SEGUNDA PARTE
Candice abrió los labios, y Terrence reaccionó devorando y saboreando todo el interior de su boca, y como era de esperarse, Candice se defendió de la misma manera.Terrence sabía a menta y sensualidad. Cada ocasión que sus labios se posaban en un intenso encuentro, ella parecía experimentar el despertar de partes de su cuerpo que habían permanecido adormecidas. El roce primitivo y hambriento contrastaba con la delicadeza con que Terrence estaba recorriéndole el cuerpo con las manos; apretaba su carne, y sobre el corte del vestido. Terrence introdujo la mano para acariciarle el pecho cubierto por un sujetador de seda. Ella jadeó contra la boca masculina, y movió las caderas contra la erección, porque necesitaba más.. La mandíbula de Terrence era áspera, y el cosquilleo que le provocaba era tan desequilibrante como adictivo. Lo mordisqueó e introdujo los dedos en los espesos cabellos castaños, apretó los dedos con fuerza y lo escuchó gruñir. Se paladearon mutuamente como si cada uno quisiera llegar hasta el recodo más profundo del otro. Candice se sintió cautivada y deseada como jamás en su vida. En los brazos de su enemigo sentía que era el más preciado tesoro que él jamás hubiera descubierto. Era una locura, y ella estaba inmersa como nunca lo creyó posible. Reconocer que los besos expertos y las manos de Terrence era producto de muchas amantes en su pasado no le agradó, y tan solo por ese pensamiento, Candice le mordió el labio inferior con fuerza, halándolo, hasta que sintió el sabor metálico de la sangre.
―Tu pasión es tan salvaje como la mía ―murmuró Terrence bajándole el vestido hasta que cayó en un manto de exquisita tela a los pies de Candice, le quitó el sujetador sin ceremonias, y se quedó boquiabierto por las deliciosas curvas de los pechos erguidos; los pezones eran rosados. Terrence tomó ambos senos con las manos, los acarició y frotó las puntas erectas hasta que estuvieron listas para él.
―Terrence…
―Lo sé, Candice ―susurró antes de apartarse de la suculenta boca, para atrapar un pecho con la boca, mientras su mano acariciaba el otro seno con avaricia. Estuvo varios minutos entre uno y otro, porque no creía posible poder saciarse de aquel manjar dulce. La piel de Candice era suave y tentadora. La quería toda, en ese momento, bajo su cuerpo, penetrando hasta lo más profundo de su ser. Ella tomó el rostro de Terrence para besarlo de nuevo en un beso frenético, succionó su lengua, y con movimientos elocuentes pronto tuvo a ese magnífico hombre con el torso desnudo. Recorrió la piel clara de Terrence, los abdominales firmes y siguió con las yemas de los dedos el camino que guiaba hasta el sitio que deseaba tener entre sus manos. Quería acariciarlo, probarlo, tentarlo de todas las formas posibles, porque ya no podía resistirse a Terrence. Se sentía ebria de deseo.
―¿Me deseas? ―le preguntó él apartándose para depositarla en el borde de la cama. Pero se obligó a detenerse, porque necesitaba su rendición; necesitaba escuchar la respuesta. Ella lo miró con lujuria. Sus sentidos estaban dispersos, pero su cuerpo era más sensible que nunca. Ambos jadeaban, mirándose, retándose a doblegarse ante el otro. Él le soltó el elegante peinado. Los cabellos rubios y rizados cayeron sobre el rostro, hombros y pechos desnudos de Candice; Terrence lo apartó para poder mirarla. Sonrió con picardía, mientras acariciaba tentadoramente la humedad de entre los muslos. En esos momentos el único enfoque de Terrence era la rendición de esa rebelde mujer, así que dejó de lado comentar sobre la cicatriz que tenía Candice sobre la pierna. Una cicatriz que, evidentemente, había sido obra suya . Ese tema podría tratarse más adelante. Si hubiera sido otra mujer, él estaba seguro de que en esas circunstancias habría tratado de ocultar con maquillaje o alguna extravagancia la cicatriz. Aquella era una marca de supervivencia; Candice era una guerrera.
―Me vas a hacer reconocer, ¿verdad? ―preguntó ella, acariciándole la mejilla . Terrence era gloriosamente guapo, dominante, pero en esos momentos estaba tratándola con una delicadeza que la descolocaba. Estaba segura de que podía perderse en esos ojos zafiros intensos que le recordaron al chico que le había salvado de una muerte Segura.
―Sí, señora, alto y claro ―replicó inclinándose hacia ella, y hasta que tuvo las manos a cada costado del cuerpo femenino, apoyándose; y su pecho entró en contacto con el de ella. Piel con piel. Vibración sensual contra vibración sensual. Candice se rió y le rodeó las caderas con las piernas.
―Te deseo, Terrence. La sonrisa del rey fue triunfante. Antes de que ella pudiera sentir los labios en su boca, él la sorprendió apartándose súbitamente para luego agarrar las bragas y sacársela sin demora. Después le tomó las caderas y la colocó justo en el borde de la cama. Ella fue a preguntar qué demonios creía que estaba haciendo, pero Terrence se colocó las esbeltas piernas sobre los hombros. Candice se incorporó sobre los codos para mirarlo, sonrojada.
