Harry Potter le pertenece a JK Rowling de aquí a Tombuctú, así como esta historia en su expansión global pertenece a White Squirrel.
Notas del autor: Noten que esta historia difiere de las descripciones de las escuelas mágicas en África en Pottermore porque no estoy de acuerdo con el mapa de JK Rowling que indica que solo hay once escuelas mágicas en el mundo, y más importante, porque lo escribí antes de que eso fuera publicado. En el universo animago, la Escuela de Magia Uagadou sólo es para las naciones de África oriental hablantes de swahili, mientras que Al-Sahil es para las naciones hablantes de francés, entre otras. Ya que la versión de fans (por ejemplo) sobre el Wizengamot ya es bastante UA, no creo que sea un gran cambio. (Y el porque JKR eligió ubicar una escuela que proviene del Mali histórico en Uganda, no tengo idea.)
Escuela de Magia Al-Sahil, Mali
Río Níger, a medio camino entre Tombuctú y Bamako
1ro de septiembre, 1995
Una tormenta de arena barrió hacia Al-Sahil desde el norte. Era una de esas tormentas de arena que siempre parecía llegar a la misma hora, comenzando de la nada en minutos, arremolinándose como un demonio de polvo gigante por la arena, y desapareciendo igual de rápido, dejando a un grupo de magos en su paso… no que los muggles alguna vez lo notaban.
Esta tormenta de arena en particular traía a un grupo grande de estudiantes locales… eso es, la mayoría de Mali, desde el punto de encuentro en Tombuctú. El remolino de arena avanzó hasta detenerse justo afuera de las puertas de la escuela y depositó a los "pasajeros" ahí, pero más que un medio de transporte, era señal visible a gran distancia… una manera para otros grupos de estudiantes de ver lo cerca que estaban en la escuela, y para algunos, para asegurarse de que iban por buen camino. Los estudiantes de Al-Sahil llegaban de diferentes maneras, algunos por tren o barco o caravana. Los estudiantes más eruditos hacían un juego de adivinar cuantos estudiantes llegaban de diferentes países mientras se acercaban, y muchos más buscaban en el horizonte por el medio de transporte en particular que sus amigos de un país u otro usaban.
Estos métodos eclécticos de viaje reflejaban el estilo de la escuela. La Escuela de Magia Al-Sahil era un expansión de edificios que habían sido alargados tres veces por los magos franceses coloniales desde sus orígenes en el período islámico temprano: una vez en 1885, una vez en 1908, y de nuevo en 1919. Hoy en día, con el doble de estudiantes que Hogwarts, Al-Sahil eran una de las escuelas más grandes de magia en el mundo. Sus estudiantes llegaban de todos lados, desde Mauritania hasta Madagascar, y todos parecían llegar de maneras diferentes. Estudiantes de países más secos, como Mali, Mauritania, y Níger, llegaban por tormenta de arena. Aquellos de la costa occidental tomaban un tren en una complicada serie de conexiones puesta a varios puntos por los poderes coloniales a finales del siglo XIX. Los estudiantes zaireños llegaban montados en caravanas de elefantes mágicos, criados por siglos para el uso de magos que no estaban satisfechos con la manera como sus primos muggles trataban a las bestias nobles. Y nadie estaba seguro de como llegaba el contingente malgache. Siempre parecían aparecer de la nada cuando se daban la espalda. Era bastante desconcertante.
En el terreno seco, los pasajeros de la caravana de elefantes de Zaire, Ruanda, y Burundi podían ver a lo lejos. La tormenta era visible como una columna dorada en la distancia, y el tren era una línea negra en el horizonte. Una joven alta y delgada de séptimo año montando un elefante cerca del final de la caravana protegió sus ojos y miró a la columna de polvo, intentando calibrar su distancia y dirección.
–¿Esa era la tormenta de arena de Tombuctó, Jaqueline? –preguntó en un fuerte acento francés, girándose a ver a sus dos compañeras de año montadas detrás de ella.
