CAPITULO 6
Me desperté con la luz del día, rodeada de calidez. Tenía todos los músculos del cuerpo doloridos, pero de un buen modo. Un aroma fuerte conocido hizo que me picara la nariz y me di cuenta de que Edward me sostenía entre los brazos fuertes contra su pecho, su respiración tranquila contra la parte posterior de mi hombro y la brisa matutina se sentían como el roce de una pluma sobre la piel. Aunque ya no estaba duro, aún estaba adentro de mí. Estábamos envueltos en capas de mantas aterciopeladas debajo del techo rojo violáceo, bajo un deslumbrante cielo azul. El fuego de la fogata se había extinguido. ¿Era aquello otro sueño?
Me volteé desnuda entre sus brazos para ver su rostro y estudié los rasgos espectaculares. Tenía el cabello despeinado. En la comisura de los labios, tenía rastros de chocolate seco. Se lo limpié con el dedo y me chupé la yema.
Abrió los ojos lentamente, pestañó algunas veces y luego reveló aquellos iris verdosos a los cuales ya les tenía tanto cariño.
—Hola —le dije en voz baja.
Los labios se le curvaron perezosamente.
—Hola.
—Es de mañana.
Se restregó los ojos para quitarse la somnolencia.
—¿Dormiste bien?
Asentí con la cabeza. Ni siquiera recordaba haberme quedado dormida. No recordaba siquiera haberme apartado del cuerpo de Edward la noche anterior. ¿Me había quedado dormida con él adentro de mí?
Bostezó como un león que se despierta de un período de inactividad.
—¿Cómo te sientes?
—Como si un tornado me hubiese lanzado por los aires. ¿Y tú?
Sonrió.
—Como si hubiera luchado con una pantera. —Giró la cabeza para ver sobre su propio hombro. Tenía la piel dorada marcada con rayas coloradas largas.
Lancé un grito ahogado y comencé a masajear suavemente alrededor de las heridas, deseando que eso atenuara el dolor.
—Lo siento. No me di cuenta de que te estaba rasguñando.
—Yo tampoco. —Me besó suavemente la punta de la nariz con los labios—. Definitivamente una fiera.
—Me dejé llevar. No conocía ese lado de mí. Te prometo que seré más cuidadosa.
Me besó en la frente.
—Eso será difícil porque tengo la intención de sacar a la luz ese lado tuyo tanto como pueda.
—Pero te lastimé, Edward.
Me acarició la cabeza con la mejilla.
—Haces que me sienta vivo.
Me acurruqué junto a él, le besé el cuello e inhalé su aroma para llenarme los pulmones con él. Era casi demasiado bueno para ser real.
—Por cierto, discúlpame por lo de tu ropa —me dijo.
—No hay problema. Obstaculizaba el camino. No la extrañaré.
—Te conseguiremos algo nuevo cuando regresemos a la ciudad.
—Suena divertido.
—Hablando de diversión —me dijo—. Estaba pensando que hoy podríamos explorar la isla y hacer un poco de observación de aves. ¿Te interesaría?
Le expresé mi emoción por la actividad, el interés en las aves de mi época de adolescente se acababa de volver a encender.
Después de estar abrazados delante de las olas por un rato, decidimos emprender el regreso a la cabaña. Edward se vistió nuevamente y yo tuve que arreglármelas con un cobertor para reemplazar las prendas que se habían destruido con el fuego de la pasión de la noche anterior. Nos enjuagamos, nos pusimos ropa limpia y tomamos un desayuno ligero de huevos y tostadas en la cabaña.
Me quedé observando con detenimiento las fotografías que había junto a la chimenea mientras él buscaba los binoculares. Las primeras parecían ser de él y sus compañeros de surf en varias playas del mundo, sonreían y mostraban sus abdominales y tablas de surf. Había una o dos mujeres en las fotografías pero resultaba evidente que cada una de ellas era la media naranja de cada uno de los amigos de Edward. En otras fotografías se veía a Edward estrecharles la mano a personas famosas. Resultaba obvio que las habían tomado en eventos o en fiestas. Mis ojos se detuvieron en una foto de solo dos personas en la playa. Era Edward que sonreía, abrazando a una morena espectacular. Su sedoso cabello lacio le enmarcaba los sensuales ojos oscuros y labios carnosos. Llevaba un bikini y tenía un cuerpo elegante como el de una modelo, pero también tenía curvas en todos los lugares apropiados. Era hermosa —mucho más que yo—. Sentí una opresión en el pecho por los celos. ¿Quién era ella? ¿Sería alguna de las ex novias de Edward?
Edward regresó a la sala de estar con un par de binoculares alrededor del cuello.
—Los encontré.
—Genial —le dije—. Ey, Edward, ¿quién es la que está en esta foto?
