Definir realmente cómo se sentía en esos instantes hubiera sido un gran problema, pues aún su mente divagaba en aquel toque tan dulce y grácil que en sus labios aún sentía; en las palabras inyectadas de sinceridad y de pasión que ambos dijeron; en esa sensación hormigueante que aún su piel mantenía ante el toque cálido y hosco del dios de la guerra.
Izuku no dejaba de sentirse bien, en paz, con una sonrisa visceralmente cegadora. Observando a su alrededor como las flores del jardín trasero de su palacio esfumaban en un almizcle los perfumes más deliciosos que entre el Panteón había. La felicidad que rumiaba en la sangre del dios se notaba en su aura, en las arrugas que se formaban en las comisuras de sus labios cuando sonreía, en la luz incandescente que en sus ojos refulgía como una esmeralda pulida y transparente.
Era un nuevo significado. Un nuevo sentido a todo eso que estaba sintiendo. Por fin había entendido esa sensación que todos los hombres y mujeres del mundo mortal buscaban bajo su amparo, esa sensación de vuelo que cosquilleaba en tu piel, ese hormigueó gozoso que se arrugaba en el estómago, esa sensación tan ineludible de poder sonreír. Era eso.
Izuku sonrió cuando un ruiseñor, aleteando sus alas de color roble, se posó en uno de sus hombros y canto de manera gloriosa para él, seguido de un cantico de pájaros que anidaban en los alrededores del jardín. El dios del amor sentía que las aves cantaban esa sensación tan inexplicable que él sentía en esos instantes. Y no dudo en seguirles el paso.
Izuku por primera vez cantó en su jardín. Una voz aguda con un tono tan dulce y una tesitura casi conmovedora que hizo acallar el canto de las aves para escucharlo. Los cipreses, los fresnos, las rosas, los lirios, las aves, las trepadoras y la brisa se detuvieron solo para escuchar aquel canto precioso.
Izuku casi nunca cantaba, y si lo hacía era casi en un susurro cuando estaba completamente solo. Cantar le hacía recordar aquellos tiempos felices cuando sus hermanas las ninfas y su madre Inko cantaban y bailaban alrededor de una fogata en los solsticios o en los ritos religiosos a los dioses, eran tiempos que la nostalgia hacia pesar entre esas vacías y brillantes paredes y pisos de mármol.
Aun así, el joven dios sintió aquel tirón de felicidad como una excusa para dejar que su resguardado canto saliera al aire inhóspito de su jardín y se ensimismara en las paredes nacaradas de su palacio. Dejó que ese regocijo exacerbante le traspasara las venas y le llenará el alma de dicha.
Entonó con la misma precisión que antaño tuvo aquel canto perdido en el tiempo, enseñado por su madre como el más dulce himno de amor hacia algo que, hasta ahora, le parecía desconocido.
Las veteadas luces del amor lo cegaban completamente mientras dejaba que su voz modulara todo aquello que en su pecho residía, sin dejar de pensar en los rojizos ojos brillantes, en la sonrisa genuina de él, en las manos toscas y ásperas que lo tomaron con tanta delicadeza, en la silueta que emborrachaba a su raciocinio de fantasías y quimeras.
El silencio del jardín solo dejaba entre ver como la dicha de su pecho se alzaba como una efervescente esencia y panacea. Tal era ese sentimiento inconmensurable, que sus pies se movieron por sí solos y dejaron que el cuerpo armónico del dios se balanceara con gracia y con garbo en una danza secreta. Un baile que las ninfas usaban para cortejar, para sentirse felices, para sentirse sensuales.
Sus ojos de esmeraldas se cerraron mientras sentía cada movimiento de su cuerpo esfumar todo lo que su corazón encerraba y todo lo que su alma gritaba al viento. Era apoteósico, después de tantos años, sentir aquel gozo que aquella cantinela y el balanceo de sus pies le daba.
Las flores cerradas empezaron a abrir sus capullos, las que estaban abiertas esfumaban una fragancia deleitosa, los pájaros empezaron a cantar al son del dios y el dios empezó a sentir un efluvio de plenitud que lo ahogó en un interminable sentimiento de júbilo que se detuvo cuando la última estrofa de su canto calló en un silencio primoroso.