―Eso no es…
―Tenemos menos de diez minutos para bajar a la reunión.
―Pero, yo nunca he recibido…
―Esta, Candice, es la primera parte de lo que vamos a hacer el resto de la noche ―dijo Terrence, interrumpiéndola, antes de inclinarse para degustar la parte más íntima con un ansia que no había sentido hacia ninguna otra mujer en su vida. Su lengua era fuego, y sus dedos le acariciaban los costados, mientras Candice se debatía entre gritar de placer o agarrar a ese hombre y pedirle que la penetrase lo antes posible. Echó la cabeza hacia atrás cuando él empezó a succionar su clítoris, a dibujar con la lengua su intimidad, justo antes de penetrarla con un dedo, después dos, y empezar un baile de erótica conquista entre uno y otro tormentoso deseo. Ella era vagamente consciente de la realidad, porque su único propósito era alcanzar ese punto de no retorno, la pérdida de la conciencia por breves segundos, y solo disfrutar del placer que ese hombre estaba brindándole.
―Terrence… Oh, sí, sí… Estoy a punto de… Él sonrió, y agitó sus movimientos.
―Déjate ir, Candice. Disfruta del placer. Cuando sintió que estaba a punto de llegar al orgasmo, Terrence apartó la boca de los labios íntimos, y continuó acariciándola expertamente con los dedos. Deseaba verla llegar al clímax, escuchar su voz, leer sus expresiones faciales, mientras se aseguraba de dejar en ella una huella. Dos segundos después, Candice soltó un gemido que Terrence sofocó con su boca. La besó con intensa suavidad, hasta que poco a poco sintió que las contracciones alrededor de sus dedos fueron menguando. Poco a poco, Candice regresó a la realidad. No tenía sentido recriminarse cuando la sonrisa complacida de Terrence apareció en su punto de visión, porque lo cierto es que jamás había experimentado un placer tan exquisito como aquel. Se sentía empoderada, y la sensación le resultaba fantástica.
―¿Estás bien? ―preguntó él, apartándole un mechón del rostro.
―Sí ―susurró.
―Tenemos que vestirnos ―dijo Terrence con un tono más duro del que hubiera querido. La erección que presionaba su bragueta era dolorosa, y sabía que no había tiempo para aliviarse. Cuando la vio fruncir el ceño, no quiso dejar la impresión de que estaba rechazándola súbitamente―: Lo continuaremos.
―¿Y tú? Él se apartó y la ayudó a ponerse de pie. Ella sentía las piernas como gelatina, pero maniobró lo suficiente hasta encontrar su ropa y empezar a arreglarse. Él se dedicó a contemplarla, mientras agarraba la camisa de la alfombra y empezaba a abrochársela con movimientos rápidos. ―De momento no importa lo que yo desee, porque tenemos un grupo de invitados muy selectos en manos de quien está el futuro de negociaciones exitosas. Candice se sonrojó. Por un breve instante había olvidado todo, porque su mente y sus sentidos estuvieron enfocadas en Terrence, en el placer, en la pasión. Él pareció leer sus pensamientos, porque sonrió, acercándose.
―Estamos a tiempo. Todo irá bien. Sé que puedes arreglarte en poco tiempo para lucir como si nada hubiera sucedido. El vestido está intacto ―dijo con media sonrisa, mientras ella maldecía por lo bajo.
―Bueno, entonces vete, porque si continúas aquí… Terrence se inclinó para besarla. Había descubierto que, por esa noche y hasta que lograra descubrir más de Candice, era adicto a su sabor.
―¿Mucha tentación para ti, reina Candice? ―preguntó, burlón, mientras ella rodaba los ojos―. Te ayudo con el vestido, y luego me iré por el pasillo de la chimenea para cambiarme la camisa y lavarme.
―"Lavarme"… ¿Es ese el código para masturbarte? ―preguntó sin pudor. Él soltó una carcajada. Le recorrió el labio inferior con el pulgar.
―No, Candice, porque el único alivio posible para mí será cuando esté anclado en tu cuerpo y gimas mi nombre con cada embestida, hasta que no recuerdes quién más estuvo en tu cuerpo antes que yo. Sin darle tiempo a responder, asombrada por la declaración posesiva y lo que acababan de hacer, Candice continuó vistiéndose. Tendría que retocarse el maquillaje, en especial el labial porque este se había echado a perder. El cabello le tomaría un poco más de tiempo, pero si se daba prisa podría ser eficiente. No iba a llamar a Sophie, por Dios, se moriría de la vergüenza si veía el estado de agitación en el que se encontraba en esos instantes.
Los Reyes habían bajado a la recepción a tiempo; cada uno impecable, como si jamás hubieran considerado cancelar esa importante recepción por el placer de acostarse juntos. Ver a Candice desnuda podría describirse como una de las pocas experiencias de su vida que valía la pena marcar a fuego en la memoria. Su piel era suave al tacto, y los músculos estaban definidos; sus curvas resultaban provocativas y sensuales.
El salón estaba a tope, la comida era abundante, la música apacible de fondo, y el clima exterior acompañaban a la perfección. No podía pedir un mejor entorno para recibir a un grupo de escépticos extranjeros que representaban la llave de la inversión internacional para el presente y futuro de país.
