֍ CAPITULO 7 – ROY֍
Se había quedado muda, sus labios se movían, pero no articuló palabra alguna. Después, hizo una cosa rarísima.
Se echó a reír, a mandíbula batiente. Se cubrió la boca con la mano, pero no pudo silenciar las carcajadas que seguían brotando de su garganta. Hasta tal punto que acabó llorando de la risa.
Era un sonido que no le había oído antes, y si bien debía reconocer que su risa era muy contagiosa, no me hacía ni pizca de gracia el motivo de su hilaridad.
Me eché hacia atrás y crucé los brazos por delante del pecho.
- El asunto no tiene gracia, señorita Hawkeye.
Supuse que al oír que me refería a ella con tanta formalidad conseguiría cortar de raíz la histeria, porque eso era lo que debía de ser. Sin embargo, el único efecto que pareció tener sobre ella fue redoblar sus carcajadas.
Golpeé la encimera de granito con mi puño.
- ¡Elizabeth!
Se dejó caer sobre la encimera mientras se secaba los ojos, me miró y comenzó nuevamente, más carcajadas. Me puse en pie y eché a andar hacia ella, sin saber muy bien qué iba a hacer cuando llegara, ¿La zarandaría? ¿La retaría? La cogí de los brazos y sin pensar en lo que hacía, pegué mis labios a los suyos, silenciando el ataque de locura. Una extraña calidez me subió por la columna cuando sentí su cuerpo junto al mío y nuestros labios vueltos uno. Empleé toda la frustración que me provocaba para castigarla y obligarla a callarse, el problema era que no parecía un castigo, más bien parecía un momento de placer y goce.
Un placer ardiente y arrollador.
Me aparté con un gemido, con la respiración acelerada de una forma poco habitual en mí.
- ¿Has terminado ya? – Le mascullé.
Ella me miró fijamente, por fin en silencio, antes de asentir con la cabeza.
- A riesgo de que empieces a reírte de nuevo, Elizabeth, ¿Te casarás conmigo?
- No.
La sacudí un poco. – Dijiste que lo harías si era necesario.
Suspiró y volvió a sorprenderme, me tomó el rostro entre sus delicadas manos y me acarició la piel con sus dedos.
- ¿Te ha dicho alguien alguna vez que eres muy impetuoso, mi cielo?
- La espontaneidad siempre me ha venido bien.
- Yo lo llamaría impulsividad, pero tú llámalo como quieras, si eso te permite dormir bien por las noches.
- ¿Por qué no quieres casarte?
- Roy piénsalo, piénsalo bien. Si tu instinto no falla y Van Hohenheim tiene sus sospechas y nos casamos ahora mismo, lo único que conseguirás es que sospeche todavía más, no menos.
Clavé la mirada en sus ojos mientras mi cerebro asimilaba esas palabras.
Retrocedí un paso, y sus manos soltaron mi rostro, cuando comprendí que tenía razón.
- En fin…. Mierda.
- Tengo razón y lo sabes.
Detestaba admitirlo, pero desde luego que tenía un punto muy, muy válido.
- Sí, la tienes.
- Perdona, ¿Qué has dicho? – Se mofó.
- No te pases de listilla.
Sonrió y se me pasó por la cabeza que ya no me tenía miedo. No sabía muy bien si era algo bueno o malo.
- Vamos a tener que buscar una solución, Elizabeth.
Se apartó de la encimera y me rodeó.
- En ese caso, lo hablaremos más adelante. – Recogió las revistas y se las metió debajo del brazo. – Tengo lectura pendiente, voy a buscar ideas para mi dormitorio.
Hizo ademán de alejarse, acto reflejo extendí mi mano para impedírselo.
- Ya que estás en ello, llama a los de mantenimiento, a la puerta del mío le pasa algo raro.
Titubeó y abrió los ojos cual platos.
- ¿Oh?
Cogí una manzana del frutero y la froté con gesto distraído contra la camisa.
- Siempre la cierro bien antes de dormir, pero cuando me levanto por las mañanas está abierta de par en par. No sé qué le está pasando, que la arreglen.
- Oh… Esto… Ah…
Fruncí el ceño, estaba como un tomate, no era el rubor habitual que le tenían sus mejillas. El pecho y el cuello también los tenía rojos, y la cara se le había puesto casi púrpura.
- ¿Qué pasa?
- Tu puerta no tiene nada malo. – Soltó de repente, muy deprisa casi al punto de que la frase sonara inteligible.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque yo soy quien la abre.
En ese momento, fue mi turno para quedar como piedra.
- ¿Y para qué lo haces?
- Es que… Este lugar es muy silencioso.
- No entiendo.
Se acercó un poco y empezó a juguetear con las páginas de las revistas.
- La primera noche que pasé aquí, no podía conciliar el sueño, donde vivía antes… Siempre había mucho ruido, se escuchaban sirenas, personas yendo y viniendo, los vehículos que transitaban o cualquier otra cosa que se te ocurra. Aquí estaba todo tan silencioso que me daba un poco de miedo. Pasé por delante de tu puerta y te escuché… Esto... Te oí roncar.
Entrecerré los ojos.
- Tengo el tabique nasal desviado. No ronco… Es un tipo de resoplido.
- Si abro tu puerta y dejo la mía entreabierta, te puedo oír mientras… Emmm… mientras emites ese resoplido, y así sé que no estoy del todo sola. Es… en fin, es reconfortante.
No supe cómo responder a semejante confesión, ¿Yo era reconfortante?
- En ese caso, da igual, no volveré a hacerlo.
Agité una mano.
- Da igual, no me importa.
Se dio media vuelta y se marchó, yo me quedé mirando su espalda. No me había dicho que no la besara, aunque tampoco había hecho referencia al beso. En cambio, había confesado que se sentía nerviosa y que, sin siquiera saberlo, la había ayudado a dormir. También me había indicado el fallo que había en la idea de casarnos de inmediato, nos habíamos hecho un favor. Estábamos en paz
Aun así, esa noche, después de apagar la luz, abrí la puerta de mi dormitorio para ahorrarle el viaje. Solo faltaba que se pusiera de mal humor por no poder conciliar el sueño.
Al día siguiente, repasé con cuidado la documentación. La oferta era buena, los beneficios muy generosos, lo único que me molestaba era el período de prueba de cinco meses. Tres solía ser lo normal, no podía deshacerme de la sensación de que había algo más detrás de esa cláusula. Me levanté y comencé a dar vueltas por la estancia antes de detenerme junto a la ventana para admirar la ciudad a mis pies. Me gustaba este sitio, me gustaba que fuera una ciudad bulliciosa, pero con fácil acceso a la naturaleza y a los espacios abiertos.
Me gustaba poder subir a un avión sin problemas y me gustaba estar cerca del agua. Por qué se me escapaba, pero me gustaba.
Unos golpecitos en la puerta interrumpieron el hilo de mis pensamientos, volví la cabeza en dirección al sonido. Elizabeth estaba en la puerta, con una taza de café en las manos.
- He pensado que te apetecería.
Acepté la taza y bebí un sorbo.
- Gracias.
- ¿Has repasado la oferta?
Me senté y le indiqué que hiciera lo mismo.
- Sí.
- No pareces contento.
- No, está bien, una base salarial generosa, con un montón de gratificaciones y de comisiones por productividad, los beneficios habituales… Está todo ahí.
- Pero…
- El período de prueba me inquieta.
- ¿Por qué es más largo de lo habitual?
- Creo que… No estoy seguro de que esté convencido. – Admití. – Incluso lo ha reconocido.
Ella suspiró.
- ¿Qué quieres hacer?
Le dirigí una mirada elocuente.
- ¿Estás seguro de que te vigila? ¿Crees que te contrataría si creyera que estás tramando algo? No parece esa clase de hombre.
- Es verdad, pero el instinto me dice que tengo, mejor dicho, que tenemos que avanzar. – Tomé una honda bocanada de aire. – Dime tus condiciones, Elizabeth. Ahora mismo tienes todo mi futuro en tus manos.
Me observó en silencio un momento. Esperé a oír lo que tenía que decirme. La astronómica cantidad de dinero y las exigencias que pondría sobre la mesa. Podría permitírmelo, pero la curiosidad me picaba. Recorrió con las yemas del dedo uno de los dibujos de mi escritorio sin decir una sola palabra. Al final, fui incapaz de aguantar más.
- Suéltalo.
- Si accedo a casarme contigo, ¿Querrás un mínimo de un año?
- Sí, tal vez dieciocho meses. – Al ver la sorpresa que se reflejaba en su rostro, añadí a toda prisa. – Dos años como máximo.
- Dos años… - Murmuró.
- Puede que no dure tanto, solo quiero dejar las cosas claras.
- ¿Con un mínimo de un año?
- Sí.
Se echó el cabello hacia atrás y adoptó una expresión terca.
- Quiero ciertas cosas.
Puse los ojos en blanco ante su respuesta.
- No me sorprende, me tienes contra la pared, Elizabeth. Sabes que ahora mismo llevas las de ganar, pon las cartas sobre la mesa.
- Quiero hacer unos cuantos cambios aquí.
- ¿Cambios?
- En el salón, en mi dormitorio… Añadir algo de color, texturas suaves, que parezca más hogareño.
Asentí con la cabeza.
- De acuerdo, haz lo que quieras con el apartamento… Pero nada de rosa, odio ese color, ¿Qué más?