Todo fue silencio. Exquisito y exultante silencio. Hasta que escuchó un sobresalto de asombro darse a sus espaldas.
Allí, petrificado y estupefacto, se encontraba Todoroki. Sin aire, con la boca abierta y con el carmín bañándole las mejillas. Se sentía con el corazón aún más arrebatado, con una turbación hormiguearle desde el fondo de su estómago y quemarle el cuerpo como un carbón al rojo vivo. Izuku, de quien se había sentido atraído en los últimos siglos, ahora había cantado en vox populi y él, escondido y silencioso, le escuchó. Su canto le pareció como las guirnaldas más deliciosas jamás entonadas, como una campana de exquisita cantinela. Un canto que superaba a Calíope.
Estaba seguro de lo que sentía en esos instantes. Estaba perdidamente enamorado de aquel dios de hermosas mejillas de alabastro, de sonrisa ingenua, de canto divino y de armonía inaudita.
— Izuku, por Zeus bendito — atinó a decir el dios, aún aturdido — cantas hermoso.
— Todoroki… — saludo el dios de cabellos de pastos, sintiéndose inquieto e incómodo — ¿Cómo has entrado aquí?
— Yo fui el que creé este palacio para ti por orden de nuestro padre — respondió honesto el dios, acercándose con lentitud al dios del amor y manteniéndose lo correctamente cerca de él — y también porque tu servicio me negó la entrada, así que entré por mi cuenta.
Todoroki trató de quitarle un mechón rebelde al fino rostro de Izuku, pero este al darse cuenta giro su rostro para evitar que su mano le tocara.
— ¿Qué haces aquí Todoroki? — le cuestionó el dios acercándose a los tallos de unos lirios y revisando sus pétalos blanquecinos.
— He venido por un asunto que nos compete a ambos — Todoroki, a pesar del rechazo, le siguió de cerca.
— ¿Un asunto? ¿ambos? — cuestionó el joven confundido.
— Haces muchas preguntas, Izuku
— Y tú no das muchas respuestas, Todoroki.
— No me digas Todoroki, solo dime Shoto — le corrigió el dios de ojos heterocromáticos — entre confianza nunca hay que decir el apellido.
— Está bien, Shoto.
Todoroki escondió una genuina sonrisa al escuchar su nombre salir de los rosados labios del dios y atisbar una sonrisa juguetona en el dios del amor. La tensión que anteriormente se había instaurado desapareció como un vaho.
— Lamento haber invadido tu privacidad y ese momento tan íntimo.
— No tienes que preocuparte por ello — le restó importancia el de ojos esmeralda y le dedicó una sonrisa comprensiva —, pero deseo que vayamos a mi salón a hablar sobre ese asunto que debemos conversar.
Todoroki asintió con caballerosidad y siguió de cerca los pasos del dios. Salieron del jardín traspasando senderos de piedra caliza y cincelada, luego se inmiscuyeron en las paredes de mármol y en el silencio indemne que en el residía, solo escuchándose el rumor de los pasos de ambos recorrer aquel laberinto de mármol y madera nacarada.
Solo hasta que llegaron al salón principal del palacio, Izuku se alivió, pues en esos momentos Kendo desfilaba por el salón con aire solemne.
— Kendo — le llamó el joven.
— Izu… Mi señor — se corrigió rápidamente la gracia observando que su señor tenía compañía — ¿ha pasado bien su rato en el jardín?
— De maravilla.
— ¿En qué puedo servirle?
— ¿Podrías traer un poco de vino y algo de queso? Si es muy amable de tu parte — le encomendó el joven con tranquilidad.
— Con gusto, en seguida se los traigo.
Kendo volvió a desfilar por el pasillo y desapareció en un punto dado.
— No tienes que ser tan servicial conmigo, Izuku.
— Tonterías, eres un invitado — justificó el dios de cabellos de pasto — quien tenga mi confianza y resida en mi hogar ha de ser tratado con benevolencia y servicio.
