CAPITULO 14
.
¿Quién era ese amante?, preguntaron las hermanas, con las frentes arrugadas por la falsa preocupación. ¿Por qué nunca lo había visto a la luz del día? Y puesto que no lo había visto nunca, ¿cómo podía estar segura de que era un ser humano? Tal vez el que compartía su cama era un monstruo tan horrible que no podía dejarse ver a la luz del día. Tal vez ese monstruo la dejaría embarazada de un hijo suyo, y entonces daría a luz a un ser tan horrible que era imposible imaginárselo. Cuanto más escuchaba Aurea a sus hermanas, más se inquietaba, hasta que llegó el momento en que no supo qué pensar ni qué hacer.
Y entonces fue cuando las hermanas le sugirieron un plan.
DeEl príncipe Cuervo
.
.
El resto de ese día Bella simplemente aguantó. Se obligó a sentarse ante el escritorio de palisandro de la biblioteca de la mansión. Se obligó a meter la pluma en el tintero sin derramar ni una sola gota y se obligó a copiar una página del manuscrito de Edward. Cuando terminó esa página se obligó a comenzar otra. Y así continuó, una página tras otra y otra.
Ese era su trabajo como secretaria después de todo.
Años atrás, cuando Peter le propuso matrimonio, había pensado en los hijos; había pensado si sus hijos tendrían el pelo rojo como el de él o castaño como el suyo, y soñaba despierta pensando en los posibles nombres. Cuando se casaron y se mudaron a esa casa, le preocupó que fuera demasiado pequeña para albergar a una familia.
Jamás se había imaginado ni temido que no fuera a tener hijos.
El segundo año de matrimonio comenzó a poner atención a sus menstruaciones. El tercer año lloraba cada mes, cuando le venía la regla y veía la mancha. El cuarto año ya sabía que Peter tenía otra mujer en su vida. Si la causa de eso fue su poca destreza como amante o que fuera incapaz de concebir, nunca lo descubrió. Y cuando él murió…
Cuando Peter murió, envolvió sus esperanzas de tener un hijo, las puso con sumo cuidado en un ataúd y enterró ese ataúd muy, muy profundo, en el fondo de su corazón. Tan al fondo que pensó que nunca más iba a volver a enfrentarse a ese sueño. Y de pronto, con una sola frase, Edward había desenterrado y abierto ese ataúd. Y sus esperanzas, sus sueños, su «necesidad» de tener un hijo, se reavivaron tanto en esos momentos como cuando estuvo recién casada.
¡Ah, Dios amado, ser capaz de darle hijos a Edward! Qué no haría, a qué no renunciaría, por poder sostener un bebé en sus brazos; un bebé hecho de los cuerpos y almas de los dos. Sintió un dolor físico en el pecho, un dolor que se fue extendiendo hacia fuera hasta que apenas logró refrenarse para hacerse un ovillo y para contenerlo.
Pero debía mantener la serenidad. Estaba en la biblioteca de Edward, y él estaba sentado a menos de dos yardas de distancia, y no podía dejarle ver su dolor. Haciendo acopio de toda su energía, se concentró en mover la pluma sobre el papel. Qué más daba que los garabatos que hacía fueran ilegibles; qué más daba que después tuviera que repetir esa página. Conseguiría pasar por esa tarde.
Pasadas varias horrorosas horas, recogió lentamente sus cosas, moviéndose como una mujer muy vieja. En eso estaba cuando de su chal salió volando la invitación al baile de Lauren Mallory. Hacía toda una vida que se había propuesto recordarle esa fiesta a Edward.
Ya no tenía ninguna importancia. Pero Charlotte había dicho que era necesario que Edward participara en los eventos sociales del pueblo. Enderezó los hombros. Lo haría, sólo eso, y entonces podría marcharse a casa.
—La fiesta de la señora Mallory se celebra mañana por la noche —dijo, y notó que la voz le salió poco firme.
—No voy a aceptar la invitación de la señora Mallory.
Ella evitó mirarlo, pero notó que a él la voz no le salió mejor.
—Usted es el aristócrata más importante de esta región, milord. Sería un gesto amable asistir.
—Sin duda.
—Es la mejor manera de enterarse de los últimos cotilleos del pueblo.
