El fuego del encendedor iluminó brevemente su rostro al acercarlo para encender su cigarrillo, Afrodita, inhaló el humo con satisfacción mientras levantaba su vista hacia el cielo nublado, parecía que volvería a nevar en cualquier momento. Disfrutó de aire helado mientras le daba una calada a su cigarrillo.

—No deberías salir tan pobremente abrigada sí no toleras el frío.

Comentó sin voltear a ver a la joven que sintió tiritar de frío a lado suyo. Recibiendo como respuesta un resoplido y un ligero castañeo de dientes. Puso su cigarro en la boca y se apresuró a quitarse su abrigo y pasárselo por los hombros. June, levantó su vista agradecida.

—¿Estarás bien? —preguntó apretando el abrigo contra sí e intentando no pensar en el envolvente aroma que desprendía: rosas y tabaco.

—Claro, tengo una alta resistencia al frío, mi entrenamiento me lo permitió —respondió tranquilamente.

Se quedaron en silencio un largo rato sin saber que decir. Afrodita sintió los ojos de June en él y la observó discretamente de reojo. No llevaba máscara, en su presencia siempre se la quitaba, supuso que ese gesto le indicaba que se había dado por vencido de intentar asesinarlo y se había resignado a amarlo, lo cual le alegraba, pues era un incordio tener que soportar sus tratos y continuas peleas que no los llevaban a nada.

Tenía que reconocer que le agradaba y se sentía cómodo a su lado, era una mujer con carácter, inteligente, bonita e incluso capaz de comprenderlo. Realmente había esperado no volver a verla, pero ahora que la tenía cerca, no podía dejar de agradecer al destino. No se creía merecedor de ella, sí no hubiera sido por lo que los ata, no habría dudado en matarla aquel día que atacó su isla, así que su futuro lo dejaría en ella.

—¿Crees que se declare? —preguntó June de pronto. Afrodita la miró sin entender —Shura, me refiero.

—Por supuesto —respondió Afrodita alzando una ceja.

—Qué bueno, Shunrei esperaba eso desde hace días.

—El amor lleva su tiempo y nosotros no estamos acostumbrados a esas sensiblerías, sí ahora estamos más dispuestos es porque nos lanzaron a ello —respondió tranquilo.

—Tú no pareces muy dispuesto —respondió con un dejo de tristeza.

—Porque no lo necesito y digamos que ya encontré a «mi alma gemela» —hizo comillas con los dedos.

—¿En serio? —Afrodita asintió—. ¿Quién?

—Eso es irrelevante, nadie tiene por qué saberlo.

—Claro, solo ella —June desvió la vista ocultando su tristeza.

—Tampoco —Afrodita apagó su cigarrillo en su mano.

—Pero tu apuesta... —lo miró confundida.

—Citerea dijo que teníamos que encontrar el amor, eso hice, jamás dijo que teníamos que estar con esa persona, de ser así, hubiera perdido antes de empezar siquiera. Las almas gemelas de Shion y Deathmask ya descansan en paz —una sombra cruzó su semblante al declarar eso último.

—Lo del Gran Papa lo entiendo, ¿qué pasó con la de Cáncer? —la curiosidad era palpable en su voz. Afrodita desvió la vista.

—Es algo de lo que prefiero no hablar.

—Entiendo, pero la tuya está viva, ¿por qué no estar a su lado?

—No le veo sentido, le hice mucho daño en el pasado.

—Sí te ve arrepentido, tal vez te perdone.

—Ese es el problema, no me arrepiento de absolutamente nada, hice lo que creía correcto; no sigo a Atenea por devoción, sino porque creo que ella puede salvar a la humanidad, eso es lo que me interesa, no más.

Afrodita dirigió su vista al cielo, esperaba una retahíla de insultos por sus palabras. June, en más de una ocasión le había llamado traidor asesino y tal vez lo había sido, aunque no lo sentía en absoluto y aunque había aguantado estoicamente, no había podido evitar un pinchazo de tristeza. Claro que ahora se llevaban relativamente bien, pero eso no significaba que ella lo hubiese perdonado.

