CAPÍTULO 14
Candy se negaba a verlo y Albert estaba al borde de la desesperación. Desde hacía tres días estaba intentado por todos los medios dar con ella. Nunca estaba en Battlefield si él se personaba en la vivienda. No asistía a ninguna fiesta ni evento a los que él asistía.
Lady Warren se había vuelto tan escurridiza como un pez.
Para colmo de males, Anthony quería que asistiera a la fiesta que se daba en Pembroke House esa noche, y no le había dicho el motivo, aunque se lo hubiera mencionado, tampoco lo habría escuchado. Pero Albert no quería enfrentarse a él sin antes haber hablado con Candy, pero la insistencia de su abuela Elroy lo había decidido al fin. Como la casa no estaba muy lejos de la cabaña, había decidido caminar. Así despejaba su mente, y elaboraba un argumento para hablar con Anthony.
Las ventanas y puertas de Pembroke House se encontraban abiertas y con todas las lámparas de gas encendidas. Se escuchaban risas que llegaban desde el salón. Albert sintió una cierta agresividad: no soportaba las fiestas, pero desde que llegara de Estados Unidos, y gracias a lady Warren, había asistido a todas. Cuando recibió en la cabaña la invitación formal, la había rechazado, pero la duquesa viuda, y su hermano George lo habían convencido. Albert observó los diferentes carruajes apostados en la amplia alameda, y, sin pensar en nada más, dirigió los pasos hacia el interior de la casa. Pasó de largo por el jardín iluminado con antorchas. Entró por la puerta de atrás, y subió las escaleras que llevaban, de las dependencias del servicio hasta la planta principal. Caminó directo a la biblioteca. Necesitaba un poco de soledad antes de enfrentar a su familia, en especial a Anthony. Estuvo en soledad durante más de media hora, después decidió sumarse a los festejos. George lo había visto, y fue a su encuentro con una amplia sonrisa en la boca.
—¡Llegas tarde! —lo amonestó.
—La gran tragedia de mi vida —respondió resignado.
—Te estamos esperando.
El ánimo alegre de su hermano lo contagió.
—Espero que esta vez no me hayáis preparado ninguna encerrona.
George volvió a reír mientras le pasaba el brazo por el hombro. Juntos, cruzaron el vestíbulo y la biblioteca que tenía las amplias puertas abiertas de par en par, desde la biblioteca se veía una parte del gran salón. El bullicio lo tomó un tanto desprevenido. Había muchos invitados.
—¡Aquí llega el heredero, también la oveja negra de la familia!
La alusión de su padre le hizo alzar una ceja. Todos los rostros se borraron cuando sus ojos se toparon, precisamente, con la causa de su insomnio. La tenía delante. Después de días de buscarla, al fin la tenía delante. Candy abrió los ojos desmesuradamente cuando se percató de quién había entrado junto a George. Se tensó inconscientemente. ¿Por qué la miraba de esa forma tan extraña?
—Albert, ¿recuerdas que…?
Albert cortó a su hermano Anthony con brusquedad. El muy hipócrita se dirigía a su encuentro hacia él llevando a Candy de la mano.
—¿Esto es una nueva encerrona? —le preguntó.
—Estamos de celebración —fue la seca respuesta de Anthony.
—Lord Andrew —dijo Candy que había perdido la voz.
El silencio se hizo patente e incómodo.
—Te he hablado muchas veces de la mujer de mi vida —dijo Anthony sin que la sonrisa abandonase sus labios—. Y hoy por fin la presento a la familia de forma oficial.
—Anthony, por favor, esto no es necesario —respondió Evelyn que se volvió hacia Anthony.
William padre, decidió tomar las riendas del asunto:
—Gracias a su influencia, lady Warren, Albert ha socializado con los nobles de Sheffield —el duque lo había dicho como si fuese algo que carecía de importancia.
—¿Candy te habló de mí? —Anthony hizo la pregunta con un ligero tono de acusación cariñosa—. Sé, por ella, que fuisteis compañeros de mesa en algunos eventos —Albert se encontró entrecerrando los ojos—. Si yo hubiera asistido a algunas de esas fiestas, por mi rango, habría terminado en el otro extremo de la mesa —parecía que se quejaba.
—Sabes que eso no es cierto —lo corrigió ella cariñosa.
Anthony la miró embobado.