―La comida es exquisita, Majestad ―dijo uno de los australianos, el doctor Doruan Martin, quien poseía una compañía encargada de fabricar prótesis biónicas e implementos para personas con discapacidad.
―Me alegra que así sea.
―Hemos contratado un guía turístico para los próximos días, gracias a la gentil disposición de su staff, así que nos llevarán por un paseo. Realmente estoy esperándolo. Su país tiene gente muy cálida; mi esposa y yo disfrutaremos de seguro yendo al bazar a comprar objetos tradicionales, Majestad.
―Aprecio su opinión de mi país, doctor .
―Mañana me reuniré con el director general del Hospital Central, porque me envió algunos casos bastante interesantes en los que mi compañía podría empezar a trabajar. Ser un proveedor exclusivo de su país para ayudar a las personas con discapacidad sería un verdadero honor. Terrence formuló una sonrisa amable. El doctor Martín era el único médico y dueño de una compañía innovadora, y su vínculo podría ayudar muchísimo a personas con problemas de movilidad a causa de accidentes o condiciones de nacimiento. Había sido un acierto que estuviese entre los integrantes de la comitiva extranjera.
―Espero que pronto podamos firmar un acuerdo de mutuo beneficio, doctor Martín. ―El hombre asintió―. Ahora, si me disculpa me gustaría ir a comentarle a mi esposa sus generosas intenciones.
―Por supuesto.
Los celos no formaban parte de su reacción con una amante. Le gustaba la exclusividad, sí, y ellas siempre habían respetado ese pacto. Pero ver a Candice, su esposa, tan alegre con Tom, ese Americano en el salón, no le gustó en absoluto.
Además, el hombre había tenido la descortesía de llegar veinte minutos tarde a la recepción. Para ser una persona que, según los empresarios y políticos era bueno en las negociaciones en cuanto a cultivos y ganado, para Terrence el tipo había perdido la noción de como era el contacto físico con la realeza, además del ligero apretón de manos al llegar, era visto como una falta de respeto. El tal Tom, parecía demasiado cómodo con Candice, y ella ―tan espontánea como siempre―, parecía ajena a la etiqueta que debía mantener. ¿Acaso que por ser la reina tenía un pase especial? «En lo que se refería a otro hombre devorándola con la mirada, no», decidió Terrence con rabia. Sophie, la asistente personal y consejera de Candice, estaba en un discreto sitio del salón tratando de hacerle señas, pero claro, su esposa se encontraba demasiado entretenida con el pomposo aquel. Pensar en otro hombre tocándola, lo cabreaba un montón. Verlo en directo ―le daba igual que solo estuviese poniéndole la mano sobre el antebrazo repetidas veces cada que decía algo―, lo hacía sentir como un toro embravecido cuando un estúpido torero le agitaba una bandera roja. No podía acercarse sin más, en especial si todavía le quedaba el grupo más importante de empresarios.
Cuarenta minutos más tarde, Bernard le presentó uno y otro y otro extranjero. Terrence no era grosero, no podía serlo con todo lo que estaba en juego, pero su paciencia en lo relacionado a ser "sociable" ya había rebasado el límite.
Bernard, su asistente había estado presente en cada conversación. No se apartó de su lado en ningún momento, y estaba haciendo muy bien su trabajo. En ese instante, Terrence al fin estaba cerca de la fuente de licores y pastelería. Probó un poco, y cuando hizo contacto visual con su otro asistentes, el segundo después de Bernard, le hizo una seña discreta para que se acercase.
—Majestad ―dijo el hombre con una reverencia.
―He estado más de tres jodidas horas hablando con todos estos extranjeros, así que espero que los resultados se reflejen pronto. Procura mezclarte y escuchar discretamente aquellos comentarios que se dicen entre ellos.
―Por supuesto.
―¿Dónde está la reina Candice? Hasta hacía un momento estaba charlando con uno de los hombres que venía con el grupo de australianos. El segundo asistente frunció el ceño. Miró alrededor. Se rascó la cabeza.
―Lo último que supe es que la reina invitó a algunas de las esposas de los visitantes a recorrer el jardín, mientras sus esposos dialogaban en el salón. Las señoras parecían encantadas con la idea.
―De acuerdo. Puedes retirarte ―dijo Terrence con rabia. Candice no estaba por ningún lado, era obvio con lo que su segundo asistente acababa de decirle, pero lo cierto es que tampoco estaba alrededor el tal Thom. Terrence era muy bueno observando, así que no podía estar equivocado. Apretó los puños a los costados. Le importaba una mierda si Candice estaba trabajando de anfitriona y guía turística para las esposas o novias de los invitados. Iría a buscarla y de paso le daría un par de consejos al tal Thom sobre cómo comportarse en el palacio de un hombre que sabía cómo torcerle el cuello a un individuo si lo provocaban.
Candice era alguien que lo sorprendía a cada instante. Y ahora, después de haber probado la pasión de su boca y empezado a aprender los sonidos sensuales que hacía al llegar al clímax, no pensaba dejarla marchar. Así de sencillo. Sin embargo, su orgullo no le permitía hacerse de la vista gorda esa noche, y considerar admisible que Candice hubiese incluido a ese tal Thom en un recorrido por los jardines como si el palacio fuese un jodido museo nocturno. Si hubiese tenido la sospecha de que Thom y Candice estaban solos, entonces su reacción habría sido muy distinta y las consecuencias habrían llegado a una escala internacional. Y lo peor de todo es que ni siquiera le hubiese importado. Su reina en ese momento también era su Criptonita.