–¿Cómo debería saberlo? –dijo la chica más baja de las tres–. Nunca se puede distinguir desde aquí.
La chica en el frente suspiró–. Creo que vamos a llegar tarde. ¿Cómo está Kimpa?
–¿Ya llegamos? –se escuchó la respuesta adormilada de la chica en cuestión.
–Ya casi, Kimpa. Puedo ver la escuela desde aquí. Aunque necesitamos acelerar el paso.
–No te preocupes, Rosalie –le aseguró Kimpa–. Los líderes de la caravana saben lo que hacen. Llegaremos.
Rosalie solo miró nerviosa desde su asiento en el cuello del elefante, manteniendo un agarre inquieto en su bastón guía.
Kimpa Muamba, Rosalie Mukasonga, y Jaqueline Rufyikiri habían sido casi inseparables desde su primer año en Al-Sahil, y su lazo había crecido más mientras se apoyaban durante la guerra africana oriental, constantemente esperando y preocupadas por escuchar noticias de sus familias mientras intentaban mantenerse al corriente en sus estudios. Kimpa normalmente era quien manejaba el elefante para las tres desde su cuarto año, siendo la mejor para eso por mucho, pero no se sentía bien esta vez. Había ido a casa el junio pasado sólo para casi morir del virus de ébola que aún azotaba Zaire. El brote que Kinani Ngeze había desatado en África central con su nundu había sido contenido por un tiempo, y los maestros habían considerado seguro enviar a los estudiantes a casa, pero entonces se había abierto paso por las medidas de cuarentena en julio y había diezmado a la comunidad mágica ya debilitada. Algunos de los amigos de las chicas habían muerto. Algunos aún estaban enfermos o en cuarentena. E incluso aquellos que habían sido curados del virus, como Kimpa, aún estaban sufriendo con los efectos restantes.
Kimpa sufría de dolor muscular y en sus articulaciones y de fatiga; caminaba rígida, y había dormido gran parte del viaje, recargándose contra el pecho de Jacqueline… algo nada fácil en la espalda de un elefante. Tales síntomas normalmente serían fáciles de tratar para las brujas y magos, pero nada era tan sencillo cuando un nundu estaba involucrado. Kimpa estaba, a este punto, intentando despertar por completo para no estar agotada al llegar a la escuela, y Jacqueline le ofreció una cantimplora con agua, la cual bebió con avaricia.
–Va a ser difícil este año –dijo Jacqueline con amargura–, tantas personas han fallecido. Pensé que estaríamos mejor después de la guerra. –Se acarició ausente las cicatrices como cuerdas en sus brazos.
–Siempre son tiempos difíciles en algún país que va a Al-Sahil –dijo Kimpa–. Aunque fue muy difícil dejar a mi familia esta vez. Casi no regresé. Especialmente después de haber tenido la muerte roja. Alguien tiene que cuidar de los enfermos. –Y enterrar a los muertos no era necesario decirlo.
–No estás en mucha condición de hacerlo tú –le recordó Rosalie.
–Lo sé. Pero en su mayoría vine porque madre y padre se la pasan hablando de lo importante que es mi educación.
–Eso es cierto. Es lo que mi tío siempre dice. Es por lo que yo regresé el año pasado. –Este año, por supuesto, fue porque había logrado evitar la plaga hasta el momento, y era más seguro para ella en la escuela.
–Lo siento por ustedes –dijo Kimpa–. Sufrir desastres en casa por dos años seguidos debe ser terrible.
