La Nueva Emperatriz

Capítulo 6

-¡Vamos! Solo son simples cubos de agua. Puedes llevarlos al campamento por ti mismo. ¡Deja de quejarte cuerpo inútil!

Aunque decía aquello con desdén hacía si mismo la verdad era que no era capaz de dar un paso más. ¿A quien demonios se le ocurría poner un campamento en un lugar tan empinado si el río dónde podían abastecerse de agua quedaba colina abajo? Aquel definitivamente no era el trabajo de un ayudante, seguro que solo era una forma de descartar a cualquiera que intentara entrar al ejército sin la preparación ni las agallas que se necesitaban. Aunque se habían equivocado si pensaban que aquella difícil tarea conseguiría amedrentarlo. ¡Llevaría esos cubos a la cima aunque tuviera que dejar sus brazos en el intento!

-Según escuché solo te pidieron uno. No deberías exceder tus capacidades niño.

Escuchar aquella voz apenas grave le hizo girar su cabeza para mirar directamente al idiota que usaba aquella palabrita que detestaba, y aunque los altos árboles a su alrededor hacían que la luz de la luna apenas tocara el suelo, pudo reconocer al chico apenas par de centímetros más alto que él saltando de un árbol cercano y acercándose con la clara intención de ayudarlo con su carga como una muestra de compasión que sin lugar a dudas no necesitaba ni estaba dispuesto a aceptar.

-¿Niño? ¿Acaso te has visto en un espejo escuincle? Llamarme niño cuando tenemos la misma edad demuestra lo torpe y presuntuoso que eres.- Gruñó mientras un enorme chorro de agua caía al suelo al halar el recipiente fuera de su alcance, y aunque quiso seguir caminando mientras continuaba subiendo la colina, no tardó en tener que colocarlos en el suelo mientras soplaba frenéticamente sus enrojecidas y doloridas manos al sentir que las mismas se partirían en dos en cualquier instante. Aun faltaba la mitad del camino y todo parecía indicar que sus brazos no soportarían llevar esa carga por mucho que parara y descansara cada cinco segundos. Era un fastidio pero sin lugar a dudas las energías de su cuerpo no se correspondían con su fuerza de voluntad.

-Te llevo un año, soy un soldado ya y deberías tener más respeto a tus superiores. La capitana no podrá vigilarte todo el tiempo y seguro los soldados intentarán vengarse de ti entonces.

-No les tengo miedo a esa pandilla de inútiles que solo saben beber y acosar mujeres. ¡Es más! Los acabaría con mi espada en un segundo… si solo tuviera una.

Aunque hizo un esfuerzo enorme por tomar el cubo que aún permanecía a su lado y quitarle al chico que ahora caminaba varios pasos delante de él el que le había robado, la verdad es que estaba demasiado cansado para siquiera igualar su paso. Apenas había comido, aun le dolía el estomago cuando respiraba y sentía que sus brazos caerían al suelo en cualquier momento. Seguro que si él no hubiera aparecido se habría desmayado en cualquier instante.

Tal vez debería darle las gracias, tal vez debería reconocer que no era tan fuerte para encargarse de aquello sólo, pero no podía… ese era el camino que había elegido y sin lugar a dudas tarde o temprano se haría un nombre en aquel ejército y entonces les daría una paliza a todos los inútiles que se habían burlado de él.

-Papá tenía razón. Si me caes bien después de todo.- Había comentado el castaño con una leve sonrisa mientras avanzaba delante de él pensando con alegría en que era bueno al fin tener a alguien de su edad en aquel lugar lleno de adultos promiscuos y ancianos malhumorados. Hacía apenas tres meses que al fin había ingresado a las filas y si bien estaba realmente alegre de poder convertirse en un gran guerrero, saber que alguien más comprendería las penas que implicaba ser el más bajito del grupo realmente lo aliviaba. Aunque el hecho de que también compartieran la desgracia de ser entrenados por la mujer y soldado más ruda y estricta del mundo también le hacía sentir la obligación de advertirle que él hecho de ser joven no le otorgaría un trato preferencial.

-Mamá puede ser en serio despiadada a la hora de entrenar a alguien, así que lo mejor que puedes hacer es descansar y comer todo lo que puedas.

