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DESCUBRIMIENTOS
TOBIRAMA SENJU ENTRÓ a paso vivo en la biblioteca de la finca Uzumaki, tras hacer un gesto de agradecimiento a Manning. Maletín en mano, cruzó la estancia hasta donde estaba Ashina, junto a la mesa maciza de roble.
—Perdón por la tardanza —se disculpó Tobirama tendiéndole la mano —. He estado en el palacio de justicia más tiempo del que había previsto.
Ashina aceptó el firme apretón de manos y dirigió al otro una sonrisa indulgente.
—No te preocupes. Es comprensible. —Mirando a Manning por encima del hombro de su amigo, le hizo un gesto para que se marchara—. Eso es todo. Cierra la puerta al salir, por favor. —Hizo una pausa hasta que el mayordomo les dejó solos, y entonces señaló el sillón de cuero ante la mesa—. Siéntate. ¿Quieres tomar café? Lo tengo aquí.
Tobirama miró el servicio de plata en el borde de la mesa y meneó la cabeza.
—No, gracias. He estado bebiendo café toda la mañana.
Entonces tomó asiento, apoyando el maletín de cuero en la pata tallada de la mesa, antes de arrellanarse cómodamente. Era un hombre de poco más de sesenta años, todavía bien conservado gracias a su devoción a los deportes de raqueta. Tenía el cabello gris en las sienes, y su rostro un bronceado adquirido en los cayos de Florida, donde poseía una segunda residencia.
—¿Cómo está Chiyo? —le preguntó.
—Bien, como siempre.
— ¿Y tú? Tienes buen aspecto. Confío en que esa última sesión en el hospital fuera solamente para hacer un chequeo. No me dijiste que te ingresaban.
Su tono era ligeramente admonitorio, algo que sólo le estaba permitido a un abogado que trabajaba desde hacía muchos años para la familia.
—No era necesario que te lo dijera. Ingresé sólo por el capricho de un médico con exceso de celo impulsado por su obligación con el juramento hipocrático, o quizá hacia su bolsillo. —Sonrió cínicamente—. Sí, fue sólo para hacer unas pruebas. Me siento tan bien por dentro como lo parezco por fuera.
—Muy bien.
Ashina contemplo un momento en silencio al abogado, apartó unos papeles con el codo y finalmente habló.
—Tobirama, los dos somos hombres atareados. Vayamos directamente al grano. ¿Qué has averiguado?
Tobirama abrió su maletín y extrajo unos documentos que depositó sobre la mesa.
—Cuando tengas un momento libre, echa un vistazo a estos contratos. Creo que comprobarás que están en orden. Cuando estés dispuesto a firmar, puedo volver o quizá podamos hacerlo cuando estés en la ciudad. Es igual.
—Muy bien. —Ashina los recogió con impaciencia y los unió al rimero que tenía junto al codo. Hizo un gesto hacia la carpeta que este tenía en su regazo—. ¿Y bien?
—No ha sido fácil conseguir información.
—No te pago para que hagas cosas fáciles, sino para que lleves a cabo mis deseos.
Tobirama Senju llevaba demasiados años tratando con Ashina Uzumaki para ofenderse por aquella respuesta, y se limitó a sonreír.
—Eso es lo que siempre he hecho, incluso cuando ignoro las razones que hay tras esos deseos. Ya sabes que no hago estas cosas por cualquiera. —Sostuvo sin inmutarse la mirada directa de Ashina, pero como éste no le dio ninguna explicación inmediata, se encogió de hombros y abrió la carpeta—. Muy bien, entonces.
» La chica procede de una buena familia. Hubo una época en que tuvieron dinero, varias generaciones antes de que ella naciera. Buena casta. Los padres murieron hace cuatro años en un accidente de barco. Tiene una hermana. —Recitaba la información sin alzar la vista del papel—.Enseña en una escuela para ciegos y vive sola. —Al llegar a este punto alzó la vista y sonrió de nuevo—. Bueno, casi sola. Hasta ahora, Naruto ha seguido manteniendo su propio apartamento en McLean e incluso va ahí alguna vez.
Ashina le miraba fijamente, y sus dedos recorrían la hoja de un abrecartas de plata.
