12

Hinata

La mañana del domingo, Ino y yo le dimos a Sumire su primer baño en la mesa de la cocina. Hacíamos sonidos como oooh y aaah con cada dedito cuando Sai recibió una llamada.

—Mierda —le murmuró a la persona que llamaba—. Sí, puedo ir mañana por la noche. Ya estoy trabajando miércoles y jueves. ¿Puedes tomar el viernes? Bien. Le prometí a Ino una cita.

Cuando colgó y frotó su rostro cansado, Ino se enderezó para darle una mirada curiosa. —¿Qué sucede?

Sai me miró preocupado antes de decir—: Era Nagato. La niñera de Naruto tiene varicela, o sus hijos o… alguien. No sé. Estarán todos contagiados por las siguientes dos semanas, así que tiene que quedarse en casa con su hijo hasta que encuentre a alguien en quien pueda confiar para cuidarlo.

Fruncí el ceño. —¿Y su esposa?

Era su hijo. ¿Por qué él buscaba niñeras? ¿Y por qué ella no dejaba su trabajo de lado para cuidarlo?

—Ella, eh, se fue —murmuró Sai, hundiendo la barbilla mientras respondía.

—¿Qué? —Me desplomé en la silla junto a la mesa y lo miré boquiabierta.

Suspiró. —Sí. Cuando llegó a casa del picnic en la nuestra se había ido.

—Oh, Dios mío —jadeó Ino—. ¿Y dejó al bebé allí? ¿Solo?

Me sentía enferma del estómago. Naruto había tratado más de una vez de llamar a casa ese día sin obtener respuesta. Probablemente Boruto estuvo solo todo el tiempo. —Me pregunto cuánto tiempo estuvo solo. Jesús, apenas tiene cuatro meses.

Sai sacudió la cabeza. —No tengo idea de cuánto tiempo estuvo solo. Y estoy bastante seguro de que Naruto ni siquiera quiere pensar en ello. Nagato dijo que sonaba muy molesto.

—Ya lo apuesto. —Puse una mano sobre mi corazón, y comprobé a mi propia hija, todavía envuelta en su toalla mientras trataba de quitársela.

Me sentía como una basura. Naruto estuvo aquí, hablando conmigo, preocupándose por mí, mientras su hijastro era abandonado por su propia madre. Probablemente nunca querría volver a verme.

Pero incluso con ese pensamiento, solté—: Yo lo cuidaré. Lo haría por él. De alguna manera.

.

.

.

.

.

.

Naruto

Aún me sentía en un estado de shock, ira y pena cuando alguien golpeó mi puerta temprano por la mañana el lunes. Incluso aunque Fū podría mejorar sus habilidades como madre, no pensé que en realidad haría esto. Aún me perseguía el recordar cómo encontré a Luchador gritando en su cuna, lanzando sus puños al aire, su rostro rojo con angustia mientras atravesaba la entrada y lo encontraba en casa, solo.

Muchas cosas podrían haberle pasado. De solo pensar en ellas, siento ganas de vomitar. Mis manos temblaban de miedo. Si alguna vez veía a Fūka de nuevo, la verdad es que tenía miedo de lo que podría hacerle. ¿Pero cómo pudo hacerle esto a él? A su propio hijo.

Con los dedos apretados en puños, caminé hacia la puerta, medio esperando que no fuera Fū porque temía lo que diría, y medio esperando que sí fuera ella, así podía decirle exactamente lo que quería. Había estado poco dispuesto a bajar a Luchador los pasados días, así que se encontraba sobre mi hombro mientras dormía.

Abrí la puerta y retrocedí debido a la sorpresa cuando Ino me sonrió.

Extendió una mano. —Teléfono, por favor.

—¿Qu…? —Confundido, fruncí el ceño y saqué el teléfono de mi bolsillo trasero, sin pensarlo—. ¿Qué estás haciendo aquí? —Me sentía tan pasmado que le tendí el teléfono, sin siquiera preguntarle qué planeaba hacer con él.

—Clave —ordenó.

Con un suspiro, lo cogí de nuevo y puse la clave antes de volver a entregárselo.

—Gracias. —Centrando su atención en la pantalla, pulsó unos números en la agenda—. Aquí está mi teléfono. Llámame cuando termines con ella, y vendré a recogerla inmediatamente. Oh, y por favor cuida de mi chica. No es solo mi prima favorita, sino que también mi mejor amiga.

Tomé el teléfono cuando me lo regresó. Sacudiendo la cabeza y sin entender nada, dije—: ¿Eh?

Allí fue cuando una jadeante Hinata llegó detrás de ella, arrastrando a Sumire en un enorme asiento de auto con una bolsa de pañales en su hombro.

Ino fue olvidada al instante. Parpadeé repetidamente para asegurarme de que veía lo que veía. —¿Lunita?

Sonrió, y todo mi pecho se llenó de calidez.