—¡Thom! Oh, no pude creerlo en cuando note tu presencia en la entrada principal del palacio ―exclamó Candice con una amplia sonrisa, en un tono bajito, cuando vio al alto Americano acercándose a ella en el salón para saludarla―. Jamás imaginé que volvería a verte. Qué terrible no poder ser más espontánea en un ambiente en el que no debería resultarme difícil serlo. ¿No lo crees? ―preguntó sin esperar en realidad una respuesta. Él se inclinó para darle un beso en cada mejilla, aquel era un gesto reservado para los amigos más cercanos y familiares de la realeza. Lo sabía Thom, pero Candice no podría considerar por debajo a un hombre que había sido parte de su entrenamiento; cambiado su percepción sobre formalidades de la realeza.
Con Thom, Candice se sentía muy a gusto. No tenía que fingir o intentar ser una persona diferente, menos mantener las formas. Lastimosamente no se estaban a solas o en un entorno más discreto, así que era preciso fingir. Esto último no formaba parte de sus inherentes talentos monárquicos, pero, ¿qué más le quedaba? Ahora que podía verlo más de cerca, notaba que su amigo lucía más guapo, y las ligeras arruguitas de los ojos estaban más marcadas que antes. Los vibrantes ojos oscuros continuaban siendo su característica registrada, y acompañaban su sincera sonrisa. Imaginaba que Thom no llegaba todavía a los treinta años. Su energía era agradable, y en esos momentos, se permitió relajarse por completo en su presencia.
―Sin duda, Candice, además, me pagan bien por este viaje. Por si fuese poco, toda la comisión está hospedada en el Hotel más lujoso, resulta un plus para mi espalda envejecida ―le hizo un guiño. Ella soltó una carcajada queda, y después bebió lo que quedaba de su copa de vino.
Candice miro en alrededor. Todos parecían entretenidos, y ella había perdido de vista a Terrence. Pues qué más le daba, así ella tenía tiempo a recuperarse después de lo que había ocurrido en la habitación hacia cuatro horas .
―Entonces, ¿qué dices, Majestad? ―preguntó Thom haciéndole un guiño discreto ―. ¿Me concedes el honor de conocer el jardín e invitar a las damas australianas?
Thom quería saber lo que habría ocurrido con Stear y Archie, así como el resto de las personas que acogieron durante el enfrentamiento con la guardia real, Thom al igual que Archie, Stear y Anthony había participado en el proceso que había conseguido que Candice estuviese en ese momento en el palacio. Thom no quería poner en riesgo a nadie, en especial en un entorno tan cerrado como aquel. Candice parecía ajena a lo ocurrido ese día, pero hasta no saber mejor la situación de sus amigos no podía decir nada. Conocía muy bien a Candice cómo para saber que está reunión terminaría siendo un desmadre.
―Creo que las señoras van a disfrutar muchísimo del jardín, porque en las noches cobra vida con la iluminación. A pesar de la media luna en el cielo, las constelaciones están muy marcadas. Así lo recuerdo en mi niñez.
Terrence debería avergonzarse por estar escondiéndose entre los árboles del jardín y espiando como un vulgar ladrón. No podía evitar observar entre las espesas ramas de los árboles enanos ni los frondosos rosales, menos cuando el tal Thom estaba muy entretenido charlando a sus anchas con Candice y las damas australianas. Apretó los puños a los costados. Todas las extranjeras parecían fascinadas con el inmenso patio del ala este del palacio. Terrence no podía culparlas por el interés en esa zona de la propiedad, después de todo se trataba también de su entorno preferido por el cuidado y solaz que le producía. Además, en esas inmediaciones conectaba ―a través de un pequeño laberinto que él se conocía al dedillo―, Su lugar más privado conectaba con su habitación en el palacio. Así que, técnicamente, estaban invadiendo su espacio privado.
Aparte de la belleza de las plantas, y su utilidad, el aroma que estaba entremezclado era plácido al olfato e iba cambiando de intensidad dependiendo de la época del año y el florecimiento. En el centro del jardín había una fuente de agua grande de forma rectangular, y estaba rodeada por docenas de columnas de mármol con una cúpula de vidrio y oro. En la noche cambiaba de colores, y cuando había luna llena, Terrence solía recostarse en una tumbona, para admirar el cielo estrellado. Amaba su país. En esos momentos no estaba pensando en la belleza de su entorno, sino cuán celoso y furioso se sentía al ver a Candice, despreocupada y alegre, con ese Thom. Sentía que no podía esperar a que se largasen todos de su palacio para tener unas palabras con ella. Necesitaba hacerse presente y que Candice recordase que no era una persona sin responsabilidades o soltera. Salió de entre los arbustos cuando todos estaban de espaldas admirando unos tulipanes traídos hacía poco de Holanda. Los colores eran vibrantes: rojos, azules y blancos. Estaban dispuestos de tal manera que dibujaban sombras de colores increíbles.
