Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 14
—¿Qué ha ocurrido? —Al oír la voz de Aizen, Ichimaru apagó el monitor del ordenador
y se levantó de la silla. Ejecutó un saludo marcial que hubiera sido la envidia de cualquier
soldado de alto rango e informó de lo sucedido con datos precisos. Aizen caminó con las
manos enlazadas a la espalda mientras escuchaba.
Con su eterna vestimenta, aquella especie de túnica con capucha que le proporcionaba el
completo anonimato, los pasos resonaron como queriendo poner los puntos al término de cada
frase.
—Has hecho bien —dijo cuando Ichimaru hubo terminado su relato—. Ingrid únicamente hubiera
sido un estorbo. ¿Has revisado la intranet? ¿Ha habido algún movimiento extraño?
—No por el momento.
—Bien. —Aizen continuó con su paseo arriba y abajo, completamente ajeno a Ichimaru que
esperaba el momento idóneo para explicar su teoría.
—Si me permite, señor —intentó viendo que pasaban los minutos en completo silencio.
—¿Sí, Ichimaru?
—Creo que en ningún momento han tenido intención de llevarse nada. Ni siquiera intentarán
entrar en la intranet.
—Explícate.
—Desde mi punto de vista, y teniendo en cuenta mi experiencia como estratega, podría casi
asegurar que Ichigo ha usado a Ingrid para que le muestre el camino hasta aquí. Si tenemos en
cuenta el modus operandi del sueco, en caso de que Ingrid hubiera servido a otro propósito o a
ninguno, él mismo la habría matado.
Aizen reanudó su recorrido por la sala, bajo la mirada de un sonriente Ichimaru quien, muy
orgulloso por su deducción, se atrevió a romper la quietud del cuerpo y balancearse sobre los
talones con el torso completamente recto, en actitud engreída.
—Desde luego es una explicación plausible —dijo al fin—. Ichigo no es idiota. Ha demostrado en
sobradas ocasiones que es capaz de burlar planes muy elaborados. —Aizen hizo una pausa
antes de continuar—. Supongo que no recibimos tampoco notificación alguna de la agente
infiltrada.
—Así es.
—Está bien —dijo mientras se acercaba a la salida—. Tome las medidas de seguridad
pertinentes para repeler cualquier ataque o intruso. Pero no olvide que lo necesito vivo.
—¿Y la hembra?
—Si como creemos se ha pasado al bando contrario, ya no nos sirve de nada. Queda relevada
del cargo —respondió mientras abría la puerta—. Mátenla.
—Una cosa más, señor.
—Dígame.
—Las explicaciones de Ingrid sobre el sueco me hicieron pensar que podría tratarse de un
Dominante.
—¿Ichigo un Dominante? Menuda patraña. Cumpla con las órdenes y deje de dar vueltas a los
delirios de una hembra bajo los efectos de un ataque nervioso justificando su miedo.
XXX
—¡Trece! —exclamó Rukia mientras el pequeño perro se lanzaba a sus brazos con efusividad
—. ¡Oh, sí! Nosotros también te hemos echado de menos.
—Unos más que otros —murmuró Ichigo mirando al cielo y negando con la cabeza. ¿Cómo
semejante bicho deforme podía tener a aquella licántropo a sus expensas con sólo un maldito
ladrido?
Rukia, que había oído al sueco, no pudo menos que reír internamente. Dejó a Trece en el suelo
y ayudó a Ichigo a encender las lamparillas de gas.
—No enciendas demasiadas, lo bueno que tiene un cacheo es que no es necesaria la vista. Con
las manos es suficiente. Eso sí, tendrás que emplearte a fondo. Voy armado hasta los dientes.
—¿De qué estás hablando? —Rukia lo miró brevemente con el ceño fruncido antes de volver
la atención a la lamparilla que tenía entre manos, la actuación perfecta.
—Hablo de eso que me has prometido.
—No te he prometido nada. Tú hablaste, yo no contesté —dijo sin apartar la mirada de la
pequeña llama.
Oyó los pasos del macho acercándose y sintió cómo sus piernas se debilitaban traicioneras.
Trece se levantó en cuanto Ichigo estuvo junto a ellos, mirándolo con un desafío en sus
redondos y saltones ojos.
—¿Y qué hay de la frase mundialmente conocida que dice: el que calla otorga?