-¿Papá, mamá? ¿Tu padre y madre están en el ejército?- Había preguntado casi sin pensar, concluyendo en que no había manera de que alguien que no fuera soldado le conociera cuando solo tenía unos días allí y a nadie se le permitía entrar ni salir del campamento, eso y que ahora que se fijaba aquel escuincle de hecho tenía ciertos rasgos físicos bastante sospechosos. Mismos ojos, mismo color de pelo, hasta esa forma de caminar con las piernas ridículamente juntas. Si no fuera una locura pensaría que en realidad él era…

-¡¿Eres hijo de la capitana y el emperador?!- El hecho de que el chico frente a él se pusiera pálido y empezara a temblar ante su exclamación como quien acaba de ver un fantasma, no hizo más que confirmarlo. No es que fuera adivino ni mucho menos, simplemente era lógico llegar a esa conclusión cuando la única mujer guerrera en todo el reino era Ieran Wang y el chico era casi un espejo ambulante del gran Hien Li. Pero un chico bajito, delgado y sin ningún rasgo destacable que le asegurara un puesto duradero entre las filas ¿en serio podía ser descendiente de aquel par de intrépidos guerreros cuya fama ascendía a los mismísimos cielos?

-No, definitivamente no es posible. No eres su hijo.

-¡Claro que lo soy! Si hasta tengo el mismo lunar que mamá en el hombro.- Aseguró el chico sintiéndose severamente ofendido por su incredulidad, pero aunque sus palabras estaban llenas de convicción y valerosidad al tiempo que descubría la manga de su uniforme en adicción a sus afirmaciones, aquella posición fetal que adoptó al darse cuenta de que su impetuosidad definitivamente le costaría el cuello, le hacía ver patético e hilarante. Aquella definitivamente no era una información que debería darle a cualquiera, mucho menos si se trataba de un chico que había sido ingresado recientemente a campamento. Así que aquel chico o era muy torpe o estaba demasiado orgulloso de la poderosa sangre que corría por sus venas.

-Tranquilo, no le diré a nadie. Pero me debes una, ¿de acuerdo mocoso? – Él asintió de manera eufórica mientras poco a poco el color volvía su piel y aunque una parte de él aun no podía creer que un ser tan patético como ese tuviera la sangre de aquel par corriendo por sus venas, sabía que si fuese mentira el chico no habría estado a punto de sufrir un infarto. "Supongo que los hijos no siempre son como sus padres" pensó volvía a reemprender su camino siendo ahora el castaño quien le seguía de cerca.

-De cualquier modo ahora que lo pienso ni siquiera nos hemos presentado. Mi nombre es Ling, renacuajo ¿Y el tuyo…?

-Xiao Lang. Aunque puedes llamarme Shaoran como lo hacen mis amigos.

-¿Yo soy tu amigo?

-Pues claro, ¿Por qué no habrías de serlo Ling? - No podía entender porque de repente su cuerpo se sentía caliente al verlo sonreírle, pero cuando lo escuchó proponerle devolverle su cubo ahora que estaban cerca del campamento, se limitó a aceptarlo de su mano y desviar la mirada al sentir que su cara ardía al rosar su piel. Ese torpe se había tragado aquel nombre que acababa de inventar y no parecía tener ninguna sospecha de su verdadera identidad, entonces ¿porque su corazón latía tan aprisa y sentía que le faltaba el aire más de lo normal?

-¡Oye Shaoran! Has olvidado tu daga dentro del cubo.- Exclamó mientras lo veía alejarse entre la densa arboleda y al escucharlo decirle que se la quedara por si pasaba algo mientras volvía a sonreír sintió que su corazón estaba a punto de explotar. Era la primera vez que se sentían de esa manera, que su corazón saltaba con tanto ímpetu dentro de sí. Una parte suya sentía que no había de que preocuparse, mientras la otra… la otra estaba realmente aterrada.

Susurró su nombre en el silencio mientras abrazaba el cortante objeto a su palpitante pecho, hasta que cayó en cuenta de que debía terminar de subir la colina o se quedaría sin cenar otra vez.


Shaoran estiró sus extremidades mientras caminaba a través de aquel en ese momento solitario paraje y al ver como la negrura de la noche se iba extinguiendo para dar poco a poco paso a un hermoso amanecer, se dio cuenta de que definitivamente tanto tiempo encerrado en palacio había arruinado su condición física. Apenas había pasado unas siete horas en vela pero lo único en lo que podía pensar era en regresar pronto a su aposento y dormir más que solo un par de horas.

Lo único que le devolvía un poco de vida era cuando, de tanto en tanto asomaba su mirada a través de la puerta y las veía descansar tan plácidamente. Jamás se imaginó que ver a alguien mientras dormía podría parecerle tan fascinante como de hecho le pasaba con aquella chica de ojos esmeraldas cuyo rostro en paz era tan delicioso y delicado como aquel nombre que no hacía más que repetirse una y otra vez en su mente mientras el recuerdo de su aroma y la calidez de su sonrisa llenaban vívidamente todo su ser.