Se acercó a mi lado delante de la hilera de fotografías.
—Ah, esa es Alice, mi hermana menor.
Alice. Tenía un lindo nombre. Sentí que el pecho se me relajaba al saber que era la hermana de Edward.
¿Edward tenía una hermana? ¡Cómo podía ser que no lo supiera! Al ponerme a pensar, me di cuenta de que no sabía mucho acerca de su familia, ni siquiera por la considerable investigación que había hecho. Simplemente no había mucha información disponible.
—Vi muchas fotos de ti cuando investigaba tus antecedentes pero ¿cómo puede ser que nunca la haya visto en ninguna de ellas?
—Muchas de las fotos de mí que andan circulando me las tomaron en público. Algunas con mi aprobación, otras sin ella. Como quizás te hayas dado cuenta, me gusta mantener mi vida privada… bueno, en privado. Es por eso que me preocupaba que algún barco nos viera anoche.
—Ah. —Desde que nos involucramos, me había olvidado lo famoso que era Edward. Nuestra interacción frecuente lo hacía de carne y hueso, real. Resultaba fácil olvidar que él se encontraba bajo la atenta mirada de los medios.
—Tu hermana es muy hermosa.
Hizo una pausa, tenía la mirada perdida, estaba absorto en sus pensamientos. Era la misma mirada que tenía la primera vez que le hablé sobre James.
—Es una buena chica. Me gustaría que la conocieras alguna vez. Estoy seguro de que os llevaréis bien.
Me pregunté cómo sería Alice. ¿Era básicamente una versión femenina de Edward? ¿Perfecta y encantadora?
—Vamos. Espiemos un poco. —Edward colocó el brazo alrededor de mis hombros y nos dirigimos afuera, para adentrarnos en el bosque como un par de aventureros.
El resto de la mañana se pasó en un frenesí de observación de aves —aves que nunca antes había visto o que solo había visto en revistas sobre naturaleza—. Edward hizo de guía de turismo, dándome detalles sobre las distintas especies de la isla. Aprovechamos los binoculares al máximo y, de tanto en tanto, sacaba rápidamente mi teléfono para tomar fotografías.
Estábamos escondidos detrás de un arbusto, con el brillo del sol sobre nosotros, cuando vislumbré un ave familiar posada sobre la rama de un árbol.
—¡Guau! Aquel parece un frailecillo pero con un gran pico de viejo.
Edward se rió.
—Es un tucán. Como el ave de esos comerciales de Fruit Loops. Salvo que ese es un tucán pico iris.
Lo observamos asearse, utilizando su pico para atusarse las plumas del pecho. Lucía majestuoso con su plumaje de colores brillantes y la cabeza con esa forma distintiva.
Edward señaló y yo observé otra ave sobre una rama detrás de la que se estaba atusando, que parecía de la misma especie pero era considerablemente más grande. La de mayor tamaño observaba de cerca a la más pequeña, moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo, yendo de un lado a otro de la rama para inspeccionar a la más pequeña desde todos los ángulos. El ave que se estaba atusando parecía no notar el comportamiento sospechoso.
—¿Qué está haciendo aquella ave? —le susurré.
—La que se está aseando es hembra y la otra es macho.
El tucán hembra continuó con sus asuntos mientras el macho saltaba silenciosamente de una rama a la otra, cada vez más cerca de la hembra sin que ella lo notara. La hembra volvió la cabeza para atusarse las plumas de la espalda y pensé que había visto al macho, pero él saltó con astucia a otra rama, fuera de su campo visual, como si anticipase sus movimientos. Al poco tiempo, el macho logró ubicarse en la misma rama que la hembra, se acercó más, luego, de repente, saltó encima de ella. La hembra chilló y agitó las alas pero el macho la mantuvo firme con sus fuertes garras.
—¡Guau! —exclamé, mientras con el dedo hacía clic en el obturador de la cámara de mi teléfono celular—. ¿El ave grande se está revolcando con la pequeña?
—Se llama beso cloacal —me explicó—. Las aves tienen un orificio en la parte trasera llamado cloaca para la reproducción. Juntan sus cloacas una con la otra y el macho deposita el esperma en la hembra. En algunas especies, esto solo lleva unos pocos segundos.
—Suena un poco decepcionante —reflexioné, mientras tomaba otra foto.
—Supongo que depende del tipo de ave. Estoy seguro de que sucede lo mismo con algunos humanos. —Sonrió ampliamente.
—No con nosotros. Es un proceso largo y duro. —Volví la cámara para tomar una fotografía de él. Sonrió.
—Con muchos clímax.
—Sin dudas. Al menos, de parte de la hembra.
—La hembra es lo que importa. El macho la tiene que conquistar.
