Capítulo 15
Es mía.
—Hey, contigo quería yo hablar.
María entraba en el Brooklyn sonriente, portando un pequeño libro entre sus manos al tiempo que se dirigía hacia Rachel, que completamente ausente, disfrutaba de su segundo café del día, esperando la llegada del Sr. Robinson en una de las mesas del local.
—¿Conmigo? —cuestionaba curiosa— ¿Qué deseas hablar conmigo?
—¿Puedo sentarme?
—Claro, estás en tu café.
—Sí, pero si estás ahí sentada y no en la barra es porque supongo que no quieres que te molesten.
—No, en realidad estoy esperando al Sr. Robinson. Tengo una reunión con él a las 5, así que puedes sentarte sin problemas.
—Ok, aún faltan 10 minutos para las 5, así que seré breve y no te molestaré mucho, Rebecca.
—Veo que por fin has averiguado mi nombre —masculló fingiendo algo de orgullo.
—Si dudabas eso, es porque no me conoces. Aunque he de reconocer que todo ha sido por pura casualidad. A Michael se le escapó hace un par de días, y también a Quinn el día del concierto.
—Cierto, ha sido un desastre. Tendría que habértelo puesto mas difícil —se excusó sin poder evitar la sonrisa.
—A menos que me digas que no es tu nombre real, dudo que puedas hacerlo tan difícil —respondió, y Rachel tuvo que camuflar el pequeño gesto de tensión que apunto estuvo de dejar escapar tras escucharla—. Hay algo que deberías saber de mí, tengo influencias. Muchas. —añadió divertida.
—Ok. Lo, lo tendré en cuenta —balbuceó—. ¿Y qué es lo que querías hablar conmigo? —dijo tratando de cambiar el tema de conversación.
—Pues en realidad lo que quería era mostrarte esto —le respondió ofreciéndole pequeño libreto. Rachel lo tomó entre las manos extrañada—. Ábrelo y dime si has probado algunos.
—¿Pasteles?
—Te dije que iba a pedirte opinión para los pasteles vegetarianos que quería servir aquí. He hablado con una chica que es repostera y los hace artesanalmente. Esa es su carta, y me la ha dejado para que elija.
—¿Y quieres que yo te diga si he probado algunos?
—Sí, y si no lo has hecho, pues no sé, me dices cuales te gustaría probar.
—Ok…Déjame que le eche un vistazo a esto —comenzó a ojear con detalle las hojas que se abrían ante ellas, repletas de pequeñas imágenes de los postres especiales—. Eso sí, tengo que pedirte un favor.
—¿Un favor? —sonreía traviesa.
—Sí, me gustaría conservar mi vegetarianismo en secreto. ¿Lo harías?
—¿No quieres que nadie sepa que eres vegetariana?
—No es eso, lo que no quiero es tener que ir dando explicaciones de por qué lo soy. Es algo que ya cansa, y por lo que veo y me has dejado entrever con eso de que tienes influencias, conoces muy bien a Michael, Dana y… Quinn.
—Eh, sí. Los conozco demasiado bien. ¿No quieres que ellos lo sepan? ¿De qué los conoces tú?
—Soy vecina de ellos. Me han acogido muy bien y no quiero que esto se fastidie.
—¿Crees que Dana, Michael y Quinn no van a entender que seas vegetariana? —preguntó confusa—. Es absurdo.
—No, no. Ese no es el problema. El problema es que yo ya no asimilo bien que me cuestionen continuamente por eso, porque mucha gente lo toma a broma. Y yo últimamente pierdo muchísimo la paciencia. No, no me gustaría responderles de alguna manera que pueda ofenderles. Me caen bien… Así, que prefiero que no sepan ese detalle de mi vida —sentenció, y lo hizo sin ser capaz de asimilar que había armado toda aquella excusa en apenas unos segundos, solo por evitar que Quinn tuviera una nueva razón para seguir asociándola a Rachel.
Era su voz, era su físico, aunque no pudiera verlo. Era su pelo, y su personalidad, por mucho que intensase camuflarla. Que Rebecca fuera también vegetariana, sería una carta más delatadora aún para Quinn.
—Ok, ok. Si tanto te preocupa, tranquila, no diré nada. Haré lo posible para que no pases ese mal trago.