―Buenas noches, señoras ―dijo la voz del rey, y de inmediato todas las miradas se fijaron en él―. Es magnífico verlas admirando mi jardín.
―Oh, Majestad ―dijo una de las señoras―, la reina Candice es una anfitriona fantástica. Conoce mucho de este lugar, y casi lo hemos recorrido todo. Tener a Thom con nosotros incrementó la experiencia.
―Todo ha sido mérito de la reina ―replicó Thom con una sonrisa señalando con la mano a Candice. Lo hizo con movimientos estudiados para no contrariar a Terrence. El hombre parecía un león a punto de matarlo si se acercaba un paso más a Candice. No entendía cómo su amiga era tan ajena al nivel de posesión que surgía de un hombre que, en todos los círculos de dinero y poder, se mostraba frío e indiferente.
―Y la cena, Majestad, ha sido una delicia de la que hablaremos por mucho tiempo, en la espera de volver a su pais para otra visita ―terció una de las esposas de los australianos vinculados a negocios petroleros.
―Estoy seguro de que mi esposa ha sido una gran anfitriona, y agradezco el cumplido sobre la comida de nuestro país. Esperamos que nos visiten de nuevo, en una ocasión que no sea lejana ―replicó Terrence marcando el estatus de Candice con intención posesiva. Ese detalle pasó desapercibido a las señoras, porque estaban más entusiasmadas con el atractivo y la imponente presencia del rey que por la expresión altiva que este estaba dándole a Thom. Candice optó por su máscara de frialdad, y se apartó de Thom para acercarse a Terrence por simple protocolo. Enlazó su brazo al que él le ofrecía. Candice no sabía qué hacía Terrence en el jardín cuando, era más que evidente, lo importante de esa velada estaba en el salón principal del palacio.
―Ahora, estimadas señoras, ¿qué les parece si volvemos a la recepción? Estoy convencida de que vuestros esposos ya las echan en falta ―dijo la Reyna con una sonrisa.
―Yo ya echaba en falta tu conversación, así que eso fue lo que me trajo a ver qué estaría reteniéndote lejos de mi lado, esposa ―replicó Terrence, siguiendo la línea del guion de película que estaban representando para las australianas.
―Bueno, ya lo has constatado, esposo, las damas y yo disfrutábamos de nuestro precioso espacio natural, y el señor Thom nos relataba sus aprendizajes.
―Qué interesante. ―Miró a todos, sin apartarse de Candice―: ¿Vamos? ―preguntó Terrence, aunque sin esperar respuesta, mientras caminaba junto a Candice de regreso al interior del palacio real.
Terrence Necesitaba descansar, pero sabía que aquel era un lujo que, de momento, no podía darse. Esa noche había sido extenuante, y tendría que ser paciente para conocer en qué situación quedaba con los australianos. Esos empresarios y políticos estarían unos días más en el país, antes de volar hacia otros destinos. Terrence aprovechó que todos los invitados ya se habían retirado, y que el personal de limpieza acabó el trabajo correspondiente en el interior del palacio, para ir a su habitación y optar por un tipo de ropa más cómoda. Bernard ya se había retirado, y a cargo del turno de la noche ―estaba su segundo asistente. Le ordenó a este que notificase a la asistente de la reina, le daba igual si estaba durmiendo, que Candice era requerida de inmediato en la fuente de agua del jardín. Él podía acercarse a la habitación de su esposa, sin embargo, no sería tan estimulante provocarla en persona. ¿Desde cuándo se había convertido en masoquista? Terrence sabía que Candice detestaba recibir órdenes en especial si en el escenario estaba de por medio un hombre al que consideraba por debajo de su categoría. Ella no era soberbia, pero sí orgullosa; no obstante, al saber que él era descendiente del hombre que asesinó a White, lo juzgaba bajo los mismos parámetros; en ese contexto continuaba siendo injusta. Él no tenía idea de cómo podría demostrarle lo contrario. De momento, el ego de Terrence disfrutaba con una pequeña victoria: la certeza de que la Candice había aceptado, horas atrás, que lo deseaba. La lujuria era la perdición de todo hombre. Aunque por Candice jamás sentiría lujuria si esta no viniese acompañada de curiosidad y admiración. No encontraba todos los días una mujer capaz de enfrentarse a él, y que además hubiese logrado desafiar al destino para ser la última del portal.
Iba a aprovechar esos instantes, hasta que Candice llegase, para saciar una duda. Agarró el móvil y marcó al doctor Emeh, encargado principal de la sección de cirugía y cuidados intensivos del Hospital Central
—Los signos vitales por el momento son estables, pero lo dejaremos en terapia intensiva para que un equipo especial de enfermeros se encargue de monitorearlo. Al ser el paciente una persona de interés para, nos mostraremos más cuidadosos con el más mínimo detalle que pudiera surgir. Terrence se frotó el puente de la nariz., pretendía mantener prisioneros a quienes habían caído en la redada; en este caso seis hombres, y que estaban bajo interrogación. ¿Qué había de común entre ellos? Se negaban a colaborar o responder preguntas. Terrence no era partidario de la tortura, así que por él podrían quedarse indefinidamente en la cárcel, cuyas instalaciones tenían suficiente espacio. Su jefe de inteligencia le había dejado claro que Anthony, sobrino del jefe Albert, era el hombre que buscaban en esos instantes como cabecilla y cómplice de su tio. Terrence había aprobado una segunda incursión momentos atrás, y ya se encontraba en curso de acción.
