AMOR SALVAJE


5| La Curiosidad Mato al Gato


Naruto Frotó la barbilla contra el pelo de ella, inhaló su dulce perfume y soltó un suspiro, suave y satisfecho. Luego le cogió las manos e hizo que le rodeara el cuello con los brazos.

Dios, era tan suave. Le deslizó las manos por los brazos, notando cómo se le ponía la piel de gallina. Complacido con su reacción a su contacto, le puso las manos, posesivo, en las caderas y la atrajo hacia él.

Estaba haciendo durar aquello en exceso. Hinata ya no podía luchar contra su atracción. Un pequeño contacto satisfaría su curiosidad. Luego, volvería a su interior y se obligaría a olvidar a Naruto por completo. Se puso de puntillas y le rozó la barbilla con los labios. Luego le dio un casto beso en los labios y notó cómo reaccionaba poniéndose rígido: Se apartó, vio cómo él sonreía y supo que su atrevimiento le había complacido.

Su sonrisa se borró bruscamente cuando ella recorrió su labio inferior con la punta de la lengua. Naruto reaccionó como si le hubiera alcanzado un rayo. La atrajo con fuerza hacia él hasta que sus muslos quedaron aplastados contra los suyos. No le importaba si su erección la asustaba o no. La rodeaba con los brazos, abrazándola con una fuerza que no le permitía resistirse. Hinata no iba a escapar de él hasta que él se lo permitiera.

De repente, ella trató de apartar la cara y el temblor que notó que la invadía le hizo pensar que quizá hubiera cambiado de idea.

—Naruto, por favor, tendremos...

Su boca encontró la de ella, silenciando eficazmente sus protestas. La provocó y la tentó, solicitándole que abriera la boca. Hinata respondió a su dulce estímulo. Deslizó los dedos entre su pelo mientras un temblor apasionado le recorría todo el cuerpo. Naruto gimió mientras la besaba y luego metió la lengua hasta lo más profundo de su boca, exigiendo con su ronco rugido que ella se apareara con él.

Hinata olvidó toda cautela. Aferró los hombros de Naruto con sus manos. Sus caderas se movieron instintivamente hasta que abrazó el fuego del hombre con el suyo. Un gemido de placer escapó de sus labios cuando Naruto empezó a frotarse contra sus caderas. Hinata usó la lengua para explorar las maravillosas texturas de la cálida boca de Naruto, imitándolo.

El fuego se desató en las entrañas de Naruto. Sus labios se adhirieron a los de ella de nuevo con un beso caliente y salvaje que no guardaba nada en reserva. La reacción desinhibida de Hinata era un gozoso tormento que no quería que acabara nunca. La forma en que lo besaba le hizo pensar que quizá no desconocía tanto a los hombres después de todo. Naruto se dijo que no le importaba. El deseo de llevársela a la cama, tan pronto como fuera posible, anulaba cualquier otra consideración.

Naruto no había sentido nunca un deseo tan crudo. Hinata gimió suavemente, desde lo más profundo de la garganta. El sonido casi lo empujó más allá del sentido común. Sabía que estaba a punto de perder todo control y, bruscamente, puso fin al beso.

—Este no es ni el sitio ni el lugar, amor —dijo con un susurro entrecortado.

Respiró hondo y se esforzó desesperadamente por no mirarle los labios. Tan suaves, tan excitantes. Ella tenía el aspecto de haber sido besada hasta el fondo, como así era y. Naruto podía ver que a ella le resultaba tan difícil recuperar el control como a él.

El hecho lo complació inmensamente. Tuvo que arrancarle las manos de los hombros, porque Hinata no parecía capaz de hacer otra cosa que no fuera mirarlo. Ahora sus ojos eran de un profundo color gris perla. El color de la pasión, pensó Naruto mientras le besaba las puntas de los dedos y luego le soltaba las manos.

—Voy a averiguar todos tus secretos, Hinata —musitó Naruto, pensando en el placer que podían darse mutuamente en la cama.

Su promesa penetró en ella con la rapidez de una daga. Hinata pensó que acababa de prometerle que lo averiguaría todo de su pasado.

—Déjame, Naruto —murmuró. Lo sorteó, entró en la arcada y luego se volvió para mirarlo de nuevo —. Tu curiosidad podría llevarte a la muerte.

—¿A la muerte?

Ella movió la cabeza, con un gesto negativo, para hacerle saber que no iba a ampliar aquel comentario.