—Perfecto, gracias por guardar mi secreto.
—De nada.
—Ok, esto tiene una pinta exquisita —musitó Rachel tras centrarse de nuevo en el libreto.
—¿Has probado algunos?
—Eh…Ésto, las tortitas veganas son bastante típicas en Nuev…en Chicago, y la tarta de frutas, supongo que sabrán distintas, no lo sé, pero te aseguro que dónde yo las solía tomar, eran un auténtico furor. Y los bizcochos de avena, de manzana, los muffins de chocolate de soja. Uff…Dios, esto tiene que estar delicioso.
—Ok. Te dije que eligieras, no que te quedaras con toda la carta. ¿Eres golosa?
—No se dice golosa, se dice dulce…Soy dulce. Y me temo que no voy a poder elegir solo uno.
—Ok, señorita dulce. Entonces, de lo que ves ahí, te gusta prácticamente todo, ¿no?
—Es más que probable —sonreía sin apartar la mirada del catálogo.
—Va a estar complicado elegir los que quiero.
—No te compliques. Elige al azar cuantos quieras servir, y luego, depende de la demanda, renuevas la carta. Al final, tendrás una clientela fija que quiera probar cosas nuevas, y otros que se aficionen a uno en exclusiva. Como esa tarta de queso que tienes, y que, por lo visto, es top.
—Tienes razón… Oye, intuyo que entiendes de marketing. ¿A qué te dedicas?
—¿Ah? ¿No sabes a qué me dedico? —cuestionó recuperando el habitual tono divertido que mantenía con la camarera, tras devolverle el pequeño catálogo.
—Pues no, no tengo ni idea. Quiero creer que todo eso que me has dicho, te delata.
—Pues no, me temo que no.
—¿Entonces? ¿A qué te dedicas? —insistió, y Rachel amplió la sonrisa traviesa a modo de respuesta— Ok. No me lo vas a decir. ¿Me tienes manía?
—En absoluto, pero ya que me has dicho que tienes influencias, y que no se te escapa nada... Quiero comprobar si en eso también te funciona.
—Ok. Llevas menos de una semana entrando aquí, y ya he tenido que averiguar tu nombre, de donde vienes, y donde vives. ¿Eres así de intrigante para todo?
—Quizás…
—Bueno, también tienes que saber que no todo en esta vida se puede camuflar. Hay cosas que son inevitables —soltó provocando la curiosidad en Rachel.
—¿Cómo? ¿A qué te refieres?
—Bueno, que por suerte hay cosas que saltan a la vista y por mucho que lo disimules o al menos, no lo digas, se sabe.
—No…no sé de qué me hablas.
—No tienes que disimular conmigo. Una chica que viene a San Francisco, rechaza salir de copas con Michael y se fascina por los pasteles vegetarianos, es totalmente predecible. Solo te falta tener una gatita.
—¿Qué hay de malo en eso?
—Nada, en absoluto —susurró divertida.
—Pues no entiendo por qué lo remarcas. ¿De que se supone que soy predecible? Tengo razones lógicas para hacerlo.
—¿Qué razones lógicas tienes?
—Pues, vine a San Francisco por un trabajo. Rechacé salir de copas con Michael porque apenas le conozco, y por lo que veo, no debería fiarme. No eres la primera a la que le ha dicho que lo he rechazado. Me fascinan los pasteles vegetarianos porque, lógicamente soy vegetariana, a todo el mundo le gustan los pasteles —sonreía—. Y lo de la gatita, pues ahí has fallado en tus predicciones, porque me llevo fatal con los felinos. La última vez que tomé uno entre mis brazos, terminó provocándome una preciosa cicatriz en la espalda.
—Vaya, tienes respuesta para todo, menos para algo muy importante y difícil de replicar, y que yo, evidentemente, no te he dicho.
—¿El qué? —cuestionaba curiosa.
—Mi Gaydar —sonrió—. Lo siento mucho, pero haces saltar todas mis alarmas.
—¿Tu Gaydar? —se hizo la sorprendida. Lógicamente, sabía hacia donde iban sus intenciones al hablarle de predicciones— Vaya…Y, ¿crees que está bien afinado?
