Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 5»


Mientras que Naruto Uzumaki valoraba las ventajas de un hipotético tratado con Austria, Shikamaru Nara atravesaba el portón de Byakugan Tower con un cosquilleo desagradable en las tripas.

Se había dejado convencer por Naruto, pero no estaba muy seguro de poder salir de allí con los huesos intactos. Para Naruto no parecía tener demasiada importancia no acudir a su propia boda, pero él temía que los Hyûga se lo tomaran como una humillación y lo pagaran con él.

Le hicieron aguardar en un salón una eternidad, lo que acentuó sus temores. Durante la espera, ciertamente inquieto, caminó de un lado a otro captando detalles de la habitación en la que se encontraba. Las paredes, toscas y frías, estaban cubiertas sin embargo por hermosos tapices finamente trabajados, escudos y armas, muebles oscuros y macizos, estatuas y algunos óleos seguramente de antepasados. «Acogedor» era una palabra muy adecuada para describirlo. En cierto modo, le recordaba la torre en la que creció y de la que escapó apenas cumplió los catorce años.

Absorto por el delicado bordado de un tapiz, ni siquiera oyó el ruido de la puerta que se abría. Y tampoco los suaves pasos de la joven que se paró a una corta distancia, como un ave de presa a la espera.

— ¡Es usted el ser más despreciable que…! — comenzó a decir ella.

Shikamaru se volvió sobresaltado. Y ella se atragantó y enmudeció: no se trataba del hombre que esperaba encontrar. Su altura y complexión la habían confundido, y no se había fijado que este hombre tenía el cabello oscuro agarrado con una cola de caballo y una mirada marron. Enrojeció hasta la raíz del cabello.

— Lo… Lo si-siento, señor. Pe-pensé que…

Shikamaru se le acercó y la saludó con una inclinación de cabeza en el momento que Hiashi Hyûga entraba. Se fijó en él con gesto severo, pero se adelantó con la mano extendida.

— Lord Uzumaki — dijo, estrechando la de Shikamaru— . Es un honor recibirle en mi casa. Espero que su viaje haya resultado tranquilo.

Hinata continuaba muda y no acertó a advertir a su padre de la confusión. Shikamaru, por su parte, carraspeó, miró de reojo a la belleza de cabello oscuro que se estrujaba las manos, intentó sonreír y sólo consiguió una mueca.

— Lord Hyûga, agradezco vuestra hospitalidad, pero no soy el duque de Konohagakure. Mi nombre es Shikamaru Nara.

— ¿Nara? — Se enarcaron las cejas del escocés— . ¿De los Nara de Aberdeen?

— En efecto, señor.

— ¿Qué demonios hace aquí? Quiero decir… — rectificó de inmediato— . Lo lamento. Esperaba a otra persona… Tome asiento, por favor, y dígame cómo se encuentra su familia y en qué puedo ayudarle.

— Mi familia está perfectamente según tengo entendido, laird, aunque hace tiempo que no nos vemos. — Accedió a sentarse una vez lo hizo Hinata— . En cuanto a mi presencia en Byakugan Tower… Vengo en representación de Naruto Uzumaki, señor.

Hinata se removió, sin encontrar la postura, y Hiashi Hyûga esperó sin comprender.

— Me pidió que le entregara una carta. — La sacó de entre los pliegues de su capa y se la tendió— . En ella le lo explica todo.

El escocés rasgó el sobre y se levantó en busca de sus lentes.

— ¿Se ha arrepentido de su petición? — preguntó mientras se colocaba las gafas.

— No, laird. No es eso. Asuntos importantes del gobierno le han retenido en Londres y no desea posponer la ceremonia.

Hiashi leyó con rapidez, guardó silencio y luego se sentó frente a su invitado.

— ¿Usted va a representarlo?

— Si está de acuerdo. Traigo todos los documentos que me acreditan. Soy amigo personal del duque. Él me pidió el favor, dado mi origen escocés y el hecho de que nuestras familias están unidas por una antigua amistad.

— No es lo que esperaba, ciertamente, pero… ¿Le parece bien mañana? He de avisar al sacerdote.

— Lo que usted convenga.

