-Esta historia esta inspirada en el manga y anime "Inuyasha" de Rumiko Takahashi, así como en mitología griega, persa, americana e indu. Los personajes pertenecen por completo a Masashi Kishimoto, más los personajes de carácter secundario, las modificaciones a las personalidad, los hechos y la trama corren por mi cuenta y entera responsabilidad para darle sentido a la historia. Les sugiero oír "Earth, Wind Fire and Air" de The Hex Girls para Izumi, "Higher" de The Score para Itachi, "What About Us" de Pink para Mara, "Rockabye" de Anne-Marie & Sean Paul para el contexto del capítulo, y "Upwards to the Moon" de Sa Ding Ding para la relación entre la humana y el semidiós.
—¿Cómo que Izumi se fue?, ¿a dónde?— preguntó Konohamaru, cada vez más confundido por la explicación de Itachi.
Ahora que Konohamaru era parte de su viaje en busca de los fragmentos de la joya del paraíso, Itachi e Izumi habían decidido regresar a la villa de Tsunade hasta nuevo aviso, no solo porque sabían y entendían que Konohamaru necesitaba acoplarse a su estilo de vida y al lugar en que habrían de residir la mayor parte del tiempo—cuando no estuvieran viajando para recolectar los fragmentos—, aprendiendo a socializar con humanos como nunca antes había hecho en su vida, sino también para descansar y recuperar energías tras la batalla contra los hermanos centauro, además de permitirle a Izumi regresar a su época para continuar con sus estudios, lo que había tomado por sorpresa a Konohamaru, ya que ella se había despedido del pequeño garuda, pero no le había dicho a donde iría ni cuando volvería, si él no hubiera seguido discretamente a Itachi, no lo habría encontrado junto pozo en el centro del bosque, tras despedirse de Izumi. Pese al poco tiempo que llevaban conociéndose, cerca de un mes o poco más, la verdad no llevaba la cuenta tan minuciosamente, Itachi se había acostumbrado a la realidad de que Izumi pertenecía al siglo XXI, que necesitaba su propio espacio para estudiar y pasar tiempo con su familia, claro que la extrañaba y muchísimo, pero era necesario que pasaran tiempo separados, él lo entendía, pero últimamente Izumi y él habían estado tan enfocados en hacer que Konohamaru se sintiera bienvenido en la villa que se habían olvidado por completo de decirle o explicarle que Izumi no pertenecía a esa época, y que como tal debía regresar a su propia era cada determinados intervalos de tiempo.
—Cierto, aún no te habíamos explicado la situación— recordó Itachi en voz alta, con una larga expresión pensativa antes de contestar, —Izumi no es realmente de este siglo, sino que viaja a través de este pozo hacia su época— explicó lo más clara y sencillamente que le fue posible, dado que estaba hablando con un niño.
—¿No me estas mintiendo?— cuestionó el garuda, sin saber si creerle o no, mas Itachi le contesto de inmediato con un asentimiento, —¿has estado ahí?— preguntó mucho más entusiasmado.
—Un par de veces, por lo general para salvarla de algún problema— asintió el Uchiha, extrañando a Izumi aunque no lo dijera.
—¿Por qué tuvo que irse?— inquirió tristemente Konohamaru, apoyándose en el costado del pozo para trepar hasta el borde.
—Por sus estudios, aparentemente— contestó él, aunque sentía que aún había mucho que no entendía, y no era para menos. —Oye, qué…— preguntó, viendo al pequeño erguirse y observar el interior del pozo.
—¡Gerónimo!— proclamó el garuda con una sonrisa, entusiasmado ante una nueva aventura.
Con esta frase y sin titubeos, el pequeño garuda brinco al oscuro e incierto interior del pozo, deseando conocer el mundo del cual venía Izumi, quien hasta ahora había sido la persona más amable a quien había tenido oportunidad de conocer, además de Itachi quien era un tanto más serio y reservado, pero dándose cuenta de su intención a tiempo, el Uchiha lo sujetó de la parte posterior de la camiseta como si fuera un gato, para evitar que saltara al fondo del pozo y consiguiera cruzar. De alguna forma mística e inexplicable—porque a decir verdad no había intentado entender el cómo ni porqué—, ese pozo conectaba el siglo XVI con la época de Izumi, el siglo XXI, y no solo lo decía porque Izumi pudiera cruzar a voluntad, sino porque él también podría hacerlo, además de Inabi el hermano pequeño de ella, y siendo consciente de esto, Itachi no podía permitir que Konohamaru intentara cruzar, si bien la época de Izumi parecía libre de problemas o grandes preocupaciones, por lo que había visto de ella en las oportunidades en que había cruzado a través del pozo, él apenas y conocía realmente aquel tiempo, y sería peligroso—por no decir negligente—dejar al pequeño garuda cruzar, solo en ese mundo desconocido. Gruñendo por bajo, frustrado y cruzándose de brazos, Konohamaru se mostró enfurruñado bajo la severa mirada de Itachi, quien lo haló del cuello de la camiseta para alejarlo del pozo y encontrarse frente a frente, mas el garuda no pareció arrepentido, ¿estaba mal desear viajar a la época en que vivía Izumi?, sentía curiosidad y quería pasar más tiempo con ella, además de conocer el mundo del que venía y del cual no sabía nada.
—¿A dónde crees que vas?— retó el semidiós con una mirada severa, pero al mismo cargada de autoridad.
—Quiero conocer el mundo de Izumi— contestó Konohamaru como si aquello fuera de lo más obvio.
—No te dejare hacerlo— negó el Uchiha, frustrando al pequeño, a quien sentó en el borde del pozo, —no sabes cómo son las cosas allá, podrías perderte, y créeme que no tengo tiempo para perderlo buscando a un niño extraviado— obvió sin perder su seriedad.
—Aburrido— suspiró sonoramente el pequeño garuda, aún enfurruñado y de brazos cruzados. —¿A dónde vas?—preguntó, viendo al semidiós darle la espalda y alejarse.
—Tengo que arreglar la funda de mi espada— contestó Itachi, ya que Yahiko le había hablado de las propiedades regenerativas de la miel para fortalecer la funda de Celik. —Adiós— se despidió sin voltear a verlo, alzando una mano.
—¡Oye, espérame!— llamó él, bajando apresuradamente del borde del pozo, para seguirlo.
Hasta ahora Konohamaru veía a Itachi como una especie de figura imponente y al mismo tiempo distante, dada su innata seriedad y aparente indiferencia, se sentía espontáneamente más cercano con Izumi, quien tenía una sonrisa para todo, pero tampoco deseaba quedarse solo, por lo que se esforzó por correr lo más rápido posible, alcanzando al semidiós, que si bien si bien se mantuvo tan reservado como siempre, sonrió ladinamente para sí mientras se internaba en las profundidades del bosque...
De regreso en su propio tiempo, Izumi se sintió infinitamente mejor tan pronto como el examen de literatura termino y pudo salir del aula, y de la escuela, la verdad el examen había estado fácil, una de sus ventajas en aquella asignatura es que era el tipo de persona que siempre estaba leyendo un libro, y había leído un par de veces el libro que les habían asignado ese mes, aunque no fuera de su agrado…suerte que no era literatura rosa, o no lo habría leído. Tras el examen, sus amigas Aiko, Chinami y Emiko la habían invitado a comer un helado para hablar y distraerse, aunque ellas parecía necesitarlo más, ya que no dejaban de quejarse de lo difícil que había estado el examen, e Izumi prefería no pronunciarse al respecto, porque quizás las haría sentir mal si decía lo contrario. La Uchiwa vestía un sencillo enterito color blanco, de escote redondo y mangas holgadas que se ceñían en las muñecas y que eran de color verde opaco en los lados, así como en gran parte del short que parecía comenzar o enmarcarse por debajo de sus caderas para formar una cinta en el costado izquierdo, también usaba zapatillas converse blancas y su largo cabello castaño plagado de ondas caía tras su espalda. Caminando por una calle vacía que quedaba cerca de la plaza en que acostumbraban a pasear últimamente, Izumi intento mantenerse enfocada lo más posible en sus estudios y en los exámenes que habría de afrontar, y no en el siglo XVI, en las batallas que tendrían lugar, ni en Itachi, de quien sus amigas no sabían nada, ya que no les había hablado de él, ¿cómo hacerlo?
—¿Te inscribiste en las clases preuniversitarias, Izumi?— preguntó Aiko, cambiando de tema y sabiendo lo estudiosa que era su amiga.
—Sí, ya llevaba tiempo pensando en hacerlo, y la profesora me lo sugirió— asintió ella, ya que la profesora había dicho que podría adelantar un año y entrar antes a la universidad por sus buenas calificaciones.
—¿Acaso quieres ir a la misma universidad que Keith?— curioseó Emiko pícaramente, con toda intención de relacionarla con su atractivo compañero.
—¿Son pareja oficialmente?— inquirió Chinami igualmente interesada, ya que su amiga siempre intentaba evadir el tema.
—Chicas, basta, denme un respiro— rió Izumi, para nada de acuerdo con el curso de conversación de sus amigas, —no hay nada entre Keith y yo, solo somos amigos, no tengo tiempo para un novio— recordó por si ellas no lo tenían claro.
—Izumi, no hay razón para sentirse orgullosa por eso— acotó Aiko en voz baja, estando de su lado pero también del de sus amigas.
