CAPÍTULO XV
El reverendo Folsom se encontraba esa tarde en el despacho personal que se localizaba justo a un costado de la iglesia. Había estado revisando las partes matrimoniales que se efectuarían en el transcurso de ese mes. Habían transcurrido casi tres semanas desde la reunión en casa de uno de sus actores favoritos.
Después del evento, había estado en contacto frecuente con Charles para saber cómo iba la familia Grandchester durante su estancia en Londres.
La pequeña Nicole le había dejado intrigado sobremanera.
Sus palabras llevaban tiempo dándole vueltas en la cabeza:
- Es imposible que ella pueda saber algo sobre ese lugar. ¡No hay forma de que se haya enterado! – murmuró con cierta inquietud, mientras observaba de manera autómata el registro con los nombres de los futuros desposados.
Dejó lo que estaba haciendo y salió a caminar brevemente por los alrededores del sagrado lugar. Había algunas jardineras y bancas y se sentó en una de ellas, mientras llevaba la cabeza a sus manos. El pasado regresó a su mente:
"Había llegado de nueva cuenta a Nueva York, por encargo del sacerdote que en aquel entonces estaba al frente de la iglesia londinense donde daba sus liturgias, hacía seis años atrás. Debía llevar la palabra de Dios a los sectores más desfavorecidos y protegidos de la ciudad.
Desde que llegó, siempre logró darse un tiempo para poder asistir al teatro en Broadway. Había sido uno de sus más grandes anhelos el poder dedicarse a la actuación cuando era más joven, pero la trágica muerte de su madre le había hecho voltear hacia la vida religiosa, fruto de las fervientes creencias inculcadas en él por ella. Estaba demasiado dolido por la situación y solo en la misericordia y compasión divinas pudo hallar la resignación y confianza necesarias para salir adelante.
Vivió en una de las parroquias de la bulliciosa ciudad y se abocó por completo a escuchar y ayudar a sus desconsolados feligreses. Asistía al sacerdote ahí y muchas veces llegó a dar misas por sí solo. Llevaba en la vida secular más de veinticinco años.
Por ese entonces había recordado que aquel otrora novel actor llamado Terrence Grandchester - a quien había visto por primera vez en una escenificación de Romeo y Julieta tiempo atrás - seguía inmerso en el mundo teatral con esporádicas presentaciones por todo Estados Unidos. No dejaba pasar las contadas ocasiones en que el actor británico volvía a Broadway para poder asistir a sus obras.
Una de esas noches en que salía del teatro, el reverendo Folsom se dirigió a la puerta trasera del mismo para poder ver de cerca a su ídolo. En ese instante, se encontró con una grotesca imagen: una rubia de rostro maltratado y cabellos sucios completamente enmarañados estaba parada justo al medio de la calle, observando incesantemente hacia la misma puerta que buscaba el religioso. Sus ropas eran muy sencillas y estaban sucias. Por encontrase en el mes de marzo, todavía el clima era frío y la muchacha no llevaba ninguna chaqueta que la abrigase:
- ¿Te puedo ayudar en algo? – la firme voz del padre le hizo voltear.
- ¡Ese hombre no merece ser feliz!, ¡Me ha abandonado!, ¡Pagará caro lo que ha hecho! – la rabia asomó a la femenina garganta, y el religioso no pudo menos que quedarse confundido.
- ¿A quién te refieres, hija? – intentó tranquilizarla a medida que se iba acercando a ella. La chica se puso a la defensiva.
- ¡Déjame en paz! ¡Usted no podrá ayudarlo! ¡Ya está condenado! ¡Estamos condenados! – la rubia dejó salir una tétrica risita de satisfacción. Los cinco sentidos del hombre se pusieron en alerta, haciéndole detener su paso.
- ¿Qué quieres? ¿Quién eres? – llevó su mano hacia su crucifijo oculto bajo el cuello de su abrigo. La risa comenzó a transformarse en una sonora carcajada, haciendo rebotar el espantoso sonido por todo el callejón oscuro.
- ¡Le arrebataré lo que más quiere en este mundo! ¡Mi venganza no tendrá límites! – la mujer se sentó de piernas cruzadas en una posición similar a aquella de la flor de loto, mientras exhibía una sarcástica sonrisa a la par que sus labios partidos y resecos sangraban a causa de las pequeñas heridas.
- ¡Aléjate, demonio! ¡En nombre de su infinita misericordia te exijo que regreses al infierno de donde llegaste! – el cura se arrancó la cruz, exhibiéndola ante un rostro que ya comenzaba a torcer hoscamente los rasgos faciales, en tanto que sus ojos se ponían en blanco.
La espeluznante figura femenina se irguió de manera repentina y gritó de tal forma, que el reverendo pudo notar diferentes sonidos animales, que parecían sufrir por las más inverosímiles formas de castigo. Sus manos estaban deformes y los huesos de su muñeca se podían notar fuera de lugar. El reverendo estaba a unos escasos metros de ella. Un repentino aire envolvió el callejón. Tras de sí, el ruido de varias voces y autos le hizo voltear por unos segundos.
Al regresar la mirada, ya no había nada.
El horror había desaparecido.
Intrigado, había regresado a la iglesia y no había hecho comentario alguno sobre lo que había atestiguado en el teatro. Era la primera vez que veía una manifestación tan repugnante y espantosa. A pesar de la impresión, había podido reprimir su natural miedo y pudo anteponer su fe en aquel ser todopoderoso y milagroso. Jamás volvió a tener contacto con aquel ente… hasta que regresó a Inglaterra, año y medio después".