—Sai dijo que necesitabas una niñera. —Me dio una explicación jadeante—. Así que… aquí estoy.

—¿Tú…? —Negué con la cabeza, confundido, incluso aunque aclaró perfectamente por qué se hallaba allí—. ¿Qué?

No funcionaría, porque si entraba a mi casa, nunca querría irme. Hinata utilizó el asiento de auto como apoyo, inclinándose hacia adelante y forzándome a hacerme a un lado. Sí, tendría que llamar y renunciar a mi trabajo. Ambos trabajos. Podría convertirme en un vago y solo babear cada vez que pasara. Esa sería mi nueva meta.

—Bien, adiós, H. Te quiero. —Detrás de mí, alguien en el pasillo hizo sonidos de besitos. No sabía quién era. Nadie más existía actualmente en mi universo, excepto tal vez por Boruto y Sumire.

Pero Hinata se inclinó más allá de mí para sonreírle a esa otra molesta persona, y le envió un beso. —Yo también te quiero. Gracias por el aventón.

Su aventón debía haberse ido al instante porque Hinata me dio una mirada divertida. —¿Vas a cerrar la puerta?

—¿Eh?

—Ve a ducharte y alistarte para el trabajo, Naruto. —Su voz sonaba seca, pero divertida—. No querrás llegar tarde.

—¿Trabajo? —repetí. Pensé que ya habíamos decidido que mi nuevo trabajo sería comérmela con los ojos.

Girándose, puso el cargador de Sumire en el suelo y colocó esta sofisticada cartera con el nombre de Sumire a un costado junto a él. Luego fue a desabrochar a su bebé. Todo el tiempo que estuvo arrodillada, mi mirada permaneció fija en su trasero. Y la única razón por la que podría creer que estuvo embarazada hace tan solo un mes era porque lo vi con mis propios ojos.

En lugar de sacar a su bebé del asiento, se enderezó y me atrapó mirándola. —Por todo lo santo. Puedes mirar mi trasero más tarde. No se irá a ninguna parte. Ahora muévete. —Alargó una mano y comenzó a sacar a Luchador de mis brazos.

Fue bastante obvio lo mucho que me gustaba cuando no intenté alejar sus dedos tratando de tocarlo. Pero después del sábado, tenía algunos graves problemas de apego; otra razón por la que no podía trabajar hoy. Dejar a Boruto se sentía mal. En realidad necesitaba sentarme allí y sostenerlo mientras me comía con los ojos a la niñera.

Y luego Lunita lo hizo incluso peor al arrullarlo en cuanto lo tuvo en sus brazos. —Oh, Dios mío. Es tan lindo. Mira esas perfectas mejillas. Será un modelo algún día.

Boruto se removió y abrió los ojos. Me tensé, listo para quitárselo, porque Hinata era una extraña y probablemente lo asustaría. Pero apenas y le parpadeó unas cuantas veces.

Ella sonrió y lo besó en la nariz. —Hola, guapo. Eres incluso más adorable cuando abres esos grandes ojos color azul. Sí que lo eres. Mi nombre es Hinata. Algunas personas me llaman H. —Me dio una sonrisa—. O Lunita. —Regresando su atención a mi hijo, le siguió hablando, explicándole cómo iba a pasar el rato con ella y Sumire, y cómo iban a tener un montón de diversión.

Solo seguí mirando. Lunita le hablaba; Fūka se quejaba porque no podía responderle, excepto que eso fue exactamente lo que hizo. Le respondió rompiendo en una de sus famosas sonrisas y haciéndola derretir.

—Au. —Mirándome, dijo—: Creo que acabo de enamorarme.

Estuve bastante tentado a decir—: Yo también. —Pero era estúpido.

¿No? Mierda, tenerla aquí, cuidando de mi hijo, era demasiado peligroso para mi paz mental.

Hinata me dio un extraño ceño fruncido, como si supiera lo que pensaba.

Me removí incómodamente.

—¿Qué estás haciendo, mirándonos? —dijo—. ¡Vete! Llegué puntual y tendrás que pagarme por esto. Podrías querer hacer lo mismo así puedes permitirte pagarme.

Finalmente, sonreí y negué con la cabeza. —Te debo una… enorme.

Rodando los ojos, me hizo un gesto con la mano. —Creo que ya me has pagado con la noche que salvaste la vida de mi hija.

.

.

.

.

.

.

Tuve que trabajar en mi hora de descanso. Lo que apestaba totalmente.

Toda la mañana ansié llegar a casa y comprobar a Boruto. Ver a Hinata. Acurrucarme con Sumire. Mi atención permaneció más tiempo en el reloj que bajo el capó de cual fuera el auto que arreglaba. Entonces algún idiota con dinero y un sofisticado traje se presentó con una rueda desinflada. No éramos exactamente una tienda de repuestos, pero la única cosa que mi jefe vio fueron los billetes, así que sí, me pidió que arreglara el neumático del Bentley. No estaba seguro de qué hacía un maldito Bentley en nuestro vecindario, pero lo que sea.