Sakura. ¿Acaso existía otro nombre más adecuado para ella?

Sintió de repente como alguien lo sujetaba del cuello presionando su garganta con su antebrazo justo en el instante en que se hallaba sumido sus idílicos recuerdos y aunque consiguió quitárselo de encima y alejarse varios pasos de él, aquella capa negra con la que estaba cubierto y la velocidad con la que se abalanzó hacía él sin darle espacio a que siquiera recuperara el aliento le impidió identificar a su verdugo. Era una cabeza más bajo que él y no parecía ser un hombre demasiado robusto, pero la velocidad de sus movimientos y presión de sus ataques que iban desde puñetazos, patadas e intentos de cortes con un cuchillo casi invisible eran sin duda de un guerrero bien entrenado.

-¿Acaso eres el asesino del harén?

Preguntó agitado por lo cada vez mas difícil que le resultaba esquivarlo, pero sus palabras cayeron en el simple viento a la vez que el sujeto se inclinaba para esquivar sus estocadas ahora que por fin había podido desenvainar su espada, y antes de darse cuenta esta había sido arrebatada de su mano y mandada lejos por la fuerza de la patada que se convirtió en un torbellino giratorio que lo derribó en el suelo. Solo fueron segundos, tal vez instantes, pero al verlo correr a su encuentro ahora de pie y alzar la arma blanca en su contra dispuesto a cortar su cuello antes de que pudiera levantarse, sus dedos precisos y rápidos sacaron la daga escondida entre su armadura y casi a quemarropa consiguió detenerlo antes de que lo mandara al otro mundo. Los primeros rayos de luz comenzaban a avistarse a través de el cielo anaranjado y al ver sus ojos carmesíes y el brillo de aquella arma, su cuerpo se quedó petrificado, tan petrificado como permaneció al verlo retirarse de sobre él mientras le ofrecía una mano para que se pusiera de pie ya terminado el enfrentamiento.

-Veo que no te has oxidado del todo Shaoran. Aunque aún así sigo siendo mucho mejor que tú cuando se trata de combate cuerpo a cuerpo.

Su voz con un tinte mucho más maduro era simplemente inconfundible y aun así, aun al verla quitarse la capa y dejar ondear su larga cabellera azabache y reconocer aquellos rasgos que mil veces lo acompañaron en sus entrenamientos, simplemente no era capaz de asimilar que aquel delgado hombre en realidad...

-¿Ling… Eres una chica?- Continuó sosteniendo su mano aun después de estar de pie y aunque la vio entornar los ojos y arrugar el entrecejo como siempre hacía cuando se sentía frustrada aun su rostro era simplemente un poema. Era cierto que los rasgos de Ling eran demasiado delicados para ser un quinceañero pero ¡Rayos! ¿Dónde demonios había escondido todas aquellas curvas y rasgos puramente femeninos?

-¡Dios! En serio que eres menso. Hasta el señor Hien se dio cuenta a la primera. Definitivamente no mereces usar su nombre para ocultar tu identidad.

-¿En serio eres una chica?- Su insistencia en preguntar la misma cosa ya la estaba sacando de quicio y aunque estaba a nada de mostrarle lo que había debajo de su blusa para que así dejara de dudar, sentirlo abrazarla de repente mientras reconocía que le alegraba que estuviera viva, no sólo llenó de calidez su corazón sino que la hizo sentir cierto grado de melancolía al recordar su pasado juntos.

Una tarde de primavera, justo la semana antes de ser aceptado oficialmente como parte del ejército había desaparecido sin razón aparente. Solo se sabía que se había marchado durante la noche y que aún después de pasados los días no volvió a integrarse a las filas. Había todo tipo de versiones entre los soldados acerca de su desaparición, algunos decían que había ido una chica por él durante la noche y que se habían fugado juntos, otros que el país que lo había contratado como espía le había ordenado volver para entregar la información recogida y los más cercanos a él supusieron que había descubierto algún complot nocturno y que al intentar someter a los responsables había sido secuestrado y tal vez asesinado a las afueras del reino. Versiones que parecían demasiadas disparatadas o trágicas para ser creídas.

No había nada en el mundo que Ling deseara más que ser soldado, ¿Por qué abandonaría las filas solo unos días antes de cumplir su objetivo?¿Qué demonios había estado haciendo todo aquel tiempo en el que no había estado recibiendo noticias suyas?

-Se que tienes muchas preguntas que hacer, pero este no es el mejor momento. No sería bueno para ti que nos hallaran juntos.- Señaló ella mientras volvía a colocar la capa sobre su cabeza y después de darle un puñetazo en el hombro y sonreír tal y como hacía en aquellos ya lejanos días, trepó uno de los muros como si se tratara del mismo viento perdiéndose de su vista. Su forma de moverse era tan grácil y diestra era tal y como la recordaba y aun así, aun no podía creer que hubiera estado frente a sus ojos todo aquel tiempo.

