El siguiente capítulo va a ser el que me pidieron por ahí en comentarios Zoro x Reader x Sanji, y después otro que alguien me pidió en Ao3 con Robin uwu mientras tanto, disfruten este de Zoro, que hice para mi roomie~


¿A la derecha... o a la izquierda? Se detuvo en seco sobre el camino de tierra que se bifurcaba ante sus ojos. Frunció el ceño. Se llevó la mano a la barbilla. Dios, ¿por qué siempre esa panda de inútiles se perdían? Se preguntaba pensando en sus compañeros de tripulación, que, según él, hasta hace un momento le acompañaban, y en un parpadear de ojos, habían desaparecido. Decidió mejor regresar al barco, se dio media vuelta para ello, sin embargo, casi le duele la cabeza tratando de averiguar por cuál dirección había venido. Demonios. Suspiró resignado agarrando camino hacia la derecha. El camino de la izquierda, llevaba a un famoso pueblo gastronómico donde Sanji quería conseguir provisiones y Luffy terminar con las bodegas de los restaurantes.

Caminó y caminó lo que probablemente fueron al menos dos horas, entonces soltó un gruñido de desesperación al cielo. Luego suspiró resignado, y siguió con el paso.

El sol era intenso y le abrazaba la nuca, cuando, después de un rato que le pareció eterno, frente a él encontró una pequeña aldea en el campo. Tal vez ahí estaría el resto de los Sombrero de Paja —aunque eso no tenía mucho sentido, pues el sitio al que se dirigieron era una ciudad, no un pueblo —.

Al acercarse, algunas personas, mujeres con sus niños de la mano, ancianos vendiendo canastos hechos a mano, y viejas con tendidos de verduras en la calle principal se le quedaron viendo de mala manera. Hizo una mueca. En el tablón de anuncios del pueblo había carteles de diferentes piratas famosos, incluyendo, por supuesto, a él.

Cada que intentaba preguntarle a alguien por direcciones, se daban la vuelta de inmediato presos de un pánico agobiante. No sabía si sentirse mal porque lo consideraran un demonio, u orgulloso de su fama. De cualquier manera era un fastidio.

Así vagó un buen rato por el pueblo, hasta llegar a las afueras, donde una frente a una bonita casa de madera, había una mujer en el jardín.

Se detuvo en seco. Tenía el cabello de un hermoso color ( ), y unos preciosos ojos ( ) brillantes. Pero no era su belleza física lo que le llamó la atención, al grado de hacerle contener el aliento un segundo. No.

La joven estaba blandiendo una espada. Practicaba sus movimientos, y parecía como agua, como si la hoja de su sable fuera un río y sólo ella pudiera dictar hacia dónde iría la corriente. Fuerte, imponente, y sin embargo, una forma tan pulcra, precisa y delicada, que sólo imaginarse sus propias katanas colisionando con ella le hervía la sangre en ese extraño impulso animal que siente en todas las batallas que valen la pena.

Le tomó un instante a ella percatarse de la presencia del extraño. Le observó de reojo, luego vio las tres espadas del Cazador de Piratas, y su expresión, primero adusta y alerta se transformó en curiosidad.

—¿Qué hace Roronoa Zoro en un pequeño pueblo como este?

—Me perdí.

—Wow, había leído que tu sentido de la orientación era malo, pero pensé que eso sólo era propaganda —dijo sonriendo de lado. El aludido gruñó.

—No soy yo el que me pierde, son ellos los que se separan de mí —argumento, como si eso tuviera alguna lógica y la chica no pudo evitar soltar una pequeña risa. El espadachín resignado ni siquiera se molestó en argumentar de nuevo.

—Supongo que ibas a la ciudad, ¿no es así?

—Eso creo, el cocinero de mierda quería comprar provisiones y mi capitán comer.

—Sí, la ciudad de esta isla es muy famosa por su cultura culinaria. Pero es raro que los turistas visiten por acá.

—Y bien... ¿sabes cómo llegar?

—¡C-claro que sí! ¿Por qué no habría de saberlo? —contestó nerviosa. El muchacho alzó una ceja, pero no le dio mucha importancia.

—Joder, espero que no esté muy lejos, quién sabe cuánto tiempo caminé, y a este paso se hará de noche. No íbamos a pasar más de un día aquí.

—Pues, hay un camino que corta por el bosque, puedo llevarte por ahí, si gustas —sugirió la extraña. El rostro de él se iluminó.

