Capítulo VII
Lo que puedo haber sido
Advertencia: a partir de este momento no se toman en cuenta los hechos del manga.
FLASHBACK.
Un año atrás, 849.
Fue una impredecible sorpresa para el alto mando cuando Erwin oficializó su matrimonio con Theresa, además de haber comentado que pronto su esposa traería al mundo a su hijo primogénito.
Levi y Hange se habían alegrado por la noticia, pues los dos siempre estuvieron al tanto de la relación entre la pareja durante todo ese tiempo. Por otro lado, se acordó a mantener la situación en secreto hasta calmar los vientos en la legión. Después de todo, bastantes soldados habían sospechado de sus nupcias cuando Theresa fue recluida a la Policía Militar como capitana de escuadrón sin previo aviso.
No fue un descuido por parte de ambos, pero la verdad tampoco habían planeado traer un bebé al mundo cuando sus vidas peligraban en todo momento, aun así la pareja se negó a deshacerse del fruto de su amor. Al ser Erwin el líder que la humanidad necesitaba, el alto mando había conferido un hogar dentro de Sina donde ambos pudieran disfrutar de su vida como cónyuges, por lo menos hasta que diera inicio la próxima expedición.
Lo curioso de todo era que Erwin y Theresa nunca hablaron de su relación, jamás se habían sentado a discutir cómo habían llegado a amarse en medio de tanta desesperación. Porque todo comenzó la noche en que el comandante la tomó como suya, desde entonces podían follar como salvajes o hacer el amor hasta el amanecer, como si se tratase de una pasional historia de amor.
Marcaban la medianoche cuando el rubio entró a la casa, colgando la capa en el perchero y deshaciéndose de las botas en la entrada, no pasó mucho tiempo para cuando Theresa se reunió con él, sonriente como siempre. Smith sintió pena por verla despierta tan tarde cuando debía descansar por su condición, sin embargo no existía manera en la que ella obedeciera esa petición.
– Bienvenido a casa.
– Es bueno estar de vuelta. –le sonrió también.
Erwin no dudó en atraerla a su cuerpo y le obsequió un beso profundo, de esos besos que te quitan el alma y te hacen sentir mariposas en el estómago. Ese instante era su favorito del día, cuando regresaba a casa y podía apresar sus labios en un ósculo profundo; no lo cambiaría por nada.
Schneider lo envolvió en sus brazos mientras que el comandante recostó la frente en su hombro, apoyándose en ella. La pareja mantuvo la posición durante unos minutos, sin hacer nada más que escuchar la pausada respiración del otro y sentir los latidos de sus corazones en todo su esplendor.
– Libertá. –murmuró él. Su aliento le erizó la piel y ella suspiró, relajada–. ¿Ese nombre está bien?
Theresa se quedó pensando un momento, finalmente Erwin había soltado el único nombre que le gustaba para su bebé. Significaba más que un nombre para él, daba a entender que había logrado hallar la libertad después de mucho tiempo con el futuro nacimiento de su primogénito; que había dado fin a las cadenas que le alejaban de la felicidad.
Deseaba que su hijo sirviese como su pilar e inspiración para conseguir la anhelada libertad que precisaba la humanidad, después de todo representaba la revolución de su corazón. Por tanto, ansiaba poder crear un mundo en dónde pudiese crecer sin preocupaciones, una vida fuera de los límites de las murallas que le permitiese ser libre.
– Es perfecto. –susurró ella, de vuelta.
Erwin sintió la calidez de las dos personas que más amaba en el mundo. Por fin estaba abrazándose a la esperanza que tanto había buscado. A ese pequeño fragmento de alegría que cambiaría por completo su mundo.
Libertá Smith, su hijo, su amado hijo.
Un veintiocho de diciembre Libertá llegó al mundo, justo cuando su consorte se hallaba en una importante expedición. Con horas de nacido se había convertido en toda una sensación, siendo colmado de obsequios por parte del alto mando y familiares maternos. No los culpaba, era el primogénito del comandante Erwin Smith.
