CAPITULO 8

Al momento de embarcarnos en el avión de Edward, ya era de noche y me sentía físicamente agotada. Después de surfear por un buen rato, probamos un lugar de parrillada caribeña, con hamburguesas espectaculares y luego hicimos turismo por la isla en el automóvil hasta la puesta del sol. Fue una primera cita romántica y memorable, y me encontré deseando que no fuera la última. Había esperado que mostrara su típico yo encantador y seductor durante todo el día, pero resultó ser sorprendentemente atento y afectuoso, lo que demostraba que había escuchado cuando le dije que quería que fuéramos lento.

Sugirió que nos quedáramos a pasar la noche (en habitaciones separadas, por supuesto) pero yo quería evitar las posibles implicancias. Resistirme a él en la ducha pública ya me había costado bastante; dormir en el mismo hotel, con camas ubicadas convenientemente cerca, habría sido demasiado difícil para mi resistencia si decidía seducirme de nuevo. En lugar de ello, me había dormido sobre su hombro en el vuelo de regreso.

Cuando me dejó en mi apartamento, intercambiamos un beso casto de despedida. Me prometió que me escribiría al día siguiente y yo le prometí que le diría qué pensaba acerca de una segunda cita. Fui hasta mi habitación a paso de trote y me dejé caer con despreocupación sobre la cama, exhausta por las actividades del día.

La mañana del lunes se sintió mejor de lo que se había sentido desde hacía tanto como podía recordar. Con todo lo que había hecho con Edward durante el fin de semana, parecía que hacía una eternidad que no tenía la oportunidad de dormir hasta tarde. Que fue el motivo por el cual aproveché al máximo el domingo. Excepto por el intercambio de algunos mensajes de texto de coqueteo, el día había pasado sin acontecimientos interesantes, pero relajante. No era que estar involucrada con Edward Cullen no fuera lo suficientemente emocionante, pero el domingo perezoso era justo lo que necesitaba para recargar energías.

Le había dicho que necesitaba más tiempo para pensar acerca de verlo de nuevo, pero se trataba más de guardar las apariencias que de otra cosa. Si era honesta conmigo misma, la idea de salir en secreto con un cliente tan apuesto me apasionaba, pero había tenido mucho cuidado de no revelárselo a Edward. También me encontré queriendo saber más sobre él. No era el surfista vago como Richard lo había catalogado, pero tampoco era el hombre de negocios frío y calculador típico de las personas de su posición. Era algo entre medio. Se mantenía incólume en su búsqueda, pero se podía adaptar. Era encantador, pero respetuoso. En otras palabras, complejo.

El fin de semana siguiente parecía interminablemente lejano. ¿Qué haríamos en una segunda cita? ¿En dónde nos encontrábamos? Lo único que sabía era que ya me sentía segura con él, lo que me resultaba tanto reconfortante como inquietante. No me había sentido de ese modo en mucho tiempo con nadie; incluso había comenzado a preguntarme si podría confiar en un chico de nuevo.

Le hice un resumen de la cita a Tanya esperando una emoción irracional, pero su reacción fue controlada. Anunció que se estaba viniendo abajo con un resfrío y la aspereza que sentía en la garganta desde que volvimos de Ciudad del Cabo había sido un indicador temprano. Antes de salir para el trabajo, le dije que me detendría en Duane Reade para comprar jugo de naranjas y algún medicamento para la tos. Si necesitaba alguna otra cosa, como pañuelos desechables o un humidificador, podía enviarme un mensaje de texto.

Llegué al trabajo un poco más temprano de lo común, ansiosa por empezar el día. La mañana se me pasó en una nube de investigaciones de inversión y planillas de Excel. Me resultó raro que mis compañeros no se hubieran detenido a conversar, pero supuse que solo era una de esas mañanas muy ocupadas. Estaba a punto de salir a almorzar cuando Richard apareció inesperadamente en mi cubículo.

—Veo que estás con mucho trabajo. —Su voz no mostraba la confianza típica que rayaba la petulancia.

—Acabo de terminar los gráficos de proyección del rendimiento de la inversión para la cuenta de Cullen y estaba por ir a almorzar. ¿Necesitas algo?

Suspiró con pesadez y me recosté en la silla, preparándome para las malas noticias. No había forma de que la empresa ya se hubiera enterado acerca de mi viaje con Edward.

—Vine a decirte que te han ascendido.

—¿Qué? —Esta era una buena noticia. Me habían ascendido hacía solo seis meses, lo que me había otorgado el privilegio de trabajar bajo las instrucciones de Richard, en primer lugar. ¿Ahora me habían ascendido de nuevo? Richard tenía razón, conseguir la cuenta de Cullen tenía sus beneficios.

Sonreí resplandeciente.

—¡Esto es excelente! Es exactamente como tú dijiste. Entonces, ¿te comprarás ese convertible nuevo del que has estado hablando?

—No. —Suspiró otra vez, frotándose las sienes con los dedos. Su mandíbula estaba haciendo horas extra—. A ti te ascendieron. A mí no. También me enteré de que Edward pidió específicamente que tú fueras su punto de contacto. ¿Lo sabías?

Tragué saliva. Richard estaba molesto conmigo y yo debía aplacar la situación. La sinceridad total no era la mejor respuesta.

—Él mencionó la posibilidad, dijo que le había impresionado mi trabajo. Pero no sabía que iría tan lejos.

Entornó los ojos.

—¿Qué le dijiste y qué te dijo él cuando te entregó los documentos firmados?

—Solo continué con el discurso de seguimiento y él me interrumpió antes de que terminara. Me dijo que le gustaba mi trabajo y que quería firmar los papeles. Se los entregué y, en realidad, no los miré muy detenidamente después de que firmó.