—¿Cómo algún tipo de desafío?
Él negó con la cabeza.
—Porque ella vale la persecución.
—También puedes intentar acercarte sigilosamente y montar a la hembra como lo hacen las aves. —Señalé los tucanes. La hembra se había tranquilizado y se había vuelto receptiva al macho que estaba copulando con ella.
—¿Crees que funcionaría?
Le sonreí con picardía.
—Atrápame y averígualo.
Me envolvió con el brazo la cintura y yo, juguetonamente, luché por liberarme aunque sabía que era en vano.
—Te tengo.
—No es justo —le dije—. Tienes que darme ventaja. Cierra los ojos y cuenta hasta cien.
—Hay pendientes pronunciadas y rocas filosas en la isla. No quiero que te lastimes.
—Eres dulce, Edward. Pero creo que mi frágil cuerpo femenino puede manejar un jugueteo en el bosque.
—Está bien, gatita. —Sonrió, al liberarme de su sujeción—. Yo ya estoy en juego. —Se cubrió los ojos con las manos y comenzó a contar.
Salí corriendo, pasé zumbando a través de los árboles densos y salté por encima de los arbustos pequeños. El sonido del conteo se hacía cada vez más distante.
—Cien —dijo, su voz apenas audible—. Allí voy.
Unos minutos después, oí sus pasos que crujían cerca, sobre unas hojas y me agaché detrás de un gran arbusto. Pensé que me encontraría, pero pasó caminando justo al lado del arbusto, llamándome. Tomé una ramita del suelo y la lancé en la otra dirección. Se dirigió hacia el sonido de la rama que dio contra el suelo y tuve que taparme la boca con la mano para evitar reírme. Me divertía haber podido burlar al multimillonario Edward Cullen.
Cuando ya estaba fuera de mi vista, me escapé en la dirección contraria. Me divertía eludirlo. Anoche no me había hecho la evasiva, pero hoy era distinto.
Había planeado salir en una dirección, pero una serie de matorrales y árboles grandes me obligaron a desviarme un poco varias veces, en forma zigzagueante. Después de un rato, no estaba segura de si todavía me dirigía en la misma dirección. Finalmente, me di cuenta de que no tenía idea de adónde iba. Empecé a regresar por el camino por el que había ido pero me detuve delante de un árbol grande con escasas ramas, que parecían tentáculos retorcidos: la apariencia peculiar era muy memorable. Si estaba regresando por el lugar que ya había caminado, debería de haber divisado aquel árbol antes. ¿Por qué no lo había visto? ¿Dónde me encontraba? Edward me había dicho que la isla no tenía una gran extensión, pero parecía bastante grande. No pude obtener un sentido adecuado de mi orientación porque el follaje espeso me impedía ver muy lejos. Comenzaba a sospechar que me había perdido.
Escuché el sonido de algo que se movía rápido en la distancia y, como no tenía ninguna mejor opción, decidí rastrear su origen.
Llegué a un claro y me di cuenta de que estaba observando la base de una cascada. El agua caía a toda velocidad desde cincuenta pies de altura hasta una gran cuenca debajo, que corría en arroyuelos hacia lo que imaginaba era el mar del Caribe en algún lugar.
Impresionada, me acerqué y me posé sobre una roca lisa junto al borde de la piscina natural y observé el agua transparente abajo. Había algunos peces coloridos nadando que parecían koi pero eran más pequeños. Me puse a gatas y me incliné hacia abajo para sumergir la mano en el agua e intentar tocar uno de ellos.
—Linda vista —dijo una voz a mis espaldas.
¿Eh?
Unas manos fuertes me tomaron por la cintura desde atrás y una superficie dura chocó contra mi trasero. Ahogué un grito y casi caigo al agua pero las manos me mantuvieron estabilizada. Giré el cuello y vi a Edward detrás de mí, con las caderas contra mis nalgas.
—Me encontraste —grité.
Sonrió.
—Si alguna vez te pierdes, te encontraré.
Ansiosa por sumergirme en el agua fría, me quité la falda y el resto de la ropa.
—Aún no me has atrapado —dije, al tiempo que saltaba al agua desnuda para alejarme de él nadando. La cuenca era menos profunda de lo que esperaba, porque pude tocar el fondo con los dedos de los pies cuando el agua me llegó a la nariz.
Con una sonrisa pícara en el rostro, él también se quitó la ropa y se lanzó al agua como bala de cañón después de mí.
Nadé hacia la base de la cascada y casi había llegado hasta allí cuando Edward me atrapó. Me tomó de la cintura y giró mi cuerpo para que quedara de frente a él, luego me besó profundamente.