El padre alejó los recuerdos de su cabeza, mientras se levantaba para dirigirse a la iglesia, entrando de nuevo en el sagrado recinto y postrándose frente al altar. Se hincó ante la impertérrita imagen del hijo de Dios. Su compasiva mirada se clavó profundamente en su ser. Nuevamente se perdió en el pasado, mientras se santiguaba y cerraba los ojos con dolor:
"Por ese entonces se hablaba de la proliferación de cultos y sectas oscuras que llevaban a cabo profanaciones en lugares santos con escabrosos motivos, en Inglaterra. La policía evitaba dar informes de tales hechos y la Iglesia trataba de no echar más leña el fuego con insinuaciones de corte diabólico. Lo atribuían a bandas de desequilibrados jóvenes con problemas familiares o inclusive mentales.
No fue sino hasta que ocurrió ese inquietante hecho en la iglesia donde se encontraba actualmente lo que le hizo cambiar completamente su perspectiva con respecto a esa situación: una mañana, el altar cristiano había sido motivo de humillaciones sacrílegas, donde sobresalía un enorme pentagrama con el dibujo de una cabra justo en el centro de la mesa, hecho con pintura roja, mientras las paredes aledañas lucían frases obscenas e insultantes hacia la religión católica.
De la figura del Cristo en el crucifijo colgaban vísceras animales.
Aquello había sido demasiado; tuvo que llamar a la policía, después de haber indagado entre el personal que laboraba en la iglesia si alguien había podido ver al o los culpables de semejante afrenta, obteniendo respuestas negativas y de desconcierto. El caso siguió abierto hasta que sucedió aquel lamentable incidente en esa mansión.
La policía había estado al tanto de las actividades clandestinas de un misterioso hombre llamado Karl Himler, quien sería posteriormente identificado como Alexei Gaskell: sujeto que a pesar de su fingida apariencia de respetable empresario, tenía un turbio historial, debido a que había sido descubierta su primacía como líder de un extraño culto secreto autodenominado La Orden.
Había comenzado a entablar nexos con otros grupos ocultistas americanos, lo que había despertado la alerta de la policía en Estados Unidos, debido a la desaparición de varias personas en situaciones inquietantes. El hombre se había escapado hábilmente al lado de sus femeninas cómplices. Algunos de los personajes involucrados habían podido ser detenidos y cuyas declaraciones condujeron a su posterior detención. Otros habían huido al mismo tiempo que él. Se había descubierto el vínculo de la desaparecida actriz Susana Marlowe a ellos y la buscaban de igual manera.
Finalmente, lo rastrearon en Londres y ahora, se encontraba atrincherado en esa propiedad rentada con su nombre falso.
Había una mujer de cabellos oscuros y otra rubia con serios problemas mentales - quien había sido finalmente reconocida como la desafortunada actriz - junto a él. Al parecer eran sus amantes. Sus demás secuaces se encontraban ya muertos, debido al incesante tiroteo que se había suscitado. Un nuevo enfrentamiento había dado como resultado la muerte del desafortunado líder y heridas graves a las dos mujeres. Se había acallado la situación evitando la interferencia de la prensa. Había situaciones políticas más importantes que atender y Alemania ya era el foco de atención de la opinión pública.
El lugar estaba completamente rodeado por elementos policíacos, lo que había terminado con la remota esperanza de las mujeres de huir del lugar, a pesar de encontrarse malheridas. Fueron arrestadas y recluidas cada una en lugares diferentes.
Durante el largo juicio legal salieron a relucir los nombres de las personas presuntamente asesinadas por la criminal organización. Sumaban más de una veintena. Fueron condenadas a cadena perpetua, a pesar de los alegatos de sus abogados defensores por excluirlas de toda culpa debido a los efectos nocivos sobre las mujeres de la influencia de aquel desalmado hombre.
Shazia fue enviada a una prisión de alta seguridad, suicidándose casi inmediatamente después de recibir la condena que purgaría por sus fechorías.
Por su parte, debido al estado crítico en el que se encontraba, Susana Marlowe había sido confinada a un sanatorio de enfermos mentales, debido a los extraños padecimientos que tenía. Había personal religioso en el lugar, mismo que ayudaba en el cuidado de los convalecientes que juraba haver presenciado eventos sobrenaturales mientras se hallaban cerca de ella.
Con el paso del tiempo, el estado mental de Susana se complicó.
Muchas veces era necesario tenerla amarrada a la camilla para evitar que se hiciera daño. Sin embargo, las enfermeras no se explicaban el origen de su increíble fuerza para lograr romper las correas. Otras veces aullaba con la mirada perdida en algún punto del cuarto. Soltaba palabras ininteligibles mientras ponía los ojos en blanco, dejando a los médicos estupefactos.
Lo increíble de todo, era el gélido y a la vez, putrefacto ambiente que envolvía todo el lugar, cada vez que intentaban acercarse a ella para calmarla. Habían intentado todos los remedios médicos posibles, sin éxito alguno. Su figura se había encorvado de tal manera que su columna se había deformado dándole el aspecto de una mujer muy anciana. Su cuerpo presentaba llagas y heridas que salían repentinamente ocasionadas por la nada.
Lo peor fue cuando una monja la había visto elevarse de la cama para después saltarle encima, lo que obligó tanto a los enfermeros como al grupo de religiosas, la necesidad de llamar a un sacerdote, aún a pesar del evidente escepticismo de los médicos, quienes al final aceptaron dicho procedimiento al comprobar que la paciente no mostraba mejoría y al ver el nerviosismo de los trabajadores del lugar que se negaban a asistir a la enferma.