Resultó ser un varón que indudablemente reflejaba a su padre, de profundos ojos azules y cabellos dorados. Theresa lo envolvió en sus brazos, encantada por la indescriptible sensación que la rodeaba en ese instante.
– Hola, Libertá. –susurró embelesada, acariciando el suave rostro del bebé–. Finalmente estás aquí, no tienes idea de la felicidad que has traído a nuestras vidas.
No fue hasta dos días después del regreso del Cuerpo de Exploración que Erwin Smith pudo tomarlo en brazos por primera vez, reconociéndolo como su hijo oficialmente. Theresa jamás podría olvidar las lágrimas que deslizaron por las mejillas de su amado, del cómo sostenía a su bebé con devoción y cuidado, temiendo que este cayera por accidente.
– Has hecho un buen trabajo, Tessa. –besó la mejilla de su esposa–. Gracias.
Gracias por estar conmigo, por soportar la idea de distanciarnos de vez en cuando, por darme la oportunidad de tenerte a mi lado, por regalarme un rayo de esperanza con tus sonrisas…
– ¿Gracias por qué? –preguntó, confusa.
Erwin le besó sutilmente los labios.
–Por todo
END FLASHBACK.
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Se impulsó veloz y segura, posándose justo detrás de Zeke Jeager conforme apretaba las cuchillas entre sus manos; una certera cortada en la nuca y finalmente él moriría. No permitiría que nadie se interpusiese en su camino, no cuando le había prometido al comandante asesinar al titán bestia sin importar el costo. Erwin había muerto a causa de ese mono, vengaría su muerte sin miramientos.
Entonces, justo cuando la punta de la afilada cuchilla iba a dar contra su nuca, un titán se apareció de la nada. Levi actuó rápido, arrojándose sobre la muchacha con el fin de apartarla del gigante. La criatura cogió a Zeke en la mandíbula y no tardó en echar a correr, alejándose de los dos guerreros a paso acelerado. En medio de la confusión, ninguno de los soldados había caído en cuenta de los nuevos demonios que se aproximaban como asquerosas ratas.
– ¡MALDITO! –gritó Theresa, sosteniendo las cuchillas con fuerza–. ¡Lo prometí, lo prometí! ¡JURÉ QUE MATARÍA A ESE CONDENADO TITÁN! –y se elevó echa una completa furia, moviéndose entre los gigantes con una habilidad digna de su título.
Levi le siguió de cerca, cortando la carne de los engendros sin mayores problemas, sorprendido por la actitud tomada por la capitana ante la situación. Sonrió a medias, algo poco usual en una persona tan irónica y despreciable como él; Erwin Smith había hecho una admirable elección al desposarla.
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– ¡Hange, el titán acorazado está justo ahí!
Ambas muchachas, cargadas con las lanzas relámpago al tope, se aproximaron al escuadrón con toda la velocidad que podían ejercer. Layla siempre recordaría el rostro del escuadrón cuando las vieron llegar, conmemoraría por siempre sus ojos llenándose de esperanza al notar que no eran los únicos sobrevivientes.
Reiner no tuvo tiempo de reaccionar cuando Hange le disparó en el lado izquierdo de la mandíbula, dejándola totalmente abierta. Fue el momento idóneo, Mikasa arrojó la última lanza dentro de su boca: la explosión no tardó en hacerse visible, tan poderosa que causó el desprendimiento del humano de la piel del titán. Las dos muchachas se apresuraron a sacarlo de allí, halando con fuerza.
– ¡Lo tenemos, Hange!
La sub-comandante asintió, seguidamente se dedicó a apaciguar su respiración conforme echaba el cuerpo del acorazado contra la pared. Se mantuvo de pie ante su persona, firme y decidida.
– Reiner, ¿qué es esta caja de hierro que llevabas en el pecho? –inquirió, sujetándola–. Fue lo último que intentaste agarrar antes de perder los brazos: ¿era una forma de suicidarte? ¿una bomba?
Layla pensó que el titán no respondería a la pregunta.
– Carta. –respondió.