—Conozco la mayor parte de eso, excepto lo de la hermana y los padres. Y las costumbres sexuales de Naruto no vienen al caso, con ella o con cualquier otra. ¿Qué hay del otro asunto?
—Como te he dicho, no ha sido tan fácil conseguir la información. Mi hombre ha tenido alguna dificultad. Son cosas confidenciales, ¿sabes?
—El grado de confidencialidad es directamente proporcional a la cantidad de dinero que uno está dispuesto a ofrecer —replicó Ashina—. Sabes eso tan bien como yo. Y has tenido más que suficiente.
Tobirama miró a aquel hombre implacable. Tras él, en la pared, había un gran retrato de su padre y otro de su hijo muerto Nagato, y las dos altas ventanas en los extremos opuestos de una pared dejaban entrar suficiente luz del sol para que brillara el óleo desvaído.
—Sí, claro. Y podría añadir que para ser un hombre normalmente cauto en sus «inversiones», has sido muy generoso en tu asignación con fines persuasivos. Me he llevado una sorpresa.
—Pago por lo que es importante para mí. Lo sabes suficientemente bien. Y eso es de la mayor importancia. Ahora ten la amabilidad de decirme lo que has averiguado.
El abogado asintió. Las discusiones con Ashina Uzumaki tenían sus limitaciones particulares. Buscó entre los papeles y extrajo un informe médico, leyendo las anotaciones casi incomprensibles antes de resumirlas.
—Tiene las retinas desprendidas, a consecuencia de un golpe en la cabeza tras una caída. Cuando ocurrió, se hicieron todos los intentos de corrección quirúrgica, sin éxito. Estuvo dos veces en el hospital, pero no hubo nada que hacer. —Alzó la vista del papel—. Está claro, Ashina, no se puede hacer nada.
» La chica siempre será ciega. Puedo darte un informe detallado de todos los aspectos de su condición, hasta donde los comprendo, o dejarte esto. —Deslizó el papel a través de la mesa hacia Ashina—. Pero eso es lo que hay en pocas palabras, y es lo que querías saber, si la chica podría ver de nuevo o no.
Ashina se levantó de su sillón y se alejó de la mesa. Sin decir palabra, se acercó a la ventana y miró al exterior, de espaldas a la habitación.
—¿Acaso no había suficiente dinero para la clase adecuada de operación? —preguntó finalmente por encima del hombro.
—Ni siquiera todo el dinero del mundo podría hacer que esa chica vea de nuevo. El médico lo dejó bien claro. No era posible entonces ni lo es ahora.
—Comprendo.
El tono de Ashina había sido contenido, y Tobirama permaneció sentado en el borde del sillón, esperando que dijera algo más. Como no lo hizo, el abogado se levantó y se acercó al hombre para el que trabajaba desde hacía casi treinta años. En algunos aspectos se comprendían bien, pero en otros la comprensión era nula. Tobirama no podía adivinar los motivos de Ashina en aquella situación.
—No sé a qué viene todo esto, Ashina, aunque, desde luego, puedo hacer algunas deducciones por mi cuenta. Parece que Naruto está muy comprometido con esa mujer. ¿Va en serio?
No hubo respuesta. Tobirama miró un momento las puntas de sus zapatos de charol.
—Ya veo. En otras palabras: va en serio. Por lo que puedo ver, a pesar de su defecto físico, la muchacha se desenvuelve muy bien. Parece toda una mujer. La respetan mucho en la escuela.
—Sí, en ciertos aspectos supongo que es cierto, que es una mujer notable. Interesante en cierto modo.
—Bueno, hace tiempo que estabas deseoso de que Naruto sentara la cabeza, y si la quiere...
—Sí, si la quiere —repitió Ashina, como si quisiera comprobar cómo sonaba la frase pronunciada en voz alta.
—Y porque la quiere, supongo que desea hacer todo esto por ella. Es una buena acción, pero desgraciadamente imposible. —Hizo una pausa deliberada y, como Ashina no respondía, siguió adelante y expresó su pensamiento, aunque era cínico—. ¿Qué ocurre, Ashina? ¿Temes admitir que ni siquiera tu dinero puede comprar lo que ella necesita?
Ashina giró sobre sus talones, los ojos entrecerrados.
