Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 6

Durante un único momento me encuentro suspendido en el tiempo. No puedo respirar, no puedo hablar; no puedo pensar. Estoy completamente incapacitado debido a la sorpresa.

¿Estaba a punto de decir mi nombre?

Ella permanece inmóvil sobre el frio concreto a menos de diez pies de distancia de mí, y verla tan vulnerable es suficiente para regresarme la coherencia el tiempo suficiente para componer mis pensamientos y entrar en acción. Meto mis alas y después de arrancarle una chaqueta a uno de los salvajes que acabo de asesinar, me la echo sobre el torso desnudo. Luego me agacho para cargar con gentileza su pequeño e inconsciente cuerpo en mis brazos. Es sorprendentemente ligera y cálida, y por un momento casi me sobrepasa el significado de esto. Pero tengo que mantener la cabeza despejada. Tengo cuatro cuerpos humanos de los cuales encargarme antes de que los descubran.

La cargo apresuradamente de regreso a la tienda de conveniencia, explicándole a la cajera que la vi desmayarse. Ella no parece estar herida y está vestida por completo, así que no hay sospechas respecto a mí. Los pensamientos de la cajera están consumidos únicamente por el bienestar de esta pequeña chica humana a quién recuesto cuidadosamente en el suelo detrás del mostrador.

—Muchísimas gracias, jovencito —me dice la mujer de mediana edad, arrodillándose junto a Isabella – que está comenzando a despertar – antes de poner un trapo húmedo en su frente—. Me encargaré de que regrese a casa. Sé dónde vive.

Asiento, mi mirada se queda pegada a mi humana. Mi cuerpo de piel se siente recargado por la sensación y el toque de ella en mis brazos, y detesto tener que dejarla. De hecho, estoy batallando con apartar mi mirada de ella para poder darme la vuelta y salir de nuevo a la calle.

Verla a través de los ojos del demonio es una cosa, verla con los míos es completamente otra.

Es tan encantadora que no parece haber palabras humanas lo suficientemente adecuadas para expresarlo. De hecho, su belleza es tan sublime que casi parece ser un ángel envuelto en carne. Tiene una delicada piel de porcelana, y unos gruesos labios rojos que están ligeramente abiertos, y en un momento de impulso humano el deseo de juntar mis labios con los suyos casi me supera. Y la cajera se da cuenta de eso.

Me mira durante un latido o dos, mirándome apropiadamente por primera vez. Abre los ojos como platos y parece casi asustada antes de enderezar la espalda.

—Puedo cuidarla a partir de aquí. ¿Cuál es tu nombre, chico?

Aunque lo que realmente se pregunta es qué edad tengo.

—E-Edward —tartamudeo mi nombre humano, apartando mi mirada de la suya para ver de nuevo la figura de Isabella que gime suavemente—. Edward Masen. —Uso el apellido de mi última vida; algo que hago muchas veces luego de desaparecer.

—¿Conoces a Bella —¿Bella?—, Edward? —pregunta amablemente; aunque sus pensamientos me aseguran que más que nada siente curiosidad por mí. Se pregunta sobre mis ojos y si es que uso lentes de contacto.

—Erm, no. Quiero decir, seguido la veo caminando por la aldea —tartamudeo mi respuesta, sintiéndome de repente incómodo e inseguro de mí antes arrastrar la mirada a la entrada; recordándome que tengo un asunto que necesito atender con urgencia. Y antes de poder convencerme de lo contrario, me salgo de la tienda, empujando abruptamente las puertas de la entrada al salir hasta que estoy parado en medio de la calle tomando bocanadas de aire para mis comprimidos pulmones.

Estoy temblando, literalmente temblando por completo, pero no sé cómo detenerme. Me siento superado por una multitud de emociones; emociones que no sabía que existían como humano. Siento que mi pecho podría explotar literalmente, y eso es aparte de la urgencia de simplemente tirarme de rodillas y comenzar a sollozar. Me sobrepasa durante un momento demasiado largo, hasta que me obligo a componerme y redirigir mis pensamientos. Dos chicos adolescentes se están acercando desde el otro lado de la calle, hablando casualmente entre ellos. Están a punto de pasar el callejón donde todavía están los cuerpos de las cuatro almas destinadas al infierno.

