Durante la Segunda Guerra Mundial, entre el 7 de septiembre de 1940 y el 21 de mayo de 1941, dieciséis ciudades británicas fueron brutalmente bombardeadas por la Alemania nazi. Londres, en concreto, fue atacada en 71 ocasiones.
Los "bomb sites" eran lugares llenos de escombros donde antes hubo viviendas, y fueron comunes en ciudades británicas hasta la década de 1980. Se estima que murieron alrededor de 43.000 civiles y hubo más de 139.000 heridos, con un millón de casas destruidas.
Tom Ryddle nació en 1926, y todavía iba a Hogwarts durante la época de la Segunda Guerra Mundial, así que mientras pasaba todo esto él debía pasar sus veranos en un orfanato muggle situado en Londres.
La Guerra Mágica Internacional también tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial muggle, y fue en esa guerra cuando se enfrentaron Dumbledore y Grindelwald.
ADVERTENCIAS: Este capítulo contiene descripciones de sangre y violencia.
XIV
Un trato con el diablo
«We all pretend to be the heroes on the good side , but what if we're the villains on the other».
Villain, Stella Jang
30 de junio de 1941
Tom llamó dos veces a la puerta del despacho, tratando de maquillar su impaciencia y nerviosismo. La túnica reglamentaria, que ya llevaba un par de años quedándole demasiado pequeña, se le clavaba en el cuello y le apretaba en los puños. Su último estirón la había dejado casi obsoleta, pero comprar una nueva no era una opción, ya que el dinero que le ofrecía la beca apenas le ayudaba a cubrir los libros obligatorios de cada curso. Tom había tratado de hacerla crecer con hechizos aumentadores, pero empezaba a destacar demasiado frente al resto de sus compañeros de Slytherin, casi todos provenientes de familias adineradas con túnicas hechas a medida.
Tom solo contaba con un par de camisetas y pantalones muggles, el uniforme de Hogwarts, y una túnica de gala que había robado a uno de sus compañeros de sexto y transformado para que pareciera otra completamente diferente. Su compañero, Elric Rosier, ni siquiera se había dado cuenta de la desaparición de dicha prenda, contando como contaba con al menos una docena de túnicas elegantes.
Tom nunca llevaba su ropa muggle en Hogwarts, si podía evitarlo. Prefería no recordar a nadie sus humildes orígenes y su relación con los sin magia.
Al no recibir respuesta, volvió a llamar a la puerta mientras apretaba los dientes, pensando en la incómoda conversación que estaba a punto de tener lugar.
No le quedaban muchas más opciones, sin embargo. Odiaba admitirlo, pero necesitaba ayuda.
Finalmente, la voz cascada de Armando Dippet se hizo sonar desde el otro lado de la puerta:
—¡Adelante, adelante!
Tom abrió con cuidado, y se encontró con la desagradable imagen de Albus Dumbledore esperándolo al otro lado del umbral.
El profesor le sonrió a través de su tupida barba pelirroja, y Tom sintió una punzada de molestia. De todas las personas con las que escogería haberse cruzado antes de su conversación con Dippet, Dumbledore era el último de la lista.
—Profesor Dumbledore —saludó con perfecta educación, sin permitir que su desagrado se mostrara en su voz o sus facciones—. Director Dippet. Lamento mucho la interrupción, no sabía que estaban ocupados. Puedo regresar más tarde.
—¡Tom! —Exclamó Dippet con aire dichoso. Estaba sentado tras su escritorio, y tenía una botella de hidromiel medio vacía adornando la mesa y las mejillas curiosamente sonrojadas. Era evidente que había decidido empezar a celebrar temprano el fin de curso—. ¿Qué haces todavía aquí? ¡Vas a perder el último tren de vuelta a casa! ¡Pero no te quedes en la puerta! ¡Pasa, pasa, muchacho!
—Gracias, señor —dijo Tom, entrando al despacho. Era una habitación redonda con las paredes cubiertas de cuadros y estanterías repletas de libros. Siempre estaba bañada en tonos dorados y olía ligeramente a humo y madera—. De eso precisamente quería hablarle, de hecho.
Estudió la figura de Dumbledore con cautela; el hombre todavía le sonreía con aire misterioso, parado en mitad del despacho. Tom prefería no hablar delante de él, si podía evitarlo. Al contrario que Dippet y que la mayoría de profesores, Dumbledore no sentía ningún cariño perdido hacia él. «El niño brillante, el genio del siglo XX, el diamante en bruto de esta generación», lo llamaban todos. Pero Dumbledore era inmune a sus encantos y su talento, siempre mirándolo con un deje de sospecha y reproche por encima de sus gafas.
Tom lo odiaba.
Dumbledore pareció captar su reticencia a continuar hablando en su presencia, y sacudió la cabeza con aire de disculpa.
—No te preocupes, Tom, no interrumpes nada. Yo ya me iba —le aseguró, risueño, y encaminándose por fin a la salida. Su túnica magenta y azul lo rozó al pasar—. Armando y yo solo estábamos intercambiando unas opiniones de última hora sobre mis planes de verano.
La última frase llamó poderosamente la atención de Tom, sobre todo por lo innecesario que era informar a un estudiante de su conversación con el director, pero también por las terribles implicaciones que conllevaban dichas palabras.