Abrió la boca para decir algo, pero la cerró; parecía muy absorto en sus pensamientos. Gruñó algo entre dientes y se marchó antes de que pudiera cuestionarle la situación u ofrecerle unas palabras de consuelo.

Intenté poner la frustración de Richard en perspectiva. A pesar de que él tenía diez años de experiencia más que yo, mi ascenso me ubicaba al mismo nivel en el que se encontraba él. Ya no sería una simple "analista", ahora era una "gerente de adquisición de clientes" que estaría informándole directamente al jefe de Richard, Carl Stansworth. Supuse que el pedido de Edward de que yo fuera su punto de contacto era el motivo por el que Carl me había ascendido, pero me preguntaba por qué no habían ascendido a Richard. Ciertamente Richard había hecho su parte del trabajo, lo que significaba que a la compañía no le estaba yendo tan bien como para ascenderlo o bien Richard no le caía bien a Carl. Supuse que era lo segundo. Sea cual fuere el motivo, la situación hacía que pareciera que yo le había robado el manejo de su cliente. Me preocupaba haber irritado a Richard, pero no había mucho que yo pudiera hacer en cuanto a las circunstancias.

Me salté el almuerzo y volví a mi escritorio con una pasión recién descubierta por mi trabajo. Los dedos parecían un torbellino sobre el teclado, me sentía en el punto máximo de mi productividad, elaborando rápidamente páginas y páginas de informes y análisis.

Estaba llegando al final de la jornada laboral cuando mi cartera repiqueteó por el sonido de un mensaje de texto. Rebusqué adentro, con aleteos en el estómago, pensando que sería otro texto de coqueteo de Edward. Ya pensaba en él con tanta frecuencia desde nuestra cita que me resultaba difícil concentrarme en cualquier otra cosa, y la comunicación frecuente no era de ayuda. No estaba segura de cuánto tiempo podría resistirme a él si seguíamos así.

Descubrí que el mensaje de texto era en realidad de Tanya. Quizás necesitaba algo más de la tienda.

Hola. Alguien pasó por aquí y preguntó por ti.

No era lo que esperaba, pero está bien. Con los pulgares, le escribí una respuesta:

¿Tenía ojos verdes, un cabello sexy y unos abdominales para morirse?

Un momento después, sonó de nuevo.

No. No me dijo cómo se llamaba.

Entonces no era Edward. De cualquier manera, probablemente tampoco hubiera pasado sabiendo que estaba en el trabajo. Tampoco estaba esperando ningún paquete… ¿quién podría haber sido? Estaba en medio de la redacción de una respuesta cuando recibí otro mensaje. Tanya debía de haber presionado enviar accidentalmente cuando escribía el mensaje anterior.

Pero tenía unos hermosos ojos azules, cabello castaño y anteojos sin montura.

De repente, la oficina comenzó a girar, se me presentaba agitadamente, como una película a la que le faltaban fotogramas. El corazón me dio un vuelco y sentí una presión que me oprimía el pecho. Intenté respirar, pero no podía. Lo conocida que me resultó la experiencia hizo que me diera cuenta de que me estaba dando un ataque de pánico. Me quedé observando las palabras, leyéndolas y releyéndolas, esperando que hubieran cambiado.

Ojos azules. Cabello castaño. Anteojos sin montura.

No había dudas. Él se había presentado en la puerta de mi casa. ¿Cómo descubrió donde vivía? ¿Por qué se presentaba ahora? ¿Debía llamar a la policía? ¿Correr? ¿Pasar la noche en un hotel? ¿Por cuánto tiempo? Una ráfaga de preguntas y acciones se me cruzó por la cabeza. Y ninguna de ellas parecía buena.

En medio del caos, mi teléfono sonó de nuevo. Con las manos temblorosas, miré el nuevo mensaje, temiendo lo peor.

Ver el mensaje de texto de Edward me hizo volver a la realidad.

Ansío verte. ¿Cuándo puedo verte de nuevo?

Recordé lo segura que me sentía junto a él. Eso era lo único que necesitaba desesperadamente ahora mismo y solo él me lo podía dar. Sin saber qué más hacer, decidí verlo esa noche, estar con él.

Esta noche. En tu casa. ¿Me puedes recoger después del trabajo? Esperé ansiosa su respuesta.

Unos segundos más tarde, llegó.

¿Qué pasó con eso de ir lento? :)

No te prometo nada. ¿Una chica no puede pasarse por tu casa solo para divertirse?

Por supuesto. Pasaremos el rato juntos.

Al ver que el automóvil de Edward se estacionaba junto al bordillo de la acera, controlé que no hubiera nadie que yo conociera cerca. Una vez que confirmé que ninguno de mis compañeros de trabajo sospecharía que Edward me llevaba a su casa, ingresé de un salto al asiento del acompañante.

La camisa azul eléctrico exhibía su torso en forma y los pantalones negros a medida combinaban con los zapatos costosos. El efecto era sorprendente y por un momento sentí que era surrealista que un chico como este me buscara del trabajo.

—¡Hola! —Le sonreí.

Giró el auto para "estacionar" y se inclinó para besarme como si estuviera sediento del sabor de mis labios. Su sed de mi resultaba intoxicante. Dudosa al principio, sucumbí rápidamente a la sensación y le recorrí los largos mechones cobrizos con las manos, correspondiéndole. Disfrutaba de la sensación suave de su boca y de su aroma masculino sorprendentemente fresco.

Cuando los labios rompieron el contacto, habló:

—Hola, Isabella.

Hola a ti también.

—Perdón por no darte mucho tiempo.

Me apoyó la mano sobre la rodilla desnuda, la calidez de su piel, una sensación agradable.

—Cuando necesites lo que sea, no temas decírmelo. Puedo adaptarme.

