Hola, hola. Ya vine, perdónenme JAJAJA, como normalmente no veo comentarios por aquí, ya mejor no aviso que no publicaré en una semana:(. Aquí les dejo el capítulo. Un besito.
No subestimen a Leona. Así como es benevolente, es una persona muy, muy cruel.
La chimenea crepitante humeaba constante. Leona la observaba atenta y envuelta en pieles. Había dormido muy bien anoche, pero por alguna extraña razón, despertó temprano. Aún seguía somnolienta y tratar de despabilarse pensando era lo más razonable que se le cruzó por el momento. Tenía que hablar con Ayla más tarde.
Vio la lámpara de aceite sobre la mesa, ya apagada y se acurrucó más en las pieles, echándose de su aliento en la punta de los dedos. Ya escuchaba pedazos de nieve golpear las ventanas y eso sólo consiguió que su disposición a salir flaqueara. No iba a salir al frío. Gruñó por su malestar. Un rato después tocaron su puerta, achicándose al escuchar el viento silbar y una ráfaga rozarle la espalda. Siseó.
— No hace tanto frío…
— Dilo por ti. Ustedes tienen ropajes para eso. — Contestó con su voz obstruida por la densidad de las capas que tenía encima. — Lo que traje cubre mi piel del Sol, no del frío.
— Tienes razón. Sus telas son delgadas.
— Lo sabes bien. Cierra la puerta.
Diana obedeció. Caminó hasta la mesa y puso la bandeja con la comida de Leona sobre ella, después buscó un espacio en su cama y se sentó ahí. Puso una mano sobre su hombro y apretó. Leona se asomó apenas, poniendo la mejor expresión de molestia que pudo.
— Buenos días. Come, es caldo de cerdo, mucho pan y vino. Lo necesitaras.
— Tengo frío.
Diana rió, rodando los ojos.
— ¿Quieres algunas de nuestras cosas para el frío? — Leona asintió al ver que la túnica de Diana estaba forrada y se veía abrigadora. — Está bien, pero levántate a comer.
— No. Tengo frío.
— Siempre has sido una llorona.
Se estiró sobre ella para descubrirla, encontrando su cabello desordenado y su ceño fruncido. La miró un largo rato con seriedad, acariciando su mejilla.
— ¿Qué…? — Musitó Leona con media sonrisa, apegándose a su tacto agradable.
— Te eché de menos.
Tomó su mano, apretándola con reconforte. Terminó sentándose al ver a Diana alcanzando su tazón humeante. La temperatura calentó sus dedos y acercó su nariz al calor que desprendía. Diana cruzó los dedos de sus manos, mirando el suelo a la espera de que Leona iniciara a comer. Pasó toda la noche en vela y ansiaba hablar con Leona al respecto. Cruzó sus pulgares, fracasando en distraerse.
— Anoche… — Comenzó a decir. — Estuve pensando en lo que me dijiste. Estaba feliz de que hayas puesto empeño en buscarme aunque no supieras dónde estaba y aunque no te hubiera dicho nada. Por eso quiero pedir tu perdón.
— ¿Por qué perdón? — Alzó sus cejas en un gesto ingenuo, apoyando el tazón en su regazo.
— Porque no te dije nada. Fui muy egoísta, tenía miedo.
— No he venido a escuchar disculpas.
— Yo sé. — La miró después con el mismo gesto. — Pero créeme cuando te digo que no había día en que no me carcomiera la consciencia por lo preocupada que pudiste haber estado. Siempre tuve en mente lo triste que estarías, me pregunté si estabas bien. Ayer cuando te tuve en frente no supe qué decir, pasaron infinidad de cosas en mi cabeza. Lo siento. Sé que te preocupé y sí, me costó mucho tiempo tomar una decisión.
— Si me lo hubieras dicho, lo hubiera permitido. Hubiera estado tranquila.
— Si te lo hubiera dicho, me habría quedado contigo.
Leona abrió los ojos perpleja. La cuchará tintinó al recargarla en el borde del tazón y eso fue lo que hizo a Diana darse cuenta de lo que había dicho. Volvió a bajar su mirada al suelo y el silencio se instaló en la habitación.
El peso al borde de sus pies se desvaneció, siguiendo a Diana con la mirada.
— Termina. — Pidió al estirar la manija de la puerta. — Iré p-
— ¿Por qué?
Mantuvo su mano en la manija, dándole la espalda. No sintió la voluntad de poder encararla y no hizo esfuerzo por encontrarla. Negó con la cabeza y se encogió de hombros, segura de que Leona la vio con claridad. Echó una última mirada por el rabillo del ojo.