—¡Lo que temo es que, debido a su amor por ella, mi nieto va a degradar a esta familia trayendo a ella a una mujer permanentemente disminuida! —Tobirama quedó visiblemente desconcertado por la vehemencia de la respuesta, y su expresión confusa hizo que Ashina se llevara una mano a la frente. Al cabo de un momento, añadió—: Pensé que tal vez podría hacerse algo por ella.
Se apartó de la ventana y regresó a la mesa, sentándose pesadamente en la silla giratoria.
—No sé hasta qué punto es seria esta relación, pero tengo mis sospechas. Sí, esa mujer tiene ciertas cualidades —concedió, casi en tono de fatiga—. Sólo he tenido un contacto mínimo con ella, pero a su manera es impresionante. Sin embargo, hay consideraciones para con esta familia en las que pensar, en su buen nombre, para ser exacto.
» Hay ciertas cosas que simplemente no se hacen, que no permitiré. Si hubiera habido alguna forma de corregir sus circunstancias, eso podría haber dado a las cosas un aspecto diferente. Tal como son, cualquier relación permanente entre los dos es impensable.
Tobirama le había observado atentamente, las manos en los bolsillos, silueteado contra la brillante ventana. No estaba seguro de cómo debía responder y ofreció un suave paliativo.
—Si tienes unos sentimientos tan intensos al respecto, habla con él y hazle comprender tu posición.
Ashina no respondió de inmediato. Estaba sumido en sus recuerdos. Pensó en la breve visita de Naruto, la única que había hecho desde el mes de julio, y durante la que se había negado a hablar de Hinata, en las actitudes que exhibió su nieto, y que durante tanto tiempo había esperado ver en él, pero todas por motivaciones equivocadas. Meneó la cabeza.
—¿Hablar con él? —repitió finalmente, mirando al abogado—. Oh, sí. Tengo intención de hablarle en cuanto se presente una oportunidad. Y hacer lo que sea para que esa Hinata Hyûga nunca llegue a ser su esposa.
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LLEVABAN YA LARGO RATO reunidos cuando por fin sonó el timbre de la puerta. Naruto fue a abrir y se encontró ante una Shion jadeante y con el cabello revuelto. El anfitrión le ayudó a quitarse el abrigo y Shion fue directamente al encuentro de su hermana.
— ¡Perdón por el retraso! Cuando antes te dije que tenía que recoger algunas cosas, no pude imaginar que el tiempo se me echaría encima. —Se sentó junto a Hinata en el sofá, los labios fruncidos en un gesto de desazón —. Y cuando me di cuenta, tuve que pasar por el apartamento para cambiarme y llamar otro taxi... ¡Gracias a Dios que me diste la dirección de Naruto!
Hinata sintió deseos de decirle que era la suya una sabiduría nacida de la experiencia, pero no lo hizo. Durante toda la semana Shion se había mostrado muy descuidada con respecto a la puntualidad, pero bien mirado toda su vida había sido así.
Le irritó un poco que Shion eligiera precisamente aquella tarde para otra de sus excursiones, salida de compras o lo que fuera, pero su enojo se disipó enseguida, pues sabía que así era Shion y no tenía remedio: veleidosa, inquieta, siempre deseosa de ir a todas partes. Había pasado toda la semana fuera de casa, haciendo compras, paseando, saliendo de noche para ir a los innumerables lugares de diversión que ofrecía la ciudad. A Hinata le parecía que a medida que su hermana se hacía mayor, aumentaba su necesidad de diversión continua, de estímulos exteriores.
Hinata se preguntaba qué andaría buscando, pero en el fondo conocía la respuesta a aquella actitud. Cierto sentido de la identidad propia; Shion nunca lo había tenido, ni siquiera, o quizá especialmente, de niña. Esto afligía a Hinata ahora tanto como le había afligido en su infancia. Era una razón más por la que se había opuesto a las observaciones de Hiruzen durante la semana anterior, acerca de «la irreflexión de Shion al salir tanto». Incluso Naruto había creído oportuno hacer un comentario parecido una o dos veces, aunque no con tanta indignación. Ninguno de los dos la comprendía.
—No te preocupes —respondió a su hermana y sonrió al tiempo que señalaba a Sasori—. Shion, deseo que conozcas a Sasori Uzumaki.