Mei – Ling. ¡Era demasiado obvio! ¿Como no se había dado cuenta antes?


-Le he traído algo de comer, supongo que debe tener hambre después de trabajar toda la noche.

Su voz suave y nerviosa irrumpió en la solitaria estancia en que se encontraba, y al verla de pie junto a la enorme puerta de roble se obligó a sonreír y agradecerle por ello. El sol apenas despuntaba en el horizonte y salvo la poca luz que le brindaba aquella lámpara sobre su escritorio no había nada que le ayudara a ver la expresión de ella en ese momento, pero aun así sabía que estaba muy preocupada. Lo sabía porque aquella había sido la misma expresión con que lo había observado toda la noche mientras compartían aquella comida que ambos habían acordado tener, aunque para ser sincero no era como si él hubiera comido demasiado entonces.

Sintió sus suaves pasos acercándose a él para luego colocar el aperitivo sobre el alargado mueble y aunque en otras ocasiones ella se apresuraba a abandonar la habitación de inmediato para no estorbarle, esta vez se quedó allí de pie sosteniendo con fuerza la falda de el vestido de seda que traía puesto mientras sus labios se abrían y cerraban como si quisiera decir algo y no hallara las palabras adecuadas para hacerlo.

-Mi señor Kaito, yo…

-Ya te he pedido antes que no me llames de esa manera Akiho. Somos esposos así que sólo Kaito está bien.

Era simplemente adorable verla cubrir su boca avergonzada tal y como si fuera una niña que acababa de ser reprendida por decir algo que no debía y escucharla balbucear tímidamente su nombre mientras le preguntaba sonrojada si se encontraba bien. A pesar de ya tener dos años juntos Akiho no había cambiado demasiado. Seguía siendo igual de tímida, igual de inocente. Había mejorado en cuanto al tiempo en que mantenía su contacto visual con él, y el hecho de que se atreviera a interrumpir su trabajo para preguntarle por su bienestar evidenciaba que también se sentía mucho más cercana a él que al principio, pero aun así seguía conservando aquella apacibilidad e inhibición que la hacía parecer fuera de aquel mundo de personas arrogantes y hambrientas de poder con las que todos los días tenía que relacionarse.

-No te preocupes Akiho, estoy bien. Solo me encuentro algo ocupado. El hecho de estar en el harén no reduce mis obligaciones como ministro del consejo así que tengo mil tratados que revisar, acuerdos que firmar, personas que visitar…

-Pero siempre ha tenido esas responsabilidades y sin embargo no lo había visto tan angustiado desde la muerte del señor Hien. Es como si algo lo estuviera perturbando, como si en el día de ayer usted…

-No quiero hablar de ello, así que deja de insistir.- Al verla retroceder mientras bajaba la mirada, se dio cuenta de que su tono de voz y la expresión de su rostro habían abandonado su usual pasividad para dejar en evidencia su agresividad interna y aunque la verdad era que hablarle de lo tenso que lo tenía todo lo que estaba pasando a su alrededor definitivamente no era algo que quisiera hacer, al verla darse la vuelta para irse mientras su voz acongojada le pedía disculpas por su atrevimiento no pudo evitar ponerse de pie e ir tras ella halándola del brazo antes de que cerrara la puerta a sus espaldas. Sus manos sostuvieron con firmeza las de ella para detener el temblor que ahora la embargaba y como si aquel simple contacto fuera insuficiente para mostrar lo mucho que sentía su reacción, la recibió entre sus brazos mientras le pedía perdón por ser así de brusco, y ella intentaba embriagarse del calor que él evitaba en lo posible brindarle. Ella no tenia la culpa de todo lo que ocurría a su alrededor, de que él estuviera en el ojo de la tormenta de manera constante, su único pecado había sido el de nacer en el seno de una familia que solo la veía como un medio para adquirir más prominencia y poder, para aumentar sus riquezas. Había vivido rodeada de gritos y exigencias y el que él desahogara su frustración con ella no sólo era injusto sino desconsiderado.

