Recordaba alguna vez haber escuchado una definición de justicia donde se refería a tomar decisiones que beneficien a los amigos y perjudiquen a los enemigos. En ese momento le resultó terriblemente burdo, falto de contexto e incluso ingenuo. Probablemente no lo hubiera comprendido si no hubiera estado en esa situación y realmente no era algo que pudiera haber adivinado jamás. Quizá estaba haciendo demasiados juicios mentales por algo que no iba a tener ningún impacto. No iba a impedir que la mataran, no iba a ayudarle a escapar. Su sentido de la justicia no estaba por encima de su sentido de la lealtad y entonces comprendía aquello que había escuchado.

Lo que fuera que beneficiara a Dazai le parecía lo correcto. No había más. Pero una espina de piedad y de tristeza le atravesaba al imaginar que Chuuya viviría el resto de sus días pensando que su madre lo había abandonado. Comprendía el dolor y la rabia del abandono y era algo que Chuuya no tenía por qué vivir. Su madre realmente lo amaba y si no hubiera sido por un pequeño error ella no estaría sentenciada. Conocía a Kouyou lo suficiente para entender que no era una traidora, pero entendía su postura en la cual no podía hacer preguntas aunque intuyera que Dazai había tenido mucho que ver en eso. No hacía ninguna diferencia saber la verdad, de cualquier modo, porque no haría nada al respecto. Lo único que podía hacer era eso. Una pizca de compasión que nunca tuvo por nadie más.

Prefería el día, el calor del sol en su piel dorando, los sonidos de la vida y el verdor de la naturaleza pero comprendía que su espacio era la noche. Sabía moverse en ella tan bien que podía recorrer calles enteras con los ojos cerrados, con la seguridad que su presencia se había consolidado como una señal de mal augurio y nadie se acercaría a él. El tigre de la luna era temido en los sitios más oscuros de aquella ciudad y por él mismo, sino fuera por ese collar ya hubiera arrasado con toda forma de vida allí. Chuuya había hecho un comentario sugerente sobre que parecía un accesorio de bondage y aunque se había sentido cohibido, dejó abierta la posibilidad de tener un encuentro de ese tipo en el futuro. Llenó sus pulmones con el aire frío de la noche, avanzando como otra sombra perdida, el emisor de las malas noticias. Pero una mala noticia es mejor que la incertidumbre, las esperanzas duelen cuando se almacenan demasiado en el corazón, son como almendras amargas. Por eso se envolvió en las sombras después de dejarle a Kouyou su abrigo para que al menos esa noche durmiera cobijada, caminando la distancia que aprendió de memoria hacia el departamento del tío de Chuuya.

Era la tercera puerta del pasillo. Inhaló, sabiendo que era un gesto innecesario pero lo hacía por su propia voluntad. Besó la nota que había escrito antes de tocar la puerta dos veces y deslizarla al interior, saltando hacia el lado contrario del edificio, perdiéndose entre las horas que restaban para amanecer.

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Estaba tan ansioso por hablar con alguien que se quedó parado en la puerta casi media hora,esperando ver a Oda salir del trabajo y llegar a casa, saltando sobre él y abrazando su cuello, chillando de pura emoción sobre lo muy enamorado que estaba. Oda intentó calmarlo al notar que estaba usando su habilidad, amenazando con hacerlos salir volando por los aires a ambos pero Chuuya lejos de prestar atención comenzó a relatarle todos los acontecimientos de aquella tarde y el hombre debió ponerle la mano en la boca, pidiéndole bajar la voz. Chuuya rodó los ojos y se soltó de él, enderezándose y entrando de vuelta al departamento, retomando su monólogo mientras el adulto se descalzaba, siguiéndolo a la cocina, atacándolo sin piedad sobre lo bello que era Atsushi mientras Oda intentaba servirse un poco de jugo frío. Ambos se sentaron y sólo cuando terminó se permitió hacer las preguntas pertinentes, ligeramente orgulloso por lo responsable que se había vuelto. Chuuya le agradeció, pidiéndole comprar por él una botella de vino para obsequiarla a Yosano también. A Oda le daba algo de satisfacción ver la clase de persona en la cual se estaba convirtiendo ese chiquillo, sólo un poco porque sentía que no podía permitirse decir que él había contribuido en ello. Yosano era menos tímida en ese aspecto y siempre clamaba que Chuuya era su familia, su orgullo y Kouyou se prestaba a su juego cuando decía que ellas dos y Oda eran una especie de matrimonio que se había dividido la crianza del niño. Chuuya se reía muchísimo pero los ojos le brillaban porque él sabía que ellos tres, un poco más que el resto de la Agencia, eran realmente su familia. Los restos de la tarde y un poco de la noche se la pasaron hablando, contándose todo el tiempo que no se habían visto , Oda siendo un poco permisivo le concedió pedir pizza para la cena pero lo mandó a la cama antes de las once, besando su frente.