Ichigo habló sin apartar la mirada del can. Rukia sonrió a su pesar. Ichigo estaba dispuesto a
hacerla pasar por aquello, no se rendiría hasta conseguirlo y lo sabía. No obstante decidió que
el sueco tendría que sudarlo un poco más. Siguió agachada frente a la lamparilla, aun estando
ésta ya perfectamente encendida. Trece inició un intento de gruñido que terminó antes de
emerger de entre sus mandíbulas y, como si nada hubiera pasado, caminó con el rabito
bamboleante apuntando al techo. Ichigo sonrió satisfecho mientras sus ojos volvían al ámbar
normal. A ese chucho enano solo le faltaba un poco de disciplina, hacerle saber quién mandaba
allí, quién era el Alfa.
—Y hablando de silencios —dijo Rukia levantándose para dirigirse hasta el banco y
deshacerse de la cazadora—. Has estado muy callado todo el viaje de vuelta. ¿Puedo preguntar
la causa?
—Pensaba en cómo hacer esta vez para que te acostaras conmigo —respondió sonriendo
mientras iba de nuevo a su encuentro.
—¿No tendrá algo que ver esa runa, verdad? Algiz —añadió para que no pudiera eludir la
pregunta—. Fue lo último que pronunciaste.
—Si te va lo místico, sólo tienes que decirlo. Me encanta probar cosas nuevas —contestó
rodeándole la cintura con los brazos para acercarla a él con fuerza.
Volver a pensar en la runa y en misticismos trajo a la mente de Rukia el recuerdo de su último
sueño y la sonrisa se desvaneció lentamente de los labios femeninos. «Encuentra al Hati, él
sabrá qué hacer.»
—¿Ocurre algo?
—No —mintió recuperando el humor. Y antes de que Ichigo quisiera averiguar más sobre lo que
había ensombrecido su rostro por un momento, lo besó.
La conciencia de Rukia se reveló el mismo instante en que sus labios tocaron los del sueco.
La había estado acorralando desde el principio para conseguir un paseo entre sábanas y,
aunque intentó resistirse todo lo que pudo, al final sucumbió. La atracción y el mecanismo
natural de la raza hacían imposible ignorar el poder de un macho superior a ella. Tratar de
engañarse a sí misma diciendo que quizá de ese modo Ichigo confiaría en ella lo suficiente para
que le explicase el plan era de idiotas. «No te mientas», se dijo, «lo haces porque quieres, lo
deseas.» ¡Joder! Tener que batallar entre su conciencia y la abrumadora sugestión con que
Ichigo la envolvía cada vez que se acercaba a ella era agotador. Desde que comenzara todo
aquello, había pasado por tantos estados de ánimo que ya no sabía qué demonios se suponía
que debía hacer. Pero algo sí estaba claro en su cabeza: «Ellos me engañaron, me mintieron, me
manipularon poniendo en peligro mi vida». La rabia ante aquella verdad volvió a tomar fuerza en
su interior y relegó al olvido cualquier otra cosa que no fueran las sensaciones que el sueco
despertaba en ella. Lo empujó hacia atrás, hasta que la espalda del macho chocó con algo duro
y frío y lo obligó a darse la vuelta.
—¡Vamos! ¡Las manos sobre el altar! ¡Piernas separadas! —exclamó mientras con la punta de
metal forrado de sus botas golpeaba los tobillos del licántropo.
—Esto es genial. —Ichigo reía a carcajadas.
—¿Genial? —repitió poniendo una mano sobre su cabeza para apretar y someterlo—. Si sigues
por ese camino, amigo, voy a tener que esposarte.
—¿Crees que de esa forma tendrás algún poder sobre mí?
Rukia no cometió el error de responder a esa pregunta y, a cambio, pasó la mano libre entre
las piernas del sueco y lo agarró por los testículos.
—¿Y de ésta? ¿Crees que ésta es la forma correcta?
Ichigo emitió un ronroneo que sonó meloso en los oídos de la Pura.
—Sólo si lo haces sin ropa de por medio —proclamó con la voz grave por el deseo.
Rukia aflojó el puño e Ichigo aprovechó el momento para cambiar las tornas. Ahora era ella
quien estaba atrapada entre la losa del altar y el cuerpo duro y descomunal del licántropo. Su
olor se hizo más intenso con la excitación y todo su ser respondió a ello como siempre ocurría.
—Creo que seré yo quien termine este trabajo —dijo volviéndola de espaldas y colocándola en
la misma posición en la que él había estado un segundo antes—. Pero... —añadió—, esto me
estorba.