—Dímelo tú.
—¿Yo? Es a ti a quien le saltan todas las alarmas
—Yo eso lo averiguo con facilidad.
—¿Ah sí? ¿Cómo?
—Me basta una cena, como, por ejemplo, la que he ganado después de averiguar tu nombre.
—Cierto, te debo una cena, pero me temo que no sé si va a poder ser en mi casa.
—¿Por?
—Porque me voy a mudar de nuevo, y no sé si en la nueva casa, sería conveniente llevar tan pronto una invitada.
—¿Te mudas? Ok, esto si que no lo esperaba. No solo eres intrigante, sino que además una caja de sorpresas. ¿Por qué te mudas? ¿Te marchas muy lejos?
—No, solo me moveré un par de metros.
—¿Un par de metros? ¿Dónde?
—Si todo sale bien, seré compañera de Dana, Michael y…Quinn —respondía mordiéndose los labios. Gesto que llamó la atención de la camarera. Es, es por eso por lo que te he pedido que me guardes el secreto de mi condición de vegetariana, y es por eso que estoy esperando al Sr. Robinson.
—Ok. Ahora lo entiendo todo.
—¿Lo entiendes?
—Claro —respondió imitando su gesto. Algo que provocó una leve confusión en Rachel, que veía como María parecía hablar con segundas intenciones—. Lo que sí te voy a decir es que a mí no me hace falta averiguar más sobre ti, tu juegas en mi equipo sin duda. Sin cenas ni nada que me lo confirmen.
Rachel volvía a sonreír completamente sorprendida por la rotundidad de las palabras de la chica, que ya se levantaba de la mesa, sin apartar la mirada de ella.
—Espero que tengas la misma capacidad para elegir los mejores pasteles.
—Siempre puedo recurrir a una experta como tú —respondía sonriente—. Será mejor que vuelva a la barra, no quiero ocupar todo tu tiempo.
—Mmm, no hay problema por mi parte. Pero me temo que no ibas a tener más remedio, estoy viendo al Sr. Robinson caminar hacia aquí — le dijo Rachel señalando hacia uno de los ventanales.
—Lo sé. También lo he visto. Mucha suerte. Espero que la jugada te salga perfecta —respondió regalándole un guiño de ojos—. Oye, por cierto, tengo una duda que siempre ha surgido respecto a los vegetarianos.
—¿Qué duda?
—Si estás comiéndote una ensalada, y se te cuela sin querer un pequeño insecto, ¿dejas de ser vegetariana? —cuestionó procurando mantenerse seria, aunque le iba a costar un mundo contener la sonrisa. Y Rachel lo supo. Supo que estaba bromeando, probablemente por su propia excusa tras dejarle claro que detestaba que la cuestionasen por ese tema.
—Si me como un insecto, aparte de dejar de ser vegetariana, es probable que muera por entomofobia —respondió de buena manera.
—¿Qué es entomofobia?
—¿Ah? ¿Qué no sabes lo que es entomofobia? Bien, ya tienes otra cosa más que averiguar… —espetó divertida justo cuando María ya decidía alejarse de ella y le regalaba una última sonrisa. Una sonrisa que Rachel aceptó, aunque en su interior estuviese forzándose a mostrarse tranquila. No lo estaba. María, lejos de jugar a aquel juego con ella, le había dejado caer varias cosas que debía tener en cuenta, y la última de ellas era esa frase que aún seguía merodeando en su mente. "Espero que la jugada te salga perfecta"
Evidentemente, aquello que Rachel se disponía a hablar con el propietario de su apartamento, era sin duda una jugada maestra, algo que había planeado desde un principio. Pero que aquella chica se lo dejase caer de esa forma, le hizo dudar de si estaba consiguiendo ser lo suficientemente distinta a como era, o, por el contrario, sus objetivos comenzaban a ser demasiado evidentes.
Tendría tiempo de averiguarlo, ahora su objetivo principal se fijaba sobre aquel hombre que ya le sonreía al entrar en la cafetería y se dirigía hacia ella.
Unos metros más allá de aquella escena, Quinn jugaba su papel con el teléfono entre sus manos, mientras devoraba una deliciosa galleta, y se acomodaba en uno de los sofás.