―Ese paciente tiene que vivir. Es una orden ―dijo, consciente de que sonaba absurdo. Cerró la comunicación.Antes de continuar con el rumbo de sus pensamientos, mientras contemplaba las estrellas, sus fosas nasales se impregnaron de un aroma que ya le era muy familiar. Nada tenía que ver con el jardín que lo rodeaba. Él no se movió de donde estaba y contuvo la sonrisa que empezó a formarse en sus labios.
―Estaba a punto de dormir ―dijo la inequívoca voz de Candice―, así que espero que tengas que decirme algo importante.
―Siempre tan respondona, Candice… Terrence ladeó la cabeza hacia la derecha, observándola con su potente mirada de ojos zafiros. Estiró la mano y con el dedo índice dio dos toques suaves en la punta de la naricilla respingona. Ella le apartó la mano, y recibió a cambio una sonrisa pícara.
―No estoy para tus…―empezó a protestar, pero él la silenció elevando la mano con autoridad. Candice apretó los dientes. En medio de un sitio como en el que se hallaban, los ruidos poseían la capacidad de replicarse con más intensidad, en especial a esas horas: veinte minutos después de la medianoche. Crear un escándalo no tendría repercusiones, no obstante, ella prefería mantenerse en un plano discreto.
―Jamás vuelvas a tratar de silenciarme como si fuese una persona sin importancia. Si me da la gana de hablar, pues hablo; y si me da la gana de mandarte al diablo, ya te puedes haber dado cuenta de que no tengo reparos en hacerlo. Terrence tan solo sonrió, pero no existía ni un ápice de humor en esa sonrisa.
―¿Qué relación tienes con Thom? ―preguntó en un sospechoso tono suave. Después de todo era la inquietud de la respuesta a esa pregunta, el motivo por el cual quiso hablar con ella―. Parecías demasiado generosa con tu tiempo, cuando a tu alrededor había más invitados a los cuales atender. Sabías lo importante de esta ocasión, pero preferiste marcar una preferencia con un individuo que es solo un simple acompañante y carece de una posición de valor para nuestros intereses.
―No tengo por qué darte explicaciones ―replicó Candice con enfado —y si esta nimiedad es la que te ha llevado a fastidiarme la posibilidad de descansar… Él la agarró del codo para que no pudiese apartarse. Tan terca como era, Candice intentó zafarse sin éxito.
―Quizá puedas reconsiderar esa respuesta ―dijo Terrence. La furia oscura y helada que emanaba del rey era perceptible e inequívoca.
―Quizá, no ―replicó ella, con rebeldía, elevando el mentón.
―Espero que no hayas traído a uno de tus amantes del pasado o que hayas organizado la situación de tal forma que así haya ocurrido, porque créeme, Candice…
―Lo que tienes que hacer es dejar de ser hipócrita. Hablas de amantes e intentas juzgar mi comportamiento, que ha sido impecable, cuando tú tuviste que reformar tu vida de mujeriego. No me vengas con estupideces o preguntas cuyas respuestas no te incumben. Terrence achicó los ojos. Odiaba la precisión de esas palabras. No iba a concederle la victoria tan fácilmente; quería respuestas.
―¿Fue él el hombre con quien perdiste la virginidad? ―preguntó en un tono tan cortante que podría asemejarse al impacto de un látigo de cuero en la piel.
―No tienes suficientes neuronas conectadas en tu cabeza para que puedas tener la capacidad de imaginar nada, y no tienes derecho a hurgar en mi pasado, si tú no eres capaz de asumir el tuyo conmigo.
―Vaya, ahora eres toda una experta en mis capacidades intelectuales ―replicó con sorna.
―O la falta de ellas…―dijo Candice con una mueca.
—¿Es así cómo lo conociste?
―No tienes derecho a juzgar con quién hablo, así como tampoco con quién me acuesto una vez que he cumplido con mi trabajo para mi país, ¿qué tal eso? Eres un hipócrita cuando tienes una amante en cada puerto, como un pueril marinero. Él apretó la mandíbula. Entrecerró los ojos negros.
―Lo que haga con mi tiempo libre, no es de tu incumbencia, Candice. ―Ella iba a protestar, pero Terrence continuó―: Y lo más importante es que no estamos hablando de mí.
―Lo que haga con mis amigos o conocidos o invitados no es de tu incumbencia ―replicó de forma sardónica, y devolviéndole así las mismas palabras que él le había dicho instantes atrás. Él sonrió de medio lado con el veneno de sus palabras en la punta de la lengua en cada instante. No recordaba la última vez que se sintió tan excitado y rabioso al mismo tiempo, mientras hablaba con una mujer; y no lo recordaba, porque jamás había sucedido.