No era intención de Aiko, Chinami y Emiko sonar demasiado predecibles, pero ellas sabían que su amiga tendía a descuidar su propia vida personal a causa de sus estudios, era el tipo de chica que no pensaba en novios, maquillaje o citas, sino en libros, historia y en estudiar, sus amigas conocían su pasado, o lo que ella había querido contarles, y por lo mismo deseaban que pudiera ser egoísta y feliz, se lo merecía. No es que Izumi se sintiera orgullosa, pero al menos tenía lo suficientemente claras las cosas en la vida, quería estudiar o trabajar, no era un sueño o algo así, era una meta, quería ser maestra de historia o escritora, aunque aún no estaba segura de nada tras el descubrimiento de que era una wiccan, ya que aún estaba aprendiendo de ello. Sacando a las adolescentes de su conversación, vieron como a un par de metros unos niños jugaban amenamente fuera de un edificio de apartamentos, hasta que de uno de los balcones cayeron una serie de macetas que por poco chocaron contra los pequeños, que alcanzaron a hacerse a un lado, mas la mirada de Izumi se centró de una chica que saltó desde lo alto de uno de los balcones y cayó al suelo sin hacerse daño, parecía tener doce o trece años, no era demasiado alta ni demasiado baja, de piel trigueña, con largo cabello negro y rizado que caía sobre sus hombros y tras su espalda, además portaba un vestido negro de cuello redondo con mangas por sobre los codos, falda por encima de la rodilla y el número 58 en grande en el pecho, como una playera deportiva, además de zapatillas converse del mismo color, sin embargo Izumi sentía algo extraño, como si esa niña no fuera real.
—¡Oye!— llamó Izumi, pero la niña no hizo sino alejarse a pleno trote, dando la vuelta a la manzana. —¡Vuelve aquí!— insistió, apresurándose en seguir a la niña, dejando atrás a sus confundidas amigas. —¿Qué te hace pensar que puedes hacer eso?— preguntó directamente, haciendo que la niña volteara a verla.
—Tú...¿puedes verme?— preguntó ella casi sin aliento, sumamente sorprendida y confundida.
—Escucha, no sé quién eres, pero tienes que volver y disculparte, lo que haces no está bien— regaño la wiccan con voz suave pero al mismo tiempo severa.
—¡Aléjate de mí!— grito la niña, superando su sorpresa inicial y deseando que aquella chica se alejara.
No necesitaba ayuda, no necesitaba que nadie se inmiscuyera en su vida, que había terminado hace tiempo, y mucho menos no necesitaba la compasión de nadie, porque sabía que el amor y la compasión no existían, eran solo una tonta y estúpida ilusión que le contaban a los niños, y aunque ella también era una niña, había dejado de creer en ello hace muchísimo tiempo. Demasiado sorprendida, Izumi estuvo a punto de caer de sentón al suelo, ya que no se esperaba tal reacción de parte de una niña que tenía poco más que la edad de su hermano menor, pero aunque deseo decir mil y un cosas a la pequeña, intentando tranquilizarla o entenderla, esta desapareció frente a ella, como si nunca hubiera estado ahí, y haciendo parpadear de incredulidad a la wiccan, ¿había sido su imaginación?, ¿acaso era un fantasma? Se suponía que no debía creer en ese tipo de cosas, pero como una fiel creyente de que existía un mundo más allá del de los vivos, no podía negar que si creía en ello, pero estar cara a cara con esa posibilidad era algo para lo que no estaba preparada. Un par de segundos, y sorprendida por la actitud de su mejor amiga, Aiko, Chinami y Emiko rodearon la cuadra siguiendo los pasos de Izumi, a quien encontraron completamente sola, con una expresión desconcertada y al mismo tiempo sorprendida, haciendo que las tres se observaran entre sí con suma confusión, casi pudiendo pasar una de sus manos frente al rostro de ella para hacerla despertar, pero prefirieron no hacerlo, ¿qué le había pasado?, ¿por qué había salido corriendo así?
—Izumi, ¿estás bien?— preguntó Aiko, situando una de sus manos sobre el hombro de su amiga.
—¿Con quién hablabas?— indagó Emiko, habiendo seguido a su amiga al igual que Aiko y Chinami.
Confundida ante aquellas palabras, ya que sus amigas no parecían haber visto a aquella chica, Izumi solo negó en silencio, regresando su mirada hacia donde se había encontrado esa niña, pero donde ahora no había nadie, como si nunca hubiera estado ahí realmente, ¿acaso había sido obra de su imaginación? No, había hablado con esa chica y ella le había respondido, eso no podía ser su imaginación, y al menos sus amigas no la observaban como si estuviera loca, por lo que eligió no creer que podía estarlo, manteniendo la mente abierta.
¿Qué estaba pasando?
Como una creyente de que no todo era blanco o negro, y de que lo paranormal existía, Izumi no dejo de darle vueltas en su mente a lo ocurrido, intentando entender lo que había presenciado, saber si estaba ante un episodio de su propia locura o bien de algo completamente real, descartaba lo primero ya que sus amigas habían asegurado que la habían escuchado hablar con alguien, y se atrevía a creer de todo corazón en lo segundo, ¿por qué no?, ¿desde cuándo ver un fantasma era algo tan surrealista? Negando para sí, Izumi se golpeó mentalmente la frente, claro que real o falso, fantasma o lo que fuera, estaba tratando con una niña, era normal sentir compasión, malo sería que no sintiera nada, pero no podía enfocarse de lleno a ello, tenía otras cosas en que pensar, fijando su vista en la calle por la que transitaba, de regreso a su hogar, sonriendo ligeramente a sus vecinos bajo la mascarilla, que se quitó cuanto más se acercaba a su casa, descolgando su mochila de su hombro y buscando las llaves en el bolsillo delantero, guardando su mascarilla al interior de esta y abriendo la puerta principal, que cerro tras de sí, esbozando una inmediata sonrisa al encontrarse con su madre Hazuki, quien vestía una sencilla blusa violeta de escote redondo y sin mangas, ceñidos pantalones purpura, además de tacones gris claro a juego con la cadena de plata alrededor de su cuello con finos cristales a lo largo, y su largo cabello castaño cayendo en ondas sobre sus hombros y tras su espalda. Era maravilloso estar de regreso en casa, nueva normalidad o no, Izumi no conseguía acostumbrarse a la pandemia, no cuando no tenía que pensar en nada de eso en el siglo XVI.
—Izumi— saludó Hazuki con un beso en la mejilla y viceversa, mas su hija sintió una nota peculiar en su voz de inmediato.
—¿Qué pasa mamá?— preguntó la pelicastaña, preocupándose por su tono de voz.
—¿Puedo pedirte un favor?— contestó ella pese a ser otra pregunta, pero Izumi asintió en silencio, dejándola hablar. —Necesito que lleves a Inabi al hospital para ver a su amigo, lo llevaría yo misma, pero tengo que hacer un recado— se disculpó con una tensa sonrisa, no queriendo incomodarla.
—Claro, yo lo haré— asintió Izumi con una ligera sonrisa. —¿Puedes dejar mi mochila en mi cuarto?— consultó para no perder tiempo en subir a su habitación, además ni siquiera necesitaba cambiarse de ropa para volver a salir.
Hazuki no dudo en asentir en silencio, recibiendo la mochila de su hija que dejaría en su habitación antes de salir, en otra situación dejaría a Izumi descansar y recuperarse de un examen como el que había tenido hoy, pero tenía que acudir al banco para renovar su tarjeta, cosa que no podría hacer si llevaba a Inabi al hospital para visitar a su amigo Takeru, y no podría pedirle a Izumi que hiciera ese trámite por ella, además, su padre Fudo si podía quedarse solo en casa hasta que ella o Izumi regresaran, lo que sucediera primero, y la sonrisa que su hija esbozó le hizo saber que o el examen había resultado muy fácil y estaba de buen humor, o no tenía problema en cumplir con su solicitud. Izumi no tenía problema en acudir a alguna parte con su hermano, al fin y al cabo un hospital no era foco de contagios sino que lo era la gente que no seguía los protocolos, y aunque Izumi no le tuviera miedo al coronavirus, se cuidaba por su familia y siempre llevaba su mascarilla y alcohol gel, además de guardar distancia. En ese momento, Inabi bajo velozmente las escaleras con ramo de rosas que había comprado para la señora Namiashi, madre de su mejor amigo, vestía una sudadera verde musgo con capucha, con las mangas de color azul a rayas de igual color, salvo por las muñequeras, y la letra D en el pecho con patrón escoses, además de jeans azul claro y zapatillas azul oscuro, pero su entusiasmo trastabillo al llegar al final de la escalera y cruzar hacia la sala, al ver como su madre y su hermana hablaban, o eso hicieron hasta reparar en su presencia, volteando a verlo mientras se acercaba lentamente hasta ellas, intercalando su mirada entre ambas.
—Ya estoy listo, mamá— obvió Inabi, sin dejar de ver a su madre y su hermana mayor, —¿qué pasa?— preguntó, viéndolas intercambiar una mirada entre sí.
—Mamá no podrá llevarte, Inabi— habló Izumi finalmente, —por lo que vendrás conmigo— añadió animadamente, a lo que él sonrió de inmediato.
—¡Viva!— gritó el pelicastaña, aún más feliz que antes de ser posible.
De lo más entusiasmado, Inabi abrazo efusivamente a su hermana, quien sonrió mientras le besaba la frente, revolviéndole juguetonamente el cabello, olvidándose de cualquier preocupación anterior al estar con su familia…un minuto, ¿no se había quejado que detestaba recorrer las calles con mascarilla, y que deseaba quedarse en casa? Bueno, tendría que tragarse sus palabras, pero lo haría satisfactoriamente.
