~Atención: lemon. Más explícito que el anterior. Lo siento (no mucho) ( ͡≖ ᴗ ͡≖)
En este capítulo hay referencias a los comics, concretamente a los de North and South. Recomiendo mucho leerlos si todavía no lo habéis hecho :)
9
Casi como si trataran de olvidarse, los encuentros se volvieron más esporádicos. A veces pasaban cuatro o cinco días sin verse y en otras ocasiones tardaban semanas. Parecía que de aquella manera acabarían por distanciarse del todo hasta que pasado un último encuentro ya no se echaran en falta. No obstante, ese "último" encuentro nunca llegaba. Como un par de imanes, por mucho tiempo que pasaran sin verse, volvían a atraerse irremediablemente. Eso sí, con más ansia que al principio.
Sus encuentros eran arrolladores, bruscos y hambrientos. Como una droga. Aun cuando trataban de sacarse de sus mentes, la tentación les podía. Reprimirse no servía de nada. Era una autentica tortura para ambos porque no podían ser felices juntos, pero tampoco separados. Había una dependencia física muy grande que se reflejaba en la brusquedad con la que se devoraban teniendo sexo. La rabia era equiparable al deseo. Quien más lo sufría era Sokka, que deseaba poder formar una familia y sentía que se le iba acabando el tiempo. En un principio no le había importado el asunto porque daba por hecho que su relación con Toph era pasajera, pero en el momento en el que se había instalado en su mente no le permitió fijarse en otras mujeres; tarde o temprano volvía a caer a sus pies, obsesionado con su cuerpo.
No podía hacerse una idea de lo que ella sentía porque no exponía claramente sus sentimientos. En una ocasión le había dicho que lo que para él era compartir su vida juntos para ella era una atadura. Obviamente no la quería forzar a nada (algo que lo convertiría todo en una relación aún más insana), pero le confundía ese rechazo que Toph tenía a su unión cuando no conseguía desprenderse de él. Le aliviaba en cierta forma que, por mucho que ella quisiera alejarse, estuviera tan enganchada.
—Esto no es sano —le dijo una vez al oído mientras ella le desvestía ansiosamente. No le hizo caso. Ni pareció darse cuenta, tan encendida de deseo. Quiso insistir y no fue capaz cuando vio la blancura de su piel al retirarse la ropa. Siempre, pasados ese punto, perdían la razón.
Cuando Sokka volvía en sí y veía la expresión extenuada en el rostro de Toph, la admiraba quedamente apreciando su belleza. En aquellos instantes todo parecía estar bien. Podía pasarse la vida contemplándola sin preocuparse de sus trabajos, ni la prensa, ni los amigos ni las responsabilidades. En aquellos instantes no había secretismo ni vergüenza. La besaba con profunda ternura y disfrutaba de sus labios aún temblorosos, sin ser conscientes del cariño con el que respondían a su boca. Segundos después Toph volvía a la consciencia y él se desesperaba cuando la sentía escabullirse de su abrazo, superada por "tanto" amor.
Creía saber el problema de Toph: odiaba sentirse débil frente a alguien, incluso frente a su amante. El amor era una debilidad. Nunca le escuchó decir un "te quiero", lo cual le hacía pensar que tal vez su carácter tan difícil y su dureza externa era lo que la habían separado de Satoru o de Kanto. Aun así, no quería juzgarla puesto que no sabía a ciencia cierta qué había pasado con ninguno de los dos. Tampoco le incumbía, así que nunca le preguntó. Lo importante era que, de toda la gente en aquella ciudad, Toph disfrutaba con él. Le pertenecía, aunque fuera sólo durante unos minutos.
Bajo sus pies, Toph pudo sentir desde su despacho cómo el edificio se iba vaciando. La jornada había acabado y notaba los pasos de los policías abandonando las instalaciones pisos más abajo, permaneciendo sólo el equipo nocturno de emergencias en la planta inferior. Ella siempre se esperaba a salir la última para hacer una ronda de reconocimiento y asegurarse de que encontraría todo en su sitio a la mañana siguiente. Por lo que, sintiendo cómo sólo quedaba ya el turno de noche en sus puestos, se disponía a salir por la puerta cuando sintió unos pasos apresurados entrando desde la calle. No necesitó mucho esfuerzo para reconocerlos al instante: Sokka. Había entrado por una puerta trasera y los policías eran tan inútiles que no se habían dado cuenta.