–Ajá –murmuró Rosalie. Era cierto; siempre parecía haber conflicto en algún lugar en la vasta región a la que Al-Sahil servía… por lo menos en el mundo muggle, y los magos nunca estaban completamente inmunes a eso. Con Rosalie atendiendo de Burundi y Jacqueline de Ruanda, habían sufrido especialmente tanto por la guerra africana oriental como por la plaga. Rosalie había perdido a sus padres cuando el nundu de Ngeze había destruído al Ministerio Burundi, dejándola viviendo con su tío, pero ese fue sólo el comienzo de las tribulaciones de ella y sus amigas. Al final de su quinto año, después de que Jacqueline y Rosalie se habían despedido de Kimpa en Kisangani, habían intentado continuar a casa. La guerra de África oriental aún estaba en furor al momento, y había habido gran debate de si deberían permanecer en Al-Sahil. De hecho, ambas permanecieron un tiempo más a finales del semestre con Kimpa quedándose con ellas por solidaridad, pero en poco tiempo, el operativo de Edward Grayson había liberado Burundi, y la familia de Rosalie había querido estar cerca de ella. Jacqueline nunca había estado considerada en riesgo en primer lugar, así que ambas regresaron a casa después de eso.
Desafortunadamente, las cosas no estuvieron tan tranquilas como habían esperado, y habían sido emboscadas cuando se encontraron con las fuerzas luchando contra la operativa secreta de Albus Dumbledore mientras avanzaba en Zaire oriental. En el espacio de una hora, su guía fue asesinado, su elefante perdido, y fueron separadas del resto de su caravana, siendo dejadas abandonadas sin esperanza de llegar a Burundi. (Hubo un gran problema este verano después de que los maestros cometieron un error como ese dos años seguidos.) Sin otras opciones, Jacqueline llevó a Rosalie directo al peligro esperando encontrar santuario, chantajeando a un par de contrabandistas locales para que las llevara en bote por el lago Kivu para ir al apartamento de su hermano mayor en Gisenyi. Era debatible si eso había sido más o menos peligroso que intentar defenderse en Zaire hasta que la guerra terminara: Jacqueline era hutu, pero Rosalie era tutsi.
Y Rosalie lucía justo como uno de los estereotipos no tan ciertos tutsi que los militares estaban buscando… una de las pocas aún con vida en Gisenyi. Aún así, había llorado en gratitud por tener una amiga que estaba dispuesta a poner su vida en la línea de fuego por ella voluntariamente. Era fácilmente lo más peligroso que alguna de las dos había hecho. Habían tenido que entrar a la ciudad en medio de la noche, a un lugar que ninguna de las dos había visto, y donde no estaban siquiera seguras de donde estaba el hermano de Jacqueline o como reaccionaría. Cuando lo encontraron, Jacqueline había tenido que amenazarlo con un duelo, lo cual probablemente hubiera puesto a toda la ciudad sobre sus cabezas, pero él aceptó esconder a Rosalie ahí.
Mantuvieron la presencia de Rosalie un secreto de los militares muggles y mágicos por más de un mes mientras las fuerzas de la CIM y el FPR tomaban el país ciudad por ciudad. Fue su suerte que Gisenyi fue la última ciudad en ser liberada. Estuvieron demasiado cerca más veces de las que pudieron recordar en los últimos días cuando el mismo Ngeze llegó a la ciudad, y ambas aún tenían pesadillas al respecto.
Jacqueline había observado la batalla de Gisenyi desde la ventana de la habitación y la había descrito a Rosalie, quien estaba escondida debajo de la cama, temblando por el miedo. Vio el duelo entre Dumbledore, Grayson, y Ngeze como un espectáculo de fuegos artificiales a la distancia. El edificio de apartamentos tembló terriblemente por las explosiones provocadas por el erumpent cuando el señor oscuro había soltado su estampida, y tuvieron suerte de que permaneció en alto. E incluso Jacqueline se había lanzado bajo la cama con Rosalie cuando escuchó el rugido demoníaco del nundu.
