Señorita Constructora
Esta historia es una adaptación.
La historia original es Miss Fix-It de Emma Hart
Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer
Capítulo 15
El almuerzo pasó en paz. La locura comenzó cuando apareció Eric, armado con entarimados y cualquier otra cosa que te puedas imaginar. Juntos, limpiamos la habitación de Ellie de toda mi porquería y comenzamos.
El retraso en mi horario significaba que estaba por sí mismo, y eso significaba que tenía que ensuciarme las manos.
Pasamos por las propuestas. Una por una, colocamos las tablas y las clavamos, cortándolas a medida donde necesitábamos. Después de aproximadamente una hora, comenzó a tomar forma.
Me alegré de que estuviéramos haciendo esto juntos, al final. Me hizo olvidar la monotonía de la pintura que he pasado haciendo por una eternidad últimamente, y estar con Eric siempre era divertido. Su humor hizo que el tiempo pasara un poco más rápido.
Sus constantes pedidos de una cita… No tanto.
—¿No vas a salir conmigo todavía, Bella?
Lo miré mientras martillaba un clavo en su lugar con un golpe rápido. —Eso es lo que pienso de tu oferta.
—Me hieres. —Me lanzó una sonrisa torcida.
Puse los ojos en blanco y volví al trabajo.
Pasó media hora antes de que volviera a hablar, y cuando lo hizo, fue porque Edward apareció y asomó la cabeza por la puerta.
—Oye —dijo—. ¿Todo bien?
No pude evitar mi sonrojo cuando levanté la vista y nuestros ojos se encontraron. —Bien. Deberíamos terminar aquí pronto, luego podemos tener la de Eli lista.
Sostuvo mi mirada por un momento con una sonrisa, luego miró a su alrededor. —Se ve increíble. Ellie va a enloquecer cuando llegue a casa.
—Señor, espero haberme ido para entonces —murmuró Eric.
Tiré mi pierna y lo pateé. —Solo porque probablemente puedas recordar las rabietas épicas que lanzaste de niño.
—¡No hice berrinches épicos cuando era niño!
—Oh, ¿en serio? —Deslicé mis rodillas para sentarme correctamente y mirarlo—. Cuando teníamos siete años, tu madre te hizo salir de la piscina para comer en tu fiesta de cumpleaños. Pataleaste tanto que casi te ahogas.
—Miente —le dijo Eric a Edward—. No es verdad. Esa era ella.
Le di otra patada y agarré mi martillo.
Edward le dio una sonrisa apretada. —Oh, lo creo.
—¡Oye! —Apunté mi martillo hacia él—. ¿Qué significa eso?
Levantó sus manos. —El martillo es mucho más aterrador que el pincel.
Lo agité.
Se rio, toda la tensión de su sonrisa hacia Eric desapareciendo. »Bien, bien. Bájalo. ¿Necesitas algo antes de irme trabajar?
Eché un vistazo a Eric. Cuando sacudió su cabeza, yo hice lo mismo. —Gracias, pero estamos bien. ¿Cuánto tiempo hasta que los gemelos estén en casa?
Miró su reloj. —Tienes alrededor de tres horas.
Eric me miró. —No lo vamos a hacer todo hoy, Bella.
Aw, mierda.
—¿No puedes meter a uno de tus hombres? No puedo estar fuera del horario.
—Puedo probar.
—Por favor —Le disparé la sonrisa más dulce y sostuve mis manos juntas—. Te pagaré más.
Hizo una pausa. —Renunciaré a esa tarifa si sales conmigo.
—Te pagaré más —repetí.
Suspiró, dejando caer su martillo. —Veré lo que puedo hacer.
—Entonces, ¿estás bien? —reiteró Edward. Sus ojos se movieron de Eric hacia mí, suavizándose en el proceso.
Umm.
—Estamos bien. Gracias. —Sonreí, y me sonrió de regreso, algo que parecía completamente en desacuerdo con la mirada en sus ojos.
Desapareció y Eric se levantó. Miró la puerta vacía por un momento antes de mirarme.