Tom meditó unos segundos si merecía la pena arriesgarse, y al final dijo, con el tono más contrito que pudo conjurar:
—¿Sus planes de verano tienen algo que ver con Grindelwald, señor?
El profesor se detuvo en la puerta, a punto de salir del despacho. No era ningún misterio que Dumbledore era el único mago que Grindelwald temía, y probablemente el único capaz de igualarlo en un duelo. Pero también era sabido, como un secreto a voces entre los estudiantes y el profesorado, que a Dumbledore no le gustaba ser mencionado en relación con el mago oscuro. Siempre se tensaba y sus ojos azules, normalmente amables y cálidos, se tornaban fríos como la escarcha.
Era una debilidad, la única que Tom había visto mostrar a Dumbledore, y Tom era un experto en explotar debilidades.
—Tom —dijo Dippet con aire reprobador. Era un hombre pálido y débil, prácticamente calvo y con solo algunos mechones de pelo blanco decorando sus sienes, así que no resultaba muy impotente—. Eso no es nada de tu incumbencia.
—Lo lamento, director —respondió Tom de inmediato, adoptando un aspecto avergonzado y preocupado, aunque por dentro estuviera disfrutando el frío silencio de Dumbledore—. No pretendía inmiscuirme en los asuntos privados de nadie. Es solo que… Todos sabemos lo brillante y talentoso que es el profesor Dumbledore, y cómo el Ministerio cree que es el único capaz de enfrentarse Grindelwald. Simplemente quería saber si había alguna esperanza de que esta guerra terminara pronto, me disculpo si he parecido impertinente. Me temo que el miedo nos vuelve a todos un tanto desinhibidos.
Formó su sonrisa de disculpa más encantadora, la que le formaba un hoyuelo en la esquina de la boca. Dippet suspiró, sus ojos aguados relajándose y llenándose de cariño.
—Por supuesto, muchacho, es comprensible. Vivimos tiempos oscuros —añadió con gravedad.
Dumbledore se giró por fin a mirarlo, todavía parado en la puerta. Su sonrisa había desaparecido y sus ojos azules estaban serios, pero no fríos, tan solo evaluadores, como si Tom se encontrara en medio de un examen y no estuviera realizando un buen trabajo.
—No hay nada malo en la curiosidad en sí, Tom, pero sí hacia dónde la dirigimos —dijo Dumbledore mirándolo con mucha fijeza, como no hacía desde su primer encuentro en el orfanato. Tom contuvo una mueca—. Es posible que mis planes de verano tengan que ver con Grindelwald, y es posible también que tengan que ver con aprender a tejer (adoro los patrones de punto). La pregunta importante que debes hacerte es: ¿por qué te interesa saberlo? ¿Eres un ciudadano preocupado o hay algo más detrás de esa curiosidad? Y ese algo más: ¿de dónde viene? ¿Por qué está ahí?
Tom abrió la boca para contestar, indignado ante las acusaciones que Dumbledore estaba soltando tan alegremente delante de Dippet. Pero el profesor de Transformaciones siguió hablando antes de que pudiera responder:
—No, no, no me contestes ahora —continuó con gravedad—. Reflexiona sobre esas preguntas, Tom. Tómatelo como unos deberes extra para el verano —le sonrió de nuevo, y unas pequeñas arrugas se formaron alrededor de sus brillantes ojos—. Yo voy con prisas, de todas formas. Gracias por tu tiempo, Armando.
—Ve con cuidado, Albus —se despidió el director. Sin más, Dumbledore salió del despacho y cerró la puerta tras él.
Tom se quedó ahí parado, sintiéndose humillado y fuera de lugar. Trató de luchar contra el rubor de rabia que amenazaba por subirle por el cuello e instalarse en sus mejillas.
Sin embargo, el experimento había funcionado. Dumbledore no solía actuar de una manera tan agresiva ni mostraba tan abiertamente sus sospechas de que Tom era una mala semilla y un muchacho poco honesto. La mención de Grindelwald por su parte lo debía de haber perturbado profundamente.
Y eso era una victoria.
Obtener información sobre el enemigo, incluso aunque fuera a costa de su propio orgullo, siempre era una victoria.
—Bueno, Tom —Dippet lo sacó de sus pensamientos—, ¿de qué querías hablarme? ¿Por qué no estás en el tren de vuelta a casa con el resto de compañeros? Y no te quedes ahí, ¡siéntate!
Tom se acercó hasta el enorme escritorio de roble que dividía la estancia en dos, y se sentó en la silla que había colocada para las visitas. Dippet permanecía recostado en su sillón al otro lado, sonriéndole de manera amigable.
La escena con Dumbledore lo había distraído, pero ahora volvía a sentir los nervios en la boca del estómago.
«Relájate. Puedes convencerlo. Siempre logras convencer a todo el mundo de que tu punto de vista es el acertado. A Dippet le gustas, te escuchará».
—Director —empezó Tom, forzándose a relajar los fuertes latidos de su corazón—, hay una razón por la que todavía no he abandonado Hogwarts y subido al tren junto al resto de mis compañeros. No sé si será consciente de la guerra que está teniendo lugar en el mundo muggle, pero ha causado bombardeos en Londres durante los últimos nueve meses.