Alguien debía haber pensado que tampoco pertenecía allí, porque fue el corte de un cuchillo lo que lo había desinflado. Definitivamente no fue por un pinchazo fortuito.

El estúpido dueño permaneció junto a mí todo el tiempo, con los brazos plegados sobre su pecho mientras escrudiñaba cada pequeña cosa que hacía, y miraba con desdén mis tatuajes, pero al menos no hizo ninguna crítica. Cuando le tendí la boleta para que entrara y pagara, diciéndole que ya todo estaba listo, finalmente sonrió, las arrugas profundizándose alrededor de una pequeña y blanca cicatriz a lo largo de su mejilla izquierda. Pero no era una sonrisa amigable. Sus ojos decían sus verdaderos pensamientos. Me miraban con desdén, a mí y a todos mis tatuajes y perforaciones, diciéndome el pedazo de mierda que pensaba que era.

Gente rica.

Amaría verlo tratar de sobrevivir en este vecindario. A veces, para sobrevivir, tenías que mezclarte y adaptarte, proyectar una imagen de amenaza así los enfermos hijos de puta te dejaban solo.

Además, me gustaba mi apariencia agresiva, aunque estaba seguro de que con este estilo nunca encajaría en el club de campo donde Hinata había sido criada. Al recordar que se encontraba en mi apartamento, rodeada por mis cosas de baja calidad, le marqué.

—Hola —dije tan pronto como respondió al teléfono; su melodiosa voz hizo que mi pulso se acelerara.

—¡Hola! —Sonaba animada y despierta. Cuidar de dos pequeños aún no parecía haberle afectado—. ¿Qué sucede?

—Solo comprobaba. Iba a pasarme por allí en mi descanso, pero a último segundo recibimos un auto. —Me alejé del Bentley mientras el dueño se alejaba del escritorio del cajero y sacaba las llaves de su bolsillo. Su mirada permaneció en mí mientras abría la puerta, por lo que le di un respetoso asentimiento—. Uno bueno.

Su sonrisa era un poco demasiado arrogante para mi gusto, así que lo seguí mirando en lo que entraba en su auto.

—Estamos bien aquí —me dijo Hinata mientras yo lo miraba—. Boruto acaba de almorzar y se durmió, por lo que Sumire se aburrió y también se durmió. No sé cómo hice que ambos se durmieran al mismo tiempo, pero incluso me impresioné a mí misma.

Sonreí. —No me sorprende para nada; sabía que serías así de buena. Parece que lo tienes bajo control. Sé que puede ser problemático a veces. — Fūka siempre se quejaba de que lloraba sin parar.

—Bueno, no lo ha sido. Este hombrecito es un encanto. No ha llorado ni una vez y, hombre, sí que le encanta sonreír.

Mi rostro se estiró mientras crecía mi propia sonrisa. —Sí.

—Aunque he aprendido una gran diferencia entre géneros en lo que respecta a cambiar pañales. Esa fue una… experiencia húmeda.

Mis ojos se ampliaron. —Oh, mierda. ¿Te hizo pipí?

—Un poco, sí. —Su risa sonaba feliz, dejándome saber que no estaba para nada molesta—. Espero que no te importe que usara tu secadora.

Mi cabeza se llenó con imágenes de ella paseándose por mi apartamento en topless mientras su camiseta se secaba.

Oh, diablos. Una erección en el trabajo. No era bueno.

—No —gemí; mi voz ronca y mis pantalones demasiado ajustados—. No, para nada. Lamento que lo haya hecho. Supongo que debí haberte advertido que podría hacer eso. Después de abrir su pañal, por lo general solo lo levanto lo suficiente como para dejar que le dé el aire y pueda hacer lo suyo antes de desenvolverlo completamente.

—Qué buen consejo. Gracias. Definitivamente mantendré eso en mente para mañana.

—¿Mañana? —hice eco estúpidamente, mientras mi corazón se aceleraba.

—Bueno, sí. Pensé que tu niñera estaría enferma por unas dos semanas.

Me sentí en una nube. Hinata Hyuga iba a estar en mi apartamento, cuidando a mi hijo por... ¿dos semanas? ¿Cómo sobreviviría a ello, siempre sabiendo que se encontraría allí, cuidando a mi hijo, caminando a través de mis habitaciones, sentándose en mis muebles, secando sus camisetas meadas en mi secadora? Ya deseaba lo suficiente salir del trabajo así podía ir a casa y solo disfrutar de su presencia. ¿Pero dos semanas de este lujo? Dios, podría tener una sobredosis.

—Oh, oye. Tengo una pregunta antes de que te vayas.

¿Vayas? Había estado planeando alargar esta conversación por tanto tiempo como fuera posible. —¿Qué sucede? —pregunté.