—¿De verdad? ¡Agradecería mucho si lo hicieras!

—Claro. Mira, no luces tan despiadado como dices —él hizo una mueca.

—Tch, no deberías creer las mentiras que cuenta el periódico.

—Supongo. Tal vez sea mi imaginación, pero juraría que hace un momento en cuanto me viste, estabas a punto de saltar a cortarme en dos —dijo, sonriendo de lado, mirándole de reojo perspicazmente. El aludido adoptó una expresión seria en el rostro. Sí, estuvo a punto de lanzarse como una bestia a atacar sin razón. Por supuesto que cualquier espadachín que valiera la pena podría percibir su sed de sangre en kilómetros. Y esta muchacha no era la excepción. Sonrió enormemente. Tal vez perderse no había sido tan malo.

Ella comenzó a avanzar, y la siguió con una ligera sonrisa.

—Bien, aquí es la entrada al camino que te digo —comentó, cuando alcanzaron la orilla del bosque. La pradera floreada y verde se terminaba para dar paso a altos árboles de troncos oscuros, muy pegados entre sí, ocultando entre tinieblas el bosque profundo. Había algunos arbustos espinosos cubiertos de telarañas marcando la transición entre la vegetación alta y la baja. La chica despejó algunas ramas para introducirse, y le señaló al moreno que la siguiera. Él obedeció sin cuestionarse mucho.

Entonces se encontraron adentro. El sueño era húmedo, como si acabara de llover, cubierto por una densa capa de hojas caídas, ramas, musgo y pequeñas plantas que crecían por todos lados. Las copas de los árboles eran altas. Había pinos, encinos y cedros; pequeñas ardillitas correteaban de un lado a otro sobre sus cortezas, y no muy lejos de ellos, un pequeño sendero, viejo, pues parecía llevar años sin uso, trazaba el camino a seguir. O, al menos, un camino.

—Vamos —sonrió ella y dio un salto entre las ramas.

Al principio, hubo un silencio bastante incómodo. Roronoa Zoro no hablaba mucho y se mantenía serio todo el tiempo. Varias veces la hizo exasperarse cuando, apenas parpadeaba, por alguna razón incomprensible, ya estaba caminando hacia el lado contrario, o hacia la parte salvaje del bosque. Era más el esfuerzo mental que el físico, para asegurarse que ese hombre desubicado no desapareciera. Y por si fuera poco, él seguía mirándola fijamente —y a su espada —todo el tiempo, como un tigre apunto de abalanzarse sobre su presa. Y no sabía si aquello le desagradaba, o al contrario, encendía una extraña emoción en ella. Se mordía el labio interior, con la mano sobre el mango del sable preguntándose si sería prudente desafiar a un hombre así, con tanta experiencia, que viajaba por el mundo en innumerables batallas. ¿Perdería muy fácil, o acaso tendría una oportunidad? Empezaba a sospechar que el otro estaba pasando por el mismo dilema, cuando alzó la voz para hablar:

—No te pregunté cómo te llamabas.

—( ). Mi nombre es ( ).

—Ah... —se quedó callado un momento —Desde cuando...

—¿Hmmmm?

—¿Desde cuándo practicas la esgrima?

—Oh, es algo que mi padre me enseñó cuando era niña. Una antigua tradición familiar... como no tuvo hijos varones, me enseñó todo lo que sabía a mí —comentó con un deje de ironía y amargura. Zoro frunció el ceño y se le hizo nudo el estómago. Sonaba demasiado parecido a... —La gente no cree que sea capaz de ser espadachina porque soy mujer —escuchar esas palabras fue como un golpe bajo para Zoro.

—Nunca, nunca jamás escuches a quienes te digan eso —le contestó y ella parpadeó un par de veces sorprendida.

—No había escuchado a un hombre decirme eso antes, mucho menos a un espadachín —Zoro se rascó la nuca, nervioso.

—Es sólo que... Hmmm tenía una amiga. Y siempre me pateó el trasero, así que, sería estúpido de mi parte si pensara que sólo por ser mujer eres más débil...

—Ya veo...

—Eres más débil porque yo seré el más grande espadachín del mundo —dijo, sonriendo de lado con arrogancia. La chica alzó una ceja y sonrió de vuelta. Vaya, si el muchacho era encantador...