Dense la vuelta y regresen por donde vinieron, pongo el pensamiento en sus mentes, luego los veo obedecer ciegamente; me dan la espalda y desaparecen por la esquina como si no hubiera nada raro al respecto.

Para cuando regreso al callejón el quinto Satanista, a quien dejé vivir, ya no está. Rápidamente escaneo las mentes de los humanos que están cerca, concluyendo que no corrió gritando hacia los lugareños sobre lo que había presenciado, antes concentrar mi atención una vez más dentro de la tienda de la esquina. Y una vez más sólo puedo escuchar una sola voz mental.

A través de la mente de la cajera puedo ver que Isabella ha recuperado la consciencia. Está bebiendo un vaso de agua en una silla que la mujer le dio, y tan sólo por su expresión puedo suponer sus pensamientos. Parece agitada y perturbada, pero también hay algo de emoción en su mirada. Le está explicando a la cajera que se sintió abrumada por un momento de mareo, y me encuentro sorprendido por su acento inglés. Aunque no sé por qué, considerando que ha vivido toda su vida en esta aldea.

—¿Crees que podrías estar… embarazara, querida? —le pregunta la cajera, aunque con mucho tacto, y automáticamente me pongo rígido, sintiendo mis músculos tensarse y endurecerse. Pero antes de poder reaccionar peor al respecto, Isabella se ríe ligeramente.

—No sin un milagro —es su respuesta, algo que hace que una sonrisa involuntaria aparezca en mi cara—. Creo que ya estoy bien para caminar de vuelta a casa —asegura repentinamente, y es mi señal para abandonar el área.

Respirando profundamente, enfrento la inevitable tortura de liberar mis alas por tercera vez en una hora, levanto los cuatro cuerpos del piso, dos sobre cada hombro, y me impulso hacia el cielo. Tiro los cuerpos muy al centro del Mar Céltico, y para cuando regreso a la pequeña aldea inglesa que alberga a mi humana, ya está oscuro.

Aterrizando en el techo del convento, inmediatamente me filtro en los pensamientos de aquellos que están dentro. Isabella está bien y las hermanas no están muy preocupadas por ella. Su historia es convincente y están creyendo en su palabra de que no sucedió nada nefasto. Llaman al médico de cabecera y la teoría es una caída momentánea de presión sanguínea debido al calor o a una posible deshidratación.

Dentro del convento ella está a salvo, así que aprovecho la oportunidad para revisar el perímetro de la ciudad en búsqueda de demonios. No hay ninguno que pueda detectar; Ezekeel los mantuvo lejos mientras codiciaba a Isabella, así que la noticia de que está muerto no ha llegado a nadie todavía en los barrios vecinos. No tardarán mucho en enterarse y estoy seguro que uno de los cuatro demonios restantes tomará el cargo. No puedo descansar hasta haber cazado a cada una de esas bestias, pero lo primordial en este momento es Isabella. Tengo que encontrarme con ella, tengo que conocerla, ella me ha visto; me ha visto en la personificación de lo gloria híbrida.

No hay forma de dar marcha atrás.

Sólo puedo tener la esperanza de que ella se convenza sola de que lo imaginó todo, y algo que la cajera había estado musitando me da una idea. Mis ojos serán inmediatamente reconocibles, pero si los disfrazo…

La mañana siguiente voy en busca de un optometrista y pido que me adapten un par de lentes de contacto cafés. Por regla no suelo necesitar dinero; fácilmente puedo convencer a los humanos que me den lo que necesito. A menos de que sea algo caro, como un carro, por ejemplo. No puedo conciliar el hecho de que puedan despedirlos, o peor que los envíen a la cárcel, por mis necesidades materiales, así que en ciertas ocasiones sí necesito algún tipo de moneda.