Todoroki sonrió. Casi nadie lo trataba de manera tan servicial como él. Siempre era el encargado de la herrería y la orfebrería de los dioses, recibiendo órdenes y recados de cada uno por una mejor arma, por una mejor corona, por una mejor ornamenta; nadie se preguntaba si realmente estaba bien o de sí estaba cansado, nadie la daba tales servicios en sus moradas que irónicamente eran creadas por él. Se sintió extrañamente reconfortado.
— Por favor, acércate — le instó Izuku.
Izuku hizo que lo siguiera nuevamente hasta encontrarse en el medio de aquel gran salón, subiendo por un corto entarimado de mármol y encontrándose con un amplio nido de mullidos almohadones, pieles y sedas, en vez del angosto y bruñido trono que Todoroki había creado para el nuevo dios que le había encargado su padre.
El dios de ojos esmeralda se sentó en el ancho nido y palmeó su lado con cordialidad para que el dios de cabellos bicolores se sentará a su lado.
Todoroki se sintió intimidado y no pudo evitar sentir que se sonrojaba. Aquel amplio nido les recordaba a los lechos de las ninfas, en donde más de una vez el dios sintió aquel irrefrenable deseo que en su sangre y en su ser sentía desde hace muchos milenios. Un deseo de yacer frenética y concupiscentemente entre los brazos de alguien que no solo le entregará su silueta, sino su ser en igual medida. Y Todoroki sintió aquel ingenuo ofrecimiento como una propuesta indecorosa.
— ¿A qué se debe tanta timidez? — le cuestionó el joven dios, curioso ante el retraimiento del dios.
— N-No es nada, Izuku. Estoy bien.
— Venga, Shoto, no te cohíbas.
Y con ese último comentario, Izuku tomó la mano de su amigo y lo sentó a su lado. Todoroki se quedó sorprendido ante la camaradería y confianza con la que Izuku le invitaba a aquel nido. Estaba tan cerca de él que su perfume avainillado y dulce le entorpecía la mente, que se dio cuenta que las hermosas pecas ante la luz del sol parecían hermosos puntitos de cobre bruñido y que sus ojos eran tan hermosos como los recordaba la última vez que se habían visto.
Izuku sonrió al ver como su amigo se quedaba petrificado, como si estuviera sorprendido por la propuesta y que, en su propia candidez, le regalaba el más incipiente sonrojo que jamás haya visto, como el somero color que las mejillas toman cuando te enfrentas por primera vez a ese sentimiento llamado amor.
— Espero que no te mantengas callado, porque en verdad deseo escuchar lo que tienes que decir — le objetó el dios con camaradería.
Todoroki se despabiló y volvió a la realidad, negando sutilmente con la cabeza para alejar todos los pensamientos que acumulaban en su cabeza. Izuku soltó una corta risilla y Todoroki se sintió hipnotizado.
— Yo…
— Oh mira, ahí viene Kendo — señaló el dios.
Kendo venía ataviada con un ánfora de barro y una bandeja llena de queso, uvas y ternero junto a dos copas bruñidas de oro, las cuales dejó en manos del dios del amor. La joven gracia hizo el amago de servir las copas, sin embargo, su señor le detuvo.
— No te preocupes por esto, Kendo — le comentó el dios tomando el ánfora entre sus esbeltas manos — estamos bien.
La joven, al ver la iniciativa de su amo, asintió y dejó entre las manos del dios todo lo que le había pedido.
— Estaré en las habitaciones contiguas por si necesitan algo más, mi señor.
— Agradezco tu servicio, querida.
Kendo se inclinó servicialmente ante ambos dioses y se retiró del salón por uno de los corredores del amplio palacio.
Al verse solos, Izuku empezó a rellenar las copas con el ánfora y después le ofreció una de ellas a su invitado. Todoroki la tomó y le agradeció al joven dios, mientras este tomaba de igual manera su copa y dejaba la bandeja de queso, uvas y ternero en medio de ambos.
— Se ve exquisito.
— Prueba un poco — ofreció el dios con candidez.