Primero se maldijo por la incompetencia de un equipo como aquel para asegurarse del orden durante la noche, pero después reparó en lo insólito que era sentir a Sokka colándose allí a aquellas horas. Nunca, en los cuatro años que habían sido amantes, lo había hecho. Ni cuando la relación iba bien ni en aquellos momentos en la que pendía de un hilo. "Muy desesperado debe estar", pensó, achacándolo a las dos semanas que llevaba sin verle. Casi daba por hecho que se había olvidado de ella.
—Qué descarado —le dijo irónicamente a modo de saludo cuando abrió la puerta de su despacho de par en par—, esperar a que se vaya todo el mundo para colarte en mi despacho... Te podrían haber visto —no obtuvo respuesta. Sólo sintió la presencia de Sokka en el umbral de la puerta, sin entrar. Su respiración era agitada, creía ella que por el esfuerzo de subir tan deprisa las escaleras—. Sí, ya sé que no te han visto. Son unos inútiles. ¿Qué te trae por aquí? —lo preguntó con mucha socarronería, sabiendo bien la respuesta. Sokka no contestó—. ¿No eras capaz de esperar hasta que llegara a casa? ¿Tanto me has echado de menos?
Lo sintió entrar en la estancia y cerrar la puerta tras de sí. Había algo raro en él. Su corazón latía mansamente, sin los nervios previos antes de lanzarse hacia su cuerpo. Había una calma extraña que acompañaba su respiración agitada, con una pesadez de abatimiento. Cuando se aproximó a ella, lo hizo con lentitud y suavidad. Lo primero que tomó entre sus anchas manos fue su rostro, acunándolo. Notaba la presión de su mirada contemplándola con amor. Su corazón se aceleró; el de él, no. Se sentía desfallecer cuando la acariciaba gentilmente. Se sentía débil.
—Sokka, no me-
Quiso remarcarle que no la tratara de esa manera como tantas otras veces había hecho, pero él la interrumpió con un beso en los labios. Dulce y sincero. Cuando trató de imponer su brusquedad habitual, él no se dejó. La besó lentamente, acercando su cuerpo al de ella y empujándola apaciblemente hasta apoyarla contra la mesa. Seguía sin pronunciar ni una palabra, sin que se le aceleraran los latidos del corazón. Toph no entendía nada. Manteniendo el temple, con un sutil giro de manos, movió los engranajes de la cerradura para echar la llave a la puerta. Sus hombres seguían en la planta inferior, lejos del despacho, sin inmutarse a lo que acontecía metros más arriba.
—Oye, escúchame —alcanzó a decir entre sus bocas, pero Sokka la volvió a callar—. ¡Sok-! —no había manera. No la soltaba. Hizo el ademán de apartarle la cara y al subir las manos hasta su rostro, notó sus mejillas mojadas. ¿Sudor? No. Resiguió el camino del agua hasta llegar a sus ojos. De ahí brotaban las lágrimas. Eran lágrimas—. Sokka, ¿qué-?
Volvió a pegar sus labios con un jadeo, conteniendo el llanto. El llanto era lo que agitaba su respiración, aun cuando no se permitía dejarlo salir. La lástima que sintió por él le cruzó el corazón como una lanza. No lo dudó por un segundo y desmontando toda su coraza, secó sus lágrimas con cariño y pasó a acariciarle la espalda de la manera más reconfortante que pudo. Le meció con ternura, abrazándole y besándole suavemente. Sintió la duda en sus labios cuando por unos segundos Sokka procesó su dulzura. Después, una vez pareció convencerse de que efectivamente era ella, la besó con gratitud. Le pareció poco prudente preguntarle qué pasaba cuando, fuera cual fuese el problema, se había dirigido hasta allí en busca de amparo. Se limitó a besarle de la manera más tierna que pudo.
Para su sorpresa, pronto Sokka necesitaba más contacto. El cariño no parecía suficiente para reconfortarle. Sin decir palabra, en silencio, le desabrochó el cinturón de su traje con la intención de desvestirla. Era curioso cómo, de forma tan pausada, no tenía problemas para retirárselo; la mayoría de veces, de tanta rapidez ansiosa por desnudarla, tardaba más tiempo del que podía soportar. En aquella ocasión no necesitó más que unos breves instantes. Le retiró el armazón de metal, las protecciones, la ropa de seguridad y las prendas interiores con pasmosa facilidad. Se recreó con la desnudez de su piel, acariciándole apenas con la yema de los dedos antes de quitarle las bragas y el sujetador. Con la misma sutileza rozó sus labios contra su mejilla, sin besar, descendiendo por su cuello, clavículas, pecho, senos, costillas, cintura, vientre… A la vez, le acariciaba el cuerpo ascendientemente con las manos; un contacto delicado que reseguía sus curvas arrancándole varios suspiros. Su piel se erizó de placer. Nunca la había tocado de aquella manera porque probablemente ella nunca se había dejado.