— Aguarda.
Salió. Leona alternó la vista del vino a su comida; con todas sus fuerzas tomó el pan y la copa, teniendo cuidado de no derramar nada, mordisqueó el pan y le dio un largo sorbo al vino. Cuando lo terminó, observó la puerta e inició con su platillo.
Por otra parte, Diana buscó con la mirada el cubículo donde guardaban las vestiduras de los catedráticos y sacerdotes, pasando al encontrarla. La variedad de colores era limitada, reduciéndose a gris, blanco e índigo. Chasqueó los dedos al darse cuenta de que no sabía si una talla común le quedaría. Arrugó la nariz al preguntarse cómo es que había crecido tanto, rebuscando hasta que halló algo que parecía cercano a su altura. Al cerrar la puerta, dirigió sus sentidos al sonido de pasos que se aproximaban a ella.
— Diana. Buenos días.
— Buen día.
— ¿Podrías decirme dónde se encuentra la señora Leona?
— ¿Qué necesitáis de ella?
— La dama Ayla me pidió que la llevara a las saunas, que estuviera presentable y que os buscara. Pide de vuestra presencia en la cámara. Los Lunari dispensan de una reunión.
Diana se extrañó, poniendo un rostro de confusión con algo de pánico.
— ¿Reunión?
— No sé los detalles. Sólo sé que se involucran directamente con los Solari. Ayla no se encuentra nada contenta.
— Por supuesto que no. — Agregó con fastidio, dándole las cosas. — Aseguraos de no apretad mucho sus torniquetes, después le pesan y estará incómoda si la reunión se prolonga. Intenta que sus cabellos estén trenzados también. Ella se encuentra en la única puerta de ocre caoba del ala sur.
— ¿La conocéis de antes?
Diana abandonó cualquier tipo de molestia que le causó la noticia de Lúa, reemplazándola con pasmo. Se mordió la mejilla, negando con la cabeza y se puso en marcha, mientras Lúa chasqueó los dientes entre confundida y pensativa, caminando hacia la habitación mencionada.
Odiaba tener que esconder el hecho de que Leona era tan cercana a ella como ella a la noche. Crecieron juntas, conocían más de la otra que de ellas mismas, o eso solía ser. No obstante, ya no tenía la certeza de que Leona fuera la misma niña que la cuidó de otros Solari, ni la misma mentora que la entrenó cuando fue una acólita. Contó una por una las escaleras que subió, restando los pasos faltantes para llegar a la cámara y encontrarse con Ayla. Casi que corrió por el receso que desplegaba el corredor hacia la cámara. Y se detuvo.
Vio su reflejo en el cristal anterior a la entrada de la Cámara del Solsticio. Detalló con su vista todo su rostro, terminando en sus ojos. Sus iris violetas pasaron de serlo a destellar a plateado, tanto como el filo de su arma de acero bendecido. Eso era ser un caballero del eclipse: un ser maldecido por egoísmo disfrazado de justicia y una historia desastrosa detrás de dos personas. Morgana le había dicho eso. Pero en su reflejo, vio a Leona.
La cuestión que rondaba por su mente al pensar en ella era si sabría lo que es y el poder que posee. Si puede sentirla como ella a Leona. Cerró los ojos, deseando correr a contarle todo, como antes. La extrañaba tanto.
Se perfiló hacia el frente de la puerta de la Cámara, abriendo una de las puertas con algo de brusquedad a pesar de saber que su fuerza era horripilantemente superior a la de los presentes que la miraron entrar. Ignoró por completo a los demás, centrando su atención en los ojos de Ayla. Al verla, Ayla pidió a los demás de forma amable que pasaran a la siguiente sala asociada al recibidor del punto de reunión. Diana se cruzó de brazos y en cuanto los demás se retiraron, la dama rodó los ojos mirando al techo.
— Buenos días, Diana.
— ¿Cuál es el motivo de vuestra desconfianza a Leona? Ella no ha causado problemas y si ella os está explicando lo que ocurre, es porque está diciendo la verdad. — Tajó con volumen moderado, dejando ir fracciones de molestia en su voz.
— Ah, entonces llega esta Solari que no has visto en tu vida y vais en su defensa. ¿Qué? ¿La conocéis? — Diana no respondió. — Porque, llegáis a decidme esto bastante confidente.
— No es de vuestra incumbencia mi relación con ella, y no deja de parecerme incoherente el hecho de que recaiga todo el peso de sus sospechas sobre ella.
