Capítulo 7
En un segundo las personas a su alrededor se convirtieron en sombras lejanas y sus voces en ruido blanco, siendo un zumbido en los tímpanos lo único que mantenía a Leona sobre la tierra evitando que cayera al abismo de la locura. Estaba en el borde, un solo paso y su sangre se rebelaría desatando una tormenta que ni Chizuru o Yagami podrían parar.
La ex mercenaria acaricio el suave cuero del cuchillo dentro del bolsillo de su chaqueta, oyendo la voz del soldado dentro de sí ordenando que atacase. Poso sus ojos fríos en Chizuru cuyo rostro dejaba entrever una pizca de miedo. Bien. Debería tener miedo.
Inconscientemente saco el cuchillo con lentitud y la tensión colgó con pesadez entre la corta distancia que los separaba. Una voz retorcida que Leona conocía demasiado bien reboto en su cabeza.
"Hazlo. Mátalos".
Chizuru sacudió la cabeza delicadamente, con cuidado de no pisar en falso y hacer explotar una bomba.
— Leona, no lo hagas — su voz materna había vuelto.
La joven apretujo el arma blanca hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
Solo un salto. Un salto y podría cortarle la garganta a ambos. No era nada que no hubiese hecho en un campo de batalla, aunque la sangre era algo a lo que su estomago jamás iba a acostumbrarse.
— Di-disculpen.
Una voz temblorosa la hizo levantar la vista. Allí vio a una joven camarera respirando con dificultad observándola con ojos de cachorro.
— Están perturbando a los demás clientes. De-debemos pedirles que se retiren…por favor — sus ojos bajaron a hacia la mano de Leona y un jadeo escapo de sus labios.
Leona tardo en comprender aquel gesto hasta que fue consciente de que había desenfundado el cuchillo completamente, y que el horror no provenía solo de los ojos de la camarera, sino también de los comensales a su alrededor.
Estudio a la multitud con ojos de tigre enjaulado, llegando a reconocer un sentimiento que había evitado incitar en los demás desde que era una niña triste y estoica.
Miedo.
Sin decir palabra guardo el cuchillo, no sin antes clavar su mirada vacía en Chizuru. La sacerdotisa se la devolvió con un rastro de pena.
Y pena era lo ultimo que Leona quería o necesitaba.
Se levanto de un tirón y se dirigio hacia la puerta con paso apresurado, desviando su mirada de los clientes anonadados y bloqueando de sus oídos los murmullos que se esparcían como un virus. Sentía que tenia 13 años nuevamente. En aquellos entrenamientos en grupo de los cuales Heidern la apartaba debido a su dificultad para relacionarse con otros niños. Creía que jamás volvería a oír las voces acalladas, pero se había equivocado.
Detrás de ella pudo sentir como la puerta se cerraba con un ruido seco. Tan definitivo que Leona lo interpreto como la firma que daba por finalizada su estadía en Japón.
La brisa de la noche golpeo su rostro y el cambio de ambiente la abrumo. Aun así se alivio, expulsando el humo de cigarrillo con cada exhalación y reemplazándolo por aire limpio mientras caminaba a zancadas por la acera vacía.
Detrás de ella oyó el chirrido de la puerta y pasos golpear el concreto persiguiéndola a través de las calles.
— ¡Leona! — llamo Chizuru con voz inquebrantable — Se que estas confundida, solo sentémonos-
— Aléjate antes de que la situación empeore. Es mi única advertencia.
— Gaidel-
Leona volteo tratando de esconder su pulso violento, adoptando aquel rostro de mármol que todos conocían con la diferencia de que esta vez no era sincero.
— Gaidel esta muerto. — Chizuru respiro con profundidad acomodándose un mechón de pelo que caía sobre su rostro detrás de la oreja.
— Hay razones para creer que-
— Déjame en paz — dijo Leona advirtiendo la mirada de Iori mientras apretaba los puños. Estuvo cerca de matarlos, de matar a las personas en aquel bar, de cometer su peor pesadilla y repetir la historia.