Podía sentir sus mejillas encendidas. Con manos temblorosas se apoyó en los hombros de Sokka al sentir su aliento sobre el pubis. Desvistiéndola por completo, quedando a su merced, Sokka besó su bajo vientre bajando con tortuosa lentitud. Abrió la boca con intención de quejarse, pero se calló al sentir como sólo era una forma de recrearse mientras él también se desvestía. Dispuesta a ayudar, se arrodilló en el suelo quedando a su misma altura y fue palpando su ropa para retirársela. Lo hizo con más calma de la habitual, pausadamente. El ambiente que se había generado era muy distinto al habitual y no quería romperlo con su brusquedad. Todo era delicado y parsimonioso, lo que él parecía necesitar.
Cuando logró tenerle desnudo frente a ella, quiso acariciarle igual que él había hecho. Sus manos eran más torpes y bruscas, pero le sorprendió lo gratificante que era ese ligero contacto. Se deleitó con los suspiros que se le escapaban a Sokka hasta que no pudo soportarlo más y le acalló con un beso. Le amaba. Por mucho que le costara admitirlo, su corazón latía desbocado cuando respondía placenteramente a ella. Era una sensación similar a caer al vacío, como un vuelco frenético que le nacía desde el centro de su ser. Era amor. Lo había experimentado otras veces, aunque nunca se había permitido mostrarlo a nadie. Era una fragilidad extrema que le hacía temblar.
Sokka respondió a su boca con la misma necesidad. Se fue acomodando, reclinándose hacia atrás y atrayéndola consigo, y dio un respingo cuando su cálida piel entró en contacto con el frío suelo. Toph pudo sentir sus músculos contrayéndose ante el contraste; fuertes y robustos. Los palpó con algo más de ímpetu, incapaz de contener su excitación. Relamiéndose los labios acarició su amplio pecho bajando hasta el abdomen y resiguiendo cada hendidura de su torso. Cuando llegó a la altura de la cadera y se disponía a seguir bajando, Sokka la interrumpió y le cogió de la cintura obligándoles a girar sobre sí mismos. Grácilmente la acomodó en el suelo y le recorrió un escalofrío cuando su tibia piel tocó el suelo helado. Se tensó igual que había hecho él y le escuchó reír por lo bajo con su voz grave y seductora. No protestó; escucharle reír era más de lo que podía pedir. Así que siguieron en silencio, ella intentando aclimatarse y él descendiendo por su cuerpo hasta que, cogiendo sus muslos y abriendo sus piernas sin preámbulos, hundió el rostro.
Toph se deshizo ante el contacto, suspirando satisfecha. Sus piernas se abrieron involuntariamente de par en par, buscando lograr un mayor roce con aquella boca cálida y húmeda. Lo que sí movió conscientemente fue su cadera en dirección a él, queriendo abarcar todo el contacto posible. Sokka movía la lengua hábilmente sobre su clítoris y jugueteaba lamiendo su entrada, tortuosa pero provocativamente. Sabía que era cuestión de tiempo que sus dedos fueran a penetrarla, como siempre solía hacer y como a ella tanto le gustaba, por lo que no puso objeciones. Disfrutó de sus lametones y sus caricias en los muslos. Progresivamente la lengua iba alcanzando mayor velocidad y tuvo que contenerse para no alzar demasiado la voz. Se derretía de placer y sus jadeos ahogados así se lo hacían saber a Sokka, que pronto comenzaba a tontear rozando su entrada con los dedos. Sólo le acariciaba, centrando la atención en la lengua que se recreaba en su clítoris.