—¿Algo pasando con ustedes? —preguntó, con las cejas juntas.
—No —respondí un poco demasiado rápido, y me volví para alinear un clavo y golpearlo—. ¿Por qué?
—No sé. Tengo la sensación de que no me quiere.
—Eso es porque eres un gilipollas —dije alegremente. Golpeé el clavo.
Me golpeó con su pie. —Cállate.
Le sonreí abiertamente hasta que giró y salió de la habitación. Entonces, dejé que la sonrisa se desvaneciera y suspiré.
Si Eric, el tipo que era tan observador como la nieve en un deslizamiento de tierra, se dio cuenta de que Edward y yo teníamos… una cosa… entonces realmente necesitaba resolver esto.
Pronto.
. . . . . .
Ellie jadeó, aplaudiendo contra sus mejillas, su boca abierta. —¡Es asombroso!
—Es… un piso, Ellie —dije, llevándola de vuelta a la Tierra—. Solo un piso.
—Lo sé, ¡pero puedo poner mi alfombra en él!
—Todavía no. No está listo para que hagas eso.
—¿Por qué no? —Sobresalió su labio inferior y puso sus manos en sus caderas.
Me arrodillé así me encontraba a su nivel. Suavemente, tiré sus manos de sus caderas y le di un golpe en el labio inferior, haciéndola reír en su lugar. —Porque tengo una lista de cosas que hacer. Tengo algunos estantes para poner, tus cortinas deben subir, además tengo que armar todos tus muebles y colgar cuadros. Si pones tu alfombra allí ahora, se pondrá toda polvorienta.
—Oh. —Inclinó la cabeza hacia un lado—. Está bien, supongo. ¿El piso de Eli también está listo?
Eli me miró expectante. —Casi. ¿Quieres verlo hasta el momento?
Asintió y tomó mi mano. Lo conduje hacia la puerta, la abrí y dejé que echara un vistazo a sus tres cuartos de piso. Si el empleado de Eric no hubiera tardado una hora en llegar aquí, ya estuviera listo. Incluso con los tres trabajando en eso, no logramos hacerlo.
Eric prometió presentarse a las ocho y media del día siguiente para hacerlo, y yo estaba tomando su palabra.
—Guau. —Respiró Eli, siempre el niño de pocas palabras.
—¿Te gusta? —pregunté, agachándome.
Asintió con entusiasmo, su manera predeterminada de responder afirmativamente.
Sonreí y le revolví el cabello.
—¿Niños? ¡La cena está lista! —llamó Edward desde abajo.
Ellie olfateó el aire. —¡Huelo pizza!
Eso fue todo lo que se necesitó. Ambos bajaron corriendo las escaleras a una velocidad que me hizo encogerme y casi decirles que bajaran la velocidad. Cerré las dos puertas con un movimiento de cabeza y los seguí, a una velocidad normal.
Asomé mi cabeza en la cocina y saludé. —Los veré mañana.
Ellie me miró con horror. —¿No quieres pizza?
Sonreí. —Estoy bien. Es hora de que me vaya a casa ahora. —Y al menos hoy no me hallaba cubierta de pintura.
Edward puso dos platos con una gran rebanada cada uno frente a los gemelos. —Puedes quedarte. Hay suficiente.
Escuché eso antes. —¿Y cuánto, exactamente, es suficiente?
—¡Él también compró una para ti! —gritó Ellie.
—¡Ellie! ¡Silencio!
—No, no lo hiciste —le dije—. ¿Lo hizo? —le pregunté a Ellie.
Con los ojos muy abiertos, asintió lentamente, alcanzando su caja de jugo.
Miré a Edward.
—No la compré para ti —comenzó—. Había una oferta, así que aproveché eso.
—Oh, ¿no valgo la pena el precio completo?
—Ni siquiera vayas allí. —Negó—. No caeré en eso.
Sonreí.
—Así que, ¿te quedas? ¿O tienes otros planes? —Su voz adquirió un borde que nunca escuché antes, y mis cejas se crisparon juntas en un ceño fruncido.