— Eso responde mi pregunta entonces. Y os aseguro que ya hablasteis con ella, porque yo no mencioné nada de vuestra discusión. — La miró acostando la cabeza con cansancio, acercándose hasta toparse de narices. Diana no se amedrentó y eso la hizo sonreír. — ¿Qué estuvisteis haciendo tanto tiempo en su habitación anoche?
— Nada.
— Sólo logras que piense en situaciones comprometedoras.
Diana se relamió los labios, poniendo los ojos en blanco al dejar escapar un audible resoplo de continencia.
— No sé cómo alguien con un pensamiento tan poco racional como vos tomó este puesto tan alto en nuestra jerarquía. No, Ayla. No digáis estupideces. La conozco, sí. — Contestó, volviendo a ponerle la mirada más paciente que alcanzó. — Ella fue mi mentora cuando llegué con los Solari. Esa Solari leal, devota, honesta y prometedora de la que os hablé cuando llegué, es ella. Ahora es una Ra'Horak. Os guste o no, vais a tener que escucharla sin excepción, porque ningún otro de esos cobardes os hubiera siquiera dado la maldita cara. En cambio, Leona aquí está.
La manifestación, a medida que avanzaba, se volvió mordaz, al punto de hablar entre dientes. Con paciencia y cuidado, alejó a la dama para evitar que respirara de su mismo aire y no pudiera sentir las ascuas que echaba por su aliento.
— ¿Desde cuándo? — Masculló Ayla.
— Desde hace once años. Es la primera vez que la veo en once años. — Ayla asintió, haciendo silencio para que siguiera hablando. — Yo… sí. Hablé con ella. Me refirió todo lo que sucedió. Fue inevitable reprimir el impulso de no acompañarla toda la noche.
— Correcto.
— Pero sé que la conoce. Me molesté al saber que desconfió de ella cuando ella ha sido quien detiene cualquier tipo de persecución, ejecución y discriminación hacia nosotros.
— No defiendes a nadie.
— Aunque no fuera ella, hubiera defendido al que ha demostrado buena causa. — Vio por el rabillo del ojo que adoptó un semblante más relajado, asintiendo. — Lúa me dijo que me necesitaba, ¿sucede algo?
— Sí.
— ¿Qué?
— Necesito que estéis presente durante el aguante de toda la reunión. Sin embargo, os advierto: no os va a gustar lo que sucede y las medidas que he tomado. Así que requiero de tu absoluta comprensión.
— De acuerdo.
Diana deshizo el nudo de sus brazos más tranquila, y dispuesta para salir de la cámara. Tuvo que detenerse al ver a Ayla estirar su mano para detenerla por el hombro. La miró con una ceja más o menos alzada y volvió a encararla.
— Precisamos de hablar ahora. Acércate, toma asiento.
— No es necesario. Ya imagino qué querrá saber.
— Bien. — Dijo, apoyándose en el respaldo de una silla cercana. — Llevas aquí cinco años.
— Sí.
— ¿Dónde estuvisteis los otros seis?
Pensativa, Diana miró a un costado.
— Hablaremos de eso después. No estoy en la disposición de decírselo.
— ¿Conocisteis al antiguo señor?
— Sí, pero no congenié con él. Tampoco pensé en ser una templaria, llegué aquí porque aquí está la mayor biblioteca Lunari y deseaba poder reconectar mis raíces después de que me hablara de lo que aconteció con mi familia.
— ¿Cómo vais con eso?
— Ocurrió. Leo fue mi única familia y con eso estuve más que bien.
— ¿Leo?
— Leona… eh. — Gesticuló con sus manos, oscilando un poco la cabeza. — Sí, Leona.
Ayla curvó los labios con socarronería. Abandonó su sitio en la silla y la puso en su lugar. Un estruendoso relámpago iluminó la sala, pero no le extrañó, siguió rondando por la habitación en busca de algo. Sus cabellos albinos acariciaban su piel con la ligereza de una pluma, resaltando su exquisito perfil. Apenas dar un paso, tocaron la puerta.
Pidió a Diana con la mirada que abriera y así lo hizo.
— Hola, Diana. — Sonrió y estiró la cabeza para buscar a la dama con la mirada. Diana tuvo que hacerse a un lado. — La señora Leona ya casi está lista. Estará aquí en unos momentos. Es algo quejumbrosa con el clima, así que me encargué de abrigarle. ¿Estáis seguras de que ella es la fiera y peligrosa Ra'Horak de la que siempre nos hablan los Shurimanos?
Diana rió en un murmullo, dándole la razón con la cabeza.
— Sí. La misma.
— No lo parece.
