La pareja de comediantes detuvo el carromato en un claro del bosque al despuntar el alba. Gilbert entró para observar a Gertrude dormir junto a Antonio que ya se había recuperado de su embriaguez y la contemplaba con una mezcla de ternura y preocupación.

—¿Cómo está? —dijo el caballero.

—Ha conseguido dormir pese al dolor —explicó Antonio con el ceño fruncido—. Le va a costar volver a recuperar la movilidad en las muñecas.

—He visto por aquí hierbas que podrían aliviarla un poco —dijo Gilbert—. Saquémosla del carromato lo más delicadamente posible.

El juglar también ayudó a transportar a la mujer hasta las raices de un viejo roble y entre los tres la acomodaron en un lecho de hojas secas. Hacía algo de frío pese al calor de los últimos días y cubrieron a la doncella con una sábana que llevaba Emma en la caravana. Tim empezó a llorar y la comediante tuvo que cogerlo en brazos y cantarle una canción para tranquilizarlo. Antonio se sentó al lado de Gertrude y Mathias fue a beber agua de un arroyo cercano. Gilbert, esperando que no lo vieran, comenzó a preparar el tablero y a colocar sobre él las fichas de su última partida.

—El nuevo día nos amenaza como una pesadilla insoportable —comentó Antonio agorero.

—Tengo miedo —susurró Gertrude despertándose poco a poco. Tenía la boca seca.

—Quizá sea el Juicio —dijo Mathias intranquilo.

—Solo es el viento entre los árboles lo que os asusta —dijo Gilbert quitándole importancia al asunto.

—Nunca pensé que volvería a verte, Gilbert. Ahora tengo miedo de que hayas traído tu maldición a todos nosotros —dijo Gertrude revelando el miedo que atemorizaba el corazón de Gilbert desde que los comediantes se habían unido a la campaña—. Eberhard mintió entonces, ahora lo comprendo. Nos ha engañado a todos. Y todo con tal de conseguir el poder que le fue arrebatado... Y a tu madre.

Cuando dijo esto, Gilbert abrió los ojos, colérico.

—¿Qué ha hecho de mi madre? —preguntó, rabioso.

—Lo que a todas las damas. Prostituirla por toda la aldea. Ha sido mercancía de todos desde que tu padre murió. Él me prometió el honor que me fue negado cuando tú... Pero me volvió una perra y me paseó por la abadía para que sus hermanos tomasen mi cuerpo día y noche. Yo quería huir pero ellos no me lo permitieron. Me ataron y azotaron hasta hacerme sangre. A tu madre también la llevaron a la abadía y abusaron de ella en la nave principal. Hacían ritos al Diablo y en el altar desnudaban nuestros cuerpos y nos penetraban dolorosamente. Éramos sus sacrificios —explicó Gertrude con voz ronca. Emma se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de horror, escandalizada—. Pero ahora me doy cuenta, por tu cara, que no sabías nada de esto. Que tu tío también te ha traicionado como lo ha hecho con todos nosotros. Solo eras un títere más de él.

—¡Yo no soy el títere de nadie! —exclamó Gilbert muy furioso. Pero enseguida se calmó al ver que en parte llevaba razón en lo que afirmaba. Gilbert había sido criado en pecado y su honor destruido. Y que aquel que le había revelado la gloria del orgasmo y la simiente era, en realidad, la razón de su desventura y de su fatal destino. Había caído en la trampa tanto como el resto de su familia y aquella mujer víctima de su lujuria. Suspiró y se masajeó las sienes—. Descansa, Gertrude. Duerme hasta que el sol esté alto.

Todos se durmieron o lo intentaron y Gil se quedó cabizbajo, desconsolado por lo que la doncella acababa de decir. Quizá si hubiera intuido las diabólicas intenciones de Eberhard no se habría dejado doblegar tan fácilmente ni le habría embaucado la promesa del honor combatiendo en Tierra Santa. Ahora su madre estaba en peligro y todo por no haber visto el Diablo en los ojos de su pariente.