Los magos vivían completamente apartados del mundo muggle, hasta el punto de que era casi imposible enterarse de nada que estuviera sucediendo al otro lado mientras estabas en Hogwarts. La guerra muggle no afectaba las zonas mágicas, después de todo, y en El Profeta apenas cubrían alguna que otra noticia sobre los estragos que estaba causando.
Si Tom sabía más acerca de la situación era porque había sobornado a un estudiante de Hufflepuff hijo de muggles para que le mantuviera informado desde que empezó la guerra. Este estudiante, al contrario que él, recibía cartas e información de sus padres y sabía sobre la situación de la guerra muggle. Tom le hacía los deberes a cambio de recortes de periódico y noticias.
Dippet emitió una carcajada estridente que lo sobresaltó.
—¡Oh, sí! —Exclamó, dando una palmada—. ¡Los "bomburdeos"! ¿Te refieres a esas cosas con forma fálica que los muggles se lanzan entre ellos? ¡Hubo un chiste buenísimo sobre eso en El Profeta el otro día! A ver si lo recuerdo…
Tom lo miró fijamente. Dippet debía de estar más borracho de lo que había supuesto si estaba dispuesto a decir "forma fálica" delante de un estudiante.
—…Un muggle y un mago se encuentran en un bar. Tras unas cuantas cervezas, ambos se ponen gallitos y empiezan a competir sobre sus diferentes destrezas. El mago saca la varita para hacer hechizos, creyendo que eso dejará clara su superioridad. Pero el muggle está tan ciego que se cree que son todo trucos. Tras mucho discutir, el mago decide dejar claro quién manda y se baja los pantalones: «¡veamos quién la tiene más grande!». El muggle se tira de inmediato al suelo y empieza a llorar, suplicando que: «¡cese al fuego! ¡Cese al fuego! ¡Me rindo!».
Dippet se echó a reír con tanta fuerza que se le sacudió la papada y los botones de la túnica.
—¿Lo pillas? ¡Porque sus bombas tienen forma de pene! ¡Los muggles se lanzan penes unos a otros! ¿No son graciosos?
Tom contó hasta diez en su mente.
—Muy divertido, señor —dijo con diplomacia—. Sin embargo, si sabe sobre los bombardeos, sabrá también sobre la destrucción que ha tenido lugar en el Londres muggle debido a ellas.
Dippet sacudió la mano como espantando una mosca molesta, todavía con lágrimas en los ojos de la risa.
—Sí, sí, lo sé. Imagino que tendrán que reconstruir mucho y tardarán años con lo lentos que son, pero no entiendo por qué eso te interesa tanto como para perderte el tren de vuelta a casa.
Tom tragó saliva. Las manos le sudaban y tenía la boca seca. Rara vez se ponía nervioso, pero odiaba cuando lo hacía; todo su cuerpo parecía volverse contra él.
—Me interesa porque cuando pille el tren de vuelta a casa acabaré en el Londres muggle, profesor —confesó, bajando ligeramente la voz. No había nadie además de ellos en el despacho, pero Tom podía sentir los ojos de los retratos de antiguos directores sobre él—. Imagino que ya lo sabe, pero paso los veranos en un orfanato muggle situado en Londres, que probablemente haya sido víctima de los bombardeos. No sé si seguirá en pie y tendré un lugar al que regresar. Tampoco sé si estará en pie la estación, o si no se reiniciarán los bombardeos este verano. Estar ahora mismo en el mundo muggle es un peligro para un simple estudiante de magia como yo, profesor —terminó con modestia. Sabía que los magos no se tomaban a los muggles como una amenaza real, a pesar de que estos hubieran demostrado en las últimas décadas lo destructivos y terribles que podían ser.
Dippet lo contempló un instante con los ojos desenfocados.
—Seguro que hay algún sitio en el que te puedas quedar, Tom. Algún familiar, quizá.
«¿Acaso este inepto entiende el concepto de orfanato?»
—Me temo que no, señor —dijo, agachando la cabeza con pretendida tristeza—. Soy huérfano, no tengo familia.
Dippet emitió un sonido pensativo que se acabó transformado en una tos.
—Algún amigo, entonces. Eres amable y brillante, debes de ser un muchacho popular.
Tom apretó las mandíbulas. Aunque su situación con sus compañeros había mejorado en los últimos dos años, seguía sin ser demasiado apreciado y no contaba con ningún amigo de confianza. Todavía lo recordaban como el muchacho andrajoso y proveniente del mundo muggle que se había colado injustamente en Slytherin. Tom se había esforzado mucho por borrar esa primera impresión, y encajar entre los sangre pura adinerados que poblaban la noble Casa de Salazar Slytherin, pero el recuerdo no terminaba de desvanecerse.
El resto de Casas de Hogwarts, por otro lado, despreciaban a cualquier miembro de Slytherin sin miramientos, considerándolos manipuladores y malvados.
(Ser el mejor de la clase, con su túnica demasiado pequeña y sus libros de segunda mano, tampoco era bien recibido).
Afortunadamente, conforme entraba en la adolescencia había empezado a ganar popularidad entre las chicas gracias a su aspecto, y Tom sabía que podría sacar mucho provecho a sus pómulos marcados en cuando creciera un poco más.
Por el momento, sin embargo, estaba solo. Unas cuantas chicas chillonas que babeaban al verlo pasar no constituían ninguna amistad sólida.