Sin embargo, lo que el dios de la forja no esperaba era que el más bajo tomará entre sus manos un poco de carne.
— Abre la boca — pidió amablemente el dios.
Joder. Todoroki no podía dejar de sentir una irrefrenable llama quemarle la tapa de los sesos, espesando su sangre como una bomba. No era posible que el dios se ofreciera hacer eso a él.
— Shoto, por favor, abre la boca — repitió.
Pero Todoroki apenas podía hacer sinapsis de lo que estaba pasando.
— Yo…
— Shoto — bufó el dios infantilmente e hizo un puchero.
Todoroki sintió su pecho derretirse al ver la expresión tan deslumbrante y candorosa que Izuku le dedicaba. Así que, abrió su boca con reverencia y dejo que las suaves y esbeltas manos del dios le dieran de comer.
Sintió el toque de aquellos finos dedos sobre sus labios como un bebedizo hipnotizante, enriquecedor y obsesivo. Una sensación que, incluso, superaba con creces todas aquellas emociones que en sus largos eones había experimentado. Era una conmoción portentosa.
Todoroki no pudo evitar jadear ante lo delicado y gustoso que se sintió el tibio roce de sus labios con las manos ajenas. Esa sensación cálida y fina que exacerbaba sus terminaciones nerviosas y hacía que el pálpito de su pecho se desenfrenara como una manada de caballos encabritados.
— Veo que te ha gustado — sonrió el dios del amor.
— Ha sido delicioso — contestó rápidamente el dios heterocromático, apenas saboreando la carne — es muy tierno…
— Si, es una carne muy buena — respondió el dios del amor mientras se lamía los restos del jugo de la carne que había quedado entre sus dedos.
Todoroki tuvo que evitar ver como el dios hacía tal escena, pues su débil carne estaba decayendo a los más impíos deseos que se llevaban aglomerando hace más de una eternidad. Tomó su copa con premura y bebió de ella completamente de un solo sorbo.
Sabía que esos actos puramente coquetos y picarescos no eran con intenciones sensuales o indecentes, pues con el tiempo había aprendido que esos ademanes eran los mismos que las ninfas, en su naturaleza, hacían con tanta trivialidad. Y, por lo que se había enterado, Izuku había sido criado entre ninfas.
— Izuku — le llamó.
Izuku se detuvo y miró al joven de la marca, tenía la mirada perdida en su copa vacía. El de cabellos verdosos apreció lo anguloso y cincelado de sus facciones, en lo marcado de sus pómulos, en lo fino de sus labios. No pudo evitar pensar que, si no tuviera aquella marca rojiza, hubiera sido guapo. Sin embargo, su corazón aún latía por aquel dios de modales groseros y de rostro taciturno.
— Vine aquí por una razón urgente — inició Todoroki, mirando fijamente a los ojos del dios más pequeño — y sé que lo que te confesaré no te gustará nada…
Izuku al escuchar esa declaración, se enderezó y puso su expresión más sobria. No sabía a qué atenerse, pero de solo sentir que su cuerpo se tensaba y que un aire frío le calaba la piel expuesta de sus brazos solo le vaticinaba que nada bueno saldría de lo que el dios de la forja tenía que decir.
— Te escuchó — respondió prudente.
Todoroki, ante el cambio de temperamento del dios más pequeño, tragó duro y se humedeció los labios ante esa creciente sensación de ansiedad que le carcomió. No estaba seguro de cómo reaccionaría aquel hermoso dios, pero sí su decisión era rechazarle y de despreciarlo por tomar tal decisión a sus espaldas, aceptaría tal destino como consecuencia de su egoísmo.
— Yo… la otra noche, cuando se celebraba la ascensión de Uraraka como diosa del hogar, escuché la conversación que tuviste con mi madre…
Izuku, aunque tembló por el simple hecho de escuchar de que alguien más sabía su secreto, no cambio su gesto sobrio.
— Y, aunque no estoy seguro cuales son las razones por las que mi madre te ha impugnado eso, debo decir que esa decisión no solo fue por iniciativa de ella, sino que también tengo algo de culpa en eso — reveló el dios de ojos bicolores sintiendo como cada palabra que pronunciaba le quitaba el sabor de su boca.