Cuando estaba en Australia apliqué para una tarjeta de crédito con límite de cien mil. Metí una solicitud en línea con una multitud de documentos falsificados, y cuando me reuní con el correspondiente gerente de prestamos en el banco, simplemente lo convencí de aprobarlo. Claro que bajo el nombre de Edward Masen, ya que Edward Cullen estaba a punto de desaparecer. No tengo reservas con robarle a los bancos ya que la mayoría le pertenecen y son administrados por las almas perdidas de los caídos. Son presas fáciles; su codicia se convierte rápidamente en su perdición.

En el pasado, para cuando mis alas salían, me retiraba del mundo de los humanos y me convertía en un recluso; por lo tanto, tenía muy poca necesidad de bienes materiales. Pero justo ahora, con sólo un par de desgastados jeans y un par de zapatos igualmente viejos – y una chaqueta verde robada – en mi posesión, necesito encargarme de eso y hacer un esfuerzo por mezclarme de nuevo con los humanos.

Para el comienzo de la tarde ya he comprado varios conjuntos de ropa nuevos, me corté el cabello y apliqué para pedir una credencial de la librería. Entonces, con un libro recientemente prestado bajo mi brazo, me dirijo al parque. Llego una hora antes que la visita usual de Isabella, y me siento en la banca que ella ocupa. Estoy demasiado ansioso, necesito calmarme, y no hay nada más calmante que las mentes de los niños. Su inocencia y tendencia a ser completamente arbitrarios al mismo tiempo los vuelve interesantes. Me siento con la mirada concentrada en el libro abierto en mi mano y escucho a media docena de ellos correr a toda velocidad alrededor de los juegos del parque. Sus pensamientos están corriendo con todo desde próximos cumpleaños, dulces, juguetes y superhéroes de Marvel, hasta sus miedos por el tipo de verduras que sus padres podrían prepararles para cenar. Estoy tan inesperadamente inmerso en eso que cuando Isabella repentinamente se sienta a mi lado me sorprende tanto que casi pego un salto de la banca.

Estoy acostumbrado a ubicar a las personas por sus mentes, y esta es la segunda vez que ella me atrapa sin estar preparado.

—Oh, lo siento. No pretendía asustarte —comenta amablemente antes de abrir su libro y acomodarlo en su regazo.

Noto que en realidad no me ha mirado aun, y me pregunto si es tímida.

—Fue mi culpa. Estaba soñando despierto —murmuro, obligando a mi corazón que se estabilice antes de atreverme a mirar lo que está leyendo.

Grandes Esperanzas.

Lo miro durante el momento más largo del mundo, intentando reunir el valor para hablarle, sólo que me doy cuenta que no tengo idea de cómo iniciar una conversación. Nunca he sentido mucho interés por hablar con humanos, al menos no más de lo que es absolutamente necesario. De hecho, pase la mayor parte de mis cuatro milenios de vidas evitándolos, evitando las frívolas conexiones humanas, y en este momento me encuentro muy fuera de mi elemento.

Siendo consciente de mi inapropiado nivel de observación, ella detiene su lectura y gira su mirada directamente hacia mí. De inmediato, algo destella en sus ojos antes de tensarse visiblemente y contenerse.

Mi corazón se aflige; ella me reconoció.

—Yo-te…. ¿te conozco? —eventualmente tartamudea la pregunta ante mí mientras su rostro se sonroja ligeramente.

Abro la boca para responder, pero me siento mortificado durante un horrible momento cuando descubro que no sé qué decir.

—No —añado rápidamente en cuanto mi cerebro se vuelve lúcido de nuevo, antes de ofrecer un poco de consuelo—. No, quiero decir, y-yo me acabo de mudar aquí.

—Oh —es todo lo que dice con los ojos pegados a mi cara. Es muy evidente que está evaluando cada centímetro de ella y de repente me vuelve loco no saber qué tipo de conclusión está generando. ¿Me reconoce? ¿Sabe lo que soy? ¿Me encuentra físicamente atractivo?—. Eres americano —lo dice casi como un pensamiento de pasada, y por un momento me siento confundido.

—¿Disculpa? Oh, sí. Lo soy.

Sonríe y mi corazón se detiene, luego me ofrece su mano.

—Soy Bella.

La tomó brevemente y con precaución, poniendo todo mi esfuerzo en prevenir que mi mano tiemble.