El trío se miró con gracia, la positividad de la sacerdotisa relajó el ambiente de un momento a otro. Lúa hizo una reverencia y se retiró.
— Tan indiscreta, como siempre. — Suspiró Ayla.
Diana se encogió de hombros, colocándose a la par de la puerta, prestando especial atención a la insistente búsqueda de su hermana. Leona no lo sabía y probablemente tampoco se lo diría, no era algo importante. A decir verdad, Diana estaba ansiosa. Quería evitar tener que interponerse ante alguna discusión que se llegase a tornar fuera de lugar entre Leona y Ayla.
— ¿Qué tanto buscáis?
— Los pergaminos Solari.
— ¿Para qué?
— Evidenciar sus amenazas.
— Leona me dijo que ella no fue quien los escribió. Ha sufrido de traición por parte de uno de los sabios; Lys.
— Eso mismo intentó explicar anoche. — Mencionó con desdén, poniendo sobre el gran mesón redondo la caja de tubos acumulados. — No le creí.
— ¿Por qué no?
— Acércate.
Caminó hacia su dirección, sintiendo curiosidad de lo que Ayla pudiera mostrarle al desplegar el documento de la primera petición. Al final de la nota, que conocía bien, estaba el mismísimo sello de Leona y los otros cuatro de los demás líderes. Abrió la boca, entre indignada y confundida, pero tuvo que cerrarla al escuchar las puertas abrirse.
— ¿Quién le puso eso?
Miró hacia donde la vista de Ayla estaba, quedándose estática.
— Era lo único que había de su talla… — Respondió Diana, irguiéndose sin dejar de verla.
Leona hizo una reverencia al ver que la dama Ayla se acercaba. La rodeó, examinándola para terminar de nuevo frente a ella y Leona, altiva y seria, la encaró.
— Si fueras rubia, no dudaría que fueses Lunari.
— Es un honor escuchar eso, cortesana.
— Perfecto. Acompañadme.
Ayla caminó hacia la siguiente división de la sala, dejando atrás a ambas. Leona buscó con la mirada a Diana y la última no hizo más que hacerle contra. Leona tomó lugar a su par, dándole un empujoncito con el hombro. Aún y con eso, no consiguió que la mirara.
— Gracias.
— ¿Lúa fue amable contigo?
— Ella es my agradable. — Dijo, siendo honesta. — Ayer también me acompañó con la dama.
Diana alzó las cejas, tratando de no echarle ni un solo vistazo por el rabillo del ojo. Con lo antes dicho, pudo saber porqué Lúa le había preguntado por su parentesco con Leona, guiándola hacia donde estaban los demás.
Tal como solía ocurrir en su templo, los interinos detuvieron sus murmullos para mirarla con una admiración e impresión más genuina de la que estaba acostumbrada. Los pocos hombres que había ahí apenas alcanzaban su estatura, la característica más notable de su figura. Saludó con su cabeza, tomando su asiento correspondiente. La enorme mesa era redonda, con mármol dibujando una media Luna y lo restante, de vidrio brillante. Tomó asiento, mientras Diana cruzaba sus manos en la espalda, aguardando detrás del asiento de Ayla.
— Estáis presentes ante la líder Ra'Horak de la primera línea de resguardo Solari. Leona Rakkor. — Dijo Ayla, viendo cada tanto a todos. — Encajados en el tema y parcialmente conscientes de la situación que amerita de su palabra personal, tomo la autoridad para juzgar sus actos.
Los demás asintieron en silencio. Leona encogió su ojo con un poco de extrañeza, no terminaba de digerir las reuniones silentes de los Lunari. Entrelazó sus dedos sobre la mesa, a la espera de la primera cuestión.
— Una pregunta antes de iniciar. — Habló uno de los presentes. — ¿Por qué trae eso puesto? Aquí ya no existen vestiduras para los Solari.
La aludida abrió la boca, desviando su mirada a Diana, que se mordió el labio y miró al suelo para evitar reír o siquiera sonreír. Los demás la calificaron con seriedad, puntualizando la armadura plateada y su caperuza felpuda.
— Yo… — Dejó de mirar a Diana cuando levantó su vista del suelo. Enrojeció paulatinamente al sentir toda la atención sobre ella. — Tenía frío. Entonces solicité un cambio. No tolero el clima de esta región, aunque sea igual o más frío en las tierras Solari.
Diana se volteó, caminando hacia donde estuvieron antes. Ayla la vio irse, pero no le tomó mucha importancia. Leona tuvo que apretar la mandíbula para evitar reír de vergüenza.
— Bien. No sabía tampoco que habían trajes de cacería existentes hasta que la vi hace unos momentos. — Justificó Ayla.