Toph le tomó del rostro cariñosamente y subió por su cabello soltando la coleta en un atisbo de cordura, dejando que su pelo cayera libre. Perdió de nuevo la razón cuando sus dedos se internaron en ella y la estimularon con movimientos frenéticos. Contuvo varios gemidos tapándose lastimeramente la boca con una mano; apenas servía de nada puesto que su voz se volvía profunda, conectada con la parte más animal e instintiva de su ser. No pudo contener el vaivén de sus caderas exigiendo más roce, más velocidad, más intensidad. Ya no era dueña de su cuerpo; sus sentidos se nublaban, centrados en la atención que recibía su sexo. Sólo le sentía a él, a Sokka, volcado de pleno en ella. Sokka, con los dedos en su interior. Sokka y su lengua, sus labios succionando y su respiración agitada y-
Llegó rápidamente al orgasmo, más rápido de lo habitual. Desde lo más profundo de su garganta nació un gemido sollozante que Sokka intentó acallar con una mano, tapándole la boca. Ella, extasiada en el deleite, tuvo un destello de raciocinio y alcanzó a hacer lo mismo. No obstante, era incapaz de contener su voz. Ahogó los gemidos en sus manos mientras se retorcía de placer, reteniendo a Sokka con la mano libre entre sus piernas. Cada oleada de éxtasis era mayor a la anterior, más grande, más intensa, hasta que la sensación era desbordante y no la pudo soportar más. Le apartó cuidadosamente, temblando. Aun superada por el clímax, su cuerpo se sacudía involuntariamente hasta que poco a poco se fue calmando y volvió en sí, abrumada.
Sokka, subiendo hábilmente por su cuerpo, la besó en los labios y le dio a probar su propio sabor. En otra ocasión le hubiera excitado sobremanera, pero la manera en como acariciaba su rostro y la dulzura de su beso le llenaron internamente de una calidez reconfortante… le invadió una gran sensación de paz. Se dejó hacer mientras Sokka le soltaba el recogido y acariciaba su cabello, hundiendo los dedos hasta alcanzar su piel. Posó la frente sobre la suya, respirando hondo, y pegó sus caderas hasta que sus sexos se tocaron. Toph se estremeció ante el contacto, aún muy sensible, y suspiró contra su boca. En un momento de lucidez cayó en la cuenta de que unos días atrás había sentido un dolor similar al de la ovulación, esa presión leve en la zona, y debatiéndose entre el placer o la sensatez empezó a calcular mentalmente su ciclo sin mucho esmero. Sokka la sacaba de sus pensamientos con besos, caricias y el agradable roce de sus cuerpos. Aun así, consiguió pronunciar:
—Sokka, creo que deberíamos-
Y no alcanzó a acabar porque le sintió abrirse paso en su interior, penetrándola deliciosamente. Sus paredes se contrajeron al recibirle y perdió la cordura cuando le escuchó gemir gravemente en su oído. Esa voz, esa jodida voz era demasiado para ella, tan profunda y sensual que le cortaba la respiración. Allí en su oído le escuchó jadear de puro gozo cuando empezó con el vaivén de sus cuerpos, arrebatándole cuanta sensatez pudiera quedarle. Lamió y mordió su lóbulo con lascivia, sobando sus senos y acariciando todavía su cabello; aquel último gesto era el único que mantenía cierta ternura. Le quería. Cielos, le quería tanto.
—Joder, Toph… —gruñó en su oído.
Ella, con desesperación, incrementó el ritmo de las estocadas. Más rápidas. Más profundas. Más certeras. Más. Quería más. Quería que cada poro de su ser se empapara de él, que absolutamente ningún resquicio de su cuerpo se librara de su presencia. En los oídos, su voz. En el cuerpo, su sudor. En el tacto, su piel. Le besó impetuosamente, sintiendo aún el propio sabor de su sexo en los labios. Sokka respondió vorazmente, enfebrecido, y se hundió con vehemencia hasta llenarla por completo. Se internó profundamente hasta arrancarle un gemido y permaneció allí hasta que ella se amoldó por completo. Después retomó el ritmo sin piedad, acomodándose sobre su cuerpo y abarcándola por completo. Quedaba sumida por él en toda su amplitud. Era grande. Fuerte. Era perfecto.
Sólo necesitó hacer un mínimo hueco entre sus caderas para colar una mano y masturbarse, deseando acabar intensamente como hacía unos instantes. El placer iba en aumento y en aquella ocasión era tan delicioso que sabía que no duraría mucho más. Sokka la abrazaba con fuerza como siempre que se afanaba en aguantar el máximo tiempo posible. Le volvía loca sentir aquellos fuertes músculos rodeándola, empapándola de sudor y ensanchándose ante el esfuerzo. Esfuerzo dedicado a su goce y disfrute. Para ella. Todo para ella. Gemidos, jadeos, besos, caricias… Suyos completamente.
