Este Fic es una adaptación de la novela "El Ángel caído" de Nalini Singh la cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 9

Rukia gritó... y aterrizó con fuerza sobre su trasero y apoyó las manos sobre la
superficie rugosa de unas baldosas muy caras.
—Pufff... —Tras maldecirse para sus adentros por haber proferido aquella
amarga exclamación de sorpresa, se sentó en el suelo e intentó recuperar el
aliento.
Ichigo estaba de pie a su lado, como una visión sacada del cielo y el infierno.
De ambos lugares. A la vez. En aquel momento comprendió por qué los ancestros
de la humanidad habían considerado a los de su especie los guardianes de los
dioses, aunque no tenía claro que ese no fuese un demonio.
—Esto no es el Gremio —consiguió decir después de un buen rato.
—Decidí que hablaríamos aquí. —Le tendió la mano.
Rukia la ignoró y se puso en pie sin ayuda, aunque logró a duras penas resistir
la tentación de frotarse la parte baja de la espalda, que le dolía muchísimo.
—¿Siempre sueltas a tus pasajeros de esa forma? —murmuró—. No es muy
elegante.
—Eres la primera humana a la que he llevado en brazos en muchos siglos —
replicó. Sus ojos azules parecían casi negros en la oscuridad—. Había olvidado lo
frágiles que sois. Te sangra la cara.
—¿Qué? —Alzó la mano hasta un punto de la mejilla que le escocía. El corte
era tan minúsculo que apenas lo notaba—. ¿Cómo me he cortado?
—El viento, tu cabello. —Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el
recinto acristalado—. Límpiatela, a menos que quieras ofrecerles un tentempié a
los vampiros de la Torre.
Se frotó la herida con la manga y luego apretó los puños con fuerza mientras
clavaba una mirada asesina a la espalda que se alejaba.
—Si crees que voy a seguirte como un perrito...
Ichigo echó un vistazo por encima del hombro.
—Podría hacer que te arrastraras, Rukia. —No había ni el menor rastro de
humanidad en su rostro, nada salvo el brillo de un poder tan enorme que Rukia
deseó poder protegerse los ojos. Le costó un verdadero esfuerzo no dar un paso
atrás—. ¿De verdad quieres que te obligue a postrarte ante mí?
En aquel instante, supo que Rafael estaba dispuesto a hacer justo eso. Algo de lo que había dicho o hecho había llevado al arcángel más allá de sus límites. Si
quería sobrevivir con el alma intacta, tendría que tragarse el orgullo... o él se lo
destrozaría. La sola idea le abrasó la garganta antes de afirmarse con la solidez
de una roca en su estómago.
—No —respondió, a sabiendas de que si alguna vez tenía la oportunidad, le
clavaría un cuchillo en la garganta por haber pisado su orgullo de aquella
manera.
Ichigo la contempló durante varios minutos, una exploración fría que
convirtió en hielo la sangre de Rukia. A su alrededor brillaban millones de luces
de la ciudad, pero sobre aquella azotea solo había oscuridad... a excepción del
resplandor que emanaba de él. Había oído a la gente cuchichear sobre aquel
fenómeno, pero jamás había llegado a presenciarlo... porque cuando un ángel
brillaba, se convertía en un ser con poder absoluto, un poder que por lo general
estaba destinado a matar o a destruir. Un ángel solo resplandecía cuando estaba a
punto de hacerle pedazos a alguien.
Rukia le devolvió la mirada, reacia a rendirse... o más bien incapaz de
hacerlo. Había cedido tanto como podía. Si la cosa continuaba así, lo mismo daría
arrodillarse.
Ponte de rodillas y suplica. Tal vez entonces reconsidere la idea.
No lo había hecho entonces. Y no lo haría ahora. Sin importar el precio que
tuviera que pagar.
Justo en el momento en que creyó que todo había acabado, Ichigo se dio la
vuelta y continuó su camino hacia el ascensor. El resplandor se apagó en un abrir
y cerrar de ojos. Ella lo siguió, muy consciente del sudor que corría por su
espalda y del intenso sabor del miedo que le llenaba la boca. Sin embargo, por
dentro hervía de furia.