—Nos hemos satisfecho mutuamente compartiendo un beso. Es suficiente.

—¿Suficiente?

Su rugido la siguió hasta dentro de la sala. Hinata hizo una mueca al oír la cólera que había en su voz. El corazón le golpeaba dentro del pecho y dio gracias a los dioses de que los demás invitados estuvieran todavía en el comedor. Había una silla vacía junto a la de su tía, se sentó allí inmediatamente y trató de concentrarse en la aburrida conversación que la condesa sostenía con sus anfitriones.

Unos minutos más tarde, apareció Naruto en la puerta. Lord Haruno estaba fuera de sí de entusiasmo. Era evidente que todo el mundo creía que el marqués de Konohagakure acababa de llegar.

Hinata saludó a Naruto con un breve gesto y luego le volvió la espalda.

Aquella descortesía deleitó a la condesa, quien llegó a tender la mano y darle unas palmaditas en la suya a Hinata. Era la primera muestra de afecto que le había mostrado nunca.

Naruto hizo caso omiso de Hinata tan completamente como ella de él. Por supuesto, él era el centro de atención, porque su título y su fortuna lo colocaban por encima de los demás. Los hombres se apresuraron a rodearlo. La mayoría de las mujeres también dejó sus asientos. Se agruparon como una nidada de codornices, subiendo y bajando las cabezas y las pestañas al unísono siempre que daba la casualidad de que Naruto miraba en su dirección.

Cuando Hinata no soportó más aquella nauseabunda exhibición, volvió a la sala.

Naruto estaba atrapado en una conversación con su anfitrión hablando sobre la rotación de las cosechas. Más que aconsejar, escuchaba, empleando el tiempo para recuperar la calma. Aunque su rostro no delataba nada, en su interior temblaba de cólera.

Diablos, ella había vuelto a dejarlo plantado. Dos veces en una sola noche. Se dijo que aquella proeza debía de ser una especie de récord. Y además, era buena. Había logrado hacerle creer que estaba tan ardiente como él. Decidió que era una pequeña seductora.

Naruto se sentía como si acabaran de tirarlo en un banco de nieve. Hinata tenía razón. Ella había satisfecho su curiosidad. El problema, admitió a regañadientes, era su sabor. Sabor a miel, cálida miel silvestre. No había tenido suficiente. Y mientras lord Haruno hablaba con gran entusiasmo de los méritos de la cebada, Naruto volvía a oír los suaves gemidos de Hinata. Estaba seguro de que había sido una representación por su parte, pero el recuerdo seguía haciendo que la sangre se le acelerara.

La tía de Hinata la había seguido a la sala. La condesa se quedó al lado de su sobrina, haciendo comentarios maliciosos sobre el mal sabor de una comida que había devorado en grandes cantidades hacía solo un momento. Hinata pensó que estaba a salvo hasta que Naruto entró en la sala justo en el momento en que la condesa se había marchado arriba, al cuarto de baño, para retocar su aspecto.

De repente, Hinata volvió a ser vulnerable. Naruto se dirigía hacia ella a grandes pasos y, aunque sonreía a los demás invitados, podía ver, sin ninguna duda, la rabia en sus ojos. Inmediatamente, se apresuró a reunirse con lord Haruno para hablar con él, mientras observaba, desconfiada, a Naruto por el rabillo del ojo.

—Tiene una casa encantadora —le soltó de súbito a lord Haruno.

—Gracias, querida. Es cómoda para mis necesidades —declaró lord Haruno, sacando pecho, imbuido de su nueva importancia.

Empezó a explicarle dónde había encontrado las diversas obras de arte que llenaban los estantes de la habitación. Hinata trataba de prestar atención a lo que le decía. Observó que Naruto vacilaba y sonrió.

—En realidad fue mi esposa quien eligió la mayoría de piezas. Tiene muy buen ojo para la calidad -comentó lord Haruno.

—¿Cómo? —preguntó Hinata, desconcertada por la forma en que lord Haruno la miraba. Parecía estar esperando algún tipo de respuesta. Era mala suerte, porque no tenía ni la más ligera idea de lo que estaban hablando.

Naruto se estaba acercando. Hinata lo culpó a él en exclusiva de su falta de concentración. Sabía que quedaría en ridículo ante su anfitrión si no procuraba prestarle atención. Deliberadamente, se volvió de espaldas a Naruto y sonrió de nuevo a lord Haruno.