Riéndonos y sonriendo, nadamos hasta la base de la cascada y luego hasta la parte posterior de ella. Había un pequeño lugar entrecerrado en la roca, como una cueva poco profunda, que era tan grande como para que dos cuerpos húmedos cupieran cómodamente. Edward me sacó del agua y me sentó sobre el saliente liso de piedra, luego se aferró del borde junto a mí y subió.
—Este es un lugar oculto de mi isla —me dijo; se oía el sonido constante del agua que salpicaba delante de nosotros—. Prácticamente lo has encontrado tú sola.
—¿Eres un pirata en secreto? ¿Y guardas aquí tu tesoro?
Levantó una mano hasta mi rostro y me pasó la yema de los dedos por toda la mejilla.
—Tú eres mi tesoro.
Me sonrojé.
—Siempre eres tan meloso —le dije en voz baja. Extendí el brazo para correr un mechón de cabello húmedo que le cubría los ojos, de modo que pudiera apreciar mejor el atractivo total de sus rasgos.
Su mirada oscura se intensificó y bajó la voz de modo íntimo.
—No soy pirata, pero aun así quiero saquear tu botín trasero.
—¡Guau! ¡Qué sensiblero! —Me reí—. Creo que tendré que retractarme.
—No pude evitarlo. Me diste pie. —Sonrió—. Pero, en serio, tienes un trasero muy lindo. —Extendió la mano alrededor de mi cintura para tomar la parte trasera de mis muslos y me incliné hacia atrás, contra la piedra fría y levanté la pierna para permitirle que me cubriera el trasero con la mano. La piedra era dura, pero la posición, cómoda.
—Supongo que esa es la respuesta —dije.
Se ubicó entre mis piernas y se movió un poco encima de mí, los aros de las tetillas oscilaban sobre mis senos. Unas gotas de agua corrían por su torso desnudo y se acumulaban en la base de sus abdominales para luego caer sobre mi sexo.
—¿Qué respuesta?
—La respuesta a la pregunta de si eres de los tipos que prefieren los culos o las tetas.
—¿Por qué tiene que ser una cosa o la otra? Me gustan ambas. Y todo lo que está entre medio y alrededor.
Me encogí de hombros.
—No me preguntes a mí. Yo no hago las reglas.
Me apretó el cachete del trasero y sus labios se curvaron hacia arriba.
—Entonces déjame mostrarte cómo puedo romperlas.
Inclinó la cabeza y selló la boca sobre la mía. Deslizó la lengua adentro, dando lamidas largas, con un ritmo pausado por toda la mía.
Podía sentir que su miembro grueso se calentaba cada vez más y se endurecía contra mi muslo. Mi sexo respondió a su manera.
Me corrió el cabello mojado de la frente y depositó allí los labios.
—Me gusta tu cabeza. Es hermosa, inteligente y tiene ideas maravillosas.
—Me halagas —mascullé. El agua que rompía a nuestro alrededor contrastaba bruscamente con la intimidad de la cuevita.
Se movió un poco más hacia abajo. Cerré los ojos y sentí que sus labios ágiles me besaban los párpados con delicadeza.
—Tus ojos. Intensos y penetrantes.
Murmuré en aprobación, disfrutando las palabras cariñosas y el gesto íntimo.
Me besó la boca de nuevo.
—Tus labios. Suaves y firmes.
Se me aceleró la respiración y pude sentir que mi cuerpo palpitaba contra la piedra mojada.
Se movió hacia mi pecho, succionando la piel sensible con la boca, lo que hizo que arqueara la espalda y gimiera suavemente.
—Tus senos. Curvilíneos y seductores.
Extendí el brazo para tocarle la mejilla cariñosamente y me besó la mano.
—Tus manos. Cálidas y suaves.
Fue recorriéndome con besitos ligeros hasta el ombligo.
—Tu estómago. Que gruñe cuando tienes hambre.
Solté unas risitas.
Luego, llevó la cabeza entre mis piernas.
—Tu coño. Dulce y goloso. —Me besó el clítoris y le pasó la lengua con un movimiento rápido. Exhalé profundamente y me pasé la lengua por los labios. Edward era un experto en la estimulación oral y recibía ansiosa su boca allí en cualquier momento.
Pensé que permanecería allí, pero me empujó las piernas hacia atrás con las manos y descendió más.
Con los labios me besó una zona sensible de la piel, que arrugué ante la sensación.
—Tu culo. Redondo y sabroso.
Luego, sentí algo suave y húmedo que se acercaba a la entrada. Fue inesperado y no tuve tiempo para prepararme.
—¿Qué haces, Edward? Yo nunca… ¡Ay!
Con la lengua dibujaba círculos ligeros alrededor del borde, humedeciendo la entrada con su saliva. Nunca antes había probado nada allí atrás, ni siquiera yo sola. Me daba curiosidad pero siempre temí demasiado que me doliera.