— ¿No te interesa tu padre en lo absoluto?
Esta vez, un ceño fruncido apareció en el rostro inquebrantable de la ex mercenaria.
— Ten cuidado — advirtió.
Chizuru reprimió un suspiro, y miro alrededor sin saber, por primera vez en su vida, que decisión tomar. Pero los conflictos de la sacerdotisa no tenían valor alguno para la joven, así que pego media vuelta lista para escapar.
— Espera— soltó Chizuru, y para su sorpresa Leona se detuvo y volteo, sus manos aun en puños — Toma.
La mujer rebusco algo en su bolso, lo saco y lo sostuvo frente a ella con un rostro igual de frio que el de la ex mercenaria.
— Por si cambias de opinión. Es el teléfono de mi oficina, pero se redirige al de mi casa cuando no estoy en el trabajo.
La sacerdotisa mantuvo su mano delgada en el aire mientras la pequeña tarjeta temblaba por el viento de la noche.
— No cambiare de opinión — aún así Leona extendió la mano rápidamente y tomo el numero, pudo sentir el olor a perfume en el cartón blanco. Perforo a Chizuru con la mirada — La única razón por la cual estas en una pieza es porque, en contra de mi voluntad, aun existe un pequeño rastro de respeto por tu trato con mi padre.
La ex mercenaria guardo la pequeña tarjeta blanca con letras doradas en el bolsillo de su desgastada chaqueta.
— No abuses de el — dijo finalmente, siendo consciente de que Chizuru pudo percibir la amenaza bajo su tono de hielo.
Sin nada mas que decir, pego media vuelta y hecho a correr sin intención de mirar atrás, sus piernas golpeando el concreto como si el diablo le pisara los talones.
Pero ningún diablo estaba tras ella. Iori y Chizuru permanecieron con los pies clavados.
Yagami se acerco a su colega.
— Supongo que no salió como esperabas.
Chizuru vio la silueta de Leona desaparecer como niebla entre las calles con la misma rapidez con la que su paciencia se extinguía.
— No —soltó impasible — Pero vendrá a nosotros. Lo se.
La sacerdotisa dirigio su mirada al joven y el pelirrojo pudo jurar que vio en ella una determinación que no había presenciado en ninguna otra persona.
Lo incomodó.
Leona corrió y corrió, sin saber exactamente de que escapaba.
Corrió pasando los bares y tiendas de ropa, bañada por la luz amarilla de las lamparillas de los postes y ocasionalmente actuando en reflejo esquivando transeúntes distraídos con sus bolsas de regalo y brochetas de verduras.
Las luces de neón de los edificios y carteles publicitarios le molestaron las retinas mientras era aturdida por el ruido de las voces a su alrededor. La avenida estaba repleta, pero lo prefería así.
Cualquier ruido era bueno para acallar el carrusel que chillaba en su cabeza.
Gaidel. Gaidel. Gaidel.
Leona se hizo paso a través de la avenida principal entre los turistas y japoneses descuidados, chocando con civiles sin mirar atrás o detenerse a ayudarlos, dejando un rastro de gente en el suelo en su desesperación por llegar a casa.
Finalmente el alboroto se disipo cuando doblo en un pequeño callejón mientras se hacia paso por calles angostas como una bala perdida, dirigiéndose al distrito Nakazakicho, y para cuando estuvo parada frente a la puerta del complejo de apartamentos batallando por abrir la puerta sus pulmones estaban a punto de explotar.
No era la primera vez que aquella posibilidad rondaba por su cabeza paranoica ¿Y si tal vez su padre había vuelto? ¿Y si había resurgido en un nuevo cuerpo sin los cortes y las mordidas de Leona en cada centímetro de su piel? La joven lo imagino, vagando confundido por un país extraño y moderno completamente diferente a su cálido y humilde hogar.