Ichigo, el arcángel, se había convertido en el ser al que más odiaba del
universo.
Mantuvo la puerta abierta para ella. Rukia pasó a su lado sin mediar palabra.
Y cuando él se situó a su lado y le rozó la espalda con las alas, se puso rígida y
clavó la mirada en las puertas del ascensor. El elevador llegó segundos después, y
ella entró. Lo mismo hizo Ichigo, cuya esencia era como papel de lija para sus
sentidos innatos de cazadora.
La mano con la que manejaba los cuchillos ansiaba apretar una hoja afilada.
Era una necesidad casi dolorosa. Sabía que la sensación fría del acero la
centraría, pero esa sensación de seguridad sería una ilusión, una que la pondría en
un peligro aún mayor.
« Podría hacer que te arrastraras, Rukia.»
Apretó los dientes con tanta fuerza que su mandíbula protestó. Cuando las
puertas del ascensor se abrieron de nuevo, salió con rápidas zancadas sin esperar
a Ichigo. Aunque se detuvo de repente. Si aquel lugar se consideraba apropiado para asuntos de negocios, estaba claro que la decoración empresarial había
cambiado. La alfombra tenía un lujurioso tono negro, al igual que las lustrosas
paredes. Los únicos muebles que había a la vista (un par de pequeñas mesas
auxiliares) estaban fabricados también en aquel tono rico y exótico.
Irradiaban colores ocultos, posibilidades.
Las rosas rojas como la sangre (colocadas en jarrones de cristal que estaban
situados sobre las mesitas auxiliares) proporcionaban un intenso contraste. Y lo
mismo podía decirse del enorme cuadro rectangular que había colgado en una de
las paredes. Rukia se acercó a él, embelesada. Un millar de tonos de rojo en
furiosas pinceladas que parecían seguir alguna extraña lógica y que mostraban
una sensualidad que hablaba de sangre y muerte.
Sintió los dedos de Ichigo sobre el hombro.
—Grimmjow tiene mucho talento.
—No me toques. —Las palabras brotaron de sus labios como dagas de hielo
—. ¿Dónde estamos? —Se volvió para mirarlo y reprimió el impulso de sacar
una de sus armas.
Las llamas que relampaguearon en los ojos del arcángel no eran de
furia.
—En la planta de los vampiros. Ellos utilizan este lugar para... bueno, y a lo
verás.
—¿Por qué tengo que verlo? Sé todo lo que hay que saber sobre los vampiros.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Ichigo.
—En ese caso, no te sorprenderás. —Le ofreció su brazo, pero ella se negó a
aceptarlo. Aun así, su sonrisa no vaciló ni un instante—. Cuánta rebeldía... ¿De
quién la heredaste? Es evidente que no fue de tus padres.
—Una palabra más sobre mis padres y me dará igual que me conviertas en
un millón de jodidos pedazos —dijo con los dientes apretados—. Te arrancaré el
corazón y se lo serviré a los perros callejeros como cena.
Ichigo enarcó una ceja.
—¿Estás segura de que tengo corazón? —Y tras eso, empezó a avanzar por el
pasillo.
Puesto que no quería ir por detrás de él, Rukia apresuró el paso para poder
caminar a su lado.
—Supongo que tendrás un corazón físico —dijo—. ¿Corazón,
emocionalmente hablando? Ni de coña.
—¿Qué hace falta para que te mueras de miedo? —preguntó él, y parecía
sentir verdadera curiosidad.
Una vez más, Rukia tuvo la sensación de que se había deslizado sobre la
finísima capa de hielo que la separaba del peligro y había logrado salir con vida.
Pero había estado cerca. Se preguntó si Ichigo se mostraría tan compasivo con
ella cuando terminara el trabaj no le resultara útil. No iba a quedarse a su lado para descubrirlo.
—Nací cazadora —dijo mientras se hacía la promesa mental de encontrar
una vía de escape. Siberia sonaba bien—. No mucha gente sabe lo que eso
significa, las consecuencias inevitables que tiene.
