–¿None tan mamás? -preguntaba Nilsa con una vocecita que reflejaba el llanto que estaba a punto de soltar.

–Ellas salieron un momento. Me pidieron que cuidara de ti. ¿Quieres comer algo?

–¡Quieo a mamis! -las lágrimas empezaban a acomularse en sus ojos.

–Nilsa, por favor no llores -pedia un alarmado Kristoff. –¿Quieres un dulce?

–¡Mami! -llamó entre llantos. –¡Mamá!

–No, no, no -decia el castaño buscando una forma de calmar a la pequeña.

–¡Quieo a mamá Elsa! –exigío dando un golpe al suelo con uno de sus piecitos.

De repente una ráfaga de viento entró velozmente por la ventana rodeando el pequeño cuerpo de Nilsa, quien empezó a sonreír olvidando el llanto. Se trataba de Gale, el cual elevó a la pelirroja sin problemas.

–¡Ey! -lo llamo Kristoff al percatarse de sus intenciones. –Ni lo pienses -le advirtió poniéndose delante de la puerta. –No voy a dejar que te la lleves.

–¡Quieo il con Mamá! -exigió Nilsa provocando que Gale generará una especie de remolino alrededor del castaño mientras él sacaba a la pequeña por la ventana.

–¡Anna va a matarme! -gritaba cubriéndose con los brazos del aire lleno de arena que lo rodeaba. –¡Y Elsa me revivirá y luego volverá a matarme! –Decía alarmado sin saber que la ex reina también estaba en un lío peor que el suyo.

–Pabbie, tenemos que hacer algo -suplicó la pelirroja al ver imposible el acceso a dónde estaba la ex reina.

–Qué más quisiera yo, princesa, pero no podemos atravesar ese fuego. Tampoco deshacer la horrenda forma de Hansilton.

Anna observaba alarmada como el deforme hombre se abalanzaba contra Elsa en una lluvia interminable de golpes que fácilmente destrozaban los escudos de hielo que su hermana creaba para aminorar el impacto.

–¡Bruni! ¡Por favor Bruni! -llamaba desesperada la pelirroja. –¡Bruni!.

La pequeña salamandra azul se dejó ver sobre una de las cosas que había en el lugar. Y miro detenidamente a la princesa.

–¡Bruni! -sonrió esperanzada. –Te lo suplico, reduce el fuego. Déjame entrar a dónde está Elsa. Necesito ayudarla.

El pequeño reptil llevó su lengua a un ojo y ladeó un poco la cabeza. Parecía que fingía no escuchar lo que le decía.

–Yo se que me entiendes. Por favor.

–Ellos solo obedecen a Elsa -habló Honeymaren llegando en compañía de una pelinegra y dos niños que la princesa no conocía.

–Tu -la señaló molesta. –¡Fuiste complice de esto! ¡Y ahora Elsa está en peligro!

–No sabía que esto ocurriría. Ninguna sabía.

–Ni siquiera yo tenía conocimiento -intervino apenada la otra pelinegra. –Después de lo que hicieron con tu hija, debí imaginar que terminarían haciendo algo aún más retorcido. Lo siento tanto.

–¡Cuando termine contigo, no vas a sentir nada! -afirmó la pelirroja mientras se abalanzaba sobre la joven.

–Princesa -Honeymaren la tomó de la cintura evitando que hiciera una locura –no es el momento ni el lugar. La reina nos necesita.

–¿Crees que no lo sé? -dijo con molestia mientras se soltaba de la pelinegra. –Pero el único que puede ayudarnos es Bruni. Y no lo hará.

Un fuerte sonido de dolor llegó a los oídos de todos los presentes. Elsa al fin había sido alcanzada por los golpes de Hansilton, quien se reía satisfecho permitiendo que la rubia se levantara del suelo. Tenía un golpe bien marcado en la mejilla y un hilo de sangre salía de su boca mientras sostenía con una de sus manos el costado izquierdo.

–¡Elsa! -gritó Anna.

–¿Lo escuchas? -preguntó felizmente el hombre. –La desesperación en su llamado, me asegura que puedo matarte sin problemas. Es decir, mírate. La poderosa reina del hielo, a la que todos llaman diosa y dueña de los elementos, no es más que una frágil mujer a la que puedo someter a golpes -afirmó con superioridad.

–No voy a sucumbir ante ti. Sobre todo ahora que he visto de lo que puede ser capaz -un destello azul eliminó su mano derecha. –No puedo permitir que Arendelle sea dirigido por un ser vil como tú.

La reina atrapó el cuerpo de Hansilton con una cubierta de hielo para intentar inmovilizarlo. Sin embargo, el hombre completamente enfurecido destrozó sin problemas aquella prisión.

–¿Acaso te estás burlando de mí? ¡Ni siquiera estás luchando de verdad!

–Yo no seré el monstruo aquí.

–Claro que no. Serás el cadáver.

Hansilton tomó una enorme piedra y la lanzó. Elsa la congeló en medio del aire y la hizo pedazos. Cuando se percató de la cercanía de su oponente tuvo que soportar el poderoso y doloroso golpe que recibió en la sien, arrojandola bruscamente al suelo en un estado casi inconsciente.

Su agresor se acercó hasta ella con una enorme sonrisa en el rostro y sin piedad presionó el cuello de la ex reina con la planta del pie.

–Es hora de ponerle fin a esto.

Las manos de Elsa inútilmente intentaban mover aquella piernas que le estaba arrebatando la respiración y con ello, la vida. ¿De verdad terminaría así? ¿Acaso los buenos siempre debían sufrir?