—¿Otros planes? No. Iba a ver repeticiones de Friends sin pantalones. Apenas lo llamaría un plan.
—¿Puedo ver televisión sin pantalones, papá? —preguntó Eli.
—Nunca usas pantalones. —Ellie puso los ojos en blanco, metiendo el queso caliente en su pizza.
—Tampoco tú —señaló Edward—. ¿Estás o no estás sin pantalones en este momento?
En ese momento, ambos bajaron la mirada, a sus piernas.
—Sin pantalones —dijeron al mismo tiempo.
—Bien. Entonces, esta conversación no tiene sentido.
Imagina eso. Una conversación sin sentido con un niño de cuatro años. Qué novedad.
—Po favol toma un poco de pizza —pidió Ellie, sacando un poco del queso fibroso de la pizza. Lo colocó en su lengua—. Po favol.
Miré a Eli quien me dio una sonrisa tímida. —Bien. Pero me voy a casa después, y no hay nada que puedas decir para hacerme cambiar de opinión. ¿Entendido?
Ambos asintieron, bebiendo jugo al mismo tiempo.
Seriamente. Tan raro.
Edward me dio un plato y abrió una pizza de pepperoni con una sonrisa.
Lo miré de reojo, le devolví el plato y agarré la caja.
Él rió.
Mi estómago se revolvió.
Era una idiota. De nuevo.
. . . . . .
—No entiendo. ¿Cómo estoy perdiendo en Snap* contra un niño de cuatro años? —Miré a Edward.
—Es uno de los mayores misterios de la vida —dijo, frunciendo el ceño ante su propio montón de cartas "ganadas".
Mis planes de irme después de cenar fueron frustrados por ojos más grandes que mi barriga, seguidos rápidamente por dos pares de ojos de cachorro y una petición de que si me quedaba a jugar nunca volverían a preguntar.
Bien. Creí eso como creía que no nevaría en Forks este invierno. Estamos en Washington, era casi tan improbable como lo que los gemelos me prometían.
—No lo entiendo —dije, mirando las cartas en mi mano—. ¿Cómo puedo perder en Snap?
Ellie y Eli soltaron una risita.
—No gritas "Snap" lo suficiente —explicó Ellie—. Soy más rápida que tú.
Sí, no es broma. Me di cuenta de eso.
Tiré y puse otra carta abajo. Ellie golpeó una encima de la mía. Hice otra, la imagen correspondía, y antes incluso de abrir la boca, Ellie gritó—: ¡Snap!
Con una sonrisa astuta, golpeó su mano en la parte superior de la pila y deslizó las dos cartas a juego hacia ella.
Miré a Edward con la boca abierta en una expresión de "¿qué mierda?"
Echó un vistazo a Ellie. —¿Haces trampa?
—Nop —Sacó su barbilla hacia arriba y adelante—. Simplemente se me da bien el Snap.
En serio. Si existiera algo así como un Torneo Mundial de Snap, tenía un futuro positivo.
Eli puso una carta en la pila que tenía entre él y su padre. Intercambiaron cartas por un momento antes de que dos coincidieran y Eli gritó—: ¡Snap!
—¡Oh, Dios mío! —Edward arrojó sus cartas—. Esto es ridículo. ¡Tienes cuatro! ¡Tengo casi treinta años! ¿Cómo es que me vences, amigo?
—Oh, querido papá. ¿Estás teniendo una pataleta? —Ellie lo miró con las cejas alzadas.
—¿Necesitas un tiempo de descanso? —preguntó Eli, con los ojos muy abiertos.
Me mordí el interior de la mejilla y desvié la mirada.
Estaba bastante segura de haber escuchado a Edward decir eso en algún momento durante el tiempo que los había conocido, lo cual acabo de reafirmar, que los niños realmente eran pequeñas esponjas en cuerpos humanos.
—Necesito una cerveza —murmuró Edward, barriendo todas las cartas en una pila ordenada—. Vamos, ustedes dos. Es hora de ir a la cama.
