabras y nadie lo había derrotado jamás en la batalla. Ni siquiera en una emboscada o en una trampa. A la postre, había sido el enemigo que tenía en su hogar quien lo había destruido. La última persona de quien habría desconfiado.
Su primo deseaba tanto ser rey que sabía que la única opción de llegar al poder sería matarlos a él y a Honoka. Naruto jamás había sospechado de su primo como organizador de la muerte de sus tíos.
Se había enterado de la traición del hombre solo después de que los druidas los asesinaran a él y a Honoka. La noche que Naruto apareció para vengarse del clan, su primo lo había confesado todo con la intención de que lo perdonara.
No había servido de nada. Joven, furioso y herido, Naruto se había vengado de todos ellos y después había eliminado sus sentimientos y endurecido su corazón.
Endurecido hasta que una belleza con rostro de duende lo había mirado en medio de una calle tranquila con aquellos ojos plateados que lo abrasaban. La amaba. Su risa, su ingenio. Ella había conseguido que sintiera de nuevo. Lograba que se sintiera completo. No quería seguir viviendo sin ella. Sin embargo, se negaba a que la mataran por su culpa.
—Tengo que dejarla marchar.
No le quedaba otro remedio.
·
·
Continuará...