—Gracias. —Pensé por un momento si debía contarle acerca de que mi ex novio se había presentado en mi apartamento, pero no lo quería espantar. La gente no suele soltarle toda su carga al otro cuando apenas han tenido una cita. No le había contado a nadie acerca del lado oscuro de mi ex, ni siquiera a Tanya. Pero, de nuevo, no tenía que hacerlo—. ¿Qué tal estuvo tu día?

—Pasó de bueno a excelente. —Sonrió ampliamente mientras la mano comenzó a rozarme la pierna debajo de la pollera—. ¿Y el tuyo?

—No estuvo mal.

Con vista aguda estudió mis rasgos detenidamente.

—Pareces un poco tensa. ¿Está todo bien?

Dudé.

—Hoy me ascendieron, gracias a ti.

—Felicitaciones. Lo merecías —me dijo—. Y no lo digo simplemente porque me gustas. Eres un talento raro.

Me sonrojé.

—Y tú eres todo un seductor. De verdad sabes cómo halagar a una chica.

—Ningún halago. Honestidad. Y tomaré lo primero como una muestra de afecto.

El quejido de mi estómago delató el hambre que tenía y Edward debió de haberlo oído.

—¿Qué tienes ganas de cenar esta noche? —me preguntó—. Pensaba cocinar algo para nosotros.

—Nada en particular —le respondí—. Pero no tienes que tomarte todo ese trabajo, pensaba que podíamos ir a un restaurante o comprar comida para llevar.

Negó con la cabeza.

—Te llevaré al mejor restaurante de la ciudad: mi cocina. Esta noche es la oportunidad de impresionarte con mis habilidades culinarias.

—Instructor de surf experto y ahora un chef maestro. —También multimillonario y dios sexual, pero supuse que esas características ya eran obvias—. ¿Cuántas sorpresas tienes?

Aquellos labios pecaminosos que formaron una sonrisa hicieron que sintiera un repentino ardor entre las piernas.

—¡Ay! Las cosas que te mostraré, Isabella.

Justo cuando los pensamientos comenzaban a volverse traviesos, una lista mental de supermercado los interrumpió.

—Casi lo olvido, necesito comprar algunos medicamentos para Tanya. ¿Crees que podríamos buscar eso primero?

—Por supuesto. Nos detendremos en el supermercado —dijo, alejándose del bordillo para unirse al tropel de automóviles del tránsito.

Si el que me recogiera del trabajo parecía surrealista, hacer compras en el supermercado con él era una ilusión. Al principio iba con precaución por si alguien nos veía, pero, luego, la precaución se convirtió en risas cuando vagábamos por los pasillos en busca de los artículos. Hacía dos semanas, rechazaba las insinuaciones de Edward y ahora estábamos eligiendo alimentos para cocinar para la cena como una pareja sólida. Era una experiencia doméstica que se sentía rara pero natural. No había estado buscando nada serio ni al hombre de mis sueños, ni siquiera buscaba algo y allí estaba, con alguien que parecía ser todo eso. No había esperado que Edward fuera así, pero, de nuevo, me sorprendía constantemente.

Al momento de marcharnos, ya me sentía mucho mejor que cuando me había recogido del trabajo. Con media docena de bolsas cargadas en el baúl, él condujo mientras yo desempeñaba el papel de copiloto, guiándolo hacia mi apartamento.

Cuando nos acercamos a mi casa, todo el humor y la gracia se evaporaron de mi sistema y fueron reemplazados por la ansiedad de antes. Se volvió hacia mí y me sonrió mientras detenía el automóvil frente al edificio de apartamentos y encendía las luces de emergencia.

—Puedo estacionar. Me intriga conocer tu casa.

—No me demoraré. Solo me llevará un minuto —le dije, saliendo del auto. No quería arriesgarme a que se topara con mi ex, si aún estaba cerca. Las cosas irían de mal a desastrosas—. Mantén el automóvil en marcha.

Parecía un poco confundido, pero asintió.

—Te esperaré.

Mientras subía los peldaños de madera del hueco de la escalera del edificio, no pude evitar vigilar por encima del hombro cada ciertos pasos, ni tener cautela en los rincones oscuros. Exhalé un suspiro de alivio cuando llegué a mi puerta sin incidentes. Al entrar al apartamento, encontré a Tanya en bata sobre el sofá, mirando televisión, con una caja de pañuelos a su lado.

—Te traje algunas cosas —le dije, entregándole el jugo de naranja y el DayQuil.

—Gracias, eres la mejor —tenía voz nasal y se sonó la nariz con un pañuelo para limpiársela.

—¿Tienes gripe? ¿Debería llevarte al médico? —Le toqué la frente con el dorso de la mano para controlarle la temperatura.

—Nah, creo que es simplemente un resfrío. Solo necesito sonarme la nariz a cada rato.

—Me alegra saber que no es nada serio.

Observó que no me había quitado los zapatos como normalmente hacía al entrar al apartamento.

—¿Vas a algún lado?

De pronto me sentí culpable por dejarla abandonada.

—Tanya, esta noche me quedo en la casa de Edward.

Abrió grandes los ojos.

—¡Ah! ¡Felicitaciones! Me alegra saber que finalmente estás saliendo de tu caparazón de las citas.

—Acerca de eso… Tengo que decirte algo. —Esperé hasta que me prestó toda su atención—. No le abras la puerta a nadie. En especial si es el chico que vino más temprano. Hagas lo que hagas, no lo dejes pasar.

Frunció el entrecejo.

—¿Quién es? ¿Debo preocuparme?

—Es alguien con quien salía antes de mudarme aquí. No te preocupes, solo le intereso yo; no te hará nada a ti. Te contaré más sobre esto en otra ocasión. Pero mantén tu gas lacrimógeno a mano por las dudas.

—¡Espera, espera! —Comenzó a mover las manos delante de su rostro para que me detuviera—. No puedes decirme "mantén tu lacrimógeno a mano" y marcharte a toda prisa. ¿Qué es lo que sucede? ¿Debemos que llamar a la policía?