- Una mesa en el espacio vacío de la cocina estaría bien.
- Compra la que más te guste.
- ¿Puedo comprar una sartén para waffles? Siempre he querido una.
Parpadeé incrédulo, ¿Quería una maldita sartén para waffles? ¿Eso era lo que quería?
- Déjate de ridiculeces, ¿Qué quieres de verdad para acceder? ¿Un extra? ¿Una casa para cuando nos separemos?
Frunció el ceño por mi rudeza.
- Ya te dije que no quería más dinero. Tus… Esto… Tus condiciones me parecen bien.
- Quieres algo más, estás nerviosa y no eres capaz de estarte quieta, solo suéltalo con confianza.
- Quiero lo mismo que te pedí la primera vez, nada de infidelidades.
Solté un largo suspiro, sabía lo que quería "Mi celibato".
Apoyé la barbilla en los dedos y la miré. Era una contradicción, todas las mujeres a las que conocía me habrían pedido una enorme cantidad de dinero, una casa, joyas. Ese tipo de cosas que me habría resultado muy sencillo dar. Ella por otro lado quería algo sin valor monetario, pero que implicaba un enorme sacrificio para mí. Me pregunté qué sentiría si las cosas se volvieran.
- Yo te exigiré lo mismo.
La vi alzar la barbilla.
- Sin problema.
- ¿No vas a echar de menos el sexo durante dos años?
El rubor le tiñó sus pálidas mejillas; sin embargo, no apartó la mirada.
- No se puede echar de menos algo que nunca se ha tenido, Roy.
La sorpresa me dejó sin habla. No me había esperado esa confesión tan sincera y personal.
- Ah. – Fue lo único que conseguí decir con voz ronca.
- ¿Podrás hacerlo? – Preguntó con tono mordaz. – No soporto la infidelidad.
Me puse de pie y luego me senté al borde del escritorio, delante de ella.
- ¿Estás segura de que no prefieres una casa bonita? ¿Tal vez una gran suma de dinero para que no tengas que preocuparte nunca más por volver a trabajar al servicio de un cretino como yo?
- No.
Suspiré derrotado.
- ¿No te puedo dar otra cosa a cambio?
- De nuevo, no.
Cedí, no tenía más opciones.
- Con dos condiciones.
- ¿Cuáles?
- Nos casaremos este mismo fin de semana, después de que firme el contrato con los Elric. Le diré que nos emocionamos tanto celebrándolo que nos casamos, de seguro se lo tragará.
- ¿Y la segunda?
La miré con una sonrisa ufana.
- Estaremos casados, Elizabeth. Legalmente, quiero saber si estarías dispuesta a… Expandir nuestros límites en algún momento de nuestra relación.
Su rostro era un poema, se podía ver la estupefacción que le había causado mi petición.
- Dijiste que no querías acostarte conmigo.
- Dos años es mucho tiempo para alguien como yo.
- Tienes dos manos y mucha imaginación.
Ese comentario tan franco me arrancó una sincera carcajada.
- Algo por lo que estoy muy agradecido, no te estoy diciendo que debamos acordarlo ahora. Te estoy preguntando si podríamos hablarlo. – Maticé y le guiñé un ojo. – En caso de que surja la necesidad.
- Te recuerdo que no te resulto atractiva, ¡Ni siquiera te caigo bien! ¿Por qué ibas a querer dormir conmigo?
- Ya te he dicho que te he prejuzgado. Me caes bien, me haces reír eso me gusta. En cuanto a lo de que no te encontraba atractiva, te repito que me equivoqué. Estás muy guapa cuando no llevas harapos ni te peinas como una abuela.
Entorno los ojos como clara señal de hastió.
- Gracias, sigue con los halagos y no podre responsabilizarme de mis actos cuando te tenga cerca.
Sonreí.
- No sería tan espantoso, por cierto. Soy un hombre guapo, me manejo bien en la cama y puedo asegurarme de que te lo pases bien.
- ¡Vaya! Me cuesta creer que sea la única a la que has convencido para casarse contigo. Haces que suene tan maravilloso y sobre todo tan, pero tan romántico….
Me eché a reír, me gustaba cómo discutía conmigo de vez en cuando.
- ¿Accedes a mis condiciones?
Apretó los labios.
- Si tú accedes a las mías.
- En ese caso, señorita Elizabeth Hawkeye, supongo que nos casaremos este sábado.
- ¿El sábado?
- Mañana tendremos la licencia. Firmaré el contrato el viernes… Todo viene rodado. Iremos al ayuntamiento, pronunciaremos los votos, nos haremos un par de fotos y se acabó.
- La boda de mis sueños. – Masculló con evidente sarcasmo y sorna.
Me encogí de hombros.
- Ponte un vestido bonito. Te he comprado bastantes.
- En fin, con semejante proposición, ¿Cómo negarme?
Le tendí la mano.
- Es un placer hacer negocios contigo.
Con gesto titubeante, aceptó la mano que le ofrecía. Jadeó cuando le di un tiro y la abracé, tras lo cual pegué la boca a su oreja.
- Te garantizo mucho placer, Elizabeth… Recuérdalo.
La solté, me senté de nuevo en el escritorio y me eché a reír al tiempo que ella se marchaba con pasos veloces.
Al menos, los siguientes dos años no serían un completo aburrimiento. Teniendo en cuenta lo que había confesado… Podría ser la mar de interesante.
Era una noche para celebrar. Lo había conseguido, por fin trabajaba para Elric Inc. Me reuní con Van Hohenheim, firmé el contrato y se quedó encantado cuando le dije que quería empezar a trabajar de inmediato. Mi despacho estaba preparado, así que me presentaron oficialmente a mi asistente, Gracia.
Mi nuevo jefe había dejado algunas carpetas en mi mesa, me zambullí en ellas con entusiasmo y anoté detalles preliminares a medida que se me ocurrían distintas ideas.
Cuando me dijo que se iba a celebrar una pequeña reunión después de cerrar la oficina, llamé a Elizabeth para avisarle que llegaría tarde a casa, de manera que me sorprendió verla aparecer, nada más y nada menos que con una enorme bandeja de galletas. Tras haber examinado el suculento bufé libre que habían preparado sentí el deseo de poner los ojos en blanco, ¿Cómo se le había ocurrido llegar con galletas caseras a un evento semejante? Además, ¿Por qué había ido? Yo no le había dicho que lo hiciera.
Todas mis dudas fueron contestadas al instante, Winry aplaudió y se acercó corriendo a ella.
- ¡Has venido! ¡Y has traído las galletas que te pedí! ¡Eres la mejor! – Winry procedió a abrazarla y creó un completo alboroto por el hecho de que mi prometida acabara de llegar.
Consciente de que debía controlar mi expresión, atravesé la estancia sin olvidar que todos los ojos estaban clavados en mí. Abracé a Elizabeth por la cintura y la pegué a mí. Le acaricié el cabello, con la nariz mientras le decía en voz baja. – Cariño, no me dijiste que ibas a venir. De haberlo sabido, habría bajado a buscarte. – La abracé con más fuerza. - Ni siquiera has respondido a mis mensajes.
Ella me miró y me percaté de la aprensión que asomaba por sus ojos.
- Winry insistió en que te diéramos una sorpresa.
- Me asustaba la posibilidad de que, si te enterabas de que iba a venir, te las quedaras a ambas. A ella y a sus galletas. – Bromeó la joven.
Esbocé una sonrisa al percatarme del tono travieso implícito en sus palabras.
- Prefiero compartir las galletas antes de compartirla a ella.
Winry soltó una risilla, y supe que había acertado con el comentario. La rubia se aferró al brazo de mí compañera.
- Sepárense ahora mismo, mamá quiere ver a Riza otra vez y yo quiero enterarme de cómo van los planes para la boda. – Se la llevó casi a la fuerza mientras yo hacía un puchero exagerado, tras lo cual me serví otro wishky, al momento que tomaba dos galletas, eso sí.
Así se desarrolló la tarde. Como si yo no estuviera presente, fui de grupo en grupo, hable con Van Hohenheim, con Edward y Alphonse. Todos se burlaron de mí por intentar hablar de trabajo, e insistieron en que era una reunión social. Hohenheim sonrió mientras me daba unas palmadas en la espalda y me decía que le emocionaba verme tan ansioso, pero que ya llegaría el lunes. Me enteré de sus planes para el fin de semana, los oí hablar de sus esposas y de sus vidas, me pregunté cómo era posible que alguien estuviera tan unido a otra persona. Parecía que las circunstancias eran similares para todos. Todos miraban a sus esposas con evidente adoración. Tanto almíbar me estaba provocando náuseas, pero seguí ejemplo de todos ellos para no desencajar. Observé a Elizabeth mientras se movía por la estancia hablando con la gente, normalmente acompañada por Winry o Trisha.
Parecía la estrella de la reunión. Todos querían hablar con mi prometida. Sus galletas fueron un éxito y desaparecieron mucho antes de que lo hiciera el resto de los postres, ¿En qué momento empezó a ser más importante que yo? Ella era un accesorio, yo era la estrella. Siempre era yo quien dominaba las reuniones, ¿Cómo era posible que eso hubiera cambiado? Fruncí el ceño mientras reflexionaba al respecto. La semana anterior sucedió lo mismo, cuando estaba a mi lado, la gente hablaba conmigo, todos entablaban conversaciones conmigo. Por otro lado, cuando nos separábamos, se mostraban educados pero distantes. No había conversaciones intrascendentes ni comentarios personales, mi tema era únicamente el trabajo, era lo que mejor se me daba. Elizabeth aportaba calidez y desenvoltura a las conversaciones. De alguna manera se las arreglaba para que yo les cayera mejor a los demás, su delicadeza tenía el efecto que yo quería que tuviera.
