OCTO
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A Arnau Iturribalzaga, siempre le había gustado ir a su aire, siempre con la vela puesta para izar el ancla, literal. Lástima que ya había abandonado ese nombre, y ahora era Shura, simplemente así.
Pero una parte, una pequeñísima parte de él, continuó anclada a su familia, a sus navíos y los mares que sus antecesores surcaron desde que empezaron a amasar la fortuna que hoy pertenecía a él.
Resulta que en uno de esos arranques de Iturribalzaga, tuvo a bien tomar una licencia del Santuario, antes de que las cosas se pusieran realmente jodidas, y que ya sabía que así sería, porque no hay fin que no llegue, y él, estaba preparado, gustoso, para ese fin en donde, si los dioses le tenían piedad por toda su hybris, inmolaría su vida en pos de Atenea, de la causa, y de su propia persona completamente rota desde que… bueno, desde que Aioros ya no estaba.
Allá fue a dar: a Barcelona, a la bella y salina Barcelona, al mar tan azul de sus sueños, y ese que le llenaba de quietud.
Firmó para variar, el cerro de papeles que tenía apilados, y que a penas llegar, parecían saludarle muy felices. Y para variar también, no se fijo bien en qué eran, sólo lo hizo mecánicamente.
—¡Joder! —Exclamó al terminar con la última factura.
Después se hizo transparente, eso quiso fingir, para evitar que lo volviesen a interrumpir en el firme propósito de ir al puerto; en un principio la idea era tomar uno de los yates, hacerse a la mar, regodearse en su amargura, pero cuando estacionó el deportivo y vio uno de los barcos de carga que se estaba alistando para navegar hacia La Palma, a Mallorca, pensó en que se le antojaba subirse y echar a andar con la tripulación, se trataba de un viaje relativamente corto, el sol estaba por esconderse, y con buena suerte, tendrían un tiempo agradable para navegar por la noche.
Cuando el capitán supo que iría con ellos, le recibió de buena gana, había conocido a su padre, y algunas veces había navegado con él.
Shura, tan distante como siempre, se conformó con estrechar la mano del capitán, y dibujar una escueta sonrisa. Ambos alistaron los últimos detalles para zarpar, aunque la verdad es que en el barco cada hombre sabía con perfección, hacia dónde ir y qué hacer.
El sonido del romper de las olas a bordo de La Santísima Eulalia, era terapéutico, la oscuridad pronto los cubrió, el espectáculo era todavía más agradable.
Pasó una buena parte en cubierta, recargado en la boardilla, en silencio, contemplando el mar y el ligero reflejo de una luna en cuarto creciente, cubierta modestamente por las nubes.
Nadie se atrevía a interrumpirlo, pero sí le miraban con mucha curiosidad. La mayoría de los marinos, incluso el capitán, se preguntaban cómo alguien tan joven, tan buen mozo, y tan rico, parecía siempre como… si el alma se le hubiese escapado.
—Venga, vamos a por la cena, el viento frío empieza a calar… —le dijo animado el sevillano.
—No tengo hambre.
—Al menos acompáñame para un café, si de paso el hambre vuelve, pediré algo para ti, vamos —le dijo señalándole el camino hacia el puente de mando.
Supuso que no aceptaría otro no, y la verdad es que tampoco quería tener que resistirse si le insistía una y otra vez, así que la mejor opción era ir con él.
Tenía que agradecerle que el café de grano que le había ofrecido era de la mejor calidad, y le vino bien la taza. Incluso se sintió dispuesto a platicar, si es que a sus monosílabos se les podía decir platicar, al menos durante un par de horas.
—A tu padre le gustaba hacerse a la mar…
—Lo sé.
—Deberías visitarnos a menudo.
—No puedo, tengo negocios que atender en Atenas.
—Ya, bueno…
Y antes de que pudiese decir nada más, fueron interrumpidos por el oficial de puente, quien entró como vendaval, el aire frío se coló de golpe, dándole en el rostro.
—¡Hay una embarcación…!
—Bueno, gilipollas, pues claro que hay embarcaciones allá afuera…
—No, es que esta embarcación está a la deriva, no lleva luces, ¡Casi los arrollamos! Está a un costado de babor, capitán.
—¿Cómo? —Respondió Shura, y a la velocidad de la luz, casi, salió a cubierta seguido del capitán.
Ni hablar de que, justo el condenado día que se le ocurría subirse al barco, los atacaban unos piratas africanos, que hoy en día solían ser el azote del mar.
El sevillano pidió detener la marcha, mientras ambos observaban por babor: efectivamente, un jodido barco pesquero estaba ahí, estacionado como si nada, a oscuras.
Los marineros alumbraban con lámparas, y a voz de cuello gritaban… sin obtener respuesta.
Shura tuvo el presentimiento de que algo no andaba bien ahí. Aunque ciertamente si pasaba algo, seguramente él sería el primero en atacar, eso no estaba en duda, ahora bien, tampoco quería lanzar a diestra y siniestra cortes por todos lados, porque era un hecho que habría preguntas y… bueno él no quería preguntas.
—Iré yo —se apresuró a decir, y antes de que el capitán o el oficial de puente o el piloto, pudiesen decir nada, él ya estaba bajando por la escalera.
Saltó ágilmente a la cubierta del pesquero, lámpara en mano, cobijado por la oscuridad que parecía tragarse todo. No tenía miedo, porque tampoco sentía nada cósmicamente extraño, y quizás era eso lo que le inquietaba.
Mientras caminaba alumbrando, llamó a gritos, por si había alguien ahí.