—Boruto tiene cuatro meses, ¿cierto?

—Sí.

—Eso fue lo que pensé. Así que tomé prestada tu computadora y busqué en unos cuantos sitios así no había nada que se me estuviera pasando sobre cuidar a alguien de esa edad. Y decía que los cuatro meses es un buen tiempo para darles comida sólida. Pero no vi nada en los gabinetes, así que…

—Guau, no había pensado en eso. Pero sí, me aseguraré de comprar algo la próxima vez que vaya a la tienda. ¿Qué le compro?

—Decía que está bien esperar un par de meses más, pero Boruto parece comer un montón, así que pensé… Sé que estoy sobrepasándome. Lo siento, yo…

—¡No! Eso es… en realidad, estoy feliz de que trajeras el tema a colación, pero no tengo idea de lo que necesita. He estado dándole lo mismo los pasados cuatro meses. Cualquier consejo que tengas es apreciado.

—En ese caso, puedes empezar a darle sólidos en porciones pequeñas. Creo que también podría usar esta crema que tengo para Sum. Tiene las mejores recomendaciones, y el pobre y pequeño trasero de Boruto parecer estar recuperándose de un horrible sarpullido.

No podía decirle que era porque su madre nunca lo había cambiado y muchas veces había pasado la mayor parte del día sin un pañal fresco. Ya era lo suficientemente humillante saber que mi hijo había pasado por eso y que no hubiera podido estar allí para mantenerlo constantemente cambiado, pero escuchar a Hinata señalar lo obvio era más que vergonzoso.

Tan triste como era admitirlo, era una bendición que Fūka se hubiera ido. Boruto finalmente recibiría un auténtico cuidado.

.

.

.

.

.

.

Las cinco no pudieron llegar lo suficientemente pronto. Le di a mi tarjeta de control y me apresuré a casa. Mientras desbloqueaba y abría la puerta principal de mi apartamento, la risa de un bebé sorprendió mis oídos.

Congelado en la entrada, observé a Hinata —dándome la espalda—, mientras permanecía sentada con las piernas cruzadas en una sábana en el suelo y se inclinaba hacia Boruto. Recostado sobre su espalda, movía las piernas y balanceaba los brazos, riendo incontrolablemente mientras ella hacía sonidos extraños.

Cuando se detuvo, él dejó de sonreír, dejó de patear y la miró con una expresión seria. Pero luego Hinata comenzó nuevamente e incluso su cabello rubio le daba en el rostro, haciéndolo reír y patear de nuevo.

Junto a él en la otra mitad de la manta, la pequeña Sumire se encontraba tumbada sobre su estómago mientras trataba de levantar la cabeza del suelo y su cabecita diminuta bamboleaba por el esfuerzo que le tomaba.

Los tres juntos así era lo más increíble que había visto.

Me quedé en la puerta, incapaz de hacer otra cosa que mirar a esta mujer cautivando a mi pequeño. En ese momento, la amaba. La amaba tan condenadamente tanto que dolía todo mi pecho. Incluso las lágrimas pueden haberse reunido en mis ojos porque todo el asunto me puso muy emocional.

Pero joder, estaba haciendo reír a mi hijo. ¿Cómo podría no amarla?

No me importaba quién era, cuántos años había soñado con conocerla, preguntándome como sería en la vida real, amaba a esta mujer aquí en mi piso por lo que ella era en este mismo momento.

Sintiendo mi presencia, Hinata finalmente levantó la vista y miró por encima del hombro. Lanzó un grito de sorpresa antes de poner una mano sobre su corazón y reír.

—Oye, mira quién está en casa. —Recogiendo a Luchador, lo acunó cerca para que sus mejillas se aplastaran juntas. Entonces le agarró la mano y le ayudó a saludarme—. Hola, papi. ¿Cómo estuvo el trabajo?

Sorbí mis emociones y entré en el apartamento, sintiéndome casi desconectado de mi cuerpo porque estaba completamente sumergido en este momento. No quería que terminara nunca. Quería enmarcarlo y colgarlo en el techo sobre la cama, para que pudiera verlo y revivirlo una y otra vez, cada noche por el resto de mi vida antes de irme a dormir.

Luego de que la puerta principal se cerrara detrás de mí, me acerqué y me deslicé hacia abajo en el suelo para sentarme en el borde de la manta con la espalda apoyada en el sofá. —El trabajo estuvo bien, pero dudo que haya tenido tanta diversión como parecen estar teniendo ustedes.

—La hemos pasado de maravilla —informó Hinata, sonriendo mientras presionaba sus labios en toda la cara de Luchador. Pequeño bastardo con suerte. Él se regodeaba también, sonriendo y entornando los ojos, para luego agarrarle puñados de su pelo y jalarlo.

—Oye, amigo. No tires. —Me estiré hacia adelante para ayudar a desenredar el lío.