Él gruñó.
—La señora Mallory siempre sirve su ponche especial. Todos están de acuerdo en que es el mejor del condado —mintió.
—No pienso…
—Vaya, por favor, se lo ruego.
Seguía sin mirarlo, pero sentía su mirada en la cara, tan palpable como una mano.
—Como quiera.
—Estupendo.
Se plantó el sombrero en la cabeza, y entonces se acordó de una cosa. Abrió el cajón del centro de su escritorio y sacó El príncipe Cuervo. Lo llevó hasta el escritorio de él y lo dejó suavemente encima.
—Esto es suyo.
Dicho eso se dio media vuelta y salió de la sala antes que él pudiera contestar.
.
.
En el salón hacia un calor sofocante, las decoraciones eran las mismas de hacía dos años y los músicos desafinaban. Era la fiesta anual de primavera de Lauren Mallory. Cada año, los ciudadanos de Little Battleford que tenían la suerte de recibir una invitación, se ponían sus mejores galas y bebían ponche aguado en la casa Mallory.
Lauren Mallory estaba junto a la puerta del salón recibiendo a los invitados. Llevaba un vestido nuevo; ese año era uno de muselina azul índigo con volantes en cascada en las mangas. La sobrefalda dejaba ver por delante un fondo azul celeste con pájaros carmesí volando, y en el corpiño, unos lazos carmesí remataban primorosamente el escote en forma de uve. El gordo señor terrateniente Mallory, que llevaba medias naranja con escudete bordado sobre los tobillos por fuera y la peluca larga y rizada de su juventud, se movía nervioso a su lado, quedaba bastante claro que ese acontecimiento social lo ofrecía ella.
Cuando les tocó el turno en la cola de invitados, Bella había recibido un glacial saludo de Lauren y uno bastante distraído del terrateniente. Aliviada por haber pasado ya esa prueba, fue a instalarse con su suegra a un lado del salón. Desprevenida, había aceptado una copa de ponche que le ofreció el cura párroco y no le quedó otra opción que bebérselo.
Charlotte la miraba de tanto en tanto, nerviosa. Ella no le había contado lo que le ocurrió en el establo con Edward y no tenía la menor intención de hacerlo. Pero estaba claro que su suegra percibía que algo iba mal. Eso era lógico, puesto que ella no era muy buena fingiendo sentirse alegre.
Implacable, bebió otro trago de ponche. Se había puesto su mejor vestido. Con Maggie habían pasado unas buenas horas arreglándolo, intentando hacer lo mejor posible los cambios. El vestido era de color verde manzana claro, y lo habían renovado añadiéndole encaje blanco en el escote; el encaje ocultaba también el cambio del escote de redondeado a cuadrado, más a la moda. En un ataque de invención artística, Maggie le había hecho una roseta para el pelo, con un poco del encaje y un trozo de cinta verde. Aunque no se sentía con ánimo festivo, la llevaba puesta, porque habría herido los sentimientos de Maggie si no lo hubiera hecho.
—El ponche no está nada mal —susurró Charlotte.
Ella ni se había fijado. Bebió otro trago y se llevó una agradable sorpresa.
—Sí, es mejor de lo que decían los rumores.
Charlotte se movió inquieta un momento y de pronto se le ocurrió otro tema de conversación:
—Es una lástima que Jessica no haya podido asistir.
—No veo por qué no podía.
—Sabes muy bien que no puede dejarse ver en reuniones sociales, querida, estando ya al final de su embarazo. En mi tiempo no nos atrevíamos ni a poner un pie fuera de casa cuando comenzaba a notarse.
Bella arrugó la nariz.
—Eso es una tontería. Todo el mundo sabe que está embarazada. No es que sea un secreto.
—Es el decoro lo que importa, no lo que todos saben. Además, Jessica está tan avanzada en su embarazo que no creo que le agrade estar horas de pie. Nunca hay suficientes asientos en estos bailes —miró alrededor—. ¿Crees que vendrá tu conde?
—No es mi conde, como sabe muy bien —dijo Bella, con cierta amargura.
Charlotte la miró fijamente.
Bella intentó modificar el tono:
—Le dije que creía conveniente que asistiera a esta fiesta.