—Sí, porque entonces no se conocía nuestra relación… —contestó sin dejar de mirarla—. La manteníamos oculta, ¿verdad, cielo?
Albert interrumpió a su hermano.
—Lady Warren siempre ha sido una compañera de mesa correcta y de conversación amena. Hablamos siempre de forma amistosa.
Ella lo miró con ganas de llamarlo mentiroso. Los encuentros entre ambos habían sido de todo menos amistosos.
—Candy ya me lo ha contado —respondió Anthony.
Albert optó por guardar silencio. Ella suspiró con un alivio momentáneo. Sin embargo, la tranquilidad se esfumó de inmediato pues todo resultaba muy complejo.
—Es en verdad maravilloso —la voz de Susana hizo que Albert apretara los puños a sus costados—. ¡Nuestro Anthony enamorado!
Albert le lanzó una mirada asesina a su hermano menor: había caído en la trampa cuidadosamente entretejida. Todos creían que él no iba a hacer ningún escándalo delante de ella. ¡Qué equivocados estaban!
—¡Necesito hablar un momento contigo, Candy! —dijo Albert.
Ella se dio vuelta, y lo miró con la sorpresa pintada en el rostro. ¿Cómo se atrevía a tratarla con tanta familiaridad?
—Este no es el momento, hijo, estamos en medio de una celebración.
La inoportuna interrupción del duque lo alejaba cada vez más de ella. Albert se resentía por momentos.
—¡Disculpadme! Necesito hablar con lady Warren, ¡ahora!
Candy ahogó una exclamación cuando Albert la sujetó del brazo y la condujo con cierta brusquedad hacia otra estancia de la casa.
—¡No, hasta después del brindis! —Anthony la interceptó antes de que su hermano mayor se la llevara.
Albert lo fulminó con la mirada. El hermano lo desafío. Candy se sentía mortificada. Se dijo que ella parecía el zorro que se disputaban dos jinetes. La duquesa viuda decidió intervenir:
—Lady Warren, acompáñeme, tengo algo interesante que decirle.
Albert contempló consternado cómo su abuela se llevaba a Candy sin que pudiese hacer nada al respecto. Hizo amago de seguirla, pero Anthony lo detuvo.
—Albert, por favor. No hagas una escena de la que luego es posible que te arrepientas.
—¿Cómo puedes manipularla así? —le preguntó lleno de ira—. ¿Mentirle?
—Sencillo: hago lo mejor para los dos.
La respuesta lo irritó aún más:
—¡Debería partirte la cara! —le espetó.
Anthony lo miró tan serio que Albert tragó con fuerza.
—Esta noche tendrás que decidir si le destrozas la vida o no —le dijo el hermano, y sus palabras sonaron como una amenaza. Luego continuó algo más conciliador—. Mírala cuando esté conmigo, si aún así crees que no me ama, lo aceptaré, y me retiraré.
La vacilación de Albert fue todo lo que necesitaba Anthony.
—¡Aún tengo una conversación pendiente con ella! —le recordó el mayor.
Su hermano negó con la cabeza.
—Sabes que no voy a permitírtelo.
—¡No puedes impedírmelo!
—Entonces demostrarás lo egoísta que eres, y lo poco que te importa su felicidad. —Las palabras duras que había dicho Anthony se clavaron como dardos venenosos en Albert—. Deja que los acontecimientos sigan su curso. Es todo lo que te pido.
Albert miró a su hermano entre la duda y la ira sin saber cuál de los dos sentimientos saldría ganando.
—¡Pides demasiado!
—Eres tú el que trata de ponerse en una posición ventajosa con respecto a ella.
—¡Pero es que tengo esa maldita ventaja! —le recriminó.
—Hermano, la quiero para mí, y haré lo que sea necesario para tenerla.
Anthony se dio media vuelta sin esperar a que su hermano lo siguiera. Albert se mesó el pelo en un estado de salvaje agitación. Todos se habían aliado para manipularlos a los dos. Ella seguía en la ignorancia más absoluta sobre quién era el padre de su futuro hijo, y, él, de momento, tenía que tragarse la retahíla de insultos hacia sí mismo y hacia todos.
Volvió sobre sus pasos hacia la biblioteca, abrió la botella de licor, y se sirvió una generosa ración de whisky. No quería hablar con nadie, y con quien sí quería hablar, no estaba allí.
...
Dios! Que embrollo!