Santana.
Quizás, aquella acción de mencionar el nombre cerca del teléfono y que automáticamente la llamada se iniciase, era una de las cosas que no le terminaban de deprimir por culpa de su ceguera. Era divertido. Tres tonos mas tarde, era su voz la que respondía.
—Mmm… ¿Ya me echas de menos? —la voz de la latina a través del auricular, con su irreverente sentido del humor, la hizo sonreír.
—Por supuesto. ¿Lo dudabas?
—Para nada, pero esperaba que al menos pasasen un par de días más. No sabía que fuese tan esencial.
—No puedo sacar de quicio tan fácilmente a Dana, y Michael tiene licencia para detenerme si le molesto demasiado. No es divertido sin ti.
—Ok. Eso es toda una declaración. Me gusta ser tan importante, me gusta que me llames para eso.
—No sé si cuando oigas lo que te voy a decir, vas a seguir pensando lo mismo.
—Mmm. ¿Qué has hecho?
—¿Yo? Nada —sonreía—. Yo no he hecho nada.
—¿Entonces? ¿Qué pasa? ¿Qué me tienes que decir?
—Tenemos una candidata para ocupar tu habitación, y Dana y Michael ya han dado el sí.
—¿Ya? Ok, esto sí que no me lo esperaba. Espero que no os equivoquéis, no me gustaría que aceptaseis a cualquiera por las prisas.
—No, la verdad es que de todas las que han llamado, ésta es la mejor. O al menos, eso creo yo.
—¿Tú también estás de acuerdo?
—Sí. De hecho, yo le ofrecí la habitación.
—¿Cómo? ¿La conoces?
—Sí, es Rebecca… La vecina. —Silencio. Un silencio atronador que puso en alerta a Quinn, quien intuyó que su intento por no darle importancia al hecho de que fuera Rebecca, quedase evidente— ¿No me dices nada?
—No puedo decirte nada de esa chica, no la conozco. Así que todo queda en vuestras manos.
—¿Ya está?
—¿Qué quieres que te diga?
—No sé, pensé que te ibas a poner histérica. De hecho, pensaba que lo harias fuera quien fuese. Es tu habitación.
—Pues no. Estás equivocada. No me importa que esa chica sea quien la ocupe. De hecho, estoy sorprendida. Creo que has jugado muy bien tus cartas.
—¿Cómo?
—Vamos Quinn, es evidente. Te interesa esa chica, y has conseguido que se mude a casa. Es una jugada maestra.
—¿Qué? No, no…no es eso, te lo prometo.
—Tú misma me lo dijiste. Te gustaba, querías conocerla mejor y…
—Pero no ha sido por eso —interrumpía—. Es cierto que me cae bien y quiero conocerla, pero todo surgió improvisado.
—¿Improvisado?
—Sí, al parecer se iba a marchar del 4B porque no puede seguir sosteniendo el alquiler, y necesitaba encontrar algo más económico.
—Ya…
—Yo se lo ofrecí porque realmente sentí que se quería quedar en esta zona, y a nosotros nos viene bien. No podemos permitirnos el lujo de tener tu habitación vacía, y bueno…si el Sr. Robinson le alquiló el piso, es porque es de fiar, ¿no crees?
—Claro…claro de fiar —repetía divertida.
—San, te lo digo completamente en serio. No lo he planeado, ha surgido así y ya está.
—Ok, te creo…Pero a quien no creo es a ella.
—¿Qué? ¿Por qué no le crees?
—Es demasiada casualidad que te diga que no puede hacer frente al alquiler de su piso, y que necesita algo más económico y en la misma zona justo cuando yo me marcho.
—¿Crees que lo ha hecho queriendo?
—¿No te resulta extraño?
—No sé, ¿por qué iba a hacer algo así? Ni siquiera sabía que pretendíamos alquilar tu habitación.
—Dana puso carteles hace un mes por toda la calle. Esa chica acaba de llegar, no me extraña nada que lo haya leído.
—Si lo hubiera sabido, probablemente nos habría llamado antes de alquilar el 4B, ¿no crees?
—Si tenia dinero para alquilar un departamento entero, no iba a interesarse por una habitación simple.