-Pasaron muchas cosas en el harén y al final tuve una discusión con mi madre. -Se obligó a explicar mientras apretaba sus puños intentando controlar la rabia que solo pensar en ello le hacía sentir, pero la indignación que corría por sus venas con solo pensar en lo insufrible y fría que era en ocasiones la mujer que le había dado a luz sentía que en cualquier momento perdería el control. Sabía lo que opinaba de los asesinatos, sabía las razones que tenía para no hacerle ningún tipo de daño a la duquesa por mucho que esta le tratara con desdén, y aun así había sido tan egoísta como para hacer todo aquello a sus espaldas aun sabiendo las consecuencias. No quería ni pensar lo que habría pasado si hubiera tenido éxito, si su tío Eriol no hubiera intervenido, ver llorar a Akiho por la muerte de ella hubiera sido simplemente devastador. Y es que si había algo en el mundo que ella amara y por lo que daría su mismísima existencia esa era su hermana Meiling, la mujer que estuvo a punto de convertirse en su esposa y a quien le habían obligado a sustituir por su negativa a desposarla.

-No sólo hizo algo que es profundamente reprochable sino que incluso sugirió…

-Que me sustituya.- Sus ojos se posaron en ella intentando determinar si de alguna manera aquello había llegado a sus oídos, sintiéndose aliviado al comprobar por lo relativamente tranquila que estaba que aún no sabía nada de lo ocurrido con su hermana mayor.

-Descuide, solo era cuestión de tiempo para que lo hiciera. Una esposa inútil que ni siquiera le ha brindado descendencia… es natural que quiera que elija alguien más antes de que sea demasiado tarde.

-Pero yo no deseo a alguien más.- Su voz volvió a subir un par de tonos, pero de inmediato hizo que volviera a su volumen usual. Tener a su madre en el harén había conseguido disminuir en un enorme porciento las presiones hacia ella pero seguro que sus palabras llenas de desdén y desaprobación aun seguían vivas en su cabeza ante su constante presión a que comenzaran a tener descendientes lo más pronto posible.

Lo que su madre no sabía era que si ella no estaba encinta aún, no era por que hubiera algo mal en su cuerpo, sino el resultado simple y natural de que aun no hubieran tenido tanto contacto como para que ella tuviera tal posibilidad. Sí, estaban casados, pero aparte de dormir en la misma habitación para no levantar sospechas no había ningún indicio entre ellos que confirmara la profundidad de su relación.

Al principio todo se debía a que desearla como mujer le parecía inaudito. Demonios, tenía dieciséis años recién cumplidos entonces y su rostro y su figura la hacían ver aún más joven de lo que realmente era, tanto que a su lado se sentía como algún tipo de acosador, como un hombre lascivo y sin escrúpulos que no sentía ningún respeto por la inocencia de una pequeña que había sido obligada a casarse con un hombre siete años mayor que ella. Si no fuera porque su matrimonio le permitiría adquirir mayor influencia y poder para que al fin pudiese convertirse en emperador juraba que jamás habría accedido a semejante atrocidad, pero aun tener aquello en mente y escuchar a su madre quejándose constantemente no había sido suficiente aliciente para desposarla.

En ese entonces había concluido que aquello jamás pasaría, que por mucho que quisiera ser emperador ella no dejaría de parecerle una niña, pero en algún punto del camino aquello no sólo había cambiado sino que lo había llevado a reprimirse para no presionarla. Pero su madre era una mujer impenitente que solo veía resultados, el hecho de que tuviera algún tipo de conexión emocional con su esposa y que aquello le resultara más satisfactorio que poseerla cada noche contra su voluntad no sólo le parecería un disparate sino una deshonra para todo lo que había inculcado en él. Ella no era como su padre, él seguro que le felicitaría y le animaría a seguir siendo considerado. "Cuando llegue el momento, las cosas sólo pasarán" era lo que siempre le decía a medida que crecía señalando con ahínco que él hecho de tener autoridad no le daba derecho a pisotear los sentimientos y deseos de quien era su compañera. Sus palabras se repetían una y otra vez en su cabeza y aunque a veces en serio le era difícil permanecer quieto mientras su silueta se desdibujaba a sólo unos centímetros de él, siempre había conseguido mantener la compostura y aprender a solo disfrutar de su dulce inocencia y sus adorables ataques de nervios. La simple convivencia con ella le resultaba tremendamente agradable y se había adaptado tanto a que las cosas fluyeran a su ritmo que aquello no le parecía demasiado grave. Sentía que aquel momento ya llegaría cuando tuviera que llegar y que cuando al fin tuviera un hijo se aseguraría de hacerlo en un matrimonio en el que sus padres solo tuvieran ojos uno para el otro y así no tendría que sufrir la pena de saberse el único lazo real entre ellos.