Entonces Shion dirigió a aquel hombre una mirada llena de interés y se levantó lentamente. Sasori ya estaba en pie ante su asiento, el vaso semivacio de bourbon en la mano. Shion se dirigió a él con la mano cordialmente extendida.
—Es un placer conocerte.
Sasori no aceptó la mano de inmediato y por un momento no supo qué decir. Había conocido en su vida a muchas mujeres elegantes, pero ninguna le había producido una conmoción tan instantánea. Shion llevaba un vestido de cóctel que le dejaba al descubierto media espalda y los hombros esbeltos: el escote, al contrario que el de Hinata, era patentemente revelador.
El habría decidido que era aquello lo que más le llamaba la atención de no haber tenido la mujer tal perfección de rasgos cincelados, o un cabello tan extraordinario, rubio plateado, apartado de la alta frente y ondulado en la espalda. Su perversidad por haber aceptado la invitación a cenar se transformó de un modo abrupto en gratitud, y finalmente recobró la voz al mismo tiempo que le cogía la mano.
—También yo estoy encantado de conocerte, Shion.
Tras sostener su mano un momento más de lo necesario, la dejó cuando la voz de Naruto se interpuso en la atmósfera expectante que se había entablado entre los dos.
Naruto les interrumpió para ofrecerles un cóctel. Cuando regresó con el acostumbrado gin tonic para Shion, la encontró acomodada en el sillón frente a Sasori. Entonces Naruto se sentó en el sofá al lado de Hinata y los siguientes tres cuartos de hora pertenecieron a los nuevos conocidos, que monopolizaron la conversación, Shion riendo con frecuencia, de aquella manera tan contagiosa que la caracterizaba, y Sasori igualmente encantador mientras la deleitaba, tanto como a los demás, con sus bromas. Cuando se anuncio la cena, fueron juntos al comedor. Los ojos violetas de
Shion chispeaban mientras escuchaba las continuas anécdotas de Sasori, el cual retiró su silla y se sentó frente a ella, al otro lado de la mesa. Pero si la pareja recién presentada había ocupado el centro del escenario en la sala de estar, fueron Shion y Hinata quienes lo hicieron durante la cena.
Al otro lado de la mesa iluminada con velas y sobre la que relucían el cristal y la porcelana, encantaron a sus compañeros con sus evocaciones y recuerdos, relatos contados a Shion por una risueña Hinata, cariñosos desquites ofrecidos por Shion, cuentos intrigantes de heniles y caza de agachadizas, en su infancia.
Inspiraban sonrisas indulgentes, hacían que se alzaran las cejas, creaban un ambiente tan suave como el vino que Naruto se encargaba de servir. La cena fue un éxito resonante, y después que hubieron retirado los platos y servido el café, Sasori aprovechó la primera oportunidad que tuvo para mirar a Naruto.
—¿Podemos hablar de un asunto?
—Luego —murmuró Naruto con el ceño fruncido.
—Naruto, si los dos tenéis cosas que discutir, adelante. Nosotras esperaremos en la sala de estar. No hay ningún problema.
Él miró a Hinata, que acababa de hablar con tanto tacto, y luego a Sasori. Decidió que sería mejor terminar con aquel asunto.
—De acuerdo, Sasori, espera un momento. Hablaré con los camareros y veré qué más hay que hacer...
—Ve, Naruto —insistió Hinata—. Creo que puedo encargarme de todo.
Los camareros que habían contratado para que les atendieran pertenecían a una de las firmas especializadas más prestigiosas de la capital. Naruto aceptó que Hinata se entendiera con ellos y se levantó.
—No tardaremos mucho —le dijo, cogiéndola del brazo.
—Tómate el tiempo necesario.
Hinata le oyó alejarse por la sala de estar y luego se volvió para ir a la cocina, diciéndole por encima del hombro a Shion:
—En seguida estoy contigo. Ponte cómoda.
Shion la vio marcharse y al cabo de un momento se levantó para pasear por la sala de estar. Hasta entonces no había tenido oportunidad de dedicarle toda su atención. La elegante estancia reflejaba una sabia elección de telas, texturas y colores.
Alzó algunos objetos aquí y allá: un cenicero antiguo, un pequeño jarrón de porcelana, una escultura moderna. Examinó con curiosidad la colección de diversos objetos de madera tallada expuestos sobre una mesa.