Hiashi asintió y se guardó la carta. Como si su hija no existiera, porque se había negado a hablar con ella desde su discusión, se interesó por la familia de Nara y estuvieron hablando un rato. Hinata bramaba, quería desaparecer, pero permaneció callada y quieta hasta que su padre creyó oportuno cambiar el tema y ordenarle:

— Prepara tus cosas, Hinata. Mañana te casas. Discúlpeme, señor.

Hinata parpadeó, un tanto aturdida, más por la severidad de su padre que por el hecho de casarla por poderes, hasta que la puerta se cerró. Entonces buscó nerviosa los ojos del sujeto con el que iba a desposarse al día siguiente.

— Imagino que la frase que me regalo al entrar en esta estancia no era exactamente para mí — dijo él para romper el hielo.

Hinata negó y se recobró. Y, con ello, regresó su enojo que demostró elevando su mentón altivo.

— Desde luego, señor, el saludo no era para vos.

Shikamaru la encontraba muy bonita. Alta, delgada, con las curvas justas para amoldarse a unos brazos varoniles. Cabello oscuro con destellos azulados como medianoche, ojos grises y directos, nariz algo respingona, labios gruesos… Una preciosidad en todo el sentido de la palabra. Y, por lo que había dejado traslucir, con bastante temperamento. Se preguntó si Naruto estaba borracho para ver en aquella fierecilla una muchacha medrosa.

— Me disculpo por mi intempestiva entrada, caballero — continuó ella, aunque sin un ápice de remordimiento— . Y lamento que haya sido el blanco de mi mal talante.

— Entonces, ¿el insulto era para Naruto?

— ¡¿Cómo se atreve?! — estalló Hinata sin contención. A Shikamaru le pareció toda una pantera, lo que le divertía de verdad. Bonita y peligrosa como solamente podía serlo una escocesa, se dijo— . ¡¿Cómo ha tenido el descaro?! ¿Quién le dijo que escribiese a mi padre? ¿Qué diablos le importaba a ese majadero inglés si yo estaba en Londres de estadía o retozando con un trabajador del puerto?

Shikamaru empezaba a pasarlo en grande. Naruto iba a meter una fiera en su casa y no merecía otra cosa, por cabezota. Prudentemente, permaneció en silencio esperando que ella se desahogara a placer. A fin de cuentas, tenía todo el derecho del mundo.

— Creo que le arrancaré los ojos en cuanto me lo eche a la cara. ¡Eso haré, por la sangre de todos los clanes escoceses!

Después de sacar a la superficie todo cuanto pensaba de Naruto, se fue calmando tan súbitamente como se había ido acalorando.

— Así que es su amigo — se avino a conversar.

— Hasta ahora lo era — admitió Shikamaru— . Pero, francamente, estoy pensando en retirarle mi simpatía, cortejarla y casarme yo con usted, señora. Le juro que jamás en mi vida vi mujer más bonita y empiezo a encontrarme como un memo accediendo al casamiento para entregarla después a él.

El rápido, gentil y gracioso requiebro derribó las defensas de la muchacha, que se echó a reír.

Ahora, Shikamaru conoció a la otra Hinata Hyûga: una joven educada, de rostro sereno y cautivadora sonrisa, un espejo que reflejaba una imagen diametralmente opuesta a la exhibida hasta entonces.

— Aún podemos darle esquinazo. — Continuó con su broma, guiñando un ojo.

Para cuando irrumpieron en el salón sus hermanos, Hinata aún desbrozaba risas.

Así que se puso seria, hizo las presentaciones y luego se colocó frente a Shikamaru y le dijo:

— Me guste o no, odie a ese Uzumaki o no, he de cumplir la palabra dada por mi padre. Nos casaremos mañana. Pero le aseguro, señor, que Naruto Uzumaki ha realizado una pésima compra, porque tengo toda la intención de hacerle la vida imposible.

Shikamaru se limitó a agachar la cabeza para no reír abiertamente. Estaba seguro de que así sería. Claro que Naruto sólo tendría lo que se merecía.

A la mañana siguiente, cuando pronunciaron los votos en la pequeña capilla de Byakugan Tower, Shikamaru no podía dejar de observar a la muchacha. Ataviada de brocado blanco y regalándole la mejor de sus sonrisas, era como un sueño. Naruto no tenía idea de lo que había ganado… ni de lo que se estaba perdiendo. De no estar encandilado por otra mujer, hubiera barajado realmente la posibilidad de dejar a su amigo con un palmo de narices arrebatándole semejante preciosidad.