Fue cuando él se había vuelto a encontrar a esa espantosa figura de Nueva York, en aquel hospital psiquiátrico londinense. Había acudido al llamado de las religiosas que laboraban ahí, junto a un monaguillo con la consigna de realizar un intento de exorcismo, a pesar de la negativa de la arquidiócesis local.
Los que habían testificado los inquietantes eventos pensaban que Susana se encontraba invadida por seres ajenos a toda comprensión humana.
Su aspecto era lo peor que el hombre había visto en su vida y el femenino rostro quedaría grabado a cal y canto en su mente.
Al final todo fue en vano.
Había perdido la vida a causa de complicaciones de salud, según el parte médico"
- Padre, ¿qué hace aquí? - la voz de su asistente le regresó al presente. No supo cuánto tiempo había perdido inmerso en sus pensamientos. Se santiguó nuevamente y se dirigió con él hacia su despacho.
El hombre agradeció internamente a su acompañante el que lo hubiese rescatado de tan incómodos recuerdos.
Al terminar con sus labores habituales, se dirigió hacia su dormitorio. Sin saber por qué, pensó de nuevo en la primogénita de los Grandchester:
- ¿Qué viste en ese lugar, Nicky? – su mirada se entrecerró confusa.
Ni siquiera Charles Burlington sabía de la macabra historia de la residencia vecina al hogar de los Grandchester. No era necesario, puesto que la sociedad había conocido la otra versión sobre un simple enfrentamiento acaecido entre delincuentes. Además, habían pasado un par de años desde lo acontecido, dejando en el olvido los sucesos.
Finalmente se quedó dormido. Sus sueños fueron estremecedores:
La rubia se encontraba en el altar de la iglesia, vestida de negro mientras sostenía una plateada daga con la mano derecha, y asestaba el golpe de tajo sobre el pecho de la criatura que lloraba sin cesar.
Era una niña.
El padre Folsom corrió, en su intento por llegar hasta el altar. Sintió que su sangre se congelaba al darse cuenta de quién era la pequeña:
Nicole Grandchester le observaba mientras iba perdiendo la vida a causa del salvaje golpe.
Susana sostenía su corazón en una mano.
Una tarde, Terry estaba en el teatro junto a su esposa, mientras Igor le daba sus comentarios sobre la manera en que se decoraría el escenario. El resto del elenco se encontraba ensayando sobre el plató principal, a la par que los tramoyistas y el resto de la producción trataban de dar forma a lo solicitado por el director.
Los hijos de la pareja estaban en la escuela, mientras Anisha asistía a un curso introductorio del Real Colegio San Pablo, relacionado con la religión. Candy se aburría estando sola en su hogar y su esposo la invitaba seguido a ver sus escasos ensayos.
- Me he percatado que realmente conoces el personaje, Terry. ¡Eres un actor increíble!, estoy encantado de trabajar contigo. Esperemos que Brandon no se sienta celoso – le expresó alegre el ruso, mientras Terry sonreía humildemente.
- ¡Muchas gracias Igor!, realmente es un enorme halago para mí el escuchar esto de uno de los mejores directores teatrales del mundo. Me vas a elevar el ego. Me gustaría conocer al otro actor para compartir detalles. No quisiera hacerlo sentir mal – bromeó el inglés mientras Candy sonreía a su lado. Buscaba a la actriz que haría de Julieta con cierta inquietud en el pecho, que no pudo descifrar.
- Verás que no. Te conoce muy bien y sabe que te sobra talento; ya lo entenderá. Me gustaría que pudiéramos ensayar unas cuantas líneas. Al parecer ya llegó la actriz principal – Igor y Terry se alejaron de las butacas donde se encontraban, mientras Candy reprimía unos sorpresivos e inexplicables celos, al saber que aquella muchacha probaría los labios de su marido. Hasta ella misma se sorpendió de tan repentina reacción por lo que trató de calmarse.
Conforme fueron pasando las horas a la vez que los actores se iban acomodando en sus lugares, la gallarda figura del actor principal apareció solitaria sobre el escenario, al pie de lo que parecía ser un balcón.
Finalmente, la vio.
Era una jovencita de sedoso y lacio cabello oscuro y penetrantes ojos de un color difícil de describir, entre azul y gris, enmarcados por unas largas pestañas. Su fina nariz y carnosos labios carmesí le hacían parecer la amalgama perfecta de inocencia y sensualidad.
"Es una mujer muy bella… y joven", el pensamiento de Candy le provocó cierto vuelco en el corazón. Se reprendió internamente por su tontería aunque no por eso dejó de sentirse incómoda. Terry la amaba igual que siempre y hacía mucho tiempo que creía superado el tema de los celos por su trabajo.
La escena se redujo al beso entre los actores y justo en ese momento, la rubia se volteó para no mirar. Su vista se dirigió hacia uno de los palcos vacíos, cercanos al escenario. Pudo percibir una oscura figura sentada en una de las butacas más alejadas pero no pudo distinguir quién era. En ese momento, Igor la llamó haciéndole perder la concentración. Cuando volvió la mirada, la persona había desaparecido. Después de que la escena había finalizado vio que el ruso iba hacia ella, acompañado de la chica:
- Permítame presentarle a Clarissa Bratman, la actriz principal de nuestra compañía – el director las presentó, mientras la rubia estrechaba superficialmente su mano justo al instante en que la punzada de los celos pugnaba por salir nuevamente.
- Mucho gusto, señora Grandchester, su esposo realmente es talentoso – la cantarina voz de la jovencita le arrancó una forzada sonrisa a Candy, quien permaneció en un silencioso debate interno sobre su actitud.
- ¡Vaya, se han conocido ya! – la voz de Terry hizo recapacitar a la rubia. La rodeó por la cintura mientras volteaba a ver a la actriz. La chica solo sonreía tímidamente.