-En ese casi si así lo desea… pues usted y yo podríamos…

-¿Que te parece si mejor vamos de paseo? Hace mucho que no sales de aquí y para ser sincero ya estoy cansado de el palacio y sus alrededores. Lo demás lo hablaremos otro día. – Se apresuró a proponer antes de que ella terminara la frase y besando sus manos mientras las comisuras de sus labios se elevaban en una sonrisa, notó como poco a poco la tensión de su cuerpo desaparecía y ella asentía mientras le sonreía con alivio y agradecimiento por seguir siendo considerado aun en aquellas tensas circunstancias.

Los inicios de su relación habían sido turbulentos y atemorizantes, un día era la hija menor de un duque que apenas la dejaba salir de casa y que no dejaba de recordarle que su única utilidad era la de ser desposada por un hombre poderoso que aumentara su prestigio y luego, de repente, se había convertido en la esposa del príncipe de su nación, en la que se suponía sería la próxima emperatriz de todo Liones. Fueron muchas las noches en las que intentó ocultar de él las lágrimas de frustración que le provocaba lo difícil que era para ella cargar con una realidad que jamás había deseado y que la habían obligado a aceptar, pero poco a poco al irlo conociendo no solo había conseguido que Kaito dejara de ser frío y distante con ella sino que antes de darse cuenta se había enamorado perdidamente de él.

Lo escuchó animarla a cambiarse para que partieran en seguida, pero aun así se limitó a colgarse de su cuello y de puntillas depositar un beso fugaz y nervioso en sus labios que terminó haciéndola expulsar humo por las orejas mientras salía huyendo tal y como ocurría cada vez que él intentaba a acercársele demasiado. La verdad era que verla así de abrumada le divertía muchísimo, tanto que no pudo evitar que una leve risita saliera de su garganta mientras se la imaginaba encerrada en su cuarto abanicándose frenéticamente.

Y es que él, que había pasado la mayor parte de su vida siendo instruido en miles de asignaturas y habilidades, que había sido enseñado a ocultar sus verdaderas emociones, que había sido criado con el único y exclusivo objetivo de ser el dirigente perfecto de aquella nación, juraba que jamás había conocido a nadie como ella, nadie que desnudara su alma ni le hiciera querer vivir para algo más que ser poderoso y pasar a la historia, nadie con el que se sintiera tan afortunado y tan vulnerable a la vez. Seguía siendo joven sí, pero había algo en ella, en su personalidad que sacaba lo mejor de él y lo doblegaba a su voluntad.

Se quedó embobado mirando aquella enorme sonrisa atravesando su cara mientras su pelo grisáceo ondeaba con la brisa otoñal y el carruaje los guiaba por aquellos campos llenos de hojas doradas y carmesíes, y se dio cuenta de que lo único que quería en el mundo era conservar aquella serenidad en su rostro, aquella ilusión en su mirada. Ella le había traído paz entre tantas turbulencias, había sido la única que lo había aceptado aun cuando no usaba aquella máscara de perfección con la que todos incluso su madre lo conocían y por eso, estaba resuelto a hacer lo que hiciera falta para crear un mundo en que ella pudiera seguir sonriendo, aun si para ello… tenía que acabar con alguien que tenía su misma sangre.


-Buenas noches Señorita Sakura. Ha regresado un poco antes de lo esperado.

Aunque estaba seguro de que su saludo había tenido el volumen y la afabilidad suficiente para llamar su atención, al ver a la castaña pasar de él sin siquiera dedicarle una mirada, no pudo evitar cuestionarse acerca de si acaso su osadía le había ofendido. Es decir era cierto que habían tenido una agradable conversación el día anterior y que ella no había dudado en revelarle su nombre y hasta usar con libertad el suyo cuando se refería a su persona, pero aún eso no explicaba por que tenía aquel repentino cambio de actitud hacia él.

-Tranquilo, ella está bien.- Había asegurado su hermana mientras sonreía de aquella forma enigmática que la caracterizaba, y aunque intentó averiguar por ella que era lo que le pasaba a la castaña, solo obtuvo un "todo estará bien" que lo dejó aun mas desconcertado.

La amatista atravesó la puerta dejando al castaño más que confundido mientras no dejaba de sonreír, y al ver aquel ovillo sobre la cama con una manta cubriendo desde su cabeza hasta sus pies, pensó en que definitivamente aquellos dos eran el uno para el otro.

Tomó asiento a su lado en la cama y como quien no quiere la cosa empezó a comentar lo preocupado que se veía su guardián por su extraña reacción a su saludo y lo mal que debía sentirse estando allá afuera pensando en qué seria lo tan malo que había hecho para que, la siempre amable Sakura lo tratara como un dibujo pintado en la pared, y al verla salir azorada de debajo de las mantas mientras gritaba que ya había entendido y que se disculparía, no pudo hacer más que reír por lo bajo, abrumada por la mezcla de ternura y diversión que le provocaba verla haciendo aquel adorable puchero mientras se paraba frente a la puerta y se debatía entre sí debía atravesarla o no. Es decir, él estaba justo ahí frente a la puerta, si salía y lo miraba a la cara seguramente volvería a sentir aquello otra vez y eso significaría que ella...