Lo que entorpecía las manos del sueco no era otra cosa que la ropa que cubría a la hembra, y de
un tirón desgarró sin problemas la camisa que cayó al suelo en silencio. No satisfecho del todo,
pasó las manos alrededor de su cintura y desabrochó el pantalón.
—Así está mucho mejor.
Ichigo no la obligó a mantenerse así, como había hecho ella. No usó la fuerza para que no
pudiera escapar. Nada le impedía escabullirse de aquella postura denigrante para una militar
pero, a la vez, terriblemente excitante. Sin que las manos del sueco abandonaran la piel
femenina ni un momento, éstas volaron hasta sus pechos y se cerraron en torno al sostén, tiró
suavemente hacia abajo y liberó los senos. Podía sentir la dura erección apretada contra sus
nalgas. Las caprichosas manos masculinas encerraron los globos gemelos antes de dedicar
unas torturantes caricias a los pezones. Rukia se mordió el labio inferior de puro placer y su
trasero se apretó aún más contra el miembro del macho.
—Si sigues por ese camino, amiga, voy a tener que esposarte —le susurró Ichigo en la oreja
antes de lamerla.
Acto seguido se encargó de bajarle los pantalones, arrastrándolos con el avance de sus manos
sobre la piel de las piernas. Una lenta y atormentadora caricia que pensó no terminaría nunca.
Necesitaba esas manos en otros lugares de su cuerpo con urgencia, sin embargo la ayudó a
liberarse por completo de la prenda.
Después rompió el contacto y, por esos largos minutos, el deseo rugió insatisfecho y
caprichoso suplicando atención. Los dedos del sueco aparecieron en su ángulo de visión,
colocándose sobre sus manos, sólo rozándola, como la caricia de un aleteo que, en ascenso, le
recorrió los brazos, se paseó por la nuca y descendió toda la columna hasta llegar a los glúteos.
Allí, dibujaron un extraño diseño y continuaron su vagar sinuoso por caderas y vientre. Jugaron
juntos por un segundo alrededor del ombligo antes de separarse ya hacia lugares distantes y
dispares; unos, hacia sus pechos y otros, hasta colarse bajo el tanga y enredarse en el vello del
pubis.
Para entonces Rukia había olvidado cualquier pensamiento real, su mente era un caos donde
únicamente el deseo y el placer campaban a sus anchas y su cuerpo, más receptivo de lo que
jamás había estado, era capaz de captar cualquier movimiento del macho, su aliento quemaba,
su respiración la seducía, sus caricias, enloquecedoras, conseguían propagarse por su piel
como ondas expansivas.
Las manos del licántropo crearon indecentes y novedosas formas de arrancarle jadeos,
colándose entre los pliegues de su sexo y buscando la fuente del placer femenino. A aquel
juego se unió entonces el ardor pulsante del duro sexo de Ichigo, descansando malvadamente
sobre el coxis de la hembra.
—Creo que ahora puedo decir con total seguridad que no estás armada, ¿verdad cachorrita?
El enronquecido tono de voz del sueco le indicó el estricto control al que se estaba sometiendo
y, a la vez, consiguió espabilarla un poco de la deliciosa ensoñación en la que la había
sumergido. Aprovechó la lucidez para sorprenderlo y, asentando las manos en las caderas de
Ichigo, caminó en rápido ascenso por la pared del altar hasta saltar con una graciosa pirueta por
encima y caer justo tras él.
—Mi turno —señaló tomándolo por las muñecas para colocarle las manos de nuevo sobre la
superficie del altar.
Él mismo se había encargado de desvestirse y lo rodeó con los brazos, sintiendo las roncas
carcajadas de Ichigo en el perfecto y fuerte tórax.
—Es suficiente una comprobación visual para apreciar que no llevo armas.
—Eso depende de lo que puedas hacer con esto —dijo rodeando el inhiesto sexo del licántropo
con los dedos.
—Déjame que te lo demuestre —sugirió volviéndose para encararla.
El momento de las tiernas y dulces caricias para agasajar a la hembra había pasado, se imponía
la necesidad más cruda y ambos así lo exigieron. Ichigo devoró la boca de Rukia con
apremiante urgencia mientras, sin miramiento alguno, arrancaba de su cuerpo el tanga y el
sostén que aún lo cubría y la tomaba por el trasero para alzarla. Ella, excitada ante el arrebato
del macho, respondió con igual premura, rodeándole las caderas con las piernas.