—Está bien. —Hinata se rió mientras los dos trabajábamos para liberar a sus oscuros mechones sedosos—. Definitivamente le encanta agarrarse a las cosas.

Me encantaba que ya supiera lo que a él le gustaba... después de un solo día de observarlo.

Cuando Sumire chilló, frustrada por ser incapaz de levantar la cabeza, la recogí y apreté mi nariz en su mejilla para poder inhalar su aroma limpio y fresco de bebé. —Hola, pequeña. ¿Esa era tu manera de conseguir mi atención? Lo lograste, cariño.

—Creo que no se ha olvidado de que todavía le debes un baile —dijo Hinata, con los ojos chispeantes mientras observaba nuestro abrazo.

—Eso es correcto. Le debo un baile, ¿no? —Coloqué a Sumire en el hueco de mi brazo y me puse de pie para poder tararear "Baby Blue" de George Strait en su cabello y balancearla por la sala de estar.

Al notar lo contenta que parecía Hinata al vernos juntos, le guiñé un ojo y luego hice un gesto a la manta. —Me sorprende que estén en el suelo. Debe estar sucio. —No podía recordar la última vez que lo limpié. Tal vez no desde que nació Luchador. Había estado tomando tantas horas extras como podía para pagar por todas las cuentas que vinieron con su nacimiento. Así que por lo general me encontraba demasiado ocupado con la ropa sucia, la cocina, cuarto de baño o en el trabajo para preocuparme por embellecer la sala.

—Hay algo curioso acerca de eso —me dijo Hinata con una sonrisa maliciosa—. Encontré una cosa en el armario de allí. Creo que se llama aspiradora. Limpió el piso enseguida.

—¿Pasaste la aspiradora? —Giré la cabeza para disfrutar de toda la sala. Había estado tan centrado en los tres jugando como si fueran una familia de verdad que no fui capaz de ver nada más. Pero, mierda, no solo quedaron las líneas de la aspiradora en el suelo, sino que se hallaba todo arreglado, la mesa limpia, posiblemente incluso desempolvadas. La manta que Fūka utilizaba para su regazo se encontraba doblaba y apoyada sobre el respaldo del sofá y los cojines del sofá estaban enderezados y esponjosos.

—Limpiaste. —La maravilla en mi voz solo le hizo rodar los ojos.

—Estos dos disfrutaron de su sueño de belleza, así que tuve un montón de tiempo libre.

—Sí, pero... —Me volví hacia ella, sacudiendo la cabeza—. No tienes que hacer todo esto, Lunita. Quiero decir —extendí la mano, abrumado—, con solo estar aquí por Boruto... Dios, no sabes lo mucho que aprecio que hayas venido hoy para cuidarlo. Salvaste mi culo completamente.

El cumplido la hizo resplandecer. Coqueteé con ella numerosas veces y de plano le dije que era preciosa. Pero agradecerle parecía tener un efecto todavía mejor. Se veía tan satisfecha. En su elemento. El brillo de satisfacción en sus mejillas la hacía más hermosa de lo habitual.

Un pitido agudo que provenía de la cocina interrumpió el momento y me hizo fruncir el ceño. ¿Qué diablos era eso? Por un segundo, pensé que podría ser una alarma de humo. Pero Hinata se sentó de golpe, llevando a Boruto con ella.

—¡Oh! Tu cena está lista.

¿Cena? Mi boca se abrió. —¿Cocinaste? —¿Ella cocinó?

—No te emociones demasiado. Es solo una pizza congelada. De verdad no tienes nada en tus armarios, Naruto. Estoy pensando en que mañana tienes que dejarme un poco de dinero, así puedo a comprar comestibles para ti. Boruto ya casi no tiene pañales. Le habría dado algunos de Sumire pero, en comparación con ella... —Hizo una pausa para poner la mano sobre la oreja del niño así él no podía oír. Luego susurró—: Tiene un culo enorme.

Me eché a reír. —En comparación con esta muñequita, creo que todo el mundo tiene un culo enorme. Pero sí, si quieres ir de compras, yo estaría más que feliz de financiarlo. —Estaría feliz de besar el suelo que pisaba ella.

¿Pero limpiar? ¿Cocinar? ¿Ir de compras? Empezaba a preguntarme si había alguna enfermedad rara que pudiera infligir de algún modo en la familia Rojas, de esa manera Hinata podría ser la niñera temporal para siempre.

—Ten, ¿puedes sostenerlo por mí?

Parpadeé porque esa era por lo general la pregunta que yo le hacía a Fūka. —Sí. Por supuesto. —Después de transferir a Sumire a un brazo, extendí el otro para Boruto. Eva nos sonrió a los tres después de que me lo entregó. Luego se alejó, balanceando sus caderas con un ritmo natural que me hizo agua la boca.

Quería cada partecita de esta mujer que alguna vez haya existido.

Necesitando seguirle el rastro, la seguí, llevando a los niños conmigo.