Las lágrimas comenzaban a resbalarse por su rostro mientras se recriminaba así misma. Si tan solo tuviera las agallas suficientes para ponerse de pie y azotar sin remordimiento a aquel hombre que tanto mal planeaba hacer. Y que con ello lastimaría a su pequeña Nilsa. A la cual creía estar escuchando hablar, o quizás simplemente la muerte estaba cerca, y el sonido de la voz de ese ser que tanto amaba estaba dandole la bienvenida al cielo. Sin embargo el grito desgarrador de Anna la regreso a la realidad, y con lo poco de energía que le quedaba logró conectar de nuevo todos sus sentidos topándose con una escena que le heló la sangre. Su hija se encontraba jaloneando con sus manitas el pantalón de Hansilton mientras hablaba entre sollozos.

–Nil...sa…

–¿Este es tu engendro? -indagó el castaño tomando a la pequeña de la blusa y la colocó a la altura de su rostro.

–De...jala...

–Que estorbo.

El corazón de Elsa se detuvo cuando presenció cómo Hansilton aventó por los aires a su pequeña. Dejando impregnado en sus oídos el llamado suplicante de su hija que se perdía en la lejanía.

–¡Mami…!

De un momento a otro su cuerpo había dejado de sentir dolor y un intenso calor le recorrió, dando paso a una potente ira que le exigía venganza. Así que, sin pensarlo dos veces atravesó el cuerpo de Hansilton con una gruesa y puntiaguda estalagmita.

–¿Qué…? -balbuceo el castaño mientras retrocedía viendo el enorme pedazo de híelo que tenía incrustado en el estómago.

–¡Vas a pagar por lo que has hecho! -afirmó Elsa mientras se levantaba del piso con los ojos completamente blancos y las manos iluminadas de azul. –Te atreviste a tocar por segunda vez lo más preciado que tengo. Así que esta vez, no tendré misericordia.

–¿Y qué harás? -sonrió burlón. –¿Matarme?

–Por supuesto.

Elsa elevó la mano al cielo y una espada hecha de hielo fino se formó en ella. Con su otra mano generó un remolino helado alrededor de su oponente, quien ya tenía los pies completamente congelados.

Las carcajadas de Hansilton resonaron por todo el lugar. –¿De nuevo este truco? -indagó divertido a pesar de la sangre que se escurría de la herida.

–Te prometo que tendrá un final sorpresa -afirmó la reina mientras se acercaba a él.

–¡Adelante, sorprendeme!

Fue lo último que pronunció aquel hombre. Pues la fina espada de Elsa le atravesó la garganta. Y con un chasquido de sus dedos el remolino empezó a triturarlo sin piedad, borrándolo completamente de la existencia.

Invadida aún por ese deseo de venganza que le había arrebatado el remordimiento, camino decidida hasta donde se encontraba un temeroso Duque, quien palideció al ver a la reina atravesar las llamas sin inmutarse.

–Por seres codiciosos como usted, es que el mundo está lleno de sangre.

–Más bien, por asesinos como tú -contraataco con fingida seguridad.

–…

–¿Que se siente haber matado a un hombre de familia y dejar viuda y desamparados a un par de niños? ¡Desde siempre supe que eras un monstruo!

–Solo váyase, Duque. Deje en paz a mi gente, y a todos los que amo.

–¿Ahora si son tu gente? ¿Quieres que te recuerde que los abandonaste por dos años? ¿Y todo para vivir tu asqueroso y repulsivo amor en paz?

–Váyase -dijo Elsa entre dientes, conteniendo su ira. –Antes de que me arrepienta -Se dio la vuelta dispuesta alejarse de aquel diminuto hombre.

–Al menos, Hansilton, antes de morir logró erradicar a ese engendro tuyo, del cual debí encargarme hace años.

Unas delgadas estalagmitas salieron del suelo y atravesaron de muchas formas el cuerpo del Duque, para generarle una dolorosa y lenta muerte, desangrándose poco a poco.

–Al menos… moriré… sabiendo que la perfecta reina…terminó siendo… una asesina -dijo con su último aliento de vida.

Aquellas palabras la trajeron de vuelta a la realidad, devolviéndole esa lucidez y esa humanidad que la caracterizaba. Sólo para mostrarle la locura que había cometido y la sensación de intenso dolor que había estado omitiendo, y que justo ahora la obligaba a dejarse caer sobre el suelo. Incluso pensó en cerrar los ojos y dejarse llevar, pero de nueva cuenta la voz de su pequeña niña la hizo reaccionar.

Nilsa corría con lágrimas en los ojos directamente hacia ella, con Gale acompañándola, e inmediatamente la ex reina se levantó, debía evitar que su pequeña viera al Duque de esa forma. Así que, lo liberó de las estalagmitas y corrió hacia ella para abrazarla fuertemente y llorar de felicidad al ver que no tenían un solo rasguño.

A los pocos minutos una preocupada Anna llegó a su lado. –Elsa, ¿estas bien? -preguntaba la alarmada abrazándose a la rubia y a su hija.

–Ahora lo estoy.

–¡Eres una idiota! -dijo de pronto completamente enfadada mientras dejaba de abrazar a la ex reina. –¿Tienes idea de la angustia que pasó? ¡Carajo, Elsa, creí que te perdía! -sus verdes ojos se volvían a llenar de lágrimas.

–¡Mami tonta! -afirmó Nilsa.

–Hasta nuestra hija lo comprueba.

–También las amo -afirmó aún con lágrimas en los ojos.