—Awwww —se quejaron a coro—. ¡Pero no estamos cansados!
Eché un vistazo entre ellos.
—Por supuesto, no lo están —concordó Edward—. Pero aun así es hora de ir a la cama.
—Eso no es juuusto —continuaron juntos.
Bueno, tampoco lo era la vida. Mejor que lo aprendan temprano.
—Hora de acostarse —dijo de nuevo, volviendo a poner los dos juegos de cartas en sus cajas.
—Aw, papiiiiii.
—No. —Se levantó y les hizo un gesto con los dedos—. Vamos.
—¿Bewa se quedará?
—No —le dije, poniéndome de pie—. Tengo mucho trabajo por hacer mañana, y ya me quedé y perdí en Snap. Realmente tengo que irme.
—Ohhh, pero eso no es justo —murmuró Eli.
Edward agitó sus manos hacia ellos. —Vamos. Suban. Encuentren sus pijamas. No importa si Bella se queda o no, porque estarán dormidos. —Los condujo por el pasillo, y los seguí, agarrando mi teléfono y mis llaves.
—Pero, papá —dijo Ellie, doblando a la mitad de las escaleras—. Si Bewa se va, entonces estarás solo.
Hizo una pausa. —¿Sí?
—¿No te hace sentir triste?
No. No iba a hacerlo. No esta noche. No esta vez. Había pasado más que suficiente tiempo con él últimamente, y algo tenía que pasar. No iba a sentirme culpable de quedarme por ella.
Nop.
Absolutamente no.
Me alejé de las escaleras, hacia la puerta.
—No —dijo Edward lentamente—. Estoy acostumbrado a eso. Bella tiene razón, tiene mucho trabajo mañana, y ustedes necesitan dormir un poco porque van con Ángela otra vez.
—¿Otra vez? —Sus ojos se abrieron.
—Ella hornea buenas galletas —dijo Eli en voz baja—. Me gusta allí.
Mis labios se crisparon.
Maldita sea, no, no podrían estar haciendo eso.
Cada vez que les sonreía a esos niños, me robaban un pedacito de mi corazón.
—Vamos. —Edward hizo un gesto con las manos, guiándolos por las escaleras.
—Buenas noches, Bewa —gritó Eli por encima del hombro.
—Buenas noches, niños. —Sonreí y me dirigí hacia la puerta.
Ellie me miró a los ojos, una mirada triste en la suya, y agitó una pequeña mano en un adiós. Bajó la cabeza cuando la mano de Edward le tocó la espalda y la empujo.
Tomé una respiración profunda y suspiré de nuevo. Ese fue el epítome de un viaje de culpa. La tristeza en sus ojos ante la idea de que me fuera…
No.
No iba a caer en ello. No iba a dejar que funcionara. No podía dejarlo. Ya habíamos cruzado la línea demasiadas veces y si me quedaba...
Me apoyé contra la puerta principal y miré a través de la puerta hacia la cocina. El olor a pizza aún persistía, y sabía que al menos había una pizza entera en la caja del lado que probablemente era la razón por la que el olor persistía.
Abracé mi teléfono contra mi estómago, luego lo saqué frente a mí y envié un mensaje de texto a Rosalie.
Yo: Donde el papá caliente. ¿Me quedo o me voy?
Su respuesta fue inmediata. Necesitaba una vida.
Rosalie: Quédate.
En retrospectiva, no era la mejor persona para hacerle esa pregunta.
—Jesús, me asustaste muchísimo. —Edward se rio, con la mano en el estómago.
Lo miré con los ojos muy abiertos.
»Pensé que te habías ido —dijo a través de su risa—. ¿Pasa algo malo?
—No, yo… —Hice una pausa, entrecerrando los ojos—. Creo que me estoy enamorando del viaje de culpabilidad de Ellie.
—Oooh. —Hizo una mueca—. Mis disculpas. Pero eso explica por qué sigues aquí.
—Sí, no puedo decidir si me siento mal por irme y que tu estés solo o peor porque me quedaré y probablemente no debería —dije lentamente.