.

.

.

.

.

Hinata me convenció de ir a trabajar al club esa noche. Así que lo hice, y también apestó, porque no pude dejar que un par de chicas ebrias manejaran solas hacia su casa, lo que me hizo correr más de lo usual. Después de que las dejé frente a su casa, me di cuenta de lo fuerte que quedó oliendo mi pobre Barracuda, como a perfume frutal. Así que tomé el camino largo a casa con las ventanas abiertas para que se ventilara.

No quería que Hinata lo oliera y pensara que había pasado lo que no pasó cuando tuviera que llevarla de regreso a la casa de Sai. Pero al momento en el que regresé a mi apartamento a las malditas tres de la mañana, ella se encontraba dormida en mi cama, con los bebés acurrucados a su alrededor. Me quedé un momento mirándolos, amando verlos juntos. Se suponía que esta iba a ser mi familia. Mi felices para siempre. Y que ella debió haber sido mi esposa.

Mi pecho creció con anhelo y una clase hambrienta de necesitad, pero también con alegría porque estaban aquí, sin importar cuánto tiempo, los tenía.

Planeaba disfrutar cada segundo.

Retirándome, caminé en puntas de pie hacia la sala y le mandé un mensaje a Ino para decirle que Hinata se quedó dormida. Que la llevaría a casa en la mañana. Luego me desplomé sobre el sofá, puse la manta sobre mis hombros, y quedé inconsciente.

Horas después, desperté cuando Hinata me tocó el hombro. —¿Por qué no me despertaste cuando llegaste a casa?

Traté de decirle que no quise perturbarlos y que ya había llamado a Ino, pero no sabía si entendería mucho mis murmullos cansados, hasta que respondió—: Bueno, gracias por dejarnos descansar, pero ahora Sumire y yo podemos tomar el sofá; no quise quedarme dormida y robarte la cama.

Hice un ademán con la mano. —Está bien. Regresa y quédate ahí por el resto de la noche.

Frunció el ceño. —No voy a sacarte de tu propia cama, Sarutobi.

—Demonios. —Con un bostezo, me acurruqué de nuevo sobre mi lado, dándole la espalda—. Por favor, Dios, en este momento no me hagas levantar y moverme. No puedo recordar cuándo fue la última vez que tuve tanto sueño.

Se quedó callada por un minuto antes de decir—: Tienes razón. Lamento molestarte. Vuelve a dormir.

Sonreí en su dirección y luego suspiré cuando movió suavemente mi cabello. Amaba la sensación de sus dedos contra mi cuero cabelludo. A punto de hundirme de nuevo en un tranquilo olvido, me puse rígido cuando una idea pasó por mi mente.

—¡Mierda! ¿Luchador está despierto? —Todavía no me había levantado con él, y por lo general lo hacía una o dos veces en la noche.

—No, lo alimenté, lo cambié y lo volví a acostar.

Froté mi cara. ¿Por qué me sentía tan malhumorado? —No tenías que hacer eso, Lunita. Estoy en casa, pude haberme levantado. —Me sentía un poco inquieto por haber dormido bien a pesar de su llanto.

Hinata solo rodó sus ojos. —No te preocupes por eso. De verdad. Ya estaba levantada por Sumire.

—Gracias —dije, desde el fondo de mi corazón—. Te lo debo.

Sacudió su cabeza como si le divirtiera y caminó por el pasillo hacia mi habitación… para dormir en mi cama. Gruñí y volví a colapsar sobre el sofá. Tan cansado como me sentía, pasaría un tiempo antes de volverme a dormir de nuevo.

.

.

.

.

.

.

En la mañana, salí de la ducha para echarle un vistazo a la habitación, con la toalla alrededor de mi cintura. Ni Hinata ni Sumire se hallaban en la cama. Escuché ruidos en la cocina así que bajé la toalla y excavé en el cajón de mi ropa interior en busca de algo limpio. Una vez que estuve vestido, llevé mis medias a la cocina, que por alguna razón era donde me las ponía cada mañana. Cuando llegué a la entrada, me sorprendió encontrar a Hinata llenando dos tazas de cereal.

Desde atrás, se veía bien a primera hora de la mañana, su ropa arrugada moldeada sus curvas, y su cabello recogido en un nudo moderno ya desaliñado con ese tentador rizo pequeño y solitario colgando y provocando su besable nuca. Sabía que se vería dos veces más increíble cuando se volteara. Y estuve tentado a acercarme por detrás, envolverme a su alrededor y besarla sobre sus hombros. Mis brazos dolieron porque los contuve de actuar en un impulso.

Ella se giró, y vi que tenía a Sumire acunada en un brazo. —Buenos días —dijo alegremente, a través de las ojeras de insomnio bajo sus ojos.