- ¡Hacen una grandiosa pareja! Terry, creo que tendrás mucho éxito la puesta en escena si actúas seguido aunque Brandon no se queda atrás. Lástima que hoy no haya podido presentarse. Al parecer no se sentía bien – comentó el director, quien fue requerido en ese momento por uno de sus asistentes personales. Igor se disculpó retirándose inmediatamente después.
Los actores y Candy se quedaron conversando por un momento.
La ojiverde respondía con algunos monosílabos, sintiéndose ajena a ese mundo. Un sentimiento de enorme desconfianza hacia la actriz se había instalado en el fondo de su alma sin saber por qué. Se sintió miserable a su lado, al verla tan bella, tan distinguida, tan talentosa… tan joven. Esto último le hizo disculparse con ambos y decirle a Terry que se iría a casa. Éste, al ver su extraña actitud, se disculpó con Clarissa y salió tras ella:
- ¿Sucede algo, mi amor? – Terry tomó su rostro pero Candy se soltó.
- No me siento bien. Quiero ir a descansar – su respuesta fue cortante y aquello alertó al hombre.
- No puedo acompañarte porque tengo el ensayo, Candy. ¿Estás segura de que te sientes bien? – hizo un último esfuerzo por abrazarla pero ella no respondió. Igor llegó en ese momento interrumpiendo la incómoda situación. Su semblante era grave.
- Terry, quisiera hablar contigo en privado – observó a ambos.
- Pediré un taxi. Gracias, Igor. Nos veremos después – dejó a ambos parados antes de que se despidieran. Terry se prometió llegar rápidamente a casa en cuanto pudiese para hablar con ella. Estaba muy rara.
- ¿Qué ha sucedido? – el actor estaba un poco impaciente e intranquilo.
- ¡Dios mío!, nunca imaginé que algo así sucedería – aquello alarmó a Terry.
- ¿A qué te refieres? – le tomó por los hombros mientras le observaba intrigado.
- Brandon Whitman fue hallado muerto esta mañana en su departamento. Se suicidó, sin razón aparente – el ruso estaba desconcertado. El inglés se quedó petrificado.
- ¡Dios, lo siento mucho, Igor! – no supo qué más decir.
- No entiendo, no entiendo nada de lo que sucede. Hablé con él a medio día. Me dijo que era una leve gripe y tenía fiebre. ¡No comprendo! – Igor se sentó sobre una de las butacas, mientras su mirada paseaba nerviosamente por todo el teatro.
- ¿Y no lo viste deprimido? ¿triste? ¿sabías de algún problema familiar? – el director lo calló.
- Brandon se cortó las venas, Terry ¡Se las cortó anoche!, ¿entiendes lo que te digo?, ¡es imposible que haya podido hablar con él hoy a medio día! ¡Falleció durante la noche! – aquello enmudeció a Terry.
Se cancelaron los ensayos ese día, notificando del lamentable suceso a los demás y Terry pudo regresar a casa, pronto.
Tenía que hablar con su esposa.
Candy se encontraba en la enorme avenida atestada de gente.
Se sentía muy triste.
No podía dejar de pensar en Terry besando a aquella desconocida actriz. Al llegar hacia una esquina, vio un solitario taxi que estaba a punto de arrancar. La mujer corrió hasta el vehículo. Subió rápidamente mientras le pedía al chofer que la llevara a su residencia. Durante el camino, iba analizando sus celos.
- ¿Qué me sucede?, ¡no había sentido esto desde hacía muchísimo tiempo!, ¡es ridículo! – se dio cuenta que el taxi ya se había parado y el chofer la veía con extrañeza.
La ojiverde pagó y se introdujo rápidamente en su casa.
Theresa ya tenía la comida dispuesta y recordó que todavía faltaban unas horas más para que llegasen sus hijos y Anisha de la escuela. Se encerró en su habitación y dejó salir libremente el llanto. Realmente se sentía muy triste sin comprender el por qué de su reacción tan repentina.
Conforme iba pasando el tiempo a la par que sus lágrimas empapaban el mediano almohadón que sostenía entre sus brazos, se fue quedando dormida.
Despertó y se vio de nuevo en el teatro. El lugar estaba completamente vacío. Divisó a uno de los trabajadores de limpieza y preguntó por su marido. El hombre torció la boca en una malsana sonrisa y le señaló el fondo de un estrecho y oscuro pasillo. La rubia no prestó atención, a la par que se lanzaba al lugar y el miedo comenzaba a recorrer su ser.
Tenía un mal presentimiento.
Anduvo largo rato caminando, asomándose a cuanta habitación veía a los lados. Repentinamente, unos murmullos le llegaron del último cuarto que debía verificar.
Candy abrió con cuidado la puerta y vio que el cuarto era enorme, pese a la escasa luz amarillenta que había en el lugar. Había cortinas sucias y viejas que colgaban por todas partes, mientras muebles de todo tipo con aspecto deteriorado estaban desparramados por todo el piso. Al parecer, la habitación poseía a su vez pequeños dormitorios y de uno de ellos volvió a surgir nuevamente el murmullo.
Era una pareja.
Con el estómago revuelto y la bilis subiendo a su boca dejándole un sabor amargo, Candy caminó con paso sutil para evitar hacerse notar. La puertita estaba entreabierta.
La rubia asomó parte de su rostro y tuvo que morderse la lengua para no gritar de la rabia y el coraje por lo que acababa de descubrir:
La compañera de Terry en la obra, Clarissa, se encontraba completamente desnuda de espaldas hacia la puerta. Su esbelto cuerpo estaba frente al actor, mientras los erguidos pechos estaban envueltos por las masculinas manos. Terry pasaba su lengua ávidamente por cada uno de ellos, mientras se encontraba debajo de ella.