Era lo que yo necesitaba y, sin embargo, me enfurecía. Porque despertaba en mi la sensación de que la necesitaba a ella, y yo no necesitaba a nadie.
Van Hohenheim, rio entre dientes.
- Roy tranquilízate, deja de mirar con esa cara a los de contabilidad. Solo están siendo amables con tu preciosa Riza, no hace falta que los mires con gesto asesino.
Bajé la mirada, no los estaba mirando a ellos. Había descubierto que estaba molesto con ella. Pese que la rubia se limitaba a hacer lo que yo mismo le había pedido que hiciera. Sin embargo, eso la convertía en el centro de atención, desplazándome en el proceso y a mi ego no le hacía ni la más mínima gracias.
Me obligue a reír.
- Los atrae como la luz a las polillas.
- Es encantadora, eres un hombre con suerte. Y ya los hemos mantenido separados demasiado, ve por tu prometida y coman algo.
Me acerqué a mi compañera con una sonrisa que esperaba fuera real. Ella me vio acercarme y, a decir verdad, pareció alegrarse de que lo hiciera. Cuando le tendí la mano, se aferró a ella cual salvavidas y permitió que la acercara a mí. Ya había bebido demasiado. incliné la cabeza para rozarle los labios mientras le decía. – Cariño, llevas lejos de mi demasiado tiempo para mí gusto.
Me acarició el rostro con soltura, era más que obvio que se había tomado unas cuantas copas de vino y que se sentía relajada y a gusto entre mis brazos.
- Comenzaba a preguntarme cuándo vendrías por mí.
- No te preocupes preciosa, te estaba vigilando. - Enterré la cara en su cuello, debía admitir que olía de maravilla, usaba un perfume suave y femenino, en absoluto abrumador. Y era cierto, por algún motivo que desconocía mi mirada la seguía allí donde estuviera, y lo hacía inclusive contra mi propia voluntad.
Una risita nos sacó de nuestro mundo.
- Se ve que no pueden quitarse las manos de encima.
Levanté la cabeza, ante nosotros se plantaba Winry con su típica expresión de niña ensoñada.
- ¿Te parece raro? Después de pasar tanto tiempo ocultándolo, es estupendo poder demostrar mi afecto en público.
Mi comentario le provocó un divertido puchero.
- Ha de haber sido muy difícil.
Asentí con la cabeza al tiempo que estrechaba a Elizabeth con más fuerza.
- No te imaginas cuanto.
- Bueno, pues detesto decírtelo, pero hay personas que quieren conocer a tu prometida.
No pude resistirme y pregunté - ¿No quieren conocerme a mí?
Ella respondió con una negativa de su cabeza.
- A ti ya te conocen Roy, puedes acompañarnos si te apetece, pero esta noche la estrella es esta hermosa señorita.
Tiró de la mano de Elizabeth y yo las seguí como era mi deber, pero en silencio. Mi irritación se había convertido en enojo puro y duro. Winry lo había resumido a la perfección.
Hice un gesto para pedir me sirvieran otro whisky, pasando por alto la mirada de advertencia que me lanzó mi futura esposa.
Si ella era la estrella, yo la acompañaría, el enamorado prometido… que no podía dejar de darle, muestras de cariño, iba a odiar cada minuto.
- ¡Roy! – Exclamó Elizabeth a modo de amonestación al tiempo que me apartaba las manos de su bien formado trasero otra vez. - ¡Nos están mirando!
Sonreí sobre la suave piel de su cuello, la verdad era que olía demasiado bien
- Que miren.
Se volvió y me miró, furiosa. Se puso de puntillas y yo incliné la cabeza para escuchar lo que tenía para decirme. Quien nos estuviera mirando creería que estábamos intercambiando algún secreto, dos amantes cuchicheándose palabras de amor. Nada más lejos de la realidad.
- No me pagas lo suficiente para tener que aguantar que te pases toda la noche manoseándome en público. – Masculló en voz baja.
La sonrisa más burlona de mi repertorio hizo su aparición mientras tiraba de ella para pegarla más a mí cuerpo. Mi brazo era como una banda de hierro en torno a su cintura.
- Te pago para que actúes como una prometida enamorada. Así que interpreta ese papel, si quiero tener manos traviesas sobre mi prometida, eso haré.
- Ya has conseguido el trabajo, ¿Por qué te empeñas en exagerar las cosas?
La obligué a acercarse aún más de lo que ya estaba.
- Quiero mantener la farsa, actúa como si estuvieras deseando irte a casa para hacer el amor toda la noche, así podremos irnos antes.
Echó la cabeza hacia atrás con los ojos tan abiertos que daba una imagen bastante caricaturesca. De cerca, me sorprendió descubrir el borde casi carmesí que rodeaba sus iris, y las pequeñas motas del mismo color en esos preciosos ojos. Esa noche se había dejado otra vez el cabello suelto, de manera que enterré las manos en esa abundante melena.
- Tu cabello es precioso. – Murmuré
- ¿Có… Cómo dices?
Incliné más la cabeza, percibía las miradas de todos los que nos rodeaban.
- Voy a besarte ahora mismo.
No le di opción a replicar. Me apoderé de sus labios y le inmovilicé la cabeza con las manos mientras la besaba con pasión. Puesto que estaba enfadado y ella era la causante de mi malestar, decidí besarla de verdad, así que introduje mi lengua en su boca para acariciar la suya.
Lo que no me esperaba era la intensa llamarada de deseo que surgió de repente. Ni tampoco que sus manos se deslizaran por mis brazos hasta rodearme el cuello para estrecharme con la misma fuerza que estaba empleando yo. Nada me había preparado para ese despliegue de pasión, para ese deseo inmediato de estar solos y no rodeados por un gran grupo de personas mientras besaba a mi prometida.
Me aparté de ella al instante y descubrí que Edward y Winry nos miraban con sorna. Me encogí de hombros, besé a Elizabeth en la nariz y me alejé de ella, liberándola de mi férreo abrazo. Ella trastabilló y jadeó, momento en el que extendí un brazo para ayudarla a mantener el equilibrio. Tras ayudarla, la miré con lo que esperaba que fuese una mirada de preocupación.
- ¿Cariño?
Alzó la vista, tenía los labios rosados y húmedos por mi beso; las mejillas, sonrojadas y los ojos velados. Al ver que la miraba con expresión burlona, se zafó de mí y se pasó una mano por el cabello.
- Creo que tenemos que irnos.
Le guiñé un ojo.
- Estaba deseando que dijeras eso.
Me miró echando chispas por los ojos y sentí deseos de echarme a reír. Lo supiera o no, acababa de lograr que todos pensaran lo mismo. Mi plan había funcionado.
- Ah no. No pueden irse al menos dentro de una hora. – Winry negó con la cabeza. – Ni siquiera son las nueve, mamá y yo no hemos acabado de hablar con Riza sobre la boda, ¡No se ha comprometido a nada! ¡Juraría que está ocultando algo!
- Muy bien. – Claudiqué. – Tienen una hora, después de eso es toda mía, ¿Entendido?
Tras murmurar algo sobre un cabrón egoísta e impaciente, se marchó llevándose a Elizabeth con ella. Las observé alejarse sintiéndome un poco confundido.
Edward me miró y me guiñó un ojo. Le devolví el gesto con uno de mi propia cosecha y regresé a la barra, el whisky era lo que necesitaba en momentos como ese.
No podía conducir, lo reconocía sin problemas. Elizabeth había llegado en taxi, de manera que Van Hohenheim insistió en que nos llevaran a casa en su coche y no puse objeción alguna. No estaba del todo borracho, pero sí muy achispado.
Había bebido demasiado esa noche, aliviaba parte del escozor que sentía cada vez que oía la risa de Elizabeth. Cada vez que la veía reír, cada vez que la veía hacer otra nueva amistad al instante.
No sabía porque me importaba ni el motivo de mi irritación. Estaba conquistando a la gente, si les caía bien, eso me daría puntos a mi favor, porque nadie creería que una persona tan buena y amable podría enamorarse del cabrón que mi reputación aseguraba que era. Pero se equivocaban.
Se mantuvo en silencio durante todo el trayecto a casa, pero no me quitó la vista de encima. Se aseguró de que bajara del vehículo sin problemas y me rodeó la cintura con su pequeño brazo. Cuando entramos, ayudó a quitarme la chaqueta con gesto preocupado.
- Roy, no has probado bocado en la fiesta, te prepararé algo.
- No, estoy bien. Me he comido un par de esas galletas tuyas.
- Eso no es comer, ni siquiera se puede considerar un aperitivo. Voy a prepararte un sándwich y un café. Te sentirás mejor después de que la comida te ayude a absorber algo del alcohol.
Agité una mano.
- Deja de actuar como si te preocupara cómo me siento o lo que necesito. – Eché a andar hacia el mueble bar y me serví otro whisky. – He dicho que estoy bien, voy a beber otra copa.
- Es una mala idea.
- ¿Por qué?