—Ninguno puede darme cobijo estas vacaciones, señor —dijo Tom con fingido pesar, tratando de dar la impresión de estar lo más desamparado y solo posible—. No tengo ningún lugar al que ir.
Alzó la vista para estudiar el director entre las pestañas; este lo miraba preocupado, pero con aspecto de no saber muy bien cómo actuar.
«Déjame quedarme en Hogwarts», pensó Tom con ansia. «Déjame pasar el verano aquí».
—Siempre puedes rentar una habitación en El Caldero Chorreante , Tom. Solo son dos meses, después de todo. ¡Y hacen una sopa de verduras deliciosa!
«¿Este hombre es imbécil?»
—No tengo dinero para pagarme una habitación en El Caldero Chorreante, señor. Mis únicos ingresos provienen de la beca del colegio, y apenas me da para comprarme los libros obligatorios de cada curso.
—Claro, claro —dijo Dippet, aunque no parecía tener nada claro en absoluto—. Bueno, Tom, dudo que la situación en el mundo muggle sea tan alarmante como tú crees. Seguro que tu orfanato sigue en buenas condiciones. Hay mucho alarmismo con la guerra ahora mismo y corre mucha desinformación pero, quiero decir, ¡solo son muggles! —Le dedicó una sonrisa amable que le marcaba las arrugas de la frente—. ¿Cuánto daño pueden hacer, realmente? Son prácticamente inofensivos.
Tom apretó las mandíbulas con tanta fuerza que temió partirse los dientes.
«No tienes ni idea».
—Entiendo que para un mago tan talentoso y con tanta experiencia como usted parezcan inofensivos, señor —empezó, luchando contra las ganas de agarrar la botella de hidromiel y rompérsela al director en la cabeza—, pero yo solo soy un estudiante.
—Tonterías, Tom, tonterías. Eres el joven de catorce años con más talento que he visto en todos mis años como profesor.
Tom esbozó una sonrisa forzada, todavía con los dientes apretados.
—Se lo agradezco, señor, pero eso no quita que siga siendo un joven de catorce años —insistió. Era evidente que Dippet no iba a surgir con la idea, así que decidió ofrecerla él mismo—: No insistiría si realmente no hubiera ningún lugar en el que me pudiera quedar a pasar las vacaciones, pero dado que existe Hogwarts…
—Vamos, vamos, Tom —interrumpió Dippet—, conoces las reglas. Ningún estudiante puede permanecer en Hogwarts durante el verano.
—Lo sé, señor. Pero pensé, dada la situación peligrosa del mundo muggle en estos momentos y mis propias circunstancias, que podríamos hacer una pequeña excepción. Solo por esta vez. Solo por mí
Miró a Dippet con los ojos grandes y la cara inocente, tratando de parecer pequeño e inofensivo.
—Tom, no pensé que un joven tan inteligente como tú se dejaría llevar por alarmismos absurdos —respondió Dippet con el ceño fruncido en leve desaprobación—. Confía en mí: la situación en el mundo muggle no es tan terrible como parece. Son solo muggles. Hacen mucho ruido, pero no suponen ninguna amenaza para un mago, por muy joven que sea. Toma —se sacó un caramelo de regaliz de uno de los bolsillos de su túnica y lo extendió hacia él. Tom lo tomó con reticencia—, para animarte un poco. Sé que te gusta Hogwarts como el muchacho estudioso que eres y que te gustaría pasar tu verano aquí, pero las reglas son las reglas. Ahora quiero que vayas a recoger tus cosas y te subas en el último tren de vuelta a casa antes de que lo pierdas, ¿de acuerdo? Te prometo que no tendrás ningún problema en el Londres muggle. Su guerra lleva durando un par de años, ¿no? Y tú has pasado todos los veranos ahí, ¡y aquí sigues! No tienes nada por lo que preocuparte.
Tom respiró profundamente, tratando de resistir unas repentinas ganas de llorar. Se planteó dejarlas caer por un momento, por si Dippet podía ablandarse de esa manera. Pero era capaz de ver una causa perdida, y Dippet no iba a ser convencido. Alternaba la vista entre el reloj redondo de la esquina y la botella de hidromiel, deseoso de quitárselo de encima.
Y llorar sería más humillación de la que podía soportar.
A Tom le temblaron las manos al recordar los últimos veranos en el orfanato. Los susurros de muertes, los simulacros de ataque, el olor a pólvora y los soldados marchando por las calles. Las palizas por parte de las encargadas del orfanato también se habían vuelto más frecuentes por el miedo y el estrés, aunque Tom tendía a librarse ya que se había asegurado de que le tuvieran miedo. Y todo eso había sido antes de que empezaran los bombardeos. Le aterrorizaba la idea de volver a un Londres destrozado, con la amenaza de más ataques todavía pendiendo sobre su cabeza. Era incapaz de entender cómo alguien podía decir que los muggles eran inofensivos después de ver los rastros de destrucción y horror que dejaban a su paso.
Sonrió con los ojos brillantes. No iba a llorar, no había llorado desde que cumplió seis años y Dennis Bishop le dijo que llorar era símbolo de debilidad.
—Por supuesto, señor. Discúlpeme, es evidente que todavía soy joven y fácilmente influenciable. Sé que me queda mucho por aprender, y espero poder estar aquí el año que viene para seguir haciéndolo.