Bufó al saber que se había equivocado, ¿quién no contestaría a una pregunta de Hange?
– ¿Una carta? ¿Qué carta?
– Una carta de Ymir. Dénsela a Christa, por favor.
– Una vez la leamos. –la guardó en el uniforme–. Tengo miles de preguntas, pero imagino que tu silencio será tan duro como tu armadura. –entonces desvainó su cuchilla, bajo el asombro de los presentes–. ¿Nos contarás lo que queremos saber?
– No.
Hange sonrió levemente, un poco abrumada por la respuesta. No quería causarle ningún daño.
– Gracias por ayudarme a mentalizarme para esto. –colocó la espada contra su garganta–. ¡Habla de una buena vez! No tenemos tiempo para estar comprobando nada ni robar tu poder, no sabemos nada de Levi. ¡Ni siquiera podemos estar tranquilos cortándoles la cabeza!
– Hange, por favor mantén la calma. –pidió Lowell.
– No parece usted, Hange-san. –profirió Jean, reflexivo–. ¿Cómo venceremos a los titanes si no aprendemos a examinarlos?
La mujer se mantuvo en silencio, a continuación miró sobre su hombro.
– Lowell.
– ¿Sí?
– ¿Cuánto gas te queda?
– Prácticamente nada. Tengo hasta cinco kilómetros de viaje, Hange.
– Tienes más que yo.
– Reúnete con Armin y Eren, de inmediato. –ordenó–. Rellena el gas y pídele la jeringa a Levi. En caso de que no puedas, dispara una señal de humo. Si la veo, mataré a Reiner.
– ¡Recibido! –y dicho aquello, se marchó.
La paz y la tranquilidad no duró mucho.
– ¡Hange-san! –exclamó Jean, horrorizado a lo que se avecinaba–. ¡Apártese de allí!
El titán bestia, ahora transformado en humano, se aproximaba a toda prontitud. El recluta se movió de la misma manera, cogió a su superior en brazos y la apartó del camino sin mediar los resultados.
Zeke se apresuró en rescatar a Reiner, pero justo cuando iba a llegar a su destino no contó con que una sombra sería más rápida. Theresa usó el equipo de maniobras como si se tratase de una extensión más de su cuerpo, sujetó al portador del titán colosal por el brazo y después se detuvo en un tejado, colocando la cuchilla en la nuca de este.
El titán cambiante se preguntó cómo esa muchacha había llegado tan rápido a Shiganshina.
Sus ojos grises ardían en llamas, una tormenta finalmente se había desatado en su interior. Iba en serio, Theresa era capaz de arrebatarle la vida al muchacho sin remordimientos. Se hallaba todavía cubierta de sangre, con la respiración agitada y los ojos emanando rabia descomunal: si ese simio se atrevía a dar un solo paso, acabaría muerto sin poder escupir sus últimas palabras.
– Acércate y le arranco la cabeza, maldito desgraciado. –amenazó, sujetando al rehén con mucha más fuerza que antes–. No tienes idea de cuántos problemas me has traído con tu sola existencia, créeme que no estoy para juegos justo ahora. Retírate de inmediato, simio.
Jean Kirstein no tardó en posarse junto a ella, firme y fuerte.
– Estás loca. –le masculló.
– Cierra la maldita boca.
– Estoy sedienta de sangre ahora mismo, no te conviene acercarte. No tienes idea de las ganas que tengo de arrancarte las extremidades una por una, hasta que no puedas regenerarte. –escupió, desquiciada–. Tráeme tu maldita bestia si quieres jugar mi juego, escoria. Entonces, cuando haya acabado contigo, te obligaré a observarte humillado ante un jodido espejo. Voy a mostrarte lo loca que estoy, maldito imbécil.
Esa mirada era capaz de traer al fuego y la tormenta al unísono sin inconvenientes, ese huracán no se alejaría hasta haber arrasado con todo en su camino. Justo ahora, Theresa Schneider permanecía invencible ante aquel demonio. Nadie en su sano juicio se atrevería a enfrentarse a esa degenerada.