—Sí estás tan seguro de que ella es tu alma gemela, deberías acercarte, ¿no se supone qué están destinados a estar juntos?

—No siempre es así, y no «estoy tan seguro» de que ella sea mi alma gemela, lo es y también estoy seguro que no me perdonará por lo que hice.

June entendió lo que quiso decir, no tenía ninguna duda, ¿pero ¿cómo podía tener esa seguridad? Ni siquiera Shunrei podía dar una respuesta firme. Las dudas inundan siempre esa clase de sentimientos. Ella misma se cuestionaba lo que él caballero a su lado la hacía sentir, no sabía sí sólo le gustaba, deseaba o realmente le amaba. En cambio, él, estaba completamente seguro de lo que sentía, nadie podía tener tal certeza ¿o sí?

—¿Cómo lo sabes? —cuestionó insegura de sus palabras.

—Lo de mi alma gemela o lo de perdonarme.

—Lo último, ¿siquiera le has preguntado?

—No, pero ¿tú me perdonarías por lo que hice, aún sin mi arrepentimiento?

—Por supuesto —respondió segura.

Afrodita abrió los ojos con sorpresa, no había imaginado siquiera esa, respuesta ni en sus más íntimos sueños. Algo cálido comenzó a inundar su corazón, sí lo había dicho en serio, tal vez podría arriesgarse un poco. Ella era su alma gemela después de todo.

—¿En serio? —June resopló antes de responder.

—Qué no esté de acuerdo con tus actos no significa que no pueda comprenderte. No te juzgo y sí ella realmente es la persona que está destinada a ti, no creo que no pueda.

Afrodita, tuvo que sonreír, ¿realmente no se había dado cuenta de que hablaba de ella? O será que aún no desarrolla sentimientos por él, es verdad que ya lo trataba con más cortesía, pero es no quería decir nada, sabía que aun siendo destino a veces tardaban en reconocerse. Al final Shura había tenido razón. Sonrió. Vivan los clichés.

—¿Has escuchado la leyenda del hilo rojo? —observó a June con atención, ella lo miró con curiosidad. Asintió.

—Claro, es una leyenda japonesa. Un hilo que te ata a la persona que estás destinado, tu alma gemela y no importa lo que suceda, no se puede romper.

—Exacto, bueno, pues yo puedo verlo, incluso el propio, por eso sé quién es mi alma gemela.

—¿Bromeas? —preguntó incrédula.

—No, realmente nací con ese don, aunque jamás me importó. Solo en una ocasión, mientras cumplía órdenes, me fue imposible ignorarlo y no pude completar la misión en un 100 %.

—¿Qué sucedió? —preguntó curiosa.

—Después de acabar con la vida de su maestro y estar dispuesto acabar con la de ella, vi lo que nos unía y simplemente no pude.

Afrodita la miró detenidamente, esperando que ella pudiera reconocer en su breve discurso que hablaba de ella y por la expresión interrogante que ella tenía, supo que sí. Estiró su mano para tocar su mejilla. Un viento helado sopló con fuerza haciendo que June tiritar a y se aferrara con fuerza al abrigo que le había dado Afrodita y sintiendo envidia de él que parecía de lo más fresco.

—Deberías entrar o terminarás con un resfriado —Afrodita carraspeó y retiró su mano. June lanzó un sonoro suspiro y asintió.

—¿Tú no entrarás? —el negó con un simplemente movimiento de cabeza—. De acuerdo, solo no olvides que el maestro Dohko y mi maestro llegan temprano.

—No lo olvidaré, no podría. Descansa —June sonrió ligeramente.

—Gracias, igual tú.