Abandonó el despacho en silencio, con el peso del terror y la impotencia sobre los hombros. A pesar de que sabía que sería difícil, se había convencido a sí mismo de que no tendría que pasar ese verano en el mundo muggle, y la constatación de que se había estado mintiendo lo miraba ahora a la cara, burlona.
Había sido ridículo esperar otra cosa, se regañó en silencio, de camino a recoger sus cosas. Siempre había sabido que tendría que soportar el orfanato hasta que fuera mayor de edad y pudiera empezar a ganar su propio dinero. No importaba. Tom era un superviviente, y una guerra muggle no acabaría con él. Buscaría alguna manera de sobrevivir ese verano, y regresaría a Hogwarts en septiembre, como siempre.
Había sido una estupidez tratar de pedir ayuda; Tom siempre se las había arreglado bien solo y no necesitaba ayuda de nadie.
Después de todo, la ayuda solo era concedida a los afortunados.
Y Tom nunca tenía suerte.
30 de diciembre de 2023
La fortuna sonreía a Lord Voldemort.
No podía haber despertado en un mejor momento, cuando los astros parecían haberse alineado para facilitarle el camino. Si todavía mantuviera interés en gobernar el mundo mágico británico, lo tendría insultantemente sencillo ante la situación que habían creado los ridículos elfos domésticos. La gente volvería a acudir a él como moscas, suplicando su ayuda y su guía.
Pero los intereses de Voldemort ya no eran tan provincianos. Había probado ese camino de gobernar Reino Unido, y no había resultado satisfactorio. Seguía apuntando demasiado bajo, cuando su poder y su intelecto deberían buscar siempre objetivos mayores y terribles.
La confusión y la desesperanza le favorecían, sin embargo, y le ayudaban a mantener un perfil bajo mientras organizaba el gran cierre de su primer acto. No le convenía despertar la alarma de los elfos en un estado tan vulnerable como el actual; con solo dos Horrocruxes mortales y un cuerpo hecho de veneno de serpiente, sangre de unicornio y carne humana.
Bajo sus órdenes, los dementores habían estado alimentándose de muggles de la zona, en regiones lo suficientemente separadas como para no llamar la atención en la tumultuosa situación en el mundo mágico.
Y él, mientras, había empezado a preparar la función.
Se paseó por el salón de la casa, de paredes altas y de un color blanco intenso. El árbol navideño obligatorio para esa época era grande y descansaba en una esquina de la habitación, cubierto de bolas doradas. Un moderno televisor adornaba una de las paredes, enfrente del sofá color bermejo en el que se acurrucaba la familia, aterrorizada.
Al principio habían gritado y protestado mucho, pero un par de maldiciones los habían puesto en su sitio y dejado dóciles y silenciosos, temerosos de provocar su ira con cualquier comentario. Voldemort se había planteado realizar la maldición Imperio para que no molestaran hasta que llegara su turno en la función, pero le gustaba sentir el miedo de sus víctimas; disfrutaba con el conocimiento de que otros lo obedecían por miedo a su poder, y no obligados por ningún hechizo.
Voldemort se detuvo a observar el televisor. En su juventud, cuando todavía tenía contacto con el mundo muggle, ya había empezado a circular ese aparato en Inglaterra, en una versión mucho más arcaica. Él nunca había llegado a tener oportunidad de ver ninguno de cerca, sin embargo.
Los muggles debían paliar su incapacidad de hacer magia con extraños inventos, reflexionó mientras observaba como una mujer en un brillante vestido rojo daba vueltas sobre un escenario, entonando una canción navideña. Y a pesar de todo su avance tecnológico, seguían tan primitivos como primates. Los magos les habían dejado multiplicarse y controlar el mundo, y ahora el mundo se caía a pedazos. Él lo había advertido, había tratado de frenarlo; pero todos a su alrededor poseían unas mentes demasiado diminutas y unidas a la mortalidad para entenderlo. Este era el resultado, pensó con disgusto mientras veía a la cantante dar otra vuelta y desafinar una nota alta.
Por el rabillo del ojo, contempló como la niña se movía en su asiento para ver mejor el espectáculo de la televisión. Al contrario que los adultos de su familia, parecía más fascinada que aterrorizada por su presencia, y Voldemort se planteó si lanzarle un cruciatus para asustarla sería una buena idea.
Fue entonces cuando percibió un ligero empuje en su escudo mental, y se sobresaltó tanto que unas chispas se escaparon de sus dedos y provocaron un gritito ahogado en la mujer mayor del moño apretado. Cauteloso, estudió el toque que se había producido en su protección mental. Más que un empuje, era como si alguien llamara a la puerta, tímido.
Sabía quién era, aunque nunca hubieran utilizado la conexión de este modo, ambos demasiado temerosos ante su inmensidad. Demasiado ocupados tratando de acabar el uno con el otro como para pararse a investigar este increíble vínculo.
Que fuera Harry el primero en tratar de utilizarlo le llenaba de una satisfacción difícil de definir.
Voldemort abrió un resquicio de las puertas de su mente, solo lo suficiente para poder establecer un puente sin desvelar nada que no quisiera.
(Voldemort)
El pensamiento apareció con la intensidad de un cuchillo clavándosele en las costillas, dejándolo sin aliento.
(esto no va a funcionar Hermione se equivoca no quiero que esto funcione no quiero que esto funcione)
(LORD VOLDEMORT)
(¿ME ESCUCHAS, LORD VOLDEMORT?)