Sus cicatrices habían llegado después de la batalla. Cuando intentaron salir de entre los escombros para encontrar a una bruja o mago que pudiera ayudarlas a llegar a casa, Jacqueline había sido atacada por las ortigas punzantes que Ngeze había usado contra las fuerzas de la CIM, y ese solo fue el primero de los peligros que habían enfrentado ese día. La zona mágica de Gisenyi era un campo minado de ataques conjurados y maldiciones no gastadas. El hermano de Jacqueline casi había sido matado por un enjambre de hormigas conductoras, y Rosalie fue quemada por algo que parecía pus de bubotuberto.
Rosalie se sacudió para salir de sus recuerdos. Tenía a un elefante que manejar. Pateó con sus talones con poca pericia en los hombros del animal… no muy fuerte, pero lo suficiente para hacerlo parar y sacudir su cabeza en protesta.
–¡Ey!
–Tranquila. No es un caballo –dijo Kimpa.
Rosalie se resbaló un poco y, en pánico, golpeó al elefante con su bastón varias veces, con más fuerza de la que había sido su intención. El elefante se giró y se sacudió más, y la inexperta Rosalie sufrió para permanecer montada. Pero Kimpa se acercó rápidamente, sosteniéndose a sí misma y tomando el bastón al mismo tiempo.
–Cuidado con eso –le advirtió–. Ey, ey, tranquila, pequeña. –Kimpa se acomodó y se inclinó sobre el hombro de Rosalie. Estirando su brazo, acarició la cabeza del elefante con afecto–: Está bien. Es nueva. No quiso lastimarte. Estás bien. Continúa. –El elefante se calmó y continuó su camino–. Recuerda, los elefantes mágicos saben lo que hacen –recordó a su amiga–. No necesitas golpearla como un muggle común. Berilia es muy inteligente, ¿no es así, pequeña?
Berilia soltó un silbido de aprobación.
–¿Lo ves? Ella lo comprende. Una palabra amable y un toque ligero son suficientes para guiarla.
–Sí, sólo un toque gentil con el bastón, y no hay que jalar las orejas. Me lo dijiste –dijo Rosalie–. Lo siento, Berilia.
–Con frecuencia, ni siquiera necesitas del bastón –dijo Kimpa–. Ella sabe a donde ir. –Y sí, la misma magia extraordinaria que permitía a las lechuzas de correo en Europa que nunca se perdieran y entregaran sus cartas más rápido que las aves podían volar normalmente también permitían a la caravana de elefantes mágicos atravesar Zaire más rápido de lo que debería ser físicamente posible. Incluso era más fácil en un viaje como este porque Berilia podía moverse con la manada. Los estudiantes zaireños necesitaban de toda una manada para su caravana, así que no había necesidad de separar a la familia.
–¿Qué haríamos sin ti? –preguntó Rosalie a Kimpa.
–Probablemente aún estarían en Mbandaka –respondió con una carcajada–. ¿Quieres que la lleve el resto del camino?
–No, no, lo tengo. Ya casi estamos ahí.
–No es problema.
–Relájate, Kimpa –dijo Jacqueline–. Sólo tómatelo con calma. Ya nos has cuidado por mucho tiempo. Déjanos cuidarte ahora.
Ella mostró una sonrisa cansada y dijo–, Gracias. A las dos. –Kimpa había sido el punto de apoyo de sus amigas a través de las dificultades en los últimos dos años. Cuando había intentado su terrible viaje a casa el año pasado, ella les había dado dinero extra, suministros, y mapas a su casa, y Jacqueline y Rosalie habían estado de acuerdo en que nunca lo hubieran logrado sin ellas. Pero ahora que se estaba recuperando, estaban felices de cuidar de ella.
–Ya casi –dijo Rosalie, mirando por el matorral–. Puedo ver la torre ahora.
–Bien. Estoy hambrienta –dijo Jacqueline.
–Aún debería haber algo de fruta en las alforjas.
–No, creo que Berilia se comió lo último. –Se sentó en silencio por un tiempo mientras Kimpa se recargaba contra ella cansada–. Toda esa muerte, y aún no pueden capturar a ese perro de Ngeze –comentó en voz baja. Las otras asintieron. Las tres odiaban al hombre por completo por lo que les había hecho y a sus familias.