—Edward —le dije con una exhalación, insegura de que si quería que continuara a pesar del placer que se extendía desde donde su lengua hacía contacto con mi piel.
—Relájate, gatita. Te tengo.
Contoneé las piernas y apreté mi zona íntima mientras Edward exploraba a buen ritmo mi trasero con la lengua y los labios. Finalmente, me relajé. Ese fue el momento en que su lengua pudo deslizarse adentro. Introdujo el dedo en mi vagina al mismo tiempo que yo crucé las piernas con fuerza para controlar el placer. Mis pies hallaron el techo bajo de la cueva y pude presionar los dedos contra él para mantener las piernas en alto.
—Se siente demasiado bien —gemí. Llevé la pelvis en contra de su dedo y su lengua. Cada movimiento me hacía sentir plena en un lugar y vacía en el otro. El placer de vaivén que me recorría el cuerpo me empujaba hasta el límite. Mis caderas se desesperaron, mis gritos de lujuria se volvieron más profanos.
—Haces que se me ponga tan duro —farfulló.
Agregó otro dedo a mi vagina y los insertó más rápido. Me hice añicos contra las rocas como el agua que rompía a nuestro alrededor. Mis pies se soltaron del techo, las piernas se me desplomaron y descansaron sobre los hombros esculpidos de Edward.
—Te quiero adentro de mí, Edward —le dije jadeando, ansiosa por esa sensación de plenitud que solo él podía darme.
Frunció el entrecejo.
—Tendremos que volver a la cabaña. No traje protección aquí.
Tragué bastante saliva antes de hablar.
—Estoy sana, Edward. ¿Y tú?
Su ceño se estrechó.
—Sí, pero…
—Confío en ti. Tomo la píldora. ¿Confías en mí?
Su mirada se encendió.
—Sí.
—Hagámoslo. Aquí. Ahora mismo.
—¿Estás segura? Quiero hacer esto, Isabella, pero no quiero que luego te arrepientas.
Asentí.
—Estoy segura. Quiero esto. Quiero sentirte adentro de mí sin que nada se interponga entre nosotros.
—Ay, Isabella.
Inclinó la cabeza y selló la boca contra la mía.
Extendí la mano en busca de su erección —que era tan dura como la piedra que tenía contra la espalda— y utilicé la punta inflamada para frotarla sobre mi clítoris. Gruñó en mi boca.
Alineé la punta con mi entrada y él ingresó lentamente, permitiéndome que saboreara la sensación de cada pulgada al descubierto que dilataba mi sexo punzante. Se sumergió más profundamente; al tiempo que estiraba la carne sensible, encendía nervios sensibles a su paso y me hacía perder la cabeza y el aliento.
—¡Qué bien que se siente en tu interior! —gritó, su boca temblaba junto a mi oreja.
Sus penetraciones eran tan profundas. La plenitud que sentía en el cuerpo me parecía imposible. Me aferré a los músculos de su espalda fuertemente, pero con cuidado de no rasguñarlo con las uñas esta vez.
—Edward, estás tan caliente dentro de mí.
—Puedo sentir cómo la sangre corre a toda velocidad —gimió—. Tú eres la causa, Isabella.
Nuestros cuerpos estaban tan cerca, sus pectorales fuertes pegados a mis senos. Sentía el latido del corazón a través de su pecho, los latidos fuertes vibraban a través de mí, lo que hacía que mi propio pecho latiera con mayor intensidad.
—Te deseo tanto que duele. No te detengas.
Entró en mí. Una y otra vez. Respiraciones débiles se nos escapaban de los labios cada vez que alcanzaba el fondo de mi sexo.
—No puedo detenerme.
Los cuerpos mojados colisionaron una y otra vez. Nuestras bocas y lenguas se retorcían y entrelazaban en un encuentro armonioso. Él saqueaba el botín de mis profundidades y tomaba lo que quería. Yo me abría y le daba todo lo que deseaba, perdida en un placer irracional. Sus penetraciones se hicieron cada vez más urgentes, su expresión, más desesperada.
—Estoy por acabar, Isabella —gimió dolorosamente.
—Acaba adentro de mí, Edward —lo desafié con las caderas y lo forcé con los dedos que clavaba en su trasero firme.
—¡Mierda!
Una ola de calor abrasó mi interior mientras sentía que él se deshacía violentamente en chorros adentro de mí y me llenaba más de lo que nunca antes había sentido, tanto física como emocionalmente. Continuó moviendo las caderas repetidamente hacia adelante y hacia atrás, exprimiéndose hasta la última gota de deseo para entregármela. Yo lo quería. En su totalidad.
Colapsó arriba de mí, jadeando y rindiéndose. Disfruté la sensación de su peso sobre mí, que me estrujaba cariñosamente.