Izuku, incrédulo y confundido, le miro con recelo.
— ¿A qué te refieres con que tienes culpa en esto, Shoto? — le interrogó el joven dios alzando inquisitivamente una de sus cejas.
Todoroki suspiró, acopió todo el valor que pudo y se decidió. Rápidamente se arrodilló entre las piernas del dios, con sus manos ásperas y duras, gracias al trabajo en la forja, tomó las manos finas y suaves del más joven, y sus ojos bicolores miraron con clemencia a las esmeraldas del de cabellos pastos.
— Yo… Yo pedí tu mano — confesó el dios bicolor mientras evitaba la mirada del dios del amor y apretó sus finas manos — presenté ante mi madre una dote que no podía rechazar y le hice prometerme que hiciera lo necesario para que pudiera casarme contigo.
Izuku escuchó en silencio tal revelación y no dejó que su gesto de prudencia se dislocara, aunque por dentro sentía un incisivo absceso de ira crecerle como un burbujeante veneno.
— Pero… Yo… yo solo asumía que mi madre solo te convencería de aceptar un cortejo o de, tal vez, hacerme competir por tu mano — apresuró a decirle, sintiendo que su voz se quebraba en el proceso — yo no deseaba causarte dolor o sufrimiento, no deseaba que sintieras aquello que te peso en el pecho aquella noche.
Sus ojos de bicolor empezaron a soltar lágrimas e Izuku sintió una punzada y una opresión en el pecho de ver a aquel dios llorando por él.
— Esa noche, cuando te vi llorar y mi madre se había ido, fui consciente de lo verdaderamente egoísta que fui contigo — siguió el dios, mirando con clemencia a los ojos verdes de Izuku —, no debí verte como un premio o como una cosa, Izuku, no debí pedirte como si fueras un objeto de trueque…
Los ojos heterocromáticos brillaban de arrepentimiento.
— Por eso, delante de ti, vine a confesar mi culpa y a aceptar el destino que me depares, si despreciarme por el resto de nuestra existencia o de jamás volver a dirigirme la palabra — se resignó el dios — pero lo único que te imploró, como dios de la forja, es que me concedas tu perdón.
Izuku se mantuvo impertérrito ante la confesión, aunque por dentro la vorágine de emociones que lo estaba azotando le abrumaba con una vertiginosidad insondable ¿Acaso era eso para Todoroki? Había sido el primer dios que le había hablado con amabilidad, que no lo había atosigado con flirteos indeseados, el que se mantenía casi taciturno y caballeroso en las verbenas oficiales ¿Por qué había hecho eso a sus espaldas? ¿Por qué había diezmado de tal manera su libertad? ¿Por qué él le había hecho eso?
Izuku deslizó sus finas manos con agitación y su expresión se mortificó, como un lienzo dominado por el miedo. Todoroki sintió un punzón clavársele en el pecho como una estaca helada.
— ¿Cómo te atreviste?
Todoroki sintió que el amargo sabor de la boca le quemaba los labios y de solo tragar duro sintió su estómago como un peso de plomo. Los ojos mortificados del dios le estaban quemando como las llamas más calcinantes que en su piel había sentido.
— Yo… Yo solo lo hice porque… — el dios balbuceaba sin saber si realmente podía confesarse — había muchos rumores de ti y yo no… no quería que…
— ¿Y eso es lo que soy para ti Todoroki? — escupió con virulencia — ¿Un pedazo de carne con qué yacer en tu lecho? ¿Una fábrica de bebes? ¿Crees que eso es lo que soy?
— ¡No! ¡Absolutamente no! — increpó el dios, levantándose y luciendo indignado — jamás podría considerarte de tal manera ¿Cómo te atreves a pensar que yo te consideraría de esa manera?