–Sí, la plaga de nuestras existencias –dijo Rosalie–. Escuché un rumor de que va camino a Europa.
–He escuchado muchos rumores. El punto es, sigue libre.
–Pues, si ahí es a donde va, la CIM estará aún más ocupada. Están lidiando ya con dos señores oscuros en Gran Bretaña, y ese es el hogar de Dumbledore.
–Espero que les vaya mejor que a nosotros. No desearía eso a nadie.
–Tal vez sí. Edward Grayson también está ahí. Y escuché un rumor de que ya están llevando a más personas de la CIM.
–Por supuesto, actúan más rápido cuando está en el patio trasero de la CIM –refunfuñó Jacqueline.
–No sé sobre eso –dijo Rosalie–. Mi historia mundial no es la mejor. ¿Intervinieron en la guerra civil anterior en Gran Bretaña?
–Yo… tampoco lo recuerdo.
–No hablemos de esto –cortó la discusión Kimpa–. ¿Han pensado en lo que les gustaría hacer después de la graduación?
Jacqueline intentó cambiar de tema en su mente y lo pensó por un minuto–. Eh… pues… –¿Qué quería hacer? Pues, tenía una idea–. Supongo que últimamente, he estado pensando en ser auror.
Rosalie y Kimpa guardaron silencio. Lentamente, ambas se giraron y torsieron sus cuellos para mirarla.
–Puedo verlo –dijo Kimpa en voz baja.
–¿En serio?
–Sí. Eres una protectora. Es tu rol natural. Podía verlo incluso antes de la guerra.
–Eh. No lo había pensado de ese modo.
–¿Por qué no? –preguntó Rosalie–. Tú fuiste mi protectora. ¿No estabas dispuesta a enfrentar a una ciudad entera por mi?
Jacqueline sonrió incómoda–: No lo pondría de ese modo, pero supongo que sí. ¿Y tú, Kimpa? ¿Algún plan?
–He estado pensando en ser sanadora por un tiempo –respondió.
–Oh, definitivamente serías buenas para eso –dijo Rosalie.
–Eso espero. Sólo que no he decidido si humana o animal aún.
Sus amigas se rieron–. ¿No puedes elegir solo uno, verdad? –dijo Rosalie con añoranza.
Esperaron un momento para que también compartiera sus planes. Cuando no lo hizo, Jacqueline realizó la pregunta directamente.
–No lo sé –dijo Rosalie–. Ambas tienen sueños grandes, y yo no lo he pensado mucho. Siempre pensé que me gustaría algo agradable y tranquilo y… seguro. Quizás solo ser ama de casa y comenzar una familia.
–No hay nada de malo con eso –le dijo Kimpa–. El mundo necesita madres tanto como necesita aurores o sanadores. El ser fiel a ti misma es más importante que intentar seguir el sueño de alguien más.
–Gracias –susurró Rosalie.
–Además, aún tenemos mucho tiempo para decidir –dijo Jaqueline–. Aunque… –Le lanzó una mirada evaluadora–, Creo que serías una buena maestra.
–¿Lo crees? –dijo sorprendida.
–Eres buena en Encantamientos. Tú fuiste quien hizo la mayoría de la magia para meternos a Gisenyi, ¿recuerdas? Desilusionamiento, disfraces mágicos, encantamientos repeledores… podrías hacerlo.
–Eh… nunca lo había pensado antes, pero… tal vez lo haré.
–De acuerdo, entonces está arreglado –dijo Jacqueline riéndose–. Yo lucharé; Kimpa, tú me arreglas; y Rosalie, tú educas a los niños.
Todas se rieron de eso. Las cosas nunca eran tan certeras, pero después de todo lo que habían pasado, finalmente podían comenzar a soñar en grande.