Leona vio al poco tiempo cómo regresó Diana como si nada a donde estaba, recorriendo sus trenzas con sus dedos hasta donde terminaban, en su nuca. Ninguno hizo acto de gracia, más bien, asintieron con simpatía. Dejó ir el aire que no sabía que estaba guardando, siempre tenía que dar la misma explicación.
— Podeos iniciar con vuestras preguntas. — Notificó Leona más suave. Ayla asintió.
— A decir verdad, Leona, no os parece que hayáis cometido errores en lo que respecta a nuestra cultura. — Habló una sacerdotisa.
— Es cierto. — Secundó el hombre de antes. — Que hayáis cambiado de parecer de un día a otro es incomprensible. Han pasado años desde que hemos empeñado unir a los vuestros con nosotros.
— Pero — intercedió Ayla —, sus intentos de cacería y agresión han persistido. Los enfrentamientos armados han caído en declive, no obstante, no emendan las acciones anteriores.
Los demás la miraron con pesar, dándole la razón a la dama.
— He impuesto reglas conforme a lo antes mencionado. — Respondió Leona sin perturbarse demasiado. — Propiamente me he apoderado de las situaciones que os aquejan.
— No es suficiente, Leona.
— ¿Por qué no? — Insistió con el entrecejo fruncido. — ¿No es muestra suficiente lo que he dado a pesar de que mi gente se muestra renuente a las decisiones que sitúo para ellos? Aprenderán a respetarlos con el tiempo.
— Exacto. El respeto no se pide, se ruega ni se fuerza, Leona. — Recusó, poniendo sobre la mesa los tubos abiertos. — Os estáis diciendo que impones esas normativas, pero no las estáis fomentando. Vuestra gente crecerá con la idea de que eso está penado por ley como algo rencoroso, en lugar de que sea sembrado como valores que harán crecer la mente de su sistema social. No es un amaestramiento, es formación. ¿Entendéis a lo que me refiero? El mandato sin apología, no es más que tiranía.
Leona observó con atención lo que Ayla señalaba sobre la mesa, encontrando los escritos por los que habían discutido la noche anterior. Una gran irritación creció dentro de ella. Respiró hondo, guardando la pena y la sorpresa de los demás al ver las amenazas que estaban escritas en esos papeles. Los Lunari no eran personas expresivas y con eso en mente, pudo ver decepción en sus rostros.
— Tiene vuestro sello, mi señora. — Mencionó el hombre.
Levantó la vista con pánico en búsqueda de lo que había dicho. Había visto los escritos ayer, pero no vio ninguna confirmación de autenticidad.
— Ese no es su sello.
Todas las miradas se desviaron a Diana. Dio un paso al frente hasta quedar al costado de Ayla, donde detuvo su vista en todos y cada uno de ellos hasta terminar en Leona, que se mantuvo firme. La declaración resultó interesante para Ayla, que alzó las cejas y giró la cabeza hacia Diana sin mirarla.
— Leona no utiliza ningún tipo de tinta para sellar ningún escrito. Lo considera sucio. Si fuese su sello, habría cera clara, jamás oscura.
De nueva cuenta, todas las miradas se fueron sobre Leona para confirmar lo que había dicho, excepción de la de Ayla que parecía confundida y medio consternada.
— Es correcto. No me pertenece.
— Lo que confirma que Leona fue víctima de traición por parte de la corte de los sabios Ra'Horak. — Concluyó Diana. — Otro punto a resaltar es la letra. Es claro que ella no lo escribió, comprendo que no envíe mensajes recurrentes, pero fue una medida apresurada no comparar los escritos y siquiera percatarse de un elemento importante como lo que les aludo.
— Además de que la señora inició joven como adalid en lo que a mí concierne. — Dijo otra de las sacerdotisas. Diana asintió. — No suele escribidnos por eso.
— Parece que sabéis mucho del tema, ¿no Diana? — Habló Ayla con disgusto.
— Bebí, comí y crecí con los Solari, no me avergüenzo de ello. — Expuso con orgullo, poniendo vista al frente. — Soy prueba de que ambas culturas son capaces de coexistir.
El corazón de Leona se detuvo un momento al ver su perfil firme viendo al frente. Un recuerdo fugaz de ella en las líneas de entrenamiento de la arena se manifestó, bajando su vista a sus pulgares enguantados.
— Escuchadme, Leona. — Cortó Ayla, poniéndose de pie. — Sé que sois alguien bienintencionada, a decir verdad, la primera en haced todo lo que vos hacéis. Así que, dada la situación, tendré que tomar vuestra palabra. Sin embargo, no me encuentro convencida.