El departamento de Oda no era muy grande y cuando Chuuya se quedaba a dormir normalmente lo hacía en el sofá-cama que había comprado exclusivamente para él. Tenía el sueño pesado, pero las últimas noches lo había atacado el insomnio. Revisaba los mensajes sin respuesta y las llamadas enviadas al buzón de voz lo estaban carcomiendo. Tenía un mal presentimiento. Pero también creía que estaba exagerando y por eso no había querido decir nada más. Suspiró, girándose en el estrecho espacio, acomodándose la cobija sobre el cuerpo dispuesto a cerrar los ojos pero un par de rápidos toques a la puerta lo hicieron sobresaltarse. Pasaba de medianoche y conociendo los hábitos de su tío descartó la idea de una visita inesperada. Tentó el piso con los pies, caminando con sigilo hacia la puerta. Antes de abrirla escuchó el crujir de una hoja de papel bajo sus pies y la tomó, francamente intrigado al leer su nombre escrito en una caligrafía pulcra pero apurada. Desdobló la hoja, incapaz de leer con tan poca luz volvió al sofá, buscando su celular para prender la lámpara.

Oda escuchó el estruendo del celular caer al suelo, la puerta ser abierta pero no cerrada, sin embargo lo tomó como una parte de su sueño, seguro que Chuuya podía estar lo más enamorado del mundo y aún así no se atrevería a escaparse.

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Cuando cumplió trece celebraron su cumpleaños en la agencia. El Presidente le dio sus mejores deseos y un curioso colguije de gatos que todavía conservaba, Ranpo y él se pelearon por las golosinas que Oda había comprado. Fue la primera vez que descubrió a Yosano y a Kunikida besarse mientras todos estaban distraídos viéndolo tocar los globos para hacerlos flotar sin necesidad de helio y él tomó también unas figuras de papel para darles un poco más de tiempo fuera de las miradas. Naomi y Junichiro entraron con un enorme pastel de cerezas, su favorito, pero se negó absolutamente a apagar las velas si no estaba Kouyou. Había jurado que llegaría y Chuuya creía en ella con los ojos cerrados. Pero las velas comenzaban a derretirse y todos se estaban impacientando. No se movió de su asiento, con los ojos fijos en la puerta y cuando Oda estaba por pedirle que fuera un poco más considerado, la mujer entró, sujetándose el costado sangrante, intentando sonreír mientras le deseaba un feliz cumpleaños. Yosano corrió a auxiliarla y así fue como su fiesta fue dada por terminada. Chuuya estalló. Comenzó a hacer volar todos los objetos en la oficina, incluyendo su pastel de cumpleaños, incapaz de detenerse. Estaba harto. Harto de no poder decir que tenía una madre que lo amaba, de verla limpiarse y curarse las heridas a solas en el baño, de no poder hablar de su familia en la Agencia porque todos sus compañeros estaban vinculados con la Port Mafia y a esa edad ya era una cuestión identitaria que le podría ganarse ser objeto de abuso escolar. Estaba harto de entender las cosas como si ya fuera un adulto. Oda fue el único lo suficiente valiente para acercarse hasta él, intentando sujetarse a las partes del suelo que no habían sido arrancadas y al final consiguió tomarlo en brazos, besando su frente, sus mejillas y suplicándole que se calmara. Chuuya lo intentó con todas sus fuerzas y aunque logró que la gravedad volviera a sus leyes naturales, le juró entre dientes que si volvía a ver a su madre herida, mataría a todos en la Port Mafia.