Bostecé y pasé la mano por mi cabello húmedo. —Buenos días. —Luego caminé descalzo por la cocina hasta la mesa, me senté en una silla y me puse las medias. A pesar de que dormí más de lo normal al no tener que pasear con Boruto por el piso, me sentía muerto y adolorido por pasar la noche en el sofá.

Salté cuando Hinata colocó una de las tazas de cereal frente a mí. A punto de decirle que no tenía que hacer eso, porque parecía ser mi frase favorita estas últimas veinticuatro horas, me detuve, preguntándome si la cansaría que estuviera repitiéndolo constantemente. Así que me decidí por un sincero—: Gracias.

Se sentó frente a mí y mecía a Sumire en sus brazos mientras comía con una mano. —Entonces, ¿cuántos días trabajas desde las nueve de la mañana hasta las dos de la siguiente? —me preguntó entre bocados.

Le sonreí masticando ruidosamente, sorprendido por lo multifuncional que era. Cuando una gota de leche cayó a su barbilla, haciéndola luchar con las dos manos llenas para limpiarla, incluso sonreí más y me incliné para hacerme cargo por ella.

—Un par —respondí, lamiendo la gotita de leche de mi pulgar. En realidad trabajaba mucho más que eso la mayoría de los días de la semana.

Sacudió la cabeza, mirando mi pulgar mientras lo alejaba de mi lengua.

—No sé cómo lo haces sin caer muerto de cansancio.

Le hice señas con mi cuchara antes de tomar un bocado. —Ayer trabajaste las mismas horas que yo. En realidad, más. ¿Cómo sigues de pie?

Sacudió la cabeza en desacuerdo. —Pero tengo suficiente descanso.

Resoplé. —¿Cuándo? ¿Cuándo estás cuidando no solo al mío, sino a tu propio bebé, limpiando mi casa o haciéndome la comida? Oh, y no creas que no me di cuenta que anoche bañaste a Luchador. Olía limpio y fresco cuando me incliné para besarle la cabeza hace un rato.

—De acuerdo, bien. —Se rindió con un suspiro—. Secretamente soy una Mujer Maravilla. Solo que escondo mis brazaletes y mi tiara y los entrelazo en el bolso de pañales de Sumire así tú no los encuentras.

Sonreí. —La Mujer Maravilla siempre fue mi súper héroe favorito.

—Y estoy segura de que el tamaño de su pecho, su pequeña cintura y sus increíbles muslos no tuvieron algo que ver.

Solté una carcajada, cerca de atragantarme con el último trago de leche de tomaba de mi taza. —Me conoces muy bien. —Poniéndome de pie, fui a enjuagarlo en el fregadero, dándome cuenta de lo malditamente impecable que estaba. Ella no solo lavó lo platos, sino que también limpió el fregadero.

Agitando mi cabeza y pensando que de verdad debía ser la Mujer Maravilla, me giré para decir—: Puedo llevarte a la casa de Sai cuando estés lista.

Levantó la mirada con sorpresa. —¿Esta noche no voy a cuidar a Boruto?

Inhalé una rápida y complacida respiración. —¿Lo decías de verdad?

—Por supuesto. —Frunció el ceño como si estuviera loco por preguntar— . Aún necesitas ayuda para cuidarlo, ¿no?

—Sí, pero… —Me encogí de hombros, de repente cohibido—. Fui un poco idiota contigo la última vez que nos vimos. No entiendo por qué estás siendo tan increíble y me estás ayudando así.

Sacudió la cabeza; su confusión era obvia. —¿Cómo fuiste un idiota conmigo?

Desvié la mirada, avergonzado. —Básicamente te dije que no quería que supieras que no tenía un verdadero matrimonio porque no quería que me tentaras a hacer algo que yo sabía podrías tentarme con facilidad. Y luego me alejé de ti y no te volví a hablar.

—De acuerdo, primero que todo, eso fue hace tres días, no décadas como lo haces parecer. Y tus manos están llenas, Naruto. Es completamente comprensible. Además, no estás obligado a hablarme de nuevo, aunque no llamar cuando tu esposa te dejó colgado con un bebé de cuatro meses para que lo cuidaras lastima un poco. Pensé que nos habíamos vuelto amigos. ¿Por qué no creíste que te ayudaría a cuidarlo?

—Yo… —Me reí un poco—. En realidad, ni siquiera se me ocurrió la idea. No estoy acostumbrado a pedir ayuda a alguien. Generalmente, es lo contrario y las personas vienen a mí cuando necesitan algo.

—Entonces parece que necesitas amigos nuevos. Si nunca obtienes nada a cambio de ellos, no son tus amigos. Son solo personas que te usan. —Antes de que pudiera responder a su declaración, continuó—: Y además, entiendo por qué no me dijiste sobre la verdadera naturaleza de tus votos matrimoniales. Solo tuve que pasar cinco minutos con Boruto para saber lo increíble que es y lo mucho que te necesita en su vida. Nunca haría nada para poner eso en peligro. —Se formó una línea entre sus cejas—. De todas formas, ¿cómo va a funcionar esto? Ella ya se fue. Es decir, está bien que te quedes con él, ¿verdad?