— ¿Por qué? — Dijo Leona un poco fastidiada. — ¿Qué prueba puede ser suficiente para vos?
— Leísteis mi mente. — Le apuntó con una media sonrisa. — He enviado custodios a vuestras tierras, mis mejores frentes.
— ¡¿Qué?! — Se escandalizó sin levantar la voz, poniéndose de pie. Todos bajaron la cabeza, pero Diana la miró con los brazos cruzados. — ¡¿En qué estabais pensando?! No estoy presente. ¡No sé qué les pueda ocurrir!
— ¿Y sigues creyendo en que tus métodos funcionan cuando acabáis de reconocer que sin ti puedan herir a los míos? Patético. — Negó con seriedad, después le echó un vistazo a Diana, que se notaba deseosa de una explicación. — Descuida, les envié una misiva.
— ¿Qué estipula la misiva?
— Mis hombres y mujeres tienen que regresar sin un solo rasguño. Sin amenazas. Ya que estáis aquí, he de decirte que al haber cruzado las montañas, os habrás dado cuenta de que la marea está alta. — Hizo una pausa para ver a Leona, que mantuvo su postura con expresión severa y contrariada. — Sabéis lo que eso significa.
— ¿Los enviasteis con el propósito de atacar? — Musitó cáustica y entre dientes.
— No, Leona. Que seamos más fuertes durante este punto del mes, no nos hace unos salvajes. No os compares con los vuestros. Es una precaución, las y los míos deben poder defenderse al estar rodeados de tantos hombres. Y más siendo Lunari.
— ¿Qué es lo que quieres? — Riñó rápida y sin verla.
— Pruebas. Ellos tienen la estricta indicación de que al llegar vos, partan inmediatamente de regreso. De no ser así… — Desvió su vista de ella para que todos le prestaran escucha. — Declararé la guerra. Y considera vuestra alianza rota.
Diana no se mostró tan sorprendida como Leona, pero infló el pecho y tensó la mandíbula, evitando decir algo innecesario y poco importante para la pauta de Ayla. Los demás parecían de acuerdo con la decisión.
— ¡¿Qué estáis diciendo?! ¡No puedes poner en riesgo la vida de miles de los tuyos de esa manera!
— Porque no la pondré. Solari que ose pasar por aquí, Solari que morirá. Así que si no queréis tener que recurrir de nuevo al conflicto, deberás cumplir lo que establezco.
— ¡¿Cómo osáis hablar de tiranía cuando dictaminas cosas como esta?!
— ¿Acaso veis a alguien en contra de mi decisión? — Leona calló. Entonces retomó la palabra. — No seas como vuestros ancestros, Leona. Sois necia, no me dejáis más opción que ser dura. Reconoce tus errores y crece como líder. Como Ra'Horak.
— Enviad a tu mejor siervo conmigo entonces. Exijo validez y confiabilidad si pensáis cumplir con esta locura.
Ayla lo consideró un momento, mirando a Diana con insistencia. Al percatarse de eso, Diana agitó la cabeza.
— Me niego.
— Se conocen, conocéis la cultura Solari y sois mi guarda.
— ¿Entonces quién cuidará de usted?
— La niña no soy yo. No es una súplica, es una orden.
Diana corrió por inercia los ojos hacia Leona, topándose con su mirada.
— ¿Estáis de acuerdo? — Dijo Diana. Leona asintió, para su desgracia. — Yo no me encuentro segura.
— ¿No queréis volver a afianzar lazos con los Solari o alguna tontería de esas?
— Perra. — Susurró Diana, poniendo los ojos en blanco. Ayla dejó escapar una sonora carcajada que hizo reír a más de uno.
— Es algo que diría si estuviera en vuestro lugar.
— ¿Qué dijo…? — Curioseó Leona sin poder tomarle gracia por más que los demás rieran.
— Nada. Podéis retiraros —anunció a los asistentes—, me quedaré con ellas. Muchas gracias por vuestra presencia.
Carraspeó, dejando de reír. Aguardó hasta que los demás se marcharan, hasta que el tragaluz solo las iluminó a ellas tres. Se dirigió a Leona y le apretó el hombro como reconforte.
— La tormenta empeorará si no os vais hoy mismo. Aprovechad que continuará amainada por la noche. Deberás partir antes de que caiga el Sol.
— Vine con mi yegua.
— No os preocupéis, la pondré junto a los demás caballos en la carroza que enviaré para vos.
— Iba a irme hoy de todas maneras.
— ¿Estáis molesta?