Frente a él se materializó la Muerte con aquella macabra sonrisa. Gilbert le dedicó una mirada de odio.

—Terminemos ya nuestra partida, Gilbert Beilschmidt —dijo el fantasma.

—Te toca a ti —dijo Gilbert.

El fantasma se acomodó y movió su alfil.

—Has perdido la reina —informó y la reina blanca de Gilbert se desvaneció en el aire.

—Ya lo veo —dijo Gilbert impasible.

Mathias, que dormía con el sueño de un pajarillo se despertó sobresaltado y contempló atónito la espeluznante visión. Se acercó un poco más para comprobar que sus ojos no le estaban engañando y despertó a su mujer casi con un balbuceo.

—Emma, despierta.

—¿Qué pasa? —dijo ella despertándose rápidamente.

—Veo algo espantoso. Tanto que apenas puedo hablar —explicó Mathias con un hilo de voz.

—¿Qué ves? —dijo ella arqueando una ceja.

—Allí está Gilbert jugando al ajedrez.

—Lo veo pero no me parece que sea una cosa tan espantosa —dijo ella cogiendo al bebé en brazos.

—¿Es que no ves con quién está? —dijo él atemorizado.

—Está solo —contestó ella sin darle importancia—. Y haz el favor de no asustar a...

—No, no, no. No está solo, ¿no lo ves?

—¿Quién está con él? —dijo Emma alarmada.

—La Muerte. Está jugando una partida de ajedrez con la muerte —dijo él sin apartar la vista de la tétrica escena, atemorizado.

—No digas eso... —dijo Emma sin saber si creer a su marido o no.

Gilbert entonces alzó la vista y se percató de que Mathias lo estaba observando. Con una leve inclinación de cabeza le indicó a Mathias que se apresurara. Que huyera y pusiera a salvo a su mujer e hijo. Y esperaba que el juglar captara el mensaje de su gesto. Mathias tragó saliva y se incorporó.

—Hay que escapar —dijo a Emma.

—Pero no podemos dejarlo aquí —contradijo ella.

—Está diciendo que nos vayamos. La Muerte está ahora absorta en el juego, tenemos una oportunidad para huir —dijo Mathias tomando al niño en brazos.

Con el menor ruido posible, entraron de nuevo en el carromato. Gilbert vio como el comediante se hacía con las riendas de los caballos que tiraban de la caravana y esbozó un intento de sonrisa.

—Juega ya —dijo la Muerte impaciente al ver que el caballero no ponía atención a la jugada que acababa de hacer—. No atiendes al juego. ¿Ya nada te interesa?

—¿Que nada me interesa? Al contrario. —El odio de Gilbert creció en su corazón.

—Pareces inquieto —murmuró la Muerte suspicaz—. Algo me ocultas.

—¿Crees que no se te escapa nadie? —Se aventuró a preguntar el caballero.

—No, nadie se me escapa. —La sonrisa del fantasma se volvió seriedad—. ¿Por qué? ¿Por qué me lo preguntas?

—Ya no temo nada —dijo Gilbert.

—Estás cambiado —dijo la Muerte entornando sus ojos violetas.

Gilbert hizo un movimiento brusco agarrándose su capa de viaje y con el codo tiró las piezas más próximas a él del tablero. Chasqueó la lengua fingiendo contrariedad y nerviosismo y la Muerte, divertido, le sonrió.

—No recuerdo cómo estaban las piezas —suspiró con fastidio.

—Yo sí lo recuerdo —rió la Muerte con desdén—. No te podrás escapar.

Gilbert observó por encima del hombro de la sombra que colocaba las piezas cómo el carromato se deslizaba en silencio por el bosque y se internaba entre la espesura de la maleza. Lejos de los crueles ojos del espectro y a salvo de su maldición.