Negué con la cabeza.

—No podemos llamar a la policía. Es complicado. —Con lo reacia que era a divulgar los detalles que me habían atormentado durante los últimos dos años, le conté brevemente acerca de James y cómo me lastimaba. Que había sido el motivo por el cual me mudé de Boston a la Ciudad de Nueva York en primer lugar. No tenía tiempo ni ganas de dar los detalles despreciables, pero merecía algún tipo de explicación.

Me observó, preocupada, como si yo fuese la enferma. Como no le expliqué nada más, suspiró y me dijo:

—Está bien, Isabella. Me puedes terminar de contar después. Estaré atenta.

—Gracias por comprender, Tanya.

—¿Cuándo vuelves?

—Quizás mañana. Te traeré algunas golosinas.

Estornudó.

—Está bien, cuídate.

—Lo haré.

Fui a mi habitación y me cambié rápidamente la ropa del trabajo por un par de jeans cómodo y una blusa liviana. Empaqué un conjunto extra de ropa y mi cepillo de dientes en un bolso de mano.

Cuando terminé de empacar, saludé a Tanya con la mano y me marché del apartamento para regresar al Camry de Edward.

—¿Tu compañera está bien? —Parecía tan preocupado por Tanya como yo—. Puedo llevarla al hospital.

—Gracias por ofrecerte, pero solo necesita dormir y vitamina C.

—Tú no estás enferma, ¿verdad?

—Creo que no.

Antes de que pudiera reaccionar, sus labios estaban sobre los míos de nuevo, esta vez los separaba con la lengua. Probó mi boca lamiéndome lentamente la lengua con la suya. Envuelta en el abrazo acalorado, momentáneamente olvidé mis preocupaciones.

—Bien —dijo cuando terminó nuestra mini sesión de besos fogosos—. Odiaría faltar al trabajo por no poder dejar de besarte.

Encendió el motor y nos dirigimos hacia su casa. Solo estaba a unas cuadras, pero, con el tráfico de la hora punta de Manhattan, tardaríamos unos veinte minutos.

Nos detuvimos frente a un semáforo en rojo. Miré por la ventanilla y vi a alguien en la acera con cabello castaño y anteojos sin montura. Los cabellos de la nuca se me erizaron. Se parecía a él, pero no era. Me moví inquieta en el asiento y me empecé a frotar el meñique con la mano de nuevo.

—¿Te pasa algo? Luces nerviosa. —La voz de Edward me sobresaltó.

Yo negué con la cabeza.

—Supongo que solo estoy impaciente por conocer tu casa.

Él sonrió ampliamente.

—Ya somos dos.

Estacionó en su complejo subterráneo de garaje que parecía aquellos construidos para los centros comerciales. Estaba lleno de automóviles exóticos. Con los conocimientos mínimos que tenía del tema, solo pude identificar media docena de Lamborghinis y Corvettes, pero aun así estaba impresionada por los diseños llamativos de aquellos que desconocía. Luego de algunas curvas hacia los niveles más bajos, encontramos un lugar desocupado y estacionamos.

Todavía impresionada, le pregunté:

—¿Cuántas personas viven en tu edificio? Hay muchos automóviles costosos aquí.

Él sonrió.

—Solo algunos inquilinos. La mayoría de estos son míos.

—¡Ah! —Al darme cuenta de que me podría haber recogido en cualquiera de estos automóviles mucho más lindos y más costosos, aprecié mucho más su discreción sobre nuestra relación sentimental. El Camry era muchísimo menos lujoso que el Lamborghini.

Ingresamos a un ascensor y Edward introdujo una llave en el panel de control. El trayecto hasta su piso fue mucho más rápido y tranquilo de lo que había anticipado. Había esperado toparme con un pasillo que condujera a la puerta principal de su casa, pero, cuando la puerta del ascensor se abrió, vi un piano ostentoso y un par de sofás lujosos color arena que rodeaban una mesa baja de vidrio, sobre un piso de madera oscuro, iluminado por lámparas con un acento elegante: ya estábamos en su sala de estar. Nos encontrábamos en la parte sur del edificio, pero la distribución amplia permitía tener una vista a lo largo del apartamento hasta las ventanas ubicadas en la parte norte, donde podía ver el edificio Chrysler, como también el resto de Manhattan. Al salir del ascensor, me di cuenta de que su apartamento ocupaba todo el piso del edificio.

—Impresionante —dije boquiabierta.

—Me alegra que te guste —dijo con suavidad, conduciéndome hacia el interior de la sala de estar.

Dejé el bolso en el suelo y tomé asiento en el sofá mientras él llevaba las bolsas con la compra a la cocina. Regresó con una copa de vino blanco y en pantuflas en lugar de los mocasines negros.

—¿Debo quitarme los zapatos? —le pregunté, al no ver la pila de zapatos que estaba acostumbrada a ver cuando entraba a mi apartamento. En su lugar, había un montón de estatuas abstractas en exhibición, lo que hacía que el lugar pareciera más una sala de exposición que el sector de estar de una vivienda.

Miró mis zapatos de taco bajo.

—Puedes dejarlos junto al sofá, ponte cómoda.

Mientras me quitaba los zapatos, mi estómago gruñó de nuevo, lo cual le dio pie para comenzar a lavar las verduras en la cocina.

—¿Qué vamos a comer? —chillé. Habíamos comprado muchas cosas, algunas necesarias y otras solo para divertirnos, como una caja de cereales Teddy Graham. Probablemente era mucho más de lo que necesitábamos y no estaba segura de qué pensaba cocinar para la cena y qué pensaba guardar en el congelador.

—Es una sorpresa.

—¿Necesitas ayuda? —No era que yo fuera una gran cocinera, pero al menos podía cortar las verduras.