Cuando volvimos a la cabaña, decidimos ir en la embarcación de Edward hasta Santa Lucía para comprar algo para almorzar y algunos suministros básicos para la cabaña. Después de las actividades matutinas, estaba más relajada y feliz de lo que podía recordar. Estar con Edward era cómodo y emocionante al mismo tiempo. Apenas podía creer lo bien que marchaban las cosas entre nosotros.
Caminamos desde la cabaña hasta la playa y nos embarcamos en el Placer del Muelle. Vestía una camisa celeste de lino y llevaba los primeros botones desprendidos y unos shorts grises de una tela similar, con sandalias y anteojos de sol Oakley que completaban el atuendo.
Al desamarrar la embarcación del muelle, los músculos de los brazos y del pecho se abultaron debajo de la camisa. Cada vez con mayor frecuencia, observarlo hacer cualquier actividad física me hacía pensar en cómo se veía desnudo.
Luego de encender el motor, Edward nos condujo directamente hacia la isla principal. Parecía seguro y sereno al pilotar la embarcación, sin dejar que las olas lo perturbasen. Con el viento que soplaba y el rocío del océano que le caía sobre el rubio cabello ondulado, parecía salido de una película. Su rostro irradiaba una intensidad centrada en la tarea que tenía entre manos; absorbía la experiencia y se aseguraba de que no tuviéramos ningún contratiempo.
Por todo ello, estaba junto a él con los pelos de punta. La primera vez no había ido tan rápido y, para mí, parecía que estábamos cerca de perder el control. Era peor que los taxis de la Ciudad de Nueva York. No sabía cuán rápido avanzábamos pero, cuanto menos, se sentía como que íbamos a unas cien millas por hora. Tenía que preguntárselo.
—¿A qué velocidad vamos? —le grité por encima del viento.
En lugar de responder inmediatamente, Edward le dio al timón un giro cerrado. Grité mientras la embarcación viraba hacia la izquierda y yo rodaba en la misma dirección. Por un segundo, pensé que la embarcación se daría vuelta, pero se estabilizó y me sorprendió lo entusiasmada que me sentí al aclimatarme a sentir el movimiento. Antes de que completáramos el círculo, me di cuenta de que me estaba divirtiendo. La adicción de Edward a este tipo de descarga de adrenalina iba adquiriendo más sentido cuanto más lo iba conociendo.
Cuando nos hubimos orientado de nuevo hacia la isla, Edward desaceleró casi por completo.
—¿Qué me dijiste? —me preguntó, sonriendo.
Me tomó un minuto recordar qué le había preguntado.
—¿A qué velocidad iba la embarcación antes?
Se encogió de hombros.
—Probablemente a cuarenta, aproximadamente. No estaba prestando demasiada atención. Nada demasiado alocado.
Había manejado a una velocidad superior en la autopista, pero al viajar por agua se sentía mucho más rápido que al ir a la misma velocidad por tierra.
—A mí me pareció una locura.
—¿No has montado en embarcaciones antes?
Negué con la cabeza.
—No.
Asintió.
—Es como muchas otras cosas. Al principio parecen totalmente fuera de control, pero la mayoría de las que suelen parecer peligrosas no son tan terribles cuando estás con alguien que sabe lo que hace. El hecho es que deberías ser un conductor realmente desastroso para hacer que esta embarcación volcara en estas condiciones.
—¿Y tú sabes lo que estás haciendo?
—Casi siempre.
Mientras me preguntaba qué habría querido decir, aceleró y la embarcación se lanzó a toda velocidad hacia la isla principal.
No sabía nada acerca de embarcaciones, pero aun así podía decir que la de Edward era la más bonita con diferencia de la media docena que vi en el pequeño puerto deportivo hasta el que navegamos. El agua era tan cristalina que se podía ver la arena debajo mientras caminamos por el largo muelle hasta la playa. Hasta se veían algunos peces que se amontonaban alrededor de los pilares de madera del muelle.
Una docena de personas pululaba por el embarcadero; constaba de un único restaurante, una tienda de misceláneas, una tienda de surf y casi nada más. Más allá de las palmeras y la vegetación, había algunas casas tierra adentro y, de vez en cuando, pasaba algún automóvil o camión.
El contraste entre la calidez de la arena blanca entre los dedos de los pies y la brisa del océano de hacía un rato resultaba placentero. Edward parecía inspeccionar la playa cuando salimos del muelle, pero un minuto después se volvió hacia mí.
—Espero que te gusten los mariscos —me dijo—, porque es lo único que hay para comer aquí.
Miré alrededor.
—Supongo que son frescos.
Él sonrió.
—Recién capturados. Busquemos una mesa.