—Cuéntamelo. —Empujó una puerta de cristal y esperó a que ella pasara
antes de cerrarla—. ¿Cuándo te diste cuenta de que poseías la capacidad de
rastrear la esencia de los vampiros?
—No me di cuenta. —Encogió los hombros—. Siempre he podido hacerlo.
No fue hasta los cinco años cuando comprendí que eso era algo diferente,
anormal. —La palabra que empleaba su padre salió de su boca sin más. Rukia
notó un sabor amargo—. Pensaba que todo el mundo podía hacerlo.
—Igual que un ángel joven cree que todo el mundo puede volar.
La curiosidad fue más fuerte que la furia.
—Sí. —Así que había niños ángeles... Pero ¿dónde?—. Supe que nuestro
vecino era un vampiro mucho antes que los demás. Percibí su esencia un día por
accidente. —Aún se sentía mal por eso, aunque en aquella época no era más que
una niña—. Intentaba hacerse pasar por humano.
El rostro de Ichigo adquirió una expresión de disgusto.
—Lo mejor habría sido que le hubiera cedido la oportunidad a otra persona.
¿Por qué aceptar el don de la inmortalidad si deseas ser humano?
—En eso estoy de acuerdo. —Se encogió de hombros—. El señor Benson se
vio obligado a mudarse después del escándalo que formaron los vecinos.
—Parece que el lugar donde pasaste tu infancia no era muy tolerante.
—No. —Y su padre estaba al frente de los intolerantes. Cuánto lo había
humillado que su hija fuera también un monstruo—. Unos años más tarde,
percibí a Kugo Ginjo mientras recorría el país asesinando a la gente. —Se le
heló la sangre, alarmada por el horrible secreto que la conectaba a aquel
nombre.
—Uno de nuestros escasos errores.
En realidad no fue un error, pensó ella, no si el asesino era una persona
normal antes de Convertirse. Pero no podía decir aquello sin traicionar a Miyako.
—Estoy acostumbrada al miedo, ¿sabes? Crecí sabiendo que el hombre del
saco estaba ahí fuera.
—Me mientes, Rukia. —Se detuvo frente a una sólida puerta negra—. Pero lo
dejaré pasar. Pronto me dirás el verdadero motivo por el que bailas con la
muerte tan alegremente.
Rukia se preguntó si el arcángel tendría el nombre de Tatsuki y de Kukaku en
sus archivos, si conocía la tragedia que había destruido a su madre y había
convertido a su padre en un desconocido.
—Ya sabes lo que se dice sobre ser demasiado confiado...
—Exacto. —Hizo un breve asentimiento con la cabeza—. Esta noche te mostraré por qué aquellos a los que llamas « zorras» desean a los vampiros
como amantes.
—Nada de lo que puedas hacer o decir me hará cambiar de opinión. —
Frunció el ceño—. No se diferencian en nada de los drogadictos.
—Cuánta obstinación... —murmuró él antes de empujar la puerta.
Se oían susurros, risas, el tintineo del cristal. Sonidos que fluían como una
invitación. Los ojos de Ichigo la desafiaron a entrar. Y como era estúpida, aceptó
el desafío y (tras sacar la daga de la funda que llevaba en el brazo) se adentró en
la estancia pensando en el arcángel que iba tras ella, en la vulnerabilidad de su
espalda... Hasta que se quedó boquiabierta por la impresión.
Los vampiros celebraban un cóctel.
Rukia parpadeó con incredulidad mientras se fijaba en la iluminación tenue y
romántica, en los mullidos sofás, en los entremeses acompañados de elegantes
copas de champán. Estaba claro que la comida era para los invitados humanos,
hombres y mujeres, que charlaban y flirteaban con sus anfitriones vampiros. Las
chaquetas de gala encajaban a la perfección sobre hombros ágiles y musculosos;
había vestidos de fiesta de todos los tipos (desde largos y ceñidos hasta cortos y
sexis), y los colores predominantes eran el negro y el rojo, aunque de vez en
cuando se apreciaba un atrevido despliegue de blanco.