—No hay mucho que preparar. Solo me tomará unos minutos. Puedes recorrer el apartamento si quieres; siéntete como en casa.

Recorrer el apartamento era exactamente lo que quería hacer.

—¿Estás seguro de que no quieres mostrármelo tú? Puede que vea algo bochornoso. —Me avergoncé al pensar en que Edward viera mi habitación. Encontraría papeles esparcidos por mi escritorio y prendas de ropa interior colgadas de las sillas y dispersas por el suelo. No era que yo fuera desordenada; simplemente tenía mi propio sistema de organización.

—¿Como qué?

—Y… no sé. Ropa interior, animales de peluche, porno, juguetes sexuales.

Se quedó callado por un momento.

—Entonces no observes demasiado.

No sabía si lo había dicho en broma o no, pero decidí que no quería preguntar. Al ir de habitación en habitación, noté que todo estaba prolijamente ordenado y limpio, lejos de parecer la casa típica de un soltero. Me pregunté si tendría una mucama que le limpiara el apartamento o si lo hacía él mismo. Conociéndolo, sería otro dato en su currículum ya impresionante: amo de casa consumado. Me tomé un minuto para disfrutar de la fantasía de que fuera un sirviente.

Cuando encontré su oficina, vi unos documentos sobre el escritorio que estaban meticulosamente resaltados y marcados con notas detalladas. Con curiosidad, los examiné cuidadosamente y me di cuenta de que eran los que yo le había dado durante nuestra primera reunión. Me había esmerado mucho para hacerlos. Debió de haberlos estudiado minuciosamente antes de tomar la decisión de elegir a mi compañía como su empresa de gestión patrimonial y convertirme en su punto de contacto.

Al comienzo de mi visita autoguiada, no pude evitar hacer comparaciones entre el estilo de vida de Edward y el de James. Ambos eran ordenados y meticulosos. Pero hacia el final, encontré algunos pósters de películas de artes marciales de la década del ochenta. Esa cursilería definitivamente no era nada similar a mi ex.

Cuando regresé a la sala de estar, la fascinación que sentía por Edward me tenía absorta. Aparte de los pósters y de los trajes que había visto en su armario, me sentía decepcionada por no haber encontrado muchos más artículos personales. Parecía que hacía poco que se había mudado allí. Había mencionado que viajaba muchas veces a la semana, por eso quizás guardaba las fotografías familiares en otro lado.

Sin embargo, tenía una cocina muy completa, adecuada para un chef superior. El aroma maravilloso me guio hacia la comida.

—Siéntate en el comedor. Ya llevo los platos —me dijo, desatándose el delantal, que luego colgó en un perchero que había cerca. Todavía vestía su ropa de trabajo, pero se había cambiado los mocasines negros por un calzado más cómodo.

Cuando me senté a la mesa, ya había dispuesto dos copas de vino blanco junto con la vajilla.

—Algo fresco y liviano. —Entró con un plato en cada mano.

Sentí el aroma que me hacía agua la boca antes de verlo. Linguini al dente con camarones rebozados. La presentación era inmaculada.

—Mi plato de mariscos preferido. ¿Cómo lo supiste?

—También es mi preferido. Supongo que tenemos los mismos gustos.

—Quizás con la comida. Pero creo que diferimos en cuanto a la decoración. —Señalé con un gesto el póster de Bruce Lee que estaba en el rincón.

—Es un viejo recuerdo. —Sonrió y me alcanzó el plato de camarones rebozados y tallarines—. Prueba esto. Dime si me salieron bien.

Di un bocado y luego tuve que tomar otro.

—¡Guau! Está delicioso. ¿Dónde aprendiste a cocinar tan bien?

—Apenas terminé la facultad, surfeaba mucho con algunos de mis amigos. Trabajábamos por temporada, lo suficiente para mantener nuestro estilo de vida. Para ahorrar dinero, comprábamos comida para todo el grupo y casi siempre terminaba siendo el que cocinaba; los otros no lo hacían muy bien. —Se rió.

—Ya veo por qué querían que cocinaras tú. —Devoré otro bocado—. Si no me equivoco, eso no fue hace mucho tiempo. ¿Qué se siente entonces al pasar de ese tipo de estilo de vida a este en solo unos pocos años? —Señalé el apartamento espléndido.

—Ha sido como subirse a una montaña rusa. Perfecto para un amante de la adrenalina como yo. Ahora, en vez de tener la responsabilidad de cocinar para un grupo de chicos, soy el responsable de miles de empleados. Lo que está en juego es diferente, pero básicamente es lo mismo.

—¿Sigues en contacto con esos chicos?

—Intentamos reunir al grupo al menos una vez al año. Ahora todos están ocupados, no solo yo. Algunos de ellos hasta tienen hijos. —Se rió y negó con la cabeza como si recordara algo gracioso—. Si los hubieses conocido en aquella época, hubieses pensado que estaban destinados a ser solteros de por vida.

Tenía la pregunta obvia en la mente. No quería arruinar una noche que ya era maravillosa, pero sabía que me molestaría si no la formulaba.

—¿Y tú?

Hizo una pausa por un momento, que casi hizo que me arrepintiera de haber hecho la pregunta.

—Ser soltero tiene sus beneficios. Viajo mucho y hago muchas actividades llenas de adrenalina. No tener pareja facilita esas cosas. Pero creo que quizás disfrutaría más si hiciera cosas con alguien que te importa.

—Tiene sentido.

—¿Y tú? La vida de una mujer soltera, gerente patrimonial, que conoce a clientes ricos y apuestos parece interesante.

—En realidad, no he pensado demasiado en sentar cabeza. Ni siquiera he pensado demasiado en tener citas durante los últimos años. He estado concentrada principalmente en mi carrera.

—¿Estás diciendo que yo soy especial?