Caminamos hasta el restaurante, María & Antonio, y nos sentamos a una de las dos mesas del patio cubierto. Los dueños del establecimiento eran marido y mujer, ambos de unos cincuenta años y parecían vivir en el segundo piso del edificio. María nos tomó el pedido: yo ordené mahi mahi con salsa de mango y Edward pidió pez espada cubierto con granos de pimienta.
—¿Sueles venir a comer aquí cuando estás en tu isla? —le pregunté, una vez que ella hubo regresado a la cocina.
Edward asintió.
—Antonio no se complica, pero es un gran cocinero y el pescado es de la mejor calidad. También le compro al pescador local y cocino yo mismo en la cabaña, pero me gusta ayudarlos cada vez que vengo.
—No parece que tuvieran demasiada competencia.
Volvió la vista hacia la cocina.
—Es verdad, pero la gente de aquí tiende a tomarse en serio su trabajo por su propio bien, en especial la gente como ellos dos que no nacieron aquí. No intentas ganarte la vida en un lugar tan remoto como este porque eres holgazán, eso es seguro.
Conocía los antecedentes de Edward lo suficiente para saber que valoraba a la gente que trabajaba con tenacidad. No se llega hasta donde él había logrado llegar sin ese tipo de ética laboral. Yo era igual, aunque no era tan aventurera como para lanzarme yo sola.
—Hasta el momento, has tenido un gusto excelente. Estoy ansiosa.
Sonrió con satisfacción.
—Bien. Me gusta cuando te pones ansiosa.
Me sonrojé. Había estado demostrándome mucho su afecto últimamente.
—Seguro. Entonces, ¿hace cuánto que vienes hasta aquí?
—Años y años. Ya venía aquí mucho antes de que comprara la isla. Se surfea muy bien del otro lado de la isla. De este lado es muy tranquilo.
Desde mi punto de vista, era positivo que fuera tranquilo.
—Me gusta esta playa.
—Seguro, y las condiciones en el agua suelen ser excelentes para la embarcación.
—Siempre buscas un poco más de emoción, ¿no es así?
—Generalmente. Aunque no tanto desde que te conocí. Eres como un terremoto.
Me reí.
Un minuto después llegó nuestra comida. Edward tenía razón: la preparación era simple pero los ingredientes hablaban por sí mismos, que era lo contrario a lo que sucedía en muchos de los restaurantes de Nueva York. No me había dado cuenta de cuánto hambre tenía tras nuestras actividades matutinas, pero apenas sentí el aroma de la comida me di cuenta de que estaba famélica. Devoramos nuestros platos. María vino con la cuenta, Edward pagó y pronto nos encaminamos a la tienda.
—Solo tenemos que buscar algunas cosas para la cabaña —me dijo—. Resulta difícil acostumbrarse a no tener lo imprescindible justo a la vuelta de la esquina cuando estás acostumbrado a la ciudad, pero por aquí debes hacerlo.
Me encogí de hombros, observando mi barriga llena de comida. Todavía no estaba lista para volver a la embarcación.
—No hay problema. Apuesto a que ya estás pensando en salir volando en tu embarcación.
—Estaba pensando en hacer algo en la embarcación, eso seguro. —Me guiñó el ojo.
Se me encendieron las mejillas. ¿De verdad tenía ganas de hacerlo de nuevo después de ayer y de hoy por la mañana? De seguro estaríamos expuestos en la embarcación. Pero el vaivén producto de las olas sería un elemento interesante. A esta altura, sabía que si se me tiraba encima, probablemente lo consentiría. Hasta ahora, nunca se había equivocado cuando se trataba de hallar maneras de darme placer. Todavía lo estaba considerando cuando ingresamos a la tienda.
Estaba sorprendentemente abarrotada de mercancías, todas con un recargo desorbitante. Cuando eres el dueño de la única tienda de la ciudad, supongo que puedes cobrar lo que te dé la gana. Edward tomó algunos artículos de tocador y otros de primera necesidad mientras yo lo seguía detrás. Era un comprador muy eficiente. Al cabo de unos minutos, estábamos en la fila de la caja. Estaba un poco desconectada, reflexionando sobre las etiquetas coloridas de la colección de licores detrás del mostrador —se enfocaba considerablemente el ron— cuando apareció una rubia espectacular que vestía un bikini rojo y se detuvo en el borde del mostrador.
Tenía el cabello largo y rubio mojado y lo que se define como bronceado de playa: hasta había un poco de arena en su torso todavía. Tenía senos grandes, caderas voluptuosas y una tez perfecta. Tenía abdominales tan pronunciados que me pregunté si sería una modelo de ropa deportiva. De hecho, cuanto más la observaba, más creía que debía de ser algún tipo de atleta.
Cuando volví la atención hacia el mostrador, vi el efecto que estaba causando en los hombres de la tienda, incluido el dependiente detrás del mostrador.