El hogar en donde ella había dado sus primeros pasos, en donde había aprendido a despellejar los conejos para la cena, en donde su madre tejía mantas para las duras noches de invierno, en donde había subido su fiebre hasta el punto de quemar su lengua, en donde había perdido la consciencia para mutar en un ser que no podía considerarse humano.
A veces se preguntaba si deseaba, en algún rincón cobarde de su dolor, que Goenitz jamás le hubiese devuelto sus memorias. Tal vez la incertidumbre de creer que su aldea completa había caído victima de una red de narcotraficantes, que buscaban un lugar en donde plantar, era el mejor consuelo.
Leona mordió con fuerza al notar que había vuelto a caer en el pozo de la reminiscencia del pasado, no era el momento.
Entro al edificio con paso urgente y ni siquiera se molesto en esperar el ascensor, optando en lugar por usar las escaleras mientras saltaba los escalones de a dos.
Mientras se hacia paso a través del sucio y oscuro pasillo de su piso el sudor cayo por sus mejillas y espalda, recordándole su dieta de ratón y sedentarismo. Tendría que volver a hacer ejercicio y comer verduras, y si había falta de estas aunque sea comida chatarra. Su cuerpo lloraba por volver a la tenacidad que había tenido meses atrás, podía sentirlo en el dolor de sus rodillas.
Llego a la puerta de su apartamento sin poder evitar el impulso de abrirla de una patada. Aquel destartalado hospedaje que un mes atrás se había convertido en su hogar temporal ya no se sentía seguro, y Leona camino jadeante a través de la cocina hacia su habitación.
Allí encontraría una mochila con sus pasaportes y los dólares que aun guardaba de sus robos en Estados Unidos. Una vez lo tomase estaría lista para tomar un taxi hacia al aeropuerto. Había sido demasiado ingenua al creer que podía construir su hogar aquí.
Debía irse de Japón.
Escapar de Kagura y su mirada de compasión de plástico.
Escapar de Yagami y su rostro pálido y moribundo que no hacia mas que transmitir estática.
Con los nervios pellizcando cada parte de su ser abrió la puerta de la pequeña habitación en donde había intentado conciliar el sueño durante dos meses…pero no logro dar dos pasos determinados dentro del cuarto antes de retroceder con la misma rapidez. En un milisegundo se le pararon los vellos de la nuca al reconocer ese perfil europeo, el cabello rubio y los inconfundibles ojos color sangre.
Allí, en su cama (¿aun lo era?), se encontraba sentado el subordinado de su padre adoptivo. El hijo que Heidern nunca tuvo y, que ella sospechaba, siempre quiso.
¿Podía este día ser peor?
Rápidamente Leona se puso en guardia sabiendo lo patético que seria intentar pelear contra el niño Bernstein. Espero que su colega no advirtiera ese vergonzoso detalle, ni su drástica perdida de peso, o las bolsas negras debajo de sus ojos…
— ¿Como me encontraste? — fue lo único que Leona pudo decir con mirada muerta y voz desinteresada, escondiendo demasiado bien la alerta que carcomía su estomago.
— Visitaste una tienda con cámaras de seguridad hace una semana — contesto el en su usual tono educado con los codos en las rodillas. Leona trago en seco — Solo quiero hablar-
Antes de que el joven pudiese terminar la oración ella corrió hacia el y con un zarpazo violento de su mano apunto a su estomago. El aura cortante resonó en los oídos de ambos pero Adelheid fue mas rápido y salto de la cama esquivando el golpe. Los dedos de Leona cayeron sobre una almohada abriéndola en dos y llenando la cama de plumas blancas.
Rápidamente volteo en la dirección del joven el cual ya estaba en guardia, aunque su rostro no parecía inmutarse del hecho de que estaba por comenzar una pelea con la hija del comandante Heidern o de que acabarían por destrozar el apartamento (el cual en su opinión ya estaba destrozado como una casa abandonada en un barrio bajo de todas formas).
— Gracias por no apuntar a mi cuello — dijo con lo que parecía ser genuina gratitud.
