CAPÍTULO 7 - PERSECUCIÓN
El sol se asomaba por la ventana de la habitación del hotel. El murmullo de la televisión seguía invadiendo el silencio de la calle, que parecía tranquila a aquellas horas de la mañana. Era sábado. Sesshomaru se levantó de la cama después de un sueño bastante conciliador. Hacía algo de frío a pesar de ser primavera, pero no llovía, y eso era una buena noticia.
Se vistió con unos jeans de color azul, una camiseta negra y cazadora del mismo color. Bajó a desayunar al bufet del hotel, y decidió leer la prensa mientras se tomaba un café con unas tostadas. Si todo iba de acuerdo a su plan, hoy sería el día en el que se encontraría con la sacerdotisa. Yuna le había contado que, a pesar de tener un gran potencial, no dominaba sus poderes a la perfección como lo hacía Kikyo, y eso le otorgaba una gran ventaja. Lo importante era sorprenderla desprevenida, sin posibilidad de poder usar su arco y sus flechas.
El metro estaba vacío. Se sentó en una de las butacas, pensativo. Yuna le había dejado indicaciones del domicilio donde vivía la joven, en la zona de Mile End. Tenía que hacer transbordo en Holborn, y dirigirse al Este a través de la "Central Line".
No le costó encontrar la casa donde vivía la sacerdotisa. Se hallaba a pocos minutos caminando desde la estación de metro. Era una casa adosada situada en la esquina de la calle. Parecía tener dos pisos y se veía algo antigua. Un descuidado jardín repleto de matorrales y árboles rodeaba la vivienda. Parecía un barrio tranquilo, ideal para poder subirse a los árboles sin ser visto, e intentar detectar a la joven en una de las habitaciones. Escaló en dos árboles hasta lograr su objetivo. En el segundo, que estaba lo suficientemente cerca de uno de los ventanales, pudo acercarse para abrir la persiana ligeramente. Allí estaba ella, tumbada en la cama, durmiendo sin percatarse de su presencia.
La observó detenidamente a través de la ventana. Aquella niña que recordaba del pasado se había convertido en una preciosa joven que parecía haber madurado con el tiempo. Su rostro fruncido podía reflejar las batallas que había librado en el pasado. Se preguntó si realmente era tan poderosa como decía su madre.
La joven se giró, dormida, hacia la ventana. Sesshomaru pudo observar cómo se ladeaba, buscando una posición más cómoda. Se había destapado, dejando sus largas piernas al descubierto. Las recorrió con la mirada, absorto, pensando en la delicadez de su cuerpo. ¿Cómo es posible que una muchacha de apariencia tan delicada pudiese albergar tal fuerza en su interior? ¿Tan poderosa era? Empezó a sentir cierta curiosidad por ella.
Volvió en sí al escuchar aporrear la puerta de la habitación.
— ¡Kagome! ¡Despierta! — una humana pelirroja con el cabello revuelto acababa de entrar, interrumpiendo sus pensamientos.
— Huumm... ¿qué hora es? — murmuró ella.
— Son las once de la mañana. — Contestó la pelirroja.
— ¿Quéeeee? — la sacerdotisa se levantó de un tumbo. Parecía muy preocupada. — ¡Madre mía! ¡Me había puesto el despertador para poder estudiar! Me he quedado dormida...
— No te enfades, Kag. Ayer llegaste muy tarde de trabajar. ¡Anda! Ves a ducharte que te preparo el desayuno.
La joven miró a la pelirroja, agradecida.
Sesshomaru seguía observándola a través de la ventana. La joven se había atado el cabello y quitado el pijama para quedarse en ropa interior, dejando al descubierto parte su esbelto cuerpo. Notó un escalofrío en su interior que interpretó como... ¿deseo? ¿o era simple curiosidad?
Sesshomaru había tenido gran cantidad de amantes a lo largo de los años, todas mujeres Youkai dispuestas a vender su alma al diablo por estar a solas con él, por sentirse dignas de él y convertirse en sus esposas. Pero nunca las había amado. Amar era una debilidad que se tenía que atajar para no mostrar desventaja ante los enemigos. El Daiyokai las había utilizado para satisfacer sus deseos carnales sin promesas ni esperanzas de llegar a su corazón.
Se odió a sí mismo por haberse ruborizado con una simple humana... ¿o no era tan simple? Se trataba de una gran sacerdotisa que había peleado contra Naraku. Algo quedaría de aquella poderosa mujer a pesar de haber transcurrido todos estos años, quedando sus poderes en el olvido. ¿Sabría utilizar el arco del Monte de Azusa?
Su orgullo de demonio le impedía reconocer el hecho de poder sentir ciertas cosas que no eran tolerables. ¿Acaso su nuevo cuerpo le estaba jugando una mala pasada? ¿Es posible que su mente estuviese reaccionando a los deseos carnales de un ser humano?
Se bajó velozmente del árbol para no ser visto. Ahora que había localizado a su objetivo, sería todo más fácil. Decidió esperarse un rato fuera, en el jardín, a la espera de que la mujer pelirroja saliera de casa y se quedara completamente sola. Tenía que ser discreto. No llamar la atención en ningún momento. A veces pensaba en lo estúpida que había sido su madre al haberle arrebatado sus poderes de Yokai. Todo hubiese sido menos complicado, aunque su apariencia demoníaca le habría delatado ante los enemigos. Miró a su alrededor. No había rastro de personas o demonios que pudiesen estarla esperando.
De repente escuchó el ruido de una puerta. La humana acababa de salir de casa con una tostada en la boca. Se había vestido con una camiseta negra ancha, tan ancha que le dejaba el hombro al descubierto, con unos jeans azules, coleta alta y una mochila. Llevaba una cazadora tejana en la mano. Debía seguirla para no perderla. Parecía tener mucha prisa. Tras unos minutos de persecución, entró en una biblioteca.