— Por supuesto que está molesta. Sois estúpida. — Gruñó Diana.
— Tampoco parecéis contenta…
— ¡Vaya! Y de uno sigue dos.
— Sabéis contar. Sorprendente. — Contradijo con otra risa más disimulada. Diana la ignoró.
— ¿Por qué desconfiáis tanto de mí? — Volvió a cuestionar Leona, desolada.
Ayla se dejó caer en el asiento cambiando por completo su semblante por uno tranquilo. Evaluó a Leona con la mirada, buscando las palabras apropiadas.
— Escuchadme, Leona. Ser cabecilla de una unión completa conlleva una enorme carga de trabajo. ¿Consideras correcto confiar sola y únicamente en tu palabra? Porque me lo aseguráis vos, ¿y los demás? — Explicó, tomando el dorso de su mano y dándole un sincero apretón. — Desconfía y acertarás. Ayer me encontraba colérica porque no entendí cómo pudisteis ser tan incompetente, ¿nunca oísteis a nadie de hablar de todo esto? ¿Estáis segura que ninguno de tus subalternos sabe algo?
Se preguntó por un momento si Atreus tendría algo que ver, pero lo descartó de inmediato. De ser así, hubiera corrido a decírselo.
— No. Yo también estoy molesta por eso.
— Porque confiasteis a ciegas, por supuesto que me sentía decepcionada. Vuestra mano debe ser dura. Sois una Ra'Horak, la compasión y humanidad te hará una mujer, una líder. Pero, a veces, deberás dejar ir eso que amas, que anhelas, cuando todo te grite que debe irse.
Leona viró su mirada hacia Diana y esta le correspondió un momento, que en seguida miró al suelo, incómoda. Ahí estaba parte la parte de Ayla que conocía.
— Tenéis razón. No esperé el trato de ayer. — Enunció al regresar su mirada a ella. —Quiero pedirle disculpas, cortesana.
— Tu queridita amiga me ha dicho cosas peores, no os preocupéis mucho, Leo.
— ¡No le digáis así! — Reclamó Diana.
— El problema hubiera sido si alguien que no fuera Diana nos hubiese escuchado.
— Es cierto. — Certificó Leona.
— De haberlo sabido, ni un pie dentro habría puesto. — Rezongó la aludida, poniendo una mano en su cintura.
— Acompañadla al establo para que despoje de sus pertenencias a su yegua. — Dijo entre risas, estirando su brazo como invitación a abandonar la cámara. Diana fue la primera en salir, seguida de Leona. Al cerrarse la puerta, dejó ir el aire que no sabía que estaba conteniendo. Contempló el lugar donde estuvo antes Leona y golpeteó la mesa con las yemas de sus dedos. — Perdonadme, Leona.
Diana iba protestando cosas inentendibles a una marcha extraordinariamente rápida. Leona se vio en la necesidad de apresurar el paso para siquiera poder alcanzar su costado. No lo logró. Miró al cielo, exhalando cada tanto por la caminata. El vaho de su aliento se interponía en detallar los escritos de la cerrada caperuza de Diana. Optó por cubrirse la cabeza con el gorro, solo siguiendo los pasos que se estampaban en el suelo húmedo una vez que salieron del techo del santuario.
«Ayla no tenía ni la menor idea de que no he cruzado las montañas. ¿Cómo lo sabe Diana entonces?»
Esa pregunta le rondaba por su cabeza desde lo que mencionó. Nada le aseguraba que Ahri le dijera la verdad, pero tampoco una mentira. Para qué inventarse algo tan descabellado cuando había hecho eso con su espada. Torció la boca, debió haber preguntado más. A lo lejos escuchó ronquidos de jabalís y el ruido de cascos de caballos y vacas. Admiró el corral por los animales de ahí, aunque tuvieron que rodearlo para llevarla a las caballerizas, donde vio a Diana detenerse frente a su yegua con desconcierto. Se paró al lado de ella, respirando por el esfuerzo de haber casi corrido.
Diana estiró su mano hacia el alto animal, que la recibió gustosa, brincoteando y bufando al verla. Leona sonrió de pura ternura.
— Te recuerda. — Dijo, estirando su mano para acariciarla también.
— Era un potrillo…
— Sí. Ahora no sé qué haría sin ella.
La vio asentir. Se mantuvo mirándola, notando lo relajada que parecía al acariciarla. El nerviosismo invadió a Diana por la instancia de Leona, así que decidió abrir la caballeriza para cumplir lo que le había dicho Ayla. Desamarró las flanqueras y el petral. Al parecer los custodios del portal se habían encargado de lo demás.