Pero la ex mercenaria no respondió, optando sino por lanzar una patada alta que el joven bloqueo con facilidad sin sonido alguno, como si hubiese recibido el toque de un cachorro.
Sorprendida ante esto, Leona continuo lanzando puñetazos apuntando a la cabeza de Adelheid en un intento por noquearlo, pero nuevamente el movió sus brazos con rapidez inhumana frustrando los intentos de la joven de cabello negro.
Sabiendo medir sus chances la ex mercenaria se alejo, aun en guardia, para sopesar la situación. A este punto probablemente los habitantes de los apartamentos aledaños habían oído las pisadas violentas de ambos, y si bien no creía que nadie fuese a intervenir, que llamasen a la policía era una probabilidad alta si esto continuaba.
— No tengo intención alguna de matarte — dijo ella inexpresiva mientras sus pecho subía y bajaba con intensidad, lo cual no paso desapercibido para Adelheid.
— Sabemos que no tienes chance de ganar esta pelea — soltó el con voz neutra y sin rastro alguno de cansancio en su rostro — Y yo no tengo intención de entregarte a Heidern.
¿Que?
Extraño de ver en aquel rostro indescifrable, la cara de Leona se pinto en confusión…aunque no sin un rastro de desconfianza. Pero Adelheid no hizo mas que bajar sus puños, como si no fuese consiente del hecho de que estaba frente a una maquina de matar (a pesar de que estuviese oxidada).
Leona observo a su alrededor e imitando al joven frente a ella bajo los puños con lentitud.
— ¿Entonces que haces aquí? — pregunto.
Ante la aparente calma de la chica Adelheid relajo sus músculos y doblo ambas manos frente a el.
— Tengo una propues-
Sin darle tiempo a reaccionar Leona desenfundo su cuchillo con la velocidad característica de un chita y en dos cortos pasos lo enterró con fuerza completa en el estomago del niño Bernstein, cortando a través de la piel como si fuese mantequilla incitando que los músculos perforados se ajustasen alrededor del acero.
Adelheid frunció el ceño hasta que un dolor ardiente infecto su estomago.
Manteniendo su cabeza en alto, rehusándose a presenciar lo que había acabado de hacer, Leona lo vio bajar la cabeza, centrado en donde la carne de unía con el cuchillo casi invisible al estar clavado tan profundamente.
La joven pudo sentir la carne pulsante en el puño de su mano.
Lentamente, mientras sus venas comenzaban a hincharse y su cara a enrojecer, el joven alzo la vista para encontrarse con ella.
— Jamás debes bajar la guardia— dijo Leona sin saber si aquellas palabras mitigaban su traición — Regla elemental.
Al sentir el olor a cobre y la calidez de la sangre empapando sus nudillos la ex mercenaria removió la mano con lentitud, dejando el cuchillo enterrado en Adelheid. Vio como el joven se reclinaba contra la pared y bajaba lentamente hasta sentarse, palpando el alrededor de la herida con ambas manos.
Ante la imagen de la sangre filtrándose por su camiseta Leona no pudo evitar desviar la mirada.
Tampoco quiso echarle un vistazo a su mano manchada, sino que la refregó en la tela de su chaqueta para luego sacársela determinada a no cargar con la sangre de otra persona.
— No remuevas el cuchillo — dijo ella mientras sacaba su mochila del closet — O te desangrarás.
— Lo…se. Regla elemental — respondió Adelheid con esfuerzo mientras palpaba el mango de la navaja con extremo cuidado — ...Has cambiado.
Nuevamente Leona guardo silencio, revolvió su mochila para cerciorarse de tener todos sus pasaportes y, una vez los hubo contado, se dirigio a la salida sin mirar atrás.
Leona arrojo los yenes sobre la falda del taxista y bajo del auto en segundos record sin esperar que frenase por completo.
Ya había gastado unos diez minutos en un viaje que no debía haber tardado mas de cinco. El tiempo era como arena que se deslizaba a través de sus dedos por mas de que intentase retenerla.