—¿Dónde encontró aquel jarrón rosa tan bonito que han colocado en la repisa de la chimenea? —preguntó.

Lord Haruno se esponjó de nuevo. Hinata pensó que parecía un conejo gordo.

—Es la pieza más valiosa de mi colección —anunció —. Y la única que escogí yo solo. Me costó más que todas las joyas de mi esposa juntas —murmuró, cabeceando—. Además tuve que ponerme firme con ella, porque decía que, sencillamente, no encajaría.

—Oh, a mí me parece precioso —dijo Hinata.

—Lord Haruno, me gustaría hablar un momento con la princesa Hinata. En privado, si no le importa.

Naruto acababa de hablar justo detrás de ella. Hinata sabía que si daba un paso atrás chocaría contra su pecho. La idea era tan perturbadora que no consiguió encontrar una forma de negarse.

—Por supuesto —declaró el lord.

Dirigió una mirada especulativa a Naruto. Este pensó que estaba emparejándolo. El rumor de que se había interesado por Hinata correría por todo Londres antes del mediodía del día siguiente. Era extraño, pero no le preocupaba demasiado. Si mantenía a los demás dandis a raya, entonces quizá aquel rumor jugara a su favor.

—Por supuesto que no —soltó Hinata, de repente. Sonrió a lord Haruno para suavizar su negativa mientras rezaba por que acudiera en su rescate.

Fue una plegaria inútil. Lord Haruno pareció sobresaltado y confuso, hasta que Naruto intervino con voz suave y mentirosa.

—Hinata tiene un maravilloso sentido del humor. Cuando la conozca mejor, estoy seguro de que estará de acuerdo conmigo.

La risa de Naruto engañó por completo a su anfitrión, pero no a Hinata. La firme presa que hacía en su mano, le decía que no lo encontraba en absoluto divertido. Estaba decidido a ganar. Hinata pensó que, seguramente, provocaría una escena si ella trataba de negarse a su petición. A aquel hombre no parecía importarle lo que los demás pensaran de él. Era un rasgo que no podía menos de admirar.

Recordó que Naruto no tenía necesidad de fingir. Su título le garantizaba que todos se conformarían a sus deseos. Era tan arrogante y tan seguro de sí mismo como el jefe de los dakotas.

Hinata trató de soltarse cuando se volvió para encararlo. Naruto sonreía a lord Haruno, pero al mismo tiempo aumentaba la presión sobre su brazo. Supuso que le estaba diciendo, sin palabras, que no discutiera. Luego se volvió y empezó a andar llevándola con él.

Ella no se debatió, sino que irguió los hombros y lo siguió. Todo el mundo los miraba y, por esa razón, se forzó a sonreír y a actuar como si no fuera nada extraordinario que un hombre al que acababa de conocer la arrastrara a través de la sala. Cuando oyó que una mujer murmuraba que el marqués y ella hacían una pareja que daba el golpe, dejó de sonreír. Sí, ella sentía deseos de golpear a Naruto, pero sin duda era poco halagador que aquella mujer hiciera ese comentario. Sabía que Naruto también lo había oído. Su arrogante sonrisa lo dejaba bien claro. ¿Quería eso decir que él quería golpearla?

Naruto se detuvo al llegar al gabinete. Hinata se sintió tan aliviada por que no la hubiera llevado afuera que empezó a relajarse. Seguían a la vista de los demás invitados, lo cual era una bendición, porque Hinata sabía que Naruto no intentaría besarla hasta dejarla sin sentido con aquel público vigilando cada movimiento que hacía. No, los abrazos tiernos y las palabras dulces pertenecían a momentos de intimidad, cuando un hombre y una mujer estaban solos.

Después de saludar con un gesto de la cabeza a varios caballeros, Naruto se volvió hacia Hinata. Estaba lo bastante cerca como para tocarla si ella daba un solo paso adelante. Aunque le había soltado la mano, tenía la cabeza inclinada hacia ella. Hinata mantenía la cabeza deliberadamente inclinada, negándose a mirarlo a los ojos. Pensaba que debía de tener un aire muy sumiso y humilde. Era el aspecto que quería ofrecer a quienes los miraban, pero que, de cualquier modo, la irritaba.

Otra mentira, otro fingimiento. Cómo se reiría de ella su hermano, Águila Blanca, si pudiera verla ahora.