—Espero que llegue antes que comience el baile. Me gusta ver una buena figura masculina en la pista de baile.
Bella hizo un gesto con la copa hacia un caballero que estaba al otro lado del salón.
Podría ser que no viniera y entonces tendrá que conformarse con ver la figura del señor Merriweather en la pista de baile.
Las dos contemplaron al señor Merriweather, un caballero esquelético y patizambo, que estaba conversando con una señora gorda cuyo vestido era de color melocotón. En ese momento, justo cuando estaban mirando, el señor Merriweather se acercó más a la señora, para dar énfasis a lo que le estaba diciendo, y sin darse cuenta ladeó su copa. Un delgado chorrito de ponche bajó por el escote del vestido de la dama.
Charlotte movió tristemente la cabeza.
—¿Sabe? —dijo Bella, pensativa—. No sé si el señor Merriweather ha logrado alguna vez bailar una contradanza entera sin perder el paso.
Charlotte exhaló un suspiro. Entonces miró hacia la puerta por encima del hombro de Bella y se le alegró la cara.
—Creo que no tendré que conformarme con mirar al señor Merriweather después de todo. Ahí está tu conde, en la puerta.
Bella se giró hacia la entrada del salón de baile, llevándose la copa a los labios. Al ver a Edward olvidó por un instante el lugar donde estaba. Él vestía calzas negras hasta las rodillas y chaqueta y chaleco azul zafiro. Su pelo negro, recogido en una coleta excepcionalmente pulcra, brillaba a la luz de las velas. Superaba casi por una cabeza en estatura a todos los hombres presentes en el salón. Se veía que Lauren estaba encantada por su suerte de haber atraído al elusivo conde a una reunión social. Le tenía firmemente cogido el codo y lo estaba presentando a todos los que estaban lo bastante cerca para escuchar.
Bella sonrió irónica. Edward tenía los hombros rígidos y la expresión severa. Incluso a esa distancia ella veía que él estaba controlando a duras penas su mal genio. Daba la impresión de que estuviera a punto de cometer la descortesía de alejarse de su anfitriona y dejarla hablando sola. En ese momento él levantó la vista y captó su mirada.
El contacto visual la hizo retener el aliento; le resultaba imposible interpretar la expresión de sus ojos.
Él volvió a mirar a Lauren, le dijo algo y comenzó a abrirse paso por en medio del gentío en dirección a ella. Al sentir correr algo líquido y frío por la muñeca, ella se la miró. Le temblaba tanto la mano que se había derramado el resto del ponche en el antebrazo. Rodeó la copa con la otra mano para afirmarla. Estuvo a punto de echar a correr, pero Charlotte se mantenía a su lado. Además, en algún momento tendría que enfrentarse a él.
Lauren debió hacer una seña a los músicos, porque se oyó un chillido de violines.
—Ah, señora Swan, es un placer volver a verla —dijo Edward inclinándose sobre la mano de la anciana, sin sonreír.
A Charlotte no pareció importarle eso.
—Ah, milord, cuánto me alegra que haya podido venir. —Arqueó significativamente las cejas—. Bella se estaba muriendo de ganas de bailar.
Bella deseó haber escapado cuando tuvo la oportunidad.
La inequívoca insinuación de su suegra quedó flotando en el aire entre ellos durante un rato desagradablemente largo, hasta que Edward dijo:
—¿Me concedería el placer?
Y ni siquiera la miró. Por el amor de Dios, fue él el que la besó a ella.
Frunció los labios.
—No sabía que bailaba, milord.
Entonces él la miró.
—Por supuesto que sé bailar. Al fin y al cabo soy conde.
—Como si yo pudiera olvidar eso —masculló ella.
Edward entornó los párpados sobre sus ojos verdes esmeraldas.
¡Ja! Ya tenía su atención.
Él levantó la mano enguantada abierta y ella colocó recatadamente la suya encima. Aun cuando había dos capas de tela entre sus palmas, ella sintió su calor corporal. Le vino el recuerdo de cómo era bajar las yemas de los dedos por su espalda, caliente, sudorosa, tan exquisita. Tragó saliva.
Después de hacerle una venia a Charlotte, él la llevó a la pista de baile, donde demostró que sí sabía bailar, sin bien con unos movimientos algo pesados.