—Que no se te suban los humos a la cabeza, Sr. Iron Chef —bromeé—. Eres insistente. Lo admito.

—Eso no es lo único que se me sube ahora —me dijo, ubicando la mano en mis muslos y frotándolos lentamente, dibujando círculos insinuantes con el pulgar.

Como no estaba segura de si quería que las cosas avanzaran más, intenté cambiar de tema.

—¿Qué hay de postre? —le pregunté más a modo de broma que como una pregunta seria. Con la cena exquisita que había preparado me sentía más que satisfecha y sus habilidades domésticas habían obtenido los puntos más altos de libreta de calificaciones que yo iba confeccionando.

No respondió, pero sonrió y se dirigió a la cocina. Esperé un momento, sin saber si se suponía que debía seguirlo o permanecer sentada. Cuando regresó, tenía una servilleta roja de tela en la mano.

—Quiero que lo pruebes. Pero, primero, vas a necesitar ponerte esto.

—¿Una servilleta? Los postres que ensucian no parecen de tu estilo.

Sonrió más ampliamente.

—Intenta otra vez, hermosa.

Examiné la servilleta de nuevo, observando que estaba doblada dos veces y formaba una banda estrecha adecuada para envolver y atar.

—Mmm… ¿un truco de magia?

—Una venda para cubrir los ojos.

—Creo que me perdí una parte de nuestra conversación.

—Te vas a cubrir los ojos con esta venda y yo te daré el postre en la boca.

—¿Por qué quieres que me cubra los ojos? —Nunca había hecho eso y me ponía un poco ansiosa.

Su sonrisa tenía un dejo travieso y seductor a la vez.

—Te ayudará a aislar las sensaciones en la boca.

—¿Puedo probarlo sin la venda primero?

—Si quieres probar mi postre, tendrás que seguir mis reglas. Confía en mí. Como lo hiciste en Ciudad del Cabo.

—No has estado planeando esto, ¿verdad?

—Desde el momento en que me pellizcaste la tetilla, muchas cosas se me han cruzado por la cabeza. Esta podría ser una de ellas. —Percibía la diversión en su voz y me pregunté qué otras ideas se le habían ocurrido aquel día—. Noté que has estado muy tensa desde que saliste del trabajo. Quiero que te olvides del estrés.

Movió mi silla (conmigo sobre ella) para apartarla de la mesa del comedor y la ubicó en un área abierta cercana. Se colocó detrás de mí y llevó la venda hasta delante de mi rostro, preparándola para ubicarla sobre mis ojos. La última vez que había confiado en él, terminé sosteniendo un insecto venenoso.

—No vas a meterme una araña en la boca, ¿no? Porque si es así, no puedo seguir con esto —le pregunté, medio en serio.

—No seas tonta. Como mucho, me rogarás que continúe. —La advertencia misteriosa hizo que me recorriera un escalofrío de excitación.

Me puso la venda y la ató fuerte detrás de la cabeza. Estaba atada con la firmeza suficiente para que no se moviera, pero estaba lo suficientemente floja para que la sintiera cómoda. Extendí los brazos para intentar tocarlo y asegurarme de que seguía allí; me tomó las manos y las ubicó con delicadeza sobre mis muslos.

—Las manos en el regazo, hasta que te diga lo contrario.

En completa oscuridad, me sentía incómodamente vulnerable. Nunca antes había hecho nada como eso con nadie. ¿Estaba lista para confiar tanto en él? Sentí que se marchaba de la habitación por un momento para ir a la cocina. Lo único que podía hacer era esperar lo que haría a continuación.

Luego regresaron sus pasos y se detuvieron delante de mí.

—Abre la boca.

Aquí viene, pensé. Obedecí con vacilación, insegura de lo que venía. ¿Qué era lo que me daría en la boca? El sonido de un tintineo metálico me hizo pensar en la hebilla de un cinturón. Seguramente no…

—Más grande.

No estaba segura de si debía; probablemente debí haberle preguntado qué me pondría en la boca. En lugar de eso, separé más los labios, obligada por la autoridad de su voz.

—Ten cuidado con los dientes. No quiero que me muerdas.

¿Qué? Antes de que pudiera protestar, algo ingresó lentamente en mi boca y se me apoyó con fuerzas sobre la lengua. Tenía un gusto escandalosamente dulce y cremoso.

—Ciérrala.

Sin necesitar que me lo dijera, mis labios lo envolvieron instintivamente y apretaron, para chupar el chocolate decadente de su dedo.

—¿Sabe bien?

Mi murmullo de aprobación sonó más como un gemido. Mientras retiraba lentamente el dedo, me tomé mi tiempo para lamerle la punta, deseando saborear hasta lo último. Lo escuché ahogar un gemido cuando finalmente lo sacó. Fue uno de los sonidos más eróticos que hubiera escuchado, y quise desesperadamente quitarme la venda para ver su expresión.

—Ese fue solo el primer bocado. —Su boca cerca de mi oído, la voz dejaba entrever una diversión lujuriosa—. Esta vez quiero que te concentres realmente en el placer que sientas en la boca. Bloquea todo lo demás. —Sentí que me peinaba el cabello íntimamente detrás de la oreja; luego sentí sus labios tiernos sobre la mejilla—. Así —susurró; me recorrió suavemente con la boca hasta darme besos sensuales en la oreja, que me robaban gemidos suaves de los labios—. Y así. —Me pellizcó el lóbulo de la oreja con los labios y se llevó esa carne sensible a la boca, para chuparla con la presión suficiente para hacer que las piernas se me estremecieran y apretara el sexo ante la acalorada expectación. No había forma de que pudiera bloquear la sensación de aquellos labios sobre mi cuerpo. Y tampoco quería hacerlo.

—¿Lista? —me preguntó.

No lo estaba, pero quería probar de nuevo el postre para aumentar el placer de sus besos.