Encogió la ceja y rotó su muñeca, confirmando que le dolía. Retiró su guante para ver si había una lesión, pero sólo estaba inflamado. Chasqueó los dientes, agitando la mano.
— ¿Estás bien? — Preguntó Leona, acercándose con la grupera y dejándola colgada al borde de la caballeriza.
— Sí, ayer me golpeé.
— ¿Puedo ver?
— No es nada. — Se giró para terminar lo que había iniciado, restándole importancia. — Sólo está sensible por el frío.
Leona no la escuchó y la tomó de la mano. Era caliente, eso de alguna manera calmó un poco de su dolor. La descarga de emoción subió hasta su pecho cuando Leona apretó su agarré, levantando su vista para mirarla a los ojos. Apretó más como respuesta.
— Gracias por haberme defendido en el cenáculo. Yo no vi ningún sello, mucho menos mío, en cambio, tú fuiste más observadora.
— No tienes nada que agradecerme. — Sonrió por primera vez en el día, dando un paso más cerca de Leona. — No podía permitir que Ayla infundiera rencor contra ti, de haber exagerado te habría metido en un conflicto.
— También estuve muy feliz de que hayas sido tan minuciosa. Recordar algo así después de tantos años… me hace tan, tan feliz…
Diana abandonó su tacto para llevarlo a la mejilla de Leona, delineando con su pulgar desnudo la perfecta línea de su mandíbula. Leona la buscó con la mirada al ver sus ojos variando de su pulgar a los suyos, titubeante.
— No hubo ni un solo día que no pensara en ti. Perdóname. Por todos esos años.
— Desde que te tengo en frente, perdoné todo.
Pronunciado aquello, tomó su mano y la llevó hasta sus labios. Besó sus nudillos, sus dedos y su dorso con cariño y dulzura. Diana no lo soportó, sujetó su cuello y la abrazó, enterrándose en su cuello con fuerza. Leona acobijó su cuerpo con la capa y la abarcó con sus brazos, acunándola con sus dedos enredándose en los cabellos de su nuca. Le susurró cosas que sólo ella comprendía y Diana rió, meneando de un lado a otro su cuerpo.
Entró en pánico al escuchar los pasos sobre el heno regado en la caballeriza y se separó para ver la puerta, donde estaba un la encargada de alimentar a los caballos. Leona las miró confundida por lo abrupta que había sido Diana.
— Oh, señora Diana, no sabía que… Lo lamento, me marcharé.
— ¡No, no, no!
— No os preocupe, mi señora. Creo que ahora todo tiene explicación, ya estaba comprometida con la señora Leona. — Reflexionó divertida, dejando los baldes en el suelo. — Felicidades.
— ¡No estoy comprometida! Es…
— ¿Compromiso? — Terció Leona. — ¿Como matrimonio?
— Sí, la señora Diana ha rechazado miles de pretendientes. Pero no sabía que-
— ¿Podéis llevar la armadura de la yegua de la señora Leona hacia la carroza del ala de sur? Y ni una sola palabra de esto. Os lo ruego.
— Como desee, mi señora.
Diana hizo una seña a Leona para que la siguiera. Se detuvieron al llegar al jardín próximo a la habitación donde durmió Leona.
— ¿A qué se refería con matrimonio? — Preguntó Leona, viendo la expresión entorpecida de Diana.
— Aquí las muestras de afecto son nulas entre desconocidos. Las parejas son las únicas que comparten momentos tan íntimos. Crecí con ustedes y no llegué a pensar en decirte eso. No esperaba que hubiera alguien ahí.
— Pero… somos mujeres.
La expresión de Diana se descompuso por completo de un momento a otro. Su mirada se apagó, bajando hacia otro lugar que no fuera el rostro de Leona.
— Aquí no importa eso. Puedo entenderlo… los Solari lo prohíben.
— Sí. Es incorrecto.
— Pero el amor ve más allá de eso. Al menos aquí. — Leona se mantuvo perpleja, pensando en lo que le decía. — Puedes ir por tus cosas. Te esperaré al caer el Sol.
Posteriormente, Diana se fue, dejándola sola con sus pensamientos y sin palabras. A cada paso de la estilizada figura de la templaria, sus cabellos se mecían a la altura de su espalda alta, en su mano izquierda apretaba el guante que se había quitado y su cabeza se agachó hasta que se desapareció de su vista.
Se llevó la mano al pecho, preguntándose por qué se sentía así de agitado, al mismo tiempo que vacío y temeroso. El vaho de su aliento sólo dibujó lo distante del sentimiento que invadió su corazón.