Imágenes de su propio rostro y presencia se colaron a través del vínculo, entrelazadas con sentimientos de miedo y repulsión.
(escúchame)
(no, no me escuches)
(hazme caso)
(déjame en paz)
(el trato el trato tengo que pensar en el trato en el bien común)
La sonrisa de un Ron Weasley adolescente. El olor de la Madriguera. Los pasteles de Molly Weasley. Las risas de los gemelos. Maggie arrugando la nariz cuando algo le hacía gracia. Las manos de Ginny y Luna entrelazadas. Voldemort observó el pasar de todas estas imágenes por su mente con morbosa fascinación, todavía sin querer demostrar su presencia.
(VOLDEMORT)
(gilipollas)
Voldemort emitió un siseo ante el insulto, y pudo sentir a la familia temblar a sus espaldas.
(Deberías tener más cuidado con la forma en la que tratas de establecer una conexión mental, Harry. Sin barreras mentales, cualquier pensamiento es transmitido sin ningún tipo de filtro).
El sobresalto de Harry le llegó con la fuerza de una bofetada. Harry sentía todo de una manera increíblemente profunda; era una manera de sentir que Voldemort había abandonado hacía demasiados años, junto a su mortalidad. Volver a emocionarse así a través de su Horrocrux le repelía y fascinaba al mismo tiempo.
(me escucha me escucha me está escuchando tengo que calmarme decirle el trato no no el trato no pero sí el trato es necesario no quiero no quiero NO QUIERO)
Voldemort contempló cómo la cantante de la televisión se retiraba y empezaban a pasar confusas imágenes de mujeres corriendo por el bosque con poca ropa y rociándose gotas de perfume, antes de pasar a otras imágenes de un hombre conduciendo un enorme coche negro.
(Harry, necesitas calmarte, me estás permitiendo ver el interior de tu mente sin ninguna filtración. Severus te enseñó los principios de la Oclumancia, ¿no es así? Trata de despejar tu mente y concentrarte solo en el mensaje que quieres transmitir, sin permitir que tus sentimientos en el asunto lo contaminen).
Era una esperanza vana, por supuesto. Voldemort sabía que el chico era inútil a la hora de proteger su mente. La mente de Harry permanecía abierta y vulnerable como una flor en primavera, y era tentador hundirse en ella hasta descubrir todos sus secretos. No lo hizo. Todavía recordaba el dolor innombrable que lo había dominado cuando trató de poseer a Harry durante el ataque al Ministerio por la profecía, no tenía ningún deseo de repetirlo. El alma intacta de Harry era incompatible con la suya fragmentada; y cuando se trataba de ellos, almas y mentes eran una misma cosa.
(es lo que intento no me digas qué hacer)
La niña había empezado observarlo con atención, así que Voldemort se contuvo para no poner los ojos en blanco. Lord Voldemort tenía una reputación que mantener, incluso ante muggles diminutos.
(¿Hay alguna razón por la que hayas tratado de contactarme, o solo te aburrías y te apetecía entablar conversación? He captado un pensamiento sobre un trato).
La mente de Harry era una cacofonía de gritos y colores con diferentes opiniones.
(sí)
(es decir, no)
(no, no, no, no, NO)
(es decir, sí, tengo un motivo para contactarte)
La cara de Ron Weasley volvió a aparecer en su mente y Voldemort entrecerró los ojos con molestia.
(Te encuentras a salvo, imagino).
Nada más decirlo, le llegaron imágenes sobre un pequeño piso y Draco Malfoy atado a una pared y mucho rencor hacia Hermione Granger. Gracias al dedo de plata con el que había obsequiado a Harry, Voldemort era capaz de conocer su situación física en todo momento. Sabía que estaba a las afueras de Londres, probablemente en una casa asegurada con un encantamiento Fidelio. Imaginaba que Granger, que seguía en busca y captura por parte de los elfos, se había asegurado de protegerlo de las irritantes criaturas.
(estoy bien)
(bueno, todo lo bien que puedo estar después de que un loco homicida me secuestrara y mutilara, claro)
Voldemort sonrió ligeramente a su pesar ante el veneno que percibía en ese mero pensamiento. Parecía que Harry estaba captando el funcionamiento de una comunicación telepática; siempre había un chico que aprendía mejor con la práctica, después de todo.
(el trato)
(te contacto por el trato)
(NO, NO, NO, NO, NO)
(queremos hacer un trato contigo)
«Qué interesante», pensó Voldemort ante todos los sentimientos encontrados que su Horrocrux estaba experimentando.
Nagini pasó a su lado, rozando su pierna con insistencia, como para pedir atención. Parecía percibir la conexión que estaba teniendo lugar y quería hacerse notar, celosa. Voldemort se arrodilló para acariciarle la cabeza. El hombre joven en el sofá emitió un sollozo al ver la enorme serpiente.
Al otro lado de su conexión, Harry parecía vacilar. Sus pensamientos eran demasiados caóticos para que Voldemort captara algo en claro si Harry no los organizaba.
(la situación del mundo mágico)
(elfos elfos elfos culpa de Hermione elfos)
(supongo que la conoces)
Claro que la conocía.
(Estoy al tanto, sí).
Astoria le había estado pasando los periódicos.