―¿Acaso fue que te desvirgó, y hoy querías aprovechar la ocasión del reencuentro para validar recuerdos juntos? ¿Ponerte al día, digamos? Candice levantó la mano y lo abofeteó. De pronto, el ambiente se tornó más chispeante, erótico, y peligroso. Ella creyó recibir una alta dosis de adrenalina, porque su corazón empezó a palpitar aceleradamente. La respiración de Terrence se volvió agitada, mientras sus manos agarraban las mejillas de Candice con dureza, obligándola a acercarse a él. Sus cuerpos chocaron. Ella sintió los pechos henchidos, con los pezones erectos contra la calidez de él, y sus pulmones de pronto estaban siendo oprimidos.
―Jamás había golpeado a alguien… ―murmuró con tono de disculpa―, pero tampoco me han insultado como lo acabas de hacer en este momento. No soy una cualquiera, sino tu esposa. La reina de este pueblo. No vuelvas a hablarme así, nunca ―dijo esto último con firmeza. Temblaba en brazos de Terrence, pero no era miedo.
Él acarició el labio inferior de Candice con el pulgar, lo hizo con rudeza, y después aplicó el mismo recorrido sobre el labio superior. ―Tu bofetada no me afecta tanto como la falta de respuesta ―dijo él, mientras deslizaba las manos por los costados para después llevarlas hacia la espalda femenina. Ancló las palmas sobre las nalgas duras y redondeadas, las apretó, y la escuchó soltar un gemido quedo. Ella abrió los labios para decir algo, pero Terrence agregó―: ¿Fue él tu primer amante?
Candice quería negarse a responder, sin embargo, su cabeza le gritaba que no era el momento de plantar más batalla sobre el tema. Decidió responder con simpleza.
―No.
―¿Tuviste más de uno? ―preguntó con un tono peligroso, mientras sus manos continuaban acariciando el trasero de Candice, y ella instintivamente empezaba a frotar con lentitud su cuerpo contra el de él. ―No… ―soltó un suspiro―.
Terrence asintió, y poco a poco la rabia fue desapareciendo. El hombre que se había atrevido a acostarse con Candice continuaba vivo en algún sitio, y nada deseaba más que encontrarlo para… ¿Para qué? «Estaba perdiendo la cabeza». ―¿Quieres que te conceda el mismo beneficio de la duda que me otorgas a mí? ―preguntó con sarcasmo.
―Tuve un amante, y no se trató de un tema de quitarse el picor de la curiosidad. Y fue uno. Tú tienes una lista de mujeres documentada por todo el espacio cibernético y medios de comunicación en papel. ―Terrence apretó los dientes ―. En todo caso, después de esa experiencia ―se encogió de hombros―, pues me dediqué a hacer lo que sabía que traería beneficios a largo plazo.
La certeza de que no era el primer hombre en ver a esa exquisita mujer desnuda, tocándola, y escuchando los ruiditos sensuales que hacía en la cama cuando estaba excitada, sacaba su lado cavernícola. Quizá, en otro contexto y realidad, el que una reina o princesa casadera no fuese virgen, hubiese sido un asunto de severas consecuencias; pero las circunstancias entre ambos eran tan atípicas, como disímiles sus personalidades. Él no solía demostrar cuán posesivo era por naturaleza, en especial con aquello que realmente le importaba; por eso le resultaba desconcertante hasta qué punto Candice lo confundía.
De momento, no iba a dar pie a que la imagen o recuerdo de otro hombre se filtrase en la mente de Candice cuando estuviese en su cama. Esa misma noche pensaba asegurarse de dejar una huella marcada a fuego hasta que ella sintiera el último centímetro de su masculinidad. Se trataba de un pensamiento visceral y carnal.
―No estaría viva si un muchacho con un corazón noble no me hubiese dado la oportunidad de escapar cuando a mi alrededor solo había muerte, desesperación y gritos… Fue una noche tan horrible, que al saber que un ser humano todavía era capaz de sacrificar algo por otro me conmovió, y también me dio la fuerza para seguir adelante… Terrence no quería decirle que ese muchacho era él, aunque no por eso dejaría de hacer un par de preguntas que lo inquietaban. No consideraba que era el momento de hablarle de su identidad, porque no le parecía necesario. No cambiaría la historia, ni traería por eso mejores memorias del pasado.
―¿Lo recuerdas? Ella no sabía en qué preciso instante una lucha verbal se había transformado en una conversación sobre el pasado. Una conversación casi civilizada, porque Csndice podría afirmar que la forma en que él continuaba acariciándole la espalda, la cintura o el cuello no tenía nada de comprensivo, y todo de erótico. Tampoco sentía la necesidad de apartarse. De hecho, experimentaba una sensación de comodidad en los brazos de Terrence. ¿Qué era todo eso que estaba ocurriéndole?
―No mucho… ―cerró los ojos―. Varias noches me pregunté qué lo habría motivado a dejarme con vida, cuando era obvio que estaba poniéndose en riesgo a sí mismo si lo pillaban… Incluso lo habrían matado si lo hubiesen descubierto. ―Él continuaba en silencio rodeándole la estrecha cintura con sus manos grandes y ligeramente callosas. Prefería esta versión de Candice: cálida y suave entre sus brazos. Sus cuerpos encajaban a la perfección; dos moldes hechos para unirse de la manera más natural y precisa―. Solo podía verle los ojos.
―Ya veo ―replicó conteniendo una sonrisa que la noche ocultaba. Su conciencia estaba en paz, al menos en lo que concernía a la princesa que salvó años atrás. Una vida había sido salvada. No todo estaba sentenciado a la fatalidad.