Pese a ser una persona paciente, mesurada y que tendía a ser de lo más empática, escuchando otros puntos de vista y esforzándose por comprender las opiniones que en ocasiones no tenían nada que ver con la suya, con el único fin de llegar a un consenso; Izumi sentía una jaqueca tan pronto como salía a las calles y tenía que soportar sentir su propia respiración por causa de la maldita mascarilla, y que el resto de las personas a su alrededor no respetaran las distancias establecidas no hacía sino frustrarla más…pero en esta oportunidad, y agradeciendo alejarse de las calles, Izumi controló su propia frustración al ingresar en el hospital para niños de Seattle, acompañando a su hermanito Inabi quien, incansablemente y cada dos semanas, acudía a visitar a su antiguo compañero de clases y mejor amigo, Takeru Namiashi. Cruzando los pasillos y deteniéndose ante la puerta correspondiente a la habitación de su mejor amigo, Inabi aguardó a que su hermana llamara en la puerta, antes de entrar tras escuchar una femenina aprobación del otro lado, se trataba de la señora Jun Namiashi, madre de Takeru y quien permanecía sentada en el sofá junto a la cama de su hijo como todos los días, vestía una sencilla blusa blanca de cuello en V, cerrada por cuatro botones, con mangas holgadas que se ceñían en las muñecas, jeans azul oscuro con tacones a juego y sobre la blusa un ligero abrigo azul claro estampado en cuadrados escoses en un tono más oscuro, con su liso cabello castaño almendrado enmarcando los lados de su rostro, levantándose con una ineludible sonrisa al reconocer a tan encantadoras visitas.
—Hola, señora Namiashi— saludó Izumi, no pudiendo quitarse la mascarilla por obvias razones.
—Hola, Izumi— correspondió Jun, feliz a volver a verla luego de tantos meses, —¿cómo está tu madre?— preguntó ya que normalmente era Hazuki quien acompañaba a Inabi en sus visitas.
—Está bien, gracias— tranquilizó la pelicastaña, dándose cuenta de su inquietud.
—¿Cómo está Takeru?— inquirió Inabi, apartando finalmente su mirada de su inconsciente amigo.
—Temo que aún no despierta— contestó la Namiashi, con una expresión entre triste y resignada tras tantos meses, —gracias por venir, Inabi, eres el único de su clase que todavía lo visita— agradeció sinceramente, mas Izumi negó en silencio, no precisando de ningún reconocimiento, no creía merecerlo, ni Inabi tampoco.
—Es mi mejor amigo, señora— recordó él con obviedad, porque esa era su razón para visitar a su amigo. —Son para usted— tendió, entregando las rosas rosas, que ella recibió con una sonrisa.
—Están hermosas, gracias— apreció Jun con una sonrisa, profundamente agradecida con ambos.
En el pasado, la señora Jun Namiashi y su esposo habían sido vecinos suyos, habían sido compañeros de universidad de su padre, pero se habían mudado a varias manzanas de distancia cuando ella era muy pequeña, poco después de que naciera Inabi, naturalmente habían perdido el contacto, y en ese momento Izumi se reprendió por ello, sabía que Takeru y su familia se habían visto afectados por un incendio en su departamento hace meses, pero no es hasta ahora que se daba cuenta de que como antigua vecina debería haberlos visitado como hacia su hermanito, mas ahora que estaba de regreso en su época intentaría remediar todo este tiempo en que había sido tan egoísta. Como si alguien leyera los pensamientos de Izumi, la misma niña que ella había visto en la plaza hace un par de horas, luego de salir de la escuela, se materializó junto a la cama de Takeru, y con una expresión entre malvadamente traviesa pero al mismo tiempo enojada, arrojo sin contemplaciones al suelo el jarrón con flores que reposaba junto a la cama, sobresaltando a la señora Jun y a Inabi, que se abrazó a la cintura de su hermana por inercia, sin embargo Izumi no consiguió sobresaltarse, no cuando era capaz de ver a aquella niña, que tal y como apareció de la nada, se desvaneció en un parpadeo, ¿era su imaginación? Dejando escapar un suspiro, como si estuviera acostumbrada a este tipo de cosas, Jun negó en silencio para sí, contemplando el jarrón roto y que ya se encargaría de limpiar…aún no alcanzaba a entender porque pasaban cosas como estas, y no en el hospital, sino que solo a su hijo Takeru.
—No otra vez...— susurró la Namiashi, intentando entender sin éxito lo que sea que estaba pasando.
Siempre era igual, desde que había sucedido el incendio en su departamento, su esposo no estaba tan al tanto de ello ya que trabajaba en Nueva York y pasaba gran parte de los días de la semana fuera de la ciudad, además Jun no le contaba nada al respecto para no preocuparlo innecesariamente, pero por otro lado ella estaba al lado de Takeru casi las veinticuatro horas del día y llevaba todos estos meses presenciando eventos inexplicables; en ocasiones y como ahora, se caía un florero, en otras se perforaba la bolsa del suero, en otras se abría el cajón de la mesita de noche y todo era arrojado al suelo, e incluso la vía intravenosa se separaba del brazo de su hijo frente a las propias enfermeras, que ciertamente ya estaban tan acostumbradas como ella, era algo que Jun simplemente no alcanzaba a entender, no tenía lógica para ella, ni para nadie. Habiendo alcanzado a escuchar las palabras de la señora Namiashi, Izumi frunció distraídamente el ceño, estrechando una de las manos de Inabi entre las suyas, ya que él se negaba a soltarla, aparentemente esa niña no era fruto de su imaginación ni delirios, era real, claro que aparentemente hasta ahora solo ella podía verla, pero también parecía estar afectando a la señora Jun y a su hijo, ¿por qué?, ¿quién era? Tragándose sus cuestionamientos, que eran de lo más inoportunos en ese momento, Izumi continuó dando mil y un vueltas al asunto en su cabeza, con Inabi abrazado a su cintura, y desviando la mirada hacia Takeru, quien desde el incendio ocurrido en su departamento se encontraba en coma.
Todo era demasiado extraño.
Cuando los hermanos Uchiwa salieron del hospital, transitando por las calles hacia la plaza, que afortunadamente se encontraba casi vacía—para los estándares de la ciudad, y del país a decir verdad—Izumi continuaba dándole vueltas al asunto en su mente con la esperanza de dar con una explicación, mientras Inabi permanecía igualmente silente y reflexivo a su lado, como si cavilara sobre lo mismo que ella, ¿cómo no hacerlo? Una cosa era creer en fantasmas, espíritus, entes o lo paranormal, pero otra cosa muy distinta era enfrentarse a algo así cara a cara, porque, ¿qué más podría ser? No estaban en otoño ni invierno para aludir que el viento había sido el responsable de arrojar el florero al suelo, ni este tampoco había estado cerca del borde, ¿qué otra explicación había? Izumi en lo personal creía mucho en esto, después de todo entre los 11 y 13 años un espíritu o lo que fuera había aparecido regularmente en su habitación, lo había sentido sentarse en su cama en las noches, incluso su gato Denka se había alarmado como si sintiera algo en el pasillo, claro que su madre Hazuki no le había creído, más cuando eso había desaparecido con el tiempo, pero era una experiencia que la wiccan era incapaz de olvidar, había sido su roce más real o verídico con ese otro mundo, ya fuera maligno o benigno. Mordiéndose el labio inferior bajo la mascarilla, Inabi haló de la mano de su hermana, haciendo que ambos se detuvieran en su camino por la plaza, solos en esa área, bajándose la mascarilla que ya no soportaba y como también hizo su hermana, concentrando toda su atención en él, haciéndole saber que lo estaba escuchando.
—Hermana, ¿crees en los fantasmas?— preguntó él directamente, sabiendo que su hermana era más abierta de mente que muchas personas.
—¿Por qué lo preguntas?— inquirió ella, frunciendo pensativamente el ceño pero no negando su pregunta.
—Desde el incendio en casa de Takeru, hace seis meses, todos en mi clase dicen que está siendo perseguido por un espíritu o algo así— contestó Inabi, siendo completamente transparente, —cuando entró en coma vez después del incendio, todos solían visitarlo, pero dejaron de venir cuando comenzaron a suceder accidentes al azar; caían por las escaleras al salir de la habitación, como si algo los empujara, o casi eran atropellados al salir del hospital— enumeró, sintiéndose interiormente tranquilo ya que nada de eso le había sucedido a él. —Todos comenzaron a decir que Takeru está maldito, por eso dejaron de visitarlo— él no dejaría de hacerlo, incluso si ese espíritu o ente intentaba asustarlo.
—¿Acaso será por esa niña?— se preguntó Izumi, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta, hasta que su hermano la observo entre confundido y perplejo por sus palabras. —Vi una niña en la habitación, ella hizo que el florero que rompiera al arrojarlo al suelo— su hermano no dejaría de preguntar hasta que le dijera la verdad.
—¿Pudiste verla?— mas bien afirmó él, casi tartamudeando en el proceso, pero no sabía si de miedo o sorpresa.
—Sí, tenía piel morena y largo cabello negro— describió ella, sin saber de quien se trataba ya que nunca antes la había visto.
—Era Mara, la hermana mayor de Takeru, que murió en el incendio— contestó Inabi, con la respiración casi congelada en la garganta.
Mordiéndose el labio inferior con nerviosismo, Izumi apartó la mirada, procesando las palabras de Inabi, y comprendiendo que aquello explicaba muchas cosas, pero también tornaba todo mucho más complicado, de poder intentar remediar las cosas; una cosa era lidiar con un fantasma normal, una persona que quizás no había entendido que había muerto—por un accidente sorpresivo—y que necesitaba trascender, pero un alma en pena y encima de todo cargada de resentimiento era muy diferente, sin importar que se tratara de una niña, Izumi ni siquiera se había atrevido a jugar a la ouija con sus amigas, sabía que había cosas con las que no se podía jugar y no estaba dispuesta a tentar a la suerte por mórbida curiosidad, ¿cómo ayudar a esa chica llamada Mara a entender que había muerto y necesitaba descansar en paz?, ¿y si no quería hacerlo?, su conducta agresiva para con su hermano Takeru y su madre dejaba mucho que desear. La wiccan tuvo que salir de sus pensamientos y palideció al ver que, tal y como había pasado en la habitación de Takeru, aquella niña volvía aparecer de la nada, solo que esta vez a un par de metros de ella, observándola con enojo y a Inabi, a quien Izumi no tardo en abrazar contra su cintura, para protegerlo de lo que sea que ella pensara hacer. Frunciendo el ceño, confundido por la actitud de su hermana, Inabi fijó su vista en el punto inespecífico en que Izumi tenía enfocada su mirada, intentando ver lo que sea que ella veía, pero no fue capaz, estaban solos en ese punto de la plaza, no había nada frente a ellos ni a su alrededor, salvo arbusto y flores, ¿qué veía su hermana que él no podía ver?