—Gusto en conocerte, Bella —mi voz se suaviza automáticamente al decir su nombre—. Soy Edward.

Parece inimaginable poder tocarla; y sin embargo me siento decepcionado al descubrir que no hay energía pasando entre nosotros. No hay magnetismo; nada que explicaría los sentimentales clichés a los que los humanos se aferran. Clichés a los que me he aferrado todos estos siglos.

Después de todo, esperaba fuegos artificiales. No… normalidad.

Esta es la chica que causó mi expulsión del Cielo, y sin embargo su mano no es ni más ni menos cálida o frágil que la de los humanos promedio a los que he tocado intencional o inintencionalmente. Como híbrido, sigo siendo incapaz de leerle la mente, así que tal vez no sólo es su mente la que está cerrada para mí ahora.

Intento recordar cómo se sentía tocarla cuando era su guardián, pero no estoy seguro de que sean recuerdos en los que puedo confiar, o con los que pueda hacer comparaciones. Como un juego de teléfono descompuesto desarrollado a lo largo del tiempo, mi percepción de ello se ha disipado. Ya no estoy seguro de qué es real o qué es una ilusión.

—Edward —repite suavemente luego de una larga pausa – como si lo estuviera contemplando – sacándome de mis preocupaciones. Alzando los ojos, me encuentro con su mirada; otra vez me está analizando—. La Sra. Belmont dijo que un chico alto llamado Edward me llevó cargando a su tienda, pero sus ojos eran… de un color diferente…

Vacilo, gimiendo internamente. No había anticipado que la cajera le diera una descripción de mí, pero debí hacerlo. Mis ojos son muy característicos; usualmente son lo que las personas notan primero y lo que más recuerdan de mí. Isabella los había visto directamente en la salida del callejón el tiempo suficiente que sabía que, si me veía de nuevo, si veía mis ojos, me identificaría de inmediato como el ángel híbrido que se había encontrado.

—Te cargué a la tienda —admito de la forma más casual que pude—, y este es mi color de ojos. —Detesto mentirle, pero todavía no estoy seguro de que exponerme de inmediato ante ella sea el mejor plan de acción. No quiero que se desmaye de nuevo. O que atraiga la atención hacia nosotros.

Ella parece considerarlo antes de que una breve sonrisa llene de calidez su expresión.

—Pues gracias, Edward. —Aunque, a pesar de su sonrisa, una medida de incertidumbre permanece en su cara. No está convencida.

—Fue un placer —murmuro, evitando su mirada; sus ojos son profundos e inescrutables, y contienen muy pocas pistas hacia su mente.

Regresa la atención a su libro, y lee sin detenerse durante varios minutos, luego es momento de que sea yo quien interrumpa su concentración.

—Espero que te sientas mejor. —Mi voz suena demasiado suave; demasiado llena de inseguridad.

—Sí, estoy bien —responde simplemente, incluso cuando un ligero ceño fruncido arruga su frente contradiciéndola.

—¿Te cala mucho el sol? —me atrevo a decir mientras mi pulso se acelera en anticipación a su respuesta.

Sonríe, sacudiendo la cabeza con el movimiento más ligero del mundo.

—Algo así.

Esta incómoda charla banal me está atormentando. De hecho, hablar con ella en general parece ser una situación imposible, así que dejo de molestarla y regreso a mis atormentados pensamientos. Ella parece abierta a mí, pero el hecho de que estoy completamente ciego tratándose de ella hace que me cuestione todo, incluso mis propios sentidos.

—¿Te vas a quedar aquí de forma permanente o vienes de visita? —de repente rompe el momentáneo silencio, sorprendiéndome una vez más, y justo cuando me estaba convenciendo de que la estaba haciendo sentir incómoda.

Me giro hacia ella, abriendo la boca para responder, pero la manera en que me mira me hace que me detenga. Definitivamente me está examinando.

Sólo alza una ceja, un recordatorio evidente de su pregunta, y estoy empezando a sentirme como un tonto.

—Me voy a quedar, por ahora —respondo, ofreciéndole una incómoda sonrisa.