—Y puedo decirte una cosa muy interesante —dijo la Muerte ajeno a todo cuanto ocurría a sus espaldas.

—Dímela —pidió Gilbert con impaciencia.

—Jaque mate en la próxima jugada —dijo el espíritu con gesto triunfal colocando su negro alfil en la casilla diagonal al rey blanco.

—Ya lo sé —murmuró Gilbert.

—¿Has hecho ya tu buena acción? —dijo la Muerte curioso.

—Sí, ahora por fin —asintió Gilbert.

Y la Muerte le sonrió, no con desdén o con burla, sino con sinceridad.

—Bien, me alegro. Te dejo un momento. La próxima vez que te encuentre, te llevaré a ti y a los que estén contigo. A todos —anunció.

—¿Y me revelarás el paradero de Ivan? —dijo Gilbert.

—Yo no tengo nada que revelar —contestó la Muerte tajante.

—¿No sabes nada? —dijo el caballero de nuevo con ira y desesperación—. Dónde está él. ¡Dímelo!

—Yo no sé nada. —Y desapareció.

Por la tarde se levantó un fuerte viento que azotó las copas de los árboles con violencia. La lluvia comenzó a arreciar contra la lona de la caravana, los rayos brillaron y los truenos rugieron en el cielo. Los caballos relincharon aterrorizados y se encabritaron impidiendo que los comediantes pudieran continuar viaje. Emma había relevado a Mathias y era ella la que llevaba las riendas.

—¿No ves esa luz tan extraña? —dijo el juglar.

—Es una tormenta de verano —dijo Emma.

—No, es otra cosa ¡Es algo horrible! —dijo el comediante besando la cabeza del pequeño—. ¿No oyes lo que suena en el bosque?

—Es solo la lluvia, Mathias —dijo Emma intentando tranquilizar a su marido.

—No, no es la lluvia. Es que la Muerte nos ha visto huir —dijo Mathias comprendiendo al fin el origen de aquella tormenta terrible—. ¡Nos persigue! ¡Nos va a alcanzar muy pronto!

(*)

Gilbert salió en silencio con sus botas de cuero y atravesó el claustro del Temple como un fantasma. Nadie escuchó su respiración entrecortada por la emoción ni su corazón latiendo incontrolado en su pecho. El caballero llegó a la orilla jadeando pues no había descansado ni un solo instante desde que salió de la sede a toda velocidad, amparado por la noche. La Luna llena le iluminó el camino hasta la orilla y allí, entre los juncos, vislumbró la titilante luz de unas velas que salían de una cavidad en la roca. Esa debía de ser. Avanzó con cautela y llegó a la entrada de la gruta con el corazón en un puño. Allí estaba Ivan esperándolo sentado con las piernas cruzadas encendiendo una pequeña lámpara de aceite. Parecía la misteriosa princesa de un cuento turco pues su velo rosa de traslúcida seda le daba una apariencia de fantasía prohibida. El ruso levantó la vista y le sonrió emocionado. Al fin, su caballero y él se encontraban a solas.

—He tomado unas cuantas velas para darle a la cueva un toque más acogedor. Nadie vendrá aquí. Es una mina de oro abandonada y hundida —explicó el joven eslavo incorporándose y contoneándose con suavidad—. Antes, cuando Sadiq me estaba follando, no he podido evitar pensar en que eras tú el que me poseías con tanta rabia. Aunque no estuvo mal que me mirases mientras lo hacía. Dime, ¿sentiste celos?

Gilbert se ruborizó al recordar aquel episodio de impotencia. Y al ver que Ivan había obtenido una reacción diferente a la que deseaba ver en el teutón, se mordió el labio alarmado.

—Lo único que deseaba era tenerte a ti entre mis brazos. ¿Es que disfrutaste viéndome sufrir? —preguntó Gilbert cruzándose de brazos contrariado.