Las conversaciones se detuvieron en el momento en que la gente la vio. No
obstante, cuando posaron sus ojos en la figura que había tras ella, casi pudo oírse
un suspiro colectivo de alivio: la cazadora estaba bajo la vigilancia del arcángel.
Tras aplacar el impulso infantil de demostrarles que no era así, Rukia volvió a
guardar la daga en su funda con discreción.
Y menos mal, porque un vampiro se acercó a ella con una copa de vino en la
mano. Al menos esperaba que fuera vino, y a que el líquido oscuro y rojo podría
haber sido sangre.
—Hola, Rukia. —Las palabras fueron pronunciadas con una voz hermosa y
profunda, pero era el acento lo que resultaba verdaderamente embriagador: rico,
siniestro y sensual.
—El vampiro de la puerta —susurró ella con voz ronca. Solo cuando chocó
contra el cuerpo cálido de Ichigo se dio cuenta de que había retrocedido ante la
desgarradora belleza de aquella caricia invisible que era su voz.
—Me llamo Grimmjow. —El tipo sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos
y brillantes, sin colmillos a la vista. Un vampiro viejo y experimentado—. Ven,
baila conmigo.
El calor se deslizó entre sus piernas, una reacción involuntaria a la esencia de
Grimmjow, una esencia que contenía un atractivo muy especial (y muy erótico) para
una cazadora nata.
—Para y a, o te juro que te convertiré en un eunuco.
Él bajó la mirada para contemplar la daga que se apretaba contra la cremallera de sus pantalones. Cuando alzó la cabeza de nuevo, su expresión tenía
un matiz algo más que molesto.
—Si no has venido a jugar, ¿por qué estás aquí? —La esencia se había
disipado, como si la hubiera encerrado en su interior—. Este es un lugar seguro,
solo para divertirse. Llévate tus armas a otro sitio.
Ruborizada, Rukia apartó la daga. Era obvio que había metido la pata.
—Ichigo...
El arcángel apretó la mano sobre la parte superior de su brazo.
—Rukia está aquí para aprender. No entiende la fascinación que causáis en
los humanos.
Grimmjow enarcó una ceja.
—A mí me encantaría enseñársela.
—Esta noche no, Grimmjow.
—Como desees, señor. —Tras realizar una breve inclinación de cabeza, Grimmjow
se alejó... pero solo después de dejar una envolvente ráfaga de su esencia como
mazazo de despedida.
Su lenta sonrisa demostraba que había percibido la respuesta de Rukia, que
sabía que le habían flaqueado las rodillas. Sin embargo, el efecto empezó a
desvanecerse con cada paso que se alejaba, hasta que ella dejó de anhelar el
dolor sensual de su contacto: la esencia de Grimmjow era una herramienta de control
mental tan efectiva como las habilidades de Ichigo. No obstante, por primera vez
comenzó a entender por qué algunos cazadores se sentían atraídos a nivel sexual
(o incluso romántico) por las criaturas a las que perseguían.
Por supuesto, ellos no cazaban a los tipos como Grimmjow.
—Es lo bastante viejo para haber pagado la deuda de cien años varias veces.
—Por no mencionar su considerable poder; jamás había conocido a un vampiro
con semejante magnetismo—. ¿Por qué permanece a tu lado?
La mano de Ichigo era como un hierro al rojo sobre su brazo, y le abrasaba
la piel incluso con el tejido de la camisa de por medio.
—Necesita desafíos constantes. Trabajar para mí le da la oportunidad de
satisfacer sus necesidades.
—En más de un sentido —murmuró ella, que observaba cómo Grimmjow se
acercaba a una pequeña rubia llena de curvas y le colocaba la mano sobre la
cintura. La mujer alzó la vista, fascinada. No era de extrañar, y a que Grimmjow
poseía una belleza de ensueño: cabello sedoso y negro, ojos muy oscuros y una
piel que hablaba del Mediterráneo, y no de los fríos climas eslavos.
—No soy un proxeneta. —Era evidente que a Ichigo le había hecho gracia—.