Ella asiente y una vez más regresa la atención a su libro. Sus mejillas están ligeramente sonrojadas, y mientras lee se la mantiene atrapando su labio inferior entre sus dientes para después soltarlo, haciendo esto una y otra vez. Es la única pista hacia lo que está considerando su silenciosa mente y es exasperante.

Quiero preguntarle qué está pensando, pero no estoy seguro de qué tan inestable me haría parecer esa pregunta. Supongo que mucho, y no quiero asustarla. Siempre he sido considerado raro a través de cada vida que he vivido. "Un rarito" para usar su terminología, y hasta este mismo momento nunca me ha molestado. Pero la idea de que Isabella piense que soy extraño de repente me pone ansioso.

Aunque no hay forma de evitarlo. Estoy genuinamente perdido sobre cómo involucrarme con ella, y mentalmente me regaño una vez más por no prestar atención a cómo interactúan los humanos entre ellos. Sólo estoy familiarizado con cómo mis padres se comportan entre ellos. Muchas veces mi padre agarraba la mano de su esposa y se la llevaba a los labios, o a veces le acomodaba un mechón de cabello detrás del hombro; sus ojos expresaban lo que no decía físicamente.

Entiendo a los humanos más en un nivel molecular que en uno emocional, pero estoy lo suficiente informado para saber que las muestras de cariño de mis padres no son exactamente típicas entre cómo se comporta la gente de la edad de Isabella hoy en día.

—¿Qué estás leyendo? —pregunta de repente, una vez más sacándome de mi oprimente frustración.

—Uh… —rápidamente volteo el libro, revelando su portada. Es un libro no ficción sobre la segunda guerra mundial. Parecía ser un tema ordinario en el que se interesaría un hombre de veintiún años, porque si hubiera ido tras lo que conocía habría elegido algo sobre teólogos del siglo 12.

—¿Te interesa la segunda guerra mundial? —pregunta.

Medio asiento, medio me encojo de hombros en una afirmación sin entusiasmo. En mi última vida, nací el año en que terminó; donde me conocían como Paul Masen, y mi vida anterior a esa acababa de morir justo después de las invasiones de Normandía. Cuando fui Youssef Abboud, de Egipto.

Algo que casi le confieso inadvertidamente.

—¿Qué ibas a decir? —me persuade luego de que me detuve a media silaba.

—Uh, mi tío abuelo fue un correspondiente de la guerra… en Europa, durante… eso —miento descaradamente sabiendo que no suena para nada convincente.

Me sonríe de nuevo, alzando la ceja escépticamente. Está viendo a través de mi mentira.

Apartándome de ella, dejo caer la frente en mi palma, masajeando fuertemente mi ceño con la punta de mis dedos y sintiéndome increíblemente desalentado conmigo mismo.

A mi lado, Isabella bufa suavemente como si estuviera encontrando una diversión secreta en mí, y cuando me giro de frente a ella, esta vez por completo, su sonrisa crece más.

—Empiezo a creer que te pongo nervioso, Edward —comenta abiertamente, y me gusta la forma en que pronuncia mi nombre humano.

—Así es —concedo, exhalando con resignación.

—¿En serio? —alza la ceja dudosa.

—Todos los ingleses me hacen sentir así, quiero decir —añado rápidamente—. Son los nombres raros que tienen para ciertas cosas, y su sentido del humor…

Se ríe suavemente esta vez.

—¿Creerías que mis padres eran americanos?

Pauso, distrayéndome al considerarlo. La idea ni siquiera se me había ocurrido.

Apartando su atención de mí, Isabella mira sobre su hombro, y cuando se vuelve a voltear, su expresión está nublada con una evidente irritación.

—Jesucristo, no pueden darme ni cinco malditos minutos para mí —murmura por lo bajo y justo entonces siento que me impulsan físicamente hacia enfrente por el sacrilegio tras esas palabras.


Uh-oh, recordemos que las alas de Edward salen cuando alguien maldice o usa el nombre de Dios en vano frente a él, y es una reacción que no puede controlar. Veamos ahora cómo le hace para salirse de esta.

Mil gracias por sus comentarios, no olviden decirme qué les pareció el capítulo ;)