—Hermana, ¿qué pasa?— preguntó Inabi, comenzando a asustarse al no poder ver lo mismo que ella.
—Eres Mara, ¿verdad?, ¿la hermana de Takeru?— preguntó Izumi armándose de valor, mas la niña frente a ella solo frunció el ceño, sin emitir palabra, —¿por qué estás haciendo todo esto?— cuestionó sabiendo que ella podía hablar, pero no quería hacerlo.
—No te metas— advirtió ella con severidad, —Takeru tiene que morir, así sabrá lo que yo sentí— declaró como si no solo se lo dijera a Izumi, sino a ella misma. —Mi madre me odia, solo le importa Takaru...por eso no me salvo del incendio, nadie me quiere, a nadie le importaba si moría, por eso me abandonaron— aclaró, intuyendo que ella quería tranquilizarla, pero las cosas no eran tan sencillas.
—No, Mara, escucha, estás equivocada, conozco a tu madre y es una buena persona— protestó la wiccan con voz suave, dando un paso al frente, más cerca de ella. —No puedes seguir haciendo esto, harás que tu madre este triste— madre e hija no podían enemistarse, no cuando todo parecía ser un malentendido. —Yo puedo ayudarte...— planteó al estar involucrada, determinada a llegar más lejos de ser preciso.
—¡Cállate!, ¡estás mintiendo!— acusó Mara, no sabiendo si enojada por sus mentiras o asustada de su sinceridad.
¿Cómo creer en las palabras de esa chica?, qué más quisiera Mara que aferrarse a la esperanza, pero habían pasado seis meses desde que había muerto y su madre se la pasaba en el hospital junto a Takeru, al igual que antes del incendio, él parecía ser lo único que le importaba, ¡no ella!, ¿cómo creer que su madre era una buena persona?, ¿cómo hacerlo si ella la había abandonado en el incendió? Por inercia y aunque no fue su intención parecer asustada, Izumi se sobresaltó ante la enojada voz de Mara, pero no tuvo tiempo de pensar en contratacar a su agresiva acusación con palabras amables y cargadas de esperanza genuina, porque la niña volvió a desaparecer como en sus anteriores encuentros a lo largo de ese día, haciendo que Izumi solo pudiera bufar por lo bajo, enterrando el rostro entre sus manos, que apretó con todas sus fuerzas, sintiendo toda la tensión del ambiente caer sobre sí como un yunque, intentando pensar, literalmente atada de manos, porque no tenía idea de que hacer en esa situación, era una adolescente de dieciséis años después de todo, ¿acaso debía tener idea de cómo tratar con un fantasma?, en ocasiones ni los adultos sabían hacerlo, ¿cómo iba a lograrlo ella? Aunque no había escuchado nada de la conversación, salvo la voz de su hermana mayor, que como siempre era más amable y voluntariosa que la mayoría de las personas que conocía, Inabi pudo hacerse una idea de que había visto a Mara, aun cuando él no pudiera hacerlo, era la única explicación posible, claramente Mara estaba enojada y no quería ayuda o no quería aceptarla, aun cuando Izumi claramente no se hubiera dado por vencida al respecto.
—Hermana, ¿qué paso?, ¿viste a Mara?— preguntó Inabi, nervioso y sin saber qué hacer para ayudarla.
—Si...pero, parece estar muy confundida— contestó Izumi, aún muy sorprendida por lo que acaba de pasar, —creo que necesito hablar con un experto sobre esto— añadió reflexivamente en voz alta, pero también para tranquilizar a su hermano.
Creyendo en las palabras de su hermana, quien siempre sabía lo que hacía, Inabi solo asintió en silencio, abrazándola tanto para tranquilizarse a sí mismo como a ella, que suspiró mientras se inclinaba para besarle la frente. En momentos como este, sería genial tener de apoyo a algún parapsicólogo y cazafantasmas, pero estaban en el mundo real, donde todo era mucho más frio, tosco y complicado, además ella no tenía el tiempo para contactar a un profesional, pero conocía a dos personas que podrían ayudarla con su experiencia sobre la historia y la mentalidad del ser humano...
Cuando Izumi había pronunciado la palabra "experto", seguramente Inabi no había imaginado con quien hablaría, o de poder imaginarlo no habría pensado que regresaría al siglo XVI por un par de horas para obtener respuestas, ni que ese alguien serian Itachi, Konohamaru y principalmente Yahiko, quien al haber servido al padre de Itachi en el pasado, conocía más del mundo que cualquier otra persona sabia o con criterio a quien Izumi hubiera conocido, sentada sobre el suelo al costado del pozo en el cual apoyaba su espalda, a la diestra de Itachi, quien se mostraba pensativo y reflexivo con respecto al caso que ella les había comentado, sin alejarse de su lado. El mundo de lo paranormal no era ajeno para las personas en el siglo XVI, de hecho Itachi una vez le había dicho a su madre—siendo muy pequeño—, que había escuchado los pasos de alguien fuera de su habitación por las noches, cuando todos los sirvientes estaban dormidos, y siendo un adolescente, en una ocasión había escuchado los gritos de una persona al transitar por un bosque destruido, tras un devastador incendio que había sucedido tiempo atrás, además de la respiración de alguien contra su cuello y el aire bajando drásticamente de temperatura en segundos. Solo las personas absurdas y ciegas decían que la ciencia daba una respuesta a todo, porque no todo tenía explicación, las maravillas de la vida debían ser maravillas para siempre, ¿cómo sorprenderse de las cosas a su alrededor si todo tenía una explicación? En el mejor y peor de los sentidos, claro, después de todo la era en que estaban se destacaba por la superstición y el desconocimiento.
—¿Hipnos y Thanatos?— repitió Izumi con un hilo de voz, ya que no había escuchado esos nombres en muchísimo tiempo.
—Son los dioses que causan la muerte; uno es la muerte pacifica provocada por el sueño y el otro provoca la muerte violenta— explicó Yahiko, en caso de que ni la joven wiccan ni el pequeño garuda fueran conscientes de ello. —Si no se tiene cuidado, ambos arrastran el alma de un niño que se niega a descansar en paz al infierno, para determinar dónde debe residir— había siete puntos de residencia para un alma en el inframundo, y solo dos de ellos eran benignos.
—Pero no entiendo, Mara es una niña inocente, ¿por qué habría de estar en el infierno?— cuestionó la pelicastaña, frunciendo el ceño con desconcierto, —¿no se supone que los inocentes van al Eliseo, al paraíso?— los niños tenían almas puras, a diferencia de la mayoría de los humanos.
—Si la niña murió con odio y rabia en el corazón, y no es capaz de superarlo, su alma se convierte en un espíritu maligno, que debe ser sosegado para no causar mal a otros, de lo contrario su alma se corromperá y será tan corrupta como la de cualquier humano— explicó él, ya que existían límites para un alma contaminada, fuera de una niña o no.
La idea de tal fin tocó profundamente el corazón de Izumi, si su sorpresa había sido grande hasta ese momento, lo fue todavía mayor ante las palabras de Yahiko, sabía de los mitos griegos vinculados al mundo de la muerte, su padre le había contado decenas de veces el mito de Perséfone y Hades, reyes del inframundo, y de los dioses gemelos Hipnos y Thanatos que establecían el curso y el tipo de muerte de una persona, pero Izumi nunca había imaginado que esos dioses aún continuaran existiendo y que tuvieran tanta relevancia en la vidas de las personas, pero aún más importante, ¿había algo que ella pudiera hacer al respecto? Deseaba ayudar a Mara de todo corazón, conocía a la señora Jun Namiashi desde que era pequeña, era amiga de su madre y su hijo Takeru era el mejor amigo de Inabi, ya estaba involucrada en todo esto y no podía hacerse a un lado, debía hacer algo. Aunque Izumi no hubiera dicho ninguna palabra, Itachi volvió inmediatamente la mirada hacia ella, analizando minuciosamente la pensativa expresión en su rostro y el brillo de determinación en su mirada, leyendo sus pensamientos como si fueran un libro abierto, sabía Izumi querría hacer algo al respecto incluso antes de que ella misma lo decidiera, porque la conocía, y sabía lo voluntariosa que era a la hora de ayudar a otros, aun cuando tuviera todo en contra, era una de sus cualidades más admirables junto con su valor, pero que la hacía exponerse a peligros innecesarios, aun sabiendo que él no podía viajar a su época y protegerla todo el tiempo, sabía que necesitaba evitar que ella corriera un mayor riesgo, o por lo menos debía intentarlo.
—No pienses en intervenir, Izumi— advirtió Itachi de inmediato, haciendo que ella volviera el rostro en su dirección, —estás hablando de un espíritu, no es un ser viviente, ni un dios o humano, no puedes lidiar con algo así, podrías morir— los humanos no podían ni debían enfrentarse a la muerte, eso era un imposible, iba contra las leyes naturales.
—Itachi, ella es una niña, no puedo darle la espalda— obvió ella sin poder permanecer impasible, no era así, —tengo sangre de wiccan, debe haber algo que pueda hacer— aludió como si eso fuera razón suficiente, más el Uchiha no pareció convencerse por sus palabras, —no me daré por vencida— declaró finalmente, irguiéndose del suelo.
—Izumi., espera…— intentó detener el Uchiha al levantarse, previendo lo que ella iba a hacer.