—¿Te quedarás? —Arqueó una ceja—. Eres bienvenida.
—Supongo que lo estoy. Quiero decir, solo me iba a ir a casa, a poner Friends y quitarme los pantalones.
—No necesitas ir a casa para hacer eso. No soy el mayor admirador de Friends en el mundo, pero lo vería si eso significa que no usarás pantalones. —Una sonrisa lobuna se extendió por su rostro.
Puse los ojos en blanco y empujé la puerta. —No. No voy a quitarme los pantalones.
—Me hieres. —Se rio—. Es una buena noche. ¿Quieres sentarte afuera?
—Claro. —Mientras lo seguía, me di cuenta de que solo había mirado el patio desde la ventana del dormitorio de Ellie.
Edward empujó la puerta de atrás hacia un porche de madera. Un gran sofá de mimbre ocupaba una esquina del porche, y unas pocas velas medio quemadas se encontraban en la mesa de cristal frente a él. El porche daba a un jardín exuberante y verde salpicado de juguetes de niños, desde un balón de fútbol hasta un columpio con un tobogán.
Se sentó en un extremo del sofá, y me dejé caer en la esquina, pateando mis zapatos. Levanté los pies y suspiré, apoyándome en los blandos cojines del respaldo.
Se encontraba básicamente silencioso. Aparte del suave zumbido de la televisión en el interior, no había nada. Era increíble, porque no estoy segura de haberme dado cuenta de lo ruidosos que eran los gemelos hasta ahora.
—¿Te sientes así todos los días cuando van a la cama?
Edward arqueó una ceja. —¿Como qué?
—Como, guau, mierda, son realmente ruidosos.
Me miró por un momento antes de estallar en carcajadas. Parpadeé hacia él, viendo cómo sus hombros temblaban con cada risa profunda que escapaba de sus labios.
»¿Soy más divertida de lo que creo que soy?
Negó, todavía riendo. —No. Me río porque nunca expresé ese sentimiento en palabras, pero lo acabas de decir. Realmente es exactamente eso.
—Son realmente ruidosos —dije de nuevo, frunciendo el ceño—. ¿Son así todos los niños o solo porque hay dos de ellos?
—No tienes idea sobre niños, ¿verdad?
—Realmente no. Soy bastante ignorante sobre ellos —admití encogiéndome de hombros—. Nunca he estado cerca de ellos. Lo más cerca que he estado de niños es en la tienda de comestibles con el hijo de Janie Green que gritó todo el viaje. Quería darle un puñetazo en la cara. —Fruncí el ceño—. Eso me hace sonar como una persona horrible.
—Nah, estoy bastante seguro de que todos nos hemos sentido así una o dos veces. —Guiñó un ojo con una sonrisa—. Sin embargo, es bastante sorprendente. Eres tan buena con los gemelos.
Un rubor se levantó en mis mejillas. —Solo soy amable con ellos.
—Eres más que agradable. Eres extrañamente paciente. Como, con la pintura. Bella, cualquier otra persona hubiera perdido la cabeza y hubiera estado tan jodidamente enojada, pero tú simplemente le restaste importancia.
—Estaba molesta. —Me metí el cabello detrás de la oreja—. Pero mostrándoles eso no habría logrado nada. Tú lo manejaste. Solo soy la constructora. Mi ira no tiene cabida aquí.
—Solo la constructora. —Sonrió, mirándome a los ojos.
—¿Estás seguro de que no estoy siendo realmente divertida hoy?
Sacudió su cabeza otra vez, frotando la mano sobre su frente.
—Creo que es divertido que te refieras así sobre ti misma. Pienso que eres más que solo la constructora.
—¿Lo haces?
—¿Tienes alguna idea de lo divertida que eres?
—No, pero si estás a punto de felicitarme, estaré feliz de escuchar.