-¿Por qué mejor no me dices porque estás tan enojada Sakura? Te has pasado todo el día incómoda y quiero saber si puedo hacer algo por ti.

-No estoy enojada.

-¿No estás enojada o te da pena decirlo?

-¡En serio no estoy enojada! Solo se que cuando vi a Hien con ella anoche…

-¿Ella?¿Quien es ella?

-La duquesa Meiling, por alguna razón ella estaba en el jardín está madrugada. Debiste verlos, luchaban con unos cuchillos alargados y hacían volteretas y saltos, ella estuvo a punto de derrotarlo y yo estaba a punto de pedir ayuda, pensé que le pasaría algo muy malo si no actuaba rápido pero me quedé petrificada, no pude ni moverme. Pero ella le ayudó a levantarse y él… él le abrazó. Parecía tan contento de comprobar que era ella… y no lo sé comencé a sentirme tremendamente mal. Como si… como si…

-Estuvieras celosa.

-¡¿Celosa?!- Sakura se apresuró a cubrir su boca con sus manos dándose cuenta de que había gritado aquello tan alto que hasta el chico fuera de la habitación pudo haberla escuchado y agitando la cabeza en negación de manera eufórica replicó que definitivamente aquel malestar que sentía no era para nada un arranque de celos.

-No puedo estar celosa, porque si estuviera celosa significaría que yo… -Al sacar cuentas en su cabeza aquello resultó simplemente aterrador. Si estaba celosa, si ella estaba de tan mal humor porque él fuera cercano a otra mujer entonces eso significaba que ella estaba prendada de un completo desconocido.

Aquel ¡No! Que gritó completamente aterrada no sólo hizo que su cuerpo comenzara a temblar sin razón aparente sino que provocó el sobresalto del chico tras la puerta que empujó la misma de inmediato pensando que alguien había entrado por la ventana e intentaba hacerles daño, provocando que los colores en la cara de la castaña cambiaran de manera alarmante. Se veía tan atractivo mientras sostenía aquella espada con tanta firmeza, mientras buscaba con sus dorados ojos al intruso que pensaba había provocado aquel grito y la sujetaba contra su pecho como si así pretendiera librarla de cualquier mal que estuviera afectándola, que ella… ella…

-¿Que le pasa señorita Sakura? ¿Está bien?- El castaño la agitaba con cuidado mientras la veía desplomado entre sus brazos incapaz de lidiar con todas las emociones que su cercanía la hacia sentir y después de que la amatista quien se había estado divirtiendo de lo lindo con la escena le indicara que la colocara en la cama y le garantizara que estaba bien él abandonó la habitación aun mas confundido que antes. Los ojos llenos de diversión de Tomoyo fueron lo primero que la recibió al despertar de su desmayo y al verla sonreír de forma tan traviesa supo que lo ocurrido no era más que una confirmación de su sospecha. ¡No podía ser! ¡Aquello no podía ser verdad!

-Ni siquiera lo conozco. Jamás he visto su rostro. ¿Y si tiene una cicatriz horrible en la cara? ¿Y si se trata de un hombre desalmado con ojos de ángel?

-El amor toma caminos realmente inusuales a veces Sakura, pero no te preocupes no tiene nada de malo lo que sientes. De hecho… creo que tu también le gustas.

-No, no… eso no es posible.- La almohada que ella apretaba con fuerza a su pecho parecía a punto de estallar, pero aun así la castaña no podía disimular la mezcla de emoción y angustia que aquello le hacía sentir. Claro que sería muy feliz si él también compartía sus sentimientos, pero debía ser realista. Si algo le había quedado claro aquella madrugada era que ella no era la única que gozaba de su amabilidad, de hecho ambas ocasiones en que sintió sus fuertes brazos rodeándola habían sido por puro accidente.

-Seguro que la que le gusta es la señorita Meiling. Ella es hermosa, fuerte, elegante…

-Y como una hermana para él. La duquesa me lo contó… ellos, fueron amigos hace muchísimo tiempo y por eso él estaba tan feliz cuando se reencontraron.

-¿Estas segura de eso?

-Así es. De hecho… ¿Por qué no lo comprobamos ahora?