– ¿NO ME HAS OÍDO, BESTIA INMUNDA?
El hombre sonrió con insuficiencia, asombrado por su actitud.
– Serías una asombrosa titán, querida.
– ¡Oh, voy a mostrarte lo malditamente trastornada que estoy! –exclamó, entonces esa mortífera tormenta que llevaba por ojos se intensificó todavía más. ¿Quién diablos se enfrentaría a esa mirada inhumana y sádica? Ella había perdido la cabeza–. ¡Sí, voy a mostrarte lo que es estar loca! ¡HANGE!
Entonces, salida de la nada, se movió con agilidad hacia ambos con el fin de aniquilarlos allí mismo. Zeke se vio atrapado momentáneamente en la trampa, confuso sobre cómo aquella mujer había guiado un ataque sin que él se hubiese dado cuenta: ¿quién diablos era esa maldita loca?
Pieck reaccionó rápido, echándose hacia atrás mediando el peligro y se dio la vuelta con prisa. Amo y subordinado se preguntaban una y otra vez cómo esa mujer pudo haberles tendido una trampa en tan poco tiempo, desconociendo que ellos se dirigían allí. Una persona tan impredecible como ella debía pertenecer a sus filas a como dé lugar, sería una valiosa arma para los guerreros.
Tras el suceso, Zeke no tuvo más opción que darse a la fuga, sin el cuerpo de Reiner.
Schneider no soltó el cuerpo en ningún momento, lo aferraba a sí misma con tanta fuerza que incluso la sangre ajena empezaba a teñir su uniforme. Resopló, en un inútil intento de tranquilizar su respiración; en ningún momento apartó la cuchilla de la nuca de Reiner.
– Reunámonos con Eren. –dijo Hange.
Se las arreglaron para alcanzar su destino, reservando el gas lo más que podían. Arribaron al tejado justo a tiempo, jadeantes y acalorados por la aventura pasada. Levi observó el cuerpo de Reiner.
– Hange, ¿cómo diablos has conseguido traerlo?
Justo antes de que Hange pudiese contestar, un soplido entrecortado captó la atención de todos los presentes. Lentamente Eren se giró a mirar sobre su hombro, pálido por la esperanza que acababa de renacer en su corazón; lágrimas comenzaron a correr por su rostro cuando se encontró con la realidad, Armin seguía con vida.
– ¡Maldita sea, es un milagro! –exclamó contento, seguidamente se inclinó sobre el carbonizado cuerpo de su amigo–. ¡Armin comenzó a respirar de nuevo! ¡Aguanta! ¡Continúa, espera! –se volvió hacia el capitán, desesperado y sumido en lágrimas–. ¡Inyección, rápido! –ante la duda del superior, no tuvo más remedio que tomar al olvidado colosal como boleto–. ¡Lo convertiremos en titán y le daremos de comer a Bertholdt! ¡Deme rápido esa maldita jeringa!
Theresa, indiferente a la escena que acontecía ante sus ojos, tomó asiento junto al inconsciente rehén. Agobiada por los gritos, se sujetó la cabeza con la mano conforme intentaba parar la jaqueca que la abrumaba. ¿Por qué había reaccionado de esa forma ante la aparición del titán bestia? Intentó hacer memoria de lo que había sentido en el momento: rabia, ira, repulsión, miedo… lo mismo que cualquier persona habría manifestado tras la pérdida de un ser amado, era eso o estaba completamente loca.
Levi suspiró y en seguida le extendió la jeringa, derrotado.
Un fuerte sonido en el tejado causó que detuviese el acto y se volvieron a mirar con rapidez, alertas a cualquier ataque; entonces Theresa se incorporó como si su vida dependiese de ello, impactada por lo que apreciaban sus ojos. Ignoró por completo las palabras que soltaba el recluta, inmóvil y demasiado sorprendida para hacer algo. La bilis volvió a subirle por la garganta y el cuerpo le tembló de pies a cabeza, de nuevo.
Erwin Smith, su amado esposo y comandante de la legión, continuaba con vida.