—Ok. No, no creo que lo sepa. Lo digo en serio. Me lo dijo sin… Quiero decir, ella simplemente me lo dijo porque salió en una conversación…
—Quinn, te dije que esa chica era lesbiana.
—¿Y? ¿Qué tiene que ver eso ahora?
—Pues que es evidente. Se ha enterado que hay una habitación libre y no ha dudado en lanzar el anzuelo, para que tú la invites a vivir contigo. No es lo mismo ser la vecina que ser la compañera de piso.
—¿Qué? Vamos San, ¿qué dices? ¿Crees que ha hecho eso solo para estar cerca…? —se detuvo.
—¿Qué pasa, Quinny? —sonreía— ¿Te acabas de dar cuenta que eres apetecible para cualquier chica que sepa apreciar lo bueno?
—Oh dios —se ruborizó—. No digas tonterías, ella no está interesada en mi —sonó poco convincente.
—¿Pero tú no querías conocerla bien?
—Pero eso no tiene nada que ver.
—No, pero no debes asustarte. De hecho, tenías que estar agradecida. Ahora lo tendrás más sencillo.
—No…no, no digas eso.
—¿Son nervios eso que noto en tu voz? —bromeaba— ¿No decías que había llegado la hora de lanzarte al mundo? ¿A dejarte llevar sin miedos?
—San, estás dando por hecho que ella está interesada.
—Lo está, igual no puedo asegurar si es por ti o por Dana, porque Michael ya sabemos que no le hizo mucha ilusión —volvía a sonreír—, así que la cosa entre tú y Dana. Pero por como me hablas de ella, y la confianza que se ha generado, pongo mi mano en el fuego de que es por ti.
—No…no lo creo San.
—¿Apostamos algo?
—No, no por favor, no quiero apuestas. Solo quiero que no salga mal y que podamos vivir tranquilas, sin conflictos ni…—la vibración del móvil detuvo la conversación y Quinn escuchó la alerta de voz de una llamada entrante de un número que llevaba tiempo esperando—. San, perdona, pero me está entrando una llamada importante y tengo que atender.
—Ok. Hablamos más tarde, ahora tengo que preparar algunas cosas para el concierto de esta noche.
—Ok, suerte… Te quiero.
—Ciao Quinn —se despedía al tiempo que terminaba la llamada, permitiendo que Quinn pudiese atender aquella llamada que ya sonaba en su móvil.
—Sí, dígame —respondía.
—Buenas tardes, con la señorita, Lucy Quinn Fabray, por favor.
—Sí, soy yo…
—Ah, es usted, perfecto…Le llamamos del Pacific Medical Center de California.
—Sí, dígame —respondía completamente nerviosa.
—Le llamamos para informarle de una citación con el doctor Dan Owen, del departamento de oftalmología.
Perfecto pensó Quinn. Sus nervios seguían inundándola al igual que lo hacían en Rachel mientras se enfrentaba a la confusa mirada del Sr. Robinson tras explicarle el motivo de su cita aquella tarde.
—Entonces, ¿me dices que te quieres mudar a la habitación que queda libre en el 4A?
—Sí. Verá, sé que va a resultar difícil de creer, pero —bajó el volumen de voz— en la productora me han comentado que me convendría no vivir aislada, que es más fácil dar conmigo si lo hago así, y al ver que quedaba libre la habitación de Santana López, pensé que quizás podría ser una buena idea la de compartir apartamento.
—Pero…
—Por el dinero no tiene que preocuparse —interrumpía—. Estoy dispuesta a seguir pagándole la misma cantidad del alquiler del departamento.
—¿Cómo? Pero si en el 4A vas a compartir gastos, no vas a pagar lo mismo.
—Lo sé, pero estoy dispuesta a darles la parte que me corresponde como compañera, y el resto a usted sin que ellas lo sepan —hizo una pausa—. No quiero que piense que me cambio por el dinero, tengo suficiente para pagar los tres meses que pienso quedarme. Pero realmente me viene bien estar acompañada y los chicos ya me han dicho que ellos estarían encantados de tenerme como compañera.
—Ok. Déjame que lo asimile. ¿Estás dispuesta a pagar el triple por una habitación?