Por esta razón ni siquiera presto atención a la voz demandante del japonés a su espalda, sino que se encamino decidida hacia las puertas del aeropuerto, en donde las paredes blancas contrastaban con la oscuridad de la noche sin estrellas del exterior.
Las puertas automáticas se abrieron frente a ella mientras la gente iba y venia a montones, algunos relajados y otros aun mas apresurados que Leona.
Los esquivo y camino hacia la relativamente corta fila para comprar un boleto.
¿A donde se suponía que debería ir?
Parándose derecha mientras sus músculos se tensaban alzo la vista para examinar la gran pantalla frente a ella en busca de algún destino hacia donde escapar.
No tenia demasiado dinero.
El mismo hueco que le había llenado el estomago el día que abandono la base volvió a aparecer incitándola a abrir y cerrar los puños en un intento por serenarse.
Vuelo hacia Islandia en diez minutos…
Bien, Islandia seria.
Tenia frente a ella solo dos personas que esperaban ser atendidas, pero Leona sabia que no podía bajar la guardia, así que con discreción para evitar levantar sospechas sus ojos cansados escanearon el amplio aeropuerto.
No alcanzo ver nada fuera de lo normal, solo viajeros moviéndose como hormigas de izquierda a derecha, sosteniendo tazas de café, maletas repletas o la mano de un hijo o sobrino.
Se permitió relajarse. Pensó en estar sentada en su vuelo, en sus pesados ojos cerrándose, en su mente escurriéndose a la inconsciencia…pero sus pensamientos divagaron hacia donde no quería ir.
Repitió las ultimas escenas del día en su cabeza. La sonrisa de Chizuru, los ojos de concreto de Yagami, el inconfundible rojo vibrante de la herida de Adelheid…
¿Que había hecho?
El dijo no tener intenciones de entregarla a Heidern ¿podía Leona fiarse de eso? Tal vez había actuado demasiado pronto al apuñalarlo…o tal vez no, tal vez el chico solo estaba mintiendo. Tal vez Heidern estaba tan desesperado por encontrarla que dio ordenes a Bernstein de tirar su honor y modales por la borda, y tan pronto como ella hubiese bajado la guardia la hubiese noqueado de un puñetazo para soltarla en la Base como un saco de patatas.
Chizuru era quien se merecía una puñalada, y Yagami por supuesto. La sola memoria de las manos de Orochi manoseando su cordura en aquel bar le daba un vuelco en el estomago.
Que triste manera de volver a casa hubiese sido, esposada luego de una masacre en un bar de Osaka, probablemente a punto de ser ejecutada como un perro rabioso.
Leona cerro las manos en puños. Cuando esta clase de sentimientos difíciles de nombrar la invadían solía golpear y patear su saco de boxeo hasta que los nudillos comenzaban a sangrar.
Whip solía decir que no era algo sano, pero ella lo prefería antes de sentir lo desconocido. Si puedes descargar tus emociones sin lastimar a nadie ¿a quien le interesa identificarlas?
Leona trago en seco y pincho sus palmas con sus filosas uñas. No debía pensar en el pasado.
Frente a ella solo permanecía una persona así que la joven trono los dedos en anticipación.
Pronto se embarcaría a una nueva vida, una mas de las muchas que había falseado en los últimos meses. Esperaba poder olvidar la primera, la real.
Se imagino dentro unos años viviendo en una pequeña cabaña, sin memorias de su vida como mercenaria, como maldecida de Orochi, como luchadora…aunque eso era solo una fantasía. Sus pecados permanecerían en el núcleo de su mente hasta el día que estuviera bajo tierra.
Trago en seco nuevamente.
Aunque sea el sonido de voces fundiéndose a su alrededor la serenaban. Casualmente volvió a escanear el vasto espacio, pero se sorprendió al notar algo que no había visto la primera vez.