— Crees en los rumores que han llegado entre las paredes del panteón — refutó el dios levantándose con garbo y luciendo una luz mordaz en su aura y en su mirada — en las mentiras hechas por los mortales, en los cuchicheos de las lenguas viperinas, antes que en mi propia palabra ¿Cómo deseas que te tomé? ¿Cómo pretendes que te respete y te crea cuando dudas de mi propia palabra y crees en el chismorreo venenoso que esconden los palacios?
Todoroki abrió la boca y luego la cerró. Bajo la mirada y se sintió a penado. Sabía que no debía creer en las ponzoñosas palabras de la servidumbre de sus hermanos, en los cuchicheos que se escuchaban entre los inmortales, en los secreteos que los dioses mismo adjudicaban al dios. Pero no podía dejar de evitar sentir que Izuku debía ser única y exclusivamente suyo. Que fuera su amigo, su amante, su consorte. Deseaba todo él.
— Tienes razón — su voz sonó amarga — otra vez vuelvo a ser un estúpido y he herido tu honestidad y nuestra relación.
Izuku se mantenía impasible en su lugar, pero en los ojos bicolores del dios pudo vislumbrar cierto arrepentimiento que su feble corazón no pudo desdeñar.
— Pero, quiero decirte que todo esto lo hago porque siento que no puedo sacarte de mi mente — inició el dios — que cada día que paso sin ti se vuelve un suplicio, que mi única motivación es poder volver a verte, que el recuerdo permanente de tu compañía me embebe, que tengo esta necesidad insaciable de protegerte, de ofrecerte amparo y de ofrecerte algo que nadie ha podido recibir de mi…
Todoroki se acercó y tomó con delicadeza la mano del dios nuevamente viendo que el de cabellos verdosos no le rechazaba. Pegó aquella suave mano de finos dedos a su recio pecho e Izuku sintió aquel martillear errático que en el pecho ajeno latía, sus mejillas de alabastro se colorearon en bermellón.
— ¿Lo sientes? — le preguntó y sus ojos se encontraron — ¿Piensas que es solo sangre bombeando? ¿Qué es solo yo sintiéndome nervioso? Es más que eso Izuku, es la viva evidencia de lo que siento por ti, de este recalcitrante dolor que día a día pasa por no poder darte lo que deseo, que es mi amor por ti. Te amo, más de lo que puedes imaginar.
Sus ojos se mantuvieron fijos, hasta que Izuku rompió aquella conexión y evito la mirada bicolor de su invitado. Se sintió agobiado y anonadado ante la confesión de su compañero. Porque Izuku estaba consciente de que las palabras de Todoroki no eran puras falacias, eran amor, era amor puro y recalcitrante que había salido de los más profundo del pecho.
Entonces recordó el trato al que había llegado con Nemuri aquella noche. Palabras firmes y estoicas que volvieron a atañerle como un veneno agrio. Era una decisión difícil y el atardecer se estaba cerniendo sobre ellos, con los últimos espejismos del dorado crepúsculo que le daban paso al nuevo ciclo lunar, el último día para darle respuesta a Nemuri.
Tuvo que bajar del entarimado por sentirse completamente mareado y sintiendo que en cualquier momento se desmayaría. Su corazón se sentía oprimido, su mano se posó en su boca para detener el deseo de gritar de frustración, los ojos sentían que le escocían por las ganas de llorar. Todo eso era inaudito, imposible, injusto.
¿Por qué ahora que podía sentirse pleno? ¿Por qué ahora que sentía que realmente vivía? ¿Por qué debía ser él y no otro dios? ¿Por qué su felicidad debía ser arrebatada? Era tan inicuo, tan vil y tan cruel.
"No estas preparado para la ira de tu padre"
Las palabras de Nemuri resonaban como un repiqueteo calcinador.
"Tu padre odia que rompan sus promesas"
"La única manera de evitar una guerra a toda costa es que te cases"
"Si Yagi se llega a enterar de esto, ten por seguro que no será piadoso"
El solo hecho de imaginar a su padre encolerizado contra él, solo lo ponía trémulo y lívido. No podía dejar atrás su vida de dios, no ahora que había encontrado al amor de su vida, no ahora que podía sentir que realmente vivía, no cuando deseaba pasar toda su eterna existencia junto a aquel dios de ojos rubíes que había abierto su corazón para él.