.

.

Uzumaki House podía ser cualquier cosa salvo una casa normal. Cualquier cosa. Incluso la puerta del infierno.

Mientras el carruaje se aproximaba, Hinata iba absorbiendo con detenimiento los perfiles de la sobria construcción del que iba a ser su nuevo hogar. Parecía haber sido edificado allá por el siglo IX. Acaso en el X. Excepto por los puntiagudos ventanales, de nacimiento más tardío. La visión de las torres, en una de las cuales ondeaba la bandera ducal, estaban abrazadas por una espesa niebla, y algo helado le recorrió la espalda y la hizo estremecerse.

— Es muy antiguo, ¿verdad?

Shikamaru echó un vistazo por la ventanilla, asintió y dejó que la cortinilla volviera a su lugar.

— Posiblemente ni siquiera la familia lo sabe con certeza. Hay quien afirma, incluso, que la obra pudo iniciarla el propio Guillermo el Bastardo. Hace algo menos de un siglo se llevaron a cabo las últimas remodelaciones. Digamos que tiene la magia del pasado y la modernidad de nuestros días.

— Ya veo.

— No debe obsesionarse con Uzumaki House, milady.

— Por favor, llámame Hinata — le tuteó— . Nos hemos casado, ¿recuerdas? — ironizó.

Shikamaru no pudo reprimir una oleada de satisfacción.

— Creo que vas a ser la ráfaga de aire fresco que está necesitando este mausoleo.

— Shikamaru… ¿a qué persona me voy a encontrar?

— ¿Uzumaki? — Ella asintió y él se rebulló en el asiento, en busca de una palabra adecuada— . Naruto es, ante todo, un hombre de honor.

Hinata aguardó más información, pero él parecía haber dicho todo cuanto debía.

— ¿Un hombre de honor? ¿Sólo eso?

— Supongo que preguntas sobre él y su forma de ser, no acerca de su físico, que ya tuviste oportunidad de ver.

— Le vi un momento, de lejos. No lo recuerdo muy bien — mintió deliberadamente, rememorando sus ojos clavados en ella— . Se marchó de la fiesta apenas llegó.

— Así es Naruto. Para él, las reuniones sociales son una pérdida de tiempo.

— Entiendo.

— No es que sea esquivo. Es reo de sus ocupaciones. Deberás convencerlo para que cambie o de lo contrario te pasarás la vida encerrada en Uzumaki House. En el peor de los casos, yo podría ejercer de guía y acompañarte a alguna fiesta, no creo que se oponga.

A Hinata aquel ofrecimiento le resultó chocante.

— Si he de serte sincera, y aunque esta boda no era de mi agrado, desearía acudir a los eventos del brazo de mi esposo. Por favor, no te ofendas.

— Y no lo hago — afirmó él— . Pero Naruto está atado a los asuntos de Estado, sus tierras y las reuniones de negocios. ¡Ah! Y su escaso tiempo lo dedica a su entretenimiento favorito: el griego.

— ¿Griego?

— Devora todo cuanto cae en sus manos. Su colección de libros es impresionante y dedica a ellos cualquier hueco libre — le contó. Pero se guardó un secreto que solamente él, su editor y un par de personas más conocían: que Naruto escribía a ratos perdidos novelas de misterio utilizando un seudónimo.

— Qué interesante — comentó ella, ahuecando otra vez la cortinilla y contemplando de nuevo la mole del castillo cada vez más próxima— . Yo tenía entendido que practicaba un pasatiempo más… disoluto.

— ¿A qué te refieres?

— A las mujeres.

Shikamaru se aclaró la garganta y midió cuidadosamente sus palabras.

— No voy a decirte que tu esposo haya sido un monje, pero la gente chismorrea demasiado. Te aseguro que será un esposo digno.

— Y aburrido.

— Sensato.

— Y aburrido — repitió ella.

— Desde muy joven ha tenido que cargar con la responsabilidad de recuperar la fortuna familiar. Su padre hizo lo que pudo pero estuvo mal aconsejado y, a su muerte, él se encontró con unos terrenos abandonados, propiedades hipotecadas hasta los cimientos, muchas familias a su cargo, un castillo que necesitaba mejoras urgentes y unas arcas tan vacías como el bolsillo de un malviviente — le explicó— . No es que haya tenido muchas oportunidades para dedicarse a la vida contemplativa.