—Si, si tengo que hacerlo lo hago, no quiero que usted pierda el dinero.
—Pero Rac…Rebecca —recapacitó—, para mí no es una pérdida de dinero, en todo caso dejaré de ganar un poco, pero tampoco supone mucho. Y si tú prefieres estar acompañada, es lógico que busques otro lugar, no voy a quejarme, ni siquiera vas a salir de la propiedad.
—¿Eso quiere decir que…?
—Eso quiere decir que no hay problema alguno, que podrás mudarte y pagar lo que pagan tus compañeros, ni más ni menos.
—¿De verdad? ¿No va a poner inconvenientes?
—Ya te dije que para mí lo más importante es que los inquilinos estén bien. Si se llevan bien y quieren que tú estés con ellos, mejor que mejor, yo vuelvo a poner el piso en alquiler y ya está. Sin problemas.
—Vaya, pues realmente me haces un gran favor. Vivir en una ciudad en la que no conoces a nadie y encontrarte con gente como Dana, Michael y Quinn, es complicado. Son personas bellísimas.
—Lo sé, por eso son mis inquilinos —sonrió.
—Dios, gracias. Gracias por ser tan comprensivo conmigo. Yo sé que mi historia es un tanto extraña, pero le juro que…
—Ya la conozco.
—¿Cómo?
—Bueno, tengo que confesarte que, aunque entendí tu situación, con eso del nombre falso y demás —añadió susurrando—, es cierto que no me quede del todo tranquilo. Y he hecho algunas investigaciones sobre ti.
—¿Cómo? —balbuceó descompuesta.
—Tienes un nombre muy llamativo, Rebecca —añadió regalándole un guiño de ojos que Rachel no logró asimilar—. E internet ofrece muchas herramientas.
—¿Me, me ha buscado en internet?
—Si, y lo siento. Pero me tenía que asegurar de veras. Y no sabe cuánto me alegro. Por cierto, tienes una voz maravillosa.
—Oh dios… ¿Qué, qué ha visto de mi?
—Pues que se graduó en una escuela famosísima de Nueva York. Que ha hecho varios cortometrajes y un par de obras de teatro. Ah, y que eres campeona del campeonato nacional de coros de 2012.
—Oh dios…
—¿Ocurre algo? No te preocupes, no he ido más allá. Solo quería ver algún trabajo suyo. Solo me interesa lo profesional.
—No, no ocurre nada. Es solo que, bueno, pretendía ser discreta, pero veo que no lo he sido del todo al dejar eso en internet.
—No te preocupes. Ya sabe que tiene mi absoluta confidencialidad. Tener a una futura estrella del cine en uno de mis apartamentos, ya es todo un premio para mí. Así que respecto a lo de compartir piso con los chicos, por mi no hay problema alguno. Haremos el cambio de contrato, y ya está.
—Oh… Ok. Muchas, muchas gracias —balbuceó de nuevo, sin poder evitar que la tensión que le había provocado escucharlo confesarle aquello, se adueñase de todo su cuerpo.
No tenia constancia de que hubiera mas datos de ella en internet. Se había encargado de privatizar todas sus redes sociales, de eliminar las fotos de sus perfiles solo para evitar que Quinn pudiera mostrárselo a Dana, Michael o alguno de sus amigos. Pero era evidente que algo se le había escapado, y eso podría ser un error fatal para su plan.
—¿Algo más, Rebecca?
—No, no, nada más. Eso es todo.
—Muy bien, pues entonces, te llamaré cuando tenga redactado el nuevo contrato y lo firmamos, ¿de acuerdo?
—Perfecto, disculpa por las molestias. De verdad.
—No te preocupes, y ahora, me voy a marchar, que llego tarde a otros asuntos.
—Ok. Eh… Sr. Robinson, me gustaría entregarle este número de teléfono nuevo —espetó al tiempo que sacaba un pequeño papel con el número anotado—. A partir de ahora, voy a utilizar éste.
—Ok, perfecto —respondía al tiempo que tomaba el pequeño papel—. Te llamo aquí entonces.
—Si, por favor.
—Bien, pues que tengas una buena tarde Rebecca —se despidió regalándole de nuevo un pequeño guiño, provocando la sonrisa cómplice en la morena al tiempo que se marchaba de la cafetería.