—¡Por supuesto que no! —dijo Ivan abriendo los ojos ofendido por la suposición del caballero—. ¡Solo tenía ojos para ti! ¡Mi corazón pertenece! Es lo que intentaba decirte.

—¿Entonces por qué juegas conmigo? —dijo Gil tomando a Ivan de su muñeca con rudeza—. No te comportes como una puta delante de mí. No necesitas todas esas artimañas para seducirme porque ya tienes mi corazón desde la primera vez que te vi.

Atrajo a Ivan hasta él tomándolo de la cintura y ya con amabilidad, liberó su muñeca. Ivan vio como lo abrazaba y suspiraba y él también se fundió en aquel desesperado abrazo.

—Perdóname, Gilbert... —dijo Ivan cerrando los ojos y aspirando el aroma del cuello del caballero.

—No, no importa. Tengo las emociones a flor de piel y no sé cómo lidiar con ellas. Jamás había sentido algo tan fuerte por alguien y solo de imaginar que te tengo que compartir con ese sarraceno, yo...

Ivan se apartó lentamente de él y se quitó el velo de los hombros. Se reveló ante Gilbert desnudo y, para sorpresa del caballero, pudoroso y ruborizado. Gilbert se quedó mudo de asombro.

—Es la primera vez en mi vida que un hombre me ve desnudo en la intimidad y yo me entrego a él por voluntad propia —dijo Ivan bajando la cabeza avergonzado.

Gilbert, en un impulso, se acercó a él y volvió a tomarlo por la cintura pero enseguida se serenó y comenzó a besar su cuello poblado de pequeños lunares debido al sol de Tierra Santa. Deslizó con suavidad las manos hasta las pequeñas nalgas del esclavo y las apretó al tiempo que le dedicaba al ruso un pequeño mordisco en la piel de la clavícula. Ivan cerró los ojos y profirió un leve jadeo. Así debía de ser el paraíso.

—Eres hermoso, Ivan —susurró Gilbert mientras se acariciaba la entrepierna y alternaba con el miembro del joven. Para su sorpresa, era bastante grueso. Le recordaba al miembro de su tío pero acorde con su juventud y sintió la urgente necesidad de tenerla en la boca para disfrutar sintiendo cómo crecía a medida que él la chupaba. Se arrodilló sin apartar su pícara mirada del eslavo y se acercó el miembro a la cara para restregárselo en la mejilla. Observó el cambio en Ivan que había entrecerrado sus ojos completamente ruborizado y se introdujo su miembro en la boca. Era tal y como lo había imaginado y a medida que aumentaba de tamaño en su boca, Gilbert no pudo evitar proferir un gemido de satisfacción y darse placer acariciando la punta de su miembro como si estuviera enroscándola. Ivan llevó las manos a la cabeza de Gilbert y guió sus movimientos con delicadeza mientras acariciaba su cabello que era como hebras de plata. Gilbert succionó con fuerza su punta, arrancó a Ivan un gemido más fuerte que los anteriores y el presemen surgió abundante de su polla.

—Espera, Gilbert —dijo Ivan apartándose de pronto azorado y agarrando un pequeño jarrón que contenía aceite perfumado—. Túmbate...

Gilbert se relamió el líquido preseminal de la boca y asintió obedeciendo la repentina orden de su rusito. Se tumbó bocabajo sobre el suelo de arena y cruzó los brazos para poder apoyar la barbilla. Ivan derramò el líquido dorado sobre la espalda y las nalgas del caballero y con sus delgadas manos lo extendió con cariño y suavidad. Gil sintió como todo el vello del cuerpo se le erizaba de placer por el efecto de aquellas manos sobre su piel brillante. Ivan observó como el aceite reflejaba las llamas de las velas y le dotaba al cuerpo de Gilbert de una belleza casi divina, como las bellas criaturas que habitaban los bosques y los cuentos de su infancia. Llevó una mano a sus nalgas y acarició entre ellas con devoción. Su culo era suave y turgente y sintió que podía pasarse horas acariciándolo. Gilbert arqueó la espalda estremeciéndose y alzó su culo, solícito. Ivan se arrodilló frente a él y comenzó a lamer, al principio con timidez. Pero a medida que los gemidos de Gil se hicieron más fuertes enardeciéndolo, Ivan lamió la zona con fuerza y se entretuvo rodeando la abertura con su lengua juguetona.

