Capítulo 7

Inuyasha reaccionó de manera automática antes de que Kagome cayese inconsciente al suelo y aunque hubiese una alfombra de por medio, ésta no amortiguaría un golpe en la cabeza.

La tomó entre sus brazos para llevarla al sofá más cercano. La dejó ahí sin perderla de vista.

— Por lo que deduzco es ella la dama a quien buscas.

Pero él sólo se limitó a mover ligeramente la cabeza en forma afirmativa. Estaba más al pendiente de su prometida; por qué aun lo era, quisiera ella o no, seguían prometidos. De inmediato toda esa preocupación, aquel sentimiento de desesperación por saber dónde estaba, por tan siquiera averiguar si estuviese a salvo se evaporaron al contemplar aquel rostro plácidamente inconsciente.

¿Cómo podía una mujer menuda como esa traerlo vuelto por toda Inglaterra? Haciéndolo viajar de Londres a Hampshire.

Pero sobre todo y la incógnita más grande era:

¿Cómo demonios había logrado ella realizar un viaje así, sin que no corriese ningún peligro?

No cabía duda, esa pequeña escurridiza era una mujer inocente y se lo haría saber en cuanto recuperarse el conocimiento.

Naraku contempló la alfombra donde había caído el servicio de café. La mejor de la vajilla de porcelana que con recelo resguardaba Kikyo estaba esparcida por toda la habitación hecha polvo. La alfombra había absorbido todo el líquido impregnando la habitación con un intenso aroma a café.

Él mismo fue quien levantó la cristalería rota, de ninguna manera permitiría que algún empleado entrara en la habitación para enterarse de todo este asunto.

Antes de salir miró por unos instantes a Inuyasha, quien sostenía la mano de aquella mujer.

Hizo una mueca al ver la escena.

La hija de un conde haciéndose pasar por una institutriz y todo para escapar de un matrimonio con un vizconde. Vaya, el mundo sí que estaba loco y comenzaba a cambiar drásticamente.

— Voy a dejar esto a la cocina – comentó mientras mostraba la bandeja – También traeré sales para hacerla reaccionar.

— ¿Cómo…— interrumpió Inuyasha, haciendo que Naraku se detuviera justo a mitad del despacho — …cómo fue que llegó hasta aquí?

— Pues...— él hizo un gesto pensativo antes de hablar – Sólo sé que se presentó aquí con una carta de recomendación a lo que a Kikyo no le tomó mucha importancia, debido a la persona que la recomendaba.

— Lady Cameron. – concluyó Inuyasha.

— Así es – él asintió – Bueno, tengo que dejar esto.

Una vez solos, contempló el rostro angelical de la pequeña escurridiza. En esos momentos lo que más apetecía era que reaccionara para invadirla con miles de preguntas que rondaban en su cabeza. Zarandearla hasta que le castañearan los dientes, pero sobre todo reclamarle su falta de sensibilidad al dejarlo plantado y huir como una cobarde. Aunque no solo era él el quien estaba padeciendo los estragos de su escape, sino más bien la madre de su prometida. La condesa era quien más sufría la ausencia de su hija y se lo recalcaría.

Todo lo que había ocasionado lo hizo sin detenerse, sin mirar todo el daño que causaría a su paso.

Se inclinó un poco más ante ella, podía escuchar su respiración pausada. Un mechón rebelde se había adherido a su frente y con cautela lo retiró, pasándolo justo por detrás de su oreja.

Lo cierto era que nunca se había detenido en contemplar, la conocía por ser su prometida, sí. Pero solo estando ahí, tuvo que darse cuenta que era muy hermosa. No pudo reprimir la tentación de acariciar sus mejillas, de pasar la punta de su dedo por aquellos finos, delineados y carnosos labios.

Era hermosa, era su prometida y pronto sería suya.

— Ahora que te tengo así no te será sencillo escapar tan fácilmente de mi – se prometió – Una segunda no habrá, pequeña escurridiza.