Rio. —Solo... demonios. Simplemente eres divertida, Bella. Ni siquiera creo que te des cuenta de la increíble persona que eres. Mudarnos aquí fue muy difícil, y hasta que apareciste en la puerta de mi casa, estaba seguro de que cambiaría de opinión. Me haces reír más de lo que nadie ha hecho nunca.
—Eso es porque soy una idiota. —Señalé—. Como la cosa del pincel micrófono. Idiotez.
—Eres una idiota adorable. Funciona.
—Aw, crees que soy adorable. —Sonreí.
—Lo eres cuando sonríes así.
Otro rubor me calentó las mejillas. Me aclaré la garganta y bajé la mirada.
Edward se rio de nuevo. »¿Ves? Todavía adorable.
—Está bien, basta. Solo lo dices para hacerme sonrojar.
—Más o menos. ¿Funciona?
Palmeé mis mejillas. —No.
Extendió la mano, agarró mis muñecas, y tiró de mis manos, revelando el rubor al rojo vivo que cubría mis mejillas. Una sonrisa desarmante y sexy se extendió por su cara, y puse un mohín mientras su mirada cruzaba mi cara.
»Basta. —Sacudí mis manos fuera de su agarre—. Lo juro, jugar conmigo es tu nuevo hobby favorito.
—Lo es —admitió, con los ojos brillantes—. Eres tan fácil de molestar, ni siquiera tengo que intentarlo.
Puse los ojos en blanco. —Y pensar, que me dejé llevar por la culpa y tropecé con esto.
—Tonta de ti. Te advertí sobre ella, y obviamente no escuchaste.
—Eso no es justo. Sí escuché, simplemente no tengo habilidades extrañas para evitar la culpa como tú.
—No evito la culpa. Lo pretendo.
—¿Hubieras fingido si fueras yo, sabiendo que dejarías a un pobre chico solo?
Alzó las cejas. —No habría estado solo. Hubiera visto la televisión sin pantalones.
—No puedes utilizar mis planes como una excusa —me burlé—. Y a menos que tu hija sea un maestro manipulador, hubieras estado solo.
—Ella tiene cuatro años. Todos los de cuatro años son maestros manipuladores. Si los niños vinieran con manuales, ese sería el título del capítulo que habla sobre la edad de cuatro años —dijo.
—Técnicamente hay manuales. Son estas cosas maravillosas y futuristas llamadas libros.
—Ninguno de los cuales está dirigido a un padre soltero —señaló—. La última vez que busqué en Google, le diagnostiqué a Eli una enfermedad rara y mortal, aprendí que hay demasiados estilos de trenzas para que cualquier ser humano las domine, y también descubrí cómo sacar a los niños de la casa a las ocho y tener tiempo para maquillarme.
Hice una pausa. —Puedo ver cómo ese último te sería útil. Tu máscara se ve maravillosa hoy.
Bajó la cabeza y rio, sus hombros temblaban.
Miré hacia los árboles al final del patio. El sol comenzaba a ponerse, y brillantes motas penetraron entre las hojas.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Edward se movió. —Quieres decir otra pregunta, ¿verdad? Como la que acabas de hacer.
Rápidamente le mostré el dedo, que no hizo nada más que hacerlo reír de nuevo.
—Sí. Tengo una pregunta.
Es un juego de cartas de ritmo rápido adecuado para niños a partir de tres. Los jugadores miran para las tarjetas a juego con números o letras y gritan "no" cuando ven un partido. El primer jugador en gritar "snap" gana las dos tarjetas a juego y otros. El objetivo es ganar todas las tarjetas.
Hola chicas!
Aquí vemos un Edward un pelín celoso creo yo jijiji
Espero disfruten el capítulo y gracias por sus reviews!
Tengo blog! Se llama: Maly's infinity place, y pueden encontrar el link directo en mi perfil de Twitter (thoughtswen) si desean verlo. Voy a subir reseñas, recomendaciones y mucho más.
Y...¡Subí reseña al blog! ¿Conocen la Saga Indebted? Pues si no vayan a darle una miradita a la reseña y a lo mejor les da por leerla ;)
Nos vemos.
Bye Sweeting!