—Sí que se sabe los pasos —comentó cuando se encontraron para pasar por en medio de los bailarines.
Por el rabillo del ojo vio que él fruncía el ceño.
—No nací debajo de una piedra —dijo él—. Sé comportarme en sociedad.
Terminó la música antes que ella pudiera formular una respuesta apropiada. Le hizo su reverencia y comenzó a retirar la mano de la suya.
Pero él se la retuvo firmemente y se la colocó en la curva de su codo.
—Ni se le ocurra abandonarme, señora Swan. Por culpa suya estoy en esta maldita fiesta.
¿Tenía él que continuar tocándola? Miró alrededor, en busca de alguna distracción.
—¿Tal vez le apetecería un ponche?
Él la miró desconfiado.
—¿Me gustaría?
—Bueno, tal vez no. Pero es lo único que hay para beber por el momento, y la mesa con los refrescos está en dirección opuesta a donde está la señora Mallory.
—Entonces vamos a probar el ponche, faltaría más.
Diciendo eso echó a andar hacia la mesa del ponche y ella comprobó que la gente se hacía naturalmente a un lado para dejarlo pasar. Al instante siguiente, ella ya estaba bebiendo su segunda copa del ponche aguado.
Edward se había girado ligeramente hacia un lado para contestar una pregunta del párroco cuando ella oyó una ladina voz cerca de su codo levantado:
—Me sorprende verla aquí, señora Swan. Me habían dicho que ahora tiene a una nueva «profesión».
Al oír eso, Edward se giró lentamente a mirar al hombre que había hablado. Era un tipo rubicundo y llevaba una peluca que no era de su talla; su cara no le resultaba conocida. Vio que Bella se había puesto rígida, y tenía la cara inmóvil, sin expresión.
Observó que la atención del hombre estaba fija en ella.
—¿Ha aprendido alguna nueva «habilidad» de sus últimos huéspedes? —lo oyó preguntar.
Ella abrió la boca, pero, por una vez, él se le adelantó:
—Creo que no le he oído bien.
Sólo entonces ese canalla lo vio a él, y agrandó los ojos. Estupendo.
El silencio que se había hecho alrededor de ellos se propagó por el salón a medida que los invitados se fueron dando cuenta de que estaba ocurriendo algo interesante.
El individuo era más valiente de lo que parecía.
—Dije…
—Tenga mucho, mucho cuidado con lo que va a decir —dijo Edward, sintiendo cómo se le flexionaban los músculos de los hombros.
El hombre pareció comprender por fin el peligro en que se encontraba. Agrandó más los ojos y tragó saliva.
Edward asintió, una vez.
—Bien. Tal vez querría pedirle disculpas a la señora Swan por lo que no ha dicho.
—Lo lam… —El hombre tuvo que interrumpirse para aclararse la garganta—. Lo lamento mucho si he dicho algo que haya podido ofenderla, señora Swan.
Bella asintió, fríamente, pero el hombre lo estaba mirando a él, y con razón, para ver si se había redimido.
Pues no.
El hombre volvió a tragar saliva. Una gota de sudor grasiento le corrió por el borde de la peluca.
—No sé qué locura se apoderó de mí —dijo—. Le pido humildemente perdón por haberle causado cualquier tipo de ofensa o malestar, señora Swan. —Se metió la mano bajo cuello para aflojarse la corbata y añadió, acercándose un poco más—: De verdad, soy un burro, ¿sabe?
—Sí, lo es —dijo Edward en tono amable.
La piel rojiza del hombre palideció.
—¡Bueno! —exclamó Bella—. Creo que es el momento de prepararse para el siguiente baile. ¿No ha comenzado la música?
Eso lo dijo en voz alta, en dirección a los músicos, y estos captaron al instante la insinuación. Entonces ella le cogió la mano y echó a andar con paso enérgico hacia la pista de baile. Su mano tenía bastante fuerza, para ser tan pequeña, comprobó él. Echando una última mirada con los ojos entrecerrados a ese canalla, se dejó llevar dócilmente.
—¿Quién es?
Bella lo miró mientras ocupaban su lugar entre el grupo de bailarines.