Rachel terminaba de dar el último sorbo a su taza de café, y se dispuso también a marcharse de lugar, no sin antes despedirse de María, que apenas pudo responderle por el ajetreo que mantenía tras la barra.
La morena regresaba a su casa con todo perfectamente atado. Había conseguido un nuevo número de teléfono que le evitaba cualquier tipo de complicación, y además, había conseguido solucionar el problema del cambio de vivienda y salir airosa de la operación. Su economía, a pesar de tenerla perfectamente planificada, se iba a ver beneficiada por aquel cambio.
Un dinero que conseguido reunir durante el último año en Nueva York. Siete meses estuvo trabajando cinco horas al día en una pequeña tienda de ropa, que terminó odiando por culpa de una desquiciante jefa, más lo que había conseguido ganar dando algunas clases de canto a pequeños.
Rachel no dejó de trabajar durante aquel último año, buscando conseguir aumentar su economía, más allá de lo que recibía de sus padres, para tratar de sobrevivir ella sola. sin tener que depender de nadie, y al fin, lograr vivir sola en algún apartamento de la gran manzana. Pero el accidente de Quinn acabó con todo lo que tenía planeado para su futuro a medio corto plazo. Todo lo que había conseguido ahorrar, terminó invertido en aquella locura en la que se veía envuelta. Y no le importó en absoluto.
Sonreía al cruzar aquella avenida y lanzar una mirada hacia el edificio, esta vez, con una sensación muy distinta a la del primer día. Ahora si sabía que, sin duda, Quinn la iba a esperar tras una puerta, y lo iba a hacer como tanto había deseado; sonriente.
Y eso es lo que hacía la rubia en aquel instante.
Sus nervios no habían cesado tras la llamada que recibió del hospital, y no pudo evitar salir a la terraza, aún con el teléfono en su mano derecha, y un cigarrillo en la izquierda.
Dave.
Uno, dos, tres tonos, y la voz del chico aparecía tras el auricular.
—Hola pequeña.
—Hola… Dime que puedes hablar ahora.
—Eh sí, bueno. Estoy un poco ocupado, pero puedo atenderte. ¿Cómo estás?
—Pues que acabo de sufrir un ataque de ansiedad. No sé ni como estoy aquí, de pie, llamándote.
—¿Qué? ¿Qué sucede, Quinn? ¿Te sientes mal?
—¿Cuándo vas a venir?
—Mmm, ya te lo dije, depende. Si puedo escaparme, intentaré ir en un mes más o menos, si no, tendré que esperar a que te llamen para la…
—Vendrás en un mes.
—¿Qué?
—Me acaban de llamar Dave, me han citado con el doctor para la semana que viene, y probablemente todo se prepare para dentro de 3 semanas.
—¿Hablas en serio?
—Y tan en serio. Me tiembla todo, Dave. Tienes que venir. Ya sabes que te necesito para esto, solo puedo ir contigo…
—Tranquila, tranquila, pequeña. Estaré ahí sin duda, tú no te preocupes. ¿Ok? Pero… ¿con quién vas a ir a la consulta?
—No lo sé, supongo que sola.
—¿Sola? No ni hablar, avisa a alguna de tus compañeras. ¿Dónde está Santana?
—Santana está de gira, además creo que la semana que viene estará en Florida, no puede venir.
—Pues a alguien más, esa chica, ¿cómo se llama?
—Dana. No sé.
—Quinn, tiene que ir alguien contigo.
—Pero es que no quiero que se entere mucha gente. Ya sabes que no quiero que todo el mundo se ilusione, nunca se sabe cómo va a resultar.
—Es una jodida operación, Quinn. Tus compañeros se van a enterar tarde o temprano, así que no puedes ocultárselo a ello. Al menos cuenta con esa chica, con Dana. Te prohíbo que vayas sola a la consulta, ¿me oyes?
—Pero es que…
—Pero es que nada —la interrumpió completamente serio—. Quinn, si no se lo dices, te juro que busco la forma de hablar con ellas.
—Ok…ok, se lo diré a ella. Supongo que si me podrá guardar el secreto.