En la distante esquina opuesta del aeropuerto un guardia de seguridad tenia su mirada critica fijada en el rostro inexpresivo de Leona. Hicieron contacto visual por unos segundos, hasta que ella desvió la vista con rostro de póker.
Cautelosamente se rasco la ceja y observo por el rabillo del ojo. El guardia aun parecía…examinarla.
¿Y si la habían reconocido? ¿Y si Adelheid había alertado a la policía? ¿Y si la obligaban a volver?
No.
Tal vez solo estaba paranoica, tal vez-
Sin despegar sus ojos de ella el hombre tomo el walkie talkie de su cinturón y hablo a través de el con el ceño fruncido.
El corazón de Leona martilleo en su pecho y como si la temperatura se hubiese triplicado un sudor comenzó a abultarse en su sien. Clavo su vista al frente, era la siguiente en fila. Solo debía esperar a que el hombre frente a ella comprara el boleto. Solo unos segundos y-
De improvisto una voz a sus espaldas la sobresalto.
— ¿Señorita? — la joven volteo para toparse con la cara de piedra de otro guardia de seguridad, tan alto que debió inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos — Voy a necesitar que me acompañe.
Leona mantuvo su rostro impasible mientras la sangre se amontonaba en su cabeza. Ojeo sobre el hombro del sujeto solo para ver a otros tres guardias de seguridad en la distancia, acercándose hacia ella con pasos uniformes.
Había sido un largo día.
Solo quería dormir.
Pero supo que eso no seria posible esta noche.
Sin pestañear golpeo al hombre de un codazo en el estomago y el guardia se doblo sobre si mismo llevando ambas manos a la zona afectada boqueando por oxigeno.
Algunos viajeros se detuvieron para admirar la escena, algunos con horror y otros en confusión, pero ambos lo suficientemente razonables para notar que aquella mujer caucásica de pelo negro representaba un peligro.
— ¡Alce las manos! ¡Alce las manos! — gritaron el resto de los guardias mientras corrían hacia ella, pero Leona ya había tomado su mochila dirigiéndose a la puerta con toda la velocidad que su desgastado cuerpo pudo esforzar.
Iori camino hacia el refrigerador con un suspiro cansado, un suspiro que había comenzado a notar con mas frecuencia cada noche.
Había días en los que su cuerpo, que resistía palizas que matarían a un hombre normal, se sentía flojo como gelatina. Como si el mas pequeño toque pudiese dejarle un moretón no solo en su piel sino también en su ego, y hoy era uno de esos días.
Maldición. Era un Yagami. La fuerza era su don mas preciado… sin ella ¿Que mas tenia además de una rabia de 600 años hacia los Kusanagi? Su padre solía decir que la rabia y la fuerza en conjunto generaban miedo, pero que la rabia y la debilidad no generaban nada mas que risa.
Por esta razón, un día después de que Leona Heidern lo hubiese salvado de morir en un estacionamiento, Yagami había comprado un refrigerador y comenzado a almacenar bolsas de su propia sangre.
Al abrir la puerta la luz blanca del interior lo cegó, revelando un interior vacío y aun mas blanco a excepción de las abultadas bolsas medicas rojas que descansaban en el fondo.
Yagami saco una mientras cerraba la heladera con fuerza. Sobre la mesada de la cocina había una jeringa y un tubo medico, ambos sin abrir. El pelirrojo respiro con profundidad, esta era la parte sobre la que nadie en su clan le había hablado.
Si, tal vez haya cuidado de su padre cuando este no podía hacer nada mas que vomitar sangre, pero incluso entonces era solo un espectador. Un niño que creía que aquel destino estaba tan lejos que bien podría ser inexistente. Pero no lo era, estaba aquí, en el dolor de sus huesos y la palidez de su rostro, y no iba a parar hasta que Yagami estuviese bajo tierra.
Bajo tierra.
Soltó una risa corta como un pequeño ladrido, sin placer o gracia. Como las que su padre solía lanzar en sus últimos días cuando no hacia mas que yacer en la cama observando el techo descascarado.