—No lo sé —confesé en voz baja, mientras me inclinaba contra el mesón de la cocina para borrar el cansancio de mis ojos—. Pero es seguro que no voy a llamar a los trabajadores sociales para ver si está bien. No hay manera en el infierno de que vaya a hacer algo que pueda llevarlo al sistema de crianza.

Sus ojos se suavizaron con simpatía. —Tuviste una muy mala experiencia con eso, ¿no?

Me encogí de hombros y bajé mi mirada a la taza limpia de cereal antes de aclararme la garganta y ponerla en el mesón. —Algunos lugares están bien. Otros son como el infierno. Todo es una basura. La mayoría de esas personas toman a los niños por el dinero. No les importa lo que te pasa tan pronto como obtienen el cheque. Nunca sientes como si pertenecieras. Da igual. —Cuando un llanto vino de mi habitación, miré hacia el sonido—. Boruto no se merece eso. No cuando está conmigo.

La dejé en la cocina para ir a sacar a mi niño de su cuna. Cuando lo puse en mi pecho y besé su cabeza, se acurrucó contra mí, agarrando un puñado de mi camisa.

Hinata y Sumire aparecieron en la entrada. Cuando Lunita me sonrió, con su mirada suave y de entendimiento, algo se apretó en mi pecho. Incluso dolió más el saber que ella entendía completamente por qué no podía seguir con la atracción entre nosotros.

—¿Estás segura que esta mañana no necesitas regresar a tu casa para algo? ¿Cambiarte de ropa, cosas para Sumire?

Movió la cabeza. —Ya tengo todo cubierto. Ino está en vacaciones de verano de la universidad y hoy no tiene que cuidar a la hermana de Sai. Ella puede traerme cualquier cosa que necesite. Además tendrá que darme un aventón a la tienda de comestibles.

Mi ceja se levantó. —¿Eso también era en serio?

—Demonios, sí. Moriré de hambre si pronto no tengo más comida en tus gabinetes.

—Puedes tomar mi coche si necesitas ir a cualquier parte. El taller donde trabajo solo está a doce cuadras de aquí.

Se estremeció como si eso fuera una idea horrible. —Anoche te saqué de tu cama. No manejaré tu coche. Especialmente con este clima.

—Sí, pero te veías muy sexy envuelta en mis sábanas, así que eso fue más que una ventaja para mí.

Suspiró y rodó los ojos. —Ahí está. Me preguntaba dónde se hallaba ese lado coqueto tuyo que se había ido esta mañana.

Le guiñé un ojo. —Solo necesitaba un poco de tiempo para despertar y atacar.

Se rio y dejó a Sumire en la cuna. —Es mejor que te vayas a trabajar ya, o llegarás tarde.

—Siempre llego tarde. Probablemente mi jefe se moriría de la impresión si de verdad aparezco a tiempo.

Cuando se giró hacia mí, también estuve tentado de dejar a Boruto en la cuna, así podría alzar en brazos a Hinata, derribarla sobre la cama y tener mi momento sexy con ella.

—Bueno, Hinata la Mujer Maravilla hoy está en escena —dijo, inconsciente de mis sanos pensamientos—. Así que no tienes que llegar tarde. Ahora dame a este hermoso niño así puedo malcriarlo.

Vendido. Le di a Luchador y esperé hasta que lo tuviera instalado en sus brazos antes de inclinarme y darle un beso a mi niño una última vez y decirle que estaría bien con Lunita. Luego me subí a la cama para pasar mis dedos suavemente sobre la frente de Sumire. Se había quedado dormida; entonces susurré—: Cuídate, princesa.

Cuando me enderecé, Hinata encontró mi mirada, sus impresionantes ojos expectantes.

Sentí mal no darle a ella también una despedida especial. Así que dije—: Gracias —antes de presionar mis labios en su frente. Me quedé así más tiempo del que debí. Pero ella no me alejó. Levantó su mirada cuando retrocedí, y sus ojos reflejaron todo el deseo que sentía profundo dentro de mi pecho.

Girándome antes de caer en la tentación, salí a zancadas de la habitación.

Después de dejar el apartamento, una extraña llenura se arremolinó en mi pecho. Seguro que me encontraba malditamente cerca de dejarme llevar por mi felicidad. Podría hacer cualquier cosa. Porque sentía como si solo le hubiera dicho adiós a mi familia por el día.

Era la broma más sucia de todos los tiempos, sabía eso. Cuando Hinata regresara a donde Sai e Ino, probablemente me iba a sentir más vacío que antes de que ella llegara a mi vida. Pero me negaba a arrepentirme de su presencia, porque en este momento se sentía demasiado bien tenerla aquí.

.

.

.

.

Continuará….