Érase una tarde en que Yang venía de regreso de la feria. Había estado con Dave y Roger y le había dado una paliza a este último en todos los juegos. Sentía sus ánimos por las nubes. El triunfo le había subido a la cabeza. Su guardia estaba más baja que nunca. El exceso de confianza sobraba en su mente.

El conejo entró en la academia y se instaló en el sofá. Sobre la mesita de centro encontró una bolsa de galletas. No se cuestionó por qué había concluido que eran precisamente galletas lo que contenía. Era un empaque plástico brillante color amarillo. No traía logo, no traía indicaciones, no traía letra chica. Era amarillo con los bordes rojos y unos círculos de colores repartidos por todos lados. A él le llamó la atención el paquete. No solo por sus colores vivos, o por su contenido. Era lo único que había sobre la mesa, atrayendo su atención con su brillo y sus colores.

No lo pensó dos veces. Tomó la bolsa, la abrió, y se comió todo su contenido. Eran galletas con chispas de chocolate. Una suertuda y bien merecida merienda. Mientras masticaba se preguntaba de dónde habría salido. Lo más probable es que Yin las hubiera comprado y las hubiera dejado tiradas. En el fondo poco le importaba. Menos le preocupaba que las galletas que acababa de comer se veían muy sospechosas. Lo comido, comido estaba, y estaban deliciosas.

El asunto fue olvidado hasta el día en que su consciencia se lo presentó en sus sueños durante su inconsciencia. Yang fue testigo de la seguidilla de sueños que comenzaron justo la misma noche tras comerse ese paquete. Aquellos sueños que el despertador borraba de su memoria. Esos sueños que estaban mejor en el olvido. Sueños en donde profanaba a su hermana sin el menor miramiento. Sueños en donde tocaba por primera vez el paraíso en éxtasis a cambio de romper una de las reglas morales más importantes que regía su vida. Sueños, que al ser vistos en tercera persona, lo destrozaron.

Ya no era quién para acusar a su hermana. Ya no era quién para culparla. Él había hecho lo mismo. Se sentía sucio. Si no hubiera sido ella quien lo terminó masturbando, hubiera sido él que le hubiera hecho algo peor. La fuerza de un tren a alta velocidad lo empujaba y lo arrastraba a lugares donde no quería ir. No podía entender por qué su cerebro lo estaba traicionando de forma tan escabrosa. Quería arrancárselo. Quería volver a olvidar. Ya no quería estar aquí. Quería desaparecer.

Lentamente abrió los ojos. El dolor le dio la bienvenida. Frente a él podía ver al Maestro Yo.

-No te levantes –le ordenó con seriedad-. Tus heridas son de gravedad. Debes descansar hasta que te sanes.

Pronto notó que se encontraba completamente vendado. Poco a poco fue recordando lo último vivido, dónde estaba y por qué estaba así.