—En realidad no me ha herido, ¿sabe?
Comenzó la contradanza y él se vio obligado a esperar hasta que el cambio en las figuras los volvió a reunir como pareja.
—¿Quién es, Bella?
Ella lo miró exasperada.
—John Wiltonson. Era amigo de mi marido.
Él esperó que continuara.
—Después de la muerte de Peter me hizo una proposición.
—¿Una proposición de matrimonio?
Bella desvió la mirada.
—Una proposición indecente. Estaba…, está casado.
Él se detuvo bruscamente, con lo que la pareja de atrás chocó con ellos.
—¿Atentó contra su pudor?
—No —dijo ella, tironeándole el brazo, pero él continuó firmemente clavado donde estaba. Le siseó al oído—: Quería que yo fuera su amante. Me negué. —Vio que las otras parejas se estaban agrupando detrás—. ¡Milord!
Edward se dejó arrastrar de vuelta al baile, aunque ya no iban al compás de la música.
—No quiero oír nunca a nadie hablándole así otra vez.
—Esa intención le honra, sin duda —replicó ella, sarcástica—; pero no se pasará el resto de su vida siguiéndome para intimidar a los impertinentes que se me acerquen.
A él no se le ocurrió ninguna respuesta, por lo que se limitó a mirarla fijamente. Ella tenía razón. Eso lo roía. Era solamente su secretaria, así de sencillo y él no podría vigilarla todo el tiempo. No podía impedir que la insultaran. Ni siquiera podía protegerla de insinuaciones insultantes. Sólo un marido tenía el privilegio de ofrecerle ese tipo de protección.
—No debería haber vuelto a bailar con usted tan pronto —dijo Bella, interrumpiendo sus pensamientos—. No es decoroso.
—Me importa un rábano el decoro. Además, usted sabía que ésta era la única forma de alejarme de ese mandril.
Ella le sonrió y a él le dio un fuerte vuelco algo dentro del pecho. ¿Qué podía hacer para protegerla?
.
Dos horas después seguía pensando en eso. Estaba apoyado en una pared observando a Bella llevar a un jadeante caballero en una contradanza. Ella necesitaba un marido, eso era evidente, pero él no lograba imaginársela con un hombre. O, mejor dicho, no lograba imaginársela con «otro» hombre. Frunció el ceño.
Alguien emitió una respetuosa tosecita a su lado. Miró. Era un joven alto con peluca corta; su alzacuello le sirvió para reconocerlo; era el párroco Jones.
Volvió a toser y le sonrió, mirándolo a través de los gruesos lentes para miopía de sus quevedos.
—Lord Masen, qué amabilidad la suya al participar de nuestra pequeña diversión.
Edward pensó cómo se las arreglaría aquel hombre para hablar como si tuviera el doble de edad. De hecho no podía tener más de treinta años.
—Señor cura, lo estoy pasando muy bien en la fiesta de la señora Mallory.
Sorprendido, cayó en la cuenta de que decía la verdad.
—Estupendo, estupendo. Los eventos sociales de la señora Mallory siempre están muy bien planeados. Y sus refrescos son sencillamente deliciosos.
Para demostrarlo, el cura se bebió entusiastamente unos tragos de su ponche.
Edward miró su copa de ponche y tomó nota mental de averiguar a cuánto ascendían los estipendios del cura. Era evidente que no estaba acostumbrado a la comida decente.
—Oiga, es evidente que la señora Swan está muy airosa en la pista de baile. —El cura entrecerró los ojos, mirando a Bella—. Se la ve diferente esta noche.
Edward siguió su mirada.
—No lleva la cofia.
—¿Será eso? —dijo el cura Jones, en tono vago—. Usted tiene mejor vista que yo, milord. Yo pensé si no se habría comprado un vestido nuevo en su viaje.
Edward se estaba llevando la copa a los labios cuando su mente registró las palabras del cura. Frunciendo el ceño, bajó la copa.
—¿Qué viaje?
—¿Mmm?
El cura Jones seguía contemplando a los bailarines, no atento a la conversación.
Edward estaba a punto de repetir la pregunta, en voz más alta, cuando apareció la señora Mallory junto a ellos.
—Ah, lord Masen, veo que conoce al señor cura.