- Porque ya has bebido bastante, ahora lo que necesitas es comer algo. – Me quitó la botella de la mano y echó a andar hacia la cocina.
Sin pensar, la agarré del brazo y la obligué a darse media vuelta.
- No te permito que decidas por mí. Si quiero beber, beberé.
Ella resopló y soltó la botella que yo acababa de tomar al tiempo que negaba con la cabeza.
- ¿Por qué estás bebiendo tanto, Roy? ¡Deberías estar encantado! ¡Has engañado a los Elric, has conseguido el trabajo y se la has metido doblada a King Bradley! ¿Por qué actúas como si alguien te hubiera escupido en el vaso?
Y todo estalló, todo lo que llevaba sintiendo a lo largo de la noche. La irritación por la facilidad con la que la habían aceptado en su "familia", la frustración por sentir que a mí me dejaban fuera. Mi extraña reacción a su proximidad… Como si me gustara.
No debería gustarme, no me gustaba sentirla cerca, no me gustaba ella.
- Dime Elizabeth, ¿Qué consigues con todo esto? ¿Te gusta ser la mártir por retorcido que parezca?
Me miró sin hablar, con los ojos abiertos de par en par. Sus avellanados iris brillaban con la tenue luz.
- ¿Has llegado a pensar en algún momento de desvarío mental que eres mejor que yo? Has aguantado mis malos modales durante un año y sin parpadear siquiera, has accedido a participar en esta farsa. – Di un paso hacia ella, hirviendo de furia- ¿Crees que tu sacrificio va a convertirme en un hombre mejor o alguna tontada del estilo? – Le solté. - ¿Crees que voy a enamorarme de ti por arte de magia y que la vida será un maldito camino de rosas? – La tomé por los brazos y la zarandeé levemente. - ¿Eso es lo que crees?
Negó con la cabeza furiosa como no la había visto hasta ahora.
- Entonces, ¿Por qué accediste? ¿Por qué estás haciendo esto por mí?
Se mantuvo en silencio mientras se mordía la parte interior del carrillo con tanta fuerza que creí acabaría sangrándose, la solté con un empujón y una palabrota.
- Vete de aquí ahora mismo.
Me serví un generoso trago, sin ver apenas lo que estaba haciendo. Me lo bebí de un solo trago, el ardor me calentó la garganta y el pecho. Me serví otro vaso y eché a andar hacia la ventana para contemplar la noche de Amestris, las luces de la ciudad resplandecían entre la negra oscuridad.
Elizabeth seguía detrás de mí, sin mover un solo músculo. Estaba a punto de decirle otra vez que se fuera cuando habló.
- Grumman no es mi verdadero abuelo. Lo llamo así para no tener que explicar siempre cuál es nuestra verdadera relación. Cuando tenía doce años, mis padres murieron en un accidente de tráfico. Como no tenía más familia, acabé en manos de los servicios sociales.
Las noticias me sorprendieron, pero opté por seguir callado. Sabía que sus padres estaban muertos, pero hasta ese momento no había mencionado que ella hubiera acabado dependiendo de los servicios sociales.
- Las niñas de doce años no son precisamente las más deseadas para adoptar, ni tampoco para acoger, de manera que pasé por unos cuantos hogares temporales. El último no fue muy…. Eh… Agradable.
Algo en su voz hizo que me diera media vuelta. Estaba de pie en el mismo sitio de antes, con la cabeza gacha. El pelo le tapaba la cara de manera que no podía ver su expresión.
- Me fugué, estuve en las calles un tiempo, hasta que un día conocí a Grumman. Era un hombre mayor, muy amable y me llevó a su casa, me lavó y por algún motivo que desconozco hasta hoy, decidió que iba a quedarme con él. Solicitó a la administración convertirse en mi tutor de acogida. Lo fue todo para mí. Padre, amigo, maestro… No tenía mucho, pero aprovechábamos al máximo ese poco que tenía. Encontré un trabajo repartiendo periódicos, recogíamos botellas y latas… Cosas que nos ayudaban a estirar un poco más el dinero. Tenía la virtud de convertir todos los trabajos que encontrábamos una especie de juego, así que la situación no parecía tan dura. Le encanaba pintar y nos pasábamos horas en la habitación que usaba para hacerlo. Él pintaba y yo leía, era una vida tranquila y por primera vez desde la muerte de mis padres, me sentía segura… y querida. – Acarició con la yema de los dedos el respaldo del sofá que tenía delante. Arriba y abajo, con un gesto nervioso que al final detuvo. – Incluso fui a la universidad, mis notas fueron casi perfectas en el instituto, de manera que conseguí una beca.
- Pero no acabaste tus estudios superiores. – Recordé el dato porque lo había leído en la lista que me dio.
Cuando hablo, su voz era triste y apagada.
- Grumman enfermó, seguí viviendo con él mientras estudiaba en la universidad, empezó a actuar de forma extraña. Le diagnosticaron alzhéimer. Poco después se cayó y se fracturó la cadera, las cosas se precipitaron. Necesitaba atención constante, la residencia de ancianos donde lo aceptaron era espantosa; no recibía los cuidados que necesitaba y estaba muy triste. Luché hasta que conseguí que lo trasladaran, pero la siguiente era igual de mala.
- Esto no explica nada.
Alzó la vista y me miró con los ojos entrecerrados.
Roy, no seas impaciente. Estoy tratando de explicártelo.
Levanté las manos.
- Lo siento, solo quería asegurarme de que esto va a llevarnos a algún lugar.
- El asunto es que comprendí que necesitaba mejores cuidados, un sitio decente. Supe que debía dejar la universidad, conseguir un trabajo y ganar dinero para él. Una amiga me habló de un puesto temporal en The Seven Deadly Sins Corp. como asistente personal. El sueldo era decente y si no gastaba mucho y conseguía otro trabajo, podría trasladar a Grumman a un sitio mejor. Así que acepté el trabajo y al poco tiempo me hicieron fija. Un día el señor Bradley me llamó a su despacho y me ofreció un puesto como asistente personal tuya, que supondría un aumento de sueldo ya que todo el mundo sabía que era difícil trabajar para ti… Por aquello de que tenías fama de ser un idiota y tal.
- El dinero manda.
Ella negó con la cabeza.
- En mi caso no suele ser así. Pero el aumento de sueldo suponía que podría trasladar a mi Grumman a una habitación privada. El dinero significaba que cuando lo visitara, estaría rodeado de los lienzos y de los cuadros que de alguna manera seguía resultándole conocidos. Estaría bien atendido y seguro. Le ofrecí el mismo regalo que él me dio tantos años antes, daba igual lo espantosos que fueran mis días, normalmente por tu culpa. Lo que realmente importaba era conseguir que el hombre que me cuidó tan bien recibiera los mismos cuidados que me ofreció.
Parpadeé atónito.
- No gastaba dinero ni en ropa ni en zapatos a la moda porque no tenía, por alto que fuera, destinaba mi sueldo entero para pagar la habitación privada que mi abuelo necesitaba. Vivía en una habitación horrorosa y diminuta porque era lo único que podía permitirme. Compraba en tiendas de saldos y de segunda mano porque eso era lo que debía hacer. Me aseguré de ir limpia y presentable todos los días mientras trabajé para ti. Aceptaba todo lo que me decías y lo que hacías, lo pasaba por alto, porque necesitaba mantener mi puesto de trabajo, porque de esa manera me aseguraba de que él estuviera seguro y confortable. Accedí a ser tu prometida porque el dinero que me estás pagando garantiza que jamás pasará miedo, ni frío, ni estará desatendido hasta que muera. Me da igual lo que digas o lo que hagas, porque tu opinión no importa en absoluto. Para mí esto solo es un trabajo, por más que lo deteste, tengo que aguantar tus idioteces porque, por desgracia, te necesito tanto como tú me necesitas a mí ahora mismo. – Se dio media vuelta para marcharse, pero se detuvo. - ¿Qué si espero convertirte en un hombre mejor y fantaseó con la idead de que te enamores de mí? Roy, no se me ha pasado por la cabeza en ningún momento. Para amar a alguien se necesita tener alma… Y hasta un espantapájaros escuálido como yo es capaz de ver que tú no la tienes. – Respiró hondo. – Cuando esta farsa acabe, me iré y empezaré de cero en algún sitio. Mi vida será mucho mejor cuando no me vea obligada a soportar tus burlas crueles y tu falta de sensibilidad.
Tras esas palabras, subió deprisa las escalares, dejándome mudo de la impresión.
Me desperté, confundido. Tardé un rato en darme cuenta de que estaba en el sofá. Me senté, hice una mueca y me sujeté la dolorida cabeza. Me lo merecía, pero no dejaba de ser una mierda. Con cuidado, abrí los ojos y me sorprendí al ver la botella de agua y las pastillas de paracetamol en la mesita, delante de mí. Las cogí, me tragué dos pastillas y me bebí toda la botella. Cuando me levanté, la manta que me cubría el torso cayó al suelo, me agaché para recogerla y en ese momento, se hizo la luz en mi abotargado cerebro.
Después de que Elizabeth se marchara hecha una furia, bebí más whisky mientras mi mente repetía sus palabras una y otra vez. En algún momento dado, debí de perder el conocimiento y era evidente que ella había vuelto para taparme y dejar las pastillas con el agua, a sabiendas de que me despertaría con un dolor de cabeza espantoso.