—No lo sé, tendríamos que averiguarlo... —dijo, con un tono de voz incitador, como si estuviera seduciéndole. El otro se mordió el labio. Vaciló un momento. Entonces, en apenas un parpadeo, desenvainó su katana y lanzó su ataque contra la muchacha, quien reaccionó apenas pudo desenvainando la propia para bloquear el corte.

El sonido de metal resonó como un eco por todo el bosque, y los pájaros saliron volando y aullando de las copas. Una ráfaga de viento producida por la colisión agitó las copas a su alrededor. En cuestión de menos de un segundo, Zoro lanzó un nuevo ataque, ella lo esquivó, y un tronco terminó partido en dos. Entonces contraatacó con una técnica propia, mas el otro la bloqueó.

Y así estuvieron, chocando acero durante un buen rato, perdiendo rastro del sendero, y acabando en medio del bosque profundo.

—Tiempo, tiempo —jadeó ella tratando de respirar, completamente exhausta.

—Hmmm, si apenas comenzamos —dijo el otro haciendo un puchero.

—Ya no puedo más. Tú ganas. Eres mucho más fuerte que yo —dijo, recargándose sobre un tronco —Si quieres terminar conmigo, sería honorable y lo entendería.

—Nah. no voy a atacar a alguien que ya se rindió —dijo, guardando sus katanas nuevamente en la funda.

—Vale... —dijo ella desplomándose en el suelo.

—Pero, nada mal. —comenzó —Para estar encerrada en una pequeña isla... deberías salir al mar —sonrió —nunca serás más fuerte a menos que te enfrentes al mundo real. Hay muchas personas fuertes ahí afuera, mucho más fuertes que yo...

—Lo sé. Aunque no estoy segura de si mi meta sea ser la espadachina más poderosa del mundo como tú...

—¿Cuál es tu meta?

—No tengo una.

—Hmmm. Búscala —ella rio un poco.

—Está bien. Lo haré.

—Oye...

—¿Sí, Roronoa Zoro?

—¿Podemos ir ya a la ciudad?

—...—abrió los ojos enormemente —¡El camino! —exclamó volteando de un lado a otro tratando de buscar el sendero, pero ya no estaba ahí. Tan solo árboles, y matorrales, y más y más árboles —¡Oh Dios, no está!

—Hey, pero es tu tierra natal, conoces el camino, ¿verdad? —preguntó el otro, comenzando a ponerse nervioso.

—¡Pero todo luce igual! ¿Cómo diablos voy a saber cuál es la dirección correcta?

—¡Ugh, mujer, por tu culpa nos perdimos!

—¡Hey, no me eches a mí la culpa, esto es un trabajo en equipo!

—¡Pero tú eras mi guía!

—¡Pero tú querías pelear!

—¡Tú también! —discutieron mirándose a la cara con los ceños fruncidos. Él hacía una mueca y ella arrugaba la nariz. Entonces cortó el intenso contacto visual y suspiró resignada.

—Eso es cierto... supongo que no perdemos nada moviéndonos. Si pudiéramos ver el sol, al menos sabía dónde está el norte... ¿Por qué no vamos en esa dirección?

—Como sea...

Y así, pasaron un par de horas caminando, sin encontrar el sendero, ni salir del bosque.

—¡Este bosque es enooorme! —se quejó el peliverde.

—Ya sé... perdón, no era mi intención hacer que te perdieras más... —dijo ella, comenzando a sentirse decaída —Mira, ya está anocheciendo... —comentó con aflicción al voltear hacia las copas y ver la poca luz que se filtraba desaparecer.

—¡Aghh! lo que me faltaba... ¿esos idiotas no están buscándome?

—Tus compañeros no se irían sin ti, ¿o sí?

—Apuesto a que a ese cocinero enamoradizo le encantaría... tenemos que apurarnos... —presionó.

—No creo... que sea prudente.

—Bah, no le tengo miedo a la oscuridad.

—Tal vez deberías... —mencionó ella con un tono lúgubre.

—¿De qué hablas?

—Este no es.. un bosque normal.

—¿Por qué, hay algún fantasma? uuuuuh —dijo él burlándose de ella.

—De día, es como cualquier otro, de noche... cobra vida —él se rio —¡No te rías! Es verdad. No sé nada de fantasmas, pero los árboles aquí cambian de lugar cada noche. Si ahora salimos, vamos a perdernos aún más y dar vueltas en círculos. Por eso está el sendero. Es la única manera segura de atravesar el bosque. Aunque te aprendieras de memoria todo, al día siguiente se vería distinto —Zoro se rascó la nuca resignado y suspiró. No sonaba a que estuviera mintiendo, y había visto demasiadas cosas extrañas en en Grandline como para poner en duda lo que le decía la muchacha. Entonces se desplomó sobre el suelo para sentarse.