El viaje estaba siendo agradable, bueno o al menos así era lo que ella cría. Porque en sus sueños se imaginaba que iba en un carruaje contemplando el hermoso paisaje verde que yacía frente a ella, pero sabía que era completamente mentira.

La realidad era mucho pero, en realidad sentía como si cien carruajes la hubiesen aplastado dejando su cuerpo hecho añicos. La cabeza aun le daba vueltas, su cuerpo realmente lo sentía ajeno a ella, lo sentía demasiado pesado como para querer levantarse.

No era solo eso por lo que no deseaba abrir los ojos y levantarse, sino porque no se esperaba ver a su prometido una manera tan inesperada.

¿Cómo la había encontrado?

¿A caso Sango la traicionó?

Sabía que no podría ser posible, ella misma le había ayudado a orquestar su huida por lo cual solo podía ser más que una casualidad.

Una maldita casualidad.

¡Dios!

Si abría los ojos tendría que enfrentarse a su destino o más bien a su histérico ex prometido, porque para ella ya no era su prometido, le gustase o no. No temía por su seguridad, sino más bien todo lo contrario. Ya que si la enfrentaba y la obligaba hablar diría unas cuantas frases dolientes y no podría parar hasta que ya no tuviera más insultos por decir.

¿Y si todo había sido producto de su imaginación? ¿Una horrible pasada de su subconsciente?

Si tal vez eso era, una mala broma de su recuerdo queriéndole dibujar una imagen falsa de su prometido. Debía convencerse a sí misma que no era real. Él no era real, porque en cuanto ella abrirse los ojos Inuyasha no iba a estar ahí.

No estaría ahí.

Era falso lo que había visto.

Tenía que alentarse a sí misma, animarse.

Fue abriéndolos lentamente, al principio todo era gris, parpadeó y la imagen comenzó a tomar forma primero borrosa y después clara.

Sonrió para sí misma al no ver a nadie en frente de ella o más bien al no verlo.

Con cuidado fue incorporándose lentamente al sofá llevándose las manos a la cabeza instantáneamente, ya que aún se sentía un poco mareada así que se recargó en el respaldo del sofá con un leve suspiro de alivio que escapó de sus labios.

— ¿Se encuentra bien Lady Higurashi….

Kagome dio un respingo al escuchar esa ronca voz justo a un lado de ella, con temor fue girando poco la cabeza en dirección hacia donde había provenido.

Sus ojos, esos ojos dorados la miraban con una intensa frialdad y cautela que la hicieron temblar de puro miedo.

De inmediato al verlo pegó un salto hacía el otro extremo del sofá y con el espacio libre que quedaba, Inuyasha se puso de pie y tomó asiento a su lado.

— ¿…o prefieres que te llame señorita Harper, la institutriz?

— In…In…yo

¡Cielo santo!

No era capaz de formular ni una sola frase completa y si abría la boca era solo para balbucear.

— ¿Te comió la lengua el ratón o no esperabas ver a tu prometido? ¿Ése a quien dejaste plantado en el altar?

Desde donde estaba claramente se escuchaba la respiración fuerte de Inuyasha y a juzgar su tono de voz claramente se notaba un poco molesto.

¿Poco?

Por supuesto que no, estaba más que molesto diría ella.

— Me debes muchas explicaciones querida Kagome. Empezando por la más importante.

Ella ni se atrevía a voltear la cabeza y mirarlo a los ojos. En cambio, permanecía con la vista fija en algún punto del despacho.

Lo escuchó suspirar antes de lanzar su siguiente pregunta.

— ¡¿Cómo demonios se te ocurrió venir sola hasta Hampshire?! – La miró, pero ella era incapaz de regresarle la mirada, cosa que lo hizo enfadar mucho más – Tus acciones pudieron traer consecuencias graves.

Kagome frunció el cejo, su estado de ánimo comenzaba a cambiar. Una intensa adrenalina empezaba a recorrer cada fibra de su cuerpo.

Si estaba dolido por su reputación bien le importaba poco. Fue en ese momento cuando se armó de todo el valor que tenía y sus ojos por fin se encontraron con los de él.