Naruto parecía tener la suficiente paciencia para seguir allí, con los ojos fijos en ella, toda la noche. Hinata decidió que no iba a hablar con ella hasta que le prestara toda su atención. Puso una sosegada sonrisa en sus labios y, finalmente, levantó los ojos para mirarlo.

No había duda de que estaba furioso con ella. Las pintas azules de sus ojos habían desaparecido.

—Se te han puesto los ojos tan negros como los de un cuervo —le espetó.

Él ni siquiera parpadeó ante aquel comentario tan extraño.

—Esta vez no, Hinata —dijo con un furioso susurro—. Los cumplidos no me harán perder el equilibrio otra vez, mi pequeña seductora. Juro por Dios que si vuelves a dejarme plantado como si nada, voy a...

—Oh, pero no era un cumplido —interrumpió Hinata, dejando que él viera lo irritada que estaba —. ¡Qué presuntuoso por tu parte pensar que lo era! El cuervo es nuestro enemigo.

Por todos los cielos, lo había vuelto a hacer. Naruto hacía que le fuera tan fácil olvidarse de sí misma. Hinata luchó contra el impulso de recogerse la falda y salir corriendo. Pero de repente, comprendió que él no podía entender su comentario. La confusa expresión de su cara le decía que lo había desconcertado otra vez.

—¿Los pájaros son nuestros enemigos? —preguntó con una voz llena de incredulidad.

Hinata sonrió. —¿De qué estás hablando? —preguntó, fingiendo inocencia —. ¿Querías hablarme de los pájaros?

—Hinata —el nombre le salió como un bramido—, conseguirías que un santo perdiera los estribos.

Ella pensó que parecía a punto de golpearla, así que dio un paso atrás y luego dijo:—Pero tú no eres un santo, ¿verdad Naruto?

En aquel momento, un grito atrajo toda la atención de Naruto. Hinata también lo oyó, pero cuando trató de darse la vuelta, Naruto la agarró y la empujó bruscamente detrás de su espalda. Su fuerza la dejó asombrada. Había actuado con tanta rapidez que ella ni siquiera había sospechado lo que intentaba hacer antes de que lo hiciera.

Sus anchas espaldas le tapaban la vista. Hinata sabía, por la rigidez de su postura, que había peligro. Y si no supiera que era falso, habría pensado que estaba tratando de protegerla.

Sentía mucha curiosidad. No había percibido ninguna amenaza, pero cuando sacó la cabeza por detrás de Naruto vio que había hombres armados a la entrada.

Se quedó boquiabierta de la sorpresa. Aquella noche había dado otro giro extraño. Primero se había tropezado con un león y ahora parecía que unos bandidos estaban apunto de hacerles víctimas de un robo. Estaba resultando ser una noche extremadamente interesante, después de todo.

Hinata quería ver mejor a los malhechores, pero Naruto era de otro parecer. En cuanto se puso a su lado, volvió a empujarla para ponerla detrás de él. Sí que la estaba protegiendo. Una cálida sensación le recorrió todo el cuerpo.

Le complacía su determinación y, en realidad, la hacía sonreír. Decidió dejar que se saliera con la suya y luego se puso de puntillas, apoyó las manos en la espalda de Naruto y se asomó por encima de sus hombros para ver qué estaba pasando.

Había cinco hombres. Cuatro llevaban cuchillos. Hinata observó que eran de mala factura. Todos llevaban máscaras que les tapaban la parte inferior de la cara. El hombre de la pistola, evidentemente el cabecilla, en opinión de Hinata, gritaba órdenes desde la entrada. Forzaba la voz para darle un tono profundo, gutural.

Hinata supuso inmediatamente que era conocido por algunos de los invitados. No habría disimulado la voz a menos que pensara que podían reconocerlo. Y aunque iba vestido igual que los otros, con ropas de campesino y un sombrero que no era de su medida, sus botas no eran iguales en absoluto. Estaban viejas y gastadas, como las de los otros, pero la calidad de la piel era evidente.

Entonces el cabecilla se volvió y miró al otro lado de la sala. Se le abrieron unos ojos como platos de la sorpresa. Hinata soltó una exclamación ahogada. Dios santo, le habían presentado a aquel hombre no hacía ni una hora.