—Acampemos aquí en ese caso —dijo bostezando, acomodándose en un tronco para echarse a dormir.

—Deberíamos empezar una fogata.. para alejar también a los animales.

—Sí, te encargo eso —ella frunció el ceño.

—¿No vas a ayudarme?

—¿Quieres que me mueva de aquí? —dijo alzando una ceja. Ella palideció de solo imaginarse que el otro se iba por su cuenta a buscar leña y terminaba perdiéndose solo.

—Ahora vengo... —cuando regresó, Roronoa Zoro estaba durmiendo. Era impresionante que pudiera dormir en una situación así, la verdad. Soltó un suspiró y comenzó a frotar un palito sobre la madera para producir la chispa. Y justo a tiempo la fogata encendió, pues comenzaba a bajar la temperatura.

El crepitar de la hoguera despertó al espadachín.

—Buenos días, bello durmiente —él bostezo.

—¿Tienes alcohol?

—¿Te parece que voy por la vida cargando una botella?

—Lástima. No estaría mal tomarnos una copa juntos.

Pirata, después de todo. Le observó fijamente un rato. Cómo las llamas creaban luces y sombras sobre su piel. Era un hombre muy guapo... era un hombre irresistiblemente atractivo.

—¿Sucede algo? —le preguntó al darse cuenta que lo miraba por un largo rato. Ella desvió la vista.

—No, nada —esa respuesta no le convenció del todo. Se le quedó bien también un rato, pero luego habló:

—¿Por qué no te sientas? —señaló el espacio a su lado frente al ancho tronco donde estaba recargado. Había espacio para dos. Ella no contestó, pero hizo caso y se sentó junto al pirata. Dios. Ahora que lo pensaba... olía muy bien. Bueno, en realidad olía a sudor, pero por alguna razón, eso le sentaba bien. No podía dejar de verle la cara. Y él era consciente de ello. Le regresó la mirada como cuestionándole de nuevo qué quería, con el ceño fruncido, pero no dijo nada.

Era bonita. O al menos, eso le parecía. Y le agradecía al cielo con toda su alma que su rostro no fuera similar al de Kuina, si no, no podría mirarle la cara.

—¿Por qué decidiste convertirte en pirata? —le preguntó de repente, rompiendo el silencio tenso y tratando de averiguar algo que le daba curiosidad desde hacía un buen rato.

—Perdí una apuesta.

—¿En serio?

—Bueno, esa podría ser la razón práctica, pero la real, es que no tengo ni la menor duda de que mi capitán será el Rey de los Piratas. Y no podría esperarse menos del capitán del mejor espadachín del mundo —dijo con una enorme sonrisa mostrando su dentadura. Tenía una sonrisa bastante encantadora...

—Monkey D. Luffy... ¿Cómo es?

—Un idiota —ella soltó una pequeña risa —. Es un idiota lo suficientemente loco como para prenderle fuego a la bandera del Gobierno Mundial, y no podría pedir menos de él.

—Lo admiras mucho.

—Moriría por él.

—Eso habla muy bien de ti.

—¿Lo hace?

—Sí.

—Entonces, dime, —pronunció volteándola a ver a los ojos, —¿qué piensas ahora de este pirata? —pronunció con cierta malicia. Ella abrió los labios para decir algo, pero los mantuvo abiertos un momento sin decir nada.

—Pienso que hay mucho más de ti de lo que parece —murmuró suavemente, dirigiéndole de vuelta la mirada. Ambos entonces la sostuvieron sin cortarla. —Y tú, Roronoa Zoro, ¿qué piensa un pirata de mí?

—Lo mismo que tú de mí —dijo sonriendo de lado, con aires de autosuficiencia. Había algo increíblemente atractivo en su sonrisa, llena de confianza. Podía tan solo con verla saber que no era cualquiera el que tenía en frente. Inconscientemente, sin notarlo, acercaba cada vez más su rostro al del otro, apenas iluminados por las flamas parpadeantes de la fogata. El más alto bajo la mirada y la posó en sus labios entreabiertos, y nuevamente a los ojos de la chica, un par de veces así. El corazón de ella latía fuerte, y se detuvo por completo, cuando una mano grande y fuerte le tomó por la cintura y la pegó para besarla.