El cabello negro llegaba casi hasta su cintura y se movía a la par que sus caderas se dejaban caer sobre la virilidad de su esposo. Los gemidos de placer llenaban la habitación, lastimando el orgullo de la imprevista testigo. Clarissa acariciaba el cabello de Terry mientras cerraba los ojos, dejándose llevar por el placer que sentía, estando con él.
El actor dejaba salir expresiones de asombro y gozo por lo que la chica le hacía sentir. Sus manos iban del pecho a su cintura y su espalda, en un frenético movimiento mientras la ayudaba a moverse sobre él. Estaban completamente absortos en lo que hacían y nunca se dieron cuenta de que eran observados por Candy.
Ésta había permanecido clavada frente a ellos, tan solo cubierta parcialmente por la puerta. El dolor había inundado por completo aquellas esmeraldas mientras movía la cabeza de manera negativa como si no creyese en lo que veía. De repente, la actriz se volteó hacia ella y la vio. Terry seguía en lo suyo, ajeno a lo que le rodeaba.
Candy dio un paso atrás cuando vio la sorprendente transformación de ese angelical rostro en uno que había dejado de ver hacía muchísimo tiempo atrás, cuando había decidido perder al amor de su vida.
La mujer era Susana.
La fría mirada azul era de placer y a la vez de burla. Sus caderas iniciaron una rápida cadencia mientras la ronca voz varonil dejaba entrever lo bien que lo estaba pasando. Su rival la seguía observando mientras sus labios se abrían en señal de lo que estaba sintiendo mientras las manos de Terry habían atraído su rostro de nuevo hacia él. Al parecer, no veía a su esposa. Los gemidos fueron en aumento hasta que por fin habían culminado en una serie de expresiones ininteligibles, dominadas por el excitante momento.
Con gran esfuerzo, Candy logró darse la vuelta para salir huyendo de ahí. Se sentía herida, humillada, despreciada y miserable. Al intentar hacerlo, vio que estaba completamente a oscuras. Regresó su mirada al dormitorio y la pareja, ahora con Clarissa, seguía amándose.
Tanteando entre la oscuridad, logró llegar hasta la puerta y salió rápidamente. No supo cómo, pero ahora se encontraba en una casa, con aspecto descuidado y abandonado. El pasillo llegaba hasta lo que parecía ser una escalera ascendente.
La rubia corrió hasta las mismas, en su afán por dejar atrás aquella mortal traición y al llegar al barandal, escuchó un sollozo. Era un lamento femenino. Intrigada, comenzó a subir, hasta llegar a una habitación cuya puerta de hierro se encontraba completamente sellada. Alguien estaba detrás llorando. Vio una pequeña ventana en la misma y se asomó.
Susana se encontraba de cuclillas abrazando sus dos piernas, mientras hablaba sola.
Su aspecto era completamente desaliñado y sucio. Su rostro estaba entre sus rodillas, mientras sus flacos brazos rodeaban sus piernas por los tobillos.
La esposa de Terry estaba confundida.
Intentó abrirla en un inesperado sentimiento de compasión y vio que Susana la observaba con un odio descomunal. Se había incorporado y ahora se encontraba parada en medio de esa habitación. Su aspecto era cadavérico. El semblante lunático le daba un aire tétrico.
Comenzó a carcajearse mientras su cuerpo se curvaba en formas imposibles e inquietantes, maldiciéndole desde dentro. La voz era escalofriante, como si estuviese acompañada de una multitud de lamentos humanos y animales, lastimando los oídos de la ojiverde:
- ¡Maldita seas, Candy!, ¡pagarás caro tu osadía al haberme arrebatado lo que más quería! –comenzó a flotar, mientras los objetos alrededor de ella volaban por todas partes. Candy gritó presa del espanto.
- ¡Aléjate de mí!, ¡tú no eres Susana! – intentó correr de nuevo hacia la salida pero tropezó, dando de lleno sobre el piso y escuchando como el cerrojo de la puerta crujía al irse abriendo.
Candy volteó a ver al abominable ser y cuando se dio cuenta, Susana ya se encontraba sobre ella con el rostro completamente deformado. Sus ojos eran del color del fuego y sus dientes estaban podridos. El cabello rubio estaba sucio y los huesudos hombros le daban un aspecto realmente aterrador. La piel de su rostro caía en jirones mientras las heridas dejaban salir una mezcla de pus y sangre negra. El espectro llevó sus manos hacia el cuello de la rubia y esta comenzó a gritar.
- ¡Santo cielo, mujer!, ¿qué sucede?, ¿Qué te pasa? – la voz de Terry la rescató de la pesadilla.
Candy despertó con el terror expresado en su cara y tratando de recobrar la respiración. Se incorporó de la cama y se le quedó viendo, mientras trataba de tranquilizarse. El inglés intentó acercarse más.
Su esposa se alejó de él, al momento en que se dirigía corriendo al baño a encerrarse.
El sueño había sido real, demasiado. Aún sentía la presión sobre su cuello. Se echó agua fría en el rostro para tranquilizarse.
Se vio al espejo.
La imagen era la de una madura mujer demasiado atractiva, pero que denotaba un enorme sufrimiento.
Alguien llamó a la puerta desconcentrándola:
- ¡Candy, mi amor, abre! ¡Necesito saber qué te sucede! – la voz de su marido le hizo recordar todo lo que había imaginado en el teatro.
- ¡Déjame en paz!, ¡quiero estar sola! – le respondió llorando. Terry se alteró y dando una patada a la puerta, la abrió.