Desde las puertas correderas de vidrio contemplo la oscura noche, sin poder distinguir apenas la terraza. Se acercó entonces al secreter apoyado contra una pared. Admiro la madera de nogal, pasando sus dedos acariciantes sobre la suave pátina, para deslizarlos a continuación por la misma superficie del escritorio.
Tocó los papeles acumulados allí, hizo a un lado una receta limpiadora y miró al azar un extracto de cuentas bancario que estaba debajo. Después prosiguió su recorrido, mirando las pinturas colgadas de las paredes, hasta que llegó a una gran tela cerca de la puerta del estudio, que estaba ligeramente entreabierta. Permaneció ante el cuadro largo tiempo, estudiando su colorido; podía oír las voces apagadas de los dos hombres en el cuarto adyacente. Cuando oyó que Hinata entraba en la sala, se volvió de inmediato, sonriente.
—¿Todo está bien?
Hinata se dirigió al sofá y tomó asiento.
—Perfecto.
Saludó a los camareros que se marchaban con un movimiento de la mano y luego se volvió hacia Shion, que se había sentado a su lado.
—Ha sido una cena estupenda, ¿verdad?
—Sí. —Hinata frunció los labios con cierta desazón—. Gracias por repetir esa anécdota del desván.
—Las anécdotas que tú has contado son peores.
—Lo sé —concedió Hinata, riendo.
Shion alzó la vista y miró de nuevo a su alrededor.
—Qué preciosidad de apartamento, Hinata. Tu amigo Naruto tiene un gusto impecable.
—Eso me dice una y otra vez —observó Hinata—. Tú y Sasori parecéis entenderos muy bien.
—Es interesante —admitió Shion—. Dime, ¿está...? Supongo que no tiene compromiso, pues de lo contrario no habría venido esta noche.
La expresión de Hinata era levemente admonitoria.
—No es necesario que te andes con rodeos —le dijo. Entonces sonrió —. Sí, lo es. ¿Estás interesada?
—Mujer, es lógico que te lo pregunte. No conozco a esta familia como tú, y simplemente quería saber. No me interesan las relaciones complicadas, con esposas en casa y esa clase de cosas.
—¡Shion, yo no te haría eso!
—No, ya lo sé —replicó Shion, palmeándole la mano—. Supongo que tienen partes iguales en todo, ¿no?
—¿A qué viene eso? ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. —Shion cogió de la mesa un pequeño elefante tallado y jugueteó con él—. Sólo estaba fisgando. Ya te he dicho que no conozco a esta familia. Oye, ¿qué planes hay para Navidad? ¿Se ha decidido algo?
—La verdad es que sí. Parece que lo han decidido por nosotros. Vamos a ir a casa de los Uzumaki.
—¡Magnifico! —Shion estaba complacida de veras y arrojó al aire el pequeño elefante, lo recogió distraída, y repitió el ocioso movimiento—. Eso será divertido. Sólo nosotros cuatro, y los Uzumaki, claro.
—Y Hiruzen.
La vacilación de Hinata fue imperceptible, pero existente.
El silencio de Shion fue elocuente.
—Sé lo que sientes, Shion, pero así es como debe ser.
La mirada de Shion estaba perdida en algún punto de la habitación. Al cabo de un momento la fijó en su hermana.
—Pensé que ya habíamos hablado de eso —dijo con frialdad.
—Así es, y ya he hecho las únicas concesiones que puedo. Siento que no esté aquí esta noche y haber tenido que repartir mi tiempo durante toda la semana. Tienes que comprenderlo, Shion. No puedo excluirle. Eso es algo que está fuera de cuestión. Hiruzen forma parte de mi vida. Durante los últimos cuatro años hemos celebrado juntos la Navidad. Le heriría si le dijera que no venga. Y yo también me sentiría herida.
—¿Y yo? ¿No te importa lo mucho que puedas herirme?
—¡Shion! —exclamó Hinata en un tono más fuerte de lo que había querido y miró hacia la puerta del estudio, confiando en que estuviera cerrada.
—¡Ya veo que no te importa! —replicó Shion, su propia voz ligeramente levantada.
—No seas tonta, Shion.