¿Qué estaba pasando? Estaba perdida en el bosque y besándose con un hombre que acababa de conocer. Y se sentía jodidamente bien. El cuerpo entero se le estremecía como si electricidad recorriera su sistema nervioso entero y el pecho se le contraía ardiente de deseo, y podía sentir en la fuerza con la que el otro le sujetaba, y profundizaba el beso hasta que sus lenguas acababan en una fiera batalla, que le deseaba tanto como ella a él.

Y esa noche ambos mantuvieron el calor de la hoguera en sus cuerpos, compartiendo la temperatura del otro en su desnudez, de la manera más íntima, lo más cerca que se puede estar de alguien bajo las leyes de la física, bien adentro él de ella, sudando los dos entre jadeos.

Amaneció recargada sobre el torso desnudo del otro, y se comenzó a estirar, con una sonrisa de oreja a oreja. Vaya que era relajante despertar así.

Entonces, a lo lejos comenzaron a oírse unas voces gritando:

—¡Zoroo! ¡Zoroo!

El susodicho abrió los ojos con pesadez, y volteó a ver a la mujer sentada a su lado, aún sin ropa. Bostezó. De neuvo se escuchó a lo lejos "¡Zoro!". El espadachín se sentó, junto a ella, le mordió un hombro suavemente, luego la volvió a besar. Entonces se levantó para ponerse sus ropas. Ella hizo lo mismo y le dirigió una sonrisa cómplice que él regresó.

—Parece que son tus amigos.

—Sí, escucho la voz de Luffy y Nami. Ugh, Nami me va a golpear —ella soltó una pequeña risa.

—¿Le tienes miedo?

—La verdad es que sí. La mujer es un demonio —dijo, mientras se acomodaba el haramaki, para después gritar —¡Luffy! ¡Estoy aquí! —entonces, de la nada apareció un brazo que se agarró de una rama, y acto seguido, un muchacho de pelo negro apareció volando como cohete.

—¡Zoro! ¡¿Por qué te pierdes siempre!? ¡Hemos estado buscándote por toda la isla! —dijo con un puchero como un niño que hace un berrinche —poco a poco, fueron llegando entre los árboles una mujer con perfil griego, un esqueleto parlante, una pelirroja, un rubio vestido de traje, y un moreno con googles. Pudo reconocerlos, todos miembros de la infame tripulación del Sombrero de Paja.

—Oh, ¿no nos vas a presentar a tu amiga? —preguntó Robin con una sonrisa cortés.

—¡Mellorineee! —saltó, con ojos de corazón el cocinero hacia la muchacha, pero fue detenido por un puñetazo del espadachín.

—Aleja tus manos de ella, cocinero enamoradizo.

La dinámica entre todos era tan extravagante y escandalosa que no pudo evitar parpadear un par de veces sorprendida.

—¡Hola! —se dirigió a ella la de cabello naranja —Me imagino que tú estuviste cuidando de nuestro bobo espadachín.

—S-sí... algo así. Debía llevarlo a la ciudad, pero nos acabamos perdiendo y acampamos aquí —la navegante suspiró resignada.

—Lamento los problemas que te haya causado

—N-no... nada de eso.

—¿Q-quieres decir que pasaste la noche con esta hermosa dama? ¡No te lo perdonaré! —gritó el rubio y ( ) observó divertida como se peleaban.

—¡Rápidooo! —llamó el capitán —Ya quiero irmeeeeee —protestó.

—Sí, sí, vamos —contestó Zoro —Hey, gracias por todo —le dijo a ( ).

—No fue nada...

—Fue una buena pelea —pronunció amablemente —Y buen sexo —dijo, sonriendo de lado y guiñándole el ojo. Ella enrojeció hasta las orejas, y Sanji escupió fuego como dragón, pero nadie tuvo tiempo de decir nada, porque Luffy los rodeó a todos con un brazo, y salieron volando por los aires en conjunto.

Al menos ya estaban fuera del bosque.

—¡Gracias por cuidar de Zoro! —se despidió la navegante, y así se dirigieron caminando al puerto donde estaba el Thousand Sunny. ( ) se despidió con la mano hasta que desaparecieron. Entonces caminó de regreso a su pueblo.

Esa había sido una experiencia interesante.