- ¡Ahora mismo me vas a explicar qué ha sucedido!, ¡te lo exijo! – la enojada figura de su esposo la hizo recapacitar. Era la primera vez que lo veía así. Se dejó caer al suelo impotente, llorando inconsolablemente.
Su marido estaba consternado al verla en ese estado.
Acababa de llegar y Theresa le había dicho que se encontraba en su habitación.
Entró justo cuando Candy se revolvía en su cama, presa de una pesadilla. Tenía sus manos en el cuello. Se acercó a despertarla y ahora la veía frente a él, indefensa, envuelta en un mar de lágrimas. Se reprochó por su impulsiva actitud y se acercó a ella, rodeándola con sus brazos y hablándole con palabras cariñosas. La cargó y la depositó, mientras una endeble Candy se dejaba hacer.
Su cuerpo temblaba de miedo:
- Mi amor, ya pasó todo. Por favor, tranquilízate – el actor no se separó de ella.
Pasaron la tarde juntos, mientras daba órdenes a Theresa de que Anisha comiera con los gemelos e hiciera sus deberes con ellos. Su pecosa sufría por causas desconocidas por él, y tendría que ayudarla a revelar sus temores.
Cuando se hubo calmado, Candy había decidido ocultar su inquietud sobre Clarissa y la aparición fantasmagórica de Susana en sus sueños, a su marido. Había alterado todo de manera tal que Terry creyese que se encontraba estresada y de que se sentía sola.
A pesar de su triste semblante, hizo un esfuerzo por convivir con su familia durante la merienda. Con expresión apática y triste, comió poco. Su esposo la vigilaba constantemente. Tuvo que hacer un esfuerzo para despejar su mente y entender que su marido siempre permanecería a su lado.
Aunque no se sentía del todo convencida.
Nicole no terminaba de adaptarse a su nueva escuela, a pesar del considerable tiempo transcurrido.
Su hermano estaba en el aula de varones y se veían en los recesos escolares por varios minutos. La niña no había podido hacer nuevas amigas. Caso contrario en Chicago, donde contaba con la "pandilla Lakewood" como le llamaba a sus "primos" así como algunos chicos del orfanato donde estudiaba y a quienes consideraba como personas auténticas, pero ahora, en ese colegio, encontraba que todo era superficialidad.
A pesar de que había varias compañeras suyas interesadas en tratar a la hija de un famoso actor americano, no pasaban de demostrar su mero interés en que algún día les llevase a conocerlo a su casa. Nicole detestaba ese tipo de actitudes hipócritas. Se había aislado en sus lecturas y había podido encontrar un solitario lugar en uno de los jardines del enorme y exclusivo colegio.
El niño era todo lo contrario: tenía tres compañeritos que lo seguían en sus aventuras aún infantiles. Había intentado acercarlos a su gemela, pero esta los había ignorado. Nicholas no insistió, por lo que se dedicó a permanecer la mayoría de las pausas en clase con sus amigos.
Esa tarde, Nicole se aventuró a caminar por un edificio de la escuela, que aún no conocía. Le habían dicho que eran antiguos almacenes de la misma, y que en algún tiempo había servido como centro de refugio para enfermos terminales. Por su aspecto descuidado, no era un atractivo para los alumnos de la escuela., por ser demasiado sombrío y frío.
La pequeña iba caminando por el inhóspito pasillo, aprovechando uno de los recesos, cuando sintió que alguien la seguía. Se volteó para ver al supuesto espía y se quedó boquiabierta cuando se percató de que era la misma mujer que había visto aquella vez en el barco.
Iba vestida con el uniforme de las maestras y le observaba seriamente.
Intrigada, Nicole se dirigió a ella, ocultando su temor:
- ¿Sue? – permaneció a cierta distancia de ella.
- Hola, Nicky – respondió la mujer tranquilamente.
- ¿Qué haces aquí? – Nicky alzó una ceja, sorprendida.
- Salí a tomar un poco de aire y es la primera vez que veo a una alumna por aquí. Los niños no frecuentan esta parte del edificio, por eso te seguí. Es raro – la mujer no apartó su vista de ella.
- ¿Trabajas en la escuela?, ¡no te había visto antes! – Nicole caminó lentamente hasta permanecer a escasos metros de ella.
- Sí. Doy clases a los más pequeños del colegio. Me da mucho gusto verte por aquí. También es una gran sorpresa el que estudies aquí, ¡qué casualidad!, ¿no crees?, los salones son aquellos – apuntó con su índice hacia uno de los pasillos que conectaba con las demás aulas. Nicole dedujo que esa parte sí era frecuentada por maestros y alumnos, al ver pasar a lo lejos a un grupo de chicos.
- Mi mamá también era maestra y además enfermera – comentó la gemela, inocente a las intenciones de la mujer.
- ¡Maravilloso, Nicky!, creo que tendremos más en común. El día que quieras verme, búscame en aquellos salones. Ahora, corre a tu clase que ya es tarde – Nicole recordó que el receso ya tenía rato de haber acabado y seguramente recibiría una reprimenda por su tardanza. Le dio levemente la mano a la mujer. Su tacto era demasiado suave.
- Me dio gusto encontrarte aquí y ten por seguro que te buscaré. ¡Que te vaya bien! – alzó su mano despidiéndola, mientras daba la última mirada tanto al lugar como a la supuesta maestra y echaba a correr hacia su salón.