—Sokka —suspiró, completamente ida—, Sokka me voy-
De nuevo sus palabras se perdieron ante un profundo gemido, llegando al clímax. Sokka volvió a tapar su boca, pero esta vez con la suya propia, besándola con fuerza. Su voz se ahogó entre los dos y se agarró temblorosamente a él, tomándolo por la nuca. Se sacudió al ritmo del vaivén, embriagada de placer y estrechando las paredes de su interior. Él respondió con un suspiro, apretándola todavía más entre sus brazos. Según ralentizaba sus movimientos, Toph podía hacerse a la idea de que también estaba cerca. Aun así, no le permitió frenar.
—Más —imploró retorciéndose entre jadeos, separando sus bocas—, más Sokka… Más…
Necesitaba apurarlo, quería llegar al máximo culmen, aprovechar cada segundo de orgasmo… Sokka cumplió sus órdenes y aceleró el ritmo de tal manera que la sacudió una segunda oleada de placer. Abrió ojos y boca de par en par, sobrepasada. En aquella ocasión arrastró consigo a Sokka y este dio un par de estocadas profundas antes de ahogar un intenso gemido en su boca, llegando también al éxtasis. Su voz le recorrió todo el cuerpo, sintiendo cómo la estrechaba por completo entre sus brazos y temblaba junto a ella. Pudo disfrutar muy poco de aquella sincronización porque, como una imbécil, tardó en ser consciente de que había eyaculado en su interior.
Pacientemente, queriéndose convencer de que no sería tan grave, le permitió acabar debidamente disfrutando de su orgasmo. En alguna otra ocasión también había sido más flexible a la hora de poner precaución y nunca se había llevado ningún susto. No tenía por qué pasar nada.
Sokka colapsó sobre ella y se mantuvo inmóvil unos segundos cubriendo su cuerpo. Toph, dejándole su momento de calma, se entretuvo sintiendo los latidos desbocados de su corazón. Sólo en aquellos instantes lo podía sentir con tanta potencia y le gustaba recrearse en ello. Aun así, no lograba distraer su mente de otros asuntos. ¿Aquella imprudencia le habría dejado embarazada? ¿Y por qué Sokka había llegado llorando?
Acariciando su cabello y abrazándolo con ternura, sin permitirle echarse a un lado, le preguntó:
—¿Qué ha pasado?
Sokka volvió en sí con pesantez, resoplando. Se incorporó lentamente y se sentó cruzando las piernas. Toph hizo lo mismo, confundida. Pacientemente esperó una respuesta e iba a volver a insistirle cuando le escuchó respirar hondo y responder:
—Me voy de la ciudad.
No era raro que Sokka se fuera de la ciudad para atender asuntos en la Tribu Agua del Sur. Se trataba de viajes breves, de dos semanas a lo sumo, a los que ella ya estaba acostumbrada y por los que no le importaba esperar. Si se lo decía de aquella manera, significaba que la duración iba a ser más larga.
—¿Por cuánto tiempo?
—Por ahora, indefinidamente.
La respuesta le cayó encima como un balde de agua fría. Trató de que no se le notara mucho, fingiendo relativa indiferencia cruzándose de brazos. No podía permitir que sintiera su preocupación cuando llevaban meses tratando de separarse. Para ella aquello debía ser una buena noticia, ¿no? Por fin había un motivo por el cual distanciarse del todo.
¿Por qué le dolía tanto la idea?
—¿Y a qué se debe? —preguntó fríamente, poniéndose en pie y cogiendo su ropa. Se fue vistiendo con tranquilidad, asegurándose de que pisos más abajo la patrulla de inútiles seguían igual de tranquilos sin haberse enterado de lo ocurrido.
—Mi padre se muere, Toph.
Se detuvo petrificada con las prendas en las manos, sólo vestida con la ropa interior que había alcanzado a ponerse. Sokka seguía sentado miserablemente en el suelo, desnudo. Una vez logró escupirlo, reaccionó y la imitó, cogiendo su ropa y procediendo a vestirse. Ella no pudo seguir. Sísmicamente analizó sus movimientos sin saber qué hacer o qué decir.
—He recibido la carta urgente hace pocas horas. Es de Malina —le escuchó inspirar profundamente, armándose de valor—. Dice que lleva tiempo enfermo y no han querido decirnos nada por no preocuparnos, pero los médicos no saben darle un diagnóstico y está empeorando rápidamente. Se muere, sin más.
—Sokka, joder-
Se abalanzó contra su cuerpo en un cálido abrazo, aun procesando sus palabras. Se sentía fatal por haberse hecho la dura instantes atrás cuando el asunto era tan serio. A veces podía llegar a ser muy tonta si se lo proponía.