Naruto la notó respingar y se acentuó su cara de pocos amigos, porque dio por sentado que Hinata estaba aterrorizada. Retrocedió un poco más, empujándola más al interior del espacio en sombra. Su intención era bloquearla dentro de la estancia y, si el peligro aumentaba, empujarla fuera del paso.

La esposa de lord Haruno se desmayó cuando uno de los bandidos le exigió el collar de diamantes. De forma muy conveniente, aterrizó en el sofá. Hinata trataba denodadamente de no echarse a reír. Un desvanecimiento era un fingimiento tan encantador.

De repente, la tía de Hinata apareció en medio de la conmoción. La condesa no pareció captar el hecho de que se estaba produciendo un robo. Cuando el cabecilla se volvió y apuntó la pistola en su dirección, Hinata contraatacó de forma inmediata.

Demente o no, su tía Kaguya era su familia. Nadie iba a hacerle daño.

Pasó demasiado rápidamente para que nadie reaccionara. Naruto oyó el silbido del cuchillo segundos antes de que el bandido aullara de dolor. Había visto el brillo del metal volando por encima de su hombro derecho. Se volvió, tratando de proteger a Hinata de la nueva amenaza, pero no vio a nadie detrás de ella.

Llegó a la conclusión de que quienquiera que hubiera lanzado el arma había desaparecido, saliendo a la galería.

Pobre Hinata. Trataba de mostrar un aire digno. Tenía las manos enlazadas recatadamente y solo le dedicó una curiosa mirada. Incluso miró hacia atrás cuando Naruto lo hizo; sin embargo, no parecía comprender que allí, acechando en las sombras, podía haber peligro.

Naruto la empujó rápidamente a un rincón, de forma que la pared le protegiera la espalda. Cuando comprobó satisfecho que nadie podía llegar hasta ella por detrás, se volvió para enfrentarse a los bandidos. Su espalda apretaba a Hinata contra la pared.

Ella no protestó por su confinamiento. Sabía lo que él estaba haciendo. Seguía protegiéndola y asegurándose de que nadie volvía a entrar por la arcada. Pensó que era muy noble y considerado por su parte.

Por supuesto, no había ninguna necesidad, porque nunca había habido nadie detrás de ella. No obstante, no se lo podía decir y su preocupación por su seguridad la complació enormemente. El cabecilla de los bandidos había desaparecido. Los demás amenazaban a los invitados blandiendo sus cuchillos mientras retrocedían hacia la puerta.

Tanto la pistola como el cuchillo habían quedado abandonados allí, en el suelo.

Naruto se volvió hacia Hinata.

—¿Estás bien? —preguntó.

Sonaba muy preocupado. Hinata decidió adoptar un aspecto asustado. Asintió y cuando Naruto la cogió por los hombros y la atrajo hacia él, notó la furia que le embargaba.

—¿Estás furioso conmigo? —preguntó.

Él se quedó sorprendido por la pregunta.

—No —contestó. Tenía la voz tan ronca que pensó que quizá no la hubiera Convencido —. Claro que no estoy furioso contigo, amor.

Hinata sonrió al oír la forzada dulzura de su voz.

—Entonces puedes dejar de estrujarme los hombros —le dijo.

Él la soltó de inmediato.

—Estás furioso porque no has podido luchar contra los malhechores, ¿no es verdad, Naruto?

—¿Malhechores? Querida, su intento era algo más serio.

—Pero querías enfrentarte a ellos, ¿verdad?

—Sí —admitió él con una sonrisa—. Me moría de ganas de intervenir. Hay costumbres que cuesta perder —añadió.

—Siempre serás un guerrero, Naruto

—¿Qué?

Vaya, ya volvía a parecer confuso. Hinata se apresuró a decir:—Hay demasiadas personas de edad aquí. No habría sido seguro que intervinieras. Alguien podría haber resultado herido.

—¿Solo te preocupaban esas personas de edad? —preguntó.

—Sí.

Naruto frunció el ceño al oír esa respuesta. Entonces ella comprendió que también quería que se preocupara por su seguridad. ¿No comprendía que habría sido un insulto que se hubiera mostrado inquieta por él? ¡Eso significaría que no tenía suficiente fe en su capacidad! Pero recordó que era inglés. Y eran una raza extraña.

—Yo no me preocuparía nunca por ti, Naruto. Habrías sabido defenderte.

—Tienes plena fe en mí, ¿verdad?

Ella sonrió ante la arrogancia de su tono.