Hinata se mordió la lengua, aunque la réplica se le venía a la boca. ¿Qué podía argumentar contra una defensa a ultranza? Su esposo podía tener muchas obligaciones, pero a ella no se le iba de la cabeza la fama de calavera que lo acompañaba. Claro está, en este punto su amigo lo defendía. Hombre al fin y al cabo, taparía siempre sus debilidades.

La oscura silueta del castillo resultaba cada vez más amenazadora, pero las tierras que atravesaban le parecieron prósperas y había observado casas parejas y cuidadas.

— Con las mujeres… — retomó Shikamaru el asunto para sorpresa de Hinata.

— ¿Sí?

— Naruto no ha tenido mucho éxito con ellas. No me refiero a los flirteos, que parece que hasta ti han llegado rumores. Es un tipo bien parecido, no voy a descubrirte nada. Pero la gente agiganta la realidad.

— Entonces, ¿a qué te refieres?

— Al tema familiar. Bueno, imagino que en algún momento te hablará de ello si lo cree oportuno.

— ¿Quieres decir que me contará que su madre lo abandonó cuando era un niño?

A Hinata le comía la curiosidad. ¿Era eso o Shikamaru trataba de insinuar algo sobre la misteriosa muerte de la anterior esposa del duque? No iba a negar que le fascinaban los entresijos de las historias personales, cuanto más tétricos mejor, y hubiera querido saberlo todo sobre su esposo antes de enfrentársele. Sin embargo, su interlocutor recostó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos y sólo murmuró:

— Eso es lo que quería decir, sí.

No iba a sacar más de él, a pesar de lo cual, Shikamaru le caía bien. Era un hombre apuesto y simpático. Al menos no le había enviado a un leguleyo estirado a formalizar su matrimonio por poderes. A decir verdad, Shikamaru había sido un acompañante ameno que con su charla y sus maneras convirtió el viaje en jornadas llevaderas. Además, la compañía de Natsu, su *aya, que viajaba en el otro carruaje junto con el equipaje, la tranquilizaba porque, cuando menos, tendría a alguien querido junto a ella. Y sus hermanos prometieron al despedirla que la visitarían lo antes posible. La hubieran acompañado pero su padre, para evitar dilaciones dolorosas, se los prohibió. Hinata sabía, porque lo conocía bien, que era otra forma de castigo. No ignoraba el viejo gruñón lo unidos que estaban los cuatro, y eso era otro modo de obligarla a que afrontara un destino que tenía que vivir sola.

Los carruajes atravesaron el puente que salvaba el antiguo foso y se internaron en la explanada que se abría frente al castillo. Hinata contuvo el aliento, porque, si en la distancia impactaba su geometría poderosa, desde dentro imponía aún más. Parecía sacado de una novela de caballería. O de una de . Pequeñas edificaciones que de inmediato asoció con capilla, herrería, caballerizas, almacén y cocheras se adosaban a la construcción principal, a la que se llegaba tras ascender un paseo alineado de cuidados aligustres y parterres floridos.

— Las flores son el pasatiempo preferido de la duquesa viuda — comentó Shikamaru, como si adivinara sus pensamientos.

El carruaje se detuvo y Shikamaru se bajó. Un criado se acercó a ellos con premura. Al instante, dos manos solícitas se tendieron hacia ella para ayudarla a bajar, pero Hinata no aceptó ninguna y, siguiendo su costumbre, descendió por sus propios medios, lo que seguramente no fue bien interpretado. Era sencillamente un gesto de independencia, un modo de reclamar el mismo trato del que gozaba cualquier varón. Tan pronto tocó el suelo, se percató de su falta de tacto, porque Shikamaru sólo intentaba cumplir con su rol de caballero y el criado el cometido asignado. Consiguió esbozar una de sus encantadoras sonrisas para suavizar su falta y dijo:

— Muchas gracias. — A pesar de su aparente soltura, no tan sólida como aparentaba porque ahora realmente se encontraba en la guarida de Uzumaki, como dijera Sakura— . Estoy algo cansada — musitó. No era cierto, lo que estaba era a la defensiva, más aún viendo que un número indeterminado de criados estaban alineados en la entrada. Pero también estaba intrigadísima. Inevitablemente, sus ojos se elevaron buscando las torres. ¿Desde cuál de ellas había caído la anterior duquesa?— . Me gustaría descansar un poco antes de…

— Demasiado tarde — murmuró el escocés señalando con la vista el portón de entrada.