Afrodita la vio darse la vuelta y caminar de regreso hacia la cabaña en su mente todavía rondaba la idea de sí declararse o no. June, no daba indicios de nada, pero él sabía que tarde o temprano lo haría, era inevitable. ¿Él debía dar el primer paso? O por el contrario debería esperar. No estaba seguro.

Después de meditarlo unos segundos más, finalmente tomó una decisión, alentó a sus compañeros a ir tras su felicidad, aún con todas las dudas que tenían, ¿por qué no seguir su propio consejo? Corrió tras de June para alcanzarla antes de que entrara en la cabaña.

—June —llamó a la distancia.

La mencionada, se giró sorprendida y se quedó en la entrada esperando a que Afrodita se acercara. Sonrió cuando lo tuvo en frente.

—¿Pasó algo?

—No, pero hay algo que quiero preguntarte.

—Claro, dime.

—¿Te gustaría salir conmigo?

June, abrió los ojos por la sorpresa.

—No sé qué decir —dijo nerviosa.

—Solo sí o no —Afrodita se encogió de hombros —espero te hayas dado cuenta que hablé de ti en mi misión inconclusa.

—Quise creerlo —aceptó —gracias por confirmarlo, pero de verdad, ¿estamos destinados...? —Afrodita alzó una ceja.

—Lo dudas. Dame tu mano izquierda.

June, frunció el ceño, pero hizo lo que le pidió. Afrodita le sonrió confiado y convocó una rosa. Juntó su mano con la de ella y acarició sus meñiques con los pétalos. June no podía creer lo que estaba viendo. Separó ligeramente su mano de la de Afrodita y pudo ver el hilo que los ataba. Miró a Afrodita, que sonrió más ampliamente.

—¿Entonces?

—No lo puedo creer, es real —June seguía observando fascinada aquel pequeño hilo rojo— ¿Cómo puedes hacer esto?

—Un día te lo contaré, lo prometo. Ahora, ¿me puedes responder?

—Negarme sería bobo —dijo con una sonrisa.

Ambos se quedaron observando sin saber qué más hacer o decirse hasta que comenzó a soplar una nueva ráfaga de aire frío y copos de nieve comenzaron a caer. Afrodita espabiló.

—Bueno, señorita, será mejor que entre antes de que enferme —le besó la frente.

—Está bien —June cerró los ojos y sonrió —¿necesitas tu abrigo? —preguntó tomándolo del brazo.

—Te lo puedes quedar —guiñó un ojo —y, por cierto, feliz navidad —le dio un golpecito en la nariz.

—Feliz navidad —June lo abrazó.

Afrodita correspondió el gesto y le devolvió el abrazo. Cuando se separaron, June le dedicó una última sonrisa y entró en la cabaña. Afrodita se quedó un rato en la puerta antes de volver hacia la cascada. Un cosmos al que estaba más que habituado lo envolvió.

—¿Ahora qué? —preguntó con enojo.

—Más respeto, niño —tronó una voz que Afrodita no pudo definir de venía. Bufó—, no estás haciendo mucho esfuerzo por ganar la apuesta.

—No sé qué quieres que haga.

—Utiliza tu poder, para algo eres mi hijo, sabes lo que puedes hacer.

—Me entregaste a Atenea porque no querías que usara mi poder —se burló. La voz está vez fue la que bufó.

—No seas irrespetuoso, sí lo vas a usar, es precisamente para que no tengas que volver a usarlo, ¿ENTIENDES?

—Fuerte y claro.

—No te quiero con Afrodita, niño, no lo eches a perder.

Afrodita, sintió el poder de su padre esfumarse y pudo respirar tranquilo. Las cosas eran más sencillas cuando no conocía su origen. Encendió un cigarrillo, pero él tenía razón, sería horrible caer en manos de Afrodita, pensó en Eros e hizo una mueca de desdén. Definitivamente estaba mejor como santo de Atenea. Sonrió al recordar el rostro de June. Al menos algo bueno había salido de todo aquello.