Dorados y tan hermosos como desde el primer día en que lo vio. Pero tan libertino como el día en que lo descubrió en brazos de Lady Ramsey en los jardines de la casa de su padre.

— Tu madre esta devastada. No hace más que preguntarse por ti. Mientras que tu padre a desplegado casi a todo Londres en tu búsqueda. ¿A caso los quieres matar de un infarto?

Bueno, en ese sentido si tenía razón. No se había detenido a pensar que las consecuencias de sus actos podrían devastar a más de una persona. Incluida desde luego a su queridísima madre. A quien aún no le enviaba noticias de ella.

De pronto hizo un movimiento que a la propia Kagome le hiciera saltar el corazón.

Él se había puesto de pie, apoyó ambas palmas de las manos una en el respaldo y la otra en la oreja. Para de tal manera ella quedar prisionera entre el sofá y su intensa mirada.

Inclinó un poco la cabeza para que sus ojos estuvieran a la par.

— ¿Aun así no eres capaz de decir nada?

Sentía su aliento cálido golpear contra sus mejillas. Miró por el rabillo de sus ojos uno de sus fuertes brazos, su tenso abdomen para finalizar con sus ojos. Nunca lo había visto de ese modo y sinceramente le daba un poco de temor.

La sorpresa y el temor le habían quitado la capacidad del habla, pero en estos momentos en que le estaba reclamando su falta de sensatez la hacían experimentar algo más que eso, como coraje. Sí, eso era, coraje de verlo ahí, rabia de verse descubierta.

Él también era el hipócrita, fingiendo que nada había pasado sólo a ella recriminando sus acciones.

Si hablaba, le lanzaría todos los improperios que hasta ese punto estaba tratando controlar. Pero una vez que hablara no se detendría por nada del mundo.

A pesar de ese enfado que recorría cada una de sus venas una parte de él se aliviaba que ella estuviera a salvo. Recorriéndola con la mirada, deteniéndose en cada parte de su piel, su cara, sus labios, su delicado y frágil cuello y como subía y bajaba su pecho a raíz de su acelerada respiración.

Tuvo que apartar su mirada de ella, sus pensamientos iban tomando otro rumbo distinto en el que debía estar concentrado. Se apartó de ella y lo primero que hizo fue buscar una pequeña licorera que había en una pequeña mesa, donde se sirvió una pequeña cantidad de brandy y se la bebió de un solo golpe.

Se sirvió otro trago, pero esta vez lo disfrutó poco a poco, deleitándose como el alcohol raspaba en su garganta.

Kagome observó la salida, no estaba muy retirada por lo que podría salir del despacho para emprender nuevamente su huida.

— Ni se te ocurra hacer eso.

Su advertencia vibró en las cuatro paredes de la habitación, a lo cual la hicieron quedarse petrificada en su sitio.

— Será mejor que comiences a empacar – comentó – Hoy mismo nos regresamos a Londres y ambos terminaremos lo que dejamos en un inicio. En el altar.

Kagome frunció el cejo al escuchar esa última frase. Él estaba decidiendo por ella y ni siquiera se adentraba a preguntarle el que la orilló a escapar el día de la bosa.

Él era el más hipócrita, arrogante, mentiroso de todos.

Armándose de valor se levantó del asiento y se cruzó de brazos. Su semblante cambió radicalmente, el miedo poco a poco fue sustituido por adrenalina. Él ya había hablado, ahora era su turno de hacerlo y le diría todo lo que en esos momentos cruzaba por su mente.

Aún estaba de espalda a ella.

— No pienso regresar contigo a Londres.

El vaso que tenía entre las manos se cayó al suelo haciéndose añicos, a este paso le iban a deber toda una vajilla entera a Naraku.

Mientras tanto, al otro lado de la habitación Kikyo no despegaba la oreja de la puerta del despacho de su marido. Naraku apareció justo detrás de ella, se inclinó y le susurró quedamente al oído.

— ¿Sabías que escuchar detrás de las puertas es de mala educación, señora Evenson?