—Lo siento muchísimo —dijo por fin. Sokka le devolvió el abrazo con delicadeza. Parecía agradecido—. ¿Lo sabe Katara?
—No, ahora iré hacia la isla y le avisaré. Es por eso que me he pasado por aquí antes —Sokka acarició su cabello con ternura y la estrechó un poco más entre sus brazos, tembloroso—. En cuanto se lo diga, querrá salir hacia allí y Aang preparará a Appa en un segundo. Dudo que se esperen hasta el amanecer.
—Pero regresarás —no fue una pregunta, sino una afirmación.
—Eso creo, aunque no sé cuándo. Si mi padre muere… —e hizo una pausa para corregirse, por mucho que le dolieran las palabras—. Cuando mi padre haya muerto —rectificó—, Malina no querrá ocuparse sola de liderar al Sur. Lo tengo claro. Quiero estar allí hasta que él falte y después dejarlo todo solucionado para planear mi vuelta. Si nadie quiere relevarme, me tocará asumir a mí el cargo.
No podía haber sido tan estúpida como para querer separarse de él y ahora que surgía la oportunidad, le dolía como a una cría enamorada. Se planteó ofrecerse a viajar con ellos ya que, aunque no formara parte de la familia, sí era la socio-ejecutiva de la refinería del Sur. No era muy descabellado. El problema estaba en que, si Aang abandonaba la ciudad durante varios días, alguien debía responsabilizarse de la seguridad civil… y ese alguien era ella…
—Así que esto es un adiós —dijo con voz queda.
Sokka acarició su mejilla y besó sus labios con ternura, sonriendo levemente.
—Es un hasta pronto —le contestó—. De todos modos ya estábamos hartos de esto, ¿verdad?
"Tú más que yo" pensó ella en sus adentros. Se limitó a encogerse de hombros en respuesta. Realmente no quería separarse de él. No le importaba si se pasaban días o semanas sin verse porque sabía que al final siempre volvería a ella. Ya no.
Con su sentido sísmico lo vio seguir vistiéndose sin más. Pantalones, camisa, traje, cinturón… Ella se quedó allí, semidesnuda, cabizbaja, como una muñeca de trapo. Alcanzó también sus prendas y se las fue poniendo con calma, impertérrita. Sentía a Sokka observándola una vez él ya había acabado de vestirse. "Mírame bien porque será la última vez", pensó con desdén. Se sentía herida. No podía evitarlo. Él no tenía culpa y aun así le detestaba. O más bien, detestaba la situación. O directamente se odiaba a sí misma; si no le hubieran importado las opiniones de los demás hubiera podido ser feliz al lado de ese hombre.
Hubo un silencio incómodo cuando quedaron frente a frente.
—Siento haberme colado de esta manera y-
—No pasa nada —le cortó ella. Sonrió dolorosamente—. Me consuela que hayas venido a despedirte. Sólo procura salir por el mismo lado y con el mismo sigilo.
—Toph, escucha —dijo él abruptamente—, sabes que allí en el Sur eres más que bien recibida. Es probable que pasemos tiempo sin vernos, pero siempre puedes venir.
—Lo sé y lo agradezco. Veré lo que puedo hacer —mintió.
—Bien.
—Bien.
"La cabeza bien alta, Toph"
—Entonces… Adiós.
—Adiós, Sokka.
"No lo digas. No lo digas. No lo digas"
Los pasos que partían hacia la puerta se volvieron en su dirección.
—Toph… Sé que lo sabes, pero aun con todo… —se le quebraba la voz. Respiró hondo—. Te quiero.
"No - Lo - Digas"
—Y yo a ti.
En los latidos de Sokka pudo sentir su alivio al verse correspondido, por fin, con lo que tanto tiempo llevaba queriendo escuchar. Al fin y al cabo, ya le había perdido. No le costaba nada sincerarse.
—Dale un beso enorme a Lin de mi parte.
—Lo haré.
Le escuchó suspirar cuando esbozó una triste sonrisa. Ella sonrió de vuelta con toda la entereza que fue capaz de reunir. Temblaba, bien por lo acontecido minutos atrás o por el dolor que se abría paso en su cuerpo. Muy a su pesar, con otro giro de manos abrió de nuevo el cerrojo de la puerta y sintió sus pasos traspasándola. Sokka vaciló un poco antes de cerrarla y después le notó descender sigilosamente las escaleras hasta escabullirse por la puerta trasera. Sus hombres ni se inmutaron. Aun desde su despacho, le pudo seguir el rastro hasta que le perdió en algún punto de camino al muelle.