—Pues claro que sí. Dios, Quinn… No sabes la alegría que me acabas de dar. Estoy, estoy temblando.
—Yo también. Pero no quiero lanzar las campanas al vuelo, Dave. Primero tenemos que ver que me dice el doctor. A lo mejor es algo malo, no sé. Tal vez no me puedan operar aún o…
—No seas pesimista. Ya verás cómo es lo que estamos esperando, sin duda.
—Ojalá Dave, ojalá sea así —masculló sin poder controlar el temblor en su voz, justo cuando Rachel se adentraba ya en su apartamento. Volvía a sentir aquel impulso por llamar a la puerta del 4ª, y confirmarle la buena noticia a Quinn, pero una incesante necesidad por acudir al baño, le hizo desistir en su intento, y entrar directamente en su casa.
Apenas tardó unos minutos en salir del baño, y la inercia la llevó hacia la terraza. La inercia, y el inconfundible olor del tabaco que se colaba por la ventana, y que indudablemente provenía de ella. De Quinn.
Lo hizo lentamente. Rachel no quería interrumpir lo que parecía una conversación telefónica de la rubia, y se mantuvo pegada a la puerta, sin salir al exterior, pero sin perder detalle de la charla.
—Bueno, la verdad es que se me hace complicado estar sin ella, no sé…Dana está siempre en la redacción y con Michael apenas coincido… Sí Dave, pero te recuerdo que sigue siendo mi amigo —le dijo, y Rachel se tensó al descubrir con quien mantenía la conversación—. No es necesario…Vamos a tener nueva compañera —espetaba ilusionada segundos antes de dar una calada al cigarrillo—. Pues muy simpática, no sé, ha sido vecina del piso contiguo, pero ahora se viene aquí. Bueno, aún no está confirmado, pero no creo que haya problemas. Así que voy a estar más acompañada —musitó, y Rachel sonrió satisfecha. Percibir la ilusión que parecía transmitir Quinn por su futura compañía, ya lograba que todo lo que estaba haciendo, mereciera la pena. Incluso las mentiras—Ni hablar… ¿Me oyes? A Rebecca ni no se acerca nadie…Dave, basta, no ni hablar. Te estoy hablando en serio… No, no tiene novio… Porque no quiero. Es buena chica y no quiero que se marche de aquí por culpa… Ok. Basta. Te lo advierto. Rebecca no se toca, ¿entendido, pequeñín?
—¡Quinn! —la voz de Michael interrumpia la conversación telefónica, y provocaba el pequeño susto en Rachel, que instintivamente retrocedió un par de pasos para evitar que el chico la pudiese descubrir.
—Ok. Mi guapísimo ex me está llamando, Dave —le dijo segundos antes de girarse por inercia hacia el interior—. Estoy en la terraza, Mike —respondía a la llamada del chico.
—Deja ese puto cigarro, y entra en casa. Nos vamos a cenar.
—Voy…Un segundo estoy al teléfono —le replicó regresando al teléfono—. Dave, te tengo que dejar…. Sí, él me invita a cenar, ¿ves? Es un gran chico… ¡Dave! —exclamó provocando la confusión en Rachel, que observaba como su gesto volvía a mostrarse serio—. Con Rebecca no, ¿De acuerdo? Ok, así me gusta. Cuídate pequeñín. Oh dios… Eres un idiota. Adiós…—balbuceó segundos antes de dar por finalizada la llamada, y llevarse el cigarrillo a los labios, para dar una última calada.
—Ni hablar Dave —susurró tras dejar escapar una bocanada de humo, y logrando llamar aún más la atención en Rachel, que curiosa no dejaba de observarla—. Esta vez pienso ganar yo. Rebecca es mía.
Sentenció al tiempo que abandonaba la terraza, y se adentraba en el interior, dispuesta a aceptar la invitación de Michael. Mientras Rachel, completamente paralizada, trataba de entender lo que acababa de suceder.
Trataba de asimilarlo. Trataba de comprender que aquella última sentencia de Quinn la involucraba a ella, y lo hacía de una forma que jamás pensó que pudiese llegar a suceder. Ni siquiera en sus más profundos sueños, cuando más lo deseaba.
—Rebecca es mía —susurró tratando de asimilarlo—. Es mía