De nada sirvieron las palabras de Itachi, porque Izumi cruzo sus piernas por el borde del pozo y brinco al interior lo más rápido posible, desapareciendo en un haz de luz que frustro al Uchiha, quien chocó uno de sus puños contra el borde del pozo, al cual aferro sus manos, sobresaltando a Konohamaru, que permaneció en silencio en todo momento, únicamente desviando la mirada hacia Yahiko que solo pudo negar en silencio, aunque el semidiós no hiciera sino frustrarse más y más con el pasar de los segundos, llevándose una mano al mentón para no escuchar su propia fúrica respiración, ¿por qué esa mujer tenía que ser tan frustrantemente terca?
No tenía otra opción, tenía que seguirla o se arrepentiría por el resto de su vida.
—Buenas noches, señora— se despidió una de las enfermeras, dirigiéndole una sonrisa bajo la mascarilla.
—Buenas noches, hasta mañana— correspondió Jun en su trayecto por los pasillos del hospital.
Normalmente el horario de visitas en el hospital duraba hasta las 9 o 10 pm, y aunque en muchas ocasiones Jun se había pasado noches enteras junto a la cama de su hijo, su esposo siempre la llamaba cuando el horario de visitas terminaba, insistiéndole—aunque él no estuviera en la ciudad—que regresara a casa y durmiera un par de horas, que es lo que la Namiashi ahora pretendía hacer, cruzando los largos pasillos hacia la salida, su apartamento quedaba cerca de todas formas, por lo que no se alejaría demasiado de Takeru, y solo sería por unas cuantas horas. Con el teléfono en el bolsillo izquierdo del pantalón, y las llaves de su casa en el bolsillo derecho, Izumi corrió lo más rápido que le fue posible por las calles, hacia el hospital, necesitando llegar a tiempo para hablar con la señora Jun Namiashi, se había pasado horas reflexionando sobre lo que debería hacer, pero había llegado a la conclusión de que no podía guardar silencio, necesitaba decirle toda la verdad. Cuando Jun cruzó las puertas del hospital, saliendo hacia la calle, se sorprendió al ver a Izumi correr hacia ella, deteniéndose para recuperar el aliento, vestía una camiseta verde jade de cuello redondo, con cortas mangas por encima de los codos y que en el pecho tenía estampada las palabras paz en chino, ceñidos jeans negros y botines de cuero, con una serie de pulseras multicolores en la muñeca derecha, y su largo cabello castaño cayendo en cadenciosas ondas sobre sus hombros y tras su espalda, algo despeinada dado su agitada carrera, pero había valido la pena lograr llegar a tiempo.
—Izumi, ¿qué estás haciendo aquí?— preguntó Jun, tremendamente confundida, —el horario de visitas termino— obvió en caso de que ella deseara hacer una visita a Takeru.
—Lo sé, pero necesitaba hablar con usted— habló finalmente la Uchiwa, —sé que esto es delicado, pero es necesario, ¿sabe cómo murió su hija Mara?— preguntó, teniendo que ser mortalmente directa.
Sabía que era una pregunta muy directa, y que quizás no era lo mejor tocar ese tema en ese momento, pero necesitaba más información para intentar entender porque Mara estaba tan enojada, porque no podía descansar en paz, y que podía hacer para ayudarla, porque necesitaba ayudarla. Sorprendida por la pregunta, Jun frunció ligeramente el ceño y entreabrió los labios, dejando pasar un par de segundos en completo silencio, no había hablado del incendió que había golpeado su viejo apartamento en meses, luego de que los bomberos concluyeran que había provocado el fuego y que había ocurrido...Su hijo Takeru nunca había tenido una salud precisamente ejemplar, de hecho siempre tendía a enfermar tan pronto como comenzaba la primavera, sufría de asma y le costaba respirar con todo el polen en el aire, y hoy había despertado con fiebre, por lo que no había podido asistir a la escuela, y parablemente por cuidarlo, Jun—vistiendo una camiseta blanca de tirantes bajo una chaqueta morada, y ceñidos jeans azul oscuro—no había podido acudir a la reunión de padres y maestros en la escuela de su hija mayor Mara, quien en ese momento regreso a casa, cerrando de golpe la puerta del apartamento tras de sí, dejando caer su mochila al suelo mientras recorría los pasillos en busca de su madre, a quien encontró en la habitación de Takeru, sentada junto a su cama y tomándole la temperatura a su dormido hermano menor, pero lejos de preocuparse por la salud de Takeru, Mara estaba furiosa con su madre, quien le había prometido que acudiría a la reunión de padres y maestros.
—Mamá, ¿por qué no fuiste a la reunión de la escuela?— cuestionó ella, furiosa, —te espere por horas, tuve que volver a casa con la señora Jin— obvió ya que su madre le había prometido que iría y que regresarían juntas a casa, —prometiste que irías— recordó, herida porque hubiera roto su palabra.
—Perdón, Mara, pero Takeru ha tenido fiebre todo el día y no podía dejarlo solo— se disculpó Jun, ya que había tenido una razón de peso para no asistir.
—Takeru esto, Takeru aquello, ¡todo siempre se trata de Takeru!— comentó Mara despectivamente, sin entender a su madre y su predilección por Takeru.
—Mara, sabes qué es eso no es...— intentó protestar la Namiashi, no queriendo que su hija sintiera que no la tomaba en cuenta, porque eso no era así.
—No quiero oírte, te odio y también a Takeru— interrumpió la pelinegra mientras abandonaba la habitación, sabiendo de memoria su discurso.
—Espera, ¡Mara!, ¡regresa!— llamó Jun, alzando la voz mientras se levaba de su lugar junto a la cama de su hijo menor.
Sin querer escuchar a su madre, habiendo perdido la cuenta de la cantidad de veces que decía que no prefería a Takeru por sobre ella, demostrando lo contrario con sus actos, ya que a ella le gritaba mientras que a Takeru lo mimaba en todo momento, y harta de que no le prestara atención, Mara tomó su mochila del suelo y volvió a salir del apartamento, cerrando fuertemente la puerta tras sí, sin voltear ni una sola vez, pero la pelinegra estaba tan concentrada en causar una reacción en su madre, necesitando sentir que le importaba aunque fuera un poco—ya que siempre privilegiaba a Takeru—, que no pudo darse cuenta que de uno de los bolsillos de su mochila se encontraba abierto, y que de este cayó un dibujo que había hecho en el receso de clases, antes de la hora de almuerzo, y que su madre recogió mientras suspiraba por lo bajo, frustrada consigo misma por no poder dividirse apropiadamente entre sus dos hijos para ser igualmente amorosa con los dos, y no saber cómo hablar con su hija mayor en momentos como este, cuando estaba pasando de ser una niña a una adolescente, pero su frustración se transformó en culpa cuando desdobló lentamente el dibujo en que Mara las había dibujado a ambas abrazadas, con un trazo muy detallado como buena dibujante que era, sintiendo como esa imagen le tocaba el corazón. Jun se obligó a regresar a la realidad, deteniendo su relato con lágrimas en los ojos y un nudo en garganta que Izumi comprendió muy bien, situando una de sus manos sobre su hombro y haciéndole saber que no necesitaba hablar si no se sentía capaz.
—Mara y yo peleábamos seguido, sabía que no le estaba prestando la suficiente atención, y cuando vi su dibujo quise hacer algo especial por ella, así que fui a la tienda para hacer su pastel favorito, pero, cuando volvía…— continuó relatando Jun, con la voz quebrada, pero sintiendo que podía contárselo a Izumi. —Creí que había salido al parque cerca de nuestro apartamento, como siempre, si hubiera sabido que...— apenas y pudo continuar hablando, ya que el tema continuaba siendo muy sensible para ella.
Con una ligera sonrisa y cargando todos los materiales necesarios para preparar el pastel favorito de su hija, todo el animo de Jun se desvaneció mientras se aproximaba hacia el edificio de apartamentos, viendo una gran nube de humor salir de la ventana del tercer piso, de su apartamento, corriendo lo más rápido que le permitieron sus piernas, viendo a los vecinos agolpados en la entrada y observando como los bomberos intentaban apagar al fuego, sintiendo como se le detenía el corazón mientras era rodeada por los vecinos que le explicaban que el incendio que había comenzado hace unos minutos y que se había salido de control. En ese momento, y a través de la escalera de incendios, vio bajar a uno de los bomberos cargando en brazos a Takeru, envuelto en una manta, sin quemaduras, solo ligeramente cubierto de cenizas y aún con fiebre. Cuando todo el incendió había pasado, los bomberos no habían conseguido salvar más que algunas pertenencias pequeñas del apartamento, y Jun había descubierto que el incendió había sido consecuencia de una fuga de gas en la cocina, porque Mara había regresado y se estaba preparando la cena, pero no fue hasta después del incendio que los bomberos encontraron sus restos carbonizados, y Jun aún hoy vivía con un terrible remordimiento de consciencia, porque no debería haber salido, debería haberse quedado y esperar a que Mara regresara. Sacando a Jun e Izumi de su conversación, se escuchó un crujido semejante al de un vidrio, y al alzar la mirada vieron como en una de las habitaciones del hospital se apagan las luces y se resquebrajaban los vidrios de una de las ventanas.
—Es la habitación de Takeru— reconoció Jun con un hilo de voz, incrédula y aterrada.
—¡Mara!— gritó Izumi, sabiendo que solo podía tratarse de ella, corriendo hacia el interior del hospital.