(Una pena que las criaturas que tanto defendíais se hayan vuelto en vuestra contra. Granger no hizo tan buen trabajo como pensabas, ¿no es así?).
La ira estalló en la mente de Harry como un látigo.
(cállate cállate cállate es TU CULPA)
(Hermione también)
(no pertenezco ya no)
(concéntrate concéntrate CONCÉNTRATE)
Harry logró calmar su mente de nuevo tras unos segundos, y el siguiente pensamiento llegó claro y diáfano a través del caos:
(y supongo que eres el responsable de la liberación de los dementores de su isla-prisión)
A Voldemort no le sorprendía que Harry fuera consciente de ese hecho. Draco tampoco había sido capturado por los elfos y debía de estar con ellos, y Draco conocía bien su modus operandis y sus fortalezas.
(Supones bien).
La mente de Harry seguía siendo un remolino de emociones e imágenes, pero los gritos habían cesado hasta convertirse en un eco de fondo.
(este es el trato: dejarás conocer tu regreso al mundo mágico y harás un comunicado instando a los magos y brujas de Inglaterra a luchar contra el golpe de Estado, ordenarás a los dementores atacar sin cuartel a los elfos, y luego dejarás Reino Unido para siempre y no podrás volver a cruzar sus fronteras)
Debía de ser un plan de Draco, sin duda. Aunque Granger habría ayudado a pulirlo. Era demasiado despiadado para provenir de Harry.
«Tratando de utilizar a su antiguo señor para salvar su patético pellejo, ¡cómo se atreve!».
Voldemort volvió a inclinarse para acariciar a Nagini, que se había enroscado en torno a su tobillo, y tratar de frenar la ira y mantener la mente fría.
(Un plan tan despiadado que podría pertenecerme. Dime, Harry, ¿a esto te has reducido? ¿A suplicar ayuda de tu enemigo mortal para matar a unos pobres elfos? ¿No se suponía que eras el paradigma del bien y lo correcto? ¿Qué pensaría Dumbledore?)
Podía percibir la rabia y la duda de su Horrocrux al otro de la conexión, y rió para sus adentros. Aunque no pudiera herirlo físicamente, torturar a Harry Potter siempre sería divertido.
(Dumbledore)
(traidor)
(criado como un cerdo para el matadero)
(concéntrate concéntrate CONCÉNTRATE)
(no quiero esto no quiero esto no quiero esto)
(concéntrate concéntrate CONCÉNTRATE)
Voldemort decidió intervenir antes de que la mente de su Horrocrux se partiera en dos tratando de controlar sus emociones.
(Además, no sé si sabrás esto en tu inmensa ignorancia, Harry, pero los tratos suelen suponer una reciprocidad. No entiendo por qué iba a aceptar un trato que no parece beneficiarme en absoluto. Os ofrezco mi ayuda e influencia, ¿y luego debo irme para no volver? ¿Qué clase de agradecimiento es ese? ¿Qué gano yo con todo eso?)
No tenía ningún deseo de permanecer en Reino Unido más tiempo del necesario, pero era una cuestión de principios.
La mente de Harry volvió a tornarse extrañamente silenciosa.
(¿no es evidente?)
(me ganas a mí)
El mundo pareció detenerse una fracción de segundo antes de volver a retomar su ritmo, esta vez a toda velocidad.
(iré contigo adonde quiera que vayas no me resistiré)
(no quiero esto no quiero esto no quiero esto no quiero esto)
(pero eso es lo que quieres tú, ¿no?)
(a mí)
El corazón de Voldemort se aceleró ligeramente sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Pero Harry debió de percibir su extraño silencio como un rechazo, porque su siguiente pensamiento fue apresurado y caótico:
(y si no aceptas antes del amanecer, me suicidaré)
Voldemort vio rojo.
Cuando recuperó el control de sí mismo, la televisión estaba destrozada y había cercenado la pierna de una de las mujeres de la familia. Era una mujer gruesa y anciana, de corto pelo blanco y manos enormes, que chillaba y se aferraba el muslo sangrante. El resto de la pierna cercenada había caído sobre la alfombra como un peso muerto.
La familia chillaba. Otro hombre mayor que se parecía mucho a la mujer trató de tapar la herida con un cojín, gritando improperios. La niña observaba la escena con los ojos enormes mientras la que debía ser su madre la abrazaba.
No se callaban. Voldemort le lanzó la maldición asesina a la mujer herida para que dejara de molestar. Una familiar más o menos no importaba demasiado, después de todo. Petrificó al resto de la familia para poder concentrarse, y se quedaron congelados en expresiones de puro horror. Nagini se alejó de su pierna, molesta por el ajetreo pero deseosa de devorar a la nueva cena en la que se había convertido la mujer sin pierna.
(¿Voldemort?)
(¿qué ha sido eso?)
(era… ¿era esa tía Marge? ¿Tío Vernon?)
Su ira debía de haber cesado su capacidad de controlar sus barreras mentales y a Harry le había llegado más información de la debida. Perder el control de tal manera era inexcusable. Ser tan vulnerable y tener a su Horrocrux tan lejos era cada vez más peligroso.
(Si te atreves a quitarte la vida, mataré a toda tu familia. A todos tus amigos. A todos aquellos que alguna vez has conocido, y también a aquellos a los que podrías haber llegado a conocer. Nadie sobrevivirá tu muerte).