Los dos pegaron un salto, como si les hubieran dado una palmada en el culo simultáneamente. Edward la miró, esbozado una sonrisa forzada. Por el rabillo del ojo vio que el cura estaba mirando alrededor buscando una manera de escapar.
—Sí, conocía al señor cura, señora Mallory.
—Lord Masen ha aportado una muy generosa suma para el nuevo techo de la iglesia —dijo éste, estableciendo contacto visual con otro invitado—. Oiga, ese es el señor Merriweather, ¿verdad? Necesito hablar con él. ¿Me disculpan, por favor?
Y haciendo su venia, se alejó a toda prisa.
Edward miró con envidia la espalda del cura alejándose. Seguro que había asistido a otras de esas fiestas Mallory.
—Qué fabuloso poder estar un momento a solas con usted, milord —estaba diciendo la señora Mallory—. Deseaba hablar de su viaje a Londres.
Edward estaba mirando alrededor por si lograba captar los ojos de la anciana señora Swan; era de mala educación dejar abandonada a una dama.
—¿Sí?
—Pues sí. —La señora Mallory se le acercó otro poco—. Me han dicho que le vieron en un lugar de lo más insólito.
—¿De veras?
—En compañía de una dama que los dos conocemos.
La atención de Edward pasó inmediatamente a Lauren Mallory. ¿De qué diablos hablaba esa mujer?
—¡Fe… liii… city! —ululó una voz masculina cerca de ellos, algo perezosa por la bebida.
La señora Mallory torció el gesto.
El terrateniente Mallory venía en dirección a ellos medio tambaleante.
—Lauren, querida mía, no debes monopolizar al conde. No le interesa la conversación sobre m-modas y pe-perifollos. —Le enterró un puntiagudo codo en las costillas a Edward—. ¿Eh, milord? La caza es un tema más apropiado. ¡Un deporte masculino! ¿No? ¿No?
La señora Mallory emitió un sonido que en un hombre podría haberse considerado un bufido.
—En realidad no soy muy aficionado a la caza.
—Los ladridos de las jaurías, el galope de los caballos, el olor de la sangre…
El señor terrateniente estaba inmerso en su mundo.
Edward miró hacia el otro lado del salón y vio a Bella envolviéndose en una capa. Condenación. ¿Se iba a marchar sin despedirse de él?
—Discúlpenme.
Hizo su venia al terrateniente y a su mujer y echó a andar por entre los invitados. Pero a esa hora la fiesta estaba en su apogeo y los invitados eran una verdadera muchedumbre. Cuando llegó al vestíbulo, Bella y la señora Swan ya habían salido.
—¡Bella! —gritó, haciendo a un lado al lacayo y abriendo la puerta—. ¡Bella!
Ella estaba a unos pocos pasos. Al oír el grito, las dos mujeres se giraron a mirar.
—No deberías marcharte sola a casa, Bella —dijo, y al instante cayó en la cuenta de su desliz—. Usted tampoco, señora Swan.
Bella pareció confundida, pero la suegra sonrió de oreja a oreja.
—¿Ha venido para escoltarnos, lord Masen?
—Sí.
Su coche estaba esperando cerca. Podrían ir en el coche, pero entonces se habría acabado la velada en cuestión de minutos. Además, la noche estaba muy hermosa. Le hizo una seña al cochero de que los siguiera, ya que ellos irían a pie. Le ofreció un brazo a Bella y el otro a la señora Swan. Si bien las damas se habían marchado temprano de la fiesta, era tarde y estaba oscuro. En el cielo negro brillaba una luna llena, gloriosamente grande, arrojando sombras delante de ellos.
Cuando se estaban acercando a una esquina, de repente oyó el ruido de unos pies corriendo por la calle transversal, que resonaban fuerte en el silencio nocturno. Inmediatamente puso a las damas detrás de él. La persona viró y corrió hacia ellos.
—¡Meg! —exclamó Bella—. ¿Qué pasa?
—¡Ah, señora! —exclamó la chica, deteniéndose y doblándose con una mano en el costado, tratando de recuperar el aliento—. La señora Newton, señora. Se ha caído por la escalera y no puedo ayudarla a levantarse. ¡Y creo que también viene el bebé!