Procesando en su mente todo lo que la señora Jun acababa de contarle, pero sin tener tiempo que perder, Izumi corrió con todas sus fuerzas hacia la habitación de Takeru, necesitando desesperadamente llegar a tiempo, ignorando la mirada de las enfermeras que la vieron ingresar. Sintiendo que la respiración se le trababa en la garganta, Jun fue incapaz de moverse tras escuchar a Izumi, ¿había dicho Mara?, ¿su Mara, su hija?, necesitando saber por si misma si es que tal cosa era posible, la Namiashi corrió tras Izumi, intentando alcanzarla para preguntarle porque creía o sabía que Mara era quien estaba causando estos ataques en su vida y en la de Takeru…
La paciencia de Mara se estaba acabando, estaba harta de ser sutil y tener en cuenta los "principios" que un alma en pena debía seguir, dejando que las cosas sucedieran por su propio peso, creando uno que otro obstáculo para marcar presencia, como una niña pequeña que dejaba notitas en un juego de escondidas, pero había llegado a su límite; había muerto hace tantos meses, y durante todo ese tiempo había seguido desde lejos el curso de la vida de su hermano Takeru, mimado y cuidado durante cada día por su madre, que parecía continuar prefiriéndolo, más cuando ahora ella estaba muerta y no era una carga ni molesta para nadie, más cuando todos parecían haberla olvidado con increíble facilidad. Caer en el olvido, ese debía ser el mayor temor de un alma, cargada de tristeza, amor u odio, y aproximándose a la cama de su hermano menor, Mara frunció el ceño, sin apartar su mirada de su rostro tranquilo, sumido en la inconsciencia, y basto con que la pelinegra solo lo deseara para que las luces del techo saltaran y estallaran, y que los ventanales al costado de la habitación se resquebrajaran, que más deseaba que poder levantar la mano contra su hermano menor y terminar con su existencia, pero siempre había algo que se lo impedía, ¿por qué no podía hacerlo?, ¿qué la detenía? Corriendo con todas sus fuerzas, con la señora Jun pisándole los talones, Izumi ni siquiera pensó en detenerse a recuperar el aliento, frenando al llegar a la habitación de Takeru, abriendo la puerta del golpe y pudiendo distinguir a Mara al interior de la habitación, estrujando sin esfuerzo la bolsa de suero junto a la cama y sin siquiera tocarla.
—¡Mara, ya basta!— gritó Izumi, haciendo que la niña dejara de violentar a su hermano menor.
—¿Qué estás haciendo aquí?— cuestionó la pelinegra con los dientes apretados, sin alcanzar a entender por qué se entrometía en todo.
—Escúchame, por favor, todo esto es un gran malentendido— intentó dialogar la wiccan, necesitando que ella la escuchara o todo se tonaría incontrolable.
—¿Mamá?— preguntó Mara, viendo un maternal y conocido rostro situarse a la diestra de Izumi.
—Mara...¿cómo...?— Jun tragó saliva, sofocada por intentar alcanzar a Izumi y superada al volver a ver a su hija, desmayándose a causa de la impresión.
—¡Señora Jun!— Izumi se arrodilló en el suelo, junto a la inconsciente Namiashi, que solo parecía estar sobrexcitada. —Mara, no puedes seguir así, tienes que dejar en paz a tu madre y tu hermano— aclaró, levantándose del suelo y sin apartar su mirada de la pelinegra, —por favor, escucha, tu madre no te abandono en el apartamento, ella no sabía que habías vuelto, lo sabes— debía saberlo, su madre no la habría abandonado conscientemente, ninguna madre podía hacer eso con su propia hija.
—No importa, aún la odió— protestó Mara, dejando que su furia fluyera como un torrente.
—¡No!— gritó la wiccan, intentando en vano detener a la chica o salvar a Takeru de convertirse en su víctima.
De pronto, controlada por una fuerza superior, y que le sacó un jadeo de los labios, Mara retrocedió forzosamente hacia la ventana, atravesando la pared como si se tratara de una cortina o velo, mientras la cama de Takeru comenzaba a deslizarse por el suelo de la habitación en dirección a la ventana, controlada por una fuerza invisible, que en este caso era la ira de Mara y al mismo tiempo la fuerza que parecía controlarla, empujando al inconsciente pequeño, haciendo que la cama se alzara para cruzar la ventana y caer al vacío, sin que Izumi pudiera hacer nada más que correr hacia la ventana, intentando en vano frenar la caída del pequeño, pero cuando ella llegó al umbral de la ventana, solo vio caer la cama a lo largo de los pisos hacia el suelo de la calle. Cuando la wiccan creía que todo estaba perdido, una figura aterrizó en el umbral de la ventana en que ella estaba, se trataba de Itachi quien cargaba en brazos a Takeru, aún inconsciente y completamente a salvo, lo que consiguió sacarle una ligera sonrisa. Itachi había estado en contra de que Izumi se involucrara en este asunto, él había tenido sus roces con lo paranormal y la muerte, los fantasmas, sabía que eran algo peligroso y quería evitar que ella corriera un riesgo que no tenía por qué correr, después de todo pertenecía a una época más normal, libre de los grandes peligros que él conocía en el siglo XVI, pero conociendo bien a la wiccan y lo lejos que podía llegar con solo desear ayudar a alguien, el Uchiha no había dudado en cruzar el pozo tras un par de horas, siguiendo las indicaciones de Inabi y el rastro del perfume de Izumi para dar con ella, agradeciendo haber llegado a tiempo.
—Itachi...— agradeció la wiccan con una sonrisa, conmovida e infinitamente feliz de verlo.
—Fue una suerte que viniera, de otro modo este niño estaría muerto— obvió el semidiós con voz sería, antes de desviar la mirada hacia donde estaba esa niña, o lo había estado más bien. —Hipnos y Thanatos se llevaron a esa niña— señaló, haciendo que Izumi volviera el rostro, dándose cuenta de que Mara había desaparecido, o más bien se la habían llevado, —ha ido demasiado lejos, es tarde para ella— obvió intentando disuadir a la pelicastaña de continuar intentando salvarla.
—No, debe haber algo que podamos hacer— protestó Izumi, negándose a darse por vencida. —Hay que ir tras ellos— decidió, porque no iba a abandonar a Mara.
—¿Te volviste loca?— cuestionó Itachi, porque correría peligro si seguía intentando salvar a esa niña.
—Es una niña, no se merece esto— recordó ella, sabiendo mejor que nadie que él no era el tipo de persona que abandonaba a los demás, —por favor, tengo que ayudarla— rogó, necesitando de su ayuda.
—Está bien, pero no digas que no te lo advertí— aceptó él, para poder protegerla lo más posible.
Cruzando el umbral de la ventana, Itachi cargó en brazos al pequeño Takeru, recostándolo sobre el suelo de la habitación, usando una de las mantas de la cama y que habían caído mientras esta había cruzado la habitación hacia la ventana, para cubrirlo, pudiendo distinguir que si estaba en aquel lugar no era por tener una salud precisamente fuerte. Aguardando junto a la ventana, Izumi se mordió el labio inferior, meditando sobre que podía hacer para intentar liberar a Mara, quien había desaparecido en un parpadeo, volviendo la mirada por sobre su hombro cuando Itachi se situó a su lado, cargándola sin esfuerzo en sus brazos y saltando por el umbral de la ventana, sorprendiendo a la wiccan que gritó, aferrándose a sus brazos por temor a caer, no porque dudara que él iba a protegerla.
Tenían que darse prisa.
Era una suerte que—dado el estado de cuarentena en su época y que Izumi prefirió no mencionar, por razones obvias—pocas personas transitaran por las calles de Seattle a esa hora, facilitando que Izumi pudiera guiar a Itachi hacia el antiguo apartamento de la familia Namiashi y donde había ocurrido el incendio hace tantos meses atrás, si Itachi se encontraba confundido o sorprendido por el mundo de Izumi y las notorias diferencias estructurales entre su época y la de ella, o por el hecho de tener que llevar una mascarilla cubriéndole el rostro—Izumi agradeció tender a salir con una extra en los bolsillos de su ropa—, no lo demostró, permaneciendo en completo silencio a su lado, mucho más enfocado en intentar leer sus pensamientos con la esperanza de predecir qué haría. Izumi pensó en ingresar en el edificio y subir piso por piso, a través de las escaleras, dado que el ascensor era algo que no la atraía mucho, pero si cruzaban la puerta principal inmediatamente llamarían la atención, en el exterior y con la iluminación artificial el Uchiha pasaba desapercibido, pero no lo haría si entraban e intentaban cruzar la recepción, mas intuyendo sus pensamientos, Itachi le indicó que subiera a su espalda, algo que Izumi hizo confundida, envolviendo sus brazos a la parte posterior del cuello del semidiós, que le sujetó los muslos para envolverlos a su cintura, antes de usar sus fuerzas para saltar hacia el balcón del piso superior, de este al siguiente, hasta el tercero, con Izumi aferrada a su espalda como un monito del monte, intentando no dejarse abrumar sino que enfocándose en lo importante, que era ayudar a Mara cuanto antes.
—Yahiko dijo que, antes de arrastrar el espíritu de la niña al inframundo, Hipnos y Thanatos la llevan al lugar donde murió— explicó Itachi al llegar al balcón del tercer piso por indicación de la Uchiwa, que bajo de su espalda, aproximándose hacía la ventana cuyos cristales estaban rotos, —ese es el portal al mundo de los muertos, si lo cruzas podrás ir a donde esta Mara— aclaró, aunque ella ya parecía intuirlo.
—¿No vendrás conmigo?— preguntó Izumi, ya que sus palabras decían que solo ella podía cruzar, aparentemente.
—No puedo, aunque lo intentara no se me permitiría pasar— negó él, deseando seguirla, —soy mortal, pero mi sangre divina me mantiene atado al mundo de los humanos— si intentaba cruzar, no llegaría a ninguna parte, menos ya que esa no era su época, —lo siento, pero estás por tu cuenta— se sentía impotente, por eso no había querido que ella se involucrara en esto, porque no podría ayudarla.
—Volveré pronto, lo prometo— aseguró ella en un intento por consolarlo, después de todo aún tenían muchas aventuras que vivir juntos.
