Día 15. Nieve
Número de palabras: 1069
Sinopsis: Crowley odiaba la nieve. Hasta que un buen día ya no lo hizo.
Crowley odiaba la nieve.
La la razón obvia, por supuesto; su naturaleza reptil prefería la cálida luz del sol a la nieve helada y los copos de nieve irritantemente bonitos. Aunque, en realidad, existía otra razón que no se atrevía a decir en altavoz, sólo pensarlo ya era bastante doloroso.
La nieve también le recordaba al cielo, un lugar donde siempre estaba fresco, soplaba una brisa refrescante y todo estaba iluminado por una luz plateada. Recordó que, incluso en algún punto ayudó a crear la nieve (sin embargo no fue enteramente su culpa que unos minutos más tarde, las peleas de nieve también fueran inventadas). No estaba seguro de querer que recordar todo eso.
Así pues, el demonio había desarrollado una repulsión hacia la nieve, y cada vez que llegaba esa época donde las calles enteras se cubrían de blanco y los copos de nieves caían sosegadamente, el demonio se llenaba de un sentimiento de tal desagrado que lo hacía sentirse enfermo.
Pero, como siempre le pasaba, las cosas no podían salirle completamente bien, después de todo, ¡¿Quién lo obligó a enamorarse de un ángel que adoraba la nieve?!
Oh sí, Aziraphale amaba la nieve. Le encantaba dar caminatas en las aceras cubiertas de nieve, con las manos extendidas, reír mientras los copos de nieve se asentaban en su ropa y cabello. El ángel se deleitaba con la parsimonia que ofrecía el escenario natural que se creaba ante ellos cada principio de diciembre.
Y como Crowley lo amaba demasiado, se veía obligado a ceder ante la fascinación y amor que su ángel sentía por algo que consideraba tan ínfimo como la nieve.
Una tarde cualquiera de invierno, Aziraphale lo convenció (¡Bah! ¿A quién engañaba? Ni siquiera pudo negarse) de dar un pequeño paseo bajo el clima decembrino. Y ahora ahí estaba él, apoyado sobre su Bentley, viendo a Aziraphale disfrutando de la nieve como de costumbre. La luz del sol invernal se reflejaba en los copos de nieve de su cabello rubio, creando lo que parecía casi un halo. Los ojos azul cielo de Aziraphale brillaron, mientras una brisa fría agitaba sus rizos, intensificando el efecto de halo.
El estómago de Crowley pareció contraerse levemente. Por un momento, Crowley estaba de regreso en el cielo, viendo a los demás ángeles y arcángeles maravillarse con esta nueva creación. Y así como el arcángel Raphael le había arrojado nieve una vez a un principado de ojos azules, ahora Crowley recogió un puñado de nieve y se la aventó a Aziraphale.
Así, ambos se vieron envueltos en una pequeña escaramuza de bolas de nieve que terminó cuando los dos terminaron en el suelo, con la nieve siendo el amortiguador de su caída. — ¡Oh, la ironía! — pensó Crowley.
Ninguno de los dos tenía idea de cómo habían llegado hasta este punto. Era un borrón, pero ninguno se molestó en recordar, ambos simplemente aceptaron el espacio vacío en sus recuerdos. — ¿Y para qué? —pensó Crowley mientras acariciaba la mejilla de Aziraphale con el pulgar. — ¿Para qué debería molestarme en recordar?
El demonio comenzó a sentirse como si se estuviera derritiendo. Todo en Aziraphale era suave. Su mejilla había lo era y ahora su cabello, oh, su cabello era mejor que cualquier otra cosa. Los rizos rubios, eran suaves como una nube. Inclinándose, enterró su rostro en el cabello de Aziraphale. Mientras se maravillaba, se preguntó cómo algo podía ser tan perfecto.
Aziraphale, vio cómo sus sentidos fueron abrumados por el demonio. Olía a canela y llamas. Aziraphale podía oír los latidos del corazón del demonio. Cuando abrió la boca para respirar mejor, también pudo saborear a Crowley. El aire más cercano a él sabía de la misma forma que olía. Aziraphale estaba a punto de estallar cuando sintió que se llenaba de amor por Crowley. Había mucho de eso. Se enterró más en el pecho del demonio mientras Crowley se envolvía alrededor del ángel, como si tratara de absorberlo.
Se quedaron eso fue por mucho tiempo. Uno de ellos dijo "te amo", aunque ninguno estaba seguro de quién fue.
Crowley, se quedó mirando fijamente a los ojos de ángel. Oh, los ojos de su ángel eran tan azules. Brillaban tanto que eran capaces de hacer sentir envidia a cualquier otra joya preciosa existente.
Aziraphale, por otro lado, estaba luchando por mantener la respiración. Crowley hacía tiempo que se había quitado las gafas de sol y el ángel estaba mirando sus ojos de serpiente, tan dorados que avergonzaban a todas las riquezas de los reyes.
Ambas partes ahora inclinaron la cabeza para que sus labios casi se tocaran, pero aún no. Su aliento caliente se mezcló por un momento antes de que la franja entre ellos se cerrara.
Blanco. Una explosión de blanco, cuando sus labios finalmente se tocaron. Era como un sueño, mejor de lo que ninguno de los dos había imaginado, y con ese beso, tanto el ángel como el demonio se sintieron como si estuvieran en su verdadero hogar.
El beso, el beso perfecto y hermoso, parecía que duró horas antes de que finalmente se separaran, sonriéndose con locura el uno al otro.
— ¡Oh, pero que demonios! —pensó Crowley antes de tomar una decisión de forma precipitada. Apartándose de Aziraphale, se puso rápidamente de rodillas antes de volver a hablar. —Ángel, —comenzó él. — ¿Te casarías conmigo?
Aziraphale, aunque un poco atónito, logró amilanar su perplejidad para sonreírle dulcemente a Crowley. —Crowley, ya estamos casados. —le recordó divertido.
El pelirrojo dejó que un escalofrió, producto de su naturaleza friolenta, recorriera su cuerpo antes de continuar. —Ángel, después de 6000 años de espera, creo que me debes una boda por cada año. —le rebatió mientras titiritaba.
Aziraphale exhaló teatralmente un suspiro y levantó del suelo para ayudar a Crowley a hacer lo mismo, sacudiendo la nieve de sus hombros y su largo cabello. —Muy bien, demonio terco, me casare contigo, sólo sí volvemos a casa ahora mismo porque creo que en cualquier momento tendrás una neumonía.
Aunque para ese entonces ya sentía como el intenso frio invernal le calaba hasta los huesos y que cualquier momento entraría en estado de brumación, Crowley sonrió astutamente. —Como desees, mi ángel.
Aziraphale murmuró algo muy grosero sobre serpientes en voz baja, lo que solamente hizo que la sonrisa de Crowley se acrecentara mientras se permitía disfrutar de esta pequeña parte del Cielo, aquí mismo en la Tierra. Quizás la nieve no fuera tan mala después de todo.