Su profesora le llamó fuertemente la atención enfrente de todos y le prometió no volver a entretenerse por ahí. Nicole se había dado cuenta de que a la mujer no le había parecido el hecho de andar caminando por aquellos lugares, platicando con maestras desconocidas:
- ¡No tienes que ir hacia ese lugar, Nicole!, ¡hace años que nadie habita ahí!, ¡no tienes que inventar una historia tan patética para disculparte por tu ausencia en clase! – aquella frase caló hondo en la chica, pero se tragó su coraje. Jamás volvería a decirles nada. Nadie le creía.
Retomó su lugar frente al pupitre y esperó pacientemente a que la clase terminara. Tuvo que sufrir los cuestionamientos por parte de su maestra como motivo de escarmiento por su ausencia.
No dejaba de pensar en Sue.
Por suerte, era viernes y tendría el fin de semana para descansar.
Al salir del colegio, su hermano y Anisha le esperaban en la puerta.
Tenía ganas de irse a asomar de nuevo por ese edificio pero el tiempo no se lo permitió. Mientras iban en el auto conducido por el chofer de la familia, prestó escaso interés a lo que contaban sus familiares.
Al llegar a su casa, se dio cuenta que su padre ya tenía rato de haber llegado y estaba con su mamá. Por los escuetos datos que Theresa había dado, dedujo que Candy no se encontraba bien. Comió en silencio frente a Nicholas y Anisha, para posteriormente refugiarse en su habitación.
Cuando hubo oscurecido, recibió la orden de ir a cenar y a regañadientes bajó. Había pasado toda la tarde leyendo y dibujando. No sabía por qué le había nacido esa inquietud por tomar sus lápices de colores y delinear figuras y lugares que solo en su imaginación tenían forma. Hacía unos días que la curiosidad por ir a visitar la casa de al lado se había instalado en su mente:
- ¡Nicky!, ¡eres la última que falta! – la voz de Anisha la sacó de sus actividades.
- ¡Ya voy, An! – Nicole dejó sobre su mesa los papeles y colores y corrió en pos de Anisha quien la estrechó entre sus brazos. La pequeña correspondió de manera breve.
Durante la merienda, pudo notar que los ojos de su madre estaban rojos e hinchados y su papá estaba más serio de lo habitual. No hizo comentario alguno y sólo Nicholas se dedicó a narrar lo más sobresaliente de ese día. Anisha sintió el ambiente demasiado denso. Algo ocurría con su tía.
- ¡Mami, casi no estás comiendo! – le señaló su hijo, mientras la rubia contestaba con una leve sonrisa. Apenas y había picado su plato.
- Mi amor, debes de tomar alimento. Te vas a enfermar si no te cuidas. No quiero que te suceda algo malo – Terry puso su mano sobre la de ella y la animó a comer. Nadie más hizo comentario alguno.
Cuando hubieron terminado, preguntó a sus hijos y Anisha cómo les había ido en el día. Él había narrado su parte, eliminando lo de Candy y escuchaba con interés y risa a Nicholas y Anisha. Cuando tocó el turno de Nicole, ésta omitió dar detalles, aduciendo que tenía sueño.
Al insistir su padre, su hija no tuvo una reacción positiva:
- ¡He dicho que no tengo nada que contar!, ¡mi día estuvo aburrido! – la sorpresiva reacción de la gemela obligó a su padre a disculparse y despedirse de ellos llevando a una triste Candy, de regreso a su habitación. Al parecer su situación había afectado a los demás.
- ¿Por qué fuiste tan grosera con tu padre, Nicky?, creo que no merece que le trates así – Anisha intentó acercarse a ella pero Nicole se levantó, como si fuese impulsada por un resorte, de la mesa.
- ¡Déjenme en paz! – corrió subiendo a su habitación y se encerró.
Anisha y Nicholas voltearon a verse y el niño comenzó a llorar. La jovencita lo tomó entre sus brazos, mientras observaba a las domésticas levantar la mesa.
Theresa solo asintió en señal de condescendencia:
- No llores, mi amor. Seguro todos tuvieron un mal día, pero ya se les pasará. No me gusta verte triste – Anisha le acurrucó sobre su pecho y cerró los ojos, tratando de ser fuerte.
- Yo quería estar con papá y mamá, pero, ni siquiera me escucharon cuando les conté lo que hallé con mis amigos en el parque ¿Están peleados? – el niño volteó su rostro triste hacia ella y Anisha negó con la cabeza.
- No, cariño. Seguramente tus padres no se sienten bien. Quizá tu mami ande agripada o adolorida de algo y eso le ha impedido sentirse bien. Ven, te llevo a tu cuarto y te leo un cuento, ¿qué te parece?, traje varios de la biblioteca – la chica se lo llevó a su dormitorio y ahí permaneció hasta que se durmió. Se dirigió a la recámara de Nicole y entró.
- ¿Estás ocupada, Nicky?, quisiera hablar contigo – la gemela asintió de mala gana, mientras Anisha entraba y se sentaba al lado de ella-. ¿Estás molesta conmigo?, siento que últimamente te niegas a estar a mi lado. Antes nos llevábamos bien. Quiero saber qué es lo que tienes – la abrazó y esperó la respuesta.
- No estoy enojada contigo ni tengo nada contra ti. Por ahora quiero estar sola y tener mi propio espacio, An. Tienes a Nicholas y seguramente a tus nuevas amigas en ese colegio. No te preocupes por mí, que tengo en que entretenerme. Sé que cuento contigo por cualquier cosa y a pesar de todo lo que ha sucedido, sigues siendo mi mejor amiga – las palabras de la niña calmaron su atribulado espíritu. Se sintió aliviada y feliz. No se dio cuenta que Nicole nunca tocó el tema de sus padres, en su dicha de saberse cerca de ella, como antaño.