Kikyo dio un respingo llevándose las manos al corazón.

— Me has dado un susto de muerte – dijo ofendida.

Él se cruzó de brazos y alzó una ceja, desde luego su mujer se fingía ofendida al verse descubierta por él y su manera de escuchar por la puerta.

— Ven, será mejor que los dejemos dialogar. Te contaré todo en la sala verde.

Kikyo no pudo evitar esbozar una sonrisa, cuando ambos hablaban en la salita verde era para contarse uno al otro todos los cotilleos y los empleados sabían a la perfección que una vez que ellos estuvieran adentro nadie podía molestar

— Bien ¿Qué está pasando? – Exigió saber una vez que ambos ocupaban un asiento — ¿Quién es ese hombre que está discutiendo con nuestra institutriz?

Naraku se llevó una mano a la cabeza y la acomodó en el hueco de la nuca. La verdad era que no sabía cómo decirle a su mujer que su institutriz no era una institutriz, si no la hija de un conde. Una hija que estaba comprometida con un vizconde y que había huido el día de su boda.

— No sé cómo decirte esto Kikyo.

— Será mejor que me lo digas si quieres que te siga dirigiendo la palabra, querido.

— Tu institutriz no es una institutriz. Sino más bien es la hija de un conde.

Su principal reacción fue agrandar los ojos de sorpresa, después poco a poco fue abriendo los labios.

— Y está comprometida con mi mejor amigo. Inuyasha Taisho, vizconde de Wimsey.

Ante tal información Kikyo empezó a hiperventilar, se puso se dé pie y empezó a dar pasos alrededor de la habitación.

— No puedo creerlo – decía mientras se llevaba las manos a la cabeza – He tenido todo este tiempo a la hija de un conde como institutriz.

— Esto no debe salir de aquí ¿Me entiendes? – Advirtió su marido – Ni siquiera se lo puedes contar a la Baronesa Higgins. En especial a ella y que es la mayor chismosa de aquí.

Inuyasha cuadró los hombros y giró sobre sus talones para hacerle frente a la dama. La miraba con el cejo fruncido. Creía que había sido un producto de su imaginación el hecho de que ella se negara a regresar con él a Londres. Pero esa actitud desafiante, ese modo por como lo miraba, era como si o incitara a retarlo.

– ¿Te he escuchado bien?

– Así es – respondió ella, altiva, decidida y orgullosa – No pienso regresar contigo a Londres. Si tanto te preocupa la palabra de nuestros padres…– tomó aire antes de proseguir – Te deslindo de ella.

– No puedes deshacer un acuerdo que ambos hicieron.

– Claro que si puedo – asintió.

Hubo silencio sepulcral entre ellos dos, ahora que ella había comenzado hablar no iba a parar hasta decirle todas las verdades.

– Eres un carbón.

Ante tal ofensa él retrocedió unos cuantos pasos. Esa nueva faceta de su prometida nunca la había visto, suponía que era toda dulzura y obediencia. Pero esa nueva mujer que yacía ante sus pies, altiva y desafiante, lo hacía sentir una especie de deseo.

– Un hipócrita.

– ¡Basta de insultos! – interrumpió de mal humor.

– Ah no vizconde – ella negó – Una vez que empiezo hablar no hay poder humano que me detenga.

– Te lo advierto.

– Puede regresar usted solo a Londres y buscarse una nueva prometida. Porque yo no pienso casarme contigo.

– Kagome, no estoy jugando.

– Tampoco yo lo estoy haciendo. Incluso váyase a los brazos de Lady Ramsey, estoy segura que ella aceptara gustosa su oferta de matrimonio.

Confundido, frunció las cejas. La verdad es que no sabía de lo que estaba hablando.

– ¿Qué tiene que ver en todo esto esa mujer?

El coraje se intensificó mucho más, haciéndola arder como lava.

Esa maldita mujer era la principal en todo esto, la maldita detonante que arruinó sus ilusiones en cuanto a un matrimonio que siempre había deseado. Uno en el que siempre se había imaginado amanecer en brazos de aquel hombre que tenía frente a ella.