A pesar de haberme comportado como un completo imbécil con ella, incluso más que de costumbre, seguía cuidando de mí. Me temblaban las piernas cuando me senté tras recordar las palabras que me había escupido, el motivo de que accediera a ayudarme. El motivo de que ahorrase todo lo posible, para cuidar a un hombre que la había acogido y que le había brindado un lugar seguro al que podía llar su hogar. Yo la miré por encima del hombro y la rebajé por ello, sin molestarme en pedirle detalles. Sin comprender lo buena persona que era en realidad.
Me entraron ganas de vomitar y corrí al piso de arriba, donde vacié mi estómago de la copiosa cantidad de whisky que todavía me quedaba dentro. Después, me duché y me tomé otro par de pastilla para acallar el dolor de cabeza. Seguí recordando sus palabras y el dolor que estas transmitían. Mi comportamiento a lo largo de ese último año, los comentarios crueles, las malas palabras y las conductas irresponsables. A pesar de la horrible forma en la que la había tratado, ella antepuso las necesidades de otra persona a las propias y había mantenido la cabeza en alto. Había hecho su trabajo, y debía admitir que lo había hecho muy bien, orgullosa de hacerlo, sin que yo le ofreciera un solo comentario positivo.
Me miré en el espejo, la mano me temblaba demasiado como para afeitarme la barba incipiente que me cubría el mentón. Por primera vez en la vida, sentí que la vergüenza me corría por dentro y agaché la mirada.
Tenía dos opciones:
Pasar de lo sucedido la noche anterior con la esperanza de que Elizabeth mantuviera nuestro acuerdo, sabía que, si no sacaba el tema, ella tampoco lo haría. Supondría que no recordaría lo que había pasado.
O comportarme como un adulto maduro, ir en su busca, disculparme e intentar pasar página. Para poder hacer eso último, tenía que esforzarme, y por lo menos, intentar comprenderla. No me cabía la menor duda de que la boda era del todo imposible a esas alturas, pero podríamos continuar como una pareja comprometida.
Me aparté del lavabo mientras me desentendía del dolor de cabeza.
Había llegado el momento de averiguar más cosas acerca de mi prometida.
- Roy, no esperaba verte hoy. Al menos, no esperaba verte tan temprano.
Levanté la vista de la pantalla de mi laptop.
- Ah, Hohenheim. – Me di un tirón del mechón que me caía sobre la frente y me pasé la mano por la nuca en un gesto nervioso. – Quería recoger algunas cosas y… Esto… Pasar por mi vehículo.
Entró en mi despacho y se sentó delante del escritorio. Entrelacé los dedos sobre la madera oscura en un intento por controlar el nerviosismo.
- Quiero disculparme por lo de anoche. Bebí más de la cuenta, te aseguro que no es algo que hago habitualmente.
Van Hohenheim, se echó a reír y agitó una mano.
- Todos lo hemos hecho alguna vez, Roy. Después de todo lo que has pasado y de empezar con nosotros y luego claro está, hoy tu gran día, creo que te mereces un poco de cuartelillo.
- Espero no haber hecho algo inapropiado.
Negó con la cabeza.
- No, puedes estar tranquilo. Aunque creo que pusiste a la pobre Riza con los nervios de punta. Fue muy gracioso de ver.
Recordé la conversación que había tenido con ella e hice una mueca.
- No estaba muy contenta contigo. – Después, fruncí el ceño al caer en cuenta de lo que acababa de decir. – Perdona Hohenheim, ¿Qué has querido decir con eso de "Hoy tu gran día"?
Esbozó una sonrisa torcida.
- Se te escapó que se van a casar hoy, Roy.
- Yo… ¿Se me escapó?
- Pues sí, Riza intentó por todos los medios que guardaras silencio, pero tú parecías decidido a compartir su secreto.
- Con razón tenía ganas de matarme, ni siquiera lo recuerdo.
- Creo que te perdonará. – Me guiñó un ojo. – Pero no estoy muy seguro de que mi mujer y Winry lo hagan, querían ayudar a Riza con la boda.
- ¿Cómo dices? – Pregunté.
- Tranquilo, se han conformado con la cena a la que accediste después de la boda.
Tragué saliva "Madre del amor hermoso", pensé, ¿Cómo era posible que recordara toda la conversación con Elizabeth y no era capaz recordar todo lo que les solté a los Elric? ¿Qué diablos había dicho además de eso?
- ¿Cena?
- Riza explicó que querían una ceremonia muy íntima y tu explicaste con tal lujo de detalles porque querías que fuera algo solo entre ustedes dos que a Trisha se le llenaron los ojos de lágrimas.
Lo miré parpadeando, ¿Eso había hecho?
- Después de que accedieran a no participar en su momento, a cambio tú accediste a que organizáramos una cena en su honor esta misma noche. – Se pasó las manos por los muslos. - ¿Estás seguro de que no quieres tomarte la semana que viene de vacaciones para la luna de miel?
- Ah, no. Tenemos otros planes, Elizabeth quiere conseguir que mi casa… Esto… Que nuestra casa sea un poco más acogedora. La llevaré de viaje en cuanto nos hayamos acomodado.
Van Hohenheim asintió con la cabeza, se puso en pie y me tendió la mano.
- Felicidades, Roy. Ojalá que hoy sea todo lo que ambos han esperado que sea.
Le estreché con firmeza la mano.
- Gracias.
- Creo que hoy es el comienzo de una gran vida nueva para ti. – Me sonrió. – Es emocionante formar parte de este nuevo rumbo.
Salió del despacho mientras yo lo miraba fijamente.
Después de la noche anterior, no tenía muy claro que Elizabeth me dirigiese siquiera la palabra, por no hablar de que accediera a casarse conmigo. Se había marchado del apartamento antes que yo y no había contestado cuando la llamé a su teléfono celular.
Me concentré en la laptop, había reducido la búsqueda y estaba convencido de haber localizado la residencia en la que Grumman estaba ingresado. Se encontraba cerca de mi casa, era una residencia privada y según la información que había en la página web, cara. Tomé el teléfono y marqué el número de la residencia.
- Residencia Central City.
- Buenos días. – Saludé. – he pensado en llevarle algo de comer al abuelo de mi prometida cuando vaya a verla dentro de un rato y quería asegurarme de que no tiene alergias. Se me olvidó preguntarle a Elizabeth antes de que se fuera.
- ¿El nombre del residente?
- Grumman.
- Disculpe… ¿Ha dicho que Riza es su prometida?
- Sí.
- No sabía que Riza estaba comprometida.
Carraspeé. – Es bastante resiente.
- En fin, tendré que felicitarla. Grumman no es alérgico a nada, pero si quiere ganárselo de verdad, asegúrese de traerle a Black Hayate un regalo.
- ¿Black Hayate?
- Su loro.
- Ah, ¿Y qué se le lleva a un loro si se puede saber?
- A Black Hayate le gusta el mango, en realidad le encanta cualquier fruta fresca y también las palomitas de maíz.
Tenía la sensación de estar en un episodio de en "Los límites de la realidad", jamás me habría imaginado que me despertaría un sábado por la mañana con planes para casarme con la señorita Hawkeye después de comprarle fruta y palomitas de maíz a un pájaro cuyo dueño ni siquiera conocía.
- Mango y palomitas de maíz, entendido.
- A los cuidadores les gustan los bombones, señor… Esto…
- Mustang, Roy Mustang. ¿Elizabeth ya está ahí?
- Todavía no, pero supongo que llegará pronto.
- De acuerdo, Gracias. Señorita… Emmm…
- Maria Ross, Grumman es uno de nuestros residentes preferidos.
- Me alegra saberlo, hasta dentro de un rato.
Colgué, tenía que hacer unas compras. Y sobre todo pedir perdón de rodillas.
Me detuve en la entrada de la habitación de Grumman y lo analicé. Era un hombre menudo, con el cabello blanquísimo, cara alargada y unos ojos que reflejaban el cansancio de los años que pesaban en él. Aquellos ojos se alzaron cuando llamé a la puerta y me miraron con claro recelo.
- ¿Puedo ayudarte?
Entre con varios refrigerios que había comprado para él.
- Hola Grumman me llamo Roy Mustang, soy amigo de Elizabeth.
- ¿De verdad? – Agarró el paquete que llevaba entre mis manos, el colorido loro que estaba en un rincón, batió sus alas y chilló para llamar nuestra atención. - Todavía no te he dado permiso de llamarme por mi nombre.
- Le pido disculpas. – Hice una mueca por todo el escándalo que estaba haciendo el loro, levanté otra bolsa más pequeña que llevaba. – Le he traído un obsequio a Black Hayate.
- ¿Qué le has traído?
-Metí la mano en el blanco paquete.
- Le he traído un mango, ¿Está bien si lo meto en su jaula?
Él anciano apretó los labios mientras me miraba.
- No tienes muchas luces, ¿No es así?
- ¿Cómo dices?
- Que Hayate no puede comerse el mango entero, jovencito. Hay que cortárselo en trozos que sea capaz de tomar con sus patas.
Miré el mango y luego al ave.
- Ah. – Saqué de la bolsa el paquete de palomitas para microondas que había agarrado de un armario de mi cocina, Elizabeth comía muchas de esas. – Supongo que debería haberlas traído ya hechas.
El hombre empezó a reírse, se reía con estridentes carcajadas que llenaban todo el lugar.