- Eso lo sabes bien, Nicky. Ahora cuéntame, ¿cómo te fue hoy? – poniendo los codos en sus rodillas para escuchar atentamente, se enteró de la jornada escolar de su prima. Nicole no dijo nada de Sue y la reprimenda de la profesora fue motivo de risas cómplices entre ambas.
Después de varias horas, la mansión lucía en completo silencio.
Todos dormían, menos Nicole.
La pequeña se dirigió hacia la cocina por un vaso con leche y sin saber por qué, decidió asomarse un poco al cuarto de sus padres, antes de llegar. Pudo oír los gemidos de su madre y las frases entrecortadas de su padre.
La pareja estaba completamente entregada al juego amoroso, y tan concentrada en ese delirante momento, que no se percataron de que su hija les observaba. Los rostros estaban completamente enrojecidos y perlados de sudor. Rodaban por toda la cama mientras las figuras se confundían en un incesante movimiento de brazos y piernas, mientras el sonido de los besos se escuchaba por todo el cuarto.
Candy ya no lucía seria ni enferma.
En este momento, una corriente de aire pasó detrás de ella.
Cerró suavemente la puerta y volteó a ver.
Un repentino ruido llegó a sus oídos.
Era un sollozo.
Extrañada, dirigió su mirada a todos lados intentando detectar el origen del sonido, hasta que lo escuchó de nuevo y pudo darse cuenta de que provenía de alguna parte del pasillo.
Cambió el rumbo de su marcha y la emprendió de nuevo en dirección hacia su cuarto, solo que ahora, pasando de largo. Llegó hasta el último dormitorio y abrió la puerta.
Al encender la luz no vio nada anormal.
Estuvo parada ahí un buen rato y justo antes de salir, volvió a escuchar el sonido, esta vez, con mayor claridad. "Parece un llanto", pensó mientras se adentraba en la habitación. Al llegar a la mitad del lugar, la puerta se cerró estrepitosamente, haciéndole dar un brinco del susto, mientras se mordía los labios para no gritar y despertar a los demás, con la consecuente llamada de atención.
Las luces comenzaron a parpadear de manera intermitente mientras un ligero viento glacial invadía la pieza.
- ¿Quién está ahí? – el miedo hacía temblar su voz, mientras el escalofrío recorría su espina dorsal. No recibió respuesta.
Regresó desesperadamente hacia la puerta y se dio cuenta de que estaba atorada.
No la podía abrir.
Comenzó a forcejear y gritar que la ayudaran. Los sollozos fueron en aumento hasta que fueron volviéndose insoportables. Parecía como si alguien estuviese siendo torturado en ese momento.
Nicole no aguantó más y lloró del pánico, tirándose al suelo y abrazando sus piernas, mientras su cuerpo temblaba sin parar. El miedo se apoderó de ella cuando, inesperadamente, unas manos le llegaron por detrás, arrancándole un alarido de terror:
- ¡Nicky, cielos!, ¿Qué haces aquí? – era Terry. Estaba envuelto en su bata de dormir y la observaba confundido.
- Alguien estaba llorando y no me dejaba dormir. Las luces, la puerta, no podía salir… - no pudo terminar. Soltó el llanto, mientras su padre la cargaba y la llevaba de nuevo a su habitación. Se alarmó de ver a su hija temblando por completo.
Candy ya estaba en el pasillo, preocupada al verla entre sus brazos.
Cuando la depositaron sobre su cama, Nicole seguía temblando y Candy la tomó entre sus brazos. La pequeña ardía en fiebre y Terry corrió en busca de algo que ayudase a bajárselo. Después de un breve momento, había acudido con la pileta de agua fría y las compresas sobre la frente de la niña.
Cuando todo se hubo tranquilizado un poco y la fiebre había bajado, sus padres escucharon con atención la historia, haciendo que Terry fuese a asomarse a la habitación, sin ver nada anormal. Las luces funcionaban sin ninguna anomalía y no había rastro alguno de la presencia de alguien en ese lugar.
Regresó con ellas:
- Tu papá no encontró nada, mi amor. Seguramente fue un mal sueño. Trata de tranquilizarte… - Candy fue empujada agresivamente por Nicole al intentar abrazarla.
- ¡Déjame sola!, ¡Nunca me crees!, ¡nadie me cree!, ¡no fue un sueño!, ¿entiendes?, ¡yo sé lo que vi y juro que no estaba dormida!, ¡no soy ninguna mentirosa!
Nicole gritó como desesperada, haciendo que su padre acudiese a calmarla y pedirle a una llorosa Candy que se retirara de la habitación. No querían despertar a los demás. La estrechó entre sus manos hasta que la niña se calmó. Llenó su cabeza y su rostro de besos.
- ¡Yo sí te creo, hija!, ¡por favor, cálmate!, ¡no trates así a tu mamá!, solo quiso ayudarte, ¡tranquila!, ¡mañana no irás a la escuela mi amor!, no te sientes bien – Terry empezó a mecer a la gemela hasta que sintió el cuerpecito relajado. Nicole lloraba sin parar.
Finalmente, el sueño la venció y Terry se quedó con ella hasta que por fin se durmió. Estaba intrigado por lo que había sucedido.
Cuando se incorporó de la cama, la somnolienta voz de Nicole le hizo acercarse a su rostro. Sus ojos estaban cerrados pero al parecer, hablaba en sueños.
La inesperada frase ocasionó que abriera como platos, los suyos:
- ¿Por qué la abandonaste por ella?
Al percatarse de que su hija dormía profundamente, regresó a la habitación completamente confundido. Candy se había quedado dormida de tanto llorar.
Él ya no pudo concebir el sueño.
¿Cuál era el significado de esa frase?