—Oh, sí —murmuró, ofreciéndole la alabanza que parecía necesitar. Estaba a punto de añadir algo más cuando un fuerte lamento la interrumpió.

—Nuestra anfitriona está recuperando el sentido —anunció Naruto —. Quédate aquí, Hinata. Volveré dentro de un minuto.

Hizo lo que le ordenaba, aunque mantuvo la atención fija en él. El corazón empezó a latirle con fuerza cuando él se inclinó y cogió su cuchillo. Respiró hondo, aguantó la respiración y luego suspiró aliviada cuando él dejó el cuchillo encima de la mesa para prestar atención a la pistola.

El caos que la rodeaba era desconcertante. Todos hablaban al mismo tiempo.

Quizá tendría que probar a desmayarse, después de todo. Pero decidió no hacerlo porque el sofá ya estaba ocupado y el suelo no parecía muy apetecible. Se conformó con retorcerse las manos. Era lo mejor que podía hacer para mostrar un aire trastornado.

Dos caballeros sostenían una grave conversación. Uno llamó a Naruto con un gesto para que se uniera a ellos. En cuanto él se dirigió hacia el comedor, Hinata fue disimuladamente hasta la mesa. Se aseguró de que nadie le prestaba atención y, entonces, cogió el cuchillo, lo limpió y lo guardó de nuevo en la vaina.

A continuación se apresuró a acudir al lado de su tía. La condesa estaba administrando unos consejos virulentos a la afligida dama tendida en el sofá.

—Me parece que ya he tenido bastante excitación por una noche —le dijo Hinata a su tutora cuando, por fin, consiguió captar su atención.

—Sí —respondió la condesa —. Será mejor que nos vayamos.

Naruto estaba bloqueado en el comedor, escuchando las absurdas ideas de cómo aquellos dos ancianos caballeros pensaban atrapar a Colmillo y su banda.

Después de unos diez minutos, se hartó. Su atención volvía una y otra vez a la inusual daga que había tenido en las manos. Nunca había visto nada igual. El arma estaba hecha de forma tosca, pero templada hasta darle una punta tan aguda como una aguja. El mango era plano. Con toda seguridad, quienquiera que fuera el propietario de aquel cuchillo no lo había comprado en Inglaterra.

Naruto decidió llevárselo con él. Tenía mucha curiosidad y estaba decidido a encontrar al hombre que lo había lanzado.

—Caballeros, les dejo para que acaben de elaborar sus planes —anunció Naruto —. Creo que acompañaré a la princesa Hinata y a su tía hasta dejarlas seguras en su casa. Si me disculpan...

No les dio tiempo de empezar de nuevo; dio media vuelta y se apresuró a entrar de nuevo en la sala. Recordaba haberle dicho a Hinata que lo esperara hasta que volviera. No debería haberla dejado sola; daba por sentado que seguiría asustada y necesitada de su consuelo. Sinceramente confiaba en que fuera así, porque la idea de ofrecerle solaz le resultaba muy atractiva.

Iba planeando cómo la apartaría de su tutora. Solo quería robarle unos minutos para poder besarla una vez más.

—Pero... por todos los demonios —murmuró cuando comprendió que Hinata había desaparecido. Miró hacia la mesa donde había dejado el cuchillo y soltó un rotundo juramento. El cuchillo también había desaparecido. El humor de Naruto se ensombreció.

Pensó en preguntar a los invitados, pero todos seguían ocupados hablando una y otra vez de sus reacciones frente al robo. Decidió no molestarse. Se volvió para mirar de nuevo la estancia donde él y Hinata habían permanecido durante el asalto. De repente se le ocurrió una idea, pero se dijo que no era posible.

Luego fue hasta el interior del gabinete y lo atravesó hasta quedarse junto al enrejado de la galería. Más de seis metros separaban la galería de la terraza en declive que había abajo. Era imposible escalar desde allí. El enrejado era endeble, demasiado débil para sostener la cuerda y al hombre.

Su mente saltó inmediatamente a una conclusión absurda. Movió repetidamente la cabeza con un gesto negativo.

—Imposible —murmuró.

Decidió dejar aquel enigma de lado y concentrarse en lo que de verdad le preocupaba en aquel momento. Naruto abandonó la casa de Haruno de muy mal talante. Estaba demasiado furioso para hablar en aquel momento. Decidió esperar hasta el día siguiente.

Entonces iría y tendría una larga y seria conversación con Kiba.

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Continuará...