La firmeza con la que Tomoyo haló a Sakura del brazo mientras sonreía con picardía y casi la arrastraba en dirección a la puerta la obligó a salir de la habitación mientras sus nervios simplemente se salían de control. Y aunque perder el conocimiento tan pronto lo vio frente a ella fue lo primero que pasó por su cabeza, la verdad era que la simple perspectiva de que lo que veía en sus ojos fuera lo mismo que el veía en los de ella ponía a su corazón a latir tan aprisa que no podía siquiera dar un paso más con la intención de huir en alguna dirección.

-Joven Hien. Sakura tiene algo que decirte.

-¡¿Qué?! ¡Yo no…!

-La disculpa Sakurita.- Murmuró en su oído la amatista intentando controlar el impulso que sentía de partirse de la risa al verla tan nerviosa y solo entonces la castaña pudo volver a respirar. Por un momento pensó que le obligaría a hablarle de sus sentimientos. A decirle que desde el día en que lo conoció había provocado todo un torrente de emociones nuevas en ella y que verlo con otra le provocaba un desconcertante y abrumador malestar.

Los ojos de él seguían mirándola con profunda preocupación e inquietud y dándose cuenta de que estaba haciendo un drama por nada y que debía soltarlo de una buena vez, se inclinó ante él y soltó su disculpa, quedándose completamente derretida en el suelo al verlo sonreír y expresarle lo contento que estaba de que las cosas estuvieran bien otra vez en ellos.

Juraba que su corazón explotaría en cualquier momento, que moriría de amor en cualquier instante. No sabía que había debajo de aquel casco que jamás se quitaba, pero sin duda alguna fuera quien fuera Hien, lo seguiría amando igual o más que en ese momento, y es que él definitivamente la volvía loca con solo sonreír.

-Bueno, ya es hora del baño nocturno de la señorita Sakura. Nos vemos en un rato Hien.- Anunció una entusiasta Tomoyo que sabía que si los dejaba allí bien podrían quedarse toda la noche parados en medio del pasillo solo mirándose en silencio, y halando del brazo a la castaña la llevó a través el pasillo mientras la mirada del castaño continuaba siguiéndolas completamente embobado. Sakura era tan dulce, tan hermosa, seguro que aún duchándose debía desprender toda aquella divinidad y belleza que en ese instante irradiaba. Si tan sólo pudiera seguirlas y echar un vistazo seguro confirmaría que todo en ella era así de perfecto.

-¿Duchándose?

Sus neuronas explotaron con la simple idea de saber que estaría en una habitación completamente desnuda mientras traviesas gotas de agua y espuma corrían por cada rincón de su silueta y tuvo que llevar sus manos a su nariz para evitar desangrarse justo allí en el pasillo. Sus instintos masculinos no podían despertarse justo en ese momento, necesitaba compostura y calma si quería seguir protegiéndolas a ambas. Golpeó su cabeza contra la puerta buscando sacar de ella aquel cada vez más turbio e indecoroso pensamiento, y al ver una sombra alejándose en la misma dirección en que ellas se habían marchado hacía unos segundos corrió tras ella temiendo que se tratara de alguna clase de espía de la antigua emperatriz y que por tanto su falta de discreción las hubiera puesto en peligro.

Meiling vio entre los arbustos como él sostenía el listón rojo que había caído de su cabello en medio de la huida y al verlo perderse en la distancia, dispuesto a seguir en su misión de identificar al intruso que los espiaba, sintió que una parte de su corazón se fragmentaba mientras veía al objeto de su cariño ir como toro al degüello detrás de alguien más, al comprobar que aquellos ojos ámbar que siempre deseó que la miraran con amor, ahora solo tenían ojos para aquella chiquilla de ojos verdes.


Lo sé, lo sé. Seguro pensaron que ya no actualizaría. Les cuento que estaba imbuida en mi otra historia larga, la cual por cierto está en la antesala del final, y por mas que intentaba culminar el capitulo no podía concentrarme mientras no resolvía los líos de Tomoyo y Touya en otra realidad.Pero bueno aquí estamos y los hilos que unen la historia comienzan a hacerse visibles. Ya sabemos quien es Meiling y por supuesto que en esta historia será la rival por excelencia de Sakura. También sabemos parcialmente de donde se conocen Kaito y ella y que él no es tan villano como parece y claro está nuestros dos tortolitos por excelencia haciendo de las suyas y Tomoyo aprovechándose del momento. Jajá.Ya veremos que más nos deparará está historia y que pasará con todos estas parejas, sobretodo a medida que aparezcan los triángulos, cuadrados y hexágonos amorosos (Es broma lo de los Hexágonos).Espero que les agrade lo que voy creando y que lo disfruten tanto como yo. Les envío un abrazo y nos leemos próximamente.Att: Brie97