Pero si aceptaba el trató, debía dejar atrás ese amor. Debía contraer nupcias con un dios que no solo consideraba un amigo y que apreciaba, sino alguien que no le causaba ni el más leve cosquilleo o el más leve deseo de yacer con él. Un dios que, a pesar de que lo amaba con fuerza, le era indiferente.
Una mano se posó en su hombro y su reacción fue virar rápidamente para verle. Sus ojos de bicolor estaban expectantes y su rictus ansioso.
— Sé que no hay una respuesta para todo esto — comentó el dios irguiéndose — pero tengo que decirte que no esperare a que me dejes con un silencio como respuesta, pues el silencio solo es la respuesta de los hombres cuando no saben lo que desean, pero como sé que me darás una respuesta, esperaré hasta el banquete de esta noche.
Todoroki nuevamente tomó sus manos, con la misma delicadeza de tocar algo realmente frágil y suave.
— Ten en cuenta, Izuku, que, si mi amor es recibido por ti, no solo te llenaré de regalos y de mi amor — sus ojos vislumbraban una pasión arrolladora — serás el dueño de mi hogar, de mi vida y de mi destino, pues por ti pienso y por ti me mantengo lúcido.
El dios de ojos bicolores dejó ir las manos del dios y desapareció de la misma forma en que había llegado hasta el palacio del dios del amor, solitario y en silencio.
Cuando Izuku se sintió completamente a solas, no pudo evitar soltar aquel hipido que estaba ahogando su pecho. Un hipido desternillante que escoció sus ojos y terminó por llevarlo a un berreo silencioso y doloroso.
Su cuerpo se apoyó en una de las columnas del lugar y luego se deslizó hasta tocar el piso, sintiendo el pecho oprimírsele y la mente nublársele de la melancolía. Era difícil, injusto, vil. Pues su corazón latía por el amor que embebía su alma, mientras que su mente solo lo llenaba de pánico ante la inminente ira y penitencia de su padre.
De solo pensar que debía dejar a Katsuki le producía ganas de vomitar y de llorar desconsoladamente; pero también pensaba en lo cruel que podía llegar a ser su padre con los castigos y más cuando se trataba de una promesa, podía encerrarlo en el tártaro y pagar su deshonra por toda la eternidad o condenar a su isla y a su familia a una maldición tan aborrecible como dolorosa.
Izuku no pudo evitar llorar a flor de piel nuevamente y dejó que sus gracias, en el silencio de sus paredes, le consolaran sin que ellas preguntaran el dolor de su señor. Izuku, en silencio, agradeció el gesto.
Hola a Todos, Aquí su "desquiciado" autor con un nuevo capítulo de esta hermosa historia.
FELIZ AÑO, FELIZ REYES, FELIZ DÍA DE LA MARMOTA, FELIZ CUMPLEAÑOS Y FELIZ LOQUESEA XD
En verdad lamento mucho la demora de este siguiente capítulo, sufrí el inesperado reintegro a las clases online y mis practicas profesionales ya casi terminan, así que mi tiempo para poder escribir se ha reducido a mis horas libres y casi siempre las uso para leer, meditar o distraerme del estrés pre-tesis que se viene este semestre. Pero no todo es malo para ustedes, porque en serio les prometo no dejar inconclusa esta historia.
También quiero agradecerles porque la historia ya casi esta en los 2000 leídos y estoy sumamente feliz. Agradezco y adoró cada comentario que dan, cada ves que lo guardan en favoritos, cada leído que disfrutan, porque en verdad no busco que mi historia sea la más leída o la más relevante, sino que sea de esas que todos, tanto ustedes como yo, la disfrutemos en su mayor medida.
Reitero todos mis agradecimientos a ustedes que siguen leyendo, apoyando y comentando esta historia, y espero que hayan tenido una feliz lectura.
Sin nada más que agregar, les mando un abrazo psicológico bien grande y espero que para la próxima solo dure dos semanas en escribir *pero no prometo nada*.
MARK, fuera.