– ¿Cómo fueron tus palabras? – se llevó una mano al mentón en un gesto pensativo. – Ah sí, creo que ya lo recordé.

– ¿Qué estás diciendo, Kagome?

— Citaré estas palabras, a ver si te refresca la memoria… – tomó aire y exhaló lentamente — Ella no me interesa en lo más mínimo.

Inuyasha sintió un como si un balde de agua fría le cayera justo sobre la cabeza.

"— Fue una estúpida promesa que hizo mi padre con el conde Higurashi y no puedo permitir que el nombre de mi padre quede mal. Pero te prometo que después de mi boda, mi luna de miel será solo contigo. "

"— ¿Y cómo piensas escapar de tu virginal esposa?"

"—Conociendo a una joven virgen. Estará impaciente esperando a su esposo y al ver que él no llega, se quedara dormida. "

Ante aquellas palabras, Inuyasha se llevó una mano a la cabeza y retrocedió unos cuantos pasos haciendo que chocara contra el escritorio. Esas palabras citadas, eran desde luego las que había intercambiado con la rubia Ramsey mientras ambos sostenían un encuentro íntimo en una celebración por el compromiso de ambos.

Jamás imaginó que Kagome los estuviera viendo y por un momento se sintió culpable.

— ¿No dice nada, vizconde? – lo miró fijamente – o ¿Ahora fue a usted a quien el ratón le comió la lengua?

Inuyasha seguía en silencio.

— ¿Puedes imaginar cómo me sentí? ¿Al verte revolcándote con esa mujer justo a unos días de la boda? – Ella también dio un paso al frente – No, no te lo puedes ni siquiera imaginar. Si hasta manchaste los jardines de mi madre. ¡De mi madre! Esos jardines que la llenan de orgullo.

— Kagome…yo…

— Cállate – lo interrumpió – Lo que puedo decirte es que no sabes cual satisfactorio encontré el haberte dejado plantado en el altar. Tu cara fue un maldito poema que jamás borraré de mi cara.

— K….

— Ahora regresa a Londres, vuelve a los brazos de esa mujer. Por mi parte te libero del compromiso.

Cuando ella giró sobre sus talones dispuesta a salir del despacho, una fuerte mano se posiciono en su delicado brazo, haciéndola girar para que ambos quedaran justo así. Frente a frente y muy cercano.

— Siento si te lastime. No fue mi intención hacerlo.

— ¿Lastimarme? Fue poco comparado a lo que me hizo sentir en esos momentos, vizconde.

— No voy a regresar a Londres sin ti.

— Pues – ella apartó la mano de Inuyasha de su brazo – Ahí tenemos un problema. Yo no quiero regresar, primero está la niña Kanna. Me quedaré hasta que pueda ser capaz de hablar, no es justo para ella que apenas haya llegado y me marche.

— Bien – Inuyasha asintió – Hasta que ella hable, hasta ese día tú y yo regresamos a Londres y nos casaremos.

— ¿No has comprendido nada aún, no es así? – Su pregunta lo tomó por sorpresa – No quiero casarme con un hombre que piensa constantemente en otra. No pienso tener a un hombre a mi lado solo por una promesa, te deslindo de todo. Vete, eres libre y déjame a mi serlo también.

Y sin más, salió de la habitación dejándolo solo con sus pensamientos.

Al cerrar la puerta Kagome se recargó en ella y una gruesa lágrima se escapó, rodando por mejilla.

No había negado ni admitido nada, simplemente seguía en su afán de llevarla de regreso. Aunque francamente ¿Qué era lo que ella esperaba? ¿Qué la tomara en sus brazos y le dijera lo mucho que la extrañaba?

Hola!

Espero hayan tenido una hermosa navidad acompañad s por sus seres queridos.

Cerramos un año diferente pero creo que hemos demostrado que unidos podemos afrontar cualquier cosa.

Les deseo que pasen un fin de año y que el que venga sea el mejor.

Saludos.

BPB