Una burla, nada mas que-
Todos los sentidos de Iori se prendieron fuego, y en un milisegundo sus ojos abandonaron la bolsa carmesí para clavarse en la puerta de cristal corrediza del balcón que estaba cruzando el living.
Oyó el inconfundible sonido del deslizar seco mientras una sombra negra que resaltaba ante las luces de las postes de la calle se movía con determinación.
Iori vio la puerta correrse levemente y como a través de ella se deslizaba una figura delgada que no producía sonido alguno con sus pisadas, hasta el punto en el que Iori se pregunto si en realidad estaban invadiendo su hogar o solo estaba alucinando.
Con cautela, comenzó a arengar sus llamas en la mano derecha mientras se acomodaba en guardia.
Pero, al entrecerrar los ojos noto aquel familiar perfil pálido, así que apago el fuego y se reacomodo confundido. Una vez dentro del living la mujer cerro la puerta con lentitud.
—¿Que crees que estas haciendo? — soltó Iori con voz indiferente.
Leona ni siquiera pauso, sino que acabo de cerrar la puerta y, robótica, volteo para observarlo. Ambos estaban separados por unos metros, aunque Iori creyó que aun así estaban demasiado cerca.
Genial ¿acaso había venido a matarlo en forma de venganza por aquel episodio en el bar?
— ¿Has venido a intentar darme una paliza? — comenzó Iori mientras volvía a guardar la bolsa el refrigerador — ¿O matarme? — Leona guardo silencio, Yagami no atendió como sus manos, cerradas en puño, temblaban a sus costados — Lo que sea que quieras niña, no eres bienvenida aquí.
Como una sombra, Iori solo reparo en la presencia amenazante de Leona cuando estuvo a centímetros de su espalda sin siquiera darle tiempo a cerrar la puerta del refrigerador. Pero antes de que la joven lo tomase por el cabello el pelirrojo ya había volteado tomándola por la muñeca y empujándola hacia el piso.
Leona cayo, y antes de asimilar la situación Iori estaba sobre ella arrodillado en su estomago e inmovilizando sus antebrazos, conociendo demasiado bien el peligro que las uñas de la ex mercenaria representaban.
— Maldita demente — escupió — ¿Vas a calmarte? ¿O continuaras actuando como un perro rabioso?
La tenia clavada en el suelo con su peso completo, y rezo que, en donde sea que estuviese, Chizuru pudiese aparecer para limpiar el desastre.
Vio impasible los ojos iracundos de Leona través de sus respiros entrecortados. Su mirada no transmitía indiferencia, o disgusto, o desafío como la mayoría de las veces. Estaba…vacía, cansada incluso.
Antes de que Iori pudiese decir otra palabra noto como un hilo rojo caía sobre la mejilla de la chica.
Pestañeo dos veces y en shock vio el liquido acumularse en la piel de porcelana y deslizarse hacia el costado, hasta caer en el suelo de cerámica blanca de la cocina.
No.
En un segundo Iori bajo su mano cubriéndose la boca para evitar que la sangre cayera de lleno sobre la niña Heidern, pero sin darse por aludido el liquido subió hasta su garganta. Iori soltó los brazos de Leona para cubrirse con ambas manos.
La calidez cubrió su palma para luego deslizarse por su barbilla, hasta su cuello y clavícula, y lentamente el rostro de Leona comenzó a difuminarse hasta el punto de ser una silueta indescifrable.
A través de su visión nublada Yagami no fue capaz de discernir el puño dirigiéndose a su cabeza.
Un impacto en su sien lo hizo colapsar al costado de Leona, a centímetros de su rostro, pero estaba demasiado mareado para sentir el golpe, aun intentando enfocar su visión.
Sus intentos fueron en vano, y lo ultimo que logro discernir antes de perder la conciencia fue la figura de la joven sentarse, revolver el living-cocina con sus ojos azules y empujar el peso muerto de Iori fuera de su falda sin volverse a mirarlo.