Así, colgada de su cuerpo, sintió cada centímetro del incandescente sexo de Ichigo colarse en
sus entrañas, invadiéndola, conquistando el tierno, húmedo y caliente interior. El sueco se
encaramó en el altar, quedando sentado sobre la sagrada mesa de eucaristía con un pie
colgando a cada lado y con la Pura colgada del cuello, empalada sobre su miembro. Las manos
de Rukia abandonaron entonces la nuca del macho para colocarlas sobre la superficie y
obtener así una mayor libertad de movimiento. Ichigo le permitía que ella llevara el mando y no
iba a dejar pasar la oportunidad. Se movió sobre él con un rítmico y erótico baile pagano,
ensartándose y retrocediendo cada vez, mientras a sus oídos llegaban los jadeos incontrolables
del sueco. Sus pechos botaban salvajes con los pezones apuntando al cielo.
Justo cuando ella misma comenzaba a sentir los espasmos del orgasmo, Ichigo, con los ojos
entrecerrados y nublados por el placer, acarició con premeditación el clítoris expuesto ante él.
El torrente de placer la desbordó por completo recorriéndola como un huracán descontrolado,
arrancándole gritos de entre los labios, mientras él se dejaba ir, rugiendo y experimentando el
mismo goce que su amante.
Podía verlo, casi podía olerlo, pero ¿dónde demonios estaba ese maldito lugar? Ichigo dejó caer
el martillo con fuerza sobre el corcho que cubría el suelo y sintió cómo la loseta se partía
debajo.
—«¡Abre los ojos! No te dejes vencer. Necesito volver a buscar alguna pista, algo que me
indique el lugar donde te encuentras» —ordenó pero la visión llegaba nebulosa y entrecortada
—. «De acuerdo, está bien. De todos modos ya estoy más cerca. Resiste».
Respiró profundamente y dejó que la conexión mental se rompiera. No podía abusar de él de
esa forma, estaba muy débil y someterlo a aquello aún lo debilitaba más. Pero era fuerte,
Isshin siempre lo había sido, tanto física como mentalmente. Conseguiría vivir hasta que
pudiera llegar a él, donde quiera que lo tuvieran preso.
«¡Maldito Aizen!», exclamó mientras otra descarga del martillo producía una nueva rotura en el
enlosado. Le haría pagar muy cara su infamia.
Desde que consiguiera desarrollar aquella disciplina mantenía cierto contacto, aunque no muy
asiduo, con él. Recordó el momento en que lo intentó la primera vez, desde luego Isshin se
había llevado un susto descomunal pensando que era Aizen quien de nuevo se colaba en su
mente para torturarlo, pero al reconocer su voz pudo sentir cómo la alegría y un tremendo
descanso se adueñaban de su alma.
«Conseguiré dar contigo.» Ahora sabía dónde dar el primer golpe. El problema más grave era
cómo burlar los sistemas de seguridad para introducirse en el perímetro y acceder al lugar
exacto donde buscar la información que necesitaba.
Al principio pensó que Ingrid podía llevarlo directamente hasta Aizen pero ese desgraciado era
inteligente y jamás ubicaría su lugar de reposo en el mismo sitio donde llevaba a cabo sus
proyectos. Trató de urdir un plan que llevar a cabo.
La primera puerta no sería problema, sabía la clave que debía marcar en el panel numérico; la
runa Algiz. ¡Maldito cabrón! Casi podía adivinar una cruel y perversa sonrisa dibujada en la
oscuridad que siempre presentaba como faz. Y después... Después tendría que ir buscando
soluciones a los problemas que fueran surgiendo. No le gustaba nada la improvisación, solía
ser motivo de errores que podían terminar en una muerte prematura. Sin embargo, por más que
lo deseara, no encontró otra manera de actuar. La falta de información era grande, pero estaba
tan cerca...
Apretó la mano de nuevo alrededor del mango del martillo, pero esta vez se contuvo y lo dejó
despacio sobre la mesa metálica, junto al resto de herramientas.
Cogió el destornillador y volvió a agacharse para apretar algunos tornillos y terminar el
trabajo. De nuevo en pie, apoyó las manos sobre la superficie pulida y dejó que el peso de su
cuerpo descansara sobre los brazos, incluso se permitió dejar ir la cabeza hacia delante y
respiró profundamente. Siempre podía llevar a Rukia consigo, la hembra sería de gran ayuda
en caso de que fuera necesario combatir. Pero, no podía permitirse que nada malo le ocurriera.