- A Riza debes de gustarle por tu cara bonita, porque no puede ser por tu inteligencia.
Su afilado ingenio me arrancó una genuina sonrisa, me recordaba a alguien, a la mujer a la que llamé "Nana". Durante el breve período que tuve contacto con ella, fue la única persona que se preocupó por mí.
Era franco, directo y no tenía pelos en la lengua.
Grumman extendió el brazo hacia la izquierda y pulsó un botón situado en la pared para avisar a un cuidador.
- Maria Ross pondrá las cosas que has traído en su lugar y cortará el mango al pobre Hayate. Y si se lo pides con educación, también nos podría traer algo de café.
Rebusqué en la bolsa una vez más y saqué una caja de bombones. Al menos, eso lo había hecho bien.
- Creo que esto podría ayudarnos.
Me miró con una blanca ceja enarcada.
- Puede que todavía haya esperanzas para ti. Anda, siéntate y cuéntame de donde conoces a mi Riza… Y porque la llamas Elizabeth. – Sonrió cuando saqué otra caja más de bombones. – Si son para mí, te doy mi permiso para que me llames Grumman.
El mayor era listo e ingenioso, según descubrí tenía un montón de anécdotas sobre la adolescencia de Elizabeth. Sin embargo, también aprendí que su memoria a corto plazo era titubeante en el mejor de los casos.
En más de una ocasión, me percaté de que algo guardaba su mirada y de que se trababa con las palabras cuando le preguntaba por cosas más actuales. En esos momentos, yo redirigía la conversación hacia una época más fija en su memoria preguntándole por el momento en el que conoció a Elizabeth, me sonrió de oreja a oreja y me regaló una versión más larga de la historia que me contaron la noche anterior. Describió a la muchacha delgaducha y asustada que se encontró rebuscando comida en un contenedor de basura. Me habló del dolor y de la necesidad que vio en los ojos avellanados de Elizabeth y de como supo que era su destino encontrarla aquel día. El amor que sentía por la joven Elizabeth era palpable y descubrí que me gustaba oír cosas acerca de su vida.
Los recuerdos de Grumman se volvieron más erráticos tras ese punto y me pidió algo de beber. Una vez que encontré a su cuidadora, me indicó dónde estaba la cocina y al regresar a la habitación, Grumman se había quedado dormido en su silla de ruedas. El loro seguía en su rincón, aleteando dentro de la jaula y la música que tenía puesta cuando yo llegué era un leve murmullo de fondo.
Eché un vistazo a mi alrededor y comprendí el motivo que llevó a Elizabeth a tratar con todas sus fuerzas mantenerlo en aquel sitio y porque trabajaba con tanto ahínco para que fuera algo permanente. La habitación era luminosa y espaciosa, gracias a los enormes ventanales; la tenía llena de caballetes, de cajas con carboncillos, lápices y acuarelas. Había libros y fotografías en los estantes además de muchas de sus pinturas decoraban las blancas paredes.
Un inusual sentimiento de culpa se apoderó de mí al recordar el pequeño cuadro que la rubia llevaba en las manos aquel primer sábado juntos. Como el idiota que cada vez me quedaba más claro que era, le dije que no podía colgarlo en el apartamento. El sentimiento de culpa se convirtió en una ola imparable que ahogó mi cerebro y me azotó la piel. Cambié de postura en la silla, ya que no estaba acostumbrado a ese tipo de emociones.
- ¿Roy? – La sorprendida voz de Elizabeth me tomó desprevenido. - ¿Qué haces aquí?
Me levanté mientras el sentimiento de culpa se volvía más agudo. Se veía exhausta y supe que era por mi culpa.
- He venido para conocer a Grumman.
- ¿Por qué?
- He considerado que era importante.
- Me sorprende verte levantado.
Carraspeé, más incómodo si es que a ese punto era posible.
- En cuanto a eso…
Levantó una mano para acallarme.
- Este no es un buen lugar.
Me acerqué a ella despacio.
- ¿Me darás la oportunidad de hablar contigo? Te debo una sincera disculpa. – Suspiré. – Muchas, en realidad.
- No quiero tu lástima.
- Y no la tienes, solo te estoy pidiendo una oportunidad para hablar como dos personas civilizadas.
- ¿Eres capaz de comportarte como una?
- Quiero intentarlo, por favor Elizabeth.
Apretó sus labios y los puños.
- ¿Tiene algo que ver con lo que se supone que va a pasar esta tarde?
- No espero que quieras casarte conmigo hoy.
- ¿No?
- Después de mi patético comportamiento de anoche, por supuesto que no. – Tomé una honda bocanada de aire y me froté la nuca con desesperación. – Te agradecería que lo hicieras, pero no espero que lo hagas.
- Pues lo anunciaste a los cuatro vientos anoche, intenté evitarlo. – Agitó su pálida mano. – Parecías decidido.
- Lo sé, me la pasé bebiendo y era como si mi boca tuviera mente propia, yo me encargaré de todo. – Me pasé una mano por la sien, donde sentía un dolor palpitante. A estas alturas, tengo suerte de que me dirijas la palabra.
Se mordió el labio, como hacía siempre que estaba nerviosa. Antes que pudiera replicar, Grumman despertó y alzó la mirada hacía nosotros.
- ¡Hola Riza cariño!
Elizabeth pasó junto a mí para besar a su abuelo en la mejilla.
- ¿Cómo estás hoy?
Grumman levantó una mano y le pellizcó la nariz.
- Estoy bien. – Me señaló con la barbilla. - ¿Cómo es que no me has hablado de él?
Elizabeth sonrió y se sentó a su lado.
- Creo que sí te comenté algo.
- No es muy espabilado, pero parece ser un buen sujeto… Y tiene buen gusto para los bombones y mangos.
Solté una risilla al ver la expresión sorprendida de mí esperaba aun prometida. Fue un alivio ver que Grumman seguía con nosotros, que estaba lúcido. Maria Ross me había informado que se dormía en cualquier momento y al despertar a menudo solía hacerlo confundido y perdido. Solo me faltaba que yo hubiera podido verlo lúcido ese día y le hubiera robado a Elizabeth la oportunidad de hacerlo, no estaba seguro de poder soportar más culpa por una vida entera.
Recogí mi abrigo.
- Los dejaré a solas. – Me incliné, levanté la mano del mayor para apretarla en forma de despedida, sus venas eran como una telaraña azulada que recorría la fina y arrugada piel. – Grumman, ha sido un verdadero honor.
- Si me traes más bombones, puedes volver cuando quieras.
- Me aseguraré de que así sea. – Le dejé la mano en el regazo una vez más. – Elizabeth, ¿Puedo hablar un momento contigo?
Salimos al pasillo.
- ¿Has venido en tu vehículo? – Le pregunté con la idea de esperarla si había ido a pie.
- Sí
Le miré la mano.
- ¿Dónde está tu anillo?
- No me lo pongo cuando entro, confundiría a mi abuelo, lo tengo guardado en el bolso.
Tenía sentido, fue un alivio no oírle decir que se lo había quitado porque ya no había trato.
- De acuerdo, ¿Nos vemos en el apartamento?
Titubeó y guardó silencio.
- ¿Qué sucede?
- Sí… Si accedo a casarme hoy contigo, ¿Me darás algo a cambio? Considéralo un regalo de bodas.
- ¿Qué quieres?
- Quiero conocer tu historia, tu infancia… Un regalo de bodas que signifique para ambos.
- No hablo de mi pasado. – La firmeza de mi voz dejó claro que no iba a discutir ese tema.
Irguió la espalda y cuadró los hombros, me imaginaba lo que venía.
- Entonces cásate tú solito, Roy. Nos vemos en el apartamento.
La agarré del brazo antes de que pudiera alejarse.
- Elizabeth… - Dije un con un hilito de voz.
Nuestras miradas se encontraron, me percaté de su determinación.
- Esta bien, si te casas conmigo hoy, te lo contaré todo.
- ¿Me lo prometes?
- Lo prometo.
- Quiero que lleves alianza.
- Estoy de acuerdo con eso. – Mascullé. – Nada ostentoso.
- Puedes escogerla tú mismo.
- ¿Algo más como regalo? – Pregunté con un deje venenoso.
- No, tu historia y una alianza únicamente.
- Iré a comprar una ahora mismo.
- En ese caso, me casaré hoy contigo.
Me quedé de piedra por un instante. Había esperado gritos, acusaciones y una discusión, a lo mejor incluso lágrimas y que me mandara directo a la mierda, esta vez en serio. Que accediera me sorprendió.
- Gracias, ¿A las tres en punto?
- Nos veremos en casa. – Se volvió y entró de nuevo en la habitación de Grumman mientras yo la observaba desconcertado.
- ¿Cuándo se había convertido la señorita Hawkeye en una fuerza implacable?
No tenía ni idea, pero, por primera vez, agradecía que esa fuerza estuviera de mi parte.
Esperé en la cocina, paseándome de un lado para otro mientras me colocaba bien la corbata una y otra vez. El dichoso trapo no se aplastaba por más que lo intentara, como si se me hubiera olvidado como hacer un nudo en condiciones. No se debía a los nervios, no tenía motivos para estar nervioso; Elizabeth y yo simplemente íbamos a pronunciar unas palabras, a firmar un documento y a quitarnos de encima el requisito del matrimonio. otra parte más de mi plan, algo sencillo y sin significado alguno.