"Kouyou Ozaki va a ser ejecutada."

Esas fueron las palabras que había leído y lo único que necesitó para salir corriendo, haciendo volar pedazos de pavimento a su paso para ayudarse a ir más rápido hacia el edificio fachada de la sede la Port Mafia. Las balas no podían tocarlo y no era necesario para él usar las puertas porque perfectamente podía escalar verticalmente por el edificio. Escuchaba los gritos, sentía el aire de los disparos pero todo absolutamente todo salía volando en otra dirección, incluyendo las personas que le estaban disparando. No importaba que el cristal de la oficina del Jefe estuviera blindado con la mejor tecnología, no existía nada que pudiera con la gravedad. Estaba en el último piso. Las astillas de vidrio cayeron con una velocidad que podía resultar mortal para quienes permanecían abajo pero no tenía tiempo para reflexionar. Estaba ardiendo en pura rabia y estaba listo para escupir en la cara de Dios mismo pero no para rendirse. Avanzó al interior con los perfectos efectos secundarios de los cristales detenidos en el aire como una dramática entrada, los dientes apretados y los ojos inyectados en sangre. Chuuya era miles de cosas y entre todas ellas , era un reloj de arena y ellos habían agitado su contenido para hacerlo caer más rápido. La Mafia le debía muchas más cosas de las que podía pensar y estaba listo a cobrárselas una por una.

Porque todos en la escuela decían que él era el más fuerte y le miraban con miedo o respeto.

Porque Oda le había advertido que mantuviera su habilidad en estricto control o haría arder al mundo.

Porque su madre se merecía ser rescatada y lo había llamado héroe.

Chuuya no quería más que un grano de justicia, una compensación por todos los tragos amargos que había soportado, una última y piadosa oportunidad de arrancar los hilos invisibles que llevaban toda su existencia manipulando a la persona que más amaba, seguro que esa pelea sería ganada por su increíble habilidad y después podrían empezar desde cero, en un departamento tan pequeño como el del tío Oda pero igual de cálido. Estaba dispuesto a pelear por esa vida, estaba listo para hacer explotar todo el universo para proteger a Kouyou, era su turno de pagar por todo lo que ella había sacrificado por él.

La inocencia es sinceramente cautivadora pero nada dura tan poco. Apenas un parpadeo, el vuelo de una mariposa posándose en su boca impidiéndole el grito y de alguna manera que no comprendía anulando su habilidad, deteniendo su respuesta violenta por el frío cañón de un arma justo en su columna vertebral. Sólo necesitaría una bala para causarle una muerte dolorosa, perforando sus riñones o intestinos desde la espalda.

En la vida real los héroes no son muchachos de diecisiete años con un excesivo rencor y un poco de suerte, Dazai lo comprendía y el mayor favor que haría por él era dejárselo en claro.

En la vida real se necesita mucho más que un solo y patético intento de héroe para derribar la fuente que nutre de oscuridad los rincones de una ciudad maldita aunque sus motivaciones fueran tan enternecedoras y puras.

—Incluso predijiste cómo vendría vestido.

— Eso en realidad fue lo más aburrido de todo. Por las fotografías que sube en Instagram era fácil adivinarlo, tiene un pésimo gusto. Pero no quiero perder tiempo y creo que tú tampoco ¿Verdad, Chuuya? Los dos sabemos por qué has venido así que saltémonos las explicaciones y pasemos directo a las negociaciones. Con suerte esto estará terminado antes de que amanezca.