—No puedo soportar a ese hombre a mi alrededor, Hinata.
—Pues no quiero ni puedo excluirle.
El tono de Hinata era sereno de nuevo, pero firme.
Shion se levantó bruscamente del sofá y cruzó la estancia, su cuerpo de silfide tenso bajo el vestido negro. Se detuvo ante la ventana.
—¡Entonces mis sentimientos no importan para nada! —espetó en tono amargo por encima del hombro.
—Claro que importan... —empezó a decir Hinata, tratando de calmarla.
Su hermana se apretó una sien, los ojos cerrados.
—¡Si me quisieras de verdad, Hinata, le dirías que no venga! Me hace sentir muy mal. ¡Es rudo y desagradable conmigo, y dice cosas que no puedo soportar!
Giró sobre sus talones, como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo: vio que Hinata se levantaba del sofá, en su expresivo rostro una mezcla de consternación y decisión. Hinata... Claro, aquella era su Hinata. Los hombros de Shion se relajaron súbitamente.
Hinata avanzó esquivando los muebles, acercándose con la mano extendida.
—Shion —empezó a decir en un tono de sosegada resolución.
—No, Hinata, no importa. Escucha, ayer encontré tu regalo. Mañana lo envolveré y por la noche podemos hacer intercambio de regalos. Tendremos juntas nuestra propia Navidad. Será bonito, de verdad.
La expresión de su hermana era de perplejidad.
—¿De qué estás hablando, Shion? No podemos hacer eso antes de Navidad.
—Por entonces no estaré aquí. —Estas palabras fueron un susurro desesperado. Rápidamente cogió la mano de Hinata y adoptó una actitud de súplica—. ¡Está bien, Hinata! De verdad. Yo... antes no quería trastornarme tanto. A veces no puedo evitarlo. No importa. No te preocupes por mí.
Siguió apretando con fuerza la mano de Hinata. Esta se encontraba demasiado sorprendida y tardó un momento en poder hablar. Cuando lo hizo fue para oponerse vivamente.
—¡No puedes marcharte, Shion!
—He de hacerlo. —Hizo una pausa y exhaló un suspiro de fatiga mientras soltaba la mano de Hinata—. Siempre hemos sido sinceras la una con la otra. Teníamos que serlo por... por todo. No debí dejarme llevar por mi irritación hacia Hiruzen. Lo sé, pero no puedo evitarlo. Nunca he sido capaz de hacer muchas cosas. —Se interrumpió de nuevo y fue a sentarse en un sillón cercano. Apoyó la cabeza en las manos, mirando la alfombra. Aunque Hinata no podía ver su actitud de derrota, Shion estaba presa en el entusiasmo de su propia representación
» Antes te he mentido —le dijo abruptamente—. Quiero decir en lo de ser sincera. No he sido sincera contigo acerca de las cosas que he estado haciendo, lo feliz que he sido. Los viajes, todo eso... fue divertido durante algún tiempo, pero yo... —Por un momento pareció como si no pudiera continuar y entonces se echó a llorar—. ¡He estado tan sola! —Se llevó las manos al rostro, agachando la cabeza, y dejó que los sonidos apagados de su llanto se filtraran entre ellas.
Hinata estaba conmocionada. Podía imaginar la expresión de desdicha en el rostro de Shion, y se arrodilló ante ella. Buscó el brazo de su hermana y lo recorrió hasta llegar a las manos aplicadas al rostro, y entonces le cogió con fuerza las muñecas.
—¡Shion, Shion, cálmate! —dijo varias veces, consternada, y apoyó la otra mano consoladoramente en la rodilla de Shion.
Todo lo que podía ver con el ojo de su mente era una joven Shion, temerosa y muy insegura.
Entonces cesaron los esfuerzos por sollozar...
—No quería que lo supieras. No quería que te enterases de lo vacía que ha estado mi vida, porque aumentaría mucho tus preocupaciones. Yo... pensé que la diversión, la alegría, serían una ayuda.—Sintió una súbita inspiración y añadió—: Pensé que ayudaría a mitigar el dolor por mamá y papá, por la pérdida de la granja.
» Pero no fue así, no fue más que una cobertura durante algún tiempo. Y luego ya no pude zafarme más, sufrí mucho y me sentí muy sola.—De súbito alzó la cabeza y cogió a Hinata por los hombros—. ¡Oh, no quiero estar sola!