Le di otro tirón a la corbata de seda, ¿Por qué no se quedaba en su sitio? ¡Joder!
- Roy, como le des más tirones, te vas a quedar sin corbata, ¿Qué te ha hecho la pobrecita?
Alcé la vista, sobresaltado. Elizabeth estaba en el marco de la puerta y parecía tan nerviosa como yo, aunque estaba mucho más guapa.
- ¡Perfecta!
Llevaba un vestido sencillo color blanco que le ceñía la estrecha cintura y quedaba ahuecado hasta las rodillas. La parte superior era de encaje que dejaba ver su delgado cuello y el asomo de su clavícula, su cabello ondulado le caía por encima de un hombro decorado con un pequeño prendedor de brillantes. El tono del vestido le sentaba de maravilla. Miré hacia abajo y sonreí al ver sus zapatos, pequeños y con un tacón diminuto. Era perfecto, me había acostumbrado a su altura cuando la llevaba del brazo y no quería que fuera más alta.
Me acerqué a ella y le tomé una mano para llevármela a los labios y depositar un beso.
- Estás preciosa.
Elizabeth bajo la mirada, aun así, pude notar como sus mejillas se tornaban rosadas realzando lo bonita que de por sí ya se veía, después enderezó los hombros.
- Gracias.
- No, soy yo quien debe darte las gracias.
- ¿Por qué?
- ¿Por dónde quieres que empiece? En primer lugar, por haber aceptado este descabellado acuerdo. En segundo lugar, por ceñirte a tus palabras, aunque tengas todo el derecho del mundo a mandarme directo al infierno. – Extendí un brazo y me enrosqué un mechón de su rubio cabello en torno a mi dedo. Era suave y cuando lo solté, regresó de nuevo a su lugar, recuperando las ondas. – Y, por último, por ser mejor persona que yo. – Añadí con total sinceridad.
Los ojos de Elizabeth brillaban.
- Es lo más bonito que me has dicho desde que nos conocimos.
- Lo sé, no he hecho un gran esfuerzo por dejar de ser un tarado, ¿Verdad? – Enfrenté su mirada y me negué a apartar la vista. – A partir de ahora lo intentaré con más ahínco.
La vi morderse el labio con fuerza.
- Oye, no hagas eso. – Reí entre dientes al tiempo que le acariciaba el pequeño rostro. - Nada de sangre el día de nuestra boda.
Esbozó una sonrisilla, me incliné para coger el regalo que le había comprado y le ofrecí el ramillete de flores.
- Son para ti.
- ¡Roy!
- He pensado que te gustarían. – Dije un tanto avergonzado, era la primera vez que compraba flores personalmente para alguien.
- Me encanta. – Enarcó una ceja. - ¿Y tú?
- Me niego a llevar ramo. – Sonreí de forma burlona con la intención de aligerar la seriedad del momento.
Ella movía la cabeza de un lado para el otro mientras sonreía y se acercó a un cajón para buscar algo. Tras mirar el ramo, eligió una rosa, la cual cortó con la mayor delicadeza para colocarla en el ojal de mi solapa. Esos pequeños dedos obraron su magia y me colocaron la corbata al fin en su lugar. Acto seguido, le dio una palmadita a la prenda de seda, satisfecha de su labor.
- Ya está, listo.
- ¿Tú estás lista? – Le pregunté, con cierto miedo a su respuesta.
- Lo estoy.
Le ofrecí el brazo y lo aceptó.
- Pues vamos a casarnos.
Fue una ceremonia sencilla, solamente nosotros dos, con testigos que ninguno conocía. Pronunciamos nuestros votos y nos proclamaron marido y mujer. Le puse una delgada alianza que se entrelazaba perfectamente con el anillo de compromiso volviéndose uno solo y ella colocó la otra alianza a juego en mi dedo tal y como me lo había pedido. Me miré la mano, flexioné los dedos y apreté el puño, el contacto del frío metal me resultaba extraño. Elizabeth me miró y le sonreí.
- Ya estoy tomado y marcado, así que supongo es oficial.
El juez de paz se echó a reír entre dientes.
- En cuanto haya besado a la novia.
Incliné la cabeza y nuestras miradas se cruzaron, le rocé los labios mientras le colocaba una mano en la nuca y la atraía a mí para besarla con ganas. Al fin y al cabo, estaba en mi derecho y vaya que estaba disfrutando ese beneficio. Ahora era mi mujer por toda la ley. Cuando me aparté, ella abrió los ojos, me sorprendió ver la sincera ternura de su mirada. Su sonrisa también era genuina y se la devolví de corazón al tiempo que la besaba de nuevo.
- Estamos casados, Roy.
No supe porque me satisfacían esas palabras, pero así era.
- Lo estamos, y ahora tenemos una cena pendiente con la familia Elric, ¿Qué probabilidad hay de que sea un evento tranquilo?
- Casi ninguna, pero fuiste tú quien accedió.
- Lo sé, no me lo recuerdes. Vamos a firmar los documentos y después afrontaremos las consecuencias juntos, será nuestra primera misión de recién casados.
- De acuerdo.
Aparcamos frente a la casa, apagué el motor y miré alrededor.
- No hay más vehículos.
- Menos mal.
Mire a la señorita Hawkeye… A Elizabeth… A la señora Mustang… A mi mujer.
Joder, me había casado no terminaba de creérmela.
- ¿Roy? ¿Qué te pasa? Tienes mala cara.
Negué con la cabeza.
- Gracias, lo digo en serio, gracias de verdad.
- Lo sé.
- Supongo que no…
- ¿No?
- No sabes lo que iba a decir.
- Vas a intentar que me olvide de mi deseo de escuchar la historia de tu infancia.
- Son las típicas estupideces paternas, Elizabeth, ¿Por qué sacarlas a la luz?
- Creo que es importante.
Enterré la cabeza en las manos con un suspiro al oír que me devolvía mis propias palabras.
- Roy, por favor.
- De acuerdo. – Dije, con un resoplido al final de la oración. – Más tarde, ¿Si?
- Esperaré.
- De acuerdo, primero quitémonos esto de encima.
Ella puso los ojos en blanco sin disimular la impaciencia.
- En fin, el esfuerzo te ha durado tres segundos.
Le coloqué una mano en la nuca.
- No es un tema fácil para mí.
- Lo entiendo, pero en este preciso momento no estamos hablando de eso. Ahora mismo, tu nuevo jefe y su familia están esperándonos para celebrar nuestra boda con una cena. Deja de hacer el tonto, sonríe y compórtate como si me adorases, joder. – Insistió, devolviéndome de nuevo mis propias palabras. Dicho lo cual, salió del automóvil, una vez fuera, se inclinó para mirarme y decirme - ¿Vienes?
Alucinado, solo atiné a asentir en silencio.
La cena fue tranquila según la definición de los Elric. En la terraza trasera habían instalado una mesa con mantelería de tul, flores y velas cuyas llamas se agitaban gracias a la suave brisa, además de los farolillos diseminados por los alrededores. En un rincón se había dispuesto otra mesa con un pastel nupcial. Elizabeth me miró con los ojos abiertos.
- ¿Cómo lo han hecho en un solo día?
- Las ventajas del dinero y de los contactos. – Murmuré, tuve que admitir que estaba impresionado.
Nuestra anfitriona sonrió al vernos llegar y abrazó con fuerza algo excesiva a Elizabeth. Van Hohenheim me dio unas palmadas en un hombro, a modo de felicitación y después me vi obligado a sufrir los abrazos y los apretones de mano del resto de la familia. Les gustaba demostrar su afecto de esa manera.
Me alejé un poco de ellos y tomé la mano de mi ahora esposa a modo de talismán. A lo mejor si la tocaba, dejaban de abrazarme.
La cena consistió en una serie de platos extravagantes y el champán corrió de forma muy generosa, pero en esa ocasión no dejé que se me fuera de las manos. Solo bebí unos sorbos de vino y me pasé casi toda la noche bebiendo agua. Aunque no habíamos hecho fotos durante la ceremonia, Trisha y Winry se resarcieron usando sus teléfonos móviles, con los que no dejaron de hacer fotos mientras insistían que nos besáramos. Por suerte, en esa ocasión Elizabeth sí había bebido lo suficiente como para que no le importara. De hecho, ladeaba la cabeza gustosa mientras sonreía y aceptaba mis caricias. Al igual que el resto de las parejas sentadas a la mesa, la rodeé con un brazo casi en todo momento mientras le acariciaba la piel que quedaba expuesta. De vez en cuando, me volvía para besar su suave hombro o cuello y susurrarle algún comentario ridículo al oído que le arrancaba una sonrisa o una carcajada. Éramos la viva estampa de una pareja feliz y enamorada.
Winry le dijo. - ¡Ah, Riza! Casi se me olvida, soy monitora de yoga y la semana que viene empieza un grupo nuevo. Por favor, ven… ¡Te encantará!
Mei asintió con la cabeza.
- Al se queda con los niños. Yo asisto a todas las clases, incluso a las de principiantes, porque me encanta, Winry es una monitora increíble.
Elizabeth las miraba con interés.
- ¡Oh, me encantaría! Siempre he querido probar, ¿Cuándo?
- Los martes por la tarde, es un curso de ocho semanas para principiantes. Después, habrá una pausa antes de continuar con el siguiente nivel.
El brillo que relucía en sus ojos se apagó.