Como si alguien le hubiera echado aliento helado en su nuca, Hinata dirigió allí la mirada. Al final de la escalera, erguido y severo, estaba él. Vestía totalmente de negro y su cabello, algo despeinado, le caía sobre un rostro bronceado y unos ojos vivaces que parecían despedir fuego.

Imponente. Atractivo.

Y con cierto deje perverso.

Las dagas azules del duque de Konohagakure se clavaron en ella. Él casi pudo oler su aprensión, pero apenas le dio importancia, acostumbrado como estaba ya a que lo mirasen como si se encontraran con el mismísimo Diablo. Le preocupaba un ardite la opinión de la mujer que acababa de convertirse en su esposa.

Hinata ascendió las escaleras con paso inseguro mientras los criados a la vez le hacían una reverencia.

Y él no pudo dejar de admitir que era bonita. Se lo pareció al verla en la fiesta, aunque también hubiera afirmado que era simple y algo sosa. Ahora tenía delante una belleza de ojos perlas, con unas graciosas y diminutas manchitas en el puente de su respingona nariz moteando una cara sin maquillaje. Le agradaron las pecas. Y ella.

Le hubiera encantado pasar un dedo por ellas. Para no exteriorizar sus emociones con cierta vehemencia carraspeó, lo que provocó que Hinata tropezara en un escalón. La mano de Shikamaru, al quite, evitó que cayera pero no que perdiera ni una pincelada de su carácter.

— ¡Maldita sea! — barbotó, tiroreando de la falda que había pisado.

Naruto parpadeó. Una vez. Hinata, al tanto de su desatino, se sonrojó, pero no desvió su mirada.

— Milady — dijo él con voz profunda.

Ella le ofreció la mano y unos dedos largos y fuertes aprisionaron los suyos. Una corriente le recorrió el brazo.

Naruto se inclinó ligeramente y aquélla se convirtió en una saeta ardiente que se expandió por su cuerpo.

— Bienvenida a Uzumaki House — musitó, sin soltarla.

— Permite que os presente formalmente — se adelantó Shikamaru— . El duque de Konohagakure, milady. Vuestro esposo. Naruto, ella es Hinata Hyûga.

Naruto centró su atención en el par de perlas grises que eran sus ojos. Y su apetito se agudizó. Pero no era un hombre que se atontara por un rostro bonito. Ya no. Así que, como el que recibe a un invitado, soltó aquellos dedos fríos y temblorosos y la tomó del codo.

— Imagino que ha sido un viaje pesado, señora. La acompañarán a su habitación para que se refresque y se instale. ¡Ebisu! — llamó a uno de los criados— , muestra sus dependencias a mi esposa. Nos veremos a la hora de…

— ¡Vamos, vamos, vamos! — resonó el apremio de una voz de mujer que hizo volverse a todos— . ¡Por el amor de Dios, el servicio de Byakugan Tower ya habría trasladado todos los baúles!

La mujer que azuzaba a sus sirvientes a modo de sargento fue objeto de una muda pregunta a Hinata.

— Ella es la señora Natsu, milord. Ha cuidado de mí desde que era pequeña.

Naruto asintió. No había contado con que su esposa alojara servidumbre propia, algo de lo que Uzumaki House estaba bien surtido, pero parecía que tendría que cargar con aquella cascarrabias que daba órdenes como el que guía una yunta de bueyes.

— Nos veremos en la cena — decidió.

Cuando él desapareció en el interior, Hinata soltó un bufido muy poco femenino. Le había costado un triunfo mantenerse impasible ante la aparición del mismísimo Satanás en forma de témpano, pero el desapego con que fue recibida le devolvió una parte de su aplomo habitual y, recordando que los criados estaban pendientes de ella, les obsequió con una sonrisa.

— Es peor de lo que imaginaba — murmuró por lo bajo.

— Sí, ¿verdad? — convino Shikamaru disimulando su diversión— . Siempre da esa impresión la primera vez. Me pregunto por qué será.

— ¿Por qué? En mi casa no se atiende a nadie como si fuera mercancía. Claro que, en Escocia, somos así.

Natsu, escuchándola, puso los ojos en blanco.

.

.

Continuará...