―Oh, y tenía un tatuaje ―dijo de pronto―, pero es un borrón en mi memoria. Salvo que pudiese verlo ―hizo una mueca―, aunque eso no ocurrirá. Él frunció el ceño.
―¿Recuerdas en dónde llevaba el tatuaje? ―quiso saber apartándola un poco hasta que los tenues rayos de la luna iluminaron las preciosas facciones.
―En la muñeca.
―¿El lado izquierdo o el derecho? Terrence le mostró la muñeca de su brazo en la que llevaba una pulsera de cuero, su amuleto de la buena suerte. Lo había empezado a utilizar dos semanas después de que Richard hubiera puesto sus sucias garras en el trono real.
―El izquierdo ―dijo ella, y se encogió de hombros―. Yo solo espero que la vida le haya dado a ese muchacho algo maravilloso por su generosidad conmigo. Me salvó, y con ello me dio la posibilidad de volver para hacer de mi pueblo un sitio mejor. Y también para vengar la muerte de mi familia.
―¿Eso implica deshacerte de mí acaso, Candice? ―preguntó, y amplió su sonrisa cuando ella lo observó, ceñuda, como si él le hubiese leído la mente.
―Este matrimonio tiene fecha de expiración,Terrence, y no creo que mantener una constante guerra verbal nos ayude a sobrellevar los tiempos que están por llegar, en especial ahora que haremos un viaje ―replicó Candice. Él intuía con claridad los planes de esa mujercita al hablarle de "fecha de expiración", pero prefería no comentar sobre el cambio que había aplicado, antes de su fallido matrimonio con la princesa Susana e ignorante de la existencia de Candic, a uno de los estatutos de la Ley Matrimonial Monárquica. Esa Ley, ahora, impedía el divorcio entre los monarcas. Tan solo la voluntad del rey, con argumentos sólidos e inexpugnables, podía ejecutar el divorcio. Terrence estaba convencido de que cuando Candice se enterase iba a estallar un cataclismo en ese palacio. De momento, a él le daba igual, al final, ella ya se enteraría cuando llegase la ocasión pertinente.
―Una tregua es lo que propones, ¿o me equivoco al asumirlo? ―preguntó en un tono de voz que era natural, y por ello la cadencia seductora era más pronunciada. «El cretino podía ser encantador cuando le daba la gana, y un verdadero asno, a veces sin proponérselo», pensó Candice. Tal vez alguien debería ofrecerle a Terrence trabajar con el teatro.
―Podría ser, sí ―replicó ella sin interés. Terrence bajó la boca hasta casi topar la de ella, deseaba con ansias paladear de nuevo esos labios y escucharla gemir―. Dijiste que harías tu vida como te apeteciera, y yo haré lo mismo con la mía. Quieres discreción, entonces entrégala. Si tienes una amante, intenta mantenerla lejos de mí. Te mostraré la misma cortesía. ¿Estás de acuerdo? ―preguntó Candice girando la cabeza porque esos ojos, que la observaban con sagacidad, no le permitían concentrarse.
―No ―zanjó. Ella frunció el ceño. Creía que habían llegado a un acuerdo de vivir sus vidas a gusto tras las puertas del palacio, y mostrar un frente unido ante otras personas. Con ese hombre terco, nunca podía tener certezas.
―Terrence…
―No vas a acostarte con otro hombre, mientras estés casada conmigo, Candice. Tengas o no mis herederos. No va a ocurrir ―dijo con firmeza. Ella quiso sonreír por el tono posesivo que exudaba la voz de Terrence.
―Creía que era esa tu estrategia inicial de convivencia ―dijo elevando las manos hasta rodearle el cuello, dejando la tensión de lado. De pronto se sentía juguetona y tentadora; deseaba probar su capacidad de seducción, explorarla, y él parecía ser un buen maestro para sus propósitos―. Aunque, la parte que te parecía más interesante era aquella en la que tú tenías una amante, mientras yo no podía hacerlo hasta que te diese un heredero. Entonces, ahora estoy confundida. Explícame, ¿sigues manteniendo esa idea? Él dejó escapar un suave gruñido a modo de respuesta. ―Terrence, si quieres instaurar la equidad en nuestro país vas a tener que empezar por el sector más cercano: el palacio. No estoy preparada para acostarme contigo, menos si existen otras mujeres de por medio.
―Ah, entonces, ¿quieres exclusividad? ―preguntó besándola con suavidad en la boca. Ella, instintivamente, se pasó la lengua sobre el sitio que él había besado. Los ojos de Terrence relampaguearon.
―Solo estoy dejando por sentado un argumento. No estoy pidiendo nada… él soltó una carcajada.
―¿Entonces puedo tener otras mujeres, y todo irá bien? Sería un arreglo bastante moderno para un país tradicional como el nuestro ―dijo en broma, pero no lo dio a notar en su voz.
―No ―replicó con el mismo tono tajante que él había empleado antes.
Continuará...
Feliz fin de semana. Por suerte está apuntó de terminar el viernes trece.
No se lo crean, la suerte es físicamente mental. Se los dejo para analizar. Saludos. JillValentine.x