La mente de Harry seguía extrañamente calmada, pero tensa; como si toda esa calma pudiera romperse tirando del hilo adecuado, y pudieran volver a ser fácilmente rodeados por los gritos y colores caóticos. Voldemort, por su parte, intentó imitar esa falsa calma en su propia mente, tratando de dejar de ver puntos rojos ante sus ojos.
(si no quieres que muera, solo debes aceptar el trato)
(no lo aceptes no lo aceptes)
(y seré tuyo)
«Y seré tuyo».
El pensamiento retumbó en la mente de Voldemort como una avalancha, derrumbando todo a su paso.
«Y seré tuyo».
Harry era suyo. Le pertenecía de la misma manera que le pertenecía Nagini y como le habían pertenecido el resto de sus Horrocruxes. Era parte de él. Una parte de él rebelde y complicada que le dificultaba todo, pero una parte de él, a fin de cuentas.
La más importante.
Solo quedaba que Harry lo aceptara.
Era evidente que su Horrocrux no deseaba ese trato, ni deseaba ser una posesión del Señor Oscuro; se veía obligado a seguir ese ridículo plan por culpa del complejo de héroe y mártir que Dumbledore le había inculcado.
«Y pensar que tus ridículas enseñanzas sobre el bien y lo correcto acabarían volviéndose contra ti, viejo majara».
Había estado dispuesto a esperar para recuperar a Harry, pero lo cierto es que el tiempo no estaba de su parte. Lo que acababa de pasar era un ejemplo más de la inestabilidad de su mente, que le impedía controlar sus propias acciones. Necesitaba a Harry cerca lo antes posible, y necesitaba acabar con la mortalidad que volvía a recorrer sus venas.
No le gustaba acceder a un ultimátum, pero lo cierto era que el trato le convenía. Su plan al renacer había sido atacar a los magos y brujas que le dieron la espalda, pero los elfos ya se habían encargado de eso. La sangre ya adornaba las calles de Gran Bretaña, aunque él no la hubiera derramado.
Si accedía al trato, tendría a Harry y devolvería el control del mundo mágico británico a magos y brujas mediocres. Magos y brujas mediocres que lo habían rechazado y que ahora lo necesitaban desesperadamente. Gran Bretaña volvería a estar en conflicto en unos pocos años, incluso sin él. Eran tan patéticos que se destruían a sí mismos una y otra vez, sin ser capaces de entender un plan mayor.
Si accedía al trato, dejaría Reino Unido para siempre, pero acabaría con la elfina responsable de su caída, y dejaría a Hermione Granger en una situación casi peor que la muerte. La heroína del mundo mágico debería vivir sus últimos años sabiendo que vendió a Harry Potter y masacró a los elfos que tanto defendía… Voldemort sentía ganas de reír de puro deleite.
Y lo más importante de todo, finalmente Harry Potter sería suyo, sin discusión posible.
Voldemort sonrió, y el mundo pareció un lugar peor.
BONUS
—Potter, parece que te estés cagando encima.
—Tú siempre parece que te estés cagando encima y yo no digo nada, Malfoy.
—Eso es probablemente porque tu capacidad oratoria deja mucho que desear.
—"Mi capacidad oratoria" —imitó con burla, todavía sin abrir los ojos—. Malfoy, sé que tienes cerca de quinientos sesenta años, pero trata de hablar más como una persona normal, ¿quieres?
—Escúchame, mocoso…
—¡Basta! —Dijo Hermione—. Cállate de una vez, Draco, no le dejas concentrarse.
—Ahora tendré yo la culpa de la nula capacidad de concentración de Potter —protestó Malfoy.
—Creo que esto no está funcionando —Harry abrió los ojos con un suspiro derrotado.
—Claro que no está funcionado, no dejáis de discutir.
—No es eso. Nunca he contactado telepáticamente con Voldemort, Hermione, esto no tiene ni pies ni cabeza.
—Vuestro vínculo permite ver la mente del otro, es evidentemente un lazo telepático. ¡Y Voldemort lo ha utilizado otras veces para dirigirse a ti! No entiendo por qué no iba funcionar de la otra manera.
—No sé si lo has notado, Hermione, pero yo no soy Voldemort ni tengo sus poderes.
—Yo sí lo he notado.
—Cállate, Malfoy.
—¿Qué propones, entonces? —Preguntó Hermione, exasperada—. ¿De qué otra manera vamos a contactar con él? Un patronus es demasiado arriesgado, dejaría en evidencia nuestra posición y ni si quiera es seguro que alcance a Voldemort.
—Podemos escribirle una carta.
—Oh, claro que sí —intervino Malfoy, con mofa—. «Estimado Señor Oscuro, le escribimos esta misiva con la esperanza de que su obsesión con un miope estúpido sea superior a su propio sentido común. Si es así, por favor marque la casilla de "pierdo las bragas por Harry Potter". Atentamente, dos tontos en apuros».
—Somos tres.
—Yo no me incluyo en vuestras estupideces.
—¡Es tu plan!
—¡Nunca dije que fuera un buen plan! ¡No sé para qué me hacéis caso! ¡El Señor Tenebroso nunca accederá!
—Harry —cortó Hermione con impaciencia—, prueba otra vez. Estoy segura de que puedes conseguirlo.
Harry suspiró y cerró los ojos.