Y Edward. Él volvió la atención hacia ella como un tiburón que siente olor a sangre.
Los celos me revolvieron el estómago. Trabajar en un escritorio en la ciudad no me permitía precisamente competir en el frente corporal con una mujer como ella.
El hombre detrás del mostrador se aclaró la garganta. Pensé que señalaría alguna versión de "sin camiseta, sin zapatos, sin servicio", pero solo dijo "Hola, Irina".
Ella tenía sonrisa de modelo y la aprovechó en aquel momento.
—Hola, Emilio.
Luego vio fugazmente a Edward y sonrió.
—¡Eddie! ¡Dios mío! ¡Estás aquí!
—Irina, qué sorpresa. —Él sonrió.
—Estoy impaciente por sentarme a horcajadas en tu tabla último modelo. —Ella se rió y fue el turno de Edward.
—Tendrás que darme tu opinión. ¿Qué haces en Santa Lucía?
Se llevó el cabello detrás del hombro y sacudió la cabeza. Cada uno de sus movimientos me irritaba.
—Surfing está haciendo una sesión fotográfica de este lado de la isla. Ya sabes, por la arena. No es que tenga que recordarte lo linda que es la arena por aquí. —Le guiñó un ojo.
Levanté la vista hacia el rostro de Edward. Parecía un poco nervioso y apartó la mirada. ¿El tranquilo Edward perdiendo la compostura? ¿Cómo podía ella producir aquel efecto en él? Mis celos aumentaron.
La señorita Sesión Fotográfica se acercó más a Edward. Le rodeé la cintura con el brazo para recordarle que aún estaba allí. Me llenaba de ira que me ignorara delante de esta bellísima mujer. ¿No se daba cuenta de que hacía que me pusiera celosa?
Edward negó con la cabeza como si estuviera en un trance.
—Lo siento, qué malos modales. Irina, ella es Isabella. Isabella, ella es Irina Diamond.
Ni siquiera me presentó como su novia. Vacilando, sentí que debía hablar.
—¿Así que eres modelo?
Irina se rió de una manera que me resultó condescendiente.
—Más que nada soy surfista, pero hago algunos trabajos de modelaje y también me monto a la tabla de Edward cuando me da la oportunidad. —Volvió la cabeza y los hombros hacia Edward, como si yo no existiera—. Lo que, de nuevo, no ha sucedido con mucha frecuencia últimamente, Eddie. ¿Cuándo tendré mi nuevo juguete personalizado?
Él se rió.
—Me encargaré de asegurarme de que lo recibas cuando vuelva al trabajo.
Otra sonrisa perfecta me desgarró el ego. ¿Quién era aquella mujer que esperaba una tabla de surf personalizada de la compañía de Edward? ¿Tendría con Edward algún tipo de pasado del cual no me hubiera contado? Actuaba supernatural con él, y él tampoco se mostraba muy tímido con ella.
—Bien —dijo Irina—. ¿Has surfeado últimamente? ¿O has estado apoltronado por el trabajo en aquella horrible oficina que tienes?
Recordé las clases de surf que Edward me había dado en nuestra primera cita. No me había ido muy bien, pero aun así había sido un día divertido, en especial por las duchas de más tarde. Aquel había sido un día importante para nuestra relación.
—No realmente. Tendremos que reunirnos en algún momento para hacerlo como se debe.
No podía creerlo.
Irina continuó.
—Bien, te tomo la palabra. Siempre eres tan divertido. Como sea, tengo que volver pronto al set. Avísame sobre la tabla.
—Lo haré.
Nos dejó para finalizar su compra y Edward pagó mientras yo seguía sintiéndome invisible. Era increíble lo pequeña que me había hecho sentir. La forma en la que interactuó con Irina hizo que pareciera que no quería que yo estuviera allí. Había formas en las que simplemente yo no encajaba en el estilo de vida de Edward y una de ellas era formar parte de las actividades deportivas extremas que él amaba.
Ambos permanecimos callados durante la caminata de regreso a la embarcación. Me preguntaba si en algún momento sería agua pasada para Edward. Apenas comenzábamos una relación —o lo que fuera que teníamos— y ya veía los baches.
Cuando desataba la embarcación, la camisa se le deslizó y dejó a la vista un poco más de su torso, incluido el tatuaje de diamante. No podía ser una casualidad que el símbolo coincidiera con el apellido de Irina. ¿Se lo habría hecho por ella? Decidí que debía preguntarle acerca de su relación con ella, sea lo que fuere, pero el viaje en la embarcación de regreso a la isla no era el lugar apropiado para hacerlo. Mientras el viento soplaba contra mi rostro, pensé cómo haría para sacar el tema.