- Lo siento, no puedo. Los martes es la tarde musical en la residencia de ancianos. Los ancianos se entretienen escuchando tocar en vivo a muchos grupos locales. Siempre acompaño a mi abuelo, le gusta mucho. Y no quiero dejarlo solo, sin mí seguro que no va.
Me había percatado de la lista que Grumman tenía en su tablero de anuncios. Esa semana tocaba jazz. A mí me encantaba el jazz, el hecho de que ella quisiera ir a clases de yoga despertó en mí el deseo de hacerlo posible para hacerla un poco feliz.
- Yo lo acompañaré.
- ¿Cómo dices?
- Tú ve al yoga. Hace mucho que quieres probarlo, yo cenaré con Grumman y lo acompañaré al concierto. – Le di un empujoncito cariñoso. – Ya sabes que el jazz me encanta. – Guiñé un ojo a modo de broma. – a lo mejor te ayuda a mantener mejor el equilibrio.
- ¡El yoga es genial para eso! – Exclamó Winry con entusiasmo.
- Pero serán todos los martes. – Me señaló.
No pasa nada. – Me gustaba todos los tipos de música, menos el heavy metal, pero dudaba mucho de que ese género estuviera incluido en el repertorio. – Supongo que Grumman y yo tendremos una cita todos los martes durante una temporada.
Elizabeth se inclinó hacia mí para susurrarme. - ¿Estás seguro?
- Sí, lo estoy. – Contesté con el mismo tono de voz. – Me gustaría pasar más tiempo con él. – La miré a los ojos. – Es en serio.
Me besó la mejilla.
- Gracias. – Me dijo al oído.
Me volví y la besé en los labios.
- No hay de que.
Me enderecé con un suspiro. Me alegraba poder hacer algo por ella para variar. Vi que Van Hohenheim
nos miraba y asentía en señal de aprobación. Bajé la vista, casi avergonzado por su silencioso apoyo. Que día más raro y emotivo.
Después de la cena, Trisha nos dijo que apartáramos la mesa para dejar espacio. Insistiendo en que debíamos tener nuestro primer baile. Agradecido por el hecho de haber practicado, extendí una mano hacia mi rubia compañera con una sonrisa.
- ¿Lista para bailar con tu marido?
Ella esbozó una sonrisa tímida pero sincera, mientras tomaba la mano que le ofrecía.
- Lista, mi cielo. Pero no vayas a usar toda tu energía en la pista de baile…
Le guiñé un ojo.
- Puedes estar tranquila, cariño.
La insté a girar entre las risas de los demás. Ella se pegó a mí mientras nos movíamos al compás de la música. De nuevo, me sorprendió lo bien que encajaban nuestros cuerpos. Su altura era perfecta porque me permitía apoyar la barbilla sobre su cabeza. Podía oler su delicado perfume mientras disfrutaba de la suavidad de su cabello. Sonreí mientras hacíamos un giro en sincronía.
Había elegido a la esposa farsante perfecta.
Nos marchamos entre abrazos, felicitaciones y silbidos. En el vehículo ambos guardamos silencio. Yo no dejaba de mirarla de reojo.
- ¿Te pasa algo?
- Mmm…
- ¿Estás bien?
Se apoyó en el reposacabezas y asintió.
- Si, ha sido un día agradable.
- ¿No ha estado mal para haber sido una boda apresurada con un tarado?
- Está entre mis diez bodas falsas preferidas.
Reí entre dientes, su lado gracioso era cada vez más evidente. Me gustaba.
- ¿Cuántos años le lleva Edward a Winry?
- Creo que se llevan solo 5 meses, él es mayor que ella.
- Es la niña de la casa.
- Más bien creo que es la fiera de su familia, Edward es más tranquilo.
- Como su padre. – Replicó. – Me gustan todos, son una familia maravillosa.
- Tú también les gustas.
- Intento no sentirme culpable. – Admitió. – Se están portando tan bien con nosotros.
- Elizabeth, nadie va a salir herido, voy a esforzarme al máximo por Hohenheim. Va a contar con una persona tan motivada como los miembros de su familia a la hora de lograr que su empresa prospere.
- Pero después…
- Ya nos preocuparemos de eso más tarde. Faltan meses, no le des más vueltas por ahora.
Guardó silencio un rato.
- Gracias por ofrecerte para acompañar a Grumman.
Me encogí de hombros, le agradecí que cambiara de tema.
- Ya te he dicho que me cae bien. Tengo que conocerlo mejor, es mi deber como tu esposo. Es algo natural.
Murmuró algo indicando que estaba de acuerdo.
- Creo que los has convencido, incluso a Van Hohenheim. – Añadió. – No nos quitaba los ojos y creo que le ha gustado lo que ha visto.
- Estoy de acuerdo, gracias, otro trabajo excelente, señorita Hawkeye.
- Soy la señora Mustang, que no se te olvide.
Una cálida sensación me abrazó el pecho al escucharla nombrarse así.
- Tomo nota de mi error, señora Mustang.
Ella volvió la cara para mirar por la ventanilla.
- Y no solo ha sido un trabajo. – Añadió en voz casi imperceptible.
No supe que responder, sin embargo, y por algún motivo, busqué su mano en la oscuridad y le di un apretón. Hicimos el resto del trayecto a casa con las manos entrelazadas.
Se quedó dormida antes de que llegáramos a casa. Sabía que estaba agotada después de la noche anterior y de los acontecimientos del día, de modo que decidí dejarla dormir. Abrí la puerta, la saqué del vehículo en brazos y la llevé al apartamento. Parecía muy pequeña entre mis brazos, con la cabeza apoyada en mi hombro. Descubrí que era incapaz de apartar la mirada de ella mientras el ascensor subía. Una vez en su dormitorio, la dejé en la cama, sin saber qué hacer con el vestido. Al ver que se movía un poco, le dije que era mejor que se quitara el vestido y conseguí quitárselo por la cabeza. Acto seguido, volvió a quedarse dormida.
Me agaché al lado de la cama y la miré de arriba abajo. Un conjunto de lencería en encaje similar al vestido le cubría los pechos y un triángulo de seda ocultaba su sexo de mis ojos. Aunque siempre había creído que no era mi tipo, descubrí no sin sorprenderme que sus delicadas curvas me resultaban muy atractivas. Le pasé un dedo por la clavícula con mucho cuidado y desde allí descendí por su pecho hasta su abdomen. Su piel era suave como el satén. Se estremeció sin llegar a despertarse y se volvió hasta colocarse de costado mientras murmuraba algo incoherente, para después acurrucarse y continuar sumergida en sus sueños.
Le aparté los mechones rubios de la cara para examinarla a placer. Era una cara que yo había descrito como corriente, pero ahora no había nada de corriente en ella. Tenía los pómulos muy afilados y todavía estaba demasiado delgada. Sin embargo, sabía que al sentirse segura y poder comer de forma adecuada, sin que las preocupaciones la torturasen, ganaría peso. Las ojeras oscuras desaparecían y esa belleza seria y sencilla que otros veían, y que yo por fin había descubierto, acabaría resplandeciendo.
Moví la cabeza por el extraño rumbo que habían tomado mis pensamientos con respecto a Elizabeth. Este día había estado lleno de emociones que pocas veces había experimentado, si acaso lo había hecho alguna vez. Sabía, sin lugar a dudas, que se debía a la mujer que tenía ante mí, aunque no entendía el motivo.
Mi cuerpo reaccionó a lo que veía y la vergüenza me abrumó. No debería estar comiéndomela con los ojos mientras ella dormía, por más apetecible que me pareciera su estado de semidesnudez. Me apresuré a taparla con el edredón hasta la barbilla y apagué la luz. Dejé su puerta abierta y me fui a mi dormitorio, listo para enfrentarme a una noche de sueños inquietos. Que hubiera cedido al cansancio que la invadió de regreso a casa había sido un respiro. Sabía que por la mañana me pediría que le contra mí historia y también sabía que se la contaría porque, en resumidas cuentas, se lo debía.
Después de ducharme, me miré en el espejo. Miré ese caparazón externo que tantos envidiaba. Ese caparazón que cubría a la persona vacía y perdida que llevaba dentro. Una persona a la que yo había desterrado y escondido hacía mucho tiempo y que Elizabeth estaba a punto de sacar a la superficie.
Me estremecí y solté la toalla que cayó al suelo. Me aterraba esa conversación. Atravesé el dormitorio y abrí la puerta de par en par, aunque sabía que esa noche no habría resoplidos reconfortantes.
Me metí en la cama, víctima de un extraño anhelo. Porque deseaba que ella estuviera allí acostada, esperándome, quería poder acostarme a dormir tranquilamente con mi esposa.
Contestando reviews:
Niolama: A mí también me encanta la personalidad de Riza, cuando todos creían que no tenía carácter boom que nos muestra quien es. Gracias por estar fiel a mis publicaciones espero disfrutaras este capítulo. En lo personal lo ame.
Arual17: Wajajaja definitivamente es Riza se casa con su odioso exjefe que parece ya no odia tanto jajaja. Y con Roy dirían en mi país ya está más colgado que chorizo en tienda jajajaja.
Sajonia-Weimar: Aquí está el último capítulo del año, siento que la química entre ellos en cada capítulo va mejorando más y más, al final definitivamente ellos no son almas gemelas pero si son el opuesto que los complementa.