—Sí —le dije en un suspiro.

Impaciente, abrí la boca de nuevo. La crema dulce me rozó la punta de la lengua e intenté lamerla, pero se alejó de mi alcance. Cuando sentí que la volvía a introducir, saqué la lengua para intentar probarla, pero la retiró para provocarme. La vez siguiente, me tocó la lengua y yo le mordisqueé el dedo juguetonamente.

—Eres tan peleadora —murmuró cerca de mi cuello, luego me mordisqueó juguetonamente, lo que desencadenó una peligrosa corriente de deseo en mí. Quería tomarlo del cabello para acercarlo más, pero era consciente de que debía respetar sus reglas.

—Eso es porque me provocas.

—¿Sí? Dime qué es lo que quieres —ronroneó contra mi cuello.

—Quiero sentirlo en la boca.

—¿Qué es lo que quieres sentir?

—Ya sabes qué.

—Dime.

—Tu dedo.

—Bien. —Introdujo lentamente el dedo en mi boca y le enrosqué la lengua alrededor—. Así. Así como lo haces. —La voz le rebozaba de deseo, que lo único que hacía era aumentar el ardor cada vez más intenso que sentía en el sexo.

—¿Te estás concentrando solo en las sensaciones de la boca? —me preguntó; con la lengua me lamía lenta y sensualmente la vena que me latía en el cuello, con el dedo aún en mi boca.

—Mmjjmm —le mentí.

Respiraba con dificultad al igual que yo. De repente, apartó los labios y el dedo y empecé a pensar que había hecho algo mal. Luego, su boca se encontraba sobre la mía. Separé los labios para él y su lengua se introdujo, la punta aún sabía al rico chocolate negro cremoso. El sabor de su boca mezclado con chocolate resultaba abrumadoramente sensual. Extendí los brazos y le pasé las manos por el cabello sedoso, para agarrarlo y empujar su boca más adentro de la mía; toda la resistencia y el dominio propio se habían esfumado. Ya no me importaban sus reglas. Lo deseaba tanto que me resultaba físicamente doloroso.

—Sin manos —gruñó, los labios suaves se volvieron ásperos. Me daba cuenta de que intentaba mostrarse molesto porque había roto su regla y el delgado velo que ocultaba su deseo solo intensificaba mis ansias de él.

De pronto, me envolvió el torso con un brazo y ubicó el otro detrás de mis rodillas. Me levantó en el aire como a una novia, sin apartar la boca de la mía. Debimos de haber entrado a su dormitorio porque, cuando me di cuenta, unas sábanas de seda chocaron contra mi espalda. Acalorada por la necesidad, separé las piernas para adaptarme a sus caderas que empujaban entre ellas.

Apreté las manos, ansiando tocar los músculos firmes de su espalda. Sus caderas contra las mías, sentí el peso sólido de su erección a través de los pantalones que presionaba contra mi estómago.

—¿Sientes esto? Así es como te deseo.

—Sí, lo siento. —La voz me temblaba de deseo al sentir lo que venía.

Apoyó la erección contra mi sexo y describió círculos lentos y firmes. Incluso a través de las capas de nuestra ropa, la presión y la fricción me enviaban corrientes de placer que alimentaban mi sed de contacto directo.

—Dime qué es lo que quieres —me susurró con la voz ronca.

—Quiero sentirte dentro de mí, Edward.

Me tomó ambas manos y me levantó los brazos sobre la cabeza, para sujetarlas con una mano firme mientras con la otra me desabrochaba hábilmente el jean.

—Mantén los brazos aquí, Isabella. De lo contrario no te dejaré tenerlo. ¿Entendido? —Solo una leve vacilación en su tono traicionó el control inflexible que proyectaba.

—Aunque quiero sentirte, quiero verte —me quejé, sin comprender por qué me torturaba con esta necesidad desesperada. Él había deseado esto desde nuestra primera reunión y ahora que me tenía ardiendo de deseo, se tomaba todo su tiempo. Lo necesitaba dentro de mí. Ahora.

—Todo aquello que vale la pena se obtiene con paciencia —me dijo, devolviéndome las palabras, lo que incitó una frustración que solo intensificó mi excitación. Se le suavizó el tono—. Aprieta el almohadón que tienes detrás de la cabeza si lo necesitas. Te lo prometo, valdrá la pena.

Acepté con un quejido, tan cachonda que temía estar perdiendo la cabeza. Contoneé las caderas para ayudarlo cuando me deslizaba con elegancia los jeans hacia abajo, junto con la ropa interior. Un momento después, escuché que cayeron con un ruido sordo en un rincón lejano.

—¡Dios, Isabella! Tu coño es tan hermoso.

Esas palabras sucias enviaron nuevos fluidos directo a mi sexo ardiente de deseo. Crucé las piernas, avergonzada por lo que pudiera ver. Aunque me había afeitado recientemente, me cohibía que observara un área tan vulnerable de mi cuerpo.

Me separó las piernas con manos firmes.

—No me escondas algo tan hermoso. Quiero verlo. Quiero ver todo. Muéstrame.

Siempre había sido un poco tímida al estar desnuda delante de un hombre, pero, obligada por la urgencia de su tono, hice lo que me pidió. De alguna manera, tenía la habilidad de hacerme sentir hermosa.

Luego, sentí que algo ingresaba dentro de mí lentamente. Un dedo.

—Tan húmedo. Tan suave. Maldición. —Gruñó, como haciendo un gran esfuerzo por contener un deseo primitivo que amenazaba con consumirlo. Tenía la boca cerca de mi vagina; la respiración intensa y caliente me rozaba el clítoris. Lo imaginaba observándome, los ojos oscuros ardiendo de lujuria, mirándome mientras introducía el dedo en mi raja, que esperaba ansiosa. Si tan solo no tuviera esta venda en los ojos, podría ver su rostro espectacular.