Los vampiros que se encuentran en esta estancia no precisan semejantes
servicios. Mira a tu alrededor. ¿A quiénes ves?
Rukia frunció el ceño, a punto de soltar una réplica cortante. Pero abrió los
ojos de repente y observo a modelos y actores reconocidos.
Rukia continuó inspeccionando la estancia, atónita. Pudo ver a un apuesto
presentador de telediarios, tumbado en un sofá con una vampira pelirroja
impresionante. A su izquierda estaba sentada una poderosa pareja neoyorquina,
accionista mayoritaria en una de las compañías que aparecían en Fortune 500.
Gente guapa. Gente inteligente.
—¿Están aquí por voluntad propia? —Conocía la respuesta. No había ninguna
señal de desesperación en los ojos que le devolvían la mirada, ningún indicio de
que les hubieran robado la voluntad. En lugar de eso, el coqueteo, la diversión y
el sexo llenaban el ambiente. El sexo sobre todo. La lánguida calidez de la
sensualidad impregnaba hasta las paredes.
—¿Lo sientes, Rukia? —Ichigo colocó la mano libre sobre su otro hombro, la
atrajo hacia su pecho y le rozó la oreja con los labios cuando se inclinó para
susurrarle—: Esta es la droga que anhelan. Esta es su adicción. El placer.
—No es lo mismo —dijo ella, que se mantuvo en sus trece—. Las zorras de
vampiros no son más que fanáticas.
—Lo único que las diferencia de este grupo son la riqueza y la belleza.
A Rukia le dolió darse cuenta de que él tenía razón.
—Vale, lo retiro. Los vampiros y sus fans son gente sana y agradable. —No
podía creer lo que estaba viendo: el presentador de telediarios había deslizado la
mano por la abertura de la falda de su compañera, ajeno a todo lo demás.
Ichigo rió entre dientes.
—No, no son agradables. Pero tampoco son diabólicos.
—Yo nunca he dicho que lo fueran —replicó ella, que no dejaba de observar
el increíble placer que mostraba el rostro del presentador mientras acariciaba la
piel pálida de la pelirroja—. Sé que solo son personas. Lo que quiero decir es
que... —Tragó saliva al oír el gemido de otra de las mujeres, que tenía la boca de
su compañero vampiro a un centímetro escaso del lugar donde latía el pulso en su
garganta: un cálido susurro que prometía éxtasis.
—¿Qué es lo que quieres decir? —Ichigo deslizó la boca sobre su cuello.
Rukia dio un respingo y se preguntó cómo demonios había acabado en los
brazos de un arcángel... de una criatura a la que había planeado clavarle un
cuchillo en el corazón.
—No me gusta la forma en que los vampiros utilizan sus habilidades para
esclavizar a los humanos.
—Pero ¿y si los humanos desean ser esclavizados? ¿Ves a alguien que se queje?
No. Lo único que veía eran los embriagadores roces del jugueteo sensual, una
erótica mezcla de hombres y mujeres, de vampiros y humanos.
—¿Me has traído a una maldita orgía?
Él rió de nuevo por lo bajo, aunque esta vez, el sonido fue cálido y líquido,
como caramelo derretido sobre la piel de Rukia.
—En ocasiones se pasan un poco de la raya, pero esto es lo que parece: una
fiesta en la que se puede encontrar pareja.
Deslizó las manos arriba y abajo por sus brazos mientras su aliento agitaba los
mechones de la cara de Rukia. Durante un breve instante, ella vaciló.
¿Cómo sería echarse hacia atrás y dejar que Ichigo...? Joder... ¿Qué le estaba
ocurriendo?
—Ya he visto suficiente. Vámonos. —Forcejeó para apartarse de él.
El arcángel la apretó con fuerza y sus alas se extendieron para impedir que
viera el resto de la estancia. Rukia sentía su pecho cálido y fuerte contra la
espalda.
—¿Estás segura? —Sus labios se deslizaron sobre una piel tan sensibilizada que
ella tuvo que luchar contra el impulso de estremecerse—. Hace eones que no
tengo una amante humana, pero tu sabor me resulta... intrigante.