Hinata la abrazó con fuerza.
—No estás sola, Shion. Nunca lo estarás. Siempre me tendrás a mí.
—Y se aproximaba la Navidad —siguió diciendo Shion, al parecer incapaz de detener el flujo de sus palabras; dejó que su hermana continuara abrazándola mientras añadía con voz entrecortada—: Sólo pude pensar en venir a verte y pasar la Navidad y ¡tu cumpleaños!, como solíamos hacerlo en la granja. Era muy importante, significaba mucho para mí. —Finalmente se liberó del abrazo de Hinata—. Sólo quería tener a alguien con quien compartirlo todo de nuevo.
Hinata se sentó sobre sus talones y buscó de nuevo la mano de Shion. La encontró colgando lánguida del brazo del sillón, y la cogió entre las suyas.
—Me tienes a mí, Shion —le dijo, ladeando la cabeza y sonriéndole —. Siempre me tendrás y te prometo que pasaremos esa Navidad y celebraremos mi cumpleaños, tal como deseabas.
—No, no puedo. No con Hiruzen aquí. —Lanzó a Hinata una mirada penetrante y adoptó de nuevo el papel; su voz se hizo lastimera—. El tiempo ha pasado. Ahora puedo verlo. Las cosas han cambiado entre nosotras, y tú le necesitas más que... Oh, Hinata, ¿no lo ves? Con razón o sin ella, ya no será lo mismo. —Su voz se quebró elegantemente, y suspiró antes de añadir en tono neutro—: En fin, me marcharé y...
A menudo las decisiones del corazón no requieren más que un momento de cariño y solicitud la de Hinata brotó de toda una vida de afecto.
—No estará aquí, Shion —le interrumpió en voz queda.
La mirada insegura de Shion exploró su rostro.
—Pero...
—No, Shion, no estará aquí. —Volvió a sonreír, cariñosamente—. No te preocupes. No sabía que esto significaba tanto para ti. Y todo será como habías esperado. Lo haremos así.
—¿Estas segura, Hinata? —inquirió en tono quejumbroso.
—Sí, estoy segura.
Pudo sentir que se reducía la tensión de su hermana, y su propia tensión se disipó con ella. Siguió arrodillada junto al sillón, reflexionando en silencio. Así pues, había estado en lo cierto desde el principio.
Ojalá que Shion hubiera reconocido antes la verdad. El dolor por la muerte de sus padres, la venta de su hogar, la despedida final de su infancia había sido demasiado, y Shion, que nunca podría desenvolverse tan bien como ella a pesar de que era la mayor, había tratado de zafarse de todo aquello sin conseguirlo. Continuó sujetando la mano de Shion y la acarició ligeramente. Cierto sentido de la propia identidad.
No, Shion nunca lo había tenido; lo tomaba de quienes la rodeaban, los que significaban algo para ella, y eso era lo que había ido a buscar entonces. Como había hecho toda su vida, Hinata sabía que siempre estaría allí para proporcionárselo. Y sabía también que por fin había llegado el momento de darle a Shion todo lo que guardaba en una caja, en el armario de los cachivaches, de devolverle una pequeña parte del pasado que había perdido. Sonrió de nuevo, esta vez por sus propios pensamientos, y no se movió enseguida para levantarse.
Tampoco se movió Shion. Siguió sentada en silencio, su mano todavía posada en la de Hinata, sobre el brazo del sillón, su cuerpo relajado una vez más mientras contemplaba a su hermana con mirada desapasionada.
Al cabo de un momento cerró los ojos, apoyando la cabeza contra el cojín del sillón, y sólo entonces fue cuando se permitió sonreír, con una sonrisa lenta, impenitente, de completa satisfacción.
Y tampoco Naruto se movió de inmediato. Continuó donde había permanecido durante la mayor parte del intercambio entre las dos hermanas, sin que Shion pudiera verle, en el umbral del estudio.
La incredulidad había pasado por su apuesto rostro y se transformó en disgusto y enojo. Contempló el cuadro de las dos mujeres un momento más y luego, abruptamente, giró sobre sus talones y regresó sin hacer ruido al interior del estudio.
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Continuará...