—Oh, Dios —exclamó Gilbert acaso implorando a su señor en el cielo que aquel placer no se detuviera jamás.

Ivan mordió las nalgas hasta dejarle marcas por toda su piel, la más sensible de su cuerpo, y volvió a verter más aceite para acto seguido introducir un dedo y masajear el interior de su caballero. Gilbert gimió extasiado e Ivan introdujo un segundo dedo al ver que habia espacio suficiente. Sabía que Gilbert estaba acostumbrado a esto pero Ivan quería sentir todos los rincones de su cuerpo aunque eso significara ir más lento y detenerse en lugares que normalmente daba por sentados. Y al ver la expresión entre llorosa de excitación y entregada de Gilbert, supo que había hecho lo correcto. Un tercer dedo se unió a la incursión y ensancharon con suavidad el interior de Gilbert. Sintió la prostata y su interior reclamando la polla del ruso.

—Ivan, si sigues tocando ahí... —gimió el teutón a punto de desfallecer de placer.

Ivan se puso a horcajadas sobre sus piernas incapaz de contenerse y lo penetró procurando ser lo más suave posible. Gilbert se sintió conmovido por la actitud de la Joya del norte y se volvió para acariciar su rostro sudoroso. Ivan empezó a embestirlo y los dedos de Gilbert acariciaron sus labios y jugaron con su lengua mientras lo observaba sonriente y jadeando. Su polla estaba penetrándolo, abriéndose paso y haciéndole sentir muy bien. Era dulce y no buscaba su propio placer, sino que intentaba que Gilbert sintiera algo más que el violento deseo de ser forzado. Ahora Ivan era suyo y él de Ivan, y la conexión estaba siendo tan placentera que sentía su esperma a punto de derramarse. Ivan tomó a Gilbert de los brazos y le obligó a arquear la espalda. El príncipe ruso estaba mostrándole a Gil toda la fuerza de sus caderas y las embestidas se estaban volviendo mas salvajes.

Ivan dio la vuelta a Gil con brusquedad debido a su incontenible fuerza y lo penetró mirándole directamente a los ojos. Sus consciencias se perdieron en un sinfín de gemidos y el mundo pareció ir cada vez mas despacio hasta que el gemido final de ambos lo detuvo del todo. Sintieron la calidez de su semen impregnar ambos cuerpos. Y Gilbert acercó el rostro de su amante para besarle en los labios con un beso dulce y etéreo. Acto seguido, tomaron aire y el tiempo recobró su ritmo habitual. Fue en ese instante que Gilbert se quedó prendado de los ojos de su ruso y supo que jamás podría desprenderse de su recuerdo. Ivan llenó su cuello y su rostro de besos suaves y se tumbó junto a él acariciándole el pecho.

—Lo has sentido, ¿verdad? —dijo Ivan de pronto—. Yo jamás lo había sentido de esta manera.

—¿A qué te refieres?

—Al amor.

Aquello pilló por sorpresa a Gilbert y se ruborizó por la confesión del ruso. La situación le arrancó una sonrisa de felicidad a Ivan y se abrazó al caballero.

—Quiero contarte algo. Algo que podrá servirnos si se descubre... —empezó Ivan.

—No, joder. No enturbies este momento con una historia de personas ajenas —dijo Gilbert sin poder disimular su molestia. Pero Ivan lo miró muy serio.

—Escúchame, Gil. Puede que no tenga otro momento para contártelo. Y es importante.

—De acuerdo —suspiró Gil resignado y abrazó a Ivan al tiempo que acariciaba su espalda, distraído.