Pero nada. Silencio sepulcral.
—¡Hola! ¡¿Alguien aquí?!
—Sí… yo… —contestó después de un rato una voz, un susurro.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde están todos? ¿Eres el único? —Shura alumbró con su lámpara directamente hacia donde escuchó aquella voz.
En efecto, se trataba de un hombre, que parecía aterrado.
—Nos perdimos, íbamos para La Palma, nos perdimos en la tormenta, el combustible se acabó…
—Pero ni siquiera están tan lejos de Mallorca, ¿cuántos días han pasado desde eso? —Preguntó acercándose al hombre.
—No menos de treinta, señor…
—¿Y el resto de la tripulación?
—Sólo éramos tres, uno cayó por la borda, el otro… una mañana que desperté ya no estaba, soy el que queda.
A Shura aquello le parecía preocupante, por el hecho de que literal estaban a mitad del camino, y no entendía cómo es que se habían perdido, así que antes de decidir nada, pensó en que sería mejor revisar.
—Vale, espera aquí, voy a echar un vistazo… —dicho lo cual, se adentró en el pesquero, salvo restos de pescado, basura y otros desechos, no encontró nada más, tampoco rastros de los otros dos hombres que refería.
Cuando regresó, el hombre seguía en donde lo dejó, afortunadamente, porque ya estaba preparado para un ataque de piratas africanos.
—Te vamos a remolcar —dijo decidido—, ven conmigo para que comas algo.
—Gracias señor, muchas gracias…
Shura se lo llevó, a La Santísima Eulalia, dio de santos que entre el capitán y algunos otros curiosos se hicieron cargo del hombre, de atenderlo y de escuchar la historia de cómo se habían perdido una noche de tormenta, y pasaron tantos días flotando a la deriva.
Fue al puente de mando donde tomó el radio para comunicarse al puerto en La Palma.
—Hola, soy de La Santísima Eulalia, encontramos…
—¿La Santísima? ¡Ah sí, pero todavía no llega!
—No, estamos en altamar, lo que digo es…
—¿Quién es? ¿Capitán Sevilla?
—No, no soy el capitán…
—¿Entonces? ¿Y el Capitán?
—¡Coño! Gilipollas, si no cierras la puta boca y escuchas, iré yo a cerrártela, no soy el capitán, soy el dueño del jodido barco… —grito exacerbado.
—Lo siento señor Iturribalzaga, yo…
—¡Cállate ya! Llevamos remolcando una embarcación, se trata de un bote pesquero, el Wagner, dicen haber zarpado unos treinta días atrás, ¿me confirmas si esto es así?
Un silencio, después hojas, seguramente estaba consultando la bitácora el sujeto en cuestión.
—Afirmativo, el Wagner, se extravió hace treinta y dos días, lo han buscado incluso por aire… ¿los encontraron?
—Sí, llevamos al único sobreviviente.
Pudo respirar tranquilo, la historia era real, todo parecía coincidir, aunque le pareciera tan extraño, sí era posible, que al no tener combustible la embarcación fuese arrastrada de aquí para allá, y que por eso no lograron encontrarlos.
De cualquier forma, en unas horas estarían en La Palma.
Aprovechó para servirse otra taza de café y recluirse en un pequeño camarote, se recostaría un rato, al menos en lo que llegaban, tanto alboroto le ponía los cabellos de punta.
¿En qué momento se durmió? No lo supo, simplemente al acabarse el café, se quedó profundamente dormido.
Hasta que el capitán en persona fue a buscarlo cuando estaban por llegar a Mallorca, apenas abrió los ojos, supo que algo había pasado, el pobre hombre no tenía color en el rostro, estaba pálido como un fantasma, entró santiguándose.
—Tienes que ver esto, tienes que verlo…
—¿Qué pasó? —Dijo dando un salto para salir del escondite.
—Cuando nos fijamos, ya no estaba el hombre, el náufrago…
—¿Saltó al mar? —Preguntó arqueando una ceja.
—No, no, no… y luego el barco… el barco no está ¡No está!
—¿Cómo que no está?
Aquello era imposible, porque lo habían amarrado bien, y sabía que no podía irse a ningún lado.
—¡Te digo que no está! ¡No está! Lo único que quedó fue el pedazo de cuerda…
Efectivamente… lo único que había quedado era el pedazo de cuerda que lo sostenía, parecía como arrancada, ni siquiera cortada… y por más que todos se asomaron y estiraron el cuello, no les fue posible ver al Wagner.
—Debe tener explicación —aseguró, aunque lo estaba dudando.
—¿Qué explicación va a tener? Hemos remolcado un barco fantasma ¡Y subimos a un fantasma!
Shura guardó silencio, se negaba a creer algo tan descabellado como eso… ¡Un barco fantasma! ¿Cómo un barco fantasma? Pues así… un barco fantasma…
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N. de la A.
Esta historia encuentra su origen en El Fausto, embarcación canaria que el 20 de julio de 1968 desapareció cuando iba rumbo a la isla de El Hierro. Para el 21 de julio tenía que regresar, pero no fue así. El pesquero desapareció, supuestamente fue encontrado por un barco inglés, a más cien kilómetros de su destino original, reportaron que los cuatro tripulantes estaban bien y que se negaron a ser remolcados, esto fue el 25 de julio. El 9 de octubre un buque italiano reportó encontrarse con un barco abandonado a la altura del Trópico de Cáncer, sin embargo, lo perdieron de vista cuando ya lo habían atado para remolcarlo, y lo único que quedó fue la cuerda cortada con la que estaba atado.