Sesshomaru miró a través de los cristales. La joven se había sentado en una mesa con varias personas a las que parecía conocer. Sacó unos libros de su mochila y empezó a ojearlos. Después de un rato de estudio, dirigió su mirada hacia el infinito, suspirando.
El Daiyokai escondió, temeroso de ser descubierto. Con tanta gente a su alrededor no podía llevarse a la chica sin ser visto. Decidió esperar al momento más adecuado, que no llegaba al haberse pasado la mañana entera encerrada en la biblioteca.
Transcurrieron varias horas. La joven se había desplazado a la cafetería situada dentro del recinto para pedir un bocadillo. La persiguió con la mirada hasta que volvió a sentarse en la mesa donde estaban sus compañeros. La hora de estudio posterior le pareció eterna.
La joven se despidió de sus amigos y salió de la biblioteca. Sesshomaru la siguió hasta su casa. La luces permanecían encendidas, por lo que dedujo que tampoco estaría sola. Se sentó cerca del árbol en el que había trepado por la mañana, justo al lado de su ventana. Miró hacia arriba. La curiosidad volvió a invadir su cuerpo. Decidió volver a abrir ligeramente la ventana, una vez encima de las ramas.
Tras la ventana pudo observar a la joven sacerdotisa mirándose en un espejo, sonriendo con tristeza. Sus ojos, grandes y marrones, expresaban melancolía y serenidad. En efecto parecía haber madurado a lo largo de los años. ¿Acaso no quedaba rastro de aquella inocente chica que conoció en su día?
Escuchó a su amiga pelirroja entrar en la habitación. Agudizó el oído para poder escucharlas.
— Está bien…. Me pasaré un rato por la fiesta.
" ¿Fiesta?" Sesshomaru descubrió que aquella misma noche en el campus iba a celebrarse una gran fiesta universitaria. Podría ser el escenario ideal para llevarse a la muchacha: música elevada, luces tenues y mucho alcohol. Con un poco de suerte nadie notaría su ausencia durante un tiempo, el justo para escapar de allí.
Bajó sigilosamente del árbol para quedarse de nuevo en tierra. Volvería a su habitación de hotel para prepararse. Aquella noche lograría su objetivo.
—
Sesshomaru se miró en el espejo del hotel. Se había duchado y cambiado de ropa para prepararse. Había leído en las guías que los humanos se vestían de forma elegante en aquel tipo de fiestas. Optó por un traje azul marino con camisa blanca. Por suerte, Yuna había pensado en todo y encontró un par de atuendos dentro de la maleta que eran ideales para la ocasión. Pensó que ya era hora de deshacerla y guardar la ropa en el armario, pero tampoco estaba seguro de cuánto tiempo se quedaría en Londres. Si todo iba según lo previsto, en un par de días se encontraría volando hacia Tokio.
Miró por la ventana mientras anochecía.
"Ya es la hora"
Cerró la puerta después de haber escondido su revólver. Podría necesitarlo.
El campus se situaba cerca de la casa donde vivía la sacerdotisa. Sesshomaru se las había arreglado para embaucar a una chica y entrar con ella en la fiesta. La chica parecía estar mostrando un trofeo ante las demás mujeres, que la miraban con envidia.
"Patético" pensó en Daiyokai, aunque su potente atractivo era tremendamente útil para acercarse a la pista de baile.
La sala era grande, bien decorada y con música alegre para poder bailar. Las luces de colores brillaban a su alrededor, y a lo lejos, pudo distinguir lo que estaba buscando.
Era ella, enfundada en un precioso vestido negro que brillaba a la luz de los focos de la pista. La miró con recelo. Empezó a pensar en sus largas piernas y se volvió a odiar por ello. Llevaba un recogido que dejaba ver su cuello, tan delicado y apetecible….
"¡No!" ¿En qué estaba pensando? ¿Acaso su cuerpo humano había vuelto a traicionarle? Ni por asomo se fijaría en una humana, por mucho que fuera tan hermosa y sensual como la sacerdotisa.
La observó hablando con un joven de su edad. Parecía estar a gusto con él, y el cuerpo le empezó a arder por dentro. Apretó los dientes con rabia, sin saber exactamente a qué se debía el hecho de encontrarse tan alterado.
La joven seguía divirtiéndose y bebiendo sin parar.
De repente, antes de que pudiese reaccionar, su pareja le había empujado a la pista de baile muy cerca de donde estaba ella. Las luces se atenuaron al son de la música, que se había suavizado para invitar al baile a las parejas que se encontraban en la fiesta.
Sesshomaru se fijó en varias personas que se miraban entre ellas. Se hacían sutiles señas que él había detectado a la perfección. Eran cuatro hombres altos y robustos que dirigían sus miradas hacia la sacerdotisa.
Corría peligro. Esas personas la habían encontrado, a igual que él. Sesshomaru, en un rápido movimiento, logró hacer un cambio de pareja y agarrar a su víctima por la cintura. La joven sacerdotisa apenas podía sostenerse en pie debido a la bebida. Un fuerte escalofrío recorrió su interior en el momento que ella le rodeó el cuello con sus brazos. Tardó unos segundos en abrir los ojos, sorprendida, como si hubiese visto un fantasma o algo peor.
—¿Sess… Seshomaru?
Le devolvió la mirada a la vez que le tapaba la boca y la dirigía hacia la pared de la sala. Los cuatro hombres se habían dado cuenta y se acercaban velozmente hacia ellos.
— Tenemos que salir de aquí. ¡Deprisa! — exclamó él, decidido a que por lo menos hoy, ambos tenían que salir con vida.