Todos sus planes se vendrían abajo y demasiadas e importantes cosas dependían de que
tuviera éxito en sus pesquisas. Las probabilidades de que pudieran herirla no eran demasiado
altas. Era evidente que sabía cuidar de sí misma, sin embargo no se sentía tan generoso como
para poner en juego esa posibilidad, aunque fuera mínima. No. Lo que tenía que hacer, lo haría
solo. Resuelto, se limpió con un trapo la mayor parte de la grasa de las manos, aunque el
resultado no fue del todo apreciable y cogió el teléfono.
—Soy yo —dijo.
—Nadie más llama a esta línea —respondió Hisagi al otro lado—. ¿Qué pasa?
—Necesito que tengas a Chad localizable y dispuesto a salir hacia el lugar que le indique.
—Dalo por hecho. Aunque siempre puedo ir yo mismo.
—¡No! No quiero que pierdas de vista a Kon ni un segundo. Y desde luego no quiero aquí al
pimpollo. Aún está verde y contestar a sus preguntas sería todo un reto para mi paciencia.
—Está bien. ¿Ya lo has localizado?
—Aún no. Pero tengo un lugar donde buscar la información necesaria. Iré esta noche.
Necesitaré que estés alerta y con el troyano que ha diseñado Kon preparado.
—Está bien, pero creo que deberías hablar con ella y tratar de obtener la información por
mediación suya.
—No. He conseguido que confíe en mí, pero no puedo pedirle tal cosa hasta que ella misma se
haga las preguntas pertinentes. De lo contrario, podría obtener un resultado negativo.
—Supongo que tratar con las hembras fuera de una cama no es algo que lleves demasiado bien.
—En realidad, siempre hay momentos en los que disfrutar de un buen interludio —dijo entre
risas.
—Estás disfrutando con esto, ¿eh?
—He de reconocer que no me disgusta —bromeó.
—Contactaré con Chad tal como pides. Es posible que desee asegurar la protección de
Galilahi y el muchacho humano durante su ausencia, así que agradecerá que se le informe con
tiempo.
—Me parece justo.
Ichigo cortó la comunicación y dejó el teléfono sobre la mesa cuidando de no volver la cabeza.
Recogió el trapo y, sin mirar hacia el hueco de la puerta, dedicó el tiempo a frotar la parte
exterior del motor para devolverle el brillo. Olía desde allí mismo el perfume que desprendía la
Pura, exactamente igual que la otra vez en que lo espió. Podía apostar un ojo a que había oído
toda la conversación. ¡Bien! Eso conseguiría que se hiciera preguntas y, con un poco de suerte,
quizá animaría a su subconsciente a despertar de nuevo.
Rukia no sabía si estaba más enfadada por que el sueco estuviera tramando algo con lo que
estaba altamente relacionada pero desconocía o, por que planeara el asalto del edificio sin
contar con ella. Hasta ese momento, había tenido claro que Ichigo desconfiaba de su persona en
muchos aspectos y, en realidad, no podía reprochárselo pues el sentimiento era recíproco. Sin
embargo, por la conversación se podía deducir con facilidad que Ichigo quería algún tipo de
información que ella poseía y que se veía imposibilitado de preguntarle. Teniendo en cuenta que
él creía que su presencia era para ayudarlo, era lógico que esperara de ella precisamente eso;
ayuda. Pero ¿información? Para empezar, ¿de qué clase? La habían enviado para obtenerla y
comunicarla, no le proporcionaron ninguna clase de dato que el sueco pudiera utilizar. ¡Joder, si
hasta le habían borrado la memoria! Al menos ahora eso lo sabía. No obstante seguía queriendo
que el sueco le confiara los planes a seguir, ahora ella también se sentía parte de ellos y creía
justo conocer los pasos a seguir. El pitido del iPhone la sacó de sus cavilaciones y fue rauda en
su busca. Un nuevo mensaje, su corazón comenzó a latir rápidamente. ¿De quién sería esta
vez?
De: Ragnarok
22.00 horas. Sigtuna, tras el ayuntamiento.
Objetivo: Encuentro con enlace y entregar información.
«Bien», se dijo mientras volvía a guardar el teléfono y sentía cómo la frialdad del cálculo se
apoderaba de sus pensamientos. Ichigo programaba largarse esa misma noche. ¡Perfecto! Si él
tenía cosas que hacer, ella también. Veríamos quién de los dos conseguía su objetivo primero.