Hundió el dedo hasta el segundo nudillo y me mordí el labio, intentando contener el gemido que se formaba en mi garganta. Hacía tanto tiempo desde la última vez que me habían tocado que temía acabar solamente con ese único movimiento.

—Ya estás cerca, ¿verdad?

Asentí exasperada, con los dedos agarraba desesperadamente el almohadón, el sudor me humedecía la piel.

El dedo retomó la penetración, entrando y saliendo, girándolo mientras lo hacía. Primero, lentamente; luego, más rápido. Aumentó el ritmo llevándome cada vez más cerca del clímax inminente.

—¡Ay, Dios! estoy por acabar.

El orgasmo se estrelló contra mí e hizo añicos mis sentidos. Me arqueé contra su mano y mi sexo le apretó el dedo. Antes de que me pudiera recuperar totalmente, sentí una sensación en el clítoris.

—No, Edward. Estoy muy sensible.

Con la lengua experta, me lamió hambriento el capuchón, descendía periódicamente hasta la hendidura y me acariciaba el clítoris con la nariz. Luego de ese orgasmo alucinante, no pensé que mi cuerpo pudiera soportar más.

—Tan bueno. Tan dulce —gimió, mientras me devoraba, haciendo que mi cabeza no parara de girar. Me retorcí en la cama y solté el almohadón que sostenía detrás de mí. Traté de alcanzar los mechones seductores, para hacer que su lengua se sumergiera más profundamente en mi hendidura mientras mis caderas daban sacudidas. Nunca antes había experimentado placer oral tan extraordinario.

—Se siente tan bien —gemí.

—Nunca había estado tan duro —masculló—. Te deseo tanto.

—Tómame —grité.

Apartó la cabeza y escuché que se dispersaban algunos botones cuando se arrancó la camisa. Pronto les siguieron la hebilla del cinto y los pantalones. Supe que había liberado el pene porque sentí un sonido sordo cuando golpeó contra la piel de mi abdomen. Extendí la mano para tocarlo, para sentir su calor abrazador y la energía vibrante. Tenía el peso y la longitud suficiente para caber en mis dos manos.

—No sabes cuánto he imaginado esas manos envolviéndome el pene. —Su voz denotó desesperación y necesidad. Lo apreté y él liberó un grito de dolor.

—¿Puedo quitarme la venda? —le supliqué.

—Sí, quítatela. Quítate todo.

Con una mano, me retiré la servilleta doblada de los ojos y observé lo que tenía en la otra mano.

—¡Dios! ¡Qué grande!

Mi mirada se enganchó en las estrechas líneas fuertes de su pelvis. Luego se soltó y subió desde sus caderas por los abdominales de acero y los pectorales esculpidos, perforados con aros de plata, hasta el impresionante rostro y los ojos oscuros enardecidos por el deseo. Lo había visto en traje de baño, pero ahora estaba completamente desnudo e irradiaba una energía sexual pura que me dejaba sin aliento.

—Ya no puedo resistir más, Isabella. Necesito estar dentro de ti.

Extendió el brazo para buscar dentro del cajón junto a la cama y extrajo un paquetito. Lo liberé de mi mano cuando tomó bruscamente el miembro con las suyas y lo envolvió, antes de guiarlo hacia mi entrada. Inhalé profundamente, preparándome para su tamaño. Aunque usaba un vibrador, Edward parecía más grande de a lo que yo estaba acostumbrada. Pensé que lo hundiría impacientemente hasta el fondo, pero se tomó su tiempo, separando lentamente los labios con la cabeza. Con lo mojada que estaba, pudo entrar fácilmente. Se detuvo cuando la punta estuvo completamente dentro, lo retiró con la misma paciencia, y acarició mis paredes lentamente solo con la cabeza, alternando sensaciones que hacían que me sintiera vacía y llena, una y otra vez. La provocación era agonizante.

—Más profundo —le rogué.

Empujó más profundo, sin apuro, y cada rugosidad de su piel caliente encendía terminaciones nerviosas que no me había dado cuenta de que tenía. Me sumergí en la experiencia.

—Más rápido —jadeé.

—Dijiste que querías lento.

Comenzaba a arrepentirme de haberle dicho aquellas palabras durante nuestra cita en Santo Tomás, pero luego aceleró el ritmo. Le agarré el trasero y tiré de él, para ayudar a sus empujes mientras daba sacudidas hacia adelante, de modo que la penetración fuera más fuerte. Hacía tanto tiempo que no tenía relaciones sexuales que el placer del movimiento de Edward dentro de mí resultaba casi insoportable. Consumidos por el deseo, nuestras bocas y nuestros cuerpos lidiaban con una lujuria primitiva, los gritos de placer se hacían eco en todo el apartamento.

—Estás haciendo que lo pierda, Isabella. No puedo parar.

Sus empujes se volvieron más urgentes, más desesperados, al igual que mis gemidos. Luego sentí que él se sacudía y la primera ola de calor entró a raudales a mi cuerpo. Él liberó un gruñido ahogado en el momento en que yo, contrayéndome, lo apretaba con fuerzas. Se desplomó dentro de mí al mismo tiempo que mi mundo se oscurecía de nuevo por un momento. Nos quedamos allí acostados por un rato, ninguno de los dos hablaba, solo el sonido de nuestras respiraciones agitadas y los latidos de los corazones llenaban el silencio.

—Eres increíble —me dijo Edward, levantando la cabeza para mirarme a los ojos. Sonreí, con la mirada fija en aquellos ojos oscuros en los que brillaba un cálido afecto.

—Estaba pensando lo mismo.

—Por un momento pensé que iba a morir.

—No puedo asegurar que yo no lo haya hecho.

Sonrió y me besó la mejilla.

—Todavía estás aquí. Conmigo.