Su intención no era inmolarse, no es como si fuera el tipo de persona que le temía a la muerte, pero no quería morir intentando salvar a Mara, debía poder ayudarla sin tener que rozar la muerte para lograrlo, por lo que observó a los ojos de Itachi por segundos que sintió eternos, antes de esbozar una tensa sonrisa y volver el rostro hacia el interior del apartamento, apoyando uno de sus brazos en el umbral de la ventana mientras cruzaba sus piernas, pero al hacerlo desapareció de la vista de Itachi, que suspiró sonoramente, como si un gran peso se acumulara en su pecho de forma inmediata. Aquellas no eran solo palabras vacías, Itachi conocía a Izumi, ella siempre cumplía sus promesas, no era el tipo de persona que prometía algo al azar, y por muy preocupado que estuviera de que algo malo le pasara, se instó a confiar en ella como lo había hecho hasta ahora, aguardando en el balcón del apartamento, apretándose nerviosamente las manos a causa de su propia impotencia.
Necesitaba confiar en ella, necesitaba confiar en que volvería.
Estaba de regreso en su viejo apartamento, donde había sucedido el incendio que había cobrado su vida meses atrás, estaba reviviendo el momento en que había muerto, tras regresar a casa e intentar prepararse la cena, mientras su madre estaba ausente, sentía las llamas bailar a su alrededor, atrapada en la cocina cuya fuga de gas solo propiciaba el fuego, viendo las flamas extendiéndose y obstruyendo cualquier vía de escape a su alcance, Mara quería creer que podría salir de ahí, que esta vez no moriría, pero no había forma de salir de ahí, ni podía verla, los dioses de la muerte la habían transportado al lugar en que había muerto para que pudiera cambiar de parecer en el último momento, antes de que la arrastraran al infierno para siempre, pero estar en ese lugar no consiguió tranquilizar a Mara, socavo su ira, pero no su miedo, ya había muerto, pero la sensación del fuego despertaba sus peores temores, recordaba el calor consumiendo su piel hasta convertirla en carbón, era una sensación completamente horrible e indescriptible. Sentada sobre el suelo, con las piernas pegadas hacia su pecho, Mara se recordó que nadie iba a salvarla, nadie iba a sacarla de ahí, ¿quién podría intentar ayudarla? Había atacado a su madre y a su hermano, no merecía el perdón…creyendo haber escuchado algo, Mara alzo la mirada de su desesperanza, intentando prestar mayor atención para saber si estaba imaginando cosas o si realmente había alguien más ahí, y fue entonces cuando escuchó a alguien familiar llamándola, dándose cuenta de que no estaba sola.
—¡Mara!— llamó Izumi cruzando el pasillo del departamento, hacia la cocina. —Mara...dame la mano, tenemos que salir de aquí— se internó en la cocina, alargando una de sus manos hacia la chica, instándola a levantarse.
—¿Estás loca?— cuestionó la pelinegra, incrédula al verla. —Estoy muerta, no puedes salvarme— tras nada más decir esto, las llamas a su alrededor crecieron, y la aterró comenzar a sentir como la quemaban.
—¡No!— pese a las protestas de Mara, la pelicastaña alargó sus dos manos para entrelazarlas con las de ella. —No me sueltes, Mara— indicó, apretando los dientes ante el molesto calor del fuego.
—Tengo que hacerlo, no pertenezco aquí— recordó ella, porque no creía merecer su ayuda ni la de nadie.
—Pero tampoco perteneces al infierno— obvió la wiccan, negándose a abandonarla. —Quieres hacer las paces con tu mamá, ¿verdad?— preguntó directamente, viéndola alzar la mirada. —Sé que quieres verla al menos una vez, no quieres que esto acabe así— ninguna hija quería estar enemistada con su madre.
—Ella…¿está enojada conmigo?— preguntó Mara con la voz quebrada, sintiéndose mal por todo el daño que había causado.
—Claro que no, es tu madre y te ama mucho, no hay un solo día en que no piense en ti, y tu hermano también te ama— obvió ella con lágrimas en los ojos.
Ella había estado en su mismo lugar, entre los doce y catorce años Izumi y su madre apenas habían podido dirigirse la palabra; por trabajar y criar a Inabi, Hazuki había descuidado mucho de la crianza de su hija, y había vuelto a intentar conocerla o relacionarse con ella cuando ya era una adolescente, muy diferente de la niña de cinco años que había perdido a su padre, les había tomado años y esfuerzo mutuo poder relacionarse entre sí como madre e hija, como amigas e incluso hermanas, porque madre e hija siempre compartían un vínculo único sin importar que ni siquiera fueran conscientes de ello, y desde esa vereda es que Izumi no podía abandonar a Mara, por eso intentaba que se reconciliara con su madre, porque cuando no se tenía una hermana, solo una madre podía sacar a una hija de la locura y evitar que cayera en la desesperación, una madre siempre estaba allí, pasara lo que pasara. Asintiendo en silencio, Mara sintió las lágrimas resbalar por sus mejillas, apagando las llamas a su alrededor sin darse cuenta, estaba conmovida porque Izumi se interesara tanto en salvarla, no, interesarse no era la palabra adecuada, sacrificarse y arriesgarlo todo con el único propósito de salvarla, porque nunca nadie—no le había dado la oportunidad a su madre—había intentado ayudarla a trascender ni descansar en paz durante todos los meses que llevaba muerta, y aunque solo fuera un alma en pena que necesitaba afecto y ayuda, la pelinegra eliminó la distancia entre ella y la pelicastaña, abrazándola con todas sus fuerzas mientras sollozaba, de felicidad, con esperanzas completamente renovadas.
—¡Quiero volver!, quiero pedirle perdón a mi mamá, quiero despedirme de mi hermano— proclamó Mara en voz alta, viendo aquella realidad desvanecerse y regresar al mundo real, en el ruinoso y quemado apartamento, aún dañado por el incendio. —Gracias, gracias Izumi— sollozó contra el hombro de ella.
Sin pronunciar más palabras, pues sobraban en ese momento, Izumi envolvió sus brazos alrededor de Mara, abrazándola como sentía que ella tanto había necesitado ser abrazada, acariciando sus largos y rizados cabellos negros, dichosa al poder ayudarla.
—Señora, tiene que venir, Takeru despertó— comunicó la enfermera tan pronto recupero la conciencia.
Todo había sucedido demasiado rápido para Jun, primero Izumi había llegado a toda prisa mientras ella salía del hospital, pidiéndole que le hablara sobre el incendio y como es que su hija Mara había muerto, luego algo había comenzado a suceder en la habitación de Takeru, resquebrajando los vidrios y las luces, y cuando había llegado a la habitación se había desmayado de la impresión tras ver a su hija Mara de pie junto a la cama, era demasiado para que lo tolerara cualquier madre o persona. Lo siguiente que supo Jun, tras abrir los ojos, fue que se encontraba recostada sobre una camilla, acompañada por una enfermera que pareció alegrarse en cuanto la vio despertar, y solo un instante después le había informado que su pequeño Takeru había conseguido despertar inexplicablemente del coma en llevaba sumergido durante seis meses, tras el incendio, y aunque se sintiera muy tambaleante, Jun bajó de la camilla—apoyándose en la pared a su costado para no caer—y se dejó guiar por la enfermera hacia la nueva habitación a la que habían trasladado a su hijo, luego del incidente tras el que lo habían encontrado recostado sobre el suelo y envuelto en una manta. Cuando Jun llegó a la habitación, la enfermera le abrió la puerta, permitiéndole ingresar, acercándose lentamente a la cama, sobre la cual su hijo aún se veía desconcertado por lo que lo rodeaba, acompañado por otra enfermera que permanecía de pie al costado de la cama y que se hizo a un lado para darle espacio a Jun, quien se arrodillo junto a la cama, alargando una de sus manos para acariciar el rostro y cabello de su hijo, que la reconoció tras un par de segundos.
—Mami...— murmuró Takeru en voz baja, carraspeando para intentar aclararse la garganta.
—Hijo, por fin estás despierto— celebró Jun, teniendo una verdadera razón para sonreír al saberlo despierto, —¿qué pasa?— preguntó al verlo pensativo.
—Mami, Mara volvió al apartamento— reveló el pequeño, ajeno al hecho de que el incendio había sucedido hace meses, —tienes que ayudarla— añadió, preocupado por su hermana mayor.
Con su sonrisa siendo reemplazaba con un gesto triste, todo lo que Jun pudo hacer fue asentir en silencio, abrazando a su hijo, apoyando su cabeza contra el pecho de él, sabiendo que aunque fuera al apartamento, no lograría nada, porque Mara había muerto hace mucho tiempo, y ella nunca había podido llegar a tiempo para salvarla. Jun pasó otras cuantas horas en el hospital junto a su hijo luego de que despertaba, el doctor lo había revisado y confesado que su despertar del coma era completamente inexplicable, tanto como lo había sido que entrara en coma tras el incendio pese a no sufrir ningún daño, y finalmente diagnostico que el pequeño podría ser dado de alta en poco menos de una semana, luego de que realizaran todos los exámenes pertinentes para descartar cualquier riesgo, y luego de esto finalmente quedo libre por al menos unas cuantas horas para regresar a su apartamento, con Takeru durmiendo profundamente en el hospital. Aunque era intención de Jun regresar a su apartamento, de alguna forma y sin darse cuenta acabo dirigiéndose hacia su viejo hogar, donde había sucedido el incendio, un lugar al cual no había acudido desde aquella noche en que su hijo había sido salvado y en que su pequeña Mara había muerto. Abrazándose a sí misma, intentando consolarse, Jun se arrodillo sobre el suelo de la cocina, viendo los restos de ceniza a su alrededor, según contaban no podían limpiar esa área quemada sin importar todo el tiempo que pasara, y eso le permitió ver el lugar en que había muerto Mara, distinguiendo el contorno de su cuerpo sobre el suelo.
—Mara, si hubiera sabido que estabas aquí...— susurró Jun, imponente y furiosa consigo misma.
—Mamá— llamó una voz a su espalda, sobresaltándola y haciéndola alzar la mirada.
—¿Mara?— reconoció la Namiashi, esbozando una sonrisa mientras veía a su hija aparecer en el umbral de la cocina y acercársele lentamente. —Mi princesa— con temor, alargó una de sus manos, consiguiendo acariciar la mejilla de su hija, quien sonrió al sentir su tacto. —Lo siento mucho no sabía que habías vuelto, perdóname— quizá era tarde para decirlo, pero necesitaba que su hija lo supiera.
—Está bien, mami, te perdono— asintió Mara, finalmente sintiéndose capaz de olvidar el pasado. —Lamento haberte lastimado, y a Takeru— se disculpó, sabiendo lo mucho que había errado todo este tiempo. —Te amo, mami, y adiós— se despidió con una sonrisa, porque ya había llegado el momento de irse.
—Adiós, Mara— correspondió Jun con un nudo en la garganta, sin desear decirle adiós realmente.
Sonriendo, Mara se desvaneció frente a sus ojos, y aunque Jun tuvo el impulso de pedirle que se quedara, que permaneciera junto a ella, Jun sabía y sentía que no podía pedirle que se quedara, primero porque sería egoísta, y segundo porque ella merecía descansar en paz luego de tanto tiempo, por lo que Jun solo bajó la mirada con lágrimas en los ojos, sonriendo para sí al sentir que lejos de tener un dolor permanente en el corazón como había sucedido durante todos estos meses, ahora tenía una gran alegría inundándola, porque su hija ahora podría ser feliz, y estaría viendo a su familia desde donde sea que estuviera.
Su hija iba a ser feliz, y ella también lo sería.
Mientras el sol comenzaba a aparecer en el horizonte, señal indiscutible de que iba a amanecer dentro de unos minutos, Izumi e Itachi transitaban pacíficamente por las calles de Seattle, aprovechando que a esa hora de la madrugada no había nadie en la calle que pudiera decir nada, pudiendo deshacerse de las mascarillas y disfrutar del silencio, además apenas y transitaba algún auto mientras cruzaban por la plaza, en su camino al hogar de la Uchiwa. Hasta ahora Itachi ya había considerado a Izumi como una mujer valiente, más que muchos hombres que hubiera conocido, pero ahora también había probado no solo lo bondadosa y voluntariosa que era, sino también temeraria ya que no dudaba en arriesgar su vida por una causa que creía valiosa, ya fuera que se relacionada con ella o no, y eso era algo tan digno de admirar como de regañar, ¿acaso esperaba que él siempre estuviera a su lado para protegerla? el Uchiha lamentaba tener que ser realista, pero no siempre podría hacerlo, pertenecían a épocas diferentes después de todo, no podía estar a su lado en todo momento, además, se suponía que esta época era mucho menos peligrosa que la suya, pero ella le estaba demostrando lo contrario. Por otro lado, y ya fuera consciente de los pensamientos del Uchiha o no, Izumi sonrió para sí misma, sin dejar que nada ni nadie perturbara su felicidad, se sentía plena, había hecho algo muy importante, ya fuera que su estadía en su propio tiempo fuera breve o no, había ayudado a alguien, había compensado no haber visitado a Takeru y su familia en todo este tiempo, y trataría de continuar presente e interesada en ellos en el futuro, en memoria de Mara.
—Sí que eres una mujer temeraria— regaño Itachi, aunque su tono estoico e indiferente no parecía dar a entender que estuviera enojado, —corriste un gran peligro, podrías haber quedado atrapada en el inframundo, y ni siquiera yo podría haber hecho algo para ayudarte— intentó sonar enojado, pero no podía dejar de admirar su valor.
—Lo sé, pero volvería a correr el riesgo si hiciera falta— obvió Izumi despreocupadamente, porque ella era así y no pensaba cambiar.
—¡Izumi!— llamó una infantil voz, sacándolos a ambos de su conversación.
Sorprendida por aquella voz, que era capaz de distinguir con facilidad, dadas todas las interacciones que habían tenido en poco menos de cuarenta y ocho horas, esta vez con Itachi a su lado, Izumi alzó la mirada para encontrarse con Mara, quien apareció frente a ella de la nada, pero esta vez no era la misma niña que era un alma en pena cargada de dolor, angustia y rabia, de hecho se veía absolutamente encantadora, ataviada en un largo vestido color marfil que parecía estar hecho de encaje que replicaba pequeños capullos de flores, con mangas acampanadas hasta los codos, hombros ligeramente caídos, ceñido a su cintura por un fajín, y la falda parecía estar hecha de gasa bajo una capa de encaje, sus largos y rizados cabellos negros caían tras su espalda, peinados por una diadema de tipo cintillo que parecía estar decorada por perlas, igual que la cadena alrededor de su cuello, se veía como toda una princesa y más feliz que nunca, lo que hizo sonreír a Izumi nada más la vio. Aun tratándose de una niña de doce o trece años, pues no aparentaba más, Itachi se mantuvo alerta mientras veía a la pequeña acercarse a Izumi para cerrar la distancia que las separaba, y lo tranquilizo que la wiccan no dudara ni medio segundo en hacer lo mismo, inclinándose ligeramente para estar a la misma altura que la niña, sonriéndole en todo momento, algo que Itachi se vio tentado a imitar, porque por todo el aspecto general de la chica podía intuir que ya no era ningún alma en pena sino el alma de una niña inocente que estaba lista para iniciar su nueva vida en el mundo de los muertos.
—Vine a despedirme, y a darte las gracias por todo— informó Mara con una sonrisa, sintiendo que ella era la última persona a quien debía ver antes de partir.
—De nada— negó Izumi con una sonrisa, —tu vestido es hermoso— apreció, feliz de verla así de encantadora y alegre.
—Gracias, mi mami lo hizo para mí— sonrió la pelinegra, ya que su madre lo había hecho antes de que muriera, pero no lo había terminado hasta hace unos meses atrás. —Tengo que irme, adiós— se despidió envolviendo sus brazos alrededor de Izumi, antes de separarse y correr por la plaza, desapareciendo en un haz de luz.
—Adiós, descansa en paz— deseó la wiccan, siguiéndola con la mirada incluso tras verla desvanecerse.
Izumi sintió las lágrimas en sus ojos, pero no por tristeza sino que por la felicidad, porque ella había estado convencida desde que el principio que Mara no era un alma malvada, sino solo una niña confundida que en el fondo deseaba ayuda para trascender y poder descansar en paz, algo que todo ser inocente merecía poder hace, ahora podría hacerlo, y la alegraba enormemente que fuera así, alzando la mirada hacia el cielo que comenzaba a tornarse de rosa a celeste con el salir del sol en el horizonte, anunciando otro día, cargado de nuevas aventuras. De pie tras Izumi, contemplando atentamente aquella escena, Itachi se dejó paralizar por sus emociones, dejándose llevar por la sorpresa, contemplando la espalda de la mujer más maravillosa que había tenido oportunidad de conocer y cuyo corazón no hacía sino fascinarlo más y más a cada momento, ¿es que su bondad no tenía fin?, el Uchiha sonrió ladinamente, apartando la mirada hacia un punto al azar de las calles vacías, esperando que ella no se diera cuenta de sus pensamientos, avergonzado del agitado latir de su corazón y que cada día parecía convencerse más de que tenía una dueña.
¿Cómo no estar enamorado de Izumi?
PD: Hola, hola, queridos míos, prometí actualizar esta semana y lo cumplo, agradeciendo su apoyo y deseando que cada nueva actualización sea de su agrado :3 les informó que tomaré un descansó la próxima semana, y la siguiente semana regresaré actualizando "Más Que Nada en el Mundo", luego "Kóraka: La Sombra del Cuervo" y por último "Reina de los Vampiros", lo prometo :3 esta historia esta dedicada a mi queridísima amiga Ali-chan 1966 (agradeciendo su asesoría y aprobación, dedicándole cada una de mis historias por su respeto y cariño), a mi querida amiga y lectora DULCECITO311 (a quien dedico y dedicare todas mis historias por seguirme tan devotamente y apoyarme en todo), a carlos29 (agradeciendo sus palabras y poder contar con su aprobación), a "ktdestiny" (agradeciendo su apoyo y dedicándole cada capitulo), a Guest, (agradeciendo sus palabras y aportes, como los de todos), y a todos que siguen, leen o comentan todas mis historias :3 Como siempre, besitos, abrazos y hasta la próxima.
Contexto & Realidad: Mucho del contexto del capitulo están inspirados en mi vida personal, por ejemplo un alma, ente o lo que sea que estuvo presente en mi vida desde los 12 años y que solo desapareció cuando tenía dieciocho, y llego a tornarse violento conmigo, además, jamás me he atrevido a jugar a la Ouija porque soy mas bien respetuosa con el mundo de los muertos, pero si tengo una amiga que sabe de limpiezas y ayudar a trascender un alma, por eso supe desarrollar el capitulo. La relación entre Izumi y su madre también es una referencia a mi relación con mi madre, ya que mi abuela me crio mientras ella trabajaba y solo en los últimos dos años hemos aprendido a ser madre e hija, pero nos relacionamos como grandes amigas y hermanas También el miedo al fuego y las menciones sobre esto es una consecuencia ya que en una broma de secundaria me quemaron el cabello y le tengo pánico al fuego. En la vida real, se considera que los niños también pueden convertirse en almas en pena agresivas que pueden culminar en Poltergeist, y decidí justificar esto con la mitología griega y los dioses gemelos del sueño; Hipnos y Thanatos.
También les recuerdo que además de los fics ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron y que pretendo iniciar pronto), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia"), "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer), "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul") :3 Para los fans del universo de "El Conjuro" ya tengo el reparto de personajes para iniciar la historia "Sasori: La Marioneta", por lo que solo es cuestión de tiempo antes de que publique el prologo de esta historia. También iniciare una nueva saga llamada "El Imperio de Cristal"-por muy infantil que suene-basada en los personajes de la Princesa Cadence y Shining